Décimas para el cumpleaños de mi madre

Mi mamá, Andrea Sandoval Valenzuela, hoy cumple 87 años. Ella no sabe qué día es hoy, ni qué año, ni por qué la gente le canta y le sopla las velitas. Mi mamá se fue de viaje sin vuelta a una zona remota donde las palabras se enredan y pierden sus referentes y donde el descanso consiste en un color, en notas musicales y canciones, en texturas, sabores y abrazos; ella vive en lo efímero. Es una condición inexorable y triste, pero a veces uno encuentra consuelo en la memoria propia. Como decía un tipo en un video (creo que sacado de un comercial), de esos bien manipuladores: “ella tal vez se haya olvidado de quién soy yo, pero yo tengo bien claro quién es ella”. Es sentimental, pero revelador.

Da para creer que la memoria que a ella se le escapó supo alojarse en la memoria de sus hijos, y lo digo porque los recuerdos de cada uno de nosotros –o hasta la estructura misma de nuestro modo de hacer memoria– fueron modelados por ella, por sus historias, sus casos, sus anécdotas y comentarios de la vida del campo, sus aventuras de niña recién llegada a la ciudad para trabajar en casas particulares, sus andanzas como trabajadora a trato en un laboratorio de remedios, sus amistades y su lista de enemigos. Los eventos que marcaron su vida también nos dejaron su huella: el terremoto de Chillán, el asesinato de su hermano mayor en Molina, sus desmayos esporádicos, la vez que se cayó de una higuera y la creyeron muerta, el casamiento con mi papá, un día lluvioso de julio; en vez de un carruaje nupcial, mi padre la sacó a dar una vuelta en la micro de mi abuelo, porque sin esa carrera no había plata. Cansada de que viviéramos de allegados con mis abuelos paternos, ella armó una carpa frente a la Municipalidad de San Miguel, el preludio de una toma de terrenos. Se metía en los centros de madres y participaba como apoderada preguntona y comprometida, a pesar de que ella no pasó de tercer año de preparatoria. No sé cómo lo hacía, cómo lo hizo, para armarnos un mundo y para hacernos entender y conciliar dos opuestos: que el mundo es, en verdad, ancho y ajeno y que, al mismo tiempo, sin que medie gran cosa entre los dos conceptos, es un mundo que puede ser abierto, libre y propio. La verdad es que sé cómo lo hizo; lo que no entiendo es cómo se las arregló. Nos llevaba a todas partes: al cine, a esas largas sesiones rotativas de tres películas al hilo: Tarzán, Godzilla, El monstruo de la laguna verde. Chaplin, Buster Keaton, Laurel & Hardy, Mary Poppins, Las cinco monedas, Dr. Doolittle. Se reía mucho con nosotros en la micros o en las tremendas caminatas que teníamos que hacer para ahorrar dos o tres pasajes de micro. Fue la que nos enseñó a leer a todos y la que nos regaló su amor por la lectura y por los actos de la imaginación. Durante la dictadura, salía a protestar, con su limoncito, su pañuelo y un poco de sal. Una vez se le olvidó el pañuelo y un rasta le regaló el suyo: ahí figura mi madre con una pañoleta y su hoja de cannabis. También durante la dictadura, se propuso terminar su educación básica en una escuela nocturna. Uno de los mayores regalos de la vida fue haberla tenido como alumna mientras yo hacía mi práctica de pedagogía en inglés. Tenía que fingir que no le tenía barra a mi mamita.

Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de esos paseos por la ciudad con mi mamá y mis hermanos es de la vez que fuimos a ver a una cantante que siempre escuchábamos en la radio y que, al parecer, resulta ser pariente. Por parte de madre. Y estas décimas son para esa ocasión, tiene que haber sido el año 65 o 66.

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Un día, en San Miguel,

se le frunce a mi maire

sacarnos a tomar aire,

y así nos lleva en tropel

con la risa a flor de piel,

a escuchar un recital

en una feria de El Llano,

donde cantaba, a lo humano,

su canto pleno y fluvial

doña Parra Sandoval

 

Y ahí estaba la Violeta

con una chomba morada

con la cara muy tapada,

y las grenchas sin peineta

¡qué le importa a una poeta

verse así toda chascona

si la prima y la bordona

dan arpegios cristalinos

que suavizan del espino

la aguja y su corona!

