“I would prefer not to”: Preferiría que no

En su ensayo “Hawthorne y sus musgos”, escrito en 1850, tres años antes de la publicación de “Bartleby, el escribano”, Herman Melville señala:

Si magnifico a Shakespeare, no es tanto por lo que hizo sino por lo que no hizo, o por lo que se abstuvo de hacer. Porque en este mundo de mentiras, la verdad se ve forzada a volar como blanca paloma asustada en los bosques y sólo se revelará ante miradas habilidosas, como la de Shakespeare y otros maestros del gran arte de contar la verdad, aunque sea a escondidas y a retazos.

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Tomando en serio esta poética enunciada por Melville, basada en la reticencia, en la revelación fragmentada y en la destrucción de la certeza fácil, en mi traducción de “Bartleby” me propuse como primera tarea la de despejar y desbrozar el lenguaje, para permitir que la mirada habilidosa (astuta, perspicaz, experimentada) que pide Melville tanto para autores como para lectores siga con la mayor nitidez posible los movimientos de esa “paloma asustada en los bosques”.

Paradójicamente, me encontré con que la tarea de clarificar y transparentar se podía lograr reafirmando la fidelidad a los ritmos y registros del original. La prosa de Melville tiene la cualidad de ser capaz de mezclar con gran dinamismo lo vernáculo y la formalidad asociada a la escritura decimonónica, junto con la introspección de vuelo más existencial y poético. Por lo tanto, traducirla exige un oído atento a esa variedad y volubilidad internas. Al traducir, quise dar cuenta de esta diversidad de registros y prosodias, con las que Melville produce un efecto de fricción, aumenta la intensidad narrativa y marca los contornos de la reflexión ética que se mueve, sin revelar del todo su misterio, por todo el relato.

El cotejo con otros traductores de “Bartleby” al castellano ha sido cordial pero franco, como es propio de todo entrevero entre tahúres. Una vez embarcado en la tarea de traducir, evité consultar otras versiones —especialmente la de Borges— muy consciente de que al final del proceso igual tenía la obligación de compararlas con la mía, como estipula el protocolo de escribanos y de traductores.

En la comparación final, constaté que la versión canónica de Borges acierta al evitar el sentimentalismo y la grandilocuencia que abunda en otras versiones. Destaca por su prestancia de estilo y por sus aciertos lingüísticos. Aun así, con todas las cualidades que la mantienen como referencia indispensable, la traducción de Borges es dispareja y en ocasiones imprecisa y hasta errónea; en partes, incluso da la impresión de cierto apuro o cansancio. Aun así, el poderío de la prosa borgiana termina por colonizar el lenguaje vibrante y heterogéneo de Melville, que es mucho más variado y más áspero que ese “idioma tranquilo y hasta jocoso” que Borges le endosa en uno de sus prólogos.

La aproximación de Borges al lenguaje de Melville no es inocente, ya que propicia un acercamiento crítico que muchos repiten sin mayor cuestionamiento. Afirmar, como hace Borges, que “Bartleby prefigura a Kafka” puede resultar sugerente a primera vista pero termina siendo reductivo. El conocido y ahora predecible juego borgiano de textos y precursores quizás ilumine la lectura de Borges sobre Kafka, pero reduce la particularidad fecunda del relato de Melville.)

18192406_10155557960705942_4788211563569759036_o“Preferiría no hacerlo” se ha usado hasta ahora para trasladar al castellano la frase emblemática “I would prefer not to”.  Esta solución, usada por Borges, se ha impuesto a tal punto que es sinónima de Bartleby: la “frase power” es el término que usó el editor de Hueders, Rafael López Giral, al momento de debatir, antes de publicar, los méritos y los riesgos de cambiar la formulación.

“Preferiría que no” busca mantener la cualidad anómala y enigmática de la formulación original, la que, sin ser sintácticamente errónea, escamotea un cierre semántico fijo.

