Un cuento de Lorrie Moore en referencia a uno de Nabokov

Lorrie Moore
 

Foto de Linda Nylind

 

Tengo el privilegio de escoger lo que traduzco y tal vez por eso nunca encuentro demasiadas sorpresas al momento de trabajar un texto. Sé adónde va, sé adónde voy a meterme antes de empezar y aunque siempre hay imprevistos, obstáculos y pasadizos inesperados, creo tener siempre una noción de adónde va el texto mismo: un lugar de aterrizaje o un punto de salida.

Esta vez elegí a ciegas, sin lectura previa, movido por la curiosidad. Me enteré no me acuerdo dónde de que Lorrie Moore escribió este cuento como una especie de homenaje a Nabokov. Mejor dicho, versioneó un cuento de Nabokov, “Signs and Symbols” (1948) que hace un tiempo traduje aquí como “Símbolos y señas“. Así que, como nunca antes había hecho, empecé a leer y traducir al mismo tiempo, una operación de lectura muy lenta pero muy sistemática que me recordó esas máquinas que limpian y renuevan la superficie de una pista de hielo. Zamboni es el nombre de este acto de traducción literaria simultánea.

La prosa de Moore no es fácil de trasladar a los registros del castellano, porque se ubica a veces al filo de la sintaxis, cambiando de ritmo y de profundidad a cada rato, con giros que no solamente son impredecibles sino que son además estremecedores y repentinos. Es una prosa que no le tiene miedo a nada y que de repente te sitúa como lector en terrenos cargados de emoción y significado. Me pasó lo que nunca antes: tuve que dejar de traducir en cierto momento ––no voy a decir cuál–– porque me embargó una pena muy profunda, parecida a la que me inundó cuando traduje el final de Bartleby o cuando leía las últimas páginas de Stoner o cierto pasaje de “El Ojo Silva”.

Al día siguiente, hoy, retomé y aquí ofrezco un relato inolvidable que además está lleno de referencias literarias. Lo que tal vez empezó siendo un ejercicio, acabó manifestándose como the real thing, con lo que quiero decir la cosa aquella que adquiere su propia realidad dejando atrás, sin nunca perderlo de vista, esa referencia original.


Referencial

Por tercera vez en tres años, trataron de decidir cuál sería un regalo de cumpleaños apropiado para el hijo demente de ella. Había tan pocas cosas que permitían llevarle, de hecho: casi todo podía transformarse en arma, así que casi todas las cosas había que dejarlas en la recepción y luego, si las mandaban pedir, las ingresaba un auxiliar grandote rubio que revisaba cada objeto de antemano para analizar su potencial dañino. Pete había llevado un canasta de mermeladas de fruta, pero venían en frascos de vidrio y, por lo tanto, no se permitían. «Me olvidé de ese detalle», dijo él. Los frascos estaban ordenados por color, desde la mermelada más luminosa hasta la mora de los pantanos, hasta el higo, como si contuvieran muestras de orina de una persona cada vez más enferma. Menos mal que las van a confiscar, pensó ella. Ya encontrarían otra cosa que traerle.

Cuando cumplió doce años y empezó con sus murmullos confusos y callados —había dejado de lavarse los dientes—, Pete llevaba seis años con ellos, y ahora habían pasado cuatro más. El amor que le tenían los dos a Pete era largo y sinuoso, con curvas escondidas pero sin paradas de verdad. Su hijo lo consideraba una especie de padrastro. Ella y Pete habían envejecido juntos, aunque ella mostraba más la edad, con esos vestidos camiseros negros que se ponía para verse más delgada y ese pelo ahora canoso sin teñir, con mechas que le colgaban como musgo español. Poco después de que desvistieran a su hijo y le pusieran esa bata de hospital y lo internaran, ella también se había despojado de sus collares, sus aros, sus bufandas —todos sus aparatos prostéticos, le dijo a Pete, tratando de ser graciosa— y los había guardado en un estuche de acordeón debajo de su cama. No le permitían ponérselos en las visitas, así que no se los iba a poner para nada, una especie de solidaridad con su hijo, una nueva viudez encima de la viudez que ya poseía. Al contrario de otras mujeres (que tendían a afanarse demasiado, con lencería chillona y joyas llamativas), ahora sentía que ese tipo de esfuerzo era ridículo, y andaba por el mundo como una mujer amish, o quizás, todavía peor, cuando la luz inmisericorde de la primavera le daba en la cara, como un hombre amish. Si iba a envejecer, ¡que fuera como ciudadana cabal del país de origen! «A mí siempre me pareces hermosa», eso Pete ya no lo decía.