 

Del angelito su rin

cantaba con sus dolores

y del amor los rencores

cantaba en un sinfín;

hablaba de un querubín

y nosotros, boquiabiertos,

nos pasamos el concierto

gozando esa maravilla;

mi madre era una chiquilla

de su infancia en el huerto.

 

Nos llevaba a todos lados,

(cuatro fuimos, luego cinco)

a la rastra o dando brincos,

al cine, al centro, al mercado,

al cerro, a tomar helado,

no faltaba panorama,

ella armaba su programa

aunque no tuviera un cobre,

nunca nos sentimos pobres

callejeando con mi mama.

 

Haverford, 2 de diciembre de 2019, año de la gran rebelión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elogio del resentimiento

Hace un tiempo, hablando por teléfono, le propuse a una amiga experta en la poesía de Enrique Lihn mi teoría cufifa de que tratar a Chile de «horroroso» era un insulto propio de enamorados, pura nostalgia mal disfrazada.

—Puede ser—dijo— pero lo de Lihn es poesía, lo que tú tienes con Chile es más como un rayado de baño, un rayado de asiento de micro, ni siquiera da para graffiti callejero; es pura amargura y confusión, discúlpame la franqueza.

Yo pensé contestarle:

—Lo mío con Chile no es amor ni poesía, es verdad, es algo mejor que el amor y que la poesía: es resentimiento.

Preferí no decir nada, porque el resentimiento no se explica, es pasivo-agresivo cuando no es incendiario; el resentimiento no es diálogo sino diatriba. Lo mío, quisiera haberle dicho, era el cardo y la espina, flores mortuorias regadas con sangre de narices, estiércol de colillas de cigarro y boletos de micro, alambre de púas, veredas quebradas, luma paca, puntete milico, goteras de invierno, remolinos de polvo en los peladeros, hogueras de basura, carnets de identidad arrebatados, ojos reventados a escopetazos. Qué podía sentir sino resentimiento ante el murallón coronado de vidrios rotos que para mí era Chile, qué podía hacer sino renegar de mis intentos por encaramarme a él con las manos desnudas, hechas tasajo.

Seguí sin decir nada, a la espera de su respuesta, porque el resentido sabe guardar la pólvora. Al otro lado de la línea se escuchaba un dingolondango de niños, música, risas de televisor, el batir de la vajilla en la espuma tibia, alguien afinando una guitarra, un camión que retrocede. Es decir, el rumor del silencio indiferente, sustento de toda alma resentida. Y luego, el clic de una amistad perdida.

Me asumo, en efecto, como un resentido. En el idiolecto chileno se le agrega intensidad al epíteto sumándole el sujeto de la mancilla y del menoscabo: un tipo resentido, o mejor aún, un huevón resentido. Eso es lo que soy, pero he progresado, no hueveen tanto: proclamo mi resentimiento con cierto orgullo, alegremente si me apuran, y estoy dispuesto a conceder altiro el punto cuando me acusan de resentido, o cuando me lo achacan tácitamente, cosa que pasa a cada rato. Podrá parecer sospechoso que los resentidos celebremos nuestra condición, pero hay que desmitificar el tema: nosotros los resentidos somos, en el fondo, gente jovial y bastante chistosa; lo afirmo sin el más mínimo dejo de ironía.

Es por eso que en esta coyuntura quisiera aprovechar de ofrecer este Elogio del Resentimiento. Erasmo de Rotterdam describió la necedad de manera tan laxa que a los traductores no les fue difícil brutalizar sus ideas, al punto que la estulticia original, materia complicada y profunda, quedó reducida a una simple «locura» simplona y algo payasesca. Para evitar ese problema, prefiero no definir qué es el resentimiento, porque no sirve de mucho constreñir un fenómeno que es tan complejo y tan vasto como la misma estupidez. Además, ya se han equivocado antes plumas ilustres que intentaron definir el resentimiento y pagaron caro su fracaso: ahí están los cadáveres podridos y resecos de Kierkegaard, Nietzsche, Scheler; he ahí el ataúd de Weber, la calavera estrábica de Sartre, todos derrotados por el poderío irrefrenable de lo que ellos quisieron despachar como ressentiment, una especie de envidia glorificada, una simple comezón infantil de mala fe.

