Cuchillo entre los dientes

Todavía tengo la costumbre de referirme a Chile como mi país. Quizá sea sólo un vestigio de modales antiguos, porque cuando digo que Chile es mi país, siento en las palabras algo semejante a esa pulsación que indica en qué parte de la encía se incuba un absceso. O bien, digo “mi país” como si le agregara comillas, como quien muestra un cuchillo y luego se lo pone entre los dientes. Cuando tengo que declarar que soy chileno, siento en la boca ese bordecito metálico que me hace desconfiar de mis propias palabras.

hablarcomochilenoIgual el acento me delata. Sigo hablando casi igual que cuando me fui. Cuando hablo en castellano me reconozco en el cantito, en la atenuación Full Mode On, los recortes y las consonantes aspiradas. Me enorgullezco de saber hablar con la boca completamente cerrada. Cuando de repente veo gente hablando igual, en un tren, en un restaurante, en un aeropuerto, me digo: chilenos.

Un detector de mentiras zanjaría el asunto. ¿Es Chile tu país? ¿Eres chileno? Me muerdo la lengua y pongo el cuerpo a responder: contesta la presión sanguínea, contestan la respiración, el pulso, la conductividad de mi piel. Cuando se trata de Chile, ya no soy capaz de saber si miento o si digo la verdad. El cuerpo responde en su porfiado silencio, el cuerpo del defensor protege el balón hasta que cruza la línea sin causar mayor estrago. El defensor de camiseta roja, el pitbull con el cuchillo entre los dientes, el filo apretado contra la lengua.

El vecino y sus armas químicas: “Adams”, de George Saunders

La traducción con la que este blog despide el verano septentrional es el relato “Adams”, de George Saunders, publicada en agosto de 2004 en The New Yorker. La versión original está aquí y también se puede escuchar la lectura de Joshua Ferris en el podcast de la misma revista, que se encuentra gratis en iTunes. El relato está modelado en una narrativa muy conocida a principios del siglo XXI y nos entrega una clave de su origen en el anagrama del título y el apellido del vecino maldito.


adams-saundersNunca me cayó bien Adams y resulta que un día lo encuentro parado en mi cocina, en calzoncillos. ¡Mirando hacia la pieza de mis niños! Así que le aforro en la nuca y se va al suelo. Cuando se para, le aforro otra vez y al suelo. Después lo tiro rodando por las escaleras hasta el barro de la primavera que recién llegaba y le digo, Si otra vez, te lo juro por Dios, no sé ni qué decirte, pobre conchetumadre.

Karen llegó a la casa. La aparté para contarle. En corto: Mantener las puertas cerradas, y si él está en su casa los cabros chicos se quedan adentro.

Pero después de comer me puse a pensar: El tipo entra en shorts y yo le aguanto así no más? ¿Es amor esto? ¿Amor por mis hijos? ¿Porque qué pasa si…? ¿Qué pasa si nos descuidamos? ¿Qué pasa si se nos sale un cabro o si él entra? No, no, no, pensé, eso no se puede aceptar.

Así que fui para allá y dije, ¿Dónde está?

Entonces Lynn me contestó, Arriba, ¿por qué?

Fui para arriba y él estaba parado frente al espejo, todavía en putos calzoncillos, sólo que ahora tenía puesta una camisa, y le aforré cuando se estaba dando vuelta. Se fue al suelo y trató de arrastrarse fuera de la pieza, pero le puse un pie en la espalda.

Si otra vez, le dije, si alguna otra vez.

Ahora estamos empatados, dijo. Yo me metí en tu casa y tú te metiste en la mía.

Pero yo andaba con pantalones, le dije, y le mini-aforré en la nuca.

Yo soy lo que soy, dijo.

¡Ésa sí que estuvo buena! ¡Que lo confesara! Así que le aforré otra vez mientras Lynn entraba diciendo Hey Roger, hey (Roger soy yo). Y entonces él se quiso levantar. ¡Ahí me fui a la cresta! ¿Levantarse? ¿En contra mía? Y le voy a aforrar otra vez, pero ella me empuja entremedio, como interviniendo. Así que para aforrarle otra vez tuve que empujarla a ella para atrás, y por mala suerte se resbaló, y se fue para abajo, y ahí se queda como tendida, con la falda subida—¡y él se enoja! ¡Se enoja! ¡Conmigo! Él en calzoncillos, mirando hacia a la pieza de mis niños, ¿y él es el que se enoja conmigo? Cuántas noches no habré oído mochas y paipazos de la casa de Adams, con ella jadeando, Frank, por Dios, Soy Mujer, Me Estás Haciendo Daño, Los Niños Están Mirando, etcétera.

Porque ése es el tipo de hombre que es.

Así que le aforro otra vez, y cuando ella se arrastra hacia mí diciendo Por favor, Por favor, tuve que empujarla para abajo otra vez, no de mala manera sino como diciendo quédate ahí, justo cuando, por supuesto, con la suerte que tengo, los cabros chicos entran corriendo –estos cabritos Adams, hay que decirlo, son teatreros, siempre andan haciendo obras musicales en el patio, etc., etc. –así que se ponen, sabes, todos dramáticos: ¡Mamita! ¡Papito! Y, OK, eso fue penca, entonces traté de irme, pero ellos se pusieron ahí en la puerta, bloqueando la salida, como Duh, no sabemos para dónde ir, estamos paralizados. Así que salí a empujones, no fuertes, muy suaves—me dieron pena porque muchas veces había escuchado cómo Adams les daba a ellos también—pero igual una se cayó, en una rodilla, y le ayudé a pararse, ¡y me trató de morder! Parecía que la pendeja no cachaba nada, y me dolió, y me enojé, así que fui donde estaba Adams, que se estaba levantando, y como que le di un pape a él en la cabeza en nombre de ella, a cambio de la mordida.

Diles, le dije. Diles a tus cabros de mierda que no–

Entonces necesitaba tomar un poco de aire, así que di una vuelta a la manzana, pero todavía algo no estaba bien. Porque ahora empieza, sabes. Adams ahí todo emputecido, diciéndoles mentiras sobre mí a esos cabros chicos, los cuales, dado lo que habían visto (la tanda) y lo que no habían visto (a él en calzoncillos, vuelto hacia la pieza de mis niños), se estaban tragando todas las falsedades, y yo pensaba, Super bien, ahora ellos me odian, como si yo fuera el malo de la película en todo esto, y todo el verano va a ser puras maldades, la manguera tajeada y azúcar en mi estanque de bencina, o de repente al perro le aparece una quemadura en la guata.

Así que escribo unos panfletos, diciendo, Sólo Para Que Se Informen, El Papá de Ustedes Estaba Desnudo en Mi Cocina, Frente a la Pieza de Mis Niños. Y pego uno en el mosquitero de su puerta para asegurarme de que lo vean antes de que salgan a su entrenamiento, después les meto como nueve en el buzón, y al resto les borro “El Papá de Ustedes” y pongo encima “Frank Adams” y los distribuyo en los buzones de la cuadra.

Toda la noche me llaman y me llaman los vecinos, diciendo, sabes, Llama a la policía, Adams necesita ayuda, es un tontón, siempre lo he odiado, tal vez unos cuantos de nosotros deberíamos darle una visita, pongámonos de acuerdo para ver qué hacer, mantente calmado. Ese tipo de cosas. Lo que estaba muy bien, excepto que salgo a fumar un cigarro a medianoche y ¿para dónde lo veo que está mirando, todo lleno de pica? ¿A las casas de ellos? No hay que ser ingenuo. Está mirando en dirección a mi casa, con esa mirada ardiente, y yo como que, ¿Qué estás mirando?

Soy lo que soy, dice.

Conchetumadre, digo, y me tiro a aforrarle, pero se arranca para adentro.

En cuanto a los pacos, yo opinaba: ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar a que se meta otra vez en mi casa, ahí llamar a los pacos y esperar que se quede frente a la pieza de mis niños, en shorts, hasta que lleguen?

No, lo siento mucho, ése no es mi estilo.

Al día siguiente mi cabro chico, Brian, está parado en la puerta de atrás, listo para salir con su volantín, y yo como que agarro la puerta y la dejo bien cerrada, diciendo, Nop, nop, tú sabes muy bien por qué no, campeón.

Así que ahí quedó mi pobre cabro, con el volantín en las rodillas toda la tarde, mirando a un tontón que enseña pintura en la televisión pública diciendo, “El Sombreado Es Una Manera De Dar Profundidad, ¿Qué Tal Si Lo Aplicamos A Este Tronco Que Está Aquí?

Luego el lunes en la mañana veo a Adams que va a su auto y ¡de nuevo me echa esa mirada de fuego! Nunca he recibido una mirada con tanto odio. ¡Y me muestra el dedo! ¡Como si fuera él el que está en lo correcto! Así que me tiro a aforrarle, pero se mete en el auto y se arranca.

Todo el día esa mirada la tengo en la mente, esa mirada de odio.

Y entonces pensé, Si fuera yo, si yo sintiera ese nivel de odio, ¿qué haría yo? Bueno, una cosa que haría sería contenerlo y contenerlo y entonces una noche el odio se rebalsaría y yo me metería en la casa de mi enemigo y los acuchillaría a todos mientras duermen. O los mataría a tiros. Lo haría. No podría ser de otra manera. Es la naturaleza humana. No es que le esté echando la culpa a nadie.

Pensé, Tengo que tener cuidado y proteger a mi familia, o su sangre va a quedar en mis manos.

Así que volví temprano un día y fui a la casa de Adams cuando no había nadie, y pesqué el rifle que tenía en el sótano y los cuchillos para bistec, y también los cuchillos para la mantequilla, que pueden afilarse, y también el afilador de cuchillos, y también dos abrecartas y un pisapapeles pesado, el cual, si fuera yo y hubiera perdido todas mis armas y cuchillos, seguro que usaría para reventarle la cabeza a mi enemigo mientras duerme, además de las cabezas de toda su familia.

Esa noche dormí mejor hasta que me desperté transpirando, preguntándome qué haría si alguien entrara y, después de empujar al suelo a mi mujer y uno de mis hijos, me robara las armas de fuego y los cuchillos y el afilador de cuchillos junto con mi pisapapeles. Y me respondí: Lo que haría sería buscar desesperadamente por toda la casa algo peligroso, por ejemplo pintura, como diluyente, como productos químicos para el hogar, y luego, o rodear la casa de mi enemigo en un anillo tóxico y prenderles fuego, o bien echárselos en la piscina de mi enemigo, lo que (1) destruiría el revestimiento y (2) enfermaría a los hijos de mi enemigo cuando fueran a nadar.

