Cuchillo entre los dientes

Todavía tengo la costumbre de referirme a Chile como mi país. Quizá sea sólo un vestigio de modales antiguos, porque cuando digo que Chile es mi país, siento en las palabras algo semejante a esa pulsación que indica en qué parte de la encía se incuba un absceso. O bien, digo “mi país” como si le agregara comillas, como quien muestra un cuchillo y luego se lo pone entre los dientes. Cuando tengo que declarar que soy chileno, siento en la boca ese bordecito metálico que me hace desconfiar de mis propias palabras.

hablarcomochilenoIgual el acento me delata. Sigo hablando casi igual que cuando me fui. Cuando hablo en castellano me reconozco en el cantito, en la atenuación Full Mode On, los recortes y las consonantes aspiradas. Me enorgullezco de saber hablar con la boca completamente cerrada. Cuando de repente veo gente hablando igual, en un tren, en un restaurante, en un aeropuerto, me digo: chilenos.

Un detector de mentiras zanjaría el asunto. ¿Es Chile tu país? ¿Eres chileno? Me muerdo la lengua y pongo el cuerpo a responder: contesta la presión sanguínea, contestan la respiración, el pulso, la conductividad de mi piel. Cuando se trata de Chile, ya no soy capaz de saber si miento o si digo la verdad. El cuerpo responde en su porfiado silencio, el cuerpo del defensor protege el balón hasta que cruza la línea sin causar mayor estrago. El defensor de camiseta roja, el pitbull con el cuchillo entre los dientes, el filo apretado contra la lengua.

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El hombre sin pesadillas

Al cumplirse un aniversario más del ataque nuclear contra la ciudad indefensa de Hiroshima, rescato esta viñeta de un encuentro cercano en un aeropuerto de Ohio. En un par de días, la conmemoración será en Nagasaki. Si Hiroshima ya es difícil de justificar, con Nagasaki queda claro que las bombas atómicas fueron una revancha racista, fuera de toda lógica militar

fd27f-tibbets-waveGuardo la imagen de un señor canoso, de camisa a cuadros y pantalones de poliester, caminando a comprar el diario en el aeropuerto de Columbus, Ohio. “Mira”, dijo mi acompañante, indicándolo con la barbilla. Yo pensé que me quería comentar la pinta del habitante típico del medio-Oeste, por su vestimenta: rayas con cuadrillé, colores que no pegaban, talla mal elegida, textiles plásticos, anteojos tamaño jumbo. Pero no era eso. “Ése que va ahí fue el piloto del Enola Gay”.

Tuve que buscar en mis archivos mentales para entender que se refería al bombardero B-29 desde el que se lanzó la primera bomba atómica, en agosto de 1945.

Se veía sano, lo que me extrañó, porque yo había leído que el piloto del avión que destruyó Hiroshima y la mitad de sus habitantes se había vuelto loco de remordimiento al no poder borrar de su retina la ciudad que se calcinaba bajo el hongo de fuego, la misma ciudad que minutos antes había avistado entre las nubes plácidas del verano japonés. Me lo imaginaba en algún asilo de orates, haciendo avioncitos con las manos. Otra versión decía que se había suicidado, incapaz de soportar el asedio de su conciencia. La verdad era diferente: ahí estaba el comandante Paul Tibbets, comprando un diario y una barra de chocolate Hershey, con aspecto de viejito-símbolo de la buena salud y la buena conciencia en la tercera edad.

Ese encuentro cercano fue a principios de los 80, en una época en que muchos soñábamos “sueños nucleares”: pesadillas de fin de mundo que a veces hasta se plasmaban en películas apocalípticas. Recuerdo haber tenido esos sueños cuando vivía en Ohio. El cielo azul (siempre era de mañana) se poblaba de estelas blancas cuando los cientos de misiles transcontinentales escondidos por los campos se elevaban en dirección a la Unión Soviética. Yo los miraba, embobado por la belleza del espectáculo, hasta que me daba cuenta de qué se trataba, y ahí empezaba el terror. Antes de un cuarto de hora, los misiles soviéticos que estaban surgiendo de los campos siberianos nos iban a estallar encima de la cabeza.