Lo mío es distinto. Quisiera más bien elogiar el resentimiento por sus efectos, por la eficacia con que los resentidos del mundo somos capaces de aunar la teoría y la práctica. Nuestra guerra de guerrillas, por ejemplo, está basada en dos movimientos tácticos esenciales: el disimulo pertinaz y la meditada ejecución de la revancha. Acierta Alone, catador de poetas, cuando se refiere al resentimiento como «la llaga secreta» y acierta el historiador Mario Góngora cuando afirma que el resentimiento es el motor de la historia de América Latina, historia que es una marcha abigarrada y multiforme, con avances y retrocesos, hacia mejores formas de justicia.

Los resentidos sabemos que el respeto que se nos debe corresponde exactamente al respeto que se debe al derecho y sabemos que toda buena revancha será siempre el preludio del imperio de la ley. Por eso nos temen.

Así que brindo por el resentimiento, porque es la irisada agalla de mutante, de alienígena, con que filtro las aguas servidas de la expatria mientras espero que vengan tiempos más justos. Mi resentimiento es la tinta que gotea de estas cartas sin destino ni remitente fijo, estos comentarios reales de mestizo, este manojo de mala yerba de peladero, estos recados tomados de mal talante, estos tuiteos bloqueados o muteados.

El resentimiento es la batería recargable de todas mis querellas. Dicho de otro modo, mi resentimiento —no es sólo mío, somos legión, y todo esto debería leerse en primera persona del plural— es sagrado porque a mí me aúpa y a otros los asusta, los repele, les levanta espléndidas ronchas por todo el cuerpo.

Resentidos de mi país, sigamos haciendo chasquear nuestras cortaplumas, salgamos del closet, porque es cierto lo que dice el enemigo, el resentimiento es bilis y veneno que carcome al que lo siente, pero solo si se reniega de él. Si molestamos sin cesar con nuestro resentimiento, en cambio, dejamos constancia de que, sin nuestra anuencia, la patria, su consenso y sus ordenanzas son un compendio de ficciones estériles, son poco más que una serie de alianzas endogámicas, un prolongado simulacro, boato, pura ceremonia.

A los momios, a los fachos, a los patrones, a los que amarillean, a los que desmayan mirando la tele, les advierto que el verdadero resentimiento es vital y fecundo y que, por eso, no puede ser humilde.

A los otros, a los que les quepa el sayo, hay que aclararles que el resentimiento es más potente y más difícil que la solidaridad. Más aún: el resentimiento es la condición de la verdadera solidaridad, la que no admite atajos, la que se caga, si hay que hacerlo, en las buenas intenciones.

El resentimiento no es envidia, sino goce lúcido —y lúdico— de lo que se puede potenciar. El resentimiento, aunque imite sus formas, no es rabia destilada, incorpórea, ni rencor, ni odio vulgar, ni tampoco hostilidad, sino reconocimiento sentido y palpable de la propia valía, del cuerpo propio. El resentimiento es fuego y pulcritud espiritual. Denme un punto de apoyo y con este resentimiento muevo el mundo. Te hago temblar tu mundo.

Scheler decía que el resentimiento es el auto-envenenamiento de la mente; un tal Nietzsche decía que todo super-hombre es incapaz de resentirse por más de quince minutos. Yo declaro desde las antípodas chilenas que el resentimiento es guardián implacable, espíritu animal, nuestro quiltro negro infatigable.

negro matapacos espíritu animal

Coda y respiro.

Gabriela Mistral, con sus ojos de huemul, ojos de agua atenta, dice que el territorio de la patria debe mirarse siempre así: «como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad». Lo escribe con resentimiento, a sabiendas de que su segundo cuerpo era negado y borrado por la patria, sabiéndose enamorada de un país que le tenía vedado tomarse libertades con la primera persona del plural.

Reescrito a un mes de la gran rebelión de octubre de 2019, basado en un extracto de Antípodas; “Elogio del resentimiento” (Santiago: Cuarto Propio, 2014).

“Me parece que no somos felices”

macivertextoimageLa frase más famosa de Enrique Mac-Iver, parlamentario radical, masón y bombero, tiene sabor a reflexión existencial más que a discurso político: “Me parece que no somos felices”. Se han citado estas palabras como premonición aplicable al Chile de hoy, tal vez porque, al referirse a algo tan personal como la felicidad, Mac-Iver parece sintonizar con el paradigma de sicología pop que ha tomado en el siglo XXI el discurso público chileno.

