El brusco despertar en Patolandia

El martes a las 8 de la noche, las encuestas informales daban de ganador a Kerry, pero nos decíamos que no había que confiar en nada. Estábamos seguros, eso sí, de que en nuestro distrito, el 4-2 de Lower Merion, condado de Montgomery, estábamos adelante. Nunca había votado tanta gente, y eso es bueno en un sector socio-económica y racialmente mixto. Los vocales decían que era más del triple de lo normal, y se notaba, por pinta, por actitud, que los votantes de Kerry habían sido mayoría. Como a las nueve, ya cerradas las mesas, confirmamos que la derrota de Bush en nuestro microcosmo había sido severa: 84 % a 16% el marcador. El candidato tercerista, Ralph Nader, había sacado un solo voto por medio del sistema de “write-in” (se escribe el nombre de un candidato que no está en la papeleta).

En los condados suburbanos de Filadelfia, MoveOn sacó adelante la tarea, y con creces. Si no hubiera sido por Filadelfia y los alrededores, Kerry hubiera perdido el estado, porque en el interior ganó Bush sin apelaciones, a pesar de que Kerry hasta se disfrazó de cazador para cambiar su imagen de bostoniano intelectualoide.

Hasta allí llegó el consuelo. Como a las 11, a pesar de que habíamos ganado el estado, las cuentas se volvieron agrias y la celebración pasó al olvido. Me fui a acostar, porque se me agravó un romadizo que me dio por estar parado todo el día en el frío o haciendo los puerta a puerta de última hora. Una fiebre leve pero molestosa distorsionaba los colores de la tele. El rojo de los estados de Bush brillaba como un sanguinolento poster sicodélico y la aritmética se ponía más loba con cada porcentaje reportado. Soñé con bloques azules y rojos y desperté creyendo que la ventaja de Bush había sido una pesadilla.

Ahora, en cualquier momento Kerry reconoce su derrota, dice la radio. Siento un tremendo respeto por este político de políticos, este ex combatiente que, recién llegado de Vietnam, tuvo el coraje y la inteligencia de hacer una de las mejores preguntas éticas sobre esa guerra carnicera, pregunta que se aplica hoy con absoluta claridad a la situación de Irak: “¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir por un error?”

La derrota de Kerry duele mucho más cuando uno se da cuenta de la integridad y de la consecuencia que ha mostrado a lo largo de su vida. No queda más que sonreír con ironía frente al mote de “veleta”, que con tanto éxito le colgara la campaña de Bush, cuando uno revisa el discurso que hizo en 1971 frente a la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de EE.UU. En estas palabras se nota la misma preocupación intensa sobre la injusticia de la guerra y sobre la necesidad de reflexión moral en la política externa del país. Solamente hay que poner “terrorismo” donde antes se hablaba de “comunismo”:

“Cada día que pasa alguien tiene que dar su vida para que los EE.UU. no tenga que admitir algo que todo el mundo ya sabe, todo para que no se pueda decir que hemos cometido un error. ¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir por un error? Estamos haciendo eso, y lo estamos haciendo con mil racionalizaciones, y si uno lee el último discurso del presidente [Nixon] al pueblo de este país, se ve que dice, y lo dice claramente: ‘señores, el problema es el comunismo, y la pregunta es si le dejamos ese país a los comunistas o si tratamos de darle esperanzas de ser un pueblo libre’.

“El punto verdadero es” –sigue Kerry— “que ellos no son libres ahora, y que no podemos andar luchando contra el comunismo por todo el mundo. Me parece que deberíamos haber aprendido esa lección a estas alturas”. La parte de ese discurso que más me impresiona, sin embargo, es la siguiente: “De pronto nos enfrentamos a una situación escalofriante en este país, porque no hay indignación moral y, si la hay, viene de gente que está casi agotada de indignarse. El país se ha desentendido de cosas tan serias como Laos, así como se ha desentendido de la pérdida de 700 mil vidas en Pakistán”.

