¿Por qué no te mueres?


Hay distintos tipos de ineptitud. La que los chilenos conocemos en carne propia es una versión más bien benigna, con clara fecha de expiración. El baldón que nos confiere The Economist, el de tener de presidente a un político inepto, se acabará junto con el mandato de Sebastián Piñera.

Otra cosa muy distinta es la ineptitud que aqueja a los españoles, quienes desde hace demasiado tiempo aguantan, con sorprendente estoicismo para gente tan granada, soberbia y belicosa, el lastre de los Borbones. El aguante tiene facetas graciosas: el rey no es responsable de sus propios actos y por lo tanto no puede ser juzgado por las leyes españolas. Además, el honor de la familia real está resguardado por leyes que impiden que en España se la agravie de palabra o de obra. En España yo no puedo decir con tanto desparpajo, como lo hago aquí, que el rey ha demostrado varias veces ser un verdadero tarado. Basta recordar que quiso hacer callar nada menos que a Hugo Chávez acá mismo en las Indias Occidentales. Juan Carlos redefinió en esa ocasión lo que es un soberano idiota, en un episodio digno de Toy Story: alguien que cree que sus ridículos títulos de realeza no son de juguete.

La historia nos dice que, tal vez con la excepción de Carlos III, los Borbones son una dinastía tan, pero tan inepta, que sólo sobrevive hoy gracias a la inexplicable benevolencia de los españoles. Cuando el mismo Franco quiso acelerar el proceso de restauración de la monarquía española en 1961, quiso eliminar a los Borbones del reality de la sucesión. Otto de Austria, sin embargo, no quiso nada con el trono. La casa real española se libró así del prognatismo Hapsburgo pero cayó en las goyescas narices borbónicas.

Si los chilenos nos avergonzamos de la ineptitud, de la yeta y de las piñericosas ¿qué haríamos con las historias de los Borbones? Son demasiado numerosas o sórdidas para mencionarlas todas; en ellas, siempre la desgracia va de la mano de algo absurdo, esperpéntico. Baste decir que el mismo rey que hace unos días, a los 74 años de edad, se partió la cadera en tres partes mientras andaba cazando elefantes y búfalos en Botswana, a los 18 manipulaba un revólver que se disparó, hiriendo en la cabeza a su hermano de 14 años. Las circunstancias de la muerte del “príncipe Alfonsito”, en 1956, no han sido nunca aclaradas con exactitud, pero todas las versiones coinciden en que el arma estaba en manos del futuro rey cuando se percutó.

Cualquier persona, después de un trauma así, se mantendría alejada de las armas de fuego, pero Juan Carlos de Borbón ha seguido fascinado con ellas. Para entender esto, habría que comprender la mente de alguien capaz de pagar miles de euros para que unos lacayos le pongan por delante un elefante y así, cómodamente, poder matarlo a balazos. Y después, claro, sacarse la foto. El cadáver del majestuoso animal, la poderosa trompa muerta contra un árbol, y el Rey de España sonriendo al frente como lo que es: un alelado al que cada año su empobrecido reino le regala, en vano, diez millones de euros para que justifique su existencia.

Por lo menos nuestro inepto se financia sus propios juguetitos y no nos obliga a seguir bancándonos a su familia cuando expire su mandato.

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