Cuchillo entre los dientes

Todavía tengo la costumbre de referirme a Chile como mi país. Quizá sea sólo un vestigio de modales antiguos, porque cuando digo que Chile es mi país, siento en las palabras algo semejante a esa pulsación que indica en qué parte de la encía se incuba un absceso. O bien, digo “mi país” como si le agregara comillas, como quien muestra un cuchillo y luego se lo pone entre los dientes. Cuando tengo que declarar que soy chileno, siento en la boca ese bordecito metálico que me hace desconfiar de mis propias palabras.

hablarcomochilenoIgual el acento me delata. Sigo hablando casi igual que cuando me fui. Cuando hablo en castellano me reconozco en el cantito, en la atenuación Full Mode On, los recortes y las consonantes aspiradas. Me enorgullezco de saber hablar con la boca completamente cerrada. Cuando de repente veo gente hablando igual, en un tren, en un restaurante, en un aeropuerto, me digo: chilenos.

Un detector de mentiras zanjaría el asunto. ¿Es Chile tu país? ¿Eres chileno? Me muerdo la lengua y pongo el cuerpo a responder: contesta la presión sanguínea, contestan la respiración, el pulso, la conductividad de mi piel. Cuando se trata de Chile, ya no soy capaz de saber si miento o si digo la verdad. El cuerpo responde en su porfiado silencio, el cuerpo del defensor protege el balón hasta que cruza la línea sin causar mayor estrago. El defensor de camiseta roja, el pitbull con el cuchillo entre los dientes, el filo apretado contra la lengua.

El vecino y sus armas químicas: “Adams”, de George Saunders

La traducción con la que este blog despide el verano septentrional es el relato “Adams”, de George Saunders, publicada en agosto de 2004 en The New Yorker. La versión original está aquí y también se puede escuchar la lectura de Joshua Ferris en el podcast de la misma revista, que se encuentra gratis en iTunes. El relato está modelado en una narrativa muy conocida a principios del siglo XXI y nos entrega una clave de su origen en el anagrama del título y el apellido del vecino maldito.


adams-saundersNunca me cayó bien Adams y resulta que un día lo encuentro parado en mi cocina, en calzoncillos. ¡Mirando hacia la pieza de mis niños! Así que le aforro en la nuca y se va al suelo. Cuando se para, le aforro otra vez y al suelo. Después lo tiro rodando por las escaleras hasta el barro de la primavera que recién llegaba y le digo, Si otra vez, te lo juro por Dios, no sé ni qué decirte, pobre conchetumadre.

Karen llegó a la casa. La aparté para contarle. En corto: Mantener las puertas cerradas, y si él está en su casa los cabros chicos se quedan adentro.

Pero después de comer me puse a pensar: El tipo entra en shorts y yo le aguanto así no más? ¿Es amor esto? ¿Amor por mis hijos? ¿Porque qué pasa si…? ¿Qué pasa si nos descuidamos? ¿Qué pasa si se nos sale un cabro o si él entra? No, no, no, pensé, eso no se puede aceptar.

Así que fui para allá y dije, ¿Dónde está?

Entonces Lynn me contestó, Arriba, ¿por qué?

Fui para arriba y él estaba parado frente al espejo, todavía en putos calzoncillos, sólo que ahora tenía puesta una camisa, y le aforré cuando se estaba dando vuelta. Se fue al suelo y trató de arrastrarse fuera de la pieza, pero le puse un pie en la espalda.

Si otra vez, le dije, si alguna otra vez.

Ahora estamos empatados, dijo. Yo me metí en tu casa y tú te metiste en la mía.

Pero yo andaba con pantalones, le dije, y le mini-aforré en la nuca.

Yo soy lo que soy, dijo.

¡Ésa sí que estuvo buena! ¡Que lo confesara! Así que le aforré otra vez mientras Lynn entraba diciendo Hey Roger, hey (Roger soy yo). Y entonces él se quiso levantar. ¡Ahí me fui a la cresta! ¿Levantarse? ¿En contra mía? Y le voy a aforrar otra vez, pero ella me empuja entremedio, como interviniendo. Así que para aforrarle otra vez tuve que empujarla a ella para atrás, y por mala suerte se resbaló, y se fue para abajo, y ahí se queda como tendida, con la falda subida—¡y él se enoja! ¡Se enoja! ¡Conmigo! Él en calzoncillos, mirando hacia a la pieza de mis niños, ¿y él es el que se enoja conmigo? Cuántas noches no habré oído mochas y paipazos de la casa de Adams, con ella jadeando, Frank, por Dios, Soy Mujer, Me Estás Haciendo Daño, Los Niños Están Mirando, etcétera.

Porque ése es el tipo de hombre que es.

Así que le aforro otra vez, y cuando ella se arrastra hacia mí diciendo Por favor, Por favor, tuve que empujarla para abajo otra vez, no de mala manera sino como diciendo quédate ahí, justo cuando, por supuesto, con la suerte que tengo, los cabros chicos entran corriendo –estos cabritos Adams, hay que decirlo, son teatreros, siempre andan haciendo obras musicales en el patio, etc., etc. –así que se ponen, sabes, todos dramáticos: ¡Mamita! ¡Papito! Y, OK, eso fue penca, entonces traté de irme, pero ellos se pusieron ahí en la puerta, bloqueando la salida, como Duh, no sabemos para dónde ir, estamos paralizados. Así que salí a empujones, no fuertes, muy suaves—me dieron pena porque muchas veces había escuchado cómo Adams les daba a ellos también—pero igual una se cayó, en una rodilla, y le ayudé a pararse, ¡y me trató de morder! Parecía que la pendeja no cachaba nada, y me dolió, y me enojé, así que fui donde estaba Adams, que se estaba levantando, y como que le di un pape a él en la cabeza en nombre de ella, a cambio de la mordida.

Diles, le dije. Diles a tus cabros de mierda que no–

Entonces necesitaba tomar un poco de aire, así que di una vuelta a la manzana, pero todavía algo no estaba bien. Porque ahora empieza, sabes. Adams ahí todo emputecido, diciéndoles mentiras sobre mí a esos cabros chicos, los cuales, dado lo que habían visto (la tanda) y lo que no habían visto (a él en calzoncillos, vuelto hacia la pieza de mis niños), se estaban tragando todas las falsedades, y yo pensaba, Super bien, ahora ellos me odian, como si yo fuera el malo de la película en todo esto, y todo el verano va a ser puras maldades, la manguera tajeada y azúcar en mi estanque de bencina, o de repente al perro le aparece una quemadura en la guata.

Así que escribo unos panfletos, diciendo, Sólo Para Que Se Informen, El Papá de Ustedes Estaba Desnudo en Mi Cocina, Frente a la Pieza de Mis Niños. Y pego uno en el mosquitero de su puerta para asegurarme de que lo vean antes de que salgan a su entrenamiento, después les meto como nueve en el buzón, y al resto les borro “El Papá de Ustedes” y pongo encima “Frank Adams” y los distribuyo en los buzones de la cuadra.