Al optar por “preferiría que no” intenté hacer eco de la anomalía inconclusa, de la condición trunca, de la infranqueable indeterminación, del equilibrismo sintáctico del original, elementos en los cuales se cifra la radicalidad del modo de resistencia encarnado en la figura del escribano, una radicalidad que no puede ser absorbida por los paradigmas con que el narrador intenta enfrentarlo. Agregar el verbo final, “hacerlo”, alivia artificialmente la tensión que sostiene todo el relato. Además, deja como único verbo ese “preferir”, verbo dúctil y enigmático que resulta clave para una lectura global del cuento.

Las otras traducciones al castellano omiten el título completo con que el texto fue publicado en la revista Putnam’s Monthly de Nueva York en 1853. La práctica de usar un título reducido también es común en las ediciones en inglés, donde a veces ha aparecido simplemente como “Bartleby”. Al restituir “Una historia de Wall Street” al título, mi traducción quiere rescatar una parte relevante del contexto en que Melville publica este relato. Putnam’s Monthly, rival de Harper’s, era una revista selecta de crítica, análisis y comentario social (incluyendo lo literario) escrita exclusivamente por autores norteamericanos y leída por una élite ilustrada y liberal para la cual, sin duda, el subtítulo era una referencia significativa.

La restitución del título completo permite subrayar la dinámica de cruces y desdoblamientos que se produce entre diversos ámbitos del relato desde un comienzo, en el particular entorno de Wall Street y el sistema judicial y penal en que se desarrolla el relato. Nos recuerda que desde el inicio la historia trata del carácter y la transformación de las relaciones tanto laborales como personales entre el narrador y su empleado, y que genera su fuerza a partir de la tensión derivada de esta oscilante dinámica de poder. El título completo nos sugiere que Wall Street —que funciona simultáneamente como sinécdoque y metonimia, al igual que la cárcel de las Tumbas donde culmina la narración— es una figuración del denso bosque de la poética melvilliana, ese espacio de luces y de sombras donde Melville esperaba que surgiera la asustadiza paloma de la verdad que él había vislumbrado en su maestro Hawthorne.

 

Esta es una versión modificada de la nota sobre criterios de traducción que aparece en Bartleby, el escribano. Una historia de Wall Street, de Herman Melville, trad. Roberto Castillo Sandoval. Hueders, 2017.

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Cuchillo entre los dientes

Todavía tengo la costumbre de referirme a Chile como mi país. Quizá sea sólo un vestigio de modales antiguos, porque cuando digo que Chile es mi país, siento en las palabras algo semejante a esa pulsación que indica en qué parte de la encía se incuba un absceso. O bien, digo “mi país” como si le agregara comillas, como quien muestra un cuchillo y luego se lo pone entre los dientes. Cuando tengo que declarar que soy chileno, siento en la boca ese bordecito metálico que me hace desconfiar de mis propias palabras.

hablarcomochilenoIgual el acento me delata. Sigo hablando casi igual que cuando me fui. Cuando hablo en castellano me reconozco en el cantito, en la atenuación Full Mode On, los recortes y las consonantes aspiradas. Me enorgullezco de saber hablar con la boca completamente cerrada. Cuando de repente veo gente hablando igual, en un tren, en un restaurante, en un aeropuerto, me digo: chilenos.

Un detector de mentiras zanjaría el asunto. ¿Es Chile tu país? ¿Eres chileno? Me muerdo la lengua y pongo el cuerpo a responder: contesta la presión sanguínea, contestan la respiración, el pulso, la conductividad de mi piel. Cuando se trata de Chile, ya no soy capaz de saber si miento o si digo la verdad. El cuerpo responde en su porfiado silencio, el cuerpo del defensor protege el balón hasta que cruza la línea sin causar mayor estrago. El defensor de camiseta roja, el pitbull con el cuchillo entre los dientes, el filo apretado contra la lengua.