Se me pasaba eso por la mente cuando miraba cómo Tibbets rasgaba el envoltorio de su chocolate y se alejaba por el mismo pasillo por el que había llegado, hacia la oficina de su compañía de taxis aéreos. Ahora me entero, porque tengo la manía de leer obituarios añejos, de que murió a finales de 2007. Al parecer vivió sus días después de Hiroshima orgulloso de haber sido quien fue, un hombre que no tenía pesadillas.

Uno de Tobias Wolff: “Bala en el cerebro”

La estructura de este relato no puede dejar de evocar “El milagro secreto” de Borges, pero allí donde Borges se esmera en la filigrana literaria (“en una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija”) y en la minucia histórica que explica el fusilamiento del impronunciable Hladík, la bala  de Tobias Wolff se interna por caminos donde las causalidades pueden ser 2015BULLETI_AMQcómicamente predecibles o bien lo contrario, producto de una mecánica inesperada, la que mueve el trayecto de una bala que atraviesa el cerebro de Anders, el crítico literario. Hay una mezcla de registros que plantea desafíos interesantes para la traducción, Cualquier opinión sobre los resultados será muy bienvenida.

Hablando de causalidades: Me interesó incluir a Tobias Wolff en esta serie porque en una entrevista en la Paris Review declara que le toma mucho tiempo ponerse al día con los lugares en que ha estado, condición con la que este traductor emigrante se identifica a cabalidad. Wolff nació en Alabama en 1945. Este cuento se publicó originalmente en The New Yorker en 1995.


BALA EN EL CEREBRO

Tobias Wolff

Anders no pudo llegar al banco hasta justo antes de que cerraran, así que por supuesto la cola era infinita y le tocó quedar detrás de dos mujeres, cuya conversación chillona y estúpida lo puso de un humor asesino. De todas maneras, nunca andaba del mejor humor este Anders, crítico de libros conocido por el salvajismo fastidiado y elegante con que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola todavía daba un par de vueltas alrededor del cordón, una de las cajeras puso un letrero de “CAJA CERRADA” en su ventanilla y se fue a la parte de atrás del banco, donde se apoyó en un escritorio y empezó a pasar el rato con un tipo que movía papeles para allá y para acá. Las mujeres delante de Anders pararon de hablar y miraron a la cajera con odio.

“Oh, qué bonito”, dijo una. Se dio vuelta hacia Anders y agregó, confiada en que él iba a estar de acuerdo, “Uno de esos pequeños toques de humanidad que nos hacen volver por más”.

Anders había engendrado su propio odio creciente por la cajera, pero lo dirigió inmediatamente a la presumida y quejumbrosa que tenía al frente. “Pucha, sí, qué injusto”, dijo. “Trágico, en realidad. Cuando no le amputan a uno la pierna equivocada, o le bombardean la aldea ancestral, vienen y cierran la caja”.

Ella no se amilanó. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Yo solamente opino que es pésima forma de tratar a los clientes”.

“Imperdonable”, dijo Anders. “Dios lo tendrá en cuenta”.

La mujer se chupó las mejillas, pero se quedó mirando por encima del hombro de él, sin decir nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, también se puso a mirar en la misma dirección. Y luego las cajeras dejaron de hacer lo que estaban haciendo, y los clientes lentamente se dieron vuelta, y en el banco se hizo el silencio. Dos hombres de pasamontañas negro y terno azul estaban de pie al lado de la entrada. Uno de ellos tenía puesta una pistola en el cuello del guardia. El guardia tenía los ojos cerrados y movía los labios. El otro hombre portaba una escopeta recortada. “¡Todos se callan!”, dijo el de la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguna de las cajeras da la alarma, todos ustedes son fiambres, ¿entienden?”

Las cajeras asintieron.

“Ah, bravo”, dijo Anders. “Fiambres”. Se volvió a la mujer delante suyo. “Tremendo parlamento, ¿ah? La poesía severa y con manoplas de bronce de la clase peligrosa”.

Ella lo miró con ojos de ahogada.

robber11n-3-webEl tipo de la escopeta obligó al guardia a arrodillarse. Le pasó la escopeta a su socio, le tironeó hacia atrás las muñecas y le puso un par de esposas. Lo botó al suelo de una patada entre los hombros. Luego retomó la escopeta y se acercó a la puerta de seguridad, al final del mesón. Era bajo y gordo y se movía con una lentitud extraña, casi con torpeza. “Ábranle”,dijo su socio. El tipo de la escopeta abrió la puertecita y se paseó entre la fila de cajeras, pasándole a cada una su bolsa de basura. Cuando llegó a la caja vacía, miró al de la pistola, que le dijo: “¿De quién es ese puesto?”.