Pete había quedado sin trabajo en el último bajón de la economía. En cierto momento estuvo a punto de irse a vivir con ella, pero los crecientes problemas del hijo lo habían hecho retroceder. Dijo que la quería, pero que no podía hallar el espacio que necesitaba para sí mismo en la vida de ella o en su casa. (No culpó al hijo— ¿o sí?). Le echaba el ojo, con una codicia algo notoria y haciendo comentarios ácidos, a la pieza del frente, donde vivía el hijo cuando estaba en casa, con sus grandes frazadas y cartones vacíos de helados, una Xbox y sus DVDs.

Ella ya no sabía decir adónde se iba Pete, ausencias que podían durar semanas. Creía que no preguntar era un acto de sobriedad y de apego, trataba de que no le importara. Una vez sentía tanta hambre de contacto que fue a la peluquería La Trenza Estresada, a la vuelta de la esquina, solo para que le lavaran el pelo. Las pocas veces que voló a Buffalo a visitar a su hermano y su familia, al pasar por la seguridad del aeropuerto había optado por que le revisaran el cuerpo a mano y con la vara electrónica en vez del escáner.

«¿Dónde está Pete?» gritaba el hijo cuando ella lo iba a visitar sola, su cara escarlata de acné, hinchada y ensanchada por los remedios que habían cambiado y vuelto a cambiar, y le dijo que Pete tenía algo que hacer, pero que pronto, tal vez la semana siguiente, iba a venir. La asolaba un vértigo maternal, la habitación giraba, y las cicatrices delgadas en los brazos de su hijo a veces parecían deletrear el nombre de Pete, la pérdida de los dos padres tallada primitivamente en un álgebra hecha piel. En las vueltas de carrusel de la habitación, esas líneas blancas cicatrizadas parecían un burdo graffiti de campamento, como cuando los jóvenes tallaban con rigidez las palabras «PEACE» y «FUCK» en mesas de picnic y árboles, la «C» tres cuartos de un cuadrado. La mutilación era un lenguaje. Y viceversa. Cortándose, su chico se ganaba el cariño de las chicas, muchas de las cuales también se cortaban y, como no se veían muchos chicos que lo hicieran, en las sesiones de grupo se hizo muy querido, lo que a él no le interesaba y tal vez ni siquiera se daba cuenta. Cuando nadie vigilaba, a veces se cortaba la palma de los pies—con papel filoso de la hora de manualidades. En grupo, hacía como que leía el futuro de las chicas en la palma de sus pies, anunciando la llegada de desconocidos y la progresión hacia el romance —dedomance, decía, jugando con las palabras—, y a veces viendo su propio destino en los cortes que ellas se hacían.

Ahora ella y Pete iban a ver al hijo de ella, sin los frascos de dulce pero con un libro blando, de bordes maltrechos, sobre Daniel Boone, sacado del librero de ella, lo que estaba permitido, a pesar de que el hijo iba a creer que el libro contenía mensajes para él, iba a creer que, a pesar de que se trataba de alguien de otra época lejana, era también la historia de su propio dolor y de su heroísmo para enfrentar todo tipo de espesuras salvajes, derrotas y secuestros, que su vida se podría extender hacia el libro, que era simplemente una noble armazón para revelar relatos que trataban de él. Había pistas en las palabras de las páginas cuyos números sumaban su edad: 97, 88, 466. Había otras referencias veladas a su propia existencia. Siempre iba a haber.

