Cuchillo entre los dientes

Todavía tengo la costumbre de referirme a Chile como mi país. Quizá sea sólo un vestigio de modales antiguos, porque cuando digo que Chile es mi país, siento en las palabras algo semejante a esa pulsación que indica en qué parte de la encía se incuba un absceso. O bien, digo “mi país” como si le agregara comillas, como quien muestra un cuchillo y luego se lo pone entre los dientes. Cuando tengo que declarar que soy chileno, siento en la boca ese bordecito metálico que me hace desconfiar de mis propias palabras.

hablarcomochilenoIgual el acento me delata. Sigo hablando casi igual que cuando me fui. Cuando hablo en castellano me reconozco en el cantito, en la atenuación Full Mode On, los recortes y las consonantes aspiradas. Me enorgullezco de saber hablar con la boca completamente cerrada. Cuando de repente veo gente hablando igual, en un tren, en un restaurante, en un aeropuerto, me digo: chilenos.

Un detector de mentiras zanjaría el asunto. ¿Es Chile tu país? ¿Eres chileno? Me muerdo la lengua y pongo el cuerpo a responder: contesta la presión sanguínea, contestan la respiración, el pulso, la conductividad de mi piel. Cuando se trata de Chile, ya no soy capaz de saber si miento o si digo la verdad. El cuerpo responde en su porfiado silencio, el cuerpo del defensor protege el balón hasta que cruza la línea sin causar mayor estrago. El defensor de camiseta roja, el pitbull con el cuchillo entre los dientes, el filo apretado contra la lengua.

Anuncios

Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?

¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana

Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji

Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi

Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku

Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote

La línea Yamanote

El chacal de la trompeta

1976. Vuelvo a Chile a fines de invierno y me encuentro con que Santiago ya no es una ciudad sino un limbo distópico. Si alguna vez fue una unidad diversa, la capital se ha puesto mucho más arisca y se siente como un ensamblaje de espacios disconexos. El silencio establece su imperio en las calles, en las micros, en el reluciente metro que repta por debajo de la Alameda, desde La Moneda a Plaza Italia, un vaivén de gente pálida, entumida, en ropajes plomizos. metrovacioNo hay sólo mudez, sino un callar porfiado, más profundo que el silencio. Después de un año de ausencia, en el cual tanto añoré mi idioma y mi ciudad, me encuentro con las ruinas de un lenguaje y con un tren subterráneo que no lleva a ninguna parte. Las palabras están atenuadas, tan desfiguradas (o disfrazadas) que resultan irreconocibles. La prescindencia de palabras es una droga que me ayuda a mantener, si no la calma, cierta compostura, el disimulo indispensable.

La música que se toca en las radios o en las micros o en las calles suena como si estuviera con el tiempo contado, al borde de un abismo de silencio, como si los chacal_13músicos si se fueran a topar en cualquier momento con las notas del Chacal de la Trompeta. Y muchos nos preguntamos cómo vamos a reaccionar –si abandonamos a la primera o seguimos un poco, desafiantes, si nos va a dar rabia, vergüenza, pena o risa– cuando el verdugo enmascarado eleve su instrumento de tortura.

En mi liceo fiscal el miedo también ha consolidado su dominio. Es un terror organizado, provisto de método y de calendario, predecible y aburrido, pero no por eso menos eficiente. El ritual de sumisión frente a la bandera de los lunes sirve de molde para todas las interacciones en el colegio y fuera de él. Una kermesse, un campeonato de baby-fútbol, un examen semestral, una exposición de arte, todo se inicia o culmina en algún gesto de avasallamiento. Las genuflexiones a veces son silenciosas, pero a veces vienen acompañadas de aspavientos y gesticulaciones propios del teatro del absurdo.

El currículum ha revertido a la Edad Media; desaparece la educación sexual y en su lugar se nos enseña el modo correcto en que una buena madre oxigena la leche junto a una ventana abierta antes de servirla, o la forma en que un padre moneda de 10responsable sabe desarticular la subversión latente de una gotera o una invasión de hormigas o un tapón quemado. La economía de la domesticidad, la domesticidad de la economía. En las monedas nos increpa un ángel con tetas ennegrecidas que acaba de romper sus cadenas.

La clase de filosofía de los cuartos medios la hace un tipo que a veces llega en uniforme de la FACh y otras veces aparece vestido de cura. Filósofo malo, filósofo bueno. La directora llega al trabajo con la escolta armada de su marido militar. El inspector es un ex-tira que se pasea entre las filas de alumnos, revisando con regla que el pelo esté corto y que los jumpers estén largos. Su especialidad es detectar a los fonomímicos que boicoteamos la segunda estrofa de la Canción Nacional en el acto de los lunes, o a los que aumentan demasiado el volumen en la parte de “hagan siempre al tirano temblar”.

