Cuchillo entre los dientes

Todavía tengo la costumbre de referirme a Chile como mi país. Quizá sea sólo un vestigio de modales antiguos, porque cuando digo que Chile es mi país, siento en las palabras algo semejante a esa pulsación que indica en qué parte de la encía se incuba un absceso. O bien, digo “mi país” como si le agregara comillas, como quien muestra un cuchillo y luego se lo pone entre los dientes. Cuando tengo que declarar que soy chileno, siento en la boca ese bordecito metálico que me hace desconfiar de mis propias palabras.

hablarcomochilenoIgual el acento me delata. Sigo hablando casi igual que cuando me fui. Cuando hablo en castellano me reconozco en el cantito, en la atenuación Full Mode On, los recortes y las consonantes aspiradas. Me enorgullezco de saber hablar con la boca completamente cerrada. Cuando de repente veo gente hablando igual, en un tren, en un restaurante, en un aeropuerto, me digo: chilenos.

Un detector de mentiras zanjaría el asunto. ¿Es Chile tu país? ¿Eres chileno? Me muerdo la lengua y pongo el cuerpo a responder: contesta la presión sanguínea, contestan la respiración, el pulso, la conductividad de mi piel. Cuando se trata de Chile, ya no soy capaz de saber si miento o si digo la verdad. El cuerpo responde en su porfiado silencio, el cuerpo del defensor protege el balón hasta que cruza la línea sin causar mayor estrago. El defensor de camiseta roja, el pitbull con el cuchillo entre los dientes, el filo apretado contra la lengua.

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El hombre sin pesadillas

Al cumplirse un aniversario más del ataque nuclear contra la ciudad indefensa de Hiroshima, rescato esta viñeta de un encuentro cercano en un aeropuerto de Ohio. En un par de días, la conmemoración será en Nagasaki. Si Hiroshima ya es difícil de justificar, con Nagasaki queda claro que las bombas atómicas fueron una revancha racista, fuera de toda lógica militar

fd27f-tibbets-waveGuardo la imagen de un señor canoso, de camisa a cuadros y pantalones de poliester, caminando a comprar el diario en el aeropuerto de Columbus, Ohio. “Mira”, dijo mi acompañante, indicándolo con la barbilla. Yo pensé que me quería comentar la pinta del habitante típico del medio-Oeste, por su vestimenta: rayas con cuadrillé, colores que no pegaban, talla mal elegida, textiles plásticos, anteojos tamaño jumbo. Pero no era eso. “Ése que va ahí fue el piloto del Enola Gay”.

Tuve que buscar en mis archivos mentales para entender que se refería al bombardero B-29 desde el que se lanzó la primera bomba atómica, en agosto de 1945.

Se veía sano, lo que me extrañó, porque yo había leído que el piloto del avión que destruyó Hiroshima y la mitad de sus habitantes se había vuelto loco de remordimiento al no poder borrar de su retina la ciudad que se calcinaba bajo el hongo de fuego, la misma ciudad que minutos antes había avistado entre las nubes plácidas del verano japonés. Me lo imaginaba en algún asilo de orates, haciendo avioncitos con las manos. Otra versión decía que se había suicidado, incapaz de soportar el asedio de su conciencia. La verdad era diferente: ahí estaba el comandante Paul Tibbets, comprando un diario y una barra de chocolate Hershey, con aspecto de viejito-símbolo de la buena salud y la buena conciencia en la tercera edad.

Ese encuentro cercano fue a principios de los 80, en una época en que muchos soñábamos “sueños nucleares”: pesadillas de fin de mundo que a veces hasta se plasmaban en películas apocalípticas. Recuerdo haber tenido esos sueños cuando vivía en Ohio. El cielo azul (siempre era de mañana) se poblaba de estelas blancas cuando los cientos de misiles transcontinentales escondidos por los campos se elevaban en dirección a la Unión Soviética. Yo los miraba, embobado por la belleza del espectáculo, hasta que me daba cuenta de qué se trataba, y ahí empezaba el terror. Antes de un cuarto de hora, los misiles soviéticos que estaban surgiendo de los campos siberianos nos iban a estallar encima de la cabeza.

Se me pasaba eso por la mente cuando miraba cómo Tibbets rasgaba el envoltorio de su chocolate y se alejaba por el mismo pasillo por el que había llegado, hacia la oficina de su compañía de taxis aéreos. Ahora me entero, porque tengo la manía de leer obituarios añejos, de que murió a finales de 2007. Al parecer vivió sus días después de Hiroshima orgulloso de haber sido quien fue, un hombre que no tenía pesadillas.

Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?

¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana

Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji

Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi

Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku

Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote

La línea Yamanote

El arte de la fuga de Alberto Guerrero

Dirán que la suerte fue mía y no de Glenn. No interesa. Puñaladas por la espalda, a mansalva y sobre seguro. Cómo se va a defender uno. Imposible. Pupilo genio, dicen, profesor famoso. Tienta pensar así, para apocar, menoscabar, pero no es cierto, no es cierto, señor [ruido exterior, motor de automóvil o motocicleta que pasa]… Glenn tenía muchas cosas que aprender y yo se las enseñé, nadie más, nadie más que yo se las enseñó. Y mire que venía con mañas que tuve que matar una por una. Mañas de autodidacta, atajos que llevan a precipicios.

Glenn_Gould_and_Alberto_Guerrero

Alberto Guerrero y su discípulo Glenn Gould

Más difícil que fácil es ser profesor de un genio, hay que tener delicadeza, cosa que yo nunca tuve en abundancia, lo que tengo yo es perseverancia, soy porfiado. Glenn me enseñó a ser su profesor, yo aprendí con él a guiarlo. ¿O alguien cree que con su temperamento se hubiese quedado tranquilo perdiendo el tiempo con un mediocre, por mucho afecto que me tuviera? La respuesta es no, por nada del [voces, puerta que se abre y se cierra con estrépito, silencio 8 segundos]… Nada, hizo nunca en la vida por obligación, es claro que “no” es la respuesta.

Respire con el piano, Glenn, respire con el piano, las cuerdas son un pulmón que vibra, usted toca una y suenan todas, ponga la oreja en la madera, ponga la mano en la madera, siéntese así, siéntese asá, busque la altura justa para que ese viento que es la música le vuele en la cara, deje que lo acaricie, déjese tocar por el sonido, déjese, abrazado en su tibieza, déjese refrescar, busque la temperatura justa con la piel. …[espacio en blanco de 12 segundos, el golpeteo de la cinta al girar]…, las manos, las manos… [espacio de tres segundos, voces ininteligibles, un metrónomo de péndulo que se acelera y vuelve al ritmo inicial] eso hay que decirlo después, antes tengo que contar cómo nos conocimos y en qué circunstancias.

Lo conocí una noche de perros, el peor hielo de fines octubre, los pies helados, la fiebre que me consumía, las náuseas en el comedor, la sonrisa de fierro que tuve que poner antes de los postres, la salita middle class, el recital del niño genio que me mostraban como si yo tuviera que estar agradecido. Y el niño no sabía nada, nada de nada, sabía mover los deditos, sabía la mecánica del negocio, tenía un oído límpido, conocía los sonidos, pero no sabía nada de ellos, saber y conocer, la gran diferencia en que yo pensaba, sin decírselo jamás, ni cuando me negó, saber y conocer, saber y conocer, apenas hablaba francés él, no sabía bien lo que yo estaba diciendo y a mí el inglés en ese tiempo no se me daba tan bien.

Cinco siglos de música le voy a dar a este muchachito, eso es lo que yo le voy a dar, y ese pensamiento me ancla, me da el ánimo en esa primera noche helada en que glenngouldperrolo voy a conocer, cuando me llevan a esa casa como quien lleva a un perro nuevo, recién comprado, un [incomprensible, estática] que mueve la cola más por miedo que por amabilidad innata. ¿Quién era el perro? A veces creo que yo era el perro, pero a veces pienso que el perro nuevo era Glenn. Fue una noche de perros. Perros ladrando de frío o de timidez.

Me van a preguntar cómo lo hice, y yo tengo que decir que con cabeza, porque el buen músico no puede ser tonto, hay una inteligencia de orden mayor en la mejor música, hay maña, en el buen sentido de la palabra, hay lo que yo llamaría [incomprensible] si pudiera usar esa palabra, cosa que no puedo hacer, puesto que como bien se sabe esta disertación tendrá que ser traducida al inglés, y la palabra [incomprensible]  no tiene equivalente en este idioma.