Se sentaron juntos en la mesa de las visitas, y su hijo dejó de lado el libro y trató de sonreírles a los dos. Había una dulzura muda en sus ojos, la dulzura con la que había nacido, si bien era capaz de disparar furia como un perdigonazo hacia ellos. Alguien le había cortado el pelo castaño claro— o por lo menos lo había intentado. Tal vez la persona encargada no había querido que las tijeras estuvieran cerca de él por mucho rato y había dado unos tijeretazos rápidos, se había apartado de un salto, se había acercado otra vez para agarrar y cortar, después saltado hacia atrás. Eso parecía. Su hijo tenía un pelo ondeado que había que cortar con cuidado. Ahora no caía en cascadas sino que estaba cerca del cuero cabelludo, sobresaliendo en ángulos que seguramente no le importaban a nadie más que a una madre.

—¿Dónde has estado?— su hijo le preguntó a Pete.

—Buena pregunta— dijo Pete, como si alabar la cosa fuera a hacerla desaparecer. ¿Cómo podía alguien estar sano mentalmente en un mundo así?

—¿Nos echas de menos?— preguntó el chico.

Pete no contestó.

—¿Piensas en mí cuando miras los capilares negros de los árboles por la noche?

—Supongo que sí—. Pete se lo quedó mirando de vuelta, para no moverse en su asiento. —Siempre estoy esperando que estés bien y que te traten bien aquí.

—¿Piensas en mi mamá cuando miras las nubes y todo lo que contienen?

Pete se quedó callado otra vez.

—Suficiente— ella le dijo al chico, que se volvió a ella con la expresión cambiada.

—Se supone que van a traer torta esta tarde porque alguien está de cumpleaños— dijo.

—Qué bueno va a estar eso— dijo ella, sonriendo de vuelta.

—Sin velas, por supuesto. Ni tenedores. Vamos a tener que tomar el betún y aplastarlo encima de los ojos para quedar ciegos. ¿Alguna vez piensas en cómo, en ese momento de las velas, el tiempo se detiene, a pesar de que los momentos se llevan el humo? Es como el fuego del amor ardiente. ¿Alguna vez te preguntas por qué tanta gente tiene cosas que no merece, a pesar de lo absurdas que son esas cosas, para empezar? ¿Realmente crees que un deseo puede cumplirse si nunca nunca nunca nunca nunca, pero nunca se lo cuentas a nadie?

En el trayecto de regreso a casa, ella y Pete no intercambiaron una sola palabra, y cada vez que ella le miraba las manos envejecidas, aferradas artríticamente al volante, esos pulgares tan conocidos apuntando hacia abajo de manera un poco simiesca, ella comprendió de nuevo el lugar de desesperación en que los dos estaban, aunque sus desesperaciones estaban aparte, sin compartirse, y entonces sus ojos sintieron la presión punzante de las lágrimas.

La última vez que su hijo lo había intentando, su método había sido, en palabras del médico, mórbidamente ingenioso. Tal vez lo hubiera logrado, pero otra paciente, una chica del grupo, lo había detenido a último minuto. Hubo que trapear sangre. Por un tiempo, su hijo quería solo un dolor que lo distrajera, pero eventualmente había querido rasgar un agujero en sí mismo y escaparse por ahí. La vida, para él, estaba poblada de espías y de espionajes inquietantes. Pero los espías a veces también huían, y alguien tendría que salir a perseguirlos por los ondulantes campos de los sueños, hasta las montañas tempranas de significados que despuntaban, y así, paradójicamente, poder escapar completamente de ellos.

Acechaba una tormenta, y un rayo hizo su zigzag súbito y resuelto entre las nubes. Ella no necesitaba una demostración tan severa de que los horizontes podían hacerse pedazos, llenos de mensajes y códigos descifrados, pero ahí estaba. Una nevazón de primavera empezó a caer cuando el rayo todavía estallaba, y Pete echó a andar los limpiaparabrisas para que pudieran escrutar a través de los semicírculos despejados el camino que se oscurecía frente a ellos. Ella sabía que el mundo no había sido creado para hablarle solo a ella; sin embargo, igual que a su hijo, a veces las cosas sí le hablaban. Los árboles frutales habían florecido antes de tiempo, por ejemplo —los huertos por los que iban pasando se veían rosados— pero los calores prematuros llegaron antes que las abejas, y habría poca fruta. La mayoría de las flores que colgaban se iba a caer en esa misma tormenta.