Mac-Iver no tenía noción, por suerte, de la sicología barata de auto-ayuda que hoy nos inunda. Sí contaba, en cambio, con buenas dosis de filosofía política y de retórica, sapiencia y arte ausentes entre los políticos chilenos de hoy, particularmente en nuestro mediocre parlamento. En lugar de retórica hoy tenemos estridencia o banalidad narcisista, y en lugar de filosofía política, dogmatismo y amnesia. (Las excepciones, se encuentran entre los políticos más jóvenes, pero son tan pocos que sólo confirman la regla general).

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Volvamos a 1900. El parlamentario Mac-Iver comienza su famoso discurso en el Ateneo de Santiago con un tono modesto que, por su misma sencillez, tiene destellos de belleza. Su crítica es contundente, pero llega suavizada al presentarla no como una afirmación tajante sino como un “parecer”. Se trata de una opinión sentida, sin duda, pero que deja la puerta abierta –o por lo menos entreabierta—a un punto de vista diferente. El sujeto impersonal (el “se”) que utiliza como máscara discursiva le permite decir las cosas sin ser explícito acerca de dónde saca sus “pareceres”. Con esto no persigue evadir responsabilidad acerca de sus opiniones. Lo que logra es configurar un sujeto de la historia nacional que es al mismo tiempo un “yo” y un “nosotros”, protagonista y al mismo tiempo observador partícipe. Generaliza a partir de su percepción individual, asumiendo todo el rango de significación de su rol como representante.

En ese gesto de elaboración de un “nosotros” reside la genialidad y la gran debilidad de Mac-Iver. Recordemos cómo elabora su aserto de que no somos felices:

“Se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”.

El discurso de Mac-Iver ha tenido un eco permanente, pero ha sido malinterpretado, igual como lo hace una canción en otro idioma, de esas que seducen por su melodía o por su título sin que se entienda bien la letra. Pareciera que no hay momento en nuestra historia en que no se hayan recordado estas palabras para colorear la expresión de un descontento colectivo que se expresa en términos que invocan la intimidad más subjetiva: el ámbito de la felicidad.

El hecho de que la frase de Mac-Iver sea citada con frecuencia refleja y perpetúa un hábito en la manera en que los chilenos nos analizamos. Evocar, con ocasión de cada crisis (económica, de identidad, moral, social, y hasta deportiva) el “no somos felices” no es consecuencia de un estado de ánimo o de un análisis coyuntural sino más bien de la inclinación a hacer una exhibición periódica de nuestro temperamento melancólico y, por qué no decirlo, quejumbroso.

Si se quiere ser un poquito más duro todavía, podríamos calificar el “no somos felices” como el momento eucarístico de un ritual autocompasivo, porque se detecta en él una cierta fruición,una recompensa sicológica malsana que se obtiene al entregar y consumir la hostia de la quejumbre, recompensa que se potencia al ser compartida, como bien lo saben Leoncio el León y sobre todo su amigo chileno Tristón.

A lo mejor en alemán existe una palabra muy larga [Nichtglücklichseinsempfindung, inventemos] que resume con precisión este rasgo del discurso público nacional. Nuestro idioma no permite acoplar palabras en un trencito sintáctico tan sonoro, y la expresión de Mac-Iver tiene un aspecto difícil de traducir al alemán o a cualquier idioma apto para complicaciones verbales, ya que el sentido profundo depende de esa conjugación en primera persona del plural. La paradoja es que esta pluralidad semántica, en lugar de potenciar la expresión de descontento, la diluye, convirtiendo la protesta en una simple queja vaga y generalizada.

Es decir, en el oído chileno (tímpano roto por la experiencia del autoritarismo congénito con que tropezamos desde los inicios) la frase de Mac-Iver actúa como parlante que concentra todo tipo de descontentos y los sintetiza en un solo malestar primigenio, desactivando la especificidad peligrosa de esas múltiples infelicidades, impidiendo la suma solidaria de los explosivos descontentos privados. El oído chileno no oye la articulación de una postura crítica natural frente a la realidad social sino que registra selectivamente la reafirmación de una experiencia común en términos cómodamente indefinidos.

No sabemos escuchar a Mac-Iver, no sabemos percibir siquiera ni menos interpretar esos códigos pre-sicológicos en los que la felicidad estaba ligada no al consumo individualista sino a la puesta en práctica de la virtud ciudadana, es decir a una praxis social, económica y política orientada a producir el bien común. Eso es lo que los antiguos llamaban, sin sicologismos baratos, la felicidad. Para obtener ese tipo de felicidad (y esto para Mac-Iver y sus contemporáneos era tan evidente que no tenía que ser explicado) se necesitaba no sólo la voluntad virtuosa de los ciudadanos, sino la existencia de un marco institucional superior: una constitución de excelencia que permitiera el ejercicio cabal de deberes y derechos; instancias sólidas de representación plural, avenidas de expresión amplias y abiertas.