Entonces fui a mirar a mis niños durmiendo y, oh Dios mío, no existen niños más tiernos que los míos, y parado ahí en piyamas, pensé en Adams parado ahí en calzoncillos, luego me imaginé a mis hijos atorándose y vomitando al intentar salirse de la piscina, y pensé, No, por ningún motivo, no voy a vivir así.

Así que entré por una ventana que había forzado antes esa misma tarde, junté todos los productos químicos caseros, y, créanme, tenía un montón, mucho más que yo, mucho más de lo que necesitaba, diluyente, pintura, cal viva, gasolina, solventes, etc. Lo junté todo como en nueve bolsas de basura y estaba a punto de subir por la escalera con la primera bolsa cuando llega toda la maldita familia, me caen encima, hasta los niños, pegándome con perchas de ropa y golpeándome con libros filudos y rociándome laca de pelo en la cara, el perro también me tiraba mordiscos, y rodando por las escaleras hasta el sótano yo pensaba, Me quieren matar. Al golpearme la cabeza en el suelo de cemento, vi estrellas, y pensé, No, de verdad, me van a matar, y si me matan ya no habrá más Melanita y yo comiendo del mismo plato de cabritas, no más Briancito haciendo ese gesto de arrugar el ceño que nos hacemos mutuamente cuando uno de nosotros cuenta un chiste fome, nunca más Karen y yo tendidos lado a lado después de, mirando por la ventana, conversando de nuestros planes mientras esos pájaros de pico amarillo se suben y se bajan de los cables de la luz. Y luché por levantarme, pensando, Qué importa cómo vine a dar aquí, aquí estoy, tengo que salir de aquí, tengo que vivir. Y empecé a aforrar y aforrar, y una vez que se batieron en retirada, con Adams y su hijo adolescente protegiendo a la más chica, que desafortunadamente había ido a dar relativamente lejos debido a una pequeña patada que yo le había dado, saqué mi encendedor y le prendí fuego a la bolsa, la bolsa de tóxicos, y salí hacia la luz al tope de las escaleras, donde sabía que estaba la puerta, donde estaba la noche, y mi libertad, y mi hogar.

El FBI en acción: “La hilera de árboles, Kansas, 1934”, de David Means

Elegí este cuento para traducirlo por dos factores de los que estoy consciente. (Seguramente los que de verdad importan son los inconscientes, pero ésos son por naturaleza insondables). El primer factor es el efecto que me causó cuando lo escuché leído por Thomas McGuane en un podcast de The New Yorker. Fue un efecto retardado, como si la narrativa doble, helicoidal, (la de los eventos y la de la evocación) se asentara después de un rato y desplegara sólo entonces su potencia emocional al destensarse. El segundo factor, íntimamente relacionado con el primero, es el uso del lenguaje, una imbricación tan exacta que se da el lujo de incluir divagaciones sin alterar su pulcritud narrativa ni la precisión de las imágenes.  Means construye esta imbricación como un dispositivo de memoria para unir esos dos momentos y traer con ellos la voz perdida del joven agente Barnes y la del veterano Lee. Más que una historia de policías y maleantes, es un relato de combate.

El relato apareció en octubre de 2010 en The New Yorker con el título “The Tree Line, Kansas, 1934”.



LA HILERA DE ÁRBOLES, KANSAS, 1934

David Means

Ilustración de Rutu Modan

Ilustración de Rutu Modan

Cinco días de intercambiar binoculares y turnarse para esconderse entre los árboles y fumar sin ser visto. Cinco días de vigilancia, esperando a ver si por alguna casualidad Carson iba a volver a la granja de su tío. Cinco días de escuchar al joven agente, apellidado Barnes, recitar verbatim del expediente: Carson tiene propensión a hacer disparos de advertencia; se especula que la visión limitada del ojo izquierdo de Carson hace que sus tiros se desvíen hacia la derecha de su blanco; tiene limitado control sobre sus impulsos. Cinco días de escuchar a Barnes hacer el recuento del patrón de asaltos que comenzó en el extremo norte de Texas y siguió hasta el mismo Wisconsin, luego bajando a Kansas otra vez, hasta que la pista se enredó en la ineptitud torpe del Bureau. Durante cinco días Barnes habló, mientras Lee, más viejo y con sus buenas cicatrices, asentía y dejaba que el muchacho desarrollara sus teorías. Cinco días reducidos a una sola conversación.

Años más tarde, jubilado, sentado en el porche con vista al lago mientras su mujer hacía sonar ollas en la cocina, silbando para sí misma con suavidad, Lee iba a saber, o a creer que sabía, que aun en ese momento en Kansas, volteándose para hablarle a Barnes, había tenido el pálpito de que algún día él iba a jubilarse y a meditar sobre ese instante en particular –allá en la hilera de árboles— porque eso es lo que uno hacía después de una vida entera dedicado a pensar en la cabeza de otra gente. Jubilado, uno se volvía hacia sí mismo y trataba de arreglárselas sin tener que pensar sobre la manera en que otros pensaban. Uno ponía las piernas encima de algo y se sentaba a analizar con pinzas los escenarios que habían acabado con uno vivo y con otros muertos, aprovechando el hecho de que todavía uno sigue vivo mientras esos otros no y, al hacerlo, disfrutar –con un sentimiento de gloria de tipo religioso— el hecho de que uno se la pudo para acabar ahí mirando un lago un día limpio y sereno de verano mientras el viento corría por la otra orilla y un bote solitario remaba suavemente, arrastrando un sedal de pesca.

Cinco días había escuchado a Barnes, quedándose callado, conteniéndose para no decir mucho, hasta el día final, cuando Barnes se volvió hacia él y dijo: Mire, Lee, lo que estamos haciendo aquí es perder el tiempo. Carson no va a venir, quiero decir, carajo, reconozcámoslo, es poco probable que llegue por ese camino. Así que Lee dijo, finalmente: Bien, si Carson viene será porque ha sopesado el gran riesgo de que estemos aquí contra un beneficio aún más grande. Como tú mismo dices, no es el tipo de persona que vaya a volver sólo a ver parientes. No es el tipo –y vaya que hemos visto suficientes de ésos— que se pone en peligro para visitar un tío en una granja arruinada. Si viene, es porque viene a recuperar un botín escondido. No por otra razón. Pero para estos tipos eso no es suficiente. Si tiene algún botín por acá, se va a arriesgar. Es así de simple. Ahora voy para los árboles a fumar y tomar un descanso. Y sin esperar respuesta se arrastró entremedio de las malezas hasta los árboles, donde, ya libre de sus obligaciones con el joven agente, se sacó la rigidez estirando las piernas, prendió un cigarro y sintió el cosquilleo que le empezó a funcionar muy dentro del estómago, enfocándose –como sólo lo puede hacer desde el estómago—en los siguientes detalles:

  1. El cambio imperceptiblemente lento de la luz en los últimos días al estirarse las sombras polvorientas a través del campo y luego acortarse gradualmente hasta que, después del cénit solar, se alargaban mientras que el cielo soltaba de su control al sol y una marga violeta y rubicunda enrojecía el horizonte.
  2. El modo en que el camino se abría desde el punto de perspectiva, exponiendo su boca a la granja mientras, al mismo tiempo se encogía hacia atrás dentro de los temblores del calor de manera que se hacía difícil y a veces imposible observarlo.
  3. El avistamiento de Vern, tío de Carson, saliendo el lunes y de nuevo el jueves, arrastrando los pies con un leve cojear, la espalda curva, moviéndose por la casa y desapareciendo de la vista por unos pocos minutos (causando un aumento de la inquietud de los dos hombres que esperaban que volviera a aparecer), luego retrocediendo el tractor con el arado puesto y arando, al parecer, por puro arar, porque era claro que la tierra estaba muerta y sin valor. Arando el mismo pedazo el jueves que ya había arado el lunes, mandando una nube de polvo que flotaba en el aire.
  4. Lo indecoroso, en un agente del FBI, de los arrebatos ocasionales de Barnes (¡Mierda, qué pérdida de tiempo!). Siempre una frase o dos sobre lo inútil de la misión en relación al uso del tiempo y de las otras cosas que podría estar haciendo: por ejemplo, seguir a ese matón mafioso –John Bradfield—cuyo expediente, cargado de datos, estaba guardado en el cajón de su escritorio en el cuartel.
  5. El aumento gradual de su propia conciencia de la granja y su conexión con la red de los caminos menores, caminos de gato, como se los llamaba, al noroeste y al sudeste, junto con rutas todavía más pequeñas cuyo propósito se había perdido en el tiempo: antiguas huellas de carromato y senderos de indios que se presentaban como corredores potenciales hasta el borde mismo de los grandes corrales de ganado de Chicago. (Los caminos que no aparecían en los mapas eran la perdición del Bureau). Esos caminos escondidos se habían empezado a aparecer en la conciencia de Lee mientras manejaba de vuelta al pueblo, al pasar junto a interrupciones en los alambrados, donde surgían desde los pastizales. El lunes, Barnes dijo: Hasta donde veo, tiene una sola entrada y una sola salida. Lo que podría dejar más en ridículo a Carson si tratara de venir a visitar. El martes, dijo: Esto es una ratonera. Una entrada, una salida. No es del tipo que caiga en una trampa así. (Así funcionaba la cosa: un agente sin experiencia reiteraba lo que él pensaba que era obvio sobre el terreno, repetía los detalles conocidos una y otra vez, como para asegurarse a sí mismo de que todo estaba dispuesto correctamente, que lo que había sido imaginado en el cuartel de Chicago –usando mapas y dibujando líneas—correspondía propiamente a la realidad de Kansas).
  6. Un defecto inherente en la dinámica entre los dos compañeros mientras yacían lado a lado, tan inmóviles como era posible mientras las malezas –la mayor parte brotes de avena salvaje, con un manchón de zanahoria silvestres— oscilaban, lánguidamente traduciendo la brisa del miércoles (el único día de viento) en movimiento, como si el mundo, al desplegarse con deslumbrante elegancia, se estuviera preparando para la llegada inminente de Dios, o de un arma, su estómago le dijo, con esas mismas palabras. Algo grande se aproximaba, el viento había dicho. Era una señal segura. Cualquier policía sabía que el viento levantándose así tenía que significar algo. Pero el muchacho había distraído a Lee. Después de todo, uno lee el paisaje en signos: la forma en que el camino se queda silencioso por cierta cantidad de tiempo; un manchón solitario de maleza en la zona de las Cuatro Esquinas que, después de tres días de relativa calma, de pronto se oscurece a causa de una de esas formaciones raras de nubes, no un cúmulo de tormenta, sino una nube que parece resistir alcanzar su tamaño total, lo que a uno le da, ahí sentado en el auto masticando un mondadientes, la sensación de que algo anda raro.
  7. No era simplemente lo que Barnes decía, o su torpe incapacidad de establecer algún tipo de silencio sensato, sino también la manera en que redondeaba sus palabras, puliéndolas, lustrándolas con un estilo de elocución que no pegaba con el paisaje. Hablaba al estilo chupándose-las-mejillas de un hombre que diserta con inmerecida autoridad, al decir: Es muy improbable, Lee, considerando los patrones establecidos por sus movimientos previos, que se aventurase, lástima, como he dicho varias veces en ocasiones anteriores, a arriesgarse a llegar a un lugar identificado como parte de sus movimientos anteriores. Saliendo de sus blancos dientes limpios, su voz tenía un tono de recórcholis juvenil hasta que agarraba vuelo y cambiaba para considerar los penosos alrededores. Entonces apretaba sus frases y trataba lo mejor que podía de sonar hastiado de la vida (sin nunca mirar a Lee en esos momentos; evitando los ojos de Lee, de un gris moteado, arrugados y hundidos en los pliegues de su cara, al estilo de viejo policía tejano), diciendo: Así lo veo yo, señor — Carson empezó siendo un fraude. Otro chico más tratando de hacerse fama como asaltante. Sin corazón de verdad. Trató de hacer el papel de Robin Hood dándoles un poco de dinero a algunos clientes bancarios a mal traer. Pero cuando llegó al norte ya tenía mucha presión encima. Ahora tiene ese estilo de disparar primero que viene de saber la verdad. Si uno sabe la verdad, dispara primero. En ese punto, la voz de Barnes cambiaba otra vez, deslizándose con naturalidad al surco de sus pensamientos, abriéndose a un tono más profundo, más especulativo, al hablar y hablar (o eso le parecía a Lee, que mantenía la vista en la granja), explicando que Carson era un hombre que tenía sentido de sí mismo, que sabía quién era de una manera que los rateros de antaño nunca tuvieron. Carson operaba desde una sicología más profunda, calculando su comportamiento a partir de lo que otros pensaban, no sólo calculando los patrones de la ley, que eran por lo general bastante fáciles de estimar, sino también lo que la ley, lo más probablemente, iba a especular; así que era improbable, digamos, que regresara—aunque hubiera botín involucrado—a desenterrar algo en la granja del tío, sabiendo instintivamente que la tendríamos vigilada… (Lee escuchaba a medias, tratando de borrar la voz del muchacho, enfocando la atención lejos de la casa, hacia el camino, que venía derecho desde el horizonte. El horizonte, el entendía, era un enemigo. El horizonte alteraba las probabilidades. El horizonte –siempre hipnotizante si se lo mira por demasiado tiempo— podría apoderarse de la operación de vigilancia. Lee una vez había sido derrotado por el horizonte en Waco, cuando trabajaba por su cuenta para el gobernador, siguiendo la pista de un asesino llamado Newfield. Dos días vigilando una casucha hasta que sus ojos se fijaron por demasiado tiempo en el horizonte –crepúsculo— y quedaron pegados ahí mientras la presa se aprovechaba y, antes de que Lee pudiera despabilarse, escapó con un rugido, dejando una pluma de polvo tras de sí). Barnes seguía hablando, decía: Este tipo sabe que estamos buscando patrones de conducta y hasta se le ha ocurrido, me aventuro a decirlo, la idea de que nosotros pronosticaríamos que no iba a volver por aquí, y al calcular que él calcula que nosotros calculamos que no va a volver, calculará que nosotros vamos a tomar ese cálculo en consideración –el patrón en potencia—y vamos a vigilar la granja de su tío. Tú ves, Lee, yo creo que tiene una conciencia de sí mismo que no la tiene un tipo como Hoover. (Y tú si, pensó Lee, levantando la cabeza, asintiendo, sintiendo –otra vez—un intenso deseo de fumar).

Años más tarde, en su cabaña de verano en Wisconsin, sentado en el porche y mirando el agua, oyendo cómo Emma cocinaba adentro o miraba televisión, él iba a volver a esa conversación, examinándola de cerca, y se iba a preguntar si había errado el paso en ese momento. Cierra el hocico, le podría haber dicho. Cállate, chico. Puedes hablar hasta que se acaben las palabras, pero por mucho que digas o pienses, lo único que importa es que hay una posibilidad de que Carson aparezca. Aun más tarde, Lee iba a comprender que al callar su punto de vista el había permitido una distracción mucho más peligrosa, una vibración paternal —inquietante y tácita— entre ellos. (Ese chico era como un hijo para mí, le dijo a su mujer. Me sacaba de quicio igual como yo sacaba de quicio a mi viejo. Excepto que el viejo me hubiera sacado las orejas a golpes).

Esa tarde, mientras se arrastraba hacia donde estaba Barnes, la sensación en el estómago se le subió a la garganta y luchó por meterse en la cabeza. Nota: un presentimiento de estómago finalmente se transforma en una corazonada cuando toma la forma de declaraciones verbales claras y precisas dichas en voz alta a alguien –interno o externo— dispuesto a escuchar y que responde de la misma forma. Una corazonada se enreda dentro de los tendones y los huesos, se integra en la fisicalidad del momento, mientras que un presentimiento de estómago sólo puede aspirar a convertirse en corazonada y, una vez que eso pasa, se lo puede identificar retrospectivamente como un presentimiento. Antes de que Lee pudiera expresar su corazonada, Barnes se limpió la frente con un pañuelo y dijo: Carajo, Lee, ¿dónde te habías metido? ¿Fuiste al pueblo a comer algo? Y Lee dijo: No, sólo a fumar. ¿Ha pasado algo por acá? Barnes levantó los binoculares, los bajó, apretó los labios como si estuviera meditando algo profundo y luego dijo, con una voz sarcástica recién sacada: Diablos, te lo perdiste todo, Lee. Carson llegó con toda la tribu. Creo que hasta “Niño Bonito” Floyd apareció. Con mujeres y todo. Hicieron un picnic ahí cerca del molino —pollo frito, sandía, pastel de manzana, con todo. Dispararon al aire para celebrar, desenterraron el botín (en eso tenías razón), y partieron. Los tuve que dejar, ya que tú no estabas aquí. Me dije a mí mismo: el agente Lee está fumando allá atrás y no lo voy a molestar al hombre. Ahora, si no te importa, allá voy yo también a fumar un cigarrillo. Luego se arrastró entremedio de las malezas y desapareció en la hilera de árboles, dejando a Lee solo para vigilar la granja.

El destino opera en forma retroactiva. Al turnarse para fumar, los dos hombres habían tratado de romper el tedio de la mejor manera posible, cortando los días, sosteniendo la atención sobre el terreno y la casa según los dictados del entrenamiento, sabiendo que por lo menos uno de ellos tenía que mantenerse con los ojos fijos en la granja, porque si los dos desviaban la vista, aunque fuera por un minuto, eso traicionaría en teoría al agente Jones y al agente Tate, que se habían quedado con el turno de noche, tomando café en termo, zamarréandose mutuamente para mantenerse despiertos, saliendo al camino al amanecer, cansados hasta los huesos, diciendo: Nada se movió por ahí, ni siquiera la oscuridad. Ni una sola maldita cosa, un cero total. Buena suerte, muchachos.

Años más tarde, en el replay reductivo, en cámara lenta, de la memoria, el sedán Buick –recién robado de un distribuidor en Topeka— apareció de repente al emerger de un camino secundario al oeste y que topaba el camino principal a un cuarto de milla de la granja Carson, lo suficientemente metido en las ondas de calor como para proveer el elemento sorpresa. Primero fue sólo el breve resplandor del radiador cromado, una chispa de luz donde el camino desembocaba en el campo recién arado. Luego, en cosa de segundos, el resplandor se convirtió en un automóvil completo, se deslizó a lo largo de la casa, rugió al frenar, se cimbró pesadamente al arrojar tres hombres. (Lee usó esa palabra en su informe: El automóvil arrojó tres hombres que se distribuyeron para hacer un reconocimiento de la propiedad). Carson apareció un momento más tarde, bajando del auto con sus manos bien abiertas, cojeando un poco (la herida de rebote de Michigan City, pudriéndose), mirando a su alrededor nerviosamente mientras daba órdenes a sus hombres y mientras Lee, escondido en el pasto, entendía instantáneamente lo que sigue:

  • (A) Cuatro años de asaltos y de encuentros con la ley les habían dado a los hombres de Carson un sentido innato de que algunas situaciones imprevistas –una operación de vigilancia, máximo de dos o tres hombres— se enfrentaban mejor de una manera rápida e irreflexiva que incluía usar un poder de fuego apabullante sobre agentes del Bureau probablemente agotados y que se habían pasado días enteros vigilando, escondidos en el pasto o detrás de los árboles. (Sabían que estábamos ahí, Lee dijo más tarde. Calcularon que éramos uno, dos a lo más. Estábamos cortos de personal y ellos lo sabían. Me congelé. Mi cálculo acerca de cuánto terreno había entre mi posición y la casa estaba alterado. Estaba solo. Sobrepasado en poder de fuego.
  • (B) Cuando los hombres de Carson avanzaban, sentían claramente, aunque intuitivamente, el modo en que vigilar comprime el tiempo, apretándolo –días de inactividad puntuados por pausas ocasionales para cagar, mear, fumar, tomar, comer y estirarse, todo eso interrumpido sólo por acciones insignificantes y periféricas en la observación. (La gente de la ciudad llegaba a la escena del campo como fuego cortando hielo, Lee iba a pensar más tarde. Tenían ese caminar urbano, mientras que nosotros nos habíamos olvidado de cómo funcionaba el tiempo fuera de los confines de la granja).
  • (C) Los hombres de Carson avanzaron, como si atravesaran las calles de Chicago, con sus trajes negros todavía más negros bajo la luz difusa. Tenían una despreocupación elegante por el paisaje, lo que les venía del hecho de que la mayoría de ellos había nacido y crecido en granjas o en puebluchos polvorientos, y habían dejado atrás esa parte de su vida, aprendiendo cómo pararse en la ciudad, ajustándose las colleras, doblando el ala del sombrero, tocándose la corbata mientras escondían sus verdaderas intenciones contando chistes, moviéndose constantemente para ocultar el silencio estático de lo que estaba sucediendo. Mientras los hombres se acercaban al puesto de Lee, Carson caminó lentamente hacia la derecha del establo, mirándose los pies, moviéndose, a pesar de su leve cojera, con una facilidad que revelaba su deseo, aun en este lugar, de parecer casual, levantando la cabeza para oler el aire antes de continuar por el costado de la casa. (Empezó al lado sur de la casa, puso un pie delante de otro, de punta y talón, marcando con cuidado, tratando de localizar el lugar donde estaba enterrado el botín, Lee iba a escribir en su informe).