El vecino y sus armas químicas: “Adams”, de George Saunders

George Saunders acaba de ganar el Man Booker Prize, tal vez el premio literario más prestigioso en lengua inglesa. Aquí pongo mi traducción de su cuento “Adams”, publicado en agosto de 2004 en The New Yorker. La versión original está aquí y también se puede escuchar la lectura de Joshua Ferris en el podcast de la misma revista, que se encuentra gratis en iTunes. El relato está modelado en una narrativa muy conocida a principios del siglo XXI y nos entrega una clave de su origen en el anagrama del título y el apellido del vecino maldito.


adams-saundersNunca me cayó bien Adams y resulta que un día lo encuentro parado en mi cocina, en calzoncillos. ¡Mirando hacia la pieza de mis niños! Así que le aforro en la nuca y se va al suelo. Cuando se para, le aforro otra vez, y al suelo. Después lo tiro rodando por las escaleras hasta el barro de la primavera que recién asomaba y le digo, Si otra vez, te lo juro por Dios, no sé ni qué decirte, pobre conchetumadre.

Karen llegó a la casa. La aparté para contarle. En corto: Mantener las puertas cerradas, y si él está en su casa los cabros chicos se quedan adentro.

Pero después de comer me puse a pensar: ¿El tipo entra en shorts y yo le aguanto así no más? ¿Es amor esto? ¿Amor por mis hijos? ¿Porque qué pasa si…? ¿Qué pasa si nos descuidamos? ¿Qué pasa si se nos sale un cabro o si él entra? No, no, no, pensé, eso no se puede aceptar.

Así que fui para allá y dije, ¿Dónde está?

Entonces Lynn me contestó, Arriba, ¿por qué?

Fui para arriba y él estaba parado frente al espejo, todavía en putos calzoncillos, sólo que ahora tenía puesta una camisa, y le aforré cuando se estaba dando vuelta. Se fue al suelo y trató de arrastrarse fuera de la pieza, pero le puse una pata en la espalda.

Si otra vez, le dije, si alguna otra vez.

Ahora estamos empatados, dijo. Yo me metí en tu casa y tú te metiste en la mía.

Pero yo andaba con pantalones, le dije, y le mini-aforré en la nuca.

Yo soy lo que soy, dijo.

¡Ésa sí que estuvo buena! ¡Que lo confesara! Así que le aforré otra vez mientras Lynn entraba diciendo Hey Roger, hey (Roger soy yo). Y entonces él se quiso levantar. ¡Ahí me fui a la cresta! ¿Levantarse? ¿En contra mía? Y le voy a aforrar otra vez, pero ella me empuja entremedio, como interviniendo. Así que para aforrarle otra vez tuve que empujarla a ella para atrás, y por mala suerte se resbaló, y se fue para abajo, y ahí se queda como tendida, con la falda arriba—¡y él se enoja! ¡Se enoja! ¡Conmigo! Él en calzoncillos, mirando hacia a la pieza de mis niños, ¿y él es el que se enoja conmigo? Cuántas noches no habré oído mochas y paipazos de la casa de Adams, con ella jadeando, Frank, por Dios, Soy Mujer, Me Estás Haciendo Daño, Los Niños Están Mirando, etcétera.

Porque ése es el tipo de hombre que es.

Así que le aforro otra vez, y cuando ella se arrastra hacia mí diciendo Por favor, Por favor, tuve que empujarla para abajo otra vez, no de mala manera sino como diciendo quédate ahí, justo cuando, por supuesto, con la suerte que tengo, los cabros chicos entran corriendo –estos cabritos Adams, hay que decirlo, son teatreros, siempre andan haciendo obras musicales en el patio, etc., etc. –así que se ponen, sabes, todos dramáticos: ¡Mamita! ¡Papito! Y, OK, eso fue penca, entonces traté de irme, pero ellos se pusieron ahí en la puerta, bloqueando la salida, como Duh, no sabemos para dónde ir, estamos paralizados. Así que salí a empujones, no fuertes, muy suaves—me dieron pena porque muchas veces había escuchado cómo Adams los chancaba a ellos también—pero igual una se cayó, en una rodilla, y le ayudé a pararse, ¡y me trató de morder! Parecía que la pendeja no cachaba nada, y me dolió, y me enojé, así que fui donde estaba Adams, que se estaba levantando, y como que le di un pape a él en la cabeza en nombre de ella, a cambio de la mordida.