Kerry protesta por la indiferencia de la opinión pública no sólo con respecto a temas de la gran geopolítica, sino también frente a la minucia cotidiana de la guerra: los abusos y muertes de no-combatientes, la tortura y ejecución de prisioneros de guerra, el uso de zonas permanentes de combate, el fuego de hostigamiento, misiones de buscar-y-destruir, bombardeos indiscriminados. A partir de la gran convicción moral que desplegó en su oposición activa contra la guerra de Vietnam, Kerry construyó su carrera política, truncada en las elecciones de ayer.

Así como en 1972 los norteamericanos reeligieron a Nixon, en 2004 acaban de reelegir a Bush, y no queda otro remedio que señalar sin complejos la bancarrota moral que se revela otra vez en este país. Llegó el momento de responsabilizar a una población que está acostumbrada a buscar justificación moral en la ignorancia (“yo no sabía”) o en la inocencia (“jamás me habría imaginado”) cuando actúa para proteger sus grandes privilegios e intereses. My-Lai, Abu Ghraib, El Mozote, Guantánamo, son palabras demasiado complicadas y en idiomas impronunciables; lo mejor es borrarlas.

La ignorancia y a la indiferencia se pueden combatir hasta cierto punto. De eso se trataba el trabajo de base que se hizo para elegir a Kerry. Lo que quedó fuera de los cálculos fue la pechoñería fundamentalista que ayer fue capaz de doblegar el masivo esfuerzo del progresismo para sacar el voto. Es lo que sucedió en Ohio y a lo largo de toda la franja geográfica conocida como “el cinturón de la Biblia”. Si MoveOn y otros grupos similares movilizaron más de 200 mil votantes para Kerry en ese estado clave, los pastores que no creen en la teoría de la evolución, los predicadores que ululan amenazas por el matrimonio gay, los locutores de talk-shows empeñados en profetizar el Éxtasis bíblico que según ellos se aproxima, los curas que enumeran las penas del infierno para divorciados y partidarios del aborto, toda esa laya de imbéciles consuetudinarios juntos, movilizaron todavía más fieles en su gran cruzada del miedo. Con ellos, son responsables de la victoria retrógrada y fundamentalista los medios de comunicación. La prensa servil o timorata no ha sido capaz de decir que este emperador anda en pelotas, cuando la Casa Blanca entera, el Pentágono y el gabinete completo son dignos de salir en una foto de Tunick.

Queda, al concluir estas crónicas, un consuelo final, pobre, pero consuelo al fin: el desastre sigue siendo grande y por lo menos los republicanos mismos serán los responsables de enfrentarlo. Como dicen con su finura habitual los franceses: “desenmiérdate tú mismo”. Lo malo es que de por medio habrá tanto sufrimiento, tanta muerte y tanta tristeza. Y encima de todo eso, la cara de Bush y su sonrisa sardónica, que los pacientes lectores chilenos de este diario de campaña tendrán ocasión de conocer en vivo y en directo en unos días.

Esta mañana post-electoral sentí como si hubiera amanecido otra vez en Patolandia. Adiós poetas, hasta lueguito Pablo, so long Ginsberg, chao Whitman. Sigue durmiendo no más, leñador, que si te despertaras hoy te llevarías un tremendo susto. O tendrías que vértelas con las ilusiones rotas de tantos que creyeron que con ponerse las pilas bastaba. Los poetas que sigan imaginando un lugar que nunca existió sino en sueños. El sol amargo de este otoño no perdona. Welcome back, Walt Disney, a tu pesadilla americana.

Se me hace cuesta arriba despachar esta última crónica de campaña, porque es difícil escribir con la garganta apretada de pena, de desilusión y, por qué no decirlo, de rabia. Pero aquí va. Agradezco la paciencia de quien lee, y me despido para reanudar la vida normal de un día más en Patolandia, en el corazón del Imperio.

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