Atrás en la hilera de árboles, Barnes se había fumado dos cigarrillos mientras observaba el paisaje: una pequeña hondonada en los árboles debido a la quebrada, que estaba cubierta con un pequeño fleco de helechos verdes. El horizonte se perdía misericordiosamente entre los árboles, de modo que desde ese punto de vista –incluyendo en el cálculo su profunda convicción de que la operación era inútil— es muy probable que sintiera que se le venía un profundo descanso, una sensación de calma omnisciente que venía de ser joven y sin experiencia, y fue probablemente esto, combinado con el placer que el tabaco le estaba dando, lo que lo llevó a pensar que ese momento reflejaba de algún modo el estado general del mundo. (A lo lejos, el sonido de un motor devorado por la tierra. A lo lejos, el ruido amortiguado de una puerta que se cierra). Lo que haya sido que afectaba los pálpitos de Barnes durante los días de la vigilancia se combinó con la callada belleza allá atrás en los árboles, amplificado por la infertilidad de la granja en relación con la humillación (sí, una operación de vigilancia era un acto de humildad que podía con facilidad, si no se lo llevaba a cabo apropiadamente, convertirse en una humillación), se combinó, a su vez, con un deseo natural del joven agente, e hizo que se saltara el procedimiento operativo estándar, que se moviera con naturalidad, de modo que el muchacho salió caminando de la hilera de árboles ese día muy erguido y alto, moviéndose con seguridad, confiado en sus sensaciones, dejando de lado trabajosamente su propia conciencia (la que estaba roma, Lee se imaginó más tarde, por el tedio persistente de una escena que había transcurrido, con la excepción del viejo arando el lunes y otra vez el jueves, y el viento el miércoles, para su mente juvenil, por lo que parecía una eternidad). Dio un paso adelante hacia un momento único y feroz. Dio un paso adelante hacia una furia de disparos mientras su mente –joven y tonta pero a pesar de eso hermosa— permanecía en parte allá atrás en los árboles, absorbiendo la soledad, meditando sobre cómo se sentía el futuro cuando un hombre estaba enraizado en un solo lugar, esperando un desenlace improbable, un desenlace que, te lo aseguro, nunca, nunca iba a llegar.treeline2

Uno de Tobias Wolff: “Bala en el cerebro”

La estructura de este relato no puede dejar de evocar “El milagro secreto” de Borges, pero allí donde Borges se esmera en la filigrana literaria (“en una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija”) y en la minucia histórica que explica el fusilamiento del impronunciable Hladík, la bala  de Tobias Wolff se interna por caminos donde las causalidades pueden ser 2015BULLETI_AMQcómicamente predecibles o bien lo contrario, producto de una mecánica inesperada, la que mueve el trayecto de una bala que atraviesa el cerebro de Anders, el crítico literario. Hay una mezcla de registros que plantea desafíos interesantes para la traducción, Cualquier opinión sobre los resultados será muy bienvenida.

Hablando de causalidades: Me interesó incluir a Tobias Wolff en esta serie porque en una entrevista en la Paris Review declara que le toma mucho tiempo ponerse al día con los lugares en que ha estado, condición con la que este traductor emigrante se identifica a cabalidad. Wolff nació en Alabama en 1945. Este cuento se publicó originalmente en The New Yorker en 1995.


BALA EN EL CEREBRO

Tobias Wolff

Anders no pudo llegar al banco hasta justo antes de que cerraran, así que por supuesto la cola era infinita y le tocó quedar detrás de dos mujeres, cuya conversación chillona y estúpida lo puso de un humor asesino. De todas maneras, nunca andaba del mejor humor este Anders, crítico de libros conocido por el salvajismo fastidiado y elegante con que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola todavía daba un par de vueltas alrededor del cordón, una de las cajeras puso un letrero de “CAJA CERRADA” en su ventanilla y se fue a la parte de atrás del banco, donde se apoyó en un escritorio y empezó a pasar el rato con un tipo que movía papeles para allá y para acá. Las mujeres delante de Anders pararon de hablar y miraron a la cajera con odio.

“Oh, qué bonito”, dijo una. Se dio vuelta hacia Anders y agregó, confiada en que él iba a estar de acuerdo, “Uno de esos pequeños toques de humanidad que nos hacen volver por más”.

Anders había engendrado su propio odio creciente por la cajera, pero lo dirigió inmediatamente a la presumida y quejumbrosa que tenía al frente. “Pucha, sí, qué injusto”, dijo. “Trágico, en realidad. Cuando no le amputan a uno la pierna equivocada, o le bombardean la aldea ancestral, vienen y cierran la caja”.

Ella no se amilanó. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Yo solamente opino que es pésima forma de tratar a los clientes”.

“Imperdonable”, dijo Anders. “Dios lo tendrá en cuenta”.

La mujer se chupó las mejillas, pero se quedó mirando por encima del hombro de él, sin decir nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, también se puso a mirar en la misma dirección. Y luego las cajeras dejaron de hacer lo que estaban haciendo, y los clientes lentamente se dieron vuelta, y en el banco se hizo el silencio. Dos hombres de pasamontañas negro y terno azul estaban de pie al lado de la entrada. Uno de ellos tenía puesta una pistola en el cuello del guardia. El guardia tenía los ojos cerrados y movía los labios. El otro hombre portaba una escopeta recortada. “¡Todos se callan!”, dijo el de la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguna de las cajeras da la alarma, todos ustedes son fiambres, ¿entienden?”

Las cajeras asintieron.

“Ah, bravo”, dijo Anders. “Fiambres”. Se volvió a la mujer delante suyo. “Tremendo parlamento, ¿ah? La poesía severa y con manoplas de bronce de la clase peligrosa”.

Ella lo miró con ojos de ahogada.

robber11n-3-webEl tipo de la escopeta obligó al guardia a arrodillarse. Le pasó la escopeta a su socio, le tironeó hacia atrás las muñecas y le puso un par de esposas. Lo botó al suelo de una patada entre los hombros. Luego retomó la escopeta y se acercó a la puerta de seguridad, al final del mesón. Era bajo y gordo y se movía con una lentitud extraña, casi con torpeza. “Ábranle”,dijo su socio. El tipo de la escopeta abrió la puertecita y se paseó entre la fila de cajeras, pasándole a cada una su bolsa de basura. Cuando llegó a la caja vacía, miró al de la pistola, que le dijo: “¿De quién es ese puesto?”.

Anders observó a la cajera. Ella se llevó la mano a la garganta y se volvió al hombre con que había estado conversando. Él asintió. “Mío”, dijo.

“Ponte las pilas, huevona fea, y llena la bolsa”.

“Ya estamos”, le dijo Anders a la mujer delante suyo. “Se ha hecho justicia”.

“¡Oye, chistosito! ¿Te dije que hablaras?

“No”, dijo Anders.

“Entonces cierra el hocico”.

“¿Oyeron eso?, dijo Anders. ‘Chistosito’. Sacado de ‘Los Soprano’”.

“Por fávor cállese”, dijo la mujer.

“Hey, ¿tai sordo o qué te pasa? El tipo de la pistola se acercó adonde estaba Anders. Le enterró la pistola en la guata. “¿Creís que estoy puro hueveando?”

“No”, dijo Anders, pero el cañón le hacía cosquillas como un dedo tieso y tuvo que luchar para contener la risita nerviosa. Lo hizo obligándose a mirar directo a los ojos del tipo, claramente visibles tras los hoyos del pasamontañas: de un azul pálido, irritados y con los bordes enrojecidos. El párpado izquierdo del tipo le tiritaba. Exhalaba por la boca un olor penetrante de amoníaco que le chocó a Anders más que cualquier cosa que había pasado hasta entonces, y había empezado a acrecentársele una sensación de inquietud cuando el tipo lo picaneó otra vez con la pistola.

“¿Te gusto yo, chistosito?”, dijo. “¿Me querís chupar el pico?”

“No”, dijo Anders.

“Entonces deja de sapearme”.

Anders fijó la mirada en los los zapatos del tipo, bien lustrados y de puntera fina.

“Allá abajo no. Allá arriba”. Le metió la pistola a Anders debajo de la barbilla y la empujó hasta que Anders quedó mirando hacia el cielo.

Ceiling-mural-425x425Anders nunca le había puesto atención a esa parte del banco, un edificio antiguo y pomposo con pisos y mesones y pilares de mármol y caligrafía dorada sobre las jaulas de las cajeras. La bóveda del cielo estaba decorada con figuras mitológicas cuya fealdad carnosa, envuelta en togas, Anders había observado de una mirada muchos años antes y que después había rehusado notar. Ahora no le quedaba otra alternativa que hacer un escrutinio del trabajo del artista. Era peor de lo que recordaba, en su totalidad ejecutado con la más absoluta solemnidad. El artista tenía su arsenal de trucos y los usaba una y otra y otra vez – cierto difuminado rosáceo debajo de las nubes, una miradita tímida hacia atrás de los cupidos y los faunos. El cielo estaba abigarrado de varios dramas, pero el que le llamó la atención a Anders fue el de Zeus y Europa – presentado en esta versión como un toro mironeando a una vaca detrás de un pajar. Para hacer sexy a la vaca, el pintor había inclinado sus caderas de manera sugerente y le había puesto unas pestañas largas y lacias, a través de las cuales ella le devolvía la mirada al toro con una bienvenida seductora. El toro tenía una media sonrisa y las cejas arqueadas. Si hubiera una burbuja de cómics saliéndole de la boca, habría dicho: “Aquí está papi”.

“¿De qué te reís, chistosito?”

“De nada”.

“¿Me encontrai divertido? ¿Creís que soy payaso?

“No”.

“¿Creís que podís huevear conmigo?”

“No”.

“Huevéame otra vez, y te cago. ¿Capish?”