Cuando llegaron a la casa y entraron, Pete se miró al pasar en el espejo del pasillo. Quizás necesitaba asegurarse de que estaba vivo y de que no era el fantasma que parecía ser.

—¿Quieres tomar algo?— preguntó ella, con la esperanza de que se quedara.—Me queda un poco de buen vodka. ¡Te podría hacer un buen White Russian!

—Vodka sola—dijo él, reticente — sin nada.

Ella abrió el congelador para sacar el vodka, y cuando lo cerró se quedó ahí parada un momento, mirando las fotografías de imán pegadas a la puerta del refrigerador. De bebé, su hijo parecía más feliz que la mayoría de los otros bebés. A los seis años, todavía sonreía y hacía el payaso, sus brazos y piernas disparándose como estrellas en explosión, sus dientes perfectamente separados refulgiendo, su pelo en rulos de miel. A los diez, tenía una expresión pensativa y temerosa, aunque había luz en su mirada, y sus lindos primos estaban junto a él. Ahí estaba, un adolescente algo gordito, su brazo alrededor de los hombros de Pete. Y ahí, en el rincón, era un infante otra vez, en brazos de su padre, circumspecto, apuesto, de quien él no se acordaba porque había muerto hacía tanto tiempo. Todo esto había que aceptarlo. Vivir no significaba apilar una alegría encima de otra. Era apenas la esperanza de que hubiera menos dolor, esperanza jugada como se juega un naipe encima de otra esperanza, un deseo de que salieran actos de bondad y actos de misericordia como reyes y reinas en un giro inesperado del juego. Uno podía tener la cartas o no: igual iban a parar a la mesa de la misma forma. La ternura no tenía que ver con esto, excepto de un modo dañado.

—¿No quieres hielo?

—No —dijo Pete.— No, gracias.

Ella puso dos vasos de vodka en la mesa de la cocina. Se hundió en la silla, frente a él.

—Tal vez te ayude a dormir—dijo ella.

—No sé si hay algo que pueda ayudarme en eso—dijo, tomando un sorbo. El insomnio lo asolaba como una plaga.

—Me lo voy a traer de vuelta esta semana— dijo ella.—Necesita que le devuelvan su hogar, su casa, su pieza. No es un peligro para nadie.

Pete tomó más, sorbiendo con ruido. Ella se daba cuenta de que él no quería saber nada de esto, pero sintió que no le quedaba más que seguir adelante. —Tal vez tú podrías ayudar. Él te admira.

—¿Ayudar cómo?—preguntó Pete con un destello de rabia. Ahí quedó el tintineo de su vaso contra la mesa.

—Podíamos turnarnos para pasar parte de la noche cerca de él— dijo ella cautelosamente.

Sonó el teléfono. El teléfono de pared marca Radio Shack casi no traía más que malas noticias, por lo que el ruido de la campanilla, especialmente en la noche, siempre la sobresaltaba. Reprimió un temblor, pero sus hombros igual se encorvaron, como si anticipara un golpe. Se puso de pie.

—¿Aló?— dijo, contestando al tercer toque, con el corazón retumbando, pero la persona al otro lado colgó. Ella se sentó otra vez.—Supongo que habrá sido un número equivocado— dijo, añadiendo: —A lo mejor tú quieres más vodka.

—Solo un poco. Después me tengo que ir.

Ella le sirvió un poco más. Le había dicho lo que le tenía que decir y no tenía ganas de persuadirlo. Lo iba a esperar; que diera un paso adelante él con las palabras adecuadas. Al contrario de sus amigas más malévolas, que insistían con sus advertencias, ella creía que había en Pete un profundo lado bueno, y ella siempre lo esperaba con paciencia. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

El teléfono sonó de nuevo.

—Probablemente te quieren vender algo—dijo él.

—Los odio— dijo ella. —¿Aló?— dijo con más fuerza en el auricular.

Esta vez, cuando la persona colgó, ella le echó una mirada al panel iluminado del teléfono, donde tendría que quedar revelado el número de la persona que llamaba.