Anders observó a la cajera. Ella se llevó la mano a la garganta y se volvió al hombre con que había estado conversando. Él asintió. “Mío”, dijo.

“Ponte las pilas, huevona fea, y llena la bolsa”.

“Ya estamos”, le dijo Anders a la mujer delante suyo. “Se ha hecho justicia”.

“¡Oye, chistosito! ¿Te dije que hablaras?

“No”, dijo Anders.

“Entonces cierra el hocico”.

“¿Oyeron eso?, dijo Anders. ‘Chistosito’. Sacado de ‘Los Soprano’”.

“Por fávor cállese”, dijo la mujer.

“Hey, ¿tai sordo o qué te pasa? El tipo de la pistola se acercó adonde estaba Anders. Le enterró la pistola en la guata. “¿Creís que estoy puro hueveando?”

“No”, dijo Anders, pero el cañón le hacía cosquillas como un dedo tieso y tuvo que luchar para contener la risita nerviosa. Lo hizo obligándose a mirar directo a los ojos del tipo, claramente visibles tras los hoyos del pasamontañas: de un azul pálido, irritados y con los bordes enrojecidos. El párpado izquierdo del tipo le tiritaba. Exhalaba por la boca un olor penetrante de amoníaco que le chocó a Anders más que cualquier cosa que había pasado hasta entonces, y había empezado a acrecentársele una sensación de inquietud cuando el tipo lo picaneó otra vez con la pistola.

“¿Te gusto yo, chistosito?”, dijo. “¿Me querís chupar el pico?”

“No”, dijo Anders.

“Entonces deja de sapearme”.

Anders fijó la mirada en los los zapatos del tipo, bien lustrados y de puntera fina.

“Allá abajo no. Allá arriba”. Le metió la pistola a Anders debajo de la barbilla y la empujó hasta que Anders quedó mirando hacia el cielo.

Ceiling-mural-425x425Anders nunca le había puesto atención a esa parte del banco, un edificio antiguo y pomposo con pisos y mesones y pilares de mármol y caligrafía dorada sobre las jaulas de las cajeras. La bóveda del cielo estaba decorada con figuras mitológicas cuya fealdad carnosa, envuelta en togas, Anders había observado de una mirada muchos años antes y que después había rehusado notar. Ahora no le quedaba otra alternativa que hacer un escrutinio del trabajo del artista. Era peor de lo que recordaba, en su totalidad ejecutado con la más absoluta solemnidad. El artista tenía su arsenal de trucos y los usaba una y otra y otra vez – cierto difuminado rosáceo debajo de las nubes, una miradita tímida hacia atrás de los cupidos y los faunos. El cielo estaba abigarrado de varios dramas, pero el que le llamó la atención a Anders fue el de Zeus y Europa – presentado en esta versión como un toro mironeando a una vaca detrás de un pajar. Para hacer sexy a la vaca, el pintor había inclinado sus caderas de manera sugerente y le había puesto unas pestañas largas y lacias, a través de las cuales ella le devolvía la mirada al toro con una bienvenida seductora. El toro tenía una media sonrisa y las cejas arqueadas. Si hubiera una burbuja de cómics saliéndole de la boca, habría dicho: “Aquí está papi”.

“¿De qué te reís, chistosito?”

“De nada”.

“¿Me encontrai divertido? ¿Creís que soy payaso?

“No”.

“¿Creís que podís huevear conmigo?”

“No”.

“Huevéame otra vez, y te cago. ¿Capish?”

Anders se rió a carcajadas. Se tapó la boca con las dos manos y dijo, “Disculpe, disculpe”, y luego no pudo evitar un resoplido de risa por entremedio de los dedos, y dijo: “Capish, ah, Dios mío, capish”, y ahí el tipo de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

bulletbrainLa bala rompió el cráneo de Anders y le atravesó el cerebro y salió por detrás de su oído derecho, dispersando fragmentos de hueso en la corteza cerebral, el cuerpo calloso, atrás hacia los ganglios basales, y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto pasara, la primera aparición de la bala en el cerebelo gatilló una cadena crepitante de transportes iónicos y neuro-transmisiones. A causa de su curioso origen, éstas trazaron un patrón curioso, despertando aleatoriamente una tarde de verano de hacía unos cuarenta años y desde entonces perdida en la memoria. Después de impactar el cráneo la bala se desplazaba a 300 metros por segundo, velocidad patéticamente lenta, glacial, en comparación con el relámpago sináptico que se desencadenó a su alrededor. Una vez en el cerebro, esto quiere decir, la bala quedó bajo control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders amplio tiempo de ocio para contemplar la escena que –usando una expresión que él aborrecería— “pasaba delante de sus ojos”.