Mac-Iver estaba a salvo no sólo de la sicología individualista, sino del dogma atomizante del neoliberalismo, entes que acotan el concepto de felicidad para hacerlo concordar con las exigencias de un sistema económico implacable. Al leer ese “no somos felices”, por lo tanto, debemos hacer el esfuerzo por recordar que no se trataba de una queja existencial en singular sino de la expresión de un anhelo colectivo, comunitario, republicano, ante la arremetida salvaje de un sistema de valores individualistas y mercantiles.

Sólo entonces podrán las palabras de Mac-Iver tener la resonancia que merecen y podrán ser rescatadas de los rituales estériles en que siguen siendo invocadas. Y ahí tal vez podamos reconocer que merece ser reconocido por sus compatriotas futuros. Parafraseando los versos de un poeta medianamente conocido: sólo entonces seremos dignos de Mac-Iver.

Un poema de Raymond Carver: “Para Semra, con vigor marcial”

Cuánto gana un escritor? dijo ella

así de partida

nunca había conocido un escritor

No mucho le dije yo

tienen que dedicarse a otras cosas también

Cómo qué? dijo ella

Como trabajar en fábricas dije yo

barrer pisos dar clases por ahí

recoger fruta

lo que salga

de todo dije yo

En mi país dijo ella

alguien con estudios universitarios

nunca sería barrendero

Bueno eso es cuando están recién empezando le dije

todos los escritores ganan mucha plata

Escríbeme un poema dijo ella

un poema de amor

Todos los poemas son poemas de amor le dije yo

No entiendo dijo ella

Es difícil de explicar dijo ella

Está bien dije yo

una servilleta/un lápiz

para Semra escribí

Ahora no tonto dijo ella

mordisqueándome el hombro

solo quería ver

Más tarde? dije yo

poniéndole la mano en el muslo

Más tarde dijo ella

O Semra Semra

Junto con París dijo ella

Estambul es la ciudad más linda

Has leído a Omar Khayyam? dijo ella

Sí sí dije yo

un pan una botella de vino

Me conozco a Omar para atrás

& para adelante

Kahlil Gibrán? dijo ella

Quién? dije yo

Gibrán dijo ella

No exactamente dije yo

Qué opinas de los militares? dijo ella

has sido soldado?

No dije yo

No tengo buena opinión de los militares

Por qué no? dijo ella

por la cresta no crees que todo hombre

debería servir en el ejército?

Bueno por supuesto dije yo

debería

Una vez viví con un hombre dijo ella

un hombre de verdad un capitán

de ejército

pero lo mataron

Pero por la chucha dije yo

y miré por si encontraba un sable

borracho como poste

malditos ojos retirada mierda

yo acabo de llegar

la tetera volando por la mesa

lo siento dije yo

a la tetera

quiero decir a Semra

Chucha dijo ella

no sé por qué chucha

me dejé levantar por ti.

-RAYMOND CARVER

La madre olvidadiza está de cumpleaños

La madre de la tierra mojada en el patio
La madre de la artesa y las manos rojas
La madre de las pestañas postizas y el cigarro entre los dedos
La madre taco alto la madre media suela cumple años
La madre nocturna del té mira por la ventana
La madre de 1967 mira su cama
La madre de 1962 camina por el pasillo del hospital preguntando por el hijo de seis meses que acaba de salir de cirugía
La madre primeriza, la madre recién madre
La madre de cuatro y cinco: todos suyos, cada dos años un hijo
La madre de los remedios
La madre y los tarros de manteca llenos de agua y manijas de alambre en los dedos marcados
La madre de los baldes, la madre de la escoba
La madre del olvido, la madre de las letras mal memorizadas
La madre de las uvas moscatel en un cambucho
La madre de los ojos
La madre de la voz de madre
La madre que pregunta
Por qué se atormenta mi niño pregunta por qué se atormenta mi niño
y el niño no sabe más que llorar en su regazo porque acaba de aprender la palabra para lo que le atraviesa el pecho
La madre de la colcha estampada de flores verdes
La madre del traje a dos piezas a crédito
La madre del agua fría
La madre de la taza saltada
La madre del ulpo y las lentejas
La madre del sueño