Se sentó otra vez y se sirvió más vodka.—Alguien está llamando desde tu departamento— dijo ella.

Él terminó de un trago el resto de su vaso.—Me tengo que ir— dijo, y se levantó. Ella lo siguió. En la puerta, lo observó agarrar el pomo de la cerradura y hacerlo girar con firmeza. La abrió de par en par, bloqueando el espejo.

—Buenas noches— dijo él. Su expresión ya se había adelantado hacia un lugar lejano.

Ella lo rodeó con sus brazos para besarlo, pero él apartó la cara abruptamente, de modo que la boca de ella terminó tocando su oreja. Ella se acordó de que él había hecho esta maniobra evasiva hacía diez años, cuando recién se habían conocido, y él se encontraba en transición entre un romance y otro.

—Gracias por acompañarme— dijo ella.

—De nada— contestó él, y luego bajó apresuradamente los escalones hacia su auto, que estaba estacionado frente a la casa. Ella no hizo el intento de acompañarlo. Cerró la puerta principal y le puso llave mientras el teléfono empezaba de nuevo a sonar.

Se dirigió a la cocina. La verdad es que sin sus anteojos no había podido leer el número que llamaba, y que había inventado eso de que era el número de Pete, pero él había transformado el invento en verdad de todos modos, así es la magia negra de las mentiras y de las suposiciones acertadas, el bluff habilidoso. Ahora se afirmó. Plantó los pies en el suelo.

—¿Aló?— dijo, al quinto toque. El panel plástico donde debería aparecer el número estaba empañado como con una tela, un papel de carta aérea encima de la cebolla; o más bien la figura de una cebolla. Una imagen encima de otra.

—Buenas noches— dijo, fuerte. ¿Qué iría a salir del estallido? Una garra de mono. Una dama. Un tigre.

Pero no hubo nada de nada.

 

 

jars 2
Pintura de Sara Hill

Un poema de Seamus Heaney

Este poema, “Follower”, me sigue por todas partes. Fue el primero de Seamus Heaney que me llamó la atención, sobre todo por la forma en que espejea el acto de arar la tierra con el de navegar.

seamusCuando Heaney ganó el Nobel, en la primavera austral de 1995, por esas casualidades de la vida, yo estaba conversando con Carlos Olivárez en la sala de redacción de La Época mientras se preparaba el número especial que le iban a dedicar al poeta irlandés. El gran José Miguel Varas estaba también ahí, en plena tarea de traducir un par de poemas, entre los cuales estaba, justamente, “Follower”. Olivárez nos presentó y cuando le conté a Varas que había estado en un taller con Heaney y que conocía bien ese poema, don José Miguel me hizo un par de consultas. Después nos largamos a hacer la pega en yunta, que concluyó con él tecleando la traducción final en su máquina de escribir. No tengo esa versión a mano. Ni siquiera tengo la certeza de que salió publicada pero, si lo fue, por ahí debe estar, en algún archivo, firmada por Varas, sin duda, porque el encargo era de él y porque las decisiones finales casi siempre fueron suyas.

Abuelito-Aleem Huasos

Y como (es sabido) todo tiene que ver con Chile, “Follower” me recuerda “El arado”, la canción de Víctor Jara que, a su vez, es la canción que más le gusta a mi padre, cuya infancia transcurrió entre Monte Águila y Tinguiririca. Mi papá sabe de arados de verdad, no como yo, que solamente conozco los de la literatura y, más encima, traducidos.

Así que este es un poema dos veces traducido, a twice-translated poem. Sería medio borgiano que las traducciones de 1995 y de 2020 fueran idénticas, pero lo dudo, porque eso no pasa en la vida de verdad, solo en los sueños.

José-Miguel-Varas

Nunca se ara el mismo campo, diría un irlandés, con esa cara que ponía Heaney cuando sacaba alguna ocurrencia y entrecerraba un ojo para rochar bien por dónde había que cortar el surco.


 

Seguidor

Mi padre trabajaba con su arado de caballos,
sus hombros hinchados como vela a todo viento
entre el surco y las manceras.
Los caballos se esforzaban al chasquido de su lengua.