Vale la pena tomar nota de lo que Ambers no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que él más enloquecidamente amaba de ella, antes de que terminara irritándolo – su carnalidad desvergonzada, y especialmente el modo cordial con que trataba a su aparato, a quien ella apodaba Señor Topo, como en “Oh, oh, parece que el Señor Topo quiere jugar” y “¡Escondamos al Señor Topo!”. Anders no recordó a su esposa, a quien él también había amado antes de que ella lo extenuara de tan predecible, o a su hija, ahora una hosca profesora de economía en Dartmouth.

No recordó estar de pie cerca de la puerta de su hija mientras ella sermoneaba a su oso por portarse mal y le describía los castigos realmente espantosos que iba a recibir si no cambiaba su forma de ser. No recordó ni un solo verso de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder darse escalofríos a voluntad – ni “Silencioso, sobre una cima de Darien”, ni “Dios mío, supe este día”, ni “¿Todas mis bellas? ¿Has dicho todas? ¡Oh, cometa infernal! ¿Todas?”. Ninguno de estos recordó, ni uno solo. Anders no recordó lo que dijo su madre moribunda sobre su padre: “Debería haberlo apuñalado mientras dormía”. No se acordó del profesor Josephs contándole a sus alumnos que los prisioneros atenienses en Sicilia eran liberados si eran capaces de recitar a Esquilo, y luego recitando a Esquilo él, ahí mismo, en griego antiguo. Anders no recordó cómo le ardían los ojos con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la tapa de una novela poco después de graduarse, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de entregar respeto.

Tampoco recordó que había visto a una mujer saltar al vacío desde el edificio opuesto al suyo, días después de que nació su hija. No recordó haber gritado: “¡Dios tenga misericordia!” No recordó haber chocado a propósito el auto de su padre en un árbol, o que tres policías le habían pateado las costillas en una protesta contra la guerra, o despertarse de risa. No recordó cuándo había empezado a mirar la pila de libros en su escritorio con aburrimiento y espanto, o cuándo se enrabió con los autores por escribirlos. No se acordó de cuándo todo le comenzó a recordar otra cosa.

Esto es lo que sí recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el chirrido de los insectos, él mismo apoyado contra un árbol mientras los niños de su barrio se juntan para organizar un juego. Él mira mientras los otros discuten sobre quién es más genio, si Mantle o Mays. El tema los ha preocupado todo el verano y para Anders se ha vuelto tedioso: una opresión, como el calor.

Luego llegan los dos último chicos, Coyle y un primo de Mississippi. Anders no conoce al primo de Coyle y no lo verá nunca más. Le dice hola como el resto pero no le presta mucha atención hasta que han elegido a los equipos y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el chico. “Paracorto es el mejor puesto que haiga habido”. Anders se voltea y lo mira. Quiere que el primo de Coyle repita lo que acaba de decir, pero no se atreve a pedirle que lo haga. Los otros van a pensar que está poniendo pesado, molestando al cabro por la gramática. Pero no es eso, para nada – es que Anders se siente extrañamente estimulado, exultante, ante esas palabras finales, su cualidad inesperada y su música. Ocupa su puesto en el campo, en trance, repitiéndoselas a sí mismo. La bala ya está dentro del cerebro; no la van a mantener a raya para siempre, o a detenerla como por encanto. Al final hará su tarea y va a dejar atrás la aproblemada calavera, arrastrando tras de sí su cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del vestíbulo comercial. Eso no se puede evitar. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras se alarguen sobre el pasto, tiempo para que el perro encadenado le ladre a la pelota en vuelo, tiempo para que el muchacho en el jardín derecho golpee su guante negro de sudor y coree suavemente, Que haiga habido, que haiga habido, que haiga habido.