Diles, le dije. Diles a tus chiquillos de mierda que no–

Entonces necesitaba tomar un poco de aire, así que me di una vuelta a la manzana, pero todavía algo no estaba bien. Porque ahora empieza, sabes. Adams ahí todo emputecido, diciéndoles mentiras sobre mí a esos cabros chicos, los cuales, dado lo que habían visto (la tanda) y lo que no habían visto (a él en calzoncillos, vuelto hacia la pieza de mis niños), se estaban tragando todas las falsedades, y yo pensaba, Super bien, ahora ellos me odian, como si yo fuera el malo de la película en todo esto, y todo el verano va a ser puras maldades, la manguera tajeada y azúcar en mi estanque de bencina, o de repente al perro le aparece una quemadura en la guata.

Así que escribo unos panfletos, diciendo, Sólo Para Que Se Informen, El Papá de Ustedes Estaba Desnudo en Mi Cocina, Frente a la Pieza de Mis Niños. Y pego uno en el mosquitero de su puerta para asegurarme de que lo vean antes de que salgan a su entrenamiento, después les meto como nueve en el buzón, y al resto les borro “El Papá de Ustedes” y pongo encima “Frank Adams” y los distribuyo en los buzones de la cuadra.

Toda la noche me llaman y me llaman los vecinos, diciendo, sabes, Llama a la policía, Adams necesita ayuda, es un tontón, siempre lo he odiado, tal vez unos cuantos de nosotros deberíamos darle una visita, pongámonos de acuerdo para ver qué hacer, mantente calmado. Ese tipo de cosas. Lo que estaba muy bien, excepto que salgo a fumar un cigarro a medianoche y ¿para dónde lo veo que está mirando, todo lleno de pica? ¿A las casas de ellos? No hay que ser ingenuo. Está mirando en dirección a mi casa, con esa mirada ardiente, y yo como que, ¿Qué estás mirando?

Soy lo que soy, dice.

Conchetumadre, digo, y me tiro a aforrarle, pero se arranca para adentro.

En cuanto a los pacos, yo opinaba: ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar a que se meta otra vez en mi casa, ahí llamar a los pacos y esperar que se quede frente a la pieza de mis niños, en shorts, hasta que lleguen?

No, lo siento mucho, ése no es mi estilo.

Al día siguiente mi cabro chico, Brian, está parado en la puerta de atrás, listo para salir con su volantín, y yo como que agarro la puerta y la dejo bien cerrada, diciendo, Nop, nop, tú sabes muy bien por qué no, campeón.

Así que ahí quedó mi pobre cabro, con el volantín en las rodillas toda la tarde, mirando a un tontón que enseña pintura en la televisión pública diciendo, “El Sombreado Es Una Manera De Dar Profundidad, ¿Qué Tal Si Lo Aplicamos A Este Tronco Que Está Aquí?

Luego el lunes en la mañana veo a Adams que va a su auto y ¡de nuevo me echa esa mirada de fuego! Nunca he recibido una mirada con tanto odio. ¡Y me muestra el dedo! ¡Como si fuera él el que está en lo correcto! Así que me tiro a aforrarle, pero se mete en el auto y se arranca.

Todo el día esa mirada la tengo en la mente, esa mirada de odio.

Y entonces pensé, Si fuera yo, si yo sintiera ese nivel de odio, ¿qué haría yo? Bueno, una cosa que haría sería contenerlo y contenerlo y entonces una noche el odio se rebalsaría y yo me metería en la casa de mi enemigo y los acuchillaría a todos mientras duermen. O los mataría a tiros. Lo haría. No podría ser de otra manera. Es la naturaleza humana. No es que le esté echando la culpa a nadie.

Pensé, Tengo que tener cuidado y proteger a mi familia, o su sangre va a quedar en mis manos.

Así que volví temprano un día y fui a la casa de Adams cuando no había nadie, y pesqué el rifle que tenía en el sótano y los cuchillos para bistec, y también los cuchillos para la mantequilla, que pueden afilarse, y también el afilador de cuchillos, y también dos abrecartas y un pisapapeles pesado, el cual, si fuera yo y hubiera perdido todas mis armas y cuchillos, seguro que usaría para reventarle la cabeza a mi enemigo mientras duerme, además de las cabezas de todos sus parientes.