General Augusto Pinochet Meets Chileans–Oiga Castillo, ¿qué andaba haciendo en Estados Unidos si usted es comunista?

–No soy comunista, señor.

–Castillo, ¿usted sabe por qué me pusieron Columbo los alumnos?

–Porque usted nos tiene bien rochados, señor.

–Correcta la respuesta del concursante.

Ya en la universidad, tengo que hacerles clases particulares a niños que me llevan al borde del infanticidio. El único que me simpatiza es una niñita de apellido árabe que me muestra cómo adelanta el reloj para que la hora de clases no dure tanto. Una vez la hicimos de diez minutos y nadie se dio cuenta. Algunos fines de semana me dedico a vender las sillas plegables y colgadores que fabricaba mi padre. Los acarreo a pulso, rogando a los choferes para que me abran la puerta trasera. Intento vender la mercadería por un par de chauchas en las esquinas, cerca de los centros comerciales. Les hago el quite a los pacos todo el día y por mi silencio se diría que también evito importunar a los clientes; sólo hablo si me dirigen la palabra. No sé ofrecer la mercadería, no sé regatear cuando me ofrecen una miseria.

niñod dormido en microA la vuelta me azoto la cabeza contra la ventanilla de una micro, dormitando con un libro abierto entre los dedos sueltos, pendiente de no perder mi paradero, de que no me roben la mercadería.

El regreso a Chile no ha sido auspicioso. Me defiendo a duras penas de un asalto en un callejón, sin tener nada que entregarle al borracho que me muestra su TIFA y me pone el revólver de servicio bajo la nariz. Por mucho tiempo no me comunico con nadie. No sé contestar bien si otros me hablan. Me cuesta determinar si mis amigos me hablan en serio o en broma. Le tomo el gusto a andar en la orilla mala del toque de queda, aprendo cómo se desplazan las patrullas. Hasta diría que penetrar ese tiempo y espacio prohibidos es mi forma de arte, mi intervención en la noche santiaguina, con la cordillera de los Andes de trasfondo, ese témpano fosforescente y mudo.

_santiago de chile y la cordillera de los andes desde la cordillera de la costa-620x446
Saldo algunas cuentas, me despejo de obligaciones y apenas tengo la oportunidad me voy de nuevo de Chile, como quien sale a respirar después de sumergirse en un estero de aguas muertas. “No me voy”, digo en las fiestas de despedida, “simplemente voy”, pero me centellea en la boca la mentira.

De Antípodas

Elogio del resentimiento

Aquí me asumo, en efecto, como un resentido. En el idiolecto chileno, para agregarle intensidad al epíteto hay que sumarle un sustantivo, el sujeto de la mancilla, del menoscabo: un tipo resentido, o mejor aún, un huevón resentido. Proclamo mi resentimiento con cierto orgullo, alegremente si me apuran, y estoy dispuesto a conceder altiro el punto si me acusan de resentido, o si me lo achacan tácitamente. Podrá parecer sospechoso que a un resentido le dé por celebrar su condición, pero la verdad es que nosotros los resentidos somos, en el fondo, gente jovial y dada a la verbena.

livre_d_art_eloge_de_la_folie560Ya que nadie más lo va a hacer, quisiera aprovechar de ofrecer mi propio elogio del resentimiento. Erasmo de Rotterdam, que no era ningún tonto, se alivianó la tarea describiendo la necedad de manera tan laxa que a los traductores no les fue difícil brutalizar sus ideas. Así es como la estulticia original, materia complicada y profunda, se transformó en una simplona y payasesca locura. Por lo tanto, prefiero no definir qué es el resentimiento, porque no quiero constreñir una condición que es compleja y vasta, tan compleja y tan vasta y tan incomprendida como la misma estupidez.

Hay plumas ilustres que lo intentaron y pagaron caro su fracaso: ahí están el cadáver fétido de Kierkegaard, la momia calva de Nietzsche, el cascarón de Scheler; he ahí el ataúd hediondo de Weber, la calavera estrábica de Sartre. Todos cayeron derrotados por el poderío irrefrenable de lo que ellos quisieron despachar como ressentiment, es decir, una especie de envidia glorificada, una simple comezón infantil de mala fe.

Quisiera más bien elogiar el resentimiento por sus efectos, por la eficacia viral con que los resentidos del mundo somos capaces de aunar la teoría y la práctica. Nuestra guerra de guerrillas está basada en dos movimientos tácticos esenciales: 1) el disimulo pertinaz que permite 2) la meditada ejecución de la revancha.