 

Coyote v. Acme

La traducción de esta semana es un scherzo escrito por Ian Frazier y publicado en The New Yorker el 26 de febrero de 1990. No es una pieza literaria en sí, pero destila un evidente rigor en la escritura; esta combinación de liviandad y primor en el lenguaje me resulta refrescante. El estilo de la pieza de Frazier se inscribe dentro del género misceláneo típico suyo y de secciones de la revista en que escribió por décadas. En este texto, gran parte de la complicidad que forma con el lector está hecha de una experiencia narrativa en otro medio, la televisión: la múltiple saga del Coyote en procura del Correcaminos. Por lo tanto, depende para accionar sus imágenes de la activación de una bomba Acme de recuerdos de infancia frente al televisor.1500524

“Coyote v. Acme” es una digna conclusión a un drama interminable. En lugar de pillar al maldito pájaro, el sufrido y tenaz Wile E. Coyote recurre a los tribunales y se querella, pero no en contra de su presa inalcanzable, sino de la infame empresa Acme, su proveedor de tretas y falso cómplice. Resistí la tentación de traducir el nombre de pila del querellante, que en inglés es Wile E., y que se pronuncia como wily, el epíteto que se le asigna al coyote y que quiere decir “astuto”, “ladino”, o en chileno, “pillo”. Bip, bip.

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WILE E. COYOTE, §
Querellante §
v. § DEMANDA EN LO CIVIL No. B19294
ACME COMPANY, §
Acusado §

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CORTE DISTRITAL DE LOS ESTADOS UNIDOS — DISTRITO SUROESTE DE ARIZONA
Tempe, Arizona. Preside la Jueza Joan Kujava

DECLARACIÓN PRELIMINAR DE HAROLD SCHOFF, ABOGADO DEL QUERELLANTE

El Sr. Abogado Schoff declara:

Mi representado, el Sr. Wile E. Coyote, residente de Arizona y estados contiguos, por medio de la presente acción, se querella por daños y perjuicios contra la compañía Acme, manufacturera y distribuidora al por menor de mercancías diversas, con sede en Delaware y filiales en todos los estados, distritos y territorios del país. El Sr. Coyote busca compensación por daños personales, pérdida de ingresos y graves daños mentales causados como resultado directo de las acciones o grave negligencia por parte de la susodicha empresa, bajo el Título 15 del Código de los EE.UU., Capítulo 47, sección 2072, inciso (a), relacionados con la responsabilidad penal del fabricante de productos.

El Sr. Coyote declara que, en ochenta y cinco ocasiones distintas, adquirió de la Compañía Acme (de aquí en adelante, la Parte Acusada), por medio del departamento de envíos por correo, ciertos productos que le causaron daño corporal debido a defectos de fabricación o etiquetado de advertencia inadecuado. Los recibos a nombre del Sr. Coyote están en posesión de la Corte, como prueba de compra, marcados como Prueba A. Tales daños corporales sufridos por el Sr. Coyote han restringido temporalmente su capacidad de ganarse la vida en la profesión de depredador. El Sr. Coyote es un trabajador independiente y por lo tanto no cuenta con derecho a Seguro Laboral.

El Sr. Coyote declara que el 13 de diciembre recibió de la Parte Acusada vía encomienda un Trineo Cohete Acme. La intención del Sr. Coyote era la de utilizar el trineo como ayuda en la persecución de su presa. Al recibir el Trineo Cohete, el Sr. Coyote lo extrajo de su cajón de flete y al avistar a su presa a cierta distancia, activó la ignición. Al sujetarse el Sr. Coyote del manubrio, el Trineo Cohete aceleró con una fuerza tan repentina y precipitada que extendió los miembros anteriores del Sr. Coyote a un largo de cinco metros. Subsecuentemente, el resto del cuerpo del Sr. Coyote fue impulsado hacia adelante con un sacudón violento, lo que causó una distensión severa de su cuello y espalda, y lo emplazó inesperadamente a horcajadas del Trineo Cohete. Desapareciendo en el horizonte a tal velocidad que dejó una estela de vapor en su trayectoria, el Trineo Cohete enseguida puso al Sr. Coyote por delante de su presa. En ese momento, el animal que perseguía giró violentamente a la derecha. El Sr. Coyote vigorosamente trató de seguir esta maniobra pero no pudo, debido al mal diseño e ingeniería del Trineo Cohete y a un sistema de guía fallado o inexistente. Poco después, la trayectoria ininterrumpida del Trineo Cohete lo llevó, junto con el Sr. Coyote, a colisionar con el costado de una meseta.