Esa noche dormí mejor hasta que me desperté transpirando, preguntándome qué haría si alguien entrara y, después de empujar al suelo a mi mujer y uno de mis hijos, me robara las armas de fuego y los cuchillos y el afilador de cuchillos junto con mi pisapapeles. Y me respondí: Lo que haría sería buscar desesperadamente por toda la casa algo peligroso, como pintura, por ser, o diluyente, o productos químicos para el hogar, y después: o rodear la casa de mi enemigo en un anillo tóxico y prenderles fuego, o bien echarlos en la piscina de mi enemigo, lo que (1) destruiría el revestimiento y (2) enfermaría a los hijos de mi enemigo cuando fueran a nadar.

Entonces fui a mirar a mis niños durmiendo y, oh Dios mío, no existen niños más tiernos que los míos y, parado ahí en piyamas, pensé en Adams parado ahí en calzoncillos, luego me imaginé a mis hijos atorándose y vomitando al intentar salirse de la piscina, y pensé, No, por ningún motivo, no voy a vivir así.

Así que entré a su casa por una ventana que había forzado antes esa misma tarde, junté todos los productos químicos caseros, y, créanme, tenía un montón, mucho más que yo, mucho más de lo que necesitaba, diluyente, pintura, cal viva, gasolina, solventes, etc. Lo junté todo como en nueve bolsas de basura y estaba a punto de subir por la escalera con la primera bolsa cuando llega toda la maldita familia, me caen encima, hasta los niños, pegándome con perchas de ropa y golpeándome con libros filudos y rociándome laca de pelo en la cara, el perro también me tiraba mordiscos, y rodando por las escaleras hasta el sótano yo pensaba, Me quieren matar. Al golpearme la cabeza en el suelo de cemento, vi estrellas, y pensé, No, de verdad, me van a matar, y si me matan ya no habrá más Melanita y yo comiendo del mismo plato de cabritas, no más Briancito haciendo ese gesto de arrugar el ceño que nos hacemos mutuamente cuando uno de nosotros cuenta un chiste fome, nunca más Karen y yo tendidos lado a lado después de, mirando por la ventana, conversando de nuestros planes mientras esos pájaros de pico amarillo se suben y se bajan de los cables de la luz. Y luché por levantarme, pensando, Qué importa cómo vine a dar aquí, aquí estoy, tengo que salir de aquí, tengo que vivir. Y empecé a aforrar y aforrar, y una vez que se batieron en retirada, con Adams y su hijo adolescente protegiendo a la más chica, que desafortunadamente había ido a dar relativamente lejos debido a una pequeña patada que yo le había dado, saqué mi encendedor y le prendí fuego a la bolsa, la bolsa de tóxicos, y salí hacia la luz al tope de las escaleras, donde sabía que estaba la puerta, donde estaba la noche, y mi libertad, y mi hogar.

El FBI en acción: “La hilera de árboles, Kansas, 1934”, de David Means

Elegí este cuento para traducirlo por dos factores de los que estoy consciente. (Seguramente los que de verdad importan son los inconscientes, pero ésos son por naturaleza insondables). El primer factor es el efecto que me causó cuando lo escuché leído por Thomas McGuane en un podcast de The New Yorker. Fue un efecto retardado, como si la narrativa doble, helicoidal, (la de los eventos y la de la evocación) se asentara después de un rato y desplegara sólo entonces su potencia emocional al destensarse. El segundo factor, íntimamente relacionado con el primero, es el uso del lenguaje, una imbricación tan exacta que se da el lujo de incluir divagaciones sin alterar su pulcritud narrativa ni la precisión de las imágenes.  Means construye esta imbricación como un dispositivo de memoria para unir esos dos momentos y traer con ellos la voz perdida del joven agente Barnes y la del veterano Lee. Más que una historia de policías y maleantes, es un relato de combate.

El relato apareció en octubre de 2010 en The New Yorker con el título “The Tree Line, Kansas, 1934”.