Toda la noche me llaman y me llaman los vecinos, diciendo, sabes, Llama a la policía, Adams necesita ayuda, es un tontón, siempre lo he odiado, tal vez unos cuantos de nosotros deberíamos darle una visita, pongámonos de acuerdo para ver qué hacer, mantente calmado. Ese tipo de cosas. Lo que estaba muy bien, excepto que salgo a fumar un cigarro a medianoche y ¿para dónde lo veo que está mirando, todo lleno de pica? ¿A las casas de ellos? No hay que ser ingenuo. Está mirando en dirección a mi casa, con esa mirada ardiente, y yo como que, ¿Qué estás mirando?

Soy lo que soy, dice.

Conchetumadre, digo, y me tiro a aforrarle, pero se arranca para adentro.

En cuanto a los pacos, yo opinaba: ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar a que se meta otra vez en mi casa, ahí llamar a los pacos y esperar que se quede frente a la pieza de mis niños, en shorts, hasta que lleguen?

No, lo siento mucho, ése no es mi estilo.

Al día siguiente mi cabro chico, Brian, está parado en la puerta de atrás, listo para salir con su volantín, y yo como que agarro la puerta y la dejo bien cerrada, diciendo, Nop, nop, tú sabes muy bien por qué no, campeón.

Así que ahí quedó mi pobre cabro, con el volantín en las rodillas toda la tarde, mirando a un tontón que enseña pintura en la televisión pública diciendo, “El Sombreado Es Una Manera De Dar Profundidad, ¿Qué Tal Si Lo Aplicamos A Este Tronco Que Está Aquí?

Luego el lunes en la mañana veo a Adams que va a su auto y ¡de nuevo me echa esa mirada de fuego! Nunca he recibido una mirada con tanto odio. ¡Y me muestra el dedo! ¡Como si fuera él el que está en lo correcto! Así que me tiro a aforrarle, pero se mete en el auto y se arranca.

Todo el día esa mirada la tengo en la mente, esa mirada de odio.

Y entonces pensé, Si fuera yo, si yo sintiera ese nivel de odio, ¿qué haría yo? Bueno, una cosa que haría sería contenerlo y contenerlo y entonces una noche el odio se rebalsaría y yo me metería en la casa de mi enemigo y los acuchillaría a todos mientras duermen. O los mataría a tiros. Lo haría. No podría ser de otra manera. Es la naturaleza humana. No es que le esté echando la culpa a nadie.

Pensé, Tengo que tener cuidado y proteger a mi familia, o su sangre va a quedar en mis manos.

Así que volví temprano un día y fui a la casa de Adams cuando no había nadie, y pesqué el rifle que tenía en el sótano y los cuchillos para bistec, y también los cuchillos para la mantequilla, que pueden afilarse, y también el afilador de cuchillos, y también dos abrecartas y un pisapapeles pesado, el cual, si fuera yo y hubiera perdido todas mis armas y cuchillos, seguro que usaría para reventarle la cabeza a mi enemigo mientras duerme, además de las cabezas de toda su familia.

Esa noche dormí mejor hasta que me desperté transpirando, preguntándome qué haría si alguien entrara y, después de empujar al suelo a mi mujer y uno de mis hijos, me robara las armas de fuego y los cuchillos y el afilador de cuchillos junto con mi pisapapeles. Y me respondí: Lo que haría sería buscar desesperadamente por toda la casa algo peligroso, por ejemplo pintura, como diluyente, como productos químicos para el hogar, y luego, o rodear la casa de mi enemigo en un anillo tóxico y prenderles fuego, o bien echárselos en la piscina de mi enemigo, lo que (1) destruiría el revestimiento y (2) enfermaría a los hijos de mi enemigo cuando fueran a nadar.

Entonces fui a mirar a mis niños durmiendo y, oh Dios mío, no existen niños más tiernos que los míos, y parado ahí en piyamas, pensé en Adams parado ahí en calzoncillos, luego me imaginé a mis hijos atorándose y vomitando al intentar salirse de la piscina, y pensé, No, por ningún motivo, no voy a vivir así.

Así que entré por una ventana que había forzado antes esa misma tarde, junté todos los productos químicos caseros, y, créanme, tenía un montón, mucho más que yo, mucho más de lo que necesitaba, diluyente, pintura, cal viva, gasolina, solventes, etc. Lo junté todo como en nueve bolsas de basura y estaba a punto de subir por la escalera con la primera bolsa cuando llega toda la maldita familia, me caen encima, hasta los niños, pegándome con perchas de ropa y golpeándome con libros filudos y rociándome laca de pelo en la cara, el perro también me tiraba mordiscos, y rodando por las escaleras hasta el sótano yo pensaba, Me quieren matar. Al golpearme la cabeza en el suelo de cemento, vi estrellas, y pensé, No, de verdad, me van a matar, y si me matan ya no habrá más Melanita y yo comiendo del mismo plato de cabritas, no más Briancito haciendo ese gesto de arrugar el ceño que nos hacemos mutuamente cuando uno de nosotros cuenta un chiste fome, nunca más Karen y yo tendidos lado a lado después de, mirando por la ventana, conversando de nuestros planes mientras esos pájaros de pico amarillo se suben y se bajan de los cables de la luz. Y luché por levantarme, pensando, Qué importa cómo vine a dar aquí, aquí estoy, tengo que salir de aquí, tengo que vivir. Y empecé a aforrar y aforrar, y una vez que se batieron en retirada, con Adams y su hijo adolescente protegiendo a la más chica, que desafortunadamente había ido a dar relativamente lejos debido a una pequeña patada que yo le había dado, saqué mi encendedor y le prendí fuego a la bolsa, la bolsa de tóxicos, y salí hacia la luz al tope de las escaleras, donde sabía que estaba la puerta, donde estaba la noche, y mi libertad, y mi hogar.

Uno de Tobias Wolff: “Bala en el cerebro”

La estructura de este relato no puede dejar de evocar “El milagro secreto” de Borges, pero allí donde Borges se esmera en la filigrana literaria (“en una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija”) y en la minucia histórica que explica el fusilamiento del impronunciable Hladík, la bala  de Tobias Wolff se interna por caminos donde las causalidades pueden ser 2015BULLETI_AMQcómicamente predecibles o bien lo contrario, producto de una mecánica inesperada, la que mueve el trayecto de una bala que atraviesa el cerebro de Anders, el crítico literario. Hay una mezcla de registros que plantea desafíos interesantes para la traducción, Cualquier opinión sobre los resultados será muy bienvenida.