Era experto. Colocaba la orejera
y ajustaba el diente de brillante acero.
La tierra se apartaba como oleaje sin romper.
Al final del surco, con un solo tirón

De las riendas, la collera sudorosa se volteaba
y de vuelta en dirección al campo. Sus ojos
entrecerrados y en ángulo al suelo,
navegando el surco con exactitud.

A tropezones en la estela de sus botas,
me caía a veces en la tierra limpia;
a veces me llevaba en sus espaldas,
en el sube y baja de su paso lento.

Yo quería crecer y poder arar,
cerrar un ojo, afirmar el brazo.
No hice más que seguir
su sombra ancha por el campo.

Yo era un estorbo, me tropezaba y me caía,
siempre iba parloteando. Pero hoy
es mi padre quien se pasa tropezando
detrás mío, y no se quiere ir.

800px-Winslow_Homer_-_Man_with_Plow_Horse

Winslow Homer, “Man With Horse Plough”.

“El mundo está lleno de polvo, tío. Trabajemos”. Un poema de Donald Justice

Este poema me produce un placer muy particular por su sencillez y, al mismo tiempo, por la cadencia clásica de sus sonidos y de su estructura. A primera vista, la rima puede dar la impresión de ser ingenua o tosca, pero luego la repetición en que se basa adquiere un sentido y un peso similares a los de la poesía de la antigüedad.

Mi escaso conocimiento de la métrica inglesa no me deja aseverarlo con certeza, pero creo que es una estructura tan única como exacta, como una clave o contraseña que se usa una vez y luego se desecha.

Recuerdo haber leído en alguna parte que el verso con que titulo esta entrada, “The world is very dusty, uncle. Let’s work”, estaba en una placa que adornaba el estudio de trabajo de Denis Johnson, y la yuxtaposición de estos dos autores no puede ser más extraña, al mismo tiempo que tiene todo el sentido del mundo.

Uno de los grandes desafíos para traducir estos versos surge del sentido de musicalidad que caracteriza toda la obra de Donald Justice, uno de los grandes poetas norteamericanos del siglo XX. “There Is a Gold Light In Certain Old Paintings” aparece en Collected Poetry (New York: Alfred Knopf, 2004), aparecido el año de su muerte.

***

Hay una luz dorada en ciertos cuadros viejos

1

Hay una luz dorada en ciertos cuadros viejos
que representa una difusión de luz solar.
Es como la felicidad, cuando somos felices.
Viene de todas partes, esta luz, y de ninguna al mismo tiempo,
y los pobres soldados que se reclinan al pie de la cruz
comparten su caridad por partes iguales con la cruz.

2

Orfeo vaciló junto al oscuro río.
Teniendo tanto por delante miró hacia atrás.
Creemos que cantó en ese momento, pero el canto se perdió.
Por lo menos pudo ver una vez más la espalda amada.
Yo digo que así era la canción: Ah, prolonga
ahora el dolor si eso es todo lo que hay que prolongar.

3

El mundo está lleno de polvo, tío. Trabajemos.
Un día la enfermedad se irá de la tierra para siempre.
La arboleda florecerá; alguien tocará la guitarra.
Nuestro trabajo será considerado fuerte y limpio y bueno.
Y todo lo que hemos sufrido por haber existido
se olvidará como si nunca hubiéramos existido.

 

wright justice

Un poema de Raymond Carver: “Para Semra, con vigor marcial”