LA HILERA DE ÁRBOLES, KANSAS, 1934

David Means

Ilustración de Rutu Modan

Ilustración de Rutu Modan

Cinco días de intercambiar binoculares y turnarse para esconderse entre los árboles y fumar sin ser visto. Cinco días de vigilancia, esperando a ver si por alguna casualidad Carson iba a volver a la granja de su tío. Cinco días de escuchar al joven agente, apellidado Barnes, recitar verbatim del expediente: Carson tiene propensión a hacer disparos de advertencia; se especula que la visión limitada del ojo izquierdo de Carson hace que sus tiros se desvíen hacia la derecha de su blanco; tiene limitado control sobre sus impulsos. Cinco días de escuchar a Barnes hacer el recuento del patrón de asaltos que comenzó en el extremo norte de Texas y siguió hasta el mismo Wisconsin, luego bajando a Kansas otra vez, hasta que la pista se enredó en la ineptitud torpe del Bureau. Durante cinco días Barnes habló, mientras Lee, más viejo y con sus buenas cicatrices, asentía y dejaba que el muchacho desarrollara sus teorías. Cinco días reducidos a una sola conversación.

Años más tarde, jubilado, sentado en el porche con vista al lago mientras su mujer hacía sonar ollas en la cocina, silbando para sí misma con suavidad, Lee iba a saber, o a creer que sabía, que aun en ese momento en Kansas, volteándose para hablarle a Barnes, había tenido el pálpito de que algún día él iba a jubilarse y a meditar sobre ese instante en particular –allá en la hilera de árboles— porque eso es lo que uno hacía después de una vida entera dedicado a pensar en la cabeza de otra gente. Jubilado, uno se volvía hacia sí mismo y trataba de arreglárselas sin tener que pensar sobre la manera en que otros pensaban. Uno ponía las piernas encima de algo y se sentaba a analizar con pinzas los escenarios que habían acabado con uno vivo y con otros muertos, aprovechando el hecho de que todavía uno sigue vivo mientras esos otros no y, al hacerlo, disfrutar –con un sentimiento de gloria de tipo religioso— el hecho de que uno se la pudo para acabar ahí mirando un lago un día limpio y sereno de verano mientras el viento corría por la otra orilla y un bote solitario remaba suavemente, arrastrando un sedal de pesca.

Cinco días había escuchado a Barnes, quedándose callado, conteniéndose para no decir mucho, hasta el día final, cuando Barnes se volvió hacia él y dijo: Mire, Lee, lo que estamos haciendo aquí es perder el tiempo. Carson no va a venir, quiero decir, carajo, reconozcámoslo, es poco probable que llegue por ese camino. Así que Lee dijo, finalmente: Bien, si Carson viene será porque ha sopesado el gran riesgo de que estemos aquí contra un beneficio aún más grande. Como tú mismo dices, no es el tipo de persona que vaya a volver sólo a ver parientes. No es el tipo –y vaya que hemos visto suficientes de ésos— que se pone en peligro para visitar un tío en una granja arruinada. Si viene, es porque viene a recuperar un botín escondido. No por otra razón. Pero para estos tipos eso no es suficiente. Si tiene algún botín por acá, se va a arriesgar. Es así de simple. Ahora voy para los árboles a fumar y tomar un descanso. Y sin esperar respuesta se arrastró entremedio de las malezas hasta los árboles, donde, ya libre de sus obligaciones con el joven agente, se sacó la rigidez estirando las piernas, prendió un cigarro y sintió el cosquilleo que le empezó a funcionar muy dentro del estómago, enfocándose –como sólo lo puede hacer desde el estómago—en los siguientes detalles:

  1. El cambio imperceptiblemente lento de la luz en los últimos días al estirarse las sombras polvorientas a través del campo y luego acortarse gradualmente hasta que, después del cénit solar, se alargaban mientras que el cielo soltaba de su control al sol y una marga violeta y rubicunda enrojecía el horizonte.
  2. El modo en que el camino se abría desde el punto de perspectiva, exponiendo su boca a la granja mientras, al mismo tiempo se encogía hacia atrás dentro de los temblores del calor de manera que se hacía difícil y a veces imposible observarlo.
  3. El avistamiento de Vern, tío de Carson, saliendo el lunes y de nuevo el jueves, arrastrando los pies con un leve cojear, la espalda curva, moviéndose por la casa y desapareciendo de la vista por unos pocos minutos (causando un aumento de la inquietud de los dos hombres que esperaban que volviera a aparecer), luego retrocediendo el tractor con el arado puesto y arando, al parecer, por puro arar, porque era claro que la tierra estaba muerta y sin valor. Arando el mismo pedazo el jueves que ya había arado el lunes, mandando una nube de polvo que flotaba en el aire.
  4. Lo indecoroso, en un agente del FBI, de los arrebatos ocasionales de Barnes (¡Mierda, qué pérdida de tiempo!). Siempre una frase o dos sobre lo inútil de la misión en relación al uso del tiempo y de las otras cosas que podría estar haciendo: por ejemplo, seguir a ese matón mafioso –John Bradfield—cuyo expediente, cargado de datos, estaba guardado en el cajón de su escritorio en el cuartel.
  5. El aumento gradual de su propia conciencia de la granja y su conexión con la red de los caminos menores, caminos de gato, como se los llamaba, al noroeste y al sudeste, junto con rutas todavía más pequeñas cuyo propósito se había perdido en el tiempo: antiguas huellas de carromato y senderos de indios que se presentaban como corredores potenciales hasta el borde mismo de los grandes corrales de ganado de Chicago. (Los caminos que no aparecían en los mapas eran la perdición del Bureau). Esos caminos escondidos se habían empezado a aparecer en la conciencia de Lee mientras manejaba de vuelta al pueblo, al pasar junto a interrupciones en los alambrados, donde surgían desde los pastizales. El lunes, Barnes dijo: Hasta donde veo, tiene una sola entrada y una sola salida. Lo que podría dejar más en ridículo a Carson si tratara de venir a visitar. El martes, dijo: Esto es una ratonera. Una entrada, una salida. No es del tipo que caiga en una trampa así. (Así funcionaba la cosa: un agente sin experiencia reiteraba lo que él pensaba que era obvio sobre el terreno, repetía los detalles conocidos una y otra vez, como para asegurarse a sí mismo de que todo estaba dispuesto correctamente, que lo que había sido imaginado en el cuartel de Chicago –usando mapas y dibujando líneas—correspondía propiamente a la realidad de Kansas).
  6. Un defecto inherente en la dinámica entre los dos compañeros mientras yacían lado a lado, tan inmóviles como era posible mientras las malezas –la mayor parte brotes de avena salvaje, con un manchón de zanahoria silvestres— oscilaban, lánguidamente traduciendo la brisa del miércoles (el único día de viento) en movimiento, como si el mundo, al desplegarse con deslumbrante elegancia, se estuviera preparando para la llegada inminente de Dios, o de un arma, su estómago le dijo, con esas mismas palabras. Algo grande se aproximaba, el viento había dicho. Era una señal segura. Cualquier policía sabía que el viento levantándose así tenía que significar algo. Pero el muchacho había distraído a Lee. Después de todo, uno lee el paisaje en signos: la forma en que el camino se queda silencioso por cierta cantidad de tiempo; un manchón solitario de maleza en la zona de las Cuatro Esquinas que, después de tres días de relativa calma, de pronto se oscurece a causa de una de esas formaciones raras de nubes, no un cúmulo de tormenta, sino una nube que parece resistir alcanzar su tamaño total, lo que a uno le da, ahí sentado en el auto masticando un mondadientes, la sensación de que algo anda raro.
  7. No era simplemente lo que Barnes decía, o su torpe incapacidad de establecer algún tipo de silencio sensato, sino también la manera en que redondeaba sus palabras, puliéndolas, lustrándolas con un estilo de elocución que no pegaba con el paisaje. Hablaba al estilo chupándose-las-mejillas de un hombre que diserta con inmerecida autoridad, al decir: Es muy improbable, Lee, considerando los patrones establecidos por sus movimientos previos, que se aventurase, lástima, como he dicho varias veces en ocasiones anteriores, a arriesgarse a llegar a un lugar identificado como parte de sus movimientos anteriores. Saliendo de sus blancos dientes limpios, su voz tenía un tono de recórcholis juvenil hasta que agarraba vuelo y cambiaba para considerar los penosos alrededores. Entonces apretaba sus frases y trataba lo mejor que podía de sonar hastiado de la vida (sin nunca mirar a Lee en esos momentos; evitando los ojos de Lee, de un gris moteado, arrugados y hundidos en los pliegues de su cara, al estilo de viejo policía tejano), diciendo: Así lo veo yo, señor — Carson empezó siendo un fraude. Otro chico más tratando de hacerse fama como asaltante. Sin corazón de verdad. Trató de hacer el papel de Robin Hood dándoles un poco de dinero a algunos clientes bancarios a mal traer. Pero cuando llegó al norte ya tenía mucha presión encima. Ahora tiene ese estilo de disparar primero que viene de saber la verdad. Si uno sabe la verdad, dispara primero. En ese punto, la voz de Barnes cambiaba otra vez, deslizándose con naturalidad al surco de sus pensamientos, abriéndose a un tono más profundo, más especulativo, al hablar y hablar (o eso le parecía a Lee, que mantenía la vista en la granja), explicando que Carson era un hombre que tenía sentido de sí mismo, que sabía quién era de una manera que los rateros de antaño nunca tuvieron. Carson operaba desde una sicología más profunda, calculando su comportamiento a partir de lo que otros pensaban, no sólo calculando los patrones de la ley, que eran por lo general bastante fáciles de estimar, sino también lo que la ley, lo más probablemente, iba a especular; así que era improbable, digamos, que regresara—aunque hubiera botín involucrado—a desenterrar algo en la granja del tío, sabiendo instintivamente que la tendríamos vigilada… (Lee escuchaba a medias, tratando de borrar la voz del muchacho, enfocando la atención lejos de la casa, hacia el camino, que venía derecho desde el horizonte. El horizonte, el entendía, era un enemigo. El horizonte alteraba las probabilidades. El horizonte –siempre hipnotizante si se lo mira por demasiado tiempo— podría apoderarse de la operación de vigilancia. Lee una vez había sido derrotado por el horizonte en Waco, cuando trabajaba por su cuenta para el gobernador, siguiendo la pista de un asesino llamado Newfield. Dos días vigilando una casucha hasta que sus ojos se fijaron por demasiado tiempo en el horizonte –crepúsculo— y quedaron pegados ahí mientras la presa se aprovechaba y, antes de que Lee pudiera despabilarse, escapó con un rugido, dejando una pluma de polvo tras de sí). Barnes seguía hablando, decía: Este tipo sabe que estamos buscando patrones de conducta y hasta se le ha ocurrido, me aventuro a decirlo, la idea de que nosotros pronosticaríamos que no iba a volver por aquí, y al calcular que él calcula que nosotros calculamos que no va a volver, calculará que nosotros vamos a tomar ese cálculo en consideración –el patrón en potencia—y vamos a vigilar la granja de su tío. Tú ves, Lee, yo creo que tiene una conciencia de sí mismo que no la tiene un tipo como Hoover. (Y tú si, pensó Lee, levantando la cabeza, asintiendo, sintiendo –otra vez—un intenso deseo de fumar).

Años más tarde, en su cabaña de verano en Wisconsin, sentado en el porche y mirando el agua, oyendo cómo Emma cocinaba adentro o miraba televisión, él iba a volver a esa conversación, examinándola de cerca, y se iba a preguntar si había errado el paso en ese momento. Cierra el hocico, le podría haber dicho. Cállate, chico. Puedes hablar hasta que se acaben las palabras, pero por mucho que digas o pienses, lo único que importa es que hay una posibilidad de que Carson aparezca. Aun más tarde, Lee iba a comprender que al callar su punto de vista el había permitido una distracción mucho más peligrosa, una vibración paternal —inquietante y tácita— entre ellos. (Ese chico era como un hijo para mí, le dijo a su mujer. Me sacaba de quicio igual como yo sacaba de quicio a mi viejo. Excepto que el viejo me hubiera sacado las orejas a golpes).

Esa tarde, mientras se arrastraba hacia donde estaba Barnes, la sensación en el estómago se le subió a la garