“I would prefer not to”: Preferiría que no

En su ensayo “Hawthorne y sus musgos”, escrito en 1850, tres años antes de la publicación de “Bartleby, el escribano”, Herman Melville señala:

Si magnifico a Shakespeare, no es tanto por lo que hizo sino por lo que no hizo, o por lo que se abstuvo de hacer. Porque en este mundo de mentiras, la verdad se ve forzada a volar como blanca paloma asustada en los bosques y sólo se revelará ante miradas habilidosas, como la de Shakespeare y otros maestros del gran arte de contar la verdad, aunque sea a escondidas y a retazos.

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Tomando en serio esta poética enunciada por Melville, basada en la reticencia, en la revelación fragmentada y en la destrucción de la certeza fácil, en mi traducción de “Bartleby” me propuse como primera tarea la de despejar y desbrozar el lenguaje, para permitir que la mirada habilidosa (astuta, perspicaz, experimentada) que pide Melville tanto para autores como para lectores siga con la mayor nitidez posible los movimientos de esa “paloma asustada en los bosques”.

Paradójicamente, me encontré con que la tarea de clarificar y transparentar se podía lograr reafirmando la fidelidad a los ritmos y registros del original. La prosa de Melville tiene la cualidad de ser capaz de mezclar con gran dinamismo lo vernáculo y la formalidad asociada a la escritura decimonónica, junto con la introspección de vuelo más existencial y poético. Por lo tanto, traducirla exige un oído atento a esa variedad y volubilidad internas. Al traducir, quise dar cuenta de esta diversidad de registros y prosodias, con las que Melville produce un efecto de fricción, aumenta la intensidad narrativa y marca los contornos de la reflexión ética que se mueve, sin revelar del todo su misterio, por todo el relato.

El cotejo con otros traductores de “Bartleby” al castellano ha sido cordial pero franco, como es propio de todo entrevero entre tahúres. Una vez embarcado en la tarea de traducir, evité consultar otras versiones —especialmente la de Borges— muy consciente de que al final del proceso igual tenía la obligación de compararlas con la mía, como estipula el protocolo de escribanos y de traductores.

En la comparación final, constaté que la versión canónica de Borges acierta al evitar el sentimentalismo y la grandilocuencia que abunda en otras versiones. Destaca por su prestancia de estilo y por sus aciertos lingüísticos. Aun así, con todas las cualidades que la mantienen como referencia indispensable, la traducción de Borges es dispareja y en ocasiones imprecisa y hasta errónea; en partes, incluso da la impresión de cierto apuro o cansancio. Aun así, el poderío de la prosa borgiana termina por colonizar el lenguaje vibrante y heterogéneo de Melville, que es mucho más variado y más áspero que ese “idioma tranquilo y hasta jocoso” que Borges le endosa en uno de sus prólogos.

La aproximación de Borges al lenguaje de Melville no es inocente, ya que propicia un acercamiento crítico que muchos repiten sin mayor cuestionamiento. Afirmar, como hace Borges, que “Bartleby prefigura a Kafka” puede resultar sugerente a primera vista pero termina siendo reductivo. El conocido y ahora predecible juego borgiano de textos y precursores quizás ilumine la lectura de Borges sobre Kafka, pero reduce la particularidad fecunda del relato de Melville.)

18192406_10155557960705942_4788211563569759036_o“Preferiría no hacerlo” se ha usado hasta ahora para trasladar al castellano la frase emblemática “I would prefer not to”.  Esta solución, usada por Borges, se ha impuesto a tal punto que es sinónima de Bartleby: la “frase power” es el término que usó el editor de Hueders, Rafael López Giral, al momento de debatir, antes de publicar, los méritos y los riesgos de cambiar la formulación.

“Preferiría que no” busca mantener la cualidad anómala y enigmática de la formulación original, la que, sin ser sintácticamente errónea, escamotea un cierre semántico fijo.

Al optar por “preferiría que no” intenté hacer eco de la anomalía inconclusa, de la condición trunca, de la infranqueable indeterminación, del equilibrismo sintáctico del original, elementos en los cuales se cifra la radicalidad del modo de resistencia encarnado en la figura del escribano, una radicalidad que no puede ser absorbida por los paradigmas con que el narrador intenta enfrentarlo. Agregar el verbo final, “hacerlo”, alivia artificialmente la tensión que sostiene todo el relato. Además, deja como único verbo ese “preferir”, verbo dúctil y enigmático que resulta clave para una lectura global del cuento.