Anders se rió a carcajadas. Se tapó la boca con las dos manos y dijo, “Disculpe, disculpe”, y luego no pudo evitar un resoplido de risa por entremedio de los dedos, y dijo: “Capish, ah, Dios mío, capish”, y ahí el tipo de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

bulletbrainLa bala rompió el cráneo de Anders y le atravesó el cerebro y salió por detrás de su oído derecho, dispersando fragmentos de hueso en la corteza cerebral, el cuerpo calloso, atrás hacia los ganglios basales, y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto pasara, la primera aparición de la bala en el cerebelo gatilló una cadena crepitante de transportes iónicos y neuro-transmisiones. A causa de su curioso origen, éstas trazaron un patrón curioso, despertando aleatoriamente una tarde de verano de hacía unos cuarenta años y desde entonces perdida en la memoria. Después de impactar el cráneo la bala se desplazaba a 300 metros por segundo, velocidad patéticamente lenta, glacial, en comparación con el relámpago sináptico que se desencadenó a su alrededor. Una vez en el cerebro, esto quiere decir, la bala quedó bajo control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders amplio tiempo de ocio para contemplar la escena que –usando una expresión que él aborrecería— “pasaba delante de sus ojos”.

Vale la pena tomar nota de lo que Ambers no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que él más enloquecidamente amaba de ella, antes de que terminara irritándolo – su carnalidad desvergonzada, y especialmente el modo cordial con que trataba a su aparato, a quien ella apodaba Señor Topo, como en “Oh, oh, parece que el Señor Topo quiere jugar” y “¡Escondamos al Señor Topo!”. Anders no recordó a su esposa, a quien él también había amado antes de que ella lo extenuara de tan predecible, o a su hija, ahora una hosca profesora de economía en Dartmouth.

No recordó estar de pie cerca de la puerta de su hija mientras ella sermoneaba a su oso por portarse mal y le describía los castigos realmente espantosos que iba a recibir si no cambiaba su forma de ser. No recordó ni un solo verso de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder darse escalofríos a voluntad – ni “Silencioso, sobre una cima de Darien”, ni “Dios mío, supe este día”, ni “¿Todas mis bellas? ¿Has dicho todas? ¡Oh, cometa infernal! ¿Todas?”. Ninguno de estos recordó, ni uno solo. Anders no recordó lo que dijo su madre moribunda sobre su padre: “Debería haberlo apuñalado mientras dormía”. No se acordó del profesor Josephs contándole a sus alumnos que los prisioneros atenienses en Sicilia eran liberados si eran capaces de recitar a Esquilo, y luego recitando a Esquilo él, ahí mismo, en griego antiguo. Anders no recordó cómo le ardían los ojos con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la tapa de una novela poco después de graduarse, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de entregar respeto.

Tampoco recordó que había visto a una mujer saltar al vacío desde el edificio opuesto al suyo, días después de que nació su hija. No recordó haber gritado: “¡Dios tenga misericordia!” No recordó haber chocado a propósito el auto de su padre en un árbol, o que tres policías le habían pateado las costillas en una protesta contra la guerra, o despertarse de risa. No recordó cuándo había empezado a mirar la pila de libros en su escritorio con aburrimiento y espanto, o cuándo se enrabió con los autores por escribirlos. No se acordó de cuándo todo le comenzó a recordar otra cosa.

Esto es lo que sí recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el chirrido de los insectos, él mismo apoyado contra un árbol mientras los niños de su barrio se juntan para organizar un juego. Él mira mientras los otros discuten sobre quién es más genio, si Mantle o Mays. El tema los ha preocupado todo el verano y para Anders se ha vuelto tedioso: una opresión, como el calor.

Luego llegan los dos último chicos, Coyle y un primo de Mississippi. Anders no conoce al primo de Coyle y no lo verá nunca más. Le dice hola como el resto pero no le presta mucha atención hasta que han elegido a los equipos y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el chico. “Paracorto es el mejor puesto que haiga habido”. Anders se voltea y lo mira. Quiere que el primo de Coyle repita lo que acaba de decir, pero no se atreve a pedirle que lo haga. Los otros van a pensar que está poniendo pesado, molestando al cabro por la gramática. Pero no es eso, para nada – es que Anders se siente extrañamente estimulado, exultante, ante esas palabras finales, su cualidad inesperada y su música. Ocupa su puesto en el campo, en trance, repitiéndoselas a sí mismo. La bala ya está dentro del cerebro; no la van a mantener a raya para siempre, o a detenerla como por encanto. Al final hará su tarea y va a dejar atrás la aproblemada calavera, arrastrando tras de sí su cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del vestíbulo comercial. Eso no se puede evitar. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras se alarguen sobre el pasto, tiempo para que el perro encadenado le ladre a la pelota en vuelo, tiempo para que el muchacho en el jardín derecho golpee su guante negro de sudor y coree suavemente, Que haiga habido, que haiga habido, que haiga habido.

 

Una de Alice Munro: “Eje”

Traducir es un sucedáneo de escribir lo propio, sobre todo cuando, por una u otra razón, la escritura de uno se atasca o fluye demasiado desbocada como para intentar encauzarla. Hace un tiempo escuché a un escritor norteamericano hablar de su aprendizaje, de cómo enfrentaba sus tiempos de sequía, de espera, o de desesperación o de perplejidad. Simplemente copiaba. Elegía un cuento que le gustaba y lo copiaba, a mano, palabra por palabra, oración por oración, párrafo a párrafo. Luego lo pasaba en limpio a máquina. Me imagino que eso le revelaba la operación fundamental de cada relato, o por lo menos le dejaba claro en qué moneda se transaba en esas líneas. Se trata, claro, de una forma relentada de leer.

Lo mismo puede decirse de la traducción: por estos días, es mi forma predilecta de lectura en cámara lenta, en cámara lenta extrema. El cuento de esta semana me ha resultado muy provechoso porque en la lectura lenta se pone de relieve la ejecución magistral de Alice Munro (se pronuncia /mʌnˈr/: el acento cae en la última sílaba) de su diseño temporal, esa capacidad de dar saltos que asustan a otros escritores con menos manejo o experiencia. Traducir este cuento ha sido como tirarse al vacío, sabiendo que el momento justo se iba a abrir un paracaídas bien hecho. Es un cuento relativamente reciente, publicado el 2011 en The New Yorker. Aquí va.

Ah: última vez que pido disculpas por los chilenismos. Es mi desquite por décadas de hostias, guarradas y gilipolladas.


EJE

Alice Munro

Fotografía de Kate Joyce

Fotografía de Kate Joyce

HACE cincuenta años, Grace y Avie esperaban en las rejas de la universidad, en pleno frío. Más tarde iba a pasar un bus que las llevaría a casa, en dirección al norte, atravesando la campiña oscura, apenas poblada. Cuarenta millas de camino para Avie, tal vez el doble para Grace. Cargaban libracos de títulos solemnes: “El mundo medieval”, “Montcalm & Wolfe”, “Las relaciones jesuitas”.

Eso era para parecer estudiantes serias, cosa que en efecto eran. Pero una vez llegadas a casa, lo más probable es que no iban a tener tiempo para ese tipo de cosas. Las dos eran muchachas de campo que sabían lavar pisos y ordeñar vacas. Su mano de obra, apenas entraban en la casa –o el establo— pertenecía a sus familias.

No eran del tipo de muchachas que uno solía encontrarse en esa universidad. Había una gran Escuela de Negocios, cuyos estudiantes eran casi todos hombres, y varias hermandades femeninas, cuyas integrantes estudiaban Ciencias de la Secretaría y Artes Generales y que estaban ahí para conocer hombres. A Grace y Avie no les habían ofrecido membresía en esas hermandades —una mirada a sus abrigos bastaría para explicar por qué— pero ellas creían que los hombres que no andaban a la siga de chicas de hermandad eran más inclinados a ser intelectuales, y ellas preferían a los intelectuales, en cualquier caso.

Las dos estudiaban historia, con sendas becas. ¿Qué iban a hacer cuando terminaran sus estudios? preguntaba la gente, y ellas tenían que decir que lo más probable es que hicieran clases en una secundaria. No negaban que odiarían dedicarse a eso.

Ellas entendían —todo el mundo así lo entendía— que conseguir cualquier tipo de empleo después de graduarse sería una derrota. Como las chicas de las hermandades, ellas se habían matriculado para buscar a alguien con quien casarse. Primero un novio, luego un marido. No se hablaba en esos términos, pero así era la cosa. No se pensaba que las chicas becadas tenían mucha probabilidad de éxito, ya que se creía que el cerebro y la belleza nunca se juntaban. Por suerte, Gracie y Avie eran las dos atractivas. Grace era rubia e imponente, Avie colorina, menos voluptuosa, vivaz, desafiante. Los hombres de sus dos familias bromeaban diciendo que deberían ser capaces de apañar a alguien.

Para cuando llegó el autobús, las dos estaban casi congeladas. Se fueron hacia la parte de atrás, para poder fumar los últimos cigarrillos hasta después del fin de semana. Sus padres no iban a sospechar nada si olían a tabaco. El olor a cigarrillos estaba por todas partes en ese tiempo.

Avie esperó a que se acomodaran para contarle su sueño a Grace.

“No le tienes que contar nunca a nadie”, le dijo.

En el sueño estaba casada con Hugo, que en realidad se le pegaba como si tuviera la esperanza de casarse con ella, y tenía una guagua que lloraba día y noche. Aullaba, de hecho, hasta que Avie pensaba que se iba a volver loca. Al final tomaba en brazos a esta guagua –la tomaba en brazos, nunca hubo duda de que era una niña— y se la llevaba a una pieza oscura de subterráneo y la encerraba ahí, donde las gruesas murallas aseguraban que nadie la iba a oír. Luego se iba y se olvidaba de ella. Y después resulta que igual tenía otra guagua, que resultó ser fácil de criar y deliciosa y que creció sin problemas. Pero un día esta hija ya crecida le habló a su madre de su hermana escondida en el subterráneo. Resulta que siempre había sabido —la pobre retorcida y rechazada le había contado todo— y ya no había nada que hacer. “Nada que hacer”, había dicho esta niña preciosa y buena. Igual la hija abandonada no conocía otra vida que la que llevaba, ya no lloraba; estaba acostumbrada.

“Qué sueño tan espantoso”, dijo Grace. “¿Odias a los niños?”

“No más allá de lo razonable”, dijo Avie.

“¿Qué diría Freud? Eso no importa, ¿qué diría Hugo? ¿Le has contado a él?”

“Dios santo, no”.