Cuánto gana un escritor? dijo ella

así de partida

nunca había conocido un escritor

No mucho le dije yo

tienen que dedicarse a otras cosas también

Cómo qué? dijo ella

Como trabajar en fábricas dije yo

barrer pisos dar clases por ahí

recoger fruta

lo que salga

de todo dije yo

En mi país dijo ella

alguien con estudios universitarios

nunca sería barrendero

Bueno eso es cuando están recién empezando le dije

todos los escritores ganan mucha plata

Escríbeme un poema dijo ella

un poema de amor

Todos los poemas son poemas de amor le dije yo

No entiendo dijo ella

Es difícil de explicar dijo ella

Está bien dije yo

una servilleta/un lápiz

para Semra escribí

Ahora no tonto dijo ella

mordisqueándome el hombro

solo quería ver

Más tarde? dije yo

poniéndole la mano en el muslo

Más tarde dijo ella

O Semra Semra

Junto con París dijo ella

Estambul es la ciudad más linda

Has leído a Omar Khayyam? dijo ella

Sí sí dije yo

un pan una botella de vino

Me conozco a Omar para atrás

& para adelante

Kahlil Gibrán? dijo ella

Quién? dije yo

Gibrán dijo ella

No exactamente dije yo

Qué opinas de los militares? dijo ella

has sido soldado?

No dije yo

No tengo buena opinión de los militares

Por qué no? dijo ella

por la cresta no crees que todo hombre

debería servir en el ejército?

Bueno por supuesto dije yo

debería

Una vez viví con un hombre dijo ella

un hombre de verdad un capitán

de ejército

pero lo mataron

Pero por la chucha dije yo

y miré por si encontraba un sable

borracho como poste

malditos ojos retirada mierda

yo acabo de llegar

la tetera volando por la mesa

lo siento dije yo

a la tetera

quiero decir a Semra

Chucha dijo ella

no sé por qué chucha

me dejé levantar por ti.

-RAYMOND CARVER

El “Sueco” de Pastoral americana, de Philip Roth.

american pastoralEl Sueco. En tiempos de la guerra, cuando yo todavía estaba en la primaria, ese era un nombre mágico en nuestro barrio de Newark, hasta para los adultos a una generación de distancia del gueto de la calle Prince y que todavía no se habían americanizado lo suficiente como para impresionarse por las hazañas de un atleta de escuela secundaria. El nombre era mágico; igual que su cara anómala. Entre los pocos estudiantes judíos de tez clara en nuestro colegio público mayoritariamente judío, ninguno contaba ni remotamente con algo similar a la insensible máscara vikinga de mandíbula prominente de ese rubio de ojos azules que vino a nacer en nuestra tribu con el nombre de Seymour Irving Levov.

El Sueco jugaba de atacante en el fútbol, de centro en el básquetbol, de primera base en béisbol. Solo el equipo de básquetbol servía para algo—ganó dos veces el campeonato de la ciudad con él de anotador máximo—, pero mientras el Sueco jugara bien, el destino de los equipos deportivos del colegio no le importaba mucho a un estudiantado cuyos padres y abuelos, en su mayoría gente de escasa educación y cargada de penurias, veneraban los logros académicos por encima de todo lo demás. La agresividad física, aunque estuviera camuflada de uniformes atléticos y reglas oficiales, y aunque no fuera para dañar judíos, no era una fuente tradicional de placer para nuestra comunidad— como sí lo eran los títulos académicos. A pesar de esto, gracias al Sueco, el vecindario se embaló en una fantasía sobre sí mismo y sobre el mundo, la misma fantasía de todo fanático del deporte: casi como los no-judíos (como se imaginaban que eran), nuestras familias fueron capaces de olvidarse de cómo funcionan las cosas en realidad y depositar todas sus esperanzas en una competencia deportiva. Principalmente, pudieron olvidarse de la guerra.

La transformación del Sueco Levov en el Apolo del hogar de los judíos de Weequahic se explica más que nada, creo, por la guerra contra los alemanes y los japoneses y los temores que producía. Mientras estuviera el Sueco invencible en el campo de juego, la superficie sin sentido de la vida les daba un sustento extraño y delirante, un alegre alivio de inocencia sueciana, a quienes vivían con el miedo de no ver nunca más a sus hijos o a sus hermanos o a sus maridos.