Las otras traducciones al castellano omiten el título completo con que el texto fue publicado en la revista Putnam’s Monthly de Nueva York en 1853. La práctica de usar un título reducido también es común en las ediciones en inglés, donde a veces ha aparecido simplemente como “Bartleby”. Al restituir “Una historia de Wall Street” al título, mi traducción quiere rescatar una parte relevante del contexto en que Melville publica este relato. Putnam’s Monthly, rival de Harper’s, era una revista selecta de crítica, análisis y comentario social (incluyendo lo literario) escrita exclusivamente por autores norteamericanos y leída por una élite ilustrada y liberal para la cual, sin duda, el subtítulo era una referencia significativa.

La restitución del título completo permite subrayar la dinámica de cruces y desdoblamientos que se produce entre diversos ámbitos del relato desde un comienzo, en el particular entorno de Wall Street y el sistema judicial y penal en que se desarrolla el relato. Nos recuerda que desde el inicio la historia trata del carácter y la transformación de las relaciones tanto laborales como personales entre el narrador y su empleado, y que genera su fuerza a partir de la tensión derivada de esta oscilante dinámica de poder. El título completo nos sugiere que Wall Street —que funciona simultáneamente como sinécdoque y metonimia, al igual que la cárcel de las Tumbas donde culmina la narración— es una figuración del denso bosque de la poética melvilliana, ese espacio de luces y de sombras donde Melville esperaba que surgiera la asustadiza paloma de la verdad que él había vislumbrado en su maestro Hawthorne.

 

Esta es una versión modificada de la nota sobre criterios de traducción que aparece en Bartleby, el escribano. Una historia de Wall Street, de Herman Melville, trad. Roberto Castillo Sandoval. Hueders, 2017.

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El chacal de la trompeta

1976. Vuelvo a Chile a fines de invierno y me encuentro con que Santiago ya no es una ciudad sino un limbo distópico. Si alguna vez fue una unidad diversa, la capital se ha puesto mucho más arisca y se siente como un ensamblaje de espacios disconexos. El silencio establece su imperio en las calles, en las micros, en el reluciente metro que repta por debajo de la Alameda, desde La Moneda a Plaza Italia, un vaivén de gente pálida, entumida, en ropajes plomizos. metrovacioNo hay sólo mudez, sino un callar porfiado, más profundo que el silencio. Después de un año de ausencia, en el cual tanto añoré mi idioma y mi ciudad, me encuentro con las ruinas de un lenguaje y con un tren subterráneo que no lleva a ninguna parte. Las palabras están atenuadas, tan desfiguradas (o disfrazadas) que resultan irreconocibles. La prescindencia de palabras es una droga que me ayuda a mantener, si no la calma, cierta compostura, el disimulo indispensable.

La música que se toca en las radios o en las micros o en las calles suena como si estuviera con el tiempo contado, al borde de un abismo de silencio, como si los chacal_13músicos si se fueran a topar en cualquier momento con las notas del Chacal de la Trompeta. Y muchos nos preguntamos cómo vamos a reaccionar –si abandonamos a la primera o seguimos un poco, desafiantes, si nos va a dar rabia, vergüenza, pena o risa– cuando el verdugo enmascarado eleve su instrumento de tortura.

En mi liceo fiscal el miedo también ha consolidado su dominio. Es un terror organizado, provisto de método y de calendario, predecible y aburrido, pero no por eso menos eficiente. El ritual de sumisión frente a la bandera de los lunes sirve de molde para todas las interacciones en el colegio y fuera de él. Una kermesse, un campeonato de baby-fútbol, un examen semestral, una exposición de arte, todo se inicia o culmina en algún gesto de avasallamiento. Las genuflexiones a veces son silenciosas, pero a veces vienen acompañadas de aspavientos y gesticulaciones propios del teatro del absurdo.

El currículum ha revertido a la Edad Media; desaparece la educación sexual y en su lugar se nos enseña el modo correcto en que una buena madre oxigena la leche junto a una ventana abierta antes de servirla, o la forma en que un padre moneda de 10responsable sabe desarticular la subversión latente de una gotera o una invasión de hormigas o un tapón quemado. La economía de la domesticidad, la domesticidad de la economía. En las monedas nos increpa un ángel con tetas ennegrecidas que acaba de romper sus cadenas.