“Probablemente no es tan terrible como suena. Lo más probable es que solamente te preocupe quedar embarazada”.

Había sido Avie, en realidad, la que había convencido a Hugo de que deberían acostarse, o tener relaciones sexuales, como iba a decir la gente después. Creía que lo iba a hacer parecer más masculino, más seguro. Era un muchacho buenmozo y entusiasta, con su pelo oscuro que le caía sobre la frente, y tenía la tendencia a relacionarse con gente a quien admirar. Un profesor, un alumno mayor brillante, una muchacha. Avie. Si se acostaban, pensaba ella, tal vez se iba a enamorar de él. Después de todo, ninguno de los dos había tenido experiencia con otra persona. Pero el sexo los llevó, principalmente, a temer ciertos accidentes, preocuparse de reglas atrasadas y de la monstruosa posibilidad de que ella quedara embarazada.

La verdad es que ella hubiera preferido al novio de Grace, Royce, veterano de la Segunda Guerra Mundial. Al contrario de Avie, Grace estaba enamorada. Pensaba que su virginidad y su negativa a dejar que Royce dispusiera de ella —a lo que él no estaba acostumbrado— era un modo de mantenerlo interesado. Pero a veces él parecía dispuesto a darse por vencido con ella, y para distraerlo de esos malos humores Grace había aprendido a distraerlo con chismes o chistes sobre gente como Hugo, a quien Royce más bien despreciaba. De hecho, Grace había tomado la costumbre de inventar cuentos sobre Hugo que no tenían nada de verdaderos. Que había metido las dos piernas en un mismo lado del pantalón después de una sesión apresurada de sexo —tonterías así. Tenía la esperanza de que Avie nunca se iba a enterar.

A PRINCIPIOS del verano, Royce tomó un bus y partió a visitar a Grace en la granja de sus padres. El bus tenía que pasar por el pueblo donde vivía Avie, y por casualidad la vio, en la vereda de la calle principal, hablando con alguien. Se la veía muy entusiasmada; sacudía el pelo hacia atrás cuando el viento se lo soplaba en la cara. Él se acordó de que ella había abandonado la universidad justo antes de sus exámenes. Hugo se había graduado y había conseguido trabajo de profesor en un colegio de algún pueblo del norte, y el plan era que ella iba a unírsele allá y casarse.

Grace le había dicho a Royce que Avie había pasado un gran susto, y que eso la había llevado a tomar la decisión. Luego resultó que todo estaba bien –no estaba embarazada—pero decidió que mejor sería casarse de una vez por todas.

Avie no se veía como que estuviera atrapada por un susto. Se veía despreocupada, inmensamente de buen ánimo —más linda, más vívida que nunca.

Sintió el deseo de bajarse del bus y de no volver a subirse. Pero, por supuesto, eso le traería más problemas de los que podía considerar. Avie ahora cruzaba la calle caminando con estilo, de todos modos, y se perdía de vista al entrar una tienda.

Habían atrasado la cena media hora para esperarlo, en la casa de Grace, y aun así eran apenas las cinco y media de la tarde. “Las vacas mandan por acá, me temo”, dijo la madre de Grace. “Supongo que no sabes mucho de la vida del campo”.

No se parecía en nada a Grace, o Grace no se parecía nada a ella, gracias a Dios. Flacuchenta, pelo corto y canoso. Andaba a las carreritas por aquí y por allá y por eso parecía que nunca podía enderezarse.

Había sido maestra de escuela, y tenía la pinta. Una maestra atenta a cualquier maldad tuya que todavía no hubiera detectado. El padre parecía ansioso por irse a atender a las vacas. El hijo grande tenía puesta en la cara una mueca desdeñosa. Lo mismo la hermana menor, que se supone era un genio para el piano. Grace estaba callada y avergonzada, pero bonita, sonrojada de cocinar.

¿Cuáles eran sus planes –la madre quería saber— sus planes ahora que se había graduado? (Grace seguro les había mentido; les había ocultado que de hecho él se había negado a tomar su último examen porque las preguntas eran idiotas. ¿Habría pensado que era pura bravuconería?)

Por ahora, dijo él, se dedicaba a manejar un taxi. No había mucho que hacer con un cartón en filosofía. “A menos que decida meterme a cura”.

“¿Eres católico?”, dijo el padre, tan sobresaltado que casi se atragantó.

“Ah. ¿Hay que serlo?”

Grace dijo, “Es broma”. Pero sonó como si no le quedara ya ni un resto de humor.

“Filosofía”, dijo la madre. “No sabía que se podía estudiar eso por cuatro años”.

“Soy lento para aprender”, dijo Royce.

“Ahora sí que estás bromeando”.

Él y Grace lavaron los platos en silencio, luego salieron a dar un paseo por el camino. La cara de ella todavía estaba rosada por la vergüenza o por el calor de la cocina, y su temperamento bromista parecía haberse vuelto de plomo.

“¿Hay un bus que salga tarde?”, dijo él.

“Están nerviosos, es todo”, dijo ella. “Mañana va a estar mejor la cosa”.

Él levantó la vista hacia unos árboles de aspecto oriental, como de pluma, y le preguntó si sabía qué árboles eran.

“Acacias. Mis árboles preferidos”.

Árboles preferidos. ¿Después qué? ¿Flor preferida? ¿Estrella preferida? ¿Molino de viento preferido? ¿Tenía un poste de enrejado preferido? Iba a preguntar, pero se le ocurrió que podría herir sus sentimientos.

En vez de eso, le preguntó cuáles eran los planes para el día siguiente. Tal vez un picnic en el bosque, esperaba él. Algún lugar donde pudiera tenerla a solas.

Ella le dijo que iban a estar todo el día haciendo dulce de frutilla.

“Uno no elige aquí”, dijo ella. “Uno se las arregla no más con lo que está a mano. Se hace lo que la temporada dicta”.

Él se había hecho la idea de ayudar en alguna tarea de campo. Sabía trabajar bien con maquinaria, lo que sorprendía a la gente, y tenía un interés genuino en saber cómo otros se ganaban la vida, a pesar de que él mismo rehuía hacer compromisos de ese tipo.

De hecho, se le había ocurrido –fuera de toda expectativa—que el padre se estaba empezando a conformar y que el hermano iba a resultar una especie de necio (Grace le había hablado de él con desdén) y que él, Royce, ahora sin nada que lo atara y al no ser ni estúpido ni flojo, podía pasar a hacer una vida bucólica entre tontos animales pintorescos y huertos pletóricos, con tiempo libre todo el invierno para cultivar la mente. Granja Sabine.

Pero se daba cuenta de que ni al padre ni al hermano les iba a gustar mucho que se fuera con ellos. No tenían tiempo para dedicarle. Y ellos no iban a considerar el trabajo de campo, ni siquiera el trabajo eficiente, como algo restaurativo para el alma. Le iba a tocar quedarse pegado con las frutillas. A menos que la hermana menor, la genio del piano, lo reclutara para que le diera vuelta las páginas.

“Todos mis hijos tienen su don”, le dijo la madre al levantarse de la mesa y excusar a la pianista de lavar la loza. “Ruth tiene su música, Grace tiene su historia, y a Kenny, por supuesto, le toca la agricultura.

En el sendero trató de poner el brazo alrededor de Grace, pero el abrazo fue torpe, a tropezones en los estrechos surcos de la huella.

“¿Así va a ser la cosa?”, dijo él.

“No te preocupes”, dijo ella. “Tengo un plan”.

Él no veía qué plan podía ser. El dormitorio que le dieron daba a la cocina. La ventana estaba atascada a una cuarta parte de la apertura —no se abría lo suficiente como para que él pudiera escabullirse por ahí.

“Mañana hacemos dulce”, dijo Grace. “Lo más probable es que estemos en eso todo el día. Ruth va a estar ensayando —te va a volver loco, pero eso no importa. Al día siguiente, mamá tiene que llevarla al pueblo para su examen. Luego todos los niños que toman el examen tienen que esperar hasta que termine el último, y ahí recién anuncian los resultados a todo el mundo. ¿Entiendes?

“No veo cómo tu madre va a estar de acuerdo en que nos quedemos solos”, dijo Roy. “O no es este el plan que creo que es?”

“Sí es”, dijo Grace. “Yo tengo que salir a ver a mi amiga Robina. Robina Shoemaker. Tengo que ir en bicicleta, así que me voy a demorar. Ella vive al otro lado de la carretera. Hemos sido amigas desde niñas, y hace dos años quedó inválida. Un caballo le pisó el pie”.

“Cristo Dios”, dijo él. “Calamidades rurales”.

“Lo sé”, dijo ella, al parecer sin importarle si hablaba en el mismo tono que él. “Así que se supone que voy a ir a verla, pero en realidad no voy a ir. Después de que mamá y Ruth se vayan, doy la vuelta en la bicicleta y me regreso y tendremos la casa para nosotros solos”.

“¿Y este examen es largo?”

“Te lo prometo que sí. Largo. Y después van a pasar a dejarle frutillas a abuela, y eso siempre les toma por lo menos una hora. ¿Me sigues?”

“Espero que sí”.

“¿Puedes portarte bien mañana? No te pongas sarcástico con mi mamá”.

“Lo siento”, dijo. “Prometo que no”.

Pero él se preguntaba. ¿Por qué ahora, y no esas veces el invierno pasado cuando podría fácilmente habérsela llevado a su pieza y ponerse de acuerdo con su compañero para que no apareciera? ¿O en la primavera, cuando lo volvió loco en los rincones oscuros del parque? ¿Y qué pasaba con su famosa virginidad?

“Tengo toallitas”, dijo ella. “¿Cuántas se necesitan por lo general?”

Para sorpresa suya, tuvo que confesar que no sabía.

“Las vírgenes no son lo mío”.

Ella se abrazó a sí misma, riéndose, de la manera que él acostumbraba verla.

“No lo dije por chiste”. Era cierto.

Su madre estaba sentada en los escalones del costado, pero seguro que no podía haberlos oído. Les preguntó si habían tenido una buena caminata y les dijo que ella también siempre esperaba que llegara el frescor de la tarde.

“Tenemos suerte acá —no estamos enterrados en el calor como ustedes la gente de la ciudad”.

strawberrybalsamicsugarCuando despertó a la mañana siguiente pensó que tenía por delante uno de los días más largos de su vida, pero de hecho pasó fácilmente. Los frascos se sumergían en sus javas dentro del agua hirviendo a borbotones. A las frutillas se les sacaba el centro y se calentaban hasta que hervían y soltaban una espuma rosada como algodón de dulce. El trabajo estaba organizado con amabilidad, con los tres atentos para ver si alguien necesitaba ayuda para levantar una olla o para auxiliar a alguien con un diestro movimiento del colador. La cocina estaba mortalmente calurosa, y primero Royce y después Grace y luego la madre de Grace pusieron la cara bajo la llave de agua fría y se enderezaron goteando.

“¿Por qué nunca antes en mi vida se me había ocurrido hacer eso?”, dijo la madre, ahí de pie con mechones de bruja pegados a la frente. “Tenía que haber un hombre para que se le ocurrieran cosas así de inteligentes, ¿no, Grace?”

La niña que iba a dar el examen estuvo tocando el piano todo el día, recordándoles a cada uno de ellos, de diferentes maneras, las dificultades y promesas del día siguiente.

Al final de la tarde le pasaron las llaves del auto a Royce para que manejara cinco millas a la tienda más cercana, donde compró jamón en torrejas y helado y ensalada de papas preparada, para la cena. Aparentemente la ensalada de papas no hecha en casa era algo desconocido en ese hogar.

Echaron dulce de frutilla tibio encima del helado.

La madre, con su vestido con manchas de humedad, estaba bastante contenta con el trabajo y los logros del día.

“Este Royce es del tipo que malcría a las mujeres”, dijo. “Cualquiera que lo tuviera cerca termina el trabajo pim-pam y luego disfruta su helado todos los días. Estaríamos mal acostumbrados”.

El hermano dijo que Grace ya era una malcriada —se creía inteligente porque jue a la universidad.

“Fue”, dijo la madre.

Grace lo amenazó con meterle una cucharada de papas por debajo de la camisa. Él se la arrebató y se la comió con los dedos.

Grace dijo: “Guácala”.

La madre les llamó la atención.

“Modales”.

Al día siguiente, el padre y el hermano tenían que engavillar avena tempranera en el terreno que tenían al otro lado de la carretera. Se llevaron el almuerzo y contaban con que la mujer que arrendaba el lugar les iba a proveer agua. Todo esto lo había tomado en cuenta Grace.

Ruth se tuvo que quedar muy quieta mientras su madre le hacía una peinado de trenzas y cintas para disimular su expresión apocalíptica. Dijo que no podía comer nada. La madre dijo: “nervios”, y envolvió unas galletas de soda en papel de cera. Pocos minutos antes de que saliera el auto, Grace se subió a su bicicleta y se despidió. La madre dijo que le diera cariños a la niña inválida. Llevaba un frasco de dulce recién hecho, envuelto en la canasta de la bicicleta, como regalo de sorpresa.

graceLe habían dicho a Royce que merecía un día de descanso después del trabajo del día anterior. Pero la alta casa de ladrillos, tan imponente desde afuera, no tenía una pizca de gracia o de comodidad por dentro. Los muebles estaban simplemente puestos por aquí y por allá, como si nadie hubiera tenido nunca tiempo para planear nada. La puerta de entrada estaba prácticamente bloqueada por el piano de Ruth. Por lo menos en el living había libros. Sacó “Don Quijote” de un estante de clásicos en vitrina, y le gritó “¡Dales duro!” a Ruth, quien no le contestó. Sus oídos siguieron el curso del auto por el camino de tierra y luego lo sintió doblar hacia la carretera. Leyó unas pocas palabras, dejando que la casa se transformara y se pusiera de su lado. El diseño del mantel de la mesa de cocina parecía conspirar, los papeles matamoscas estaban tan frescos como los crespos de Ruth, la radio apagada, todo en espera. Sin prisa alguna, se encaminó al dormitorio cerca de la cocina, donde sintió que se vería bien estirar la cama y colgar su poca ropa. Bajó el visillo hasta abajo, se quitó todo lo que tenía puesto, y se metió bajo el cobertor.

No había venido sin prepararse, aun sabiendo las posibilidades eran pocas. No faltaba la preparación ahora. El silencio se sentía expectante. ¿Hasta dónde iría a llegar ella antes de creer que ya podía dar la vuelta?

El reloj dio la una, la hora en que Ruth tenía que estar en la casa de su profesor de música. Ahora sí, seguro que ahora.

Oyó la bicicleta en el maicillo. Pero la puerta de la cocina no se abrió tan pronto como esperaba. Entonces entendió que ella fue a dejar la bicicleta detrás de la casa, para esconderla.

Buena chica.

Sus pasos entraron, muy suavemente, como para no despertar a nadie que durmiera en la casa. Luego un movimiento tímido de la puerta, la que, como él ya lo había notado, no tenía cerradura de ningún tipo. Se quedó bastante inmóvil, con los ojos apenas abiertos. Le dio tiempo. Él pensaba que se iba a meter a la cama con ropa, pero no. Se estaba sacando cada prenda frente a él, con la cabeza gacha, los labios apretados que luego humedeció con la lengua. Muy seria.

Qué preciosura.

Estaban lo suficientemete avanzados para no haber oído el auto. Al principio, el hizo un buen esfuerzo para no hacer ruido, no porque creyera que estaban en peligro sino porque quería tomarlo con calma, ser muy suave con ella. Habían llegado al punto, sin embargo, de desechar esta cautela. Ella no parecía necesitar tantos cuidados. Estaban haciendo suficiente ruido los dos como para que ninguno oyera nada de afuera.

Igual no hubieran sentido el auto —lo habían estacionado lejos de la casa. Asimismo, los pasos tienen que haber sido muy suaves, la puerta de la cocina tiene que haber sido abierta con cuidado.

Si hubieran escuchado incluso la puerta de la cocina, habrían tenido un momento para prepararse. Pero lo que pasó es que se abrió la puerta de repente, antes de que pudieran comprender lo que había pasado. Y, de hecho, les tomó un minuto parar y percibir la cara de la madre boquiabierta, enorme de alguna manera, al mismo pie de la cama.

No fue capaz de hablar. Temblaba. Tartamudeaba. Se afirmó sujetándose de la armazón de la cama.

“No lo puedo”, dijo, cuando pudo. “No puedo. No puedo. Creer”.

“Ah, cállese”, dijo Royce.

“¿Tú tienes –tienes— madre?”

“No es cosa suya”, dijo Royce. Empujó a Grace a un costado sin mirarla, alcanzó los pantalones que estaban por el suelo y se los puso debajo del cobertor antes de salir de la cama. Sus movimientos apartaron a Grace de él. No lo pudo evitar, apenas se dio cuenta. Ella tenía la cabeza enterrada en las sábanas, y sus nalgas de alguna manera habían quedado a la vista.

“¿Qué has hecho?”, dijo la madre. “Te acogemos en la familia, te hacemos sentir bienvenido en nuestro hogar. Nuestra hija-“.

“Su hija toma sus propias decisiones”.

“¿Lo oyes?”, le gritó la madre a la cabeza escondida de Grace, agarrada del vestido que se había puesto especialmente para el examen de piano. No tenía dónde sentarse, excepto la cama, y no se podía sentar ahí.

Royce respondió a esto juntando sus pertenencias, ordenadas en honor a Grace. Una vez le tuvo que decir “disculpe” a la madre, pero su tono fue brutal.

Cuando Grace oyó que él cerraba su maleta se volteó y puso los pies en el suelo. Estaba perfectamente desnuda.

Dijo: “Llévame. Llévame contigo”.

Pero él ya había salido del dormitorio, de la casa, como si ni siquiera la hubiera oído.

Se fue caminando hacia el camino, tan enrabiado que no sabía dónde doblar hacia la carretera. Cuando la encontró, apenas se acordó de quedarse a la vera, fuera del alcance de los autos que pudieran pasar por la vía pavimentada. Sabía que tenía que intentar que alguien lo llevara, pero por el momento no podía detener el paso para hacerlo. No creía ser capaz de hablarle a nadie. Recordó haberle susurrado a Grace el día anterior cuando estaban haciendo el dulce de frutilla, besándola bajo el chorro de agua fría cuando la madre miraba hacia otro lado. Su pelo claro oscureciéndose en la corriente de agua. Haciendo como que la adoraba. Cómo en ciertos momentos eso había sido cierto. La locura de eso, la locura de dejarse llevar. Esa familia. La madre loca poniendo los ojos en blanco hacia el cielo.

Cuando se cansó lo suficiente y se calmó lo suficiente, aminoró el paso y levantó el pulgar para que lo llevara alguien. Había poca convicción en su gesto, pero un auto igual paró.

Siguió teniendo suerte ese día, aunque la mayoría de los trayectos eran bastante cortos. Granjeros con ganas de compañía, camino al pueblo o de vuelta a casa. Hubo conversación general. Un granjero le dijo al final del trayecto: “Oye ¿no sabes manejar?”

Royce dijo seguro que sí. “Hasta hace poco manejaba taxis”.

“Bueno, ¿no estás grandecito para andar por ahí haciendo dedo? Terminaste la universidad y todo —no crees que deberías conseguirte un trabajo de verdad?”

Royce lo pensó, como si fuera de verdad una idea novedosa.

Dijo: “No”.

Enseguida se bajó y vio al otro lado del camino en el cruce de la carretera una torre de rocas que se veía muy antigua y parecía fuera de lugar ahí, aunque estuviera cubierta de pasto y tuviera un arbolito creciendo en una grieta.

Estaba en la orilla de la Escarpa del Niágara, aunque él no conocía ese término ni nada sobre él. Pero estaba cautivado. ¿Por qué nadie le había hablado de esto? La sorpresa, el desafío como al descuido en un paisaje ordinario. Sintió una indignación algo cómica – algo hecho para que él lo explorara había estado siempre ahí, pero nadie le había dicho nada.

Sin embargo, sabía. Antes se subirse al próximo vehículo, sabía que lo iba a averiguar; no iba a soltar esto. Geología se llamaba. Y todo este tiempo había estado tonteando con argumentos, con filosofía y ciencias políticas.

No iba a ser fácil. Quería decir que tendría que ahorrar, comenzar de cero junto con mocosos espinillentos recién salidos de la secundaria. Pero eso es lo que iba a hacer.

Más tarde, siempre contaba la historia de ese viaje, de esa visión de la escarpa que había transformado su vida para mejor. Si alguien le preguntaba qué andaba haciendo por ahí, se lo preguntaba a sí mismo y luego recordaba que había ido para visitar a una muchacha.

AVIE pasó cerca del campus por un día en el otoño, para recoger algunos libros que había dejado en su antigua pensión. Fue a la universidad para ver si podía ponerlos en la librería de viejo de ahí, pero descubrió que realmente no quería hacerlo. Al principio se sorprendió de no encontrarse con ningún conocido. Luego se encontró con una chica que se sentaba a su lado en el curso sobre “Batallas decisivas de Europa”. Marsha Kidd. Marsha le dijo que todas estaban muy sorprendidas de que Avie no iba a volver a la universidad.

“Tú y Grace, qué pena más grande”, dijo Marsha.

Avie le había escrito una carta a Grace en el verano. Luego se preocupó porque tal vez la carta era algo franca en el tema de sus dudas sobre el matrimonio, y le escribió una segunda carta que era bastante ingeniosa para negar las dudas de la primera. No había tenido respuesta a ninguna de las dos.

“Le mandé una postal”, dijo Marsha. “Pensé que ella y yo podíamos arrendar algo juntas. Cuando supe que tú no ibas a estar. No es que me haya contestado tampoco”.

Avie recordó que ella y Grace hacían chistes sobre Marsha, a quien consideraban del tipo de chica tonta y cansadora a la que no le importaba ser profesora de secundaria y que nunca iba a tener un hombre detrás de ella en su vida”.

“Alguien dijo que le dio una colitis”, dijo Marsha. “Eso es cuando una se hincha entera, ¿no? Eso sería lamentable”.

Avie volvió a casa y escribió esquelas de agradecimiento, cosa que había dejado de lado. Puso en el correo los regalos que iban para Kenora. Hugo había encontrado su primer trabajo allí, en la escuela secundaria. Había arrendado un departamento para que se fueran a vivir ahí los dos. Tal vez en un año más podrían conseguir una casa.

En el verano, mientras él trabajaba en Labatt, habían pasado unos de esos sustos de embarazo, pero resultó que todo estaba bien. Así que habían ido a acampar para el fin de semana del Feriado Cívico, para celebrar, y por primera vez parecía que estaban de verdad enamorados. También fue la primera vez que de verdad hubo un embarazo, y anunciaron que se iban a casar en Kenora muy pronto, antes de que se le comenzara a notar.

No estaban descontentos con lo que pasó.

EN lo que antes se llamaba el “coche salón”, en el tren de Toronto a Montreal, Avie va a visitar a una de sus hijas. Ella y Hugo tuvieron al final seis hijos, todos ya crecidos. Hugo murió hace un año y medio. Con la excepción de ese par de años en Kenora, pasó toda su carrera docente en Thunder Bay. Avie nunca trabajó, y nadie esperaba que lo hiciera, con todos esos niños que cuidar. Pero tenía más tiempo libre de lo esperado, y se pasaba la mayor parte de ese tiempo leyendo. Cuando llegó el gran cambio en la vida de las mujeres —cuando esposas y madres que parecían contentas de repente anunciaron que no era así, cuando se empezaron a sentar en el suelo en lugar de los sofás, y tomaron clases en la universidad y escribieron poesía y se enamoraron de sus profesores o sus siquiatras o sus quiroprácticos, y empezaron a decir “mierda” y “culear” en vez de “miéchica” y “acostarse”— Avie nunca se tentó de participar. Tal vez era demasiado exigente, demasiado orgullosa. Tal vez Hugo era un blanco demasiado fácil. Tal vez lo amaba. De todos modos, ella era como era, y leer a Leonard Cohen no le iba a ayudar en nada.

Desde que enviudó, sin embargo, ha leído menos. Ha mirado más por la ventana. Sus hijos le dicen que se está ensimismando. En este viaje en tren no se ha molestado en mirar mucho su libro, aunque es bueno.

El hombre sentado al otro lado del coche la ha mirado de pasada un par de veces, y ahora la está observando bastante abiertamente. Le dice: “¿Avie?”

Es Royce. No se ve tan distinto, después de todo.

La conversación fluye con facilidad, cubriendo al comienzo el terreno de costumbre. Lo de seis hijos produce asombro. Él dice que nadie lo adivinaría al verla. No se acordaba del nombre de Hugo, pero siente mucho saber que ha muerto. Se sorprende con la idea que uno puede vivir la vida entera en Port Arthur. O Thunder Bay, como se llama ahora.

Toman gin & tonics. Ella le cuenta que Hugo no tenía preocupaciones. Se murió sentado, mirando las noticias.

Royce ha viajado. Ha vivido en varios sitios. Enseñó geología, aunque ahora está jubilado.

¿Se casó?

No. Oh, no. Y sin hijos, que él sepa.

Dice esto con ese leve guiño que acompaña esa declaración, en la experiencia de Avi.

Ahora tiene un caramelo de trabajo de jubilado. El mejor trabajo, con la excepción de la geología. Resulta que queda al este de Ontario. Donde se dirige ahora. Gananoque.

Describe el antiguo fuerte ahí, el fuerte construído en la desembocadura del río Saint Lawrence, para contener la invasión que nunca vino de Estados Unidos. El más importante de la cadena de fuertes a lo largo del Canal de Rideau. Está preservado intacto, no como réplica sino como la cosa misma. Él hace de guía, da una lección de historia. Es chocante lo poco que sabe la gente. No sólo los estadounidenses, como es de esperar. Canadienses también.

Ha escrito un librito sobre el Rideau. Se vende en el fuerte Gananoque. Se las arregló para meter ahí un buen poco de geología junto con la historia. Se metió en su campo de investigación un poquito tarde como para dejar huella. ¿Pero por qué no intentar contarle a la gente de eso? Ahora va de vuelta a casa después de un viaje a Toronto, para ver si algún librero ahí se interesaba. Algunos dejaron varios ejemplares en consigna.

Avie dice que una de sus hijas trabaja en una editorial en Toronto.

Él suspira.

“Es cuesta arriba, la verdad”, dice él abruptamente. “La gente no siempre ve lo que uno ve en esto. Pero tú estás bien, parece. Tienes a tus hijos”.

“Bueno, hasta cierto punto”, “después, sabes, ya son personas nada más. Quiero decir, son tuyos, por supuesto. Pero son realmente —son gente que tú conoces”.

Mátame, Dios, piensa ella.

“Me acuerdo de algo”, dice él, mucho más animado. “Me acuerdo de que iba en bus y pasaba por el pueblo donde tú vivías. No recuerdo si yo sabía de antemano que tú vivías ahí, pero te vi en la calle. Justo iba en el lado correcto del bus para verte. Yo iba más hacia el norte. Iba camino a ver a una muchacha que conocía en ese tiempo”.

“Grace”.

“Claro. Tú y ella eran amigas. La cosa es que te vi ahí en la vereda conversando con alguien y yo pensé que te veías irresistible. Te estabas riendo a boca llena. Tuve ganas de bajarme ahí mismo del bus y hablarte. Hacer una cita contigo, de hecho. No podía no aparecerme donde iba, pero podríamos habernos encontrado a mi regreso. Pensé: Eso es lo que tengo que hacer —quedar contigo para vernos a la vuelta. De hecho yo sabía algo de ti, ahora que lo pienso. Sabía que andabas con alguien, pero pensé: Bueno, inténtalo”.

“Nunca supe. Nunca supe que estuviste ahí”.

“Y después, al final, no volví por el mismo camino, así que no habría llegado adonde quiera que me hubieras esperado, así que todo habría resultado mal”.

“Nunca supe”.

“Bueno, si hubieras sabido, ¿lo habrías hecho? Si yo hubiera dicho ‘Espérame en tal y tal lugar, a tal y tal hora’, habrías estado ahí?”

Avie no dudó. “Oh, sí”, dice.

“¿Con las complicaciones y todo lo demás?”

“Sí”.

“¿Así que fue una buena cosa? ¿Que no nos contactamos?

Ella ni siquiera intenta contestar.

Él dice: “Agua bajo el puente”. Luego se inclina hacia atrás en el asiento y cierra los ojos”.

“Despiértame antes de que lleguemos a Kingston si es que me duermo”, dice él. “Hay algo que quiero asegurarme de mostrarte”.

No muy lejos de dar órdenes automáticas, como un marido.

Él se despierta sin necesidad de que le avise, si es que en algún momento se durmió. Se quedan sentados en el coche cuando llegan a la estación de Kingston, mientras la gente sube y baja, y él le dice que falta todavía. Cuando el tren parte de nuevo, él le explica que están rodeados de grandes bloques de piedra caliza, empacados en orden, uno sobre otro, como una gran construcción. Pero en cierto lugar esto se rompe, dice, y uno puede ver otra cosa. Es lo que se conoce como el Eje Frontenac. Es nada menos que una erupción de la vasta y loca Planicie Laurentiana, con toda esa antigua combustión que corta la caliza, derramándose, desarmando esos escalones gigantes.

“¡Mira! ¿Ves, ves?”, dice él. Y ella ve. Impresionante.

“Acuérdate de mirar si pasas por aquí otra vez”, dice él. “No se puede ver desde un auto, hay demasiado tráfico. Por eso tomo el tren”.

“Gracias”, dice ella.

Él no contesta pero desvía la mirada, asiente un poco con lo que parece un importante acuerdo.

“Gracias”, dice ella otra vez. “Me voy a acordar”.

Asiente otra vez, no la mira. Suficiente.

Cuando ese primer embarazo estaba bien avanzado, alrededor de Navidad, Avie recibió una breve carta de Grace.

He sabido que estás casada y esperando. Tal vez no te hayan contado que dejé la universidad, debido a unos problemas que tuve con mi salud y mis nervios. Siempre pienso en nuestras conversaciones y particularmente en ese sueño que me contaste. Todavía me asusta a muerte. Cariños, Grace.

Avie recordó entonces la conversación con Marsha. La colitis. El tono de la carta de Grace le parecía descentrado, con una nota de súplica en ella que la hizo posponer la respuesta. Avie se sentía bastante contenta en ese tiempo, llena de preocupaciones prácticas, años luz de lo que sea que hablaban en la universidad. No sabía si alguna vez iba a poder encontrar el camino de regreso a ese lugar o encontrar el modo de hablar con Grace en su presente estado. Y después, por supuesto, estuvo demasiado ocupada.

Le pregunta a Royce si alguna vez supo de Grace, alguna vez.

“No, ¿por qué iba a saber de ella?”

“Se me ocurrió”.

“No”.

“Se me ocurrió que podrías haberla buscado más adelante”.

“No era buena idea”.

Lo ha decepcionado. Fisgoneando. Tratando de encontrar un lugar de arrepentimiento vivo debajo de las costillas. Una mujer.

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