El Párrafo Primero del Informe del Médico a Cargo (Prueba B), preparada por el señor Ernst Grosscup, Doctor en Medicina y Ortodoncia, detalla las múltiples fracturas, contusiones y daño de tejidos sufridos por el Sr. Coyote como resultado de esta colisión. La cura de las heridas requirió un vendaje total de la cabeza (excluyendo las orejas), un soporte cervical, y enyesados completos o parciales en las cuatro extremidades. Impedido por estas lesiones, el Sr. Coyote se vio obligado, sin embargo, a proveerse por sí mismo. Con este fin en mente, le compró a la Parte Acusada, como ayuda para movilizarse, un par de Patines Cohete Acme. Cuando intentó usar este producto, sin embargo, se vio involucrado en un accidente notablemente similar al ocurrido con el Trineo Cohete. Para reiterar, la Parte Acusada le vendió, sin trámite y sin advertencia, un producto que unía potentes motores de propulsión a chorro (dos, en este caso) a vehículos inadecuados, sin provisión alguna para la seguridad del pasajero. Agobiado por sus pesadas escayolas de yeso, el Sr. Coyote perdió el control de los Patines Cohete poco después de amarrárselos, y colisionó con un letrero de la carretera tan violentamente que dejó en él un agujero con la forma de su silueta.

El Sr. Coyote declara asimismo que en ocasiones demasiado numerosas como para hacer un listado en este documento, ha sufrido percances con explosivos comprados a la Parte Acusada: el petardo “Pequeño Gigante” Acme, la Bomba Aérea Auto-dirigida Acme, etc. (Para un listado completo, ver el Catálogo Acme de Explosivos por Correo y testimonio adjunto, agregado como evidencia, Prueba C). De hecho, se puede afirmar con seguridad que ni en una sola oportunidad un explosivo comprado por el Sr. Coyote a la Parte Acusada se ha comportado de la forma esperada. Para citar sólo un ejemplo: con gran gasto de tiempo y esfuerzo personal, el Sr. Coyote construyó alrededor de la parte externa de una colina un deslizadero de madera que comenzaba en la cima del cerro y bajaba en espiral alrededor de él hasta llegar a una X negra pintada en el suelo del desierto. El deslizadero estaba hecho de tal manera que un explosivo esférico del tipo comercializado por la Parte Acusada rodara fácil y rápidamente hacia abajo, hasta llegar al punto de detonación indicado por la X. El Sr. Coyote dispuso una generosa cantidad de alpiste directamente sobre la X y luego, llevando la Bomba Acme esférica (#78 en el Catálogo), subió a la cima de la colina. La presa del Sr. Coyote, al percibir el alpiste, se aproximó, y el Sr. Coyote procedió a encender la mecha. En sólo un instante, la mecha se consumió hasta la base, causando la detonación de la bomba.

Además de reducir todas las cuidadosas preparaciones del Sr. Coyote a la nada, la detonación prematura del producto de la Parte Acusada ocasionó las siguientes desfiguraciones al Sr. Coyote:

  1. Chamuscado severo del pelaje de la cabeza, el cuello, y el hocico.
  2. Coloración cenicienta.
  3. Fractura de la oreja izquierda, en la base, causando que la oreja se balanceara con la reverberación y emitiera un sonido chirriante.
  4. Combustión total o parcial de los bigotes, con resultado de encrespamiento, alteración y desintegración en cenizas.
  5. Ensanchamiento radical de las órbitas oculares, debido a la carbonización de cejas y párpados.

Llegamos ahora a las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme. Lo que queda del par adquirido por el Sr. Coyote el 23 de junio constituye la pieza de evidencia D del querellante. Fragmentos seleccionados de ella fueron enviados a los laboratorios metalúrgicos de la Universidad de California en Santa Bárbara para ser analizados, pero a la fecha no se ha hallado explicación alguna para la súbita y extrema falla de funcionamiento de este producto. Tal como lo anuncia la Parte Acusada, este producto es de una simplicidad extrema: dos sandalias de madera y metal, cada una adherida a un resorte de acero templado de alta fuerza tensil y dispuesto en una posición fuertemente comprimida por medio de un mecanismo percutor atado a una cuerda que hace las veces de gatillo. El Sr. Coyote creía que este producto le permitiría abalanzarse sobre su presa en los momentos iniciales de la persecución, cuando los reflejos rápidos son más necesarios.