¿Y cómo lo afectaron a él la glorificación, la santificación de cada gancho embocado, de cada pase al que saltó y atrapó, de cada batazo recto por la línea izquierda para llenar dos bases? ¿Era eso lo que había puesto tan seriote, tan cara de palo? ¿O era esa sobriedad con aspecto de madurez la manifestación externa de una ardua lucha interna para mantener a raya el narcisismo que una comunidad entera derramaba sobre él con tanto amor? Las cheerleaders tenían una rutina especial para el Sueco. Al contrario de otras rutinas que servían para inspirar a todo el equipo o para aleonar al público, esta era un tributo rítmico, golpeando fuerte el piso con los pies, solo para él, un entusiasmo indisoluble y sin tapujos inspirado en la perfección del Sueco. La rutina hacía temblar el gimnasio en los partidos de básquetbol cada vez que él agarraba un rebote o marcaba un doble; pasaba por las graderías como una ola en nuestro lado del City Stadium durante los partidos de fútbol, cada vez que ganaba una yarda o interceptaba un pase contrario. Hasta en los partidos de béisbol con escaso público allá en Irvington Park, donde no había una entusiasta escuadra de cheeleaders con una rodilla en tierra, se podía oir el cántico entonado por un puñado de hinchas de Weequahic desde las gradas de madera, no solo cuando al Sueco le tocaba salir a batear, sino hasta cuando le tocaba hacer un out muy sencillo en primera base. Era un canto de ocho sílabas, tres de ellas con su nombre y sonaba así: ¡Pa papa! ¡Pa pa pa… papa! y el tempo, especialmente en los partidos de fútbol, se aceleraba en cada repetición hasta que, en el punto más lato del frenesí de adoración, se descargaba en éxtasis una explosión de ruedas gimnásticas, faldas volando al viento, y los calzones anaranjados de diez macizas cheerleaders destellaban como fuegos artificiales delante de nuestros ojos maravillados— y no por amor a ti o a mí, sino por el maravilloso Sueco. «¡Sueco Levó! ¡Rima con… amó! ¡Sueco Levó! ¡Rima con… amó! ¡Sueco Levó! ¡Rima con… amó!»

Sí, hacia el lado que mirara, la gente estaba enamorada de él. Los dueños de las dulcerías a quienes los más chicos molestábamos nos gritoneaban «¡Hey, tú, no!» o «¡Cabro chico, cór-ta-la!», pero a él le decían con respeto: «Sueco». Los padres y madres sonreían y se dirigían a él como «Seymour». Las muchachas dicharacheras que lo veían pasar hacían alarde de estar embelesadas y las más valientes le gritaban: «¡Vuelve, vuelve aquí, Levov de mi vida!». Y él dejaba que todo esto pasara, se paseaba por el vecindario en posesión de todo ese amor, dando la impresión de que no sentía nada. Al contrario de lo que nos imaginamos sobre el efecto enaltecedor que tendría en nosotros una adulación total, acrítica, idólatra como esa, el cariño que le echaban encima al Sueco parecía en realidad privarlo de todo sentimiento. En ese muchacho, aceptado como símbolo de esperanza por muchos— como encarnación de la fuerza, la determinación, el valor audaz que lograría traer de vuelta incólumes a nuestros soldados de Midway, Salerno, Cherburgo, las islas Solomon, las Aleutianas, Tarawa— parecía no haber ni una gota de humor o ironía que pudiera interferir con su don dorado de tomar responsabilidad.

Pero el humor o la ironía era como un lastre al batear para un chico como el Sueco, porque la ironía es un consuelo para los mortales y no sirve para nada si se te están dando las cosas como a un dios. Una de dos; o había un lado entero de su personalidad que él reprimía, o que estaba todavía adormecido, o bien, lo más probable, ese lado no existía. Su distancia, su aparente indolencia como objeto de deseo de esta cópula asexuada, lo hacía parecer, si no divino, su buen poco por encima de la humanidad más básica de todos los otros alumnos. Estaba atado a la historia, era instrumento de la historia, querido con una pasión que tal vez no hubiera llegado a cuajar si él hubiera roto el récord de básquetbol de Weequahic (marcando veintisiete puntos contra Barringer) cualquier otro día y no ese día triste, triste de 1943 en que cazas de la Luftwaffe derribaron cincuenta y ocho Fortalezas Voladoras, dos cayeron víctimas del fuego antiaéreo, y cinco más se estrellaron después de cruzar el Canal de la Mancha al regresar de su misión de bombardeo en Alemania.american pastoral