Hablando de causalidades: Me interesó incluir a Tobias Wolff en esta serie porque en una entrevista en la Paris Review declara que le toma mucho tiempo ponerse al día con los lugares en que ha estado, condición con la que este traductor emigrante se identifica a cabalidad. Wolff nació en Alabama en 1945. Este cuento se publicó originalmente en The New Yorker en 1995.


BALA EN EL CEREBRO

Tobias Wolff

Anders no pudo llegar al banco hasta justo antes de que cerraran, así que por supuesto la cola era infinita y le tocó quedar detrás de dos mujeres, cuya conversación chillona y estúpida lo puso de un humor asesino. De todas maneras, nunca andaba del mejor humor este Anders, crítico de libros conocido por el salvajismo fastidiado y elegante con que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola todavía daba un par de vueltas alrededor del cordón, una de las cajeras puso un letrero de “CAJA CERRADA” en su ventanilla y se fue a la parte de atrás del banco, donde se apoyó en un escritorio y empezó a pasar el rato con un tipo que movía papeles para allá y para acá. Las mujeres delante de Anders pararon de hablar y miraron a la cajera con odio.

“Oh, qué bonito”, dijo una. Se dio vuelta hacia Anders y agregó, confiada en que él iba a estar de acuerdo, “Uno de esos pequeños toques de humanidad que nos hacen volver por más”.

Anders había engendrado su propio odio creciente por la cajera, pero lo dirigió inmediatamente a la presumida y quejumbrosa que tenía al frente. “Pucha, sí, qué injusto”, dijo. “Trágico, en realidad. Cuando no le amputan a uno la pierna equivocada, o le bombardean la aldea ancestral, vienen y cierran la caja”.

Ella no se amilanó. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Yo solamente opino que es pésima forma de tratar a los clientes”.

“Imperdonable”, dijo Anders. “Dios lo tendrá en cuenta”.

La mujer se chupó las mejillas, pero se quedó mirando por encima del hombro de él, sin decir nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, también se puso a mirar en la misma dirección. Y luego las cajeras dejaron de hacer lo que estaban haciendo, y los clientes lentamente se dieron vuelta, y en el banco se hizo el silencio. Dos hombres de pasamontañas negro y terno azul estaban de pie al lado de la entrada. Uno de ellos tenía puesta una pistola en el cuello del guardia. El guardia tenía los ojos cerrados y movía los labios. El otro hombre portaba una escopeta recortada. “¡Todos se callan!”, dijo el de la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguna de las cajeras da la alarma, todos ustedes son fiambres, ¿entienden?”

Las cajeras asintieron.

“Ah, bravo”, dijo Anders. “Fiambres”. Se volvió a la mujer delante suyo. “Tremendo parlamento, ¿ah? La poesía severa y con manoplas de bronce de la clase peligrosa”.

Ella lo miró con ojos de ahogada.

robber11n-3-webEl tipo de la escopeta obligó al guardia a arrodillarse. Le pasó la escopeta a su socio, le tironeó hacia atrás las muñecas y le puso un par de esposas. Lo botó al suelo de una patada entre los hombros. Luego retomó la escopeta y se acercó a la puerta de seguridad, al final del mesón. Era bajo y gordo y se movía con una lentitud extraña, casi con torpeza. “Ábranle”,dijo su socio. El tipo de la escopeta abrió la puertecita y se paseó entre la fila de cajeras, pasándole a cada una su bolsa de basura. Cuando llegó a la caja vacía, miró al de la pistola, que le dijo: “¿De quién es ese puesto?”.

Anders observó a la cajera. Ella se llevó la mano a la garganta y se volvió al hombre con que había estado conversando. Él asintió. “Mío”, dijo.

“Ponte las pilas, huevona fea, y llena la bolsa”.

“Ya estamos”, le dijo Anders a la mujer delante suyo. “Se ha hecho justicia”.

“¡Oye, chistosito! ¿Te dije que hablaras?

“No”, dijo Anders.

“Entonces cierra el hocico”.

“¿Oyeron eso?, dijo Anders. ‘Chistosito’. Sacado de ‘Los Soprano’”.

“Por fávor cállese”, dijo la mujer.

“Hey, ¿tai sordo o qué te pasa? El tipo de la pistola se acercó adonde estaba Anders. Le enterró la pistola en la guata. “¿Creís que estoy puro hueveando?”

“No”, dijo Anders, pero el cañón le hacía cosquillas como un dedo tieso y tuvo que luchar para contener la risita nerviosa. Lo hizo obligándose a mirar directo a los ojos del tipo, claramente visibles tras los hoyos del pasamontañas: de un azul pálido, irritados y con los bordes enrojecidos. El párpado izquierdo del tipo le tiritaba. Exhalaba por la boca un olor penetrante de amoníaco que le chocó a Anders más que cualquier cosa que había pasado hasta entonces, y había empezado a acrecentársele una sensación de inquietud cuando el tipo lo picaneó otra vez con la pistola.

“¿Te gusto yo, chistosito?”, dijo. “¿Me querís chupar el pico?”

“No”, dijo Anders.

“Entonces deja de sapearme”.

Anders fijó la mirada en los los zapatos del tipo, bien lustrados y de puntera fina.

“Allá abajo no. Allá arriba”. Le metió la pistola a Anders debajo de la barbilla y la empujó hasta que Anders quedó mirando hacia el cielo.

Ceiling-mural-425x425Anders nunca le había puesto atención a esa parte del banco, un edificio antiguo y pomposo con pisos y mesones y pilares de mármol y caligrafía dorada sobre las jaulas de las cajeras. La bóveda del cielo estaba decorada con figuras mitológicas cuya fealdad carnosa, envuelta en togas, Anders había observado de una mirada muchos años antes y que después había rehusado notar. Ahora no le quedaba otra alternativa que hacer un escrutinio del trabajo del artista. Era peor de lo que recordaba, en su totalidad ejecutado con la más absoluta solemnidad. El artista tenía su arsenal de trucos y los usaba una y otra y otra vez – cierto difuminado rosáceo debajo de las nubes, una miradita tímida hacia atrás de los cupidos y los faunos. El cielo estaba abigarrado de varios dramas, pero el que le llamó la atención a Anders fue el de Zeus y Europa – presentado en esta versión como un toro mironeando a una vaca detrás de un pajar. Para hacer sexy a la vaca, el pintor había inclinado sus caderas de manera sugerente y le había puesto unas pestañas largas y lacias, a través de las cuales ella le devolvía la mirada al toro con una bienvenida seductora. El toro tenía una media sonrisa y las cejas arqueadas. Si hubiera una burbuja de cómics saliéndole de la boca, habría dicho: “Aquí está papi”.

“¿De qué te reís, chistosito?”

“De nada”.

“¿Me encontrai divertido? ¿Creís que soy payaso?

“No”.

“¿Creís que podís huevear conmigo?”

“No”.

“Huevéame otra vez, y te cago. ¿Capish?”