Mire, Glenn se sienta al piano después de los postres y lo hacen tocar. Pienso bien dónde voy a ubicarme para oírlo, y elijo el costado izquierdo, para darme cuenta desde ahí qué puntos calza el niño maravilla. Y ahí es cuando veo la zurda, la deja baja, agazapada, flojeando, y siento el murmullo de [incomprensible] que le sale de entre los labios al tocar, y veo cómo martilla con la mano entera, pudiendo mover cuando quería cada dedo, entiendo que me está probando, y veo cómo cruza las manos por molestar, y cómo planta los pies en el suelo, despreciando los pedales, pateando los pedales, veo cómo se pone a tocar con las piernas cruzadas, como neurasténico, como esos jazzistas que le pegan al piano con los antebrazos, se puso a transponer piezas de improviso, como si no costara nada, con un ligero desplazamiento del punto de origen, lo hizo con Scarlatti, con Les Six, con un par de Variaciones. Eso es lo que veo, lo que me muestra, apenas oigo nada, apenas me interesa escuchar, oír y escuchar, ésa es otra diferencia que yo le expliqué, el la sabía, pero yo se la hice método, disciplina, forma.

Acepto la oferta en voz alta, el padre asiente con una sonrisa, la madre se frota las manos, Glenn me mira con aire divertido, creyéndome inofensivo, sin saber que yo había entendido perfectamente lo que acababa de hacer. Pasamos a la salita a tomar el café y unas masitas. Glenn nos da las buenas noches. Hablamos de naderías, de mi país natal, de los hielos de Patagonia. Me doy cuenta de que nadie tiene la menor idea de la Patagonia, ni menos yo. Yo menos que ninguno de ellos, pero de eso hablamos por largo rato, de los glaciares azules, de estepas barridas por el viento, de bosques que por el viento no conocen la verticalidad. Me voy manejando a mi casa en las calles cubiertas de hielo, bordeando ese lago horrendo. Llego tarde y me acuesto de mal humor, eso lo sé porque casi nunca me acuesto de otra manera, y esa noche fue peor porque no pude tocar una tecla. El único que tocó fue Glenn en la noche de perros y hielos. Haber tocado después de mi pupilo hubiese sido un gran error. Pasé esa noche tiritando de fiebre.

Busque con la piel la temperatura justa, déjese consolar, la tibieza que lo abrace, déjese, por el sonido déjese tocar, acarícielo, sienta en la cara la música como el viento, levántese a la altura justa, siéntalo, Glenn, sienta en la madera la mano, en la madera el oído, las cuerdas son un pulmón que vibra, respire con el piano, Glenn, con el piano, respire.

El niño Glenn me niega ahora, ya tiene 19 años, está grande y reniega de mí, dice que le repugna la emoción y quiere hacerse cerebro, cuando yo no he sido nada sino cerebro para su corazón canadiense, con mi hielo de la Patagonia lo he hecho témpano de mi témpano, iceberg de mi iceberg, glacial de mi glacial, sonrisa y venia de mi civilidad antigua, chilena, congelada, una máscara de metal y debajo el odio, la sospecha, la generosidad raída, la roña, el ser hacia adentro, eso se lo he dado yo, sin que se diera cuenta, lo que creerá suyo es mío realmente.

Todo ese hielo negro, esa nieve anquilosada, todo eso se lo di yo en aras del arte, lo dejé que saliera, porque quién sabe qué rabias habría debajo, quizás qué fuerzas huracanadas en tanto viento polar. Viento ártico con mi ojo antártico. Sus dedos frígidos para mi hielo austral. El niño premasturbatorio confunde la frialdad con la falta de emociones, pero yo sé, por venir de donde vengo, que nada puede estar más lejos de la verdad. Glenn me necesita de modelo y de enemigo, y darme cuenta de eso es, siempre será, mérito mío, el fruto de noches enteras mirando cómo la nieve se acumula en mi patio de profesor inmigrante, el fruto de mis odios metálicos, resplandecientes como el hielo del Ontario, el fruto límpido de la fuga de las horas mirando los cristales de mi ventana, tocando mis fugas con la punta de los dedos fríos hasta que me quedo dormido.

Dirá ahora que la suerte es mía, eso dirá Glenn, lo que dicen todos. No me interesa nada, son cuchilladas de pupilo genio, ¿no es cierto?, es ruido que hay que filtrar, dejar afuera, el ruido de la calle que no interesa. Yo le enseñé lo que tenía que aprender un genio, cosa no fácil, tuve que recurrir a la delicadeza que yo ya había casi perdido a punta de tanta lejanía, y con ella lo guié, para que no perdiera el tiempo, para que me tuviera afecto, para que la música no fuera jamás una obligación, sino una urgencia, la urgencia más grande de su vida. Qué suerte ni que nada. Nada es suerte, qué suerte ni nada, suerte: nada, qué suerte, el puro qué dirán.