SONY DSCAcierta Alone, catador de poetas (resentidos, los mejores), cuando se refiere al resentimiento como “la llaga secreta”, la fuente matriz. Acierta también el historiador Mario Góngora cuando afirma que el resentimiento es el motor enérgico de la historia de América Latina. Tenemos que leer esa historia, nuestra historia de largos y sostenidos resentimientos, como una marcha abigarrada y multiforme, galope de muertos, caballos de sueños, con avances y retrocesos, hacia mejores formas de justicia. Los resentidos damos por sentado que el respeto que se nos debe corresponde exactamente al respeto que se debe al derecho y sabemos que toda buena revancha es siempre preludio y corolario del imperio de la ley.

Así que brindo por el resentimiento, porque es la irisada agalla de mutante con que filtro las aguas servidas de la ex-patria mientras espero que vengan tiempos más justos, menos corruptos. Mi resentimiento es vino espeso, es sangre, es la tinta que gotea de estas líneas sin destino ni remitente fijo, estos comentarios reales de mestizo, este manojo de mala yerba de peladero, estos recados tomados de mal talante. Mi resentimiento es la batería recargable de estas querellas.

Dicho de manera simple y risueña, mi resentimiento –no es sólo mío, somos legión, y lo que sigue debería leerse todo en primera persona del plural– es sagrado porque a mí me aúpa y a otros los asusta, los repele, les levanta espléndidas ronchas de mala conciencia por el cuerpo.

monosResentidos de mi país, hagamos chasquear nuestras cortaplumas, salgamos del closet a mano armada, porque si hay una cosa cierta en lo que dice el enemigo, es que el resentimiento es bilis y veneno que carcome al que lo siente. Pero sólo si se reniega de él, si se lo disimula demasiado. Molestemos con nuestro resentimiento, dejemos constancia de que, sin nuestra anuencia, la patria, su consenso y sus ordenanzas son un compendio de ficciones muertas, poco más que una serie de alianzas endogámicas, un prolongado simulacro, boato, pura ceremonia.

A los momios les advierto que el verdadero resentimiento es vital y fecundo y por eso no puede ser humilde. A los otros, a los que se creen buenos y quieren ser nuestros aliados, a los que les encanta emocionarse en nuestros funerales, hay que aclararles que el resentimiento es más potente y más difícil que la solidaridad. Más aún: el resentimiento es la condición sine qua non de la verdadera solidaridad, la que no admite atajos, la que se caga, si hay que hacerlo, en las buenas intenciones y en las coronas de caridad.

El resentimiento no es envidia, sino goce lúcido –y lúdico– de lo que se puede potenciar. El resentimiento, aunque imite sus formas, no es rabia destilada, incorpórea, ni rencor, ni odio vulgar, ni tampoco hostilidad, sino reconocimiento sentido y palpable de la propia valía, de lo inalienable, de lo propio, de este cuerpo y estas manos y estos ojos achinados y esta ropa de mal gusto. El resentimiento es pulcritud espiritual. Denme un punto de apoyo y con este resentimiento muevo el mundo.

El muerto Scheler decía que el resentimiento es el auto-envenenamiento de la mente; el muerto Nietzsche decía que todo super-hombre es incapaz de resentirse por más de quince minutos. Yo declaro desde las antípodas chilenas que el resentimiento es y será mi guardaespaldas implacable.

Coda y respiro y bálsamo

Gabriela Mistral, con sus ojos de huemul, ojos de agua atenta, dice que el territorio de la patria debe mirarse siempre así: “como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad”. Lo escribe, resentida, a sabiendas de que su segundo cuerpo era negado y borrado por la patria, sabiéndose enamorada de un país que le tenía vedado tomarse libertades con la primera persona del plural.gabriela-dana

De “Antípodas”, Cuarto Propio, 2014

El arte de la fuga de Alberto Guerrero

Dirán que la suerte fue mía y no de Glenn. No interesa. Puñaladas por la espalda, a mansalva y sobre seguro. Cómo se va a defender uno. Imposible. Pupilo genio, dicen, profesor famoso. Tienta pensar así, para apocar, menoscabar, pero no es cierto, no es cierto, señor [ruido exterior, motor de automóvil o motocicleta que pasa]… Glenn tenía muchas cosas que aprender y yo se las enseñé, nadie más, nadie más que yo se las enseñó. Y mire que venía con mañas que tuve que matar una por una. Mañas de autodidacta, atajos que llevan a precipicios.