Anders se rió a carcajadas. Se tapó la boca con las dos manos y dijo, “Disculpe, disculpe”, y luego no pudo evitar un resoplido de risa por entremedio de los dedos, y dijo: “Capish, ah, Dios mío, capish”, y ahí el tipo de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

bulletbrainLa bala rompió el cráneo de Anders y le atravesó el cerebro y salió por detrás de su oído derecho, dispersando fragmentos de hueso en la corteza cerebral, el cuerpo calloso, atrás hacia los ganglios basales, y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto pasara, la primera aparición de la bala en el cerebelo gatilló una cadena crepitante de transportes iónicos y neuro-transmisiones. A causa de su curioso origen, éstas trazaron un patrón curioso, despertando aleatoriamente una tarde de verano de hacía unos cuarenta años y desde entonces perdida en la memoria. Después de impactar el cráneo la bala se desplazaba a 300 metros por segundo, velocidad patéticamente lenta, glacial, en comparación con el relámpago sináptico que se desencadenó a su alrededor. Una vez en el cerebro, esto quiere decir, la bala quedó bajo control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders amplio tiempo de ocio para contemplar la escena que –usando una expresión que él aborrecería— “pasaba delante de sus ojos”.

Vale la pena tomar nota de lo que Ambers no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que él más enloquecidamente amaba de ella, antes de que terminara irritándolo – su carnalidad desvergonzada, y especialmente el modo cordial con que trataba a su aparato, a quien ella apodaba Señor Topo, como en “Oh, oh, parece que el Señor Topo quiere jugar” y “¡Escondamos al Señor Topo!”. Anders no recordó a su esposa, a quien él también había amado antes de que ella lo extenuara de tan predecible, o a su hija, ahora una hosca profesora de economía en Dartmouth.

No recordó estar de pie cerca de la puerta de su hija mientras ella sermoneaba a su oso por portarse mal y le describía los castigos realmente espantosos que iba a recibir si no cambiaba su forma de ser. No recordó ni un solo verso de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder darse escalofríos a voluntad – ni “Silencioso, sobre una cima de Darien”, ni “Dios mío, supe este día”, ni “¿Todas mis bellas? ¿Has dicho todas? ¡Oh, cometa infernal! ¿Todas?”. Ninguno de estos recordó, ni uno solo. Anders no recordó lo que dijo su madre moribunda sobre su padre: “Debería haberlo apuñalado mientras dormía”. No se acordó del profesor Josephs contándole a sus alumnos que los prisioneros atenienses en Sicilia eran liberados si eran capaces de recitar a Esquilo, y luego recitando a Esquilo él, ahí mismo, en griego antiguo. Anders no recordó cómo le ardían los ojos con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la tapa de una novela poco después de graduarse, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de entregar respeto.

Tampoco recordó que había visto a una mujer saltar al vacío desde el edificio opuesto al suyo, días después de que nació su hija. No recordó haber gritado: “¡Dios tenga misericordia!” No recordó haber chocado a propósito el auto de su padre en un árbol, o que tres policías le habían pateado las costillas en una protesta contra la guerra, o despertarse de risa. No recordó cuándo había empezado a mirar la pila de libros en su escritorio con aburrimiento y espanto, o cuándo se enrabió con los autores por escribirlos. No se acordó de cuándo todo le comenzó a recordar otra cosa.

Esto es lo que sí recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el chirrido de los insectos, él mismo apoyado contra un árbol mientras los niños de su barrio se juntan para organizar un juego. Él mira mientras los otros discuten sobre quién es más genio, si Mantle o Mays. El tema los ha preocupado todo el verano y para Anders se ha vuelto tedioso: una opresión, como el calor.

Luego llegan los dos último chicos, Coyle y un primo de Mississippi. Anders no conoce al primo de Coyle y no lo verá nunca más. Le dice hola como el resto pero no le presta mucha atención hasta que han elegido a los equipos y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el chico. “Paracorto es el mejor puesto que haiga habido”. Anders se voltea y lo mira. Quiere que el primo de Coyle repita lo que acaba de decir, pero no se atreve a pedirle que lo haga. Los otros van a pensar que está poniendo pesado, molestando al cabro por la gramática. Pero no es eso, para nada – es que Anders se siente extrañamente estimulado, exultante, ante esas palabras finales, su cualidad inesperada y su música. Ocupa su puesto en el campo, en trance, repitiéndoselas a sí mismo. La bala ya está dentro del cerebro; no la van a mantener a raya para siempre, o a detenerla como por encanto. Al final hará su tarea y va a dejar atrás la aproblemada calavera, arrastrando tras de sí su cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del vestíbulo comercial. Eso no se puede evitar. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras se alarguen sobre el pasto, tiempo para que el perro encadenado le ladre a la pelota en vuelo, tiempo para que el muchacho en el jardín derecho golpee su guante negro de sudor y coree suavemente, Que haiga habido, que haiga habido, que haiga habido.

 

Coyote v. Acme

La traducción de esta semana es un scherzo escrito por Ian Frazier y publicado en The New Yorker el 26 de febrero de 1990. No es una pieza literaria en sí, pero destila un evidente rigor en la escritura; esta combinación de liviandad y primor en el lenguaje me resulta refrescante. El estilo de la pieza de Frazier se inscribe dentro del género misceláneo típico suyo y de secciones de la revista en que escribió por décadas. En este texto, gran parte de la complicidad que forma con el lector está hecha de una experiencia narrativa en otro medio, la televisión: la múltiple saga del Coyote en procura del Correcaminos. Por lo tanto, depende para accionar sus imágenes de la activación de una bomba Acme de recuerdos de infancia frente al televisor.1500524

“Coyote v. Acme” es una digna conclusión a un drama interminable. En lugar de pillar al maldito pájaro, el sufrido y tenaz Wile E. Coyote recurre a los tribunales y se querella, pero no en contra de su presa inalcanzable, sino de la infame empresa Acme, su proveedor de tretas y falso cómplice. Resistí la tentación de traducir el nombre de pila del querellante, que en inglés es Wile E., y que se pronuncia como wily, el epíteto que se le asigna al coyote y que quiere decir “astuto”, “ladino”, o en chileno, “pillo”. Bip, bip.

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WILE E. COYOTE, §
Querellante §
v. § DEMANDA EN LO CIVIL No. B19294
ACME COMPANY, §
Acusado §

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CORTE DISTRITAL DE LOS ESTADOS UNIDOS — DISTRITO SUROESTE DE ARIZONA
Tempe, Arizona. Preside la Jueza Joan Kujava

DECLARACIÓN PRELIMINAR DE HAROLD SCHOFF, ABOGADO DEL QUERELLANTE

El Sr. Abogado Schoff declara:

Mi representado, el Sr. Wile E. Coyote, residente de Arizona y estados contiguos, por medio de la presente acción, se querella por daños y perjuicios contra la compañía Acme, manufacturera y distribuidora al por menor de mercancías diversas, con sede en Delaware y filiales en todos los estados, distritos y territorios del país. El Sr. Coyote busca compensación por daños personales, pérdida de ingresos y graves daños mentales causados como resultado directo de las acciones o grave negligencia por parte de la susodicha empresa, bajo el Título 15 del Código de los EE.UU., Capítulo 47, sección 2072, inciso (a), relacionados con la responsabilidad penal del fabricante de productos.

El Sr. Coyote declara que, en ochenta y cinco ocasiones distintas, adquirió de la Compañía Acme (de aquí en adelante, la Parte Acusada), por medio del departamento de envíos por correo, ciertos productos que le causaron daño corporal debido a defectos de fabricación o etiquetado de advertencia inadecuado. Los recibos a nombre del Sr. Coyote están en posesión de la Corte, como prueba de compra, marcados como Prueba A. Tales daños corporales sufridos por el Sr. Coyote han restringido temporalmente su capacidad de ganarse la vida en la profesión de depredador. El Sr. Coyote es un trabajador independiente y por lo tanto no cuenta con derecho a Seguro Laboral.

El Sr. Coyote declara que el 13 de diciembre recibió de la Parte Acusada vía encomienda un Trineo Cohete Acme. La intención del Sr. Coyote era la de utilizar el trineo como ayuda en la persecución de su presa. Al recibir el Trineo Cohete, el Sr. Coyote lo extrajo de su cajón de flete y al avistar a su presa a cierta distancia, activó la ignición. Al sujetarse el Sr. Coyote del manubrio, el Trineo Cohete aceleró con una fuerza tan repentina y precipitada que extendió los miembros anteriores del Sr. Coyote a un largo de cinco metros. Subsecuentemente, el resto del cuerpo del Sr. Coyote fue impulsado hacia adelante con un sacudón violento, lo que causó una distensión severa de su cuello y espalda, y lo emplazó inesperadamente a horcajadas del Trineo Cohete. Desapareciendo en el horizonte a tal velocidad que dejó una estela de vapor en su trayectoria, el Trineo Cohete enseguida puso al Sr. Coyote por delante de su presa. En ese momento, el animal que perseguía giró violentamente a la derecha. El Sr. Coyote vigorosamente trató de seguir esta maniobra pero no pudo, debido al mal diseño e ingeniería del Trineo Cohete y a un sistema de guía fallado o inexistente. Poco después, la trayectoria ininterrumpida del Trineo Cohete lo llevó, junto con el Sr. Coyote, a colisionar con el costado de una meseta.

El Párrafo Primero del Informe del Médico a Cargo (Prueba B), preparada por el señor Ernst Grosscup, Doctor en Medicina y Ortodoncia, detalla las múltiples fracturas, contusiones y daño de tejidos sufridos por el Sr. Coyote como resultado de esta colisión. La cura de las heridas requirió un vendaje total de la cabeza (excluyendo las orejas), un soporte cervical, y enyesados completos o parciales en las cuatro extremidades. Impedido por estas lesiones, el Sr. Coyote se vio obligado, sin embargo, a proveerse por sí mismo. Con este fin en mente, le compró a la Parte Acusada, como ayuda para movilizarse, un par de Patines Cohete Acme. Cuando intentó usar este producto, sin embargo, se vio involucrado en un accidente notablemente similar al ocurrido con el Trineo Cohete. Para reiterar, la Parte Acusada le vendió, sin trámite y sin advertencia, un producto que unía potentes motores de propulsión a chorro (dos, en este caso) a vehículos inadecuados, sin provisión alguna para la seguridad del pasajero. Agobiado por sus pesadas escayolas de yeso, el Sr. Coyote perdió el control de los Patines Cohete poco después de amarrárselos, y colisionó con un letrero de la carretera tan violentamente que dejó en él un agujero con la forma de su silueta.

El Sr. Coyote declara asimismo que en ocasiones demasiado numerosas como para hacer un listado en este documento, ha sufrido percances con explosivos comprados a la Parte Acusada: el petardo “Pequeño Gigante” Acme, la Bomba Aérea Auto-dirigida Acme, etc. (Para un listado completo, ver el Catálogo Acme de Explosivos por Correo y testimonio adjunto, agregado como evidencia, Prueba C). De hecho, se puede afirmar con seguridad que ni en una sola oportunidad un explosivo comprado por el Sr. Coyote a la Parte Acusada se ha comportado de la forma esperada. Para citar sólo un ejemplo: con gran gasto de tiempo y esfuerzo personal, el Sr. Coyote construyó alrededor de la parte externa de una colina un deslizadero de madera que comenzaba en la cima del cerro y bajaba en espiral alrededor de él hasta llegar a una X negra pintada en el suelo del desierto. El deslizadero estaba hecho de tal manera que un explosivo esférico del tipo comercializado por la Parte Acusada rodara fácil y rápidamente hacia abajo, hasta llegar al punto de detonación indicado por la X. El Sr. Coyote dispuso una generosa cantidad de alpiste directamente sobre la X y luego, llevando la Bomba Acme esférica (#78 en el Catálogo), subió a la cima de la colina. La presa del Sr. Coyote, al percibir el alpiste, se aproximó, y el Sr. Coyote procedió a encender la mecha. En sólo un instante, la mecha se consumió hasta la base, causando la detonación de la bomba.

Además de reducir todas las cuidadosas preparaciones del Sr. Coyote a la nada, la detonación prematura del producto de la Parte Acusada ocasionó las siguientes desfiguraciones al Sr. Coyote:

  1. Chamuscado severo del pelaje de la cabeza, el cuello, y el hocico.
  2. Coloración cenicienta.
  3. Fractura de la oreja izquierda, en la base, causando que la oreja se balanceara con la reverberación y emitiera un sonido chirriante.
  4. Combustión total o parcial de los bigotes, con resultado de encrespamiento, alteración y desintegración en cenizas.
  5. Ensanchamiento radical de las órbitas oculares, debido a la carbonización de cejas y párpados.

Llegamos ahora a las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme. Lo que queda del par adquirido por el Sr. Coyote el 23 de junio constituye la pieza de evidencia D del querellante. Fragmentos seleccionados de ella fueron enviados a los laboratorios metalúrgicos de la Universidad de California en Santa Bárbara para ser analizados, pero a la fecha no se ha hallado explicación alguna para la súbita y extrema falla de funcionamiento de este producto. Tal como lo anuncia la Parte Acusada, este producto es de una simplicidad extrema: dos sandalias de madera y metal, cada una adherida a un resorte de acero templado de alta fuerza tensil y dispuesto en una posición fuertemente comprimida por medio de un mecanismo percutor atado a una cuerda que hace las veces de gatillo. El Sr. Coyote creía que este producto le permitiría abalanzarse sobre su presa en los momentos iniciales de la persecución, cuando los reflejos rápidos son más necesarios.

Para aumentar aún más el poder de propulsión de las zapatillas, el Sr. Coyote las apoyó contra el costado de una enorme roca. Adyacente a la roca había una senda por la cual la presa del Sr. Coyote solía pasearse. El Sr. Coyote puso sus extremidades traseras en las sandalias de madera y metal y se acuclilló en preparación, con su garra delantera sujetando firmemente la cuerda-gatillo. Dentro de un breve lapso, la presa del Sr. Coyote, de hecho, apareció por el camino, en dirección a él. Sin sospechar nada, la presa se detuvo cerca del Sr. Coyote, muy al alcance de los resortes extendidos. El Sr. Coyote midió la distancia con cuidado y procedió a tirar de la cuerda-gatillo. En este punto, el producto de la Parte Acusada debió haber impulsado al Sr. Coyote hacia adelante, en dirección contraria a la roca. En vez de eso, por razones que aún se desconocen, las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme se extendieron y empujaron la roca en dirección opuesta al SC. Mientras que la presa observaba esto, incólume, el Sr. Coyote colgaba suspendido en el aire. Luego los dos resortes se encogieron, haciendo colisionar violentamente la roca con los pies del SC, con el peso completo de su cabeza y tronco superior recargándose contra sus extremidades inferiores. La fuerza de este impacto luego hizo que los resortes rebotaran, y como resultado el Sr. Coyote fue proyectado hacia el cielo. Esto fue seguido de un segundo recogimiento y la correspondiente colisión. La roca, mientras tanto, que era aproximadamente de forma ovoide, había empezado a rebotar cuesta abajo, con el movimiento de los resortes aumentando su velocidad. Con cada rebote, el Sr. Coyote hacía contacto con la roca, o bien la roca hacía contacto con el Sr. Coyote. Como la cuesta era larga, este proceso continuó por bastante rato. La secuencia de colisiones tuvo como consecuencia un daño físico sistémico al Sr. Coyote, a saber: aplanamiento craneano, desplazamiento lateral de la lengua, reducción de la longitud de extremidades y torso, y compresión de las vértebras desde la base de la cola hasta la cabeza. La repetición de los golpes a lo largo de un eje vertical produjo una serie de pliegues horizontales en los tejidos corporales del querellante, una extraña y dolorosa condición que hizo que el Sr. Coyote se expandiera hacia arriba y se contrajera hacia abajo alternadamente al caminar, emitiendo un resuello como de acordeón desafinado con cada paso. La naturaleza distractiva y embarazosa de este síntoma ha sido un gran impedimento para el Sr. Coyote en su búsqueda de una vida social normal.

Como a esta corte sin duda le consta, la Parte Acusada tiene un virtual monopolio de la manufactura y venta de productos requeridos por el trabajo del Sr. Coyote. Nuestro planteamiento es que la Parte Acusada ha usado esta ventaja de mercado para detrimento del consumidor de productos tan especializados como el polvo pica-pica, volantines gigantes, trampas para tigres de Burma, yunques, y bandas elásticas de 60 metros. Por mucho que haya llegado a desconfiar de los productos de la Parte Acusada, el Sr. Coyote no cuenta con otro proveedor nacional. Uno se pregunta lo que nuestros socios comerciales de Europa occidental o Japón opinarán de una situación tal que a una compañía gigantesca se le permite victimizar al consumidor de la manera más irresponsable e indebida, una y otra vez. El Sr. Coyote respetuosamente solicita a la Corte que tome en consideración estas implicaciones económicas generales y que sancione a la Parte Acusada por daños en la cantidad de diecisiete millones de dólares. Además, el Sr. Coyote solicita sanción por daños efectivos (pérdida de alimentación, gastos médicos, días sin poder ejercer su ocupación profesional) en la cantidad de un millón de dólares; daños generales (sufrimiento sicológico, daño a la reputación) por veinte millones de dólares; y gastos de representación legal por setecientos cincuenta mil dólares. Al otorgarle al Sr. Coyote la cantidad total de lo solicitado, la corte castigará a la Parte Acusada, sus directores, ejecutivos, accionistas, herederos y asociados, en los únicos términos que entienden, y reafirmará el derecho que corresponde a todo depredador a la protección igualitaria ante la ley.

Una traducción de Nabokov (con perdón)

Para traducir una obra maestra hay que aproximarse con la misma cantidad de respeto que de entusiasmo (o de inocencia), sobre todo si se trata de un texto escrito por alguien como Nabokov, quien dedicó toda su vida a pensar con profundidad el tema de la traducción y cuya obra, más encima, puede ser considerada como un sostenido acto de traducción. Dicho con mayor precisión, Nabokov se enfrenta con el problema central de la traducción, es decir, el entrevero de la potencia del original (la fuerza de su lenguaje y el peso de su tradición expresiva) contra la potencia del producto final, el que será tasado por los lectores, inevitablemente, en virtud de un rango de familiaridad y -concepto odiado por el autor ruso- su “fluidez”. Esa fluidez, teme Nabokov, puede ser la seña de un gran equívoco, creado por una familiaridad falsa, conseguida a costa de matar la diferencia con el original. El problema parece ser más grave para la poesía que para la prosa, por lo que traducir un cuento aminora la inevitable transgresión, la violencia implícita de signos impuestos o superpuestos sobre otros.

El problema de traducir este cuento es doble: además de que Nabokov escribe no en su lengua nativa sino en su lengua literaria, escogida libremente -el inglés-, en esta historia en particular se encuentra la presencia de una traducción pre-existente en la voz narrativa, focalizada por su mayor parte por medio del lenguaje de una mujer europea, rusa, judía, migrante, refugiada, inmigrante, y cuyo dominio del inglés, si bien le alcanza para contestar el teléfono (logro no menor en un segundo idioma), no llega a ser fluido y lleva en su dicción la marca a veces perceptible de otros idiomas fantasmas (¿el ruso, el yiddish, el alemán?).

El original se publicó en 1948, en la revista The New Yorker. El título original fue materia de disputa entre Nabokov y Katherine A. White, quien impuso su misterioso criterio al cambiar el orden de los términos. En lugar de “Signs and Symbols”, la revista publicó el cuento como “Symbols and Signs”. He decidido mantener el primer título, por el eco con la rúbrica médica inglesa “Signs and Symptoms“, eco que despierta a su vez resonancias con ciertas claves interpretativas en el relato, y para tomar partido por el autor, por supuesto.

En una carta a la editora White, Nabokov explica que algunos de sus relatos, por ejemplo el que nos ocupa, se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semitransparente”  (“wherein a second (main) story is woven into, or placed behind, the superficial semitransparent one.”) Solamente a alguien como Nabokov se le puede hacer caso si considera que una historia puede ser secundaria y principal al mismo tiempo. Vale.


Señas y símbolos

Vladimir Nabokov

Traducción de Roberto Castillo Sandoval ©

Por cuarta vez en cuatro años los confrontaba el problema de qué regalo de cumpleaños darle a un chico que estaba incurablemente trastornado. Deseos no tenía ninguno. Los objetos hechos por el hombre eran para él colmenas llenas de mal, vibrando con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o bien comodidades groseras que no servían para nada en su mundo abstracto. Después de eliminar un número de artículos que lo podrían ofender o asustar (cualquier cosa relacionada con aparatos, por ejemplo, era tabú), sus padres eligieron una nadería delicada e inocente—un canastillo que contenía diez distintos confites de fruta en sendos frasquitos.

Cuando nació el niño, ellos llevaban casados un buen tiempo; desde entonces, había transcurrido una veintena de años y ahora estaban bastante viejos. El pelo opaco y gris de ella estaba sujetado con descuido. Llevaba vestidos negros baratos. A diferencia de otras mujeres de su edad (como la Sra. Sol, la vecina del lado, cuya cara era toda rosa y malva de pintura y cuyo sombrero era un ramillete de flores de arroyuelo), ella presentaba un rostro de desnuda palidez bajo la despiadada luz de la primavera. Su marido, que en el antiguo país había sido un hombre de negocios bastante exitoso era, ahora, en Nueva York, completamente dependiente de su hermano Isaac, que era americano de verdad desde hacía más de casi cuarenta años. Ellos casi nunca veían a Isaac y lo habían apodado “El Príncipe”.

Ese viernes, el cumpleaños del hijo, todo salió mal. El tren subterráneo se quedó sin su corriente vital entre dos estaciones y por un cuarto de hora ellos no podían oír nada más que el diligente latir de sus corazones y el crujir de los periódicos. El bus que tenían que tomar a continuación se atrasó y los obligó a esperar largo rato en una esquina, y cuando llegó por fin, estaba lleno de liceanos revoltosos. Empezó a llover mientras subían caminando por la senda barrosa que llevaba al sanatorio. Allí esperaron de nuevo, y en lugar de su muchacho, arrastrando los pies, como hacía siempre (con su pobre cara triste, confusa, mal afeitada, y manchada de acné), apareció al cabo una enfermera que los dos conocían y aborrecían y que animadamente les explicó que otra vez él había intentado quitarse la vida. Estaba bien, dijo, pero una visita de sus padres podría perturbarlo. El lugar era tan escaso de personal, y las cosas se desubicaban o se extraviaban tan fácilmente, que decidieron no dejarle el regalo en la administración sino traérselo para la próxima visita.

Afuera del edificio, ella esperó que su marido abriera el paraguas y entonces lo tomó del brazo. Él carraspeaba a cada rato, como siempre que estaba alterado. Llegaron al refugio de la parada de buses al otro extremo de la calle y él cerró el paraguas. A pocos pies de distancia, bajo un árbol que se mecía y goteaba, un diminuto pájaro implume se retorcía en vano dentro de un charco.

Durante el largo trayecto hasta la estación del metro, ella y su marido no intercambiaron palabra, y cada vez que ella echaba un vistazo a sus viejas manos, apretadas y temblorosas sobre el mango de su paraguas, y veía sus venas hinchadas y su piel manchada, sentía la creciente presión de las lágrimas. Mientras miraba a su alrededor, tratando de enganchar su mente en algo, le sobrevino una especie de suave conmoción, una mezcla de compasión y maravilla, al darse cuenta de que uno de los pasajeros—una muchacha de pelo oscuro y uñas rojas y algo sucias en los pies, lloraba apoyada en el hombro de una mujer mayor. ¿A quién se parecía esa mujer? Se parecía a Rebecca Borisovna, cuya hija se había casado con uno de los Soloveichiks—en Minsk, hacía años.

La última vez que el chico había tratado de hacerlo, su método había sido, en palabras del doctor, una obra maestra de ingenio; habría tenido éxito si otro paciente no hubiese creído que estaba aprendiendo a volar y se lo impidió justo a tiempo. Lo que el chico quería en realidad era abrir un agujero en su mundo y escapar.

El sistema de sus delirios había sido tema de un elaborado trabajo en una revista científica que el doctor del sanatorio les había dado a leer. Pero mucho antes de eso, ella y su marido habían tratado de resolver el enigma por sí solos. “Manía referencial”, lo llamaba el artículo. En esto casos muy poco frecuentes, el paciente se imagina que todo lo que pasa a su alrededor es una referencia velada a su personalidad y a su existencia. Excluye a la gente real de esta conspiración, porque se considera mucho más inteligente que otras personas. La naturaleza fenomenal lo sigue dondequiera que vaya. Las nubes del cielo vigilante se transmiten unas a otras, por medio de lentos signos, información increíblemente detallada sobre él. Sus pensamientos más íntimos los discuten al caer la noche, en alfabeto de manos, árboles tenebrosamente gesticuladores. Los guijarros o las manchas o las motas de sol forman patrones que representan, de alguna manera espantosa, mensajes que él tiene que interceptar. Todo es una clave cifrada y, de todo, él es el tema. En todo su rededor hay espías. Algunos son observadores lejanos, como las superficies de vidrio y las aguas en reposo; otros, como los abrigos en las vitrinas, son testigos prejuiciosos, linchadores de corazón; otros, de nuevo (agua que corre, tormentas) son histéricos hasta la locura, tienen una opinión distorsionada de él, y malinterpretan grotescamente sus acciones. Debe estar siempre en alerta y dedicar cada minuto y módulo de vida a descodificar la ondulación de las cosas. Hasta el aire que exhala se clasifica y se archiva. ¡Si sólo el interés que él provoca se limitara a su entorno inmediato, pero, por desgracia, no es así! Con la distancia, los torrentes de enloquecido escándalo aumentan en volumen y volubilidad. Las siluetas de sus corpúsculos sanguíneos, magnificadas un millón de veces, revolotean sobre vastas llanuras; y aún más lejos, grandes montañas de intolerable solidez y altura resumen, en términos de granito y crujientes pinos, la verdad última de su ser.

Cuando emergieron del estruendo y el aire maleado del tren subterráneo, los últimos residuos de luz diurna se mezclaban con los faroles de la calle. Ella quiso comprar pescado para la cena, así que le pasó el canasto de confites, diciéndole que se fuera a casa. Así, él regresó al conventillo, subió hasta el tercer descanso de las escaleras, y entonces recordó que le había pasado las llaves a ella.

En silencio se sentó en los escalones y en silencio se incorporó cuando, unos diez minutos más tarde, ella subió pesada y fatigosamente las escaleras, con una débil sonrisa y sacudiendo la cabeza en gesto de reconocer su propia tontera. Entraron al departamento de dos piezas y él de inmediato se plantó frente al espejo. Estirando las comisuras de los labios con sus dos pulgares, en una mueca horrible, como de máscara, se sacó su nueva, irremitiblemente incómoda placa dental y cortó los largos colmillos de saliva que lo conectaban a ella. Leyó su periódico en ruso mientras ella ponía la mesa. Todavía leyendo, comió la pálida ración para la que no necesitaba dientes. Ella conocía sus estados de ánimo y también estaba silenciosa.