Forma, método, disciplina. Explico la diferencia entre escuchar y oír, listening and hearing, lissen, lissen, hear, here, nada veo, eso es todo lo que importa. Ni la histeria, ni las piernas cruzadas, ni los pedales despreciados, sueltos a patadas, los brazos que se cruzan por encima del teclado, el golpeteo y el martilleo preciso que aprendió de mí, el canto sordo que le sale de la garganta, el pulso de la música en su mano agazapada, la zurda floja que flota en el teclado para que la vean, para que todos sepan que también es parte de la forma, que se note que tocar el pianoforte nunca más será lo mismo. [Ruido de motocicletas. Portazos que se van alejando]

Repetirán que la suerte no es de Glenn sino mía, hasta el cansancio, [cristales rotos] y no va a faltar el que lo crea.

[Cinta 8, AgfaSon 3/4, 03m42m-20m05s, splice 4m40s-4m55s
Transcripción 1 G Meredith, rev/rcs 2/2015]

Oda al niño de la víbora

Para Hanan y Nour El-Youssef

Una vez, cuando era redactor itinerante de Let’s Go!, una guía turística para mochileros, fui a dar a una playa en el reino de Marruecos. Me sentía agotado después de semanas de viaje por montañas y desiertos marroquíes, en trenes sofocantes, en camiones cargados de naranjas de exportación y hasta en un camello que soltaba unos gases con olor a maní tostado cuando se veía afligido con la carga.

Corría el mes santo de Ramadán, cuando los musulmanes se abstienen de toda comida o bebida desde que sale el sol hasta que está tan oscuro –según la tradición– que el ojo no distingue un hilo blanco de un hilo negro. Me habían advertido que en zonas rurales, donde apenas se veían extranjeros, tomar agua o comer en público podía provocar reacciones violentas. En todas partes niño serpientelos fanáticos religiosos cuecen y obligan a comer de las mismas habas indigestas.Como premio por mis pellejerías, decidí despedirme del país de Hassan II alojándome en un hotel para turistas en el balneario de Agadir. Era un paraíso globalizado con vista al Atlántico; allí no se conocían las mochilas ni corría el Ramadán. Tenderse en la playa de arena blanca, gozando del mar, iba a ser el bálsamo perfecto para dejar atrás el tráfago, el regateo constante, la perpetua búsqueda de picadas donde comer o dormir, las fintas entre los vendedores de hashish en los laberintos de souks y medinas, el olor tercermundista de diésel y fritanga que me impregnaba. Con un sándwich y una lata de Fanta enrollada en mi toalla, me dispuse a desquitarme, en pleno día y recién duchado, de la sed y el hambre que había pasado por respeto a las supersticiones ajenas. Así que cerré los ojos, dejé que el sol me entibiara la piel, puse mis zapatillas como almohada, hice un hoyito en la arena para preservar la frialdad de mi bebida, y me dispuse a dormir. Ramada Inn –medité– era mucho mejor que Ramadán.

Estaba en ese estado transpuesto entre el sueño y la vigilia cuando oí una conmoción cercana, gritos en un idioma gutural. Un surfeador alemán y su polola le gritaban a un niño marroquí. El cabro tendría unos diez años y sostenía un balde de plástico rojo en una mano. Con la otra mano hacía gestos para tranquilizar a los dos turistas. “No problem. Kein Problem. Tranquillo, s’il vous plaît”, les decía, mientras ellos retrocedían, gritando.

Cuando me acerqué a copuchar, supe por qué los alemanes chillaban tanto. Enroscada en el fondo del balde, encima de unas hojas de diarios, moviendo sutilmente la cabeza de lado a lado y tanteando el aire con su lengua bífida, brillaba una víbora de color negro verdoso.

El cabro me confirmó, en una mezcla de francés, castellano e inglés, que era muy venenosa, pero que sólo mordía si uno la molestaba. Para demostrarlo, puso el balde encima de la toalla de los alemanes y pinchó a la serpiente con una rama seca. La culebra furiosa levantó su cabecita triangular y atacó la punta del palo con sus fauces abiertas. Con un movimiento igual de rápido, el niño agarró a la víbora por detrás de la cabeza, haciendo una pinza con el pulgar y el índice. Un líquido lechoso goteaba de los colmillos expuestos del bicho mientras el niño lo sostenía para que lo vieran los turistas. La serpiente se retorcía de rabia, coleteando. Los alemanes saltaron para atrás en la arena y subieron el tono de sus imprecaciones, como queriendo alertar a toda la playa.