La madre de la carpa en la toma de terrenos

La madre de la lluvia
La madre de las palabras
La madre de la memoria y los cuadernos
La madre de mis ojos
La madre de mis pies
La madre de mi cuerpo
La madre de mis fórceps
La madre de la cebolla
La madre de la tintura
La madre de los pasos en la vereda
La madre de la micro llena
La madre del pañuelo
La madre del terremoto
La madre de los temblores
La madre del oleaje
La madre de los silencios
La madre del olvido
La madre de la cinta al brazo
La madre de las espigas en el florero
La madre de las medias rotas
La madre del sacapuntas
La madre del papel lustre
La madre de la olla de aluminio
La madre de la tetera chica
La madre de un octavo de azúcar
La madre de sombra
La madre de lágrima sola
La madre enferma
La madre del dolor de cabeza
La madre en la oscuridad
La madre en su dormitorio
La madre en la noche
La madre del cielo arrebolado
La madre de la palabra
La madre de la soledad
La madre madrugadora
La madre de las canciones sin letra
La madre de la música a destiempo
La madre sin zapatos
La madre camisa de dormir
La madre de la risa risa
La madre de mi llanto
La madre de mi cráneo atenazado
La madre del ovillo de lana
La madre del carbón y del brasero
La madre de los quemadores
La madre de la virutilla
La madre de la cera roja y amarilla
La madre del escobillón y del lustrín 
La madre de las cartas semanales
La madre del tiempo
La madre de la noche
La madre de la mandolina del demonio
La madre tañendo la guitarra como si supiera tocarla
La madre de la música precisa
La madre de los husos horarios
La madre del teléfono y la pantalla de video
La madre que se cae del tranvía
La madre que se cae de la higuera
La madre que tropieza en la vereda
La madre que se desmaya en el patio de la escuela
La madre que se desvanece en el parquet del básquet
La madre que se desvanece y se despierta
La madre que mira el cielo
La madre que mira los damascos
La madre de la albahaca, del cilantro
La madre del tomate verde y la lechuga
La madre del delantal salpicado de choclo
La madre que cuelga las cortinas
La madre de los zapatos ajados
La madre taco y media suela
La madre papel de regalo
La madre de las manos coloradas
La madre dentro del abrazo
La madre del regazo
La madre dentro de mis brazos
La madre chiquitita dentro de mi abrazo
La madre de todos los nombres
La madre de los gases lacrimógenos
La madre risueña en medio de la protesta
La madre de visita en la cárcel
La madre marraqueta tostada y margarina
La madre que canta una canción que no entiende
La madre que canta una canción mejor que nadie
La madre profesora y beso en mi frente
La madre del blando lápiz de cejas
La madre del pelo tijereteado
La madre de la ira
La madre cucurucho de moras
La madre andar en micro
La madre del tropiezo y la caída
La madre de las fotos en la chauchera
La madre del billete doblado en mil pliegues
La madre de las monedas
La madre de ir a pagarse
La madre de pasar por el correo
La madre de pasar en la distancia
La madre viajera en la ventanilla
La madre que saca su pañuelo bordado
y lo estira con sus manos encima de la mesa y me lo muestra.

Detrás del pañuelo hay una historia cien veces repetida, siempre nueva. Luego toma la guitarra como la toman los que saben que no saben tocar y saca un rasguido y se ríe, sigue cantando, canta una canción desconocida,
canta una canción de amores y alegrías, de trenes y vapores, de ángeles y muertes, una canción de despedidas y de encuentros.

La canta de nuevo para que alguien se la aprenda y la acompañe, para no cantar solita, para que alguien se acuerde porque ella, dice, la canta y se le olvida, aunque no sea del todo cierto que ella olvida.

Porque quién se va a olvidar de la canción en que la madre de un astronauta mira la tumba de su hijo a la luz de la luna, una canción en que la madre del poeta le trae flores a su hijo y se queda mirando el océano Pacífico, una canción en que la madre se cae y después baila y fuma con un peinado alto y pestañas postizas en los brazos del padre, una canción que dice que la madre canta y que la madre se olvida de su canto.

La madre lee este poema y no sabría decir cuál de sus hijos lo escribió, porque podría ser cualquiera el niño o la niña del regazo, cualquiera la cabecita acurrucada en la caricia suya, cualquiera de la hilera de nombres que salen en su voz cuando nos llama.