La clase de filosofía de los cuartos medios la hace un tipo que a veces llega en uniforme de la FACh y otras veces aparece vestido de cura. Filósofo malo, filósofo bueno. La directora llega al trabajo con la escolta armada de su marido militar. El inspector es un ex-tira que se pasea entre las filas de alumnos, revisando con regla que el pelo esté corto y que los jumpers estén largos. Su especialidad es detectar a los fonomímicos que boicoteamos la segunda estrofa de la Canción Nacional en el acto de los lunes, o a los que aumentan demasiado el volumen en la parte de “hagan siempre al tirano temblar”.

General Augusto Pinochet Meets Chileans–Oiga Castillo, ¿qué andaba haciendo en Estados Unidos si usted es comunista?

–No soy comunista, señor.

–Castillo, ¿usted sabe por qué me pusieron Columbo los alumnos?

–Porque usted nos tiene bien rochados, señor.

–Correcta la respuesta del concursante.

Ya en la universidad, tengo que hacerles clases particulares a niños que me llevan al borde del infanticidio. El único que me simpatiza es una niñita de apellido árabe que me muestra cómo adelanta el reloj para que la hora de clases no dure tanto. Una vez la hicimos de diez minutos y nadie se dio cuenta. Algunos fines de semana me dedico a vender las sillas plegables y colgadores que fabricaba mi padre. Los acarreo a pulso, rogando a los choferes para que me abran la puerta trasera. Intento vender la mercadería por un par de chauchas en las esquinas, cerca de los centros comerciales. Les hago el quite a los pacos todo el día y por mi silencio se diría que también evito importunar a los clientes; sólo hablo si me dirigen la palabra. No sé ofrecer la mercadería, no sé regatear cuando me ofrecen una miseria.

niñod dormido en microA la vuelta me azoto la cabeza contra la ventanilla de una micro, dormitando con un libro abierto entre los dedos sueltos, pendiente de no perder mi paradero, de que no me roben la mercadería.

El regreso a Chile no ha sido auspicioso. Me defiendo a duras penas de un asalto en un callejón, sin tener nada que entregarle al borracho que me muestra su TIFA y me pone el revólver de servicio bajo la nariz. Por mucho tiempo no me comunico con nadie. No sé contestar bien si otros me hablan. Me cuesta determinar si mis amigos me hablan en serio o en broma. Le tomo el gusto a andar en la orilla mala del toque de queda, aprendo cómo se desplazan las patrullas. Hasta diría que penetrar ese tiempo y espacio prohibidos es mi forma de arte, mi intervención en la noche santiaguina, con la cordillera de los Andes de trasfondo, ese témpano fosforescente y mudo.

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Saldo algunas cuentas, me despejo de obligaciones y apenas tengo la oportunidad me voy de nuevo de Chile, como quien sale a respirar después de sumergirse en un estero de aguas muertas. “No me voy”, digo en las fiestas de despedida, “simplemente voy”, pero me centellea en la boca la mentira.

De Antípodas

La escuela nazi en Chile

Una vez, conversando sobre los episodios de violencia nazi en Chile, María Luisa Fischer, estudiosa de Neruda, me mencionó la siguiente anécdota que se encuentra en las memorias del poeta:

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Sieg Bye!

Por aquellos días de victorias estruendosas de Hitler, tuve que cruzar más de alguna vez alguna calle de un villorio o de una ciudad del sur de Chile bajo verdaderos bosques de banderas de la cruz gamada. En una ocasión, en un pequeño pueblo sureño me vi forzado a usar el único teléfono de la localidad y hacer una reverencia involuntaria al Führer. El propietario alemán del establecimiento se había ingeniado para colocar el aparato en forma tal que uno quedaba adherido con el brazo en alto a un retrato de Hitler.

En efecto, como sugiere Neruda en esta viñeta, los nazis son capaces de todo por un Sieg Heil, aunque sea involuntario. Lo que les importa es el gesto, aun si tiene un elemento de coerción o de engaño. Los nazis no son nada sin gesticulaciones, sin disfraces, y sin sus peculiares distorsiones de voz.

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Charlie Chaplin

En la farsa “El gran dictador”, Charles Chaplin le sacó provecho a la corta distancia que había entre la puesta en escena de un toni y la del Führer. A los nazis no les pareció gracioso que un filo-comunista con aspecto de judío como Chaplin se burlara de Hitler y le disputara el monopolio del bigotito mosca. Los camisas pardas (o camisas negras) tienden a ser impermeables al humor. Es mejor ni imaginarse cómo sería la rutina stand-up de un cómico nazi, a pesar de que constantemente andan haciendo o diciendo payasadas.

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Sacando las banderitas

Al mismo tiempo, los nazis tienden a ser lo que en Chile llamamos “perseguidos”, la encarnación misma de la paranoia. Esta mezcla de falta de humor y delirio de persecución les da su aire de comicidad involuntaria, pero también los vuelve peligrosos. No hay nadie más letal que un paranoico incapaz de entender una talla o cualquier cosa que no cuadre en su rectangular esquema, especialmente cuando anda en patota acompañado de otros tan densos como él, y todavía peor si anda armado. Por eso, al encontrarnos con alguien que se las da de nazi, lo más prudente es concluir que aunque parezca un payaso inofensivo, a la menor provocación real o imaginada explotará como un fanático violento, o bien incitará a otros a que tomen venganza.

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La biblia de los nazis chilenos

No extraña que haya nazis en nuestro país, pero sí llama la atención que haya nazis chilenos, sobre todo si uno piensa que Chile es un país mayoritariamente mestizo y por lo tanto “impuro”, poblado de Untermensch, quiltros aptos para crematorios. Para esta contradicción vital, los nazis criollos tienen sus respuestas deschavetadas, las que difunden sin que nadie se atreva a trabarse en un diálogo crítico con ellos. Dejan caer nombres de filósofos alemanes o deidades germánicas como quien tira bombas de ruido, y les resulta. Una especie de biblia del nacismo criollo, por ejemplo, es el mamotreto nacionalista Raza chilena (1904) de Nicolás Palacios, donde se aduce que algunos de los “araucanos” son más bien arios, que ésos son los verdaderos antepasados nuestros (junto a los españoles “góticos”) y que por ese lado nos podríamos merecer un lugar en Valhalla. Si Nicolás Palacios, a pesar de que sus teorías no tienen ni pie ni cabeza, sigue siendo considerado un clásico de la identidad chilena (Carlos Cardoen financió su re-edición de lujo hace algunos años), entonces los nazis sienten que tienen el camino despejado para propagar sus propias doctrinas en Chile y fundar escuelas sin temor al ridículo.

Hace un tiempo tuve una experiencia casi onírica al respecto, cuando encontré en YouTube una entrevista de Cristián Warnken al escritor Miguel Serrano, gurú del esoterismo hitleriano. El venerable caballero se fue a hacerle compañía a Odín hace unos años, pero dejó como legado esta escuela de “pensamiento” que hoy quiere institucionalizarse en la Escuela de Arte Presidente General Augusto Pinochet.

Funeral de Miguel Serrano

Funeral de Miguel Serrano

El esoterismo hitleriano es una rama del pensamiento cuasi-religioso nazi desarrollada por Heinrich Himmler, cuyos merecimientos para ser líder espiritual incluyen haber dirigido la Schutzstaffel (SS) y la Gestapo. El entrevistador Warnken en esa entrevista está irreconocible, como gallina en trance. Cualquiera diría que tenía al frente a Jesucristo, o al mismo Nietzsche, y en vez de hacerle preguntas le daba pases para que el viejo esparciera su pomada mística y le diera fuerte al autobombo. Más que un programa cultural, eso parecía un infomercial ideológico-literario, impensable en otras partes de América Latina o en cualquier parte del mundo. Warnken le da cuerda para que explique cómo pensamos como pueblo y Serrano se explaya. Los japoneses están como centrados en el vientre y por eso echan mano al harakiri, mientras que a nosotros (los chilenos, supongo), dice, por como está conformado el planeta, nos corresponde… y se tranca, se le escapa la palabra cloaca y por fin dice el “muladar”. Qué le vamos a hacer, estamos en el culo del mundo y no lo asumimos, tomamos prestadas otras partes que no nos corresponden.

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“Como dijo Nietzsche nunca…”

Entremedio de la vergüenza ajena, me acordé de que en Chile a los nazis se los toma en serio. No importa que de repente los ojos se les conviertan en dos espirales, como les pasa a los locos de Condorito. Incluso gente como Warnken –reaccionario pero no insensato– los escucha y les aguanta barbaridades: sólo falta que se ponga el babero cuando Serrano afirma que de simples mortales en el poto del mundo nos podemos convertir en héroes, y después, quién sabe, con un poquito de coraje, fe mística, y con unos cuantos Sieg heil, pasaremos de héroes a dioses. Todo eso sin dejar de ser chilenos, ésa es la gracia.

En vida, a Serrano jamás le faltó tribuna, aparecía en The Clinic tanto como en LUN, El Mercurio, La Nación, porque tenía labia y una pluma más que aceptable. De hecho, ha escrito un par de líneas algo melodramáticas pero dignas de citarse:

¿Habrá un chileno que no haya apretado, con dolor, en su pecho, durante negras noches, sueños de cataclismos geológicos, de lunas que se caen, de cielos infinitos, de aguas creciendo como castigos determinados?

Gracias a sus talentos de pícaro de las letras, este ex diplomático, formado en la vieja academia del amiguismo, logró hacerse pasar por intelectual. Algunos escritores jóvenes lo admiran y varios críticos al parecer creían que su persistencia era buen sucedáneo del talento.

Una inspección somera de sus obras revela que Serrano le copia todo a Jung, a un Nietzsche pasado de revoluciones, o a escritores de rango menor como Hesse, a quien le rinde pleitesía y con cuyo espíritu entabla conversaciones. Serrano también habla con el espíritu de su perro, que no es cualquier perro, sino un pastor alemán. Como nadie lo contradecía en nada, ni siquiera su perro pastor alemán, Serrano confundía una y otra vez la fantasía con el conocimiento.

Desfile en Valdivia. Foto de Adolf Meyer, NSDAP Gauleiter.

Desfile en Valdivia. Adolf Meyer, NSDAP Gauleiter.

Se imaginaba, por ejemplo, que en algún lugar secreto de la Antártica se encuentra, larvándose dentro de un gran cubo de hielo, la encarnación astral de Hitler, que resucitará y nos rescatará -si lo merecemos- del “cristianismo de maricones” en que estamos sumidos. El Führer resurrecto y descongelado nos enseñará los nuevos evangelios místicos del “cristianismo ario”. Hitler no está solo en su hibernación: lo acompaña en la hielera antártica famosa todo su estado mayor, que habría escapado de Alemania en un submarino cuando los señores rusos ya estaban a las puertas de la Puerta de Brandenburgo. Rudolf Hess, que tenía visión-país (perdón, visión-Reich), le dijo al chofer del submarino que lo dejara en Buenos Aires, para preparar la segunda venida del Tercer Reich, o la primera venida del Cuarto Reich, depende de cómo uno saque las cuentas místicas.

¿Por qué la Antártica, dirán ustedes, y no la Tierra Santa o el mismo Reichstag? El mesías hitleriano saldrá de la Antártica porque, según Serrano, la cabeza del planeta está situada en el Ártico, mientras que en el polo sur se ubican sus órganos sexuales. Los órganos sexuales del planeta Tierra, entiéndase bien. Otros datos de anatomía planetaria mística es que entre Asia y el Perú hay unos inmensos intestinos subterráneos por donde se vinieron a América los Incas, caminando desde el Tibet.

A group of Chilean Nazis belonging to "Forefront of National Order" (FON), take part in a ceremony inside a cemetery in Valparaiso City.

A los nazis chilenos les encantan los cementerios

El misticismo nazi de Serrano lo explica todo. Si alguna vez algún chileno se ha preguntado por qué es medio feo, la respuesta la tiene él: la culpa la tiene la belleza natural de Chile. En el sistema del esoterismo hitleriano, todo está hecho de polaridades que se compensan y equilibran el mundo. Entonces, este brillante diplomático e intelectual cogita que en un país tan lindo como el nuestro, para que haya equilibrio místico, tiene que haber por lógica una buena cantidad de gente fea. O sea que estamos fritos. Este mismo caballero opinaba que David Rockefeller, por medio de la Universidad de Duke (donde estudió el ex presidente Lagos), tenía planeada la partición de Chile para beneficiar a una cofradía de masones y judíos. Pumalín es sólo el comienzo, advertía Serrano. Todo está cifrado en el antiguo símbolo del gobierno de Chile: ahí estaba escondida la estrella de David, diseñada por Patricia Politzer para mandar señales subliminales, las que se complementan con las “ondas sicotrónicas” transmitidas desde el edificio de la Telefónica y la embajada norteamericana.

La locura de Serrano, desgraciadamente, no se murió con él. Cierto día del mes, los hitleristas se juntan en los cementerios para sus rituales de invocación a Odín y para conmemorar a sus mártires. En una de esas ocasiones, hace unos años, Serrano anunció en su arenga que la causa nazi no estaba perdida, porque él sabía a ciencia cierta que ya había bases llenas de ayudistas congelados en Marte y porque estaba a punto de descubrir la entrada al Gran Bunker de la Antártica. El descubrimiento de hielo en el planeta rojo lo puso más eufórico que Walkiria en cabalgata.

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2014: Escuela de Arte Nazi en Chiloé.

A estas alturas, a cualquier persona medianamente informada le queda claro que el tipo era un charlatán que se dedicaba a reciclar brebajes raros para llamar la atención. Lo extraño es que no se conecte toda esta locura místico-cómica (que puede llegar a ser bien entretenida) a sus manifestaciones concretas. Serrano está bien consciente de que en Chile no hay que pagar un precio demasiado alto por dedicarse a nazi y fotografiarse rodeado de svásticas; todo lo contrario, pareciera que se celebra como una gracia inofensiva o un fenómeno freak más de la modernidad confusa en que estamos sumidos. En una de sus últimas entrevistas al diario La Nación, Serrano lo decía con todas sus letras, sin darse cuenta de la paradoja cómica de sus palabras:

Chile es un centro único en el mundo. Aquí salgo con una svástica a la calle y no me pasa nada. Y saludo ¡Heil, Hitler! en la calle y tampoco me pasa nada. Vaya a hacerlo en Argentina, estaría preso, en España igual. Chile es el último país en el mundo donde todavía la gente puede pensar y decir lo que quiere.

La tolerancia chilena con los nazis tiene larga data. En El Siglo del 2 de julio de 1965, aparece una crónica de Neruda titulada “Svásticas en el sur”, donde comenta las vicisitudes del caso de Walther Rauff, residente en Chile desde 1958, inventor de las infames cámaras de gas ambulante. Éstos eran camiones de transporte de cabina sellada, modificados para usar los gases del escape para envenenar a quienes se transportaban en ellos. Alemania Occidental pidió su extradición durante décadas, sin éxito, y Rauff vivió tranquilito en su casa de Hernando de Magallanes casi esquina de Colón. Murió plácidamente en 1984, impune, justificando incluso el uso de su sistema de exterminio porque según él les ahorraba a los alemanes el trauma de tener que fusilar a sus víctimas antes de cremarlas. No debe sorprender a nadie que Amnistía Internacional lo haya sindicado como instructor de la DINA. En ese artículo de 1965 Neruda observaba lo siguiente:

Ya no salen a relucir en Chile las banderas con la svástica fatídica. Pero no estamos seguros de que esas banderas no estén bien dobladas y con bolas de naftalina en algún cofre, preservadas de la humedad del extremo sur, en mi patria.

Los baúles, archivos y containers de Colonia Dignidad ya han entregado algunos de sus secretos, pero todavía queda mucho por elucidar. También queda pendiente el desafío de desenmascarar a los charlatanes nacionalistas de la escuela de Serrano y de aclarar que sus payaseos pueden ser entretenidos y muy freak, pero que tienen, igual que los paroxismos de Hitler, consecuencias muy nefastas en la vida real, sobre todo cuando potencian la xenofobia, el racismo, la homofobia, y el culto de la masculinidad violenta, elementos todavía muy enquistados en en el discurso de la identidad nacional chilena.

Concentración de nazis en la Plaza Bulnes de Santiago

Concentración de nazis en la Plaza Bulnes de Santiago

***

Por si a alguien le cupiera alguna duda sobre la conexión entre Miguel Serrano y los nazis, en este verá cómo el eminente escritor y ex embajador chileno en la India despide al criminal de guerra Walter Rauff en el Cementerio General, con un sentido “Heil, Hitler! Heil, Walter Rauff”, disfrazado con el abrigo de cuero negro de la Gestapo.

Una versión de este posteo se publicó en el año 2005. Plus ça change… dijo el franchute.

¿Por qué no te mueres?


Hay distintos tipos de ineptitud. La que los chilenos conocemos en carne propia es una versión más bien benigna, con clara fecha de expiración. El baldón que nos confiere The Economist, el de tener de presidente a un político inepto, se acabará junto con el mandato de Sebastián Piñera.

Otra cosa muy distinta es la ineptitud que aqueja a los españoles, quienes desde hace demasiado tiempo aguantan, con sorprendente estoicismo para gente tan granada, soberbia y belicosa, el lastre de los Borbones. El aguante tiene facetas graciosas: el rey no es responsable de sus propios actos y por lo tanto no puede ser juzgado por las leyes españolas. Además, el honor de la familia real está resguardado por leyes que impiden que en España se la agravie de palabra o de obra. En España yo no puedo decir con tanto desparpajo, como lo hago aquí, que el rey ha demostrado varias veces ser un verdadero tarado. Basta recordar que quiso hacer callar nada menos que a Hugo Chávez acá mismo en las Indias Occidentales. Juan Carlos redefinió en esa ocasión lo que es un soberano idiota, en un episodio digno de Toy Story: alguien que cree que sus ridículos títulos de realeza no son de juguete.

La historia nos dice que, tal vez con la excepción de Carlos III, los Borbones son una dinastía tan, pero tan inepta, que sólo sobrevive hoy gracias a la inexplicable benevolencia de los españoles. Cuando el mismo Franco quiso acelerar el proceso de restauración de la monarquía española en 1961, quiso eliminar a los Borbones del reality de la sucesión. Otto de Austria, sin embargo, no quiso nada con el trono. La casa real española se libró así del prognatismo Hapsburgo pero cayó en las goyescas narices borbónicas.

Si los chilenos nos avergonzamos de la ineptitud, de la yeta y de las piñericosas ¿qué haríamos con las historias de los Borbones? Son demasiado numerosas o sórdidas para mencionarlas todas; en ellas, siempre la desgracia va de la mano de algo absurdo, esperpéntico. Baste decir que el mismo rey que hace unos días, a los 74 años de edad, se partió la cadera en tres partes mientras andaba cazando elefantes y búfalos en Botswana, a los 18 manipulaba un revólver que se disparó, hiriendo en la cabeza a su hermano de 14 años. Las circunstancias de la muerte del “príncipe Alfonsito”, en 1956, no han sido nunca aclaradas con exactitud, pero todas las versiones coinciden en que el arma estaba en manos del futuro rey cuando se percutó.

Cualquier persona, después de un trauma así, se mantendría alejada de las armas de fuego, pero Juan Carlos de Borbón ha seguido fascinado con ellas. Para entender esto, habría que comprender la mente de alguien capaz de pagar miles de euros para que unos lacayos le pongan por delante un elefante y así, cómodamente, poder matarlo a balazos. Y después, claro, sacarse la foto. El cadáver del majestuoso animal, la poderosa trompa muerta contra un árbol, y el Rey de España sonriendo al frente como lo que es: un alelado al que cada año su empobrecido reino le regala, en vano, diez millones de euros para que justifique su existencia.

Por lo menos nuestro inepto se financia sus propios juguetitos y no nos obliga a seguir bancándonos a su familia cuando expire su mandato.

La resaca

Ahora hay que ver cómo lidiamos con la resaca de tanta emoción acumulada. Para empezar, y todo esto en tono de ruego, basta de delirios wagnerianos que hablan de un renacer telúrico nacional. Basta de metáforas obstétricas, por favor. Suficiente con el fetiche de la bandera y el ceacheí. Despertemos de la dulce hipnosis que producen las cámaras del mundo enfocadas en Chile. Descreamos aunque sea un poquito de la opinión tan favorable de quienes recién aprendieron cómo se pronuncia Copiapó. Resguardémonos de la incontinencia mediática y de la verborrea de teleperiodistas y políticos. Y reconozcamos que a pesar de la alegría asombrada y genuina que sentimos al ver a los mineros perdidos emerger de la cápsula, enteros, dignos, tan pródigamente vitales, algo en esto sigue oliendo raro. Sería bueno ver de dónde viene este tufillo.

Antes de despejar el aire, no se puede dejar de destacar lo rescatable. Sin conocerlos, uno estaría dispuesto a apostar que ni Luis Urzúa ni André Sougarret se han transformado radicalmente en esta crisis; ellos ya eran fundamentalmente lo que son mucho antes de que se les viniera encima este desafío. A ellos no les sirve de mucho quebrarse ante las cámaras o permitirse alardes autorreferentes: “ahora me puedo alimentar de manera normal”, dijo un subsecretario cuando se produjo el primer contacto, sin darse cuenta de la burrada que estaba diciendo; “yo lloro por dentro”, confidenció el presidente, completamente ajeno a la falta que cometía al leer en público la carta privada de un minero a su mujer. (No debe sorprender que los medios internacionales ponían en mute o cortaban a comerciales cuando el presidente se ponía a perorar). Sougarret se mantiene al margen, o va al grano cuando tiene que hablar: le basta señalar que ésta fue la pega más importante que le ha tocado, y no dejó jamás de pensar que la misión no estaría cumplida hasta ver al último minero vivo y en la superficie.

Por su parte, Luis Urzúa, en vez de ponerse a figurar la primera vez que habló, se dio tiempo para preguntar por la suerte de los compañeros que iban saliendo de la mina al momento del derrumbe. El habla sencilla y directa del jefe de turno, sin impostaciones ni tríadas retóricas, fue como miel sobre hojuelas en ese momento final. El rostro emocionado de Sougarret, en el background, contrastaba con las contorsiones faciales del presidente Piñera al responder con el cliché autorreferente del “buen capitán”. Ni Sougarret ni Urzúa tienen un “estilo comunicacional” ni parecen transar sus valores por una mayor percepción de “cercanía”.

Hay una distancia demasiado grande entre la gravedad (en el sentido clásico de gravitas: peso, prestancia de carácter) de los verdaderos protagonistas y la liviandad histérico-patriótica de los chupacámaras, y con este término me refiero tanto a los figurones como a nosotros, los consumidores de imágenes y de morbo. Por supuesto, hay una diferencia entre el chupacámaras activo, el de parka roja, y el pasivo, con el mouse o el remoto en la mano, pero esa diferencia se borra al momento de sopesar de qué manera se potencian mutuamente. El chupacámaras activo se nutre de los espectadores, y éstos se sienten reconfortados por el reconocimiento que se les da y por la sensibilidad que se les atribuye. Se arma así en conjunto la fiesta de la lágrima, la emoción como vicio, la solidaridad como mercancía a precio de liquidación.

Sin negar del todo la relativa eficiencia con que actuó el gobierno en este caso, hay que reconocer que los réditos políticos que Piñera ha recogido se deben a una especie de pacto de complicidad amnésica entre espectadores y maestros de ceremonias. El pacto consiste en no recordar que tanta solidaridad con los trabajadores no funca con el individualismo consumista dominante. Consiste en soslayar que que la preocupación gubernamental por la seguridad laboral no es congruente con un gobierno dominado por los intereses empresariales. Nadie tiene que cometer la rotería de mencionar la palabrota desigualdad, sobre todo cuando la primera dama se preocupa tanto de poner su fina mano en los hombros de las mujeres de los mineros. Y por último, no es de buen tono fijarse en que el gobierno no les hizo a los mineros un favor ni una regalía, sino que simplemente cumplió con un deber básico frente unos ciudadanos que fueron víctimas de la negligencia estatal y de la desprotección laboral. Premiar al gobierno es como felicitar a un padre abusador que por un par de meses dejó de aforrarles a sus hijos.

Mientras estábamos mirando la tele, el parlamento le hizo su propio regalito a la gran minería extranjera con el nuevo royalty y se entronizó el autoritarismo anti-republicano con la nueva norma sobre maltrato de palabra a carabineros. Pero estos temas son fomes, no le interesan a CNN ni a la televisión china, no son portada ni en Moscú ni en Katmandú, y por lo tanto no queda más que esperar que el próximo desastre nos haga sentir de nuevo que somos un ejemplo mundial y récord de rating universal. Y me olvidada: Viva Chile. Mierda.

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