El niño depositó el reptil de vuelta en el balde y me pidió que les explicara a los gringos que eso era una muestra de la naturaleza marroquí y que tenían que pagar por el privilegio de haberla visto en vivo y en directo. El alemán puso objeciones: ellos no habían pedido ver nada, no era justo. “Pero lo vieron igual”, dijo el niño y agarró otra vez la serpiente –agotada después de su feroz lucha contra el palo– para que se dieran cuenta de que gracias a su experto manejo nadie corría peligro. “Si quieren se la muestro de más cerca”. Los alemanes dieron un salto para atrás, recogieron sus cosas y arrancaron al hotel, lejos del microempresario del turismo ecológico. Lo único que soltaron fue una mirada rabiosa sobre el niño, que de refilón me tocó a mí por haber sido testigo o partícipe de su miedo, supongo, o por lo negro que me veía después de semanas bajo sol africano, vaya uno a saber.

La culebra cautiva, ya repuesta del trajín, se acomodó debajo del diario que estaba en el fondo del balde. El niño de la víbora se quedó mirándome, con ojos que eran dos cuchillitos negros, mientras yo volvía a tenderme a mi lugar. Me perdonó la vida, por el momento. En la playa quedaban grupos de nórdicos que se hacían los lesos ahora que el espectáculo había terminado. Creían que demostrar indiferencia los iba a salvar del niño de la víbora, pero se equivocaban.

Tendido de guata en la arena, vi cómo el chiquillo pasó ofreciendo su serpiente por todos los pequeños territorios que los turistas habían delimitado en la playa. En la resolana de la arena caliente, su silueta flacuchenta se recortaba nítida y temblorosa, como un espejismo. El show era siempre igual: preguntar la hora, mostrar la culebra, picanearla con el palo, extender el brazo para exhibir los colmillitos rezumando ponzoña. Todos se asustaban, pero nadie le daba un veinte, porque el niño conocía el arte de meter miedo, pero no sabía cobrar.

Cuando terminó su ronda, supe que me había llegado el turno a mí, que siento por las culebras una combinación visceral de odio y de terror. Cabrocu -pensé- no me jodai a mí, acuérdate que te defendí de los alemanes.

Me hizo el gesto universal de “dime la hora”, para saber en qué idioma hablarme. Me encogí de hombros, pero no hubo caso, porque hablando a lo Manu Chao igual me metió conversación. “España, l’Espagne, Spain”, dijo después de un rato de analizar mis pertenencias. Se puso en cuclillas en la arena y puso el balde con la culebra entre él y yo. Me senté despacito, en parte porque de puro miedo me dio una garrotera y en parte porque quería por lo menos presentar una actitud digna cuando me llegara la hora de caer mordido por un áspid en una playa africana. “No, España no”. La culebra sacaba y entraba la cabeza por debajo del diario, a centímetros de mis muslos, mientras el niño seguía nombrando países equivocados. Después de un rato se dio por vencido y me pidió que le dijera de dónde era. “Chile”, le dije, quizás en qué idioma.

Me acuerdo del olor que exhalaba cuando se me acercó, un aroma como el del pelaje del camellito peorro al que me había tenido que subir en el desierto de los beriberis. Era el olor acre y dulzón, universal, de un niño sudado. Sacó la culebra del balde (no es tan venenosa, me aclaró con un relámpago de sonrisa) y la liberó. La miramos alejarse unos metros haciendo eses sobre la arena, pero el pobre bicho no llegó lejos. Entonces el niño sacó el diario y me mostró una foto, diciendo “eh, eh, Chile”. Y en la foto estaba nada menos que Pablo Neruda, con su jockey y su poncho, en Isla Negra. El niño me preguntó si lo conocía, ya que era de mi país. En su mismo idioma Manu Chao, le dije que en persona no, pero que había estado en ese exacto roquerío frente al mar donde habían sacado la foto del poeta. Me dijo que en árabe poeta se decía sha’ir, y mientras escribía arabescos en la arena yo le conté que las rocas en Isla Negra tenían forma de animales.

El niño perdió interés, como hacen los niños cuando les cuentan como novedad algo que ellos ya sabían, o cuando les mienten sin gracia. “En Marruecos también las rocas tienen forma de animales”, dijo, como para cerrar el tema. Con sus deditos morenos recortó la foto del diario para dármela de recuerdo. Corrió luego con el balde a recuperar su serpiente, mimetizada entremedio de unos huiros. Recogió otro palito seco, se dio vuelta para despedirse y se fue caminando por la playa ese septiembre de Ramadán, aniversario de la muerte del poeta de la fotografía. Cuando lo vi por última vez, en el crepúsculo, el niño levantaba en sus manos no una flor, no una lámpara, sino una víbora.

(De Antípodas)

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