Cuando él se fue a dormir, ella se quedó en la sala con su mazo de cartas sucias y sus viejos álbumes de fotografías. Al otro lado del estrecho patio, donde la lluvia tintineaba en la oscuridad contra unas latas, las ventanas estaban encendidas tenuemente, y en una de ellas un hombre de pantalones negros, con las manos detrás de la nuca y los codos levantados, se veía acostado de espaldas sobre una cama desordenada. Bajó el visillo y examinó las fotografías. De pequeño, se veía más sorprendido que la mayoría de los bebés. Una fotografía de una criada alemana que habían tenido en Leipzig con su novio de cara gorda cayó desde un pliegue del álbum. Volteó las páginas del libro: Minsk, la Revolución, Leipzig, Berlin, Leipzig, el frontis chueco de una casa, muy desenfocado. Este era el niño cuando tenía cuatro años, en un parque, tímidamente, con la frente arrugada, apartando la vista de una ardilla entusiasta, como hubiera hecho con cualquier otro desconocido. Esta era la tía Rosa, una señora de edad, quisquillosa, angular, de ojos desorbitados, que vivía en un mundo trémulo de malas noticias, bancarrotas, accidentes ferroviarios, y lunares cancerígenos hasta que los alemanes la mataron junto con toda la gente de la que ella se había preocupado. El niño, a los seis años—esto fue en la época en que dibujaba pájaros maravillosos de manos y pies humanos, y sufría de insomnio como un hombre adulto. Su primo, ahora un famoso jugador de ajedrez. El niño de nuevo, a los ocho años, ya difícil de entender, asustado por el papel mural del pasillo, asustado por cierta ilustración en un libro que sólo mostraba un paisaje idílico con rocas en una colina y una rueda vieja de carreta colgando de la rama de un árbol deshojado. Esta era a los diez años—el año que se fueron de Europa.

Peter Bruegel, el viejo.

Peter Bruegel, el viejo. “El triunfo de la muerte”

Ella recuerda la vergüenza, la lástima, las dificultades humillantes del viaje, y los niños feos, malvados, retrasados, con los que estuvo en la escuela especial donde lo pusieron después de llegar a América. Y luego vino una época en la vida del niño, que coincidió con la larga convalescencia de una pulmonía, en que esas pequeñas fobias suyas, que sus padres habían porfiadamente considerado como las excentricidades de un niño prodigiosamente dotado, se endurecieron, por decirlo así, en un denso enredo de delirios que interactuaban lógicamente, haciéndolos completamente inaccesibles a una mente normal.

Ella ya se había resignado a todo esto, y mucho más, porque, después de todo, vivir significa aceptar la pérdida de una alegría tras otra, ni siquiera alegrías, en su caso, sino meras posibilidades de mejoría. Pensó en las recurrentes oleadas de dolor que por alguna razón u otra ella y su marido habían tenido que soportar; en los gigantes invisibles que le hacían daño a su hijo de alguna manera inimaginable; en la cantidad incalculable de ternura contenida en el mundo; en el destino de esa ternura, ya sea aplastada o malgastada, o transformada en locura; en niños sin cuidar tararéandose a sí mismos en rincones sucios; en bellas malezas que no se pueden esconder del labrador.

Era casi la medianoche cuando, desde la sala, oyó gemir a su marido, y en seguida él entró trastabillando, vistiendo sobre su camisa de dormir el viejo abrigo de cuello de astrakán que tanto prefería por sobre su bonita bata azul.

—¡No puedo dormir!—gritó.

—¿Por qué no puedes dormir?—preguntó ella—Estabas tan cansado.

—No puedo dormir porque me estoy muriendo—dijo él, y se tendió en el sofá.

—¿Es el estómago? ¿Quieres que llame al doctor Solov?

—Doctores no, doctores no—gimió —¡al diablo con los doctores! Tenemos que sacarlo de ahí rápido. De otra manera, nosotros somos responsables… ¡Responsables!

Se precipitó a sentarse, con los dos pies en el suelo, y se golpeaba la frente con su puño apretado.

—Bien—dijo ella suavemente—Mañana en la mañana lo traemos a casa.

—Quisiera un poco de té—dijo su marido, y salió al baño.

Agachándose con dificultad, ella recogió algunos naipes y una fotografía o dos que habían caído al suelo—el jack de corazones, el nueve de picas, el as de picas, la criada Elsa y su novio bestial. Él regresó de buen ánimo, exclamando, “ya lo tengo todo planeado. Le vamos a dar el dormitorio. Nosotros nos vamos a turnar para pasar parte de la noche cerca de él y la otra parte en este sofá. Haremos que lo vea el doctor por lo menos dos veces por semana. No importa lo que diga “El Príncipe”. No va a decir nada, de todos modos, porque va a salir más barato”.

Sonó el teléfono. Era una hora muy poco usual para que sonara. Él se quedó de pie en medio de la sala, buscando con el pie la pantufla que se le había salido, e infantilmente, desdentadamente, se quedó mirando a su mujer. Como sabía más inglés que él, era quien atendía las llamadas telefónicas.

—¿Puedo hablar con Charlie?—le dijo la vocecita opaca de una niña.

—¿Qué número quiere? … No, tiene el número equivocado.

Colgó el auricular suavemente y la mano se le fue al corazón.

—Me asustó—dijo.

Él le respondió con una sonrisa rápida y de inmediato reinició su entusiasta monólogo. Lo irían a buscar apenas despuntara el día. Por su propio bien, guardarían todos los cuchillos en un cajón con llave. Aun en sus peores momentos, nunca fue un peligro para los demás.

El teléfono sonó de nuevo.

La misma vocecita monótona, ansiosa, preguntó otra vez por Charlie.

—Tiene el número equivocado. Le voy a decir lo que está haciendo. Está discando la letra “o” en vez del cero—y le colgó de nuevo.

Se sentaron a tomar su inesperado, festivo té de medianoche. Él sorbía ruidosamente; tenía la cara colorada; de vez en cuando levantaba su vaso en un movimiento circular, como para que el azúcar se terminara de disolver. La vena del costado de su cabeza calva se destacaba notoriamente, y se veían pelos plateados en su barbilla. El regalo de cumpleaños estaba en la mesa. Mientras ella le llenaba otro vaso de té, él se puso los anteojos y reexaminó con placer los frasquitos luminosos, amarillos, verdes y rojos. Sus labios torpes y húmedos deletreaban las elocuentes etiquetas—damasco, uva, ciruela costina, membrillo. Había llegado a manzana silvestre cuando el teléfono sonó una vez más.


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