Para aumentar aún más el poder de propulsión de las zapatillas, el Sr. Coyote las apoyó contra el costado de una enorme roca. Adyacente a la roca había una senda por la cual la presa del Sr. Coyote solía pasearse. El Sr. Coyote puso sus extremidades traseras en las sandalias de madera y metal y se acuclilló en preparación, con su garra delantera sujetando firmemente la cuerda-gatillo. Dentro de un breve lapso, la presa del Sr. Coyote, de hecho, apareció por el camino, en dirección a él. Sin sospechar nada, la presa se detuvo cerca del Sr. Coyote, muy al alcance de los resortes extendidos. El Sr. Coyote midió la distancia con cuidado y procedió a tirar de la cuerda-gatillo. En este punto, el producto de la Parte Acusada debió haber impulsado al Sr. Coyote hacia adelante, en dirección contraria a la roca. En vez de eso, por razones que aún se desconocen, las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme se extendieron y empujaron la roca en dirección opuesta al SC. Mientras que la presa observaba esto, incólume, el Sr. Coyote colgaba suspendido en el aire. Luego los dos resortes se encogieron, haciendo colisionar violentamente la roca con los pies del SC, con el peso completo de su cabeza y tronco superior recargándose contra sus extremidades inferiores. La fuerza de este impacto luego hizo que los resortes rebotaran, y como resultado el Sr. Coyote fue proyectado hacia el cielo. Esto fue seguido de un segundo recogimiento y la correspondiente colisión. La roca, mientras tanto, que era aproximadamente de forma ovoide, había empezado a rebotar cuesta abajo, con el movimiento de los resortes aumentando su velocidad. Con cada rebote, el Sr. Coyote hacía contacto con la roca, o bien la roca hacía contacto con el Sr. Coyote. Como la cuesta era larga, este proceso continuó por bastante rato. La secuencia de colisiones tuvo como consecuencia un daño físico sistémico al Sr. Coyote, a saber: aplanamiento craneano, desplazamiento lateral de la lengua, reducción de la longitud de extremidades y torso, y compresión de las vértebras desde la base de la cola hasta la cabeza. La repetición de los golpes a lo largo de un eje vertical produjo una serie de pliegues horizontales en los tejidos corporales del querellante, una extraña y dolorosa condición que hizo que el Sr. Coyote se expandiera hacia arriba y se contrajera hacia abajo alternadamente al caminar, emitiendo un resuello como de acordeón desafinado con cada paso. La naturaleza distractiva y embarazosa de este síntoma ha sido un gran impedimento para el Sr. Coyote en su búsqueda de una vida social normal.

Como a esta corte sin duda le consta, la Parte Acusada tiene un virtual monopolio de la manufactura y venta de productos requeridos por el trabajo del Sr. Coyote. Nuestro planteamiento es que la Parte Acusada ha usado esta ventaja de mercado para detrimento del consumidor de productos tan especializados como el polvo pica-pica, volantines gigantes, trampas para tigres de Burma, yunques, y bandas elásticas de 60 metros. Por mucho que haya llegado a desconfiar de los productos de la Parte Acusada, el Sr. Coyote no cuenta con otro proveedor nacional. Uno se pregunta lo que nuestros socios comerciales de Europa occidental o Japón opinarán de una situación tal que a una compañía gigantesca se le permite victimizar al consumidor de la manera más irresponsable e indebida, una y otra vez. El Sr. Coyote respetuosamente solicita a la Corte que tome en consideración estas implicaciones económicas generales y que sancione a la Parte Acusada por daños en la cantidad de diecisiete millones de dólares. Además, el Sr. Coyote solicita sanción por daños efectivos (pérdida de alimentación, gastos médicos, días sin poder ejercer su ocupación profesional) en la cantidad de un millón de dólares; daños generales (sufrimiento sicológico, daño a la reputación) por veinte millones de dólares; y gastos de representación legal por setecientos cincuenta mil dólares. Al otorgarle al Sr. Coyote la cantidad total de lo solicitado, la corte castigará a la Parte Acusada, sus directores, ejecutivos, accionistas, herederos y asociados, en los únicos términos que entienden, y reafirmará el derecho que corresponde a todo depredador a la protección igualitaria ante la ley.

Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?

¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana

Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji

Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi

Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku

Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote

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