Glenn_Gould_and_Alberto_Guerrero

Alberto Guerrero y su discípulo Glenn Gould

Más difícil que fácil es ser profesor de un genio, hay que tener delicadeza, cosa que yo nunca tuve en abundancia, lo que tengo yo es perseverancia, soy porfiado. Glenn me enseñó a ser su profesor, yo aprendí con él a guiarlo. ¿O alguien cree que con su temperamento se hubiese quedado tranquilo perdiendo el tiempo con un mediocre, por mucho afecto que me tuviera? La respuesta es no, por nada del [voces, puerta que se abre y se cierra con estrépito, silencio 8 segundos]… Nada, hizo nunca en la vida por obligación, es claro que “no” es la respuesta.

Respire con el piano, Glenn, respire con el piano, las cuerdas son un pulmón que vibra, usted toca una y suenan todas, ponga la oreja en la madera, ponga la mano en la madera, siéntese así, siéntese asá, busque la altura justa para que ese viento que es la música le vuele en la cara, deje que lo acaricie, déjese tocar por el sonido, déjese, abrazado en su tibieza, déjese refrescar, busque la temperatura justa con la piel. …[espacio en blanco de 12 segundos, el golpeteo de la cinta al girar]…, las manos, las manos… [espacio de tres segundos, voces ininteligibles, un metrónomo de péndulo que se acelera y vuelve al ritmo inicial] eso hay que decirlo después, antes tengo que contar cómo nos conocimos y en qué circunstancias.

Lo conocí una noche de perros, el peor hielo de fines octubre, los pies helados, la fiebre que me consumía, las náuseas en el comedor, la sonrisa de fierro que tuve que poner antes de los postres, la salita middle class, el recital del niño genio que me mostraban como si yo tuviera que estar agradecido. Y el niño no sabía nada, nada de nada, sabía mover los deditos, sabía la mecánica del negocio, tenía un oído límpido, conocía los sonidos, pero no sabía nada de ellos, saber y conocer, la gran diferencia en que yo pensaba, sin decírselo jamás, ni cuando me negó, saber y conocer, saber y conocer, apenas hablaba francés él, no sabía bien lo que yo estaba diciendo y a mí el inglés en ese tiempo no se me daba tan bien.

Cinco siglos de música le voy a dar a este muchachito, eso es lo que yo le voy a dar, y ese pensamiento me ancla, me da el ánimo en esa primera noche helada en que glenngouldperrolo voy a conocer, cuando me llevan a esa casa como quien lleva a un perro nuevo, recién comprado, un [incomprensible, estática] que mueve la cola más por miedo que por amabilidad innata. ¿Quién era el perro? A veces creo que yo era el perro, pero a veces pienso que el perro nuevo era Glenn. Fue una noche de perros. Perros ladrando de frío o de timidez.

Me van a preguntar cómo lo hice, y yo tengo que decir que con cabeza, porque el buen músico no puede ser tonto, hay una inteligencia de orden mayor en la mejor música, hay maña, en el buen sentido de la palabra, hay lo que yo llamaría [incomprensible] si pudiera usar esa palabra, cosa que no puedo hacer, puesto que como bien se sabe esta disertación tendrá que ser traducida al inglés, y la palabra [incomprensible]  no tiene equivalente en este idioma.

Mire, Glenn se sienta al piano después de los postres y lo hacen tocar. Pienso bien dónde voy a ubicarme para oírlo, y elijo el costado izquierdo, para darme cuenta desde ahí qué puntos calza el niño maravilla. Y ahí es cuando veo la zurda, la deja baja, agazapada, flojeando, y siento el murmullo de [incomprensible] que le sale de entre los labios al tocar, y veo cómo martilla con la mano entera, pudiendo mover cuando quería cada dedo, entiendo que me está probando, y veo cómo cruza las manos por molestar, y cómo planta los pies en el suelo, despreciando los pedales, pateando los pedales, veo cómo se pone a tocar con las piernas cruzadas, como neurasténico, como esos jazzistas que le pegan al piano con los antebrazos, se puso a transponer piezas de improviso, como si no costara nada, con un ligero desplazamiento del punto de origen, lo hizo con Scarlatti, con Les Six, con un par de Variaciones. Eso es lo que veo, lo que me muestra, apenas oigo nada, apenas me interesa escuchar, oír y escuchar, ésa es otra diferencia que yo le expliqué, el la sabía, pero yo se la hice método, disciplina, forma.

Acepto la oferta en voz alta, el padre asiente con una sonrisa, la madre se frota las manos, Glenn me mira con aire divertido, creyéndome inofensivo, sin saber que yo había entendido perfectamente lo que acababa de hacer. Pasamos a la salita a tomar el café y unas masitas. Glenn nos da las buenas noches. Hablamos de naderías, de mi país natal, de los hielos de Patagonia. Me doy cuenta de que nadie tiene la menor idea de la Patagonia, ni menos yo. Yo menos que ninguno de ellos, pero de eso hablamos por largo rato, de los glaciares azules, de estepas barridas por el viento, de bosques que por el viento no conocen la verticalidad. Me voy manejando a mi casa en las calles cubiertas de hielo, bordeando ese lago horrendo. Llego tarde y me acuesto de mal humor, eso lo sé porque casi nunca me acuesto de otra manera, y esa noche fue peor porque no pude tocar una tecla. El único que tocó fue Glenn en la noche de perros y hielos. Haber tocado después de mi pupilo hubiese sido un gran error. Pasé esa noche tiritando de fiebre.

Busque con la piel la temperatura justa, déjese consolar, la tibieza que lo abrace, déjese, por el sonido déjese tocar, acarícielo, sienta en la cara la música como el viento, levántese a la altura justa, siéntalo, Glenn, sienta en la madera la mano, en la madera el oído, las cuerdas son un pulmón que vibra, respire con el piano, Glenn, con el piano, respire.

El niño Glenn me niega ahora, ya tiene 19 años, está grande y reniega de mí, dice que le repugna la emoción y quiere hacerse cerebro, cuando yo no he sido nada sino cerebro para su corazón canadiense, con mi hielo de la Patagonia lo he hecho témpano de mi témpano, iceberg de mi iceberg, glacial de mi glacial, sonrisa y venia de mi civilidad antigua, chilena, congelada, una máscara de metal y debajo el odio, la sospecha, la generosidad raída, la roña, el ser hacia adentro, eso se lo he dado yo, sin que se diera cuenta, lo que creerá suyo es mío realmente.

Todo ese hielo negro, esa nieve anquilosada, todo eso se lo di yo en aras del arte, lo dejé que saliera, porque quién sabe qué rabias habría debajo, quizás qué fuerzas huracanadas en tanto viento polar. Viento ártico con mi ojo antártico. Sus dedos frígidos para mi hielo austral. El niño premasturbatorio confunde la frialdad con la falta de emociones, pero yo sé, por venir de donde vengo, que nada puede estar más lejos de la verdad. Glenn me necesita de modelo y de enemigo, y darme cuenta de eso es, siempre será, mérito mío, el fruto de noches enteras mirando cómo la nieve se acumula en mi patio de profesor inmigrante, el fruto de mis odios metálicos, resplandecientes como el hielo del Ontario, el fruto límpido de la fuga de las horas mirando los cristales de mi ventana, tocando mis fugas con la punta de los dedos fríos hasta que me quedo dormido.

Dirá ahora que la suerte es mía, eso dirá Glenn, lo que dicen todos. No me interesa nada, son cuchilladas de pupilo genio, ¿no es cierto?, es ruido que hay que filtrar, dejar afuera, el ruido de la calle que no interesa. Yo le enseñé lo que tenía que aprender un genio, cosa no fácil, tuve que recurrir a la delicadeza que yo ya había casi perdido a punta de tanta lejanía, y con ella lo guié, para que no perdiera el tiempo, para que me tuviera afecto, para que la música no fuera jamás una obligación, sino una urgencia, la urgencia más grande de su vida. Qué suerte ni que nada. Nada es suerte, qué suerte ni nada, suerte: nada, qué suerte, el puro qué dirán.

Forma, método, disciplina. Explico la diferencia entre escuchar y oír, listening and hearing, lissen, lissen, hear, here, nada veo, eso es todo lo que importa. Ni la histeria, ni las piernas cruzadas, ni los pedales despreciados, sueltos a patadas, los brazos que se cruzan por encima del teclado, el golpeteo y el martilleo preciso que aprendió de mí, el canto sordo que le sale de la garganta, el pulso de la música en su mano agazapada, la zurda floja que flota en el teclado para que la vean, para que todos sepan que también es parte de la forma, que se note que tocar el pianoforte nunca más será lo mismo. [Ruido de motocicletas. Portazos que se van alejando]

Repetirán que la suerte no es de Glenn sino mía, hasta el cansancio, [cristales rotos] y no va a faltar el que lo crea.

[Cinta 8, AgfaSon 3/4, 03m42m-20m05s, splice 4m40s-4m55s
Transcripción 1 G Meredith, rev/rcs 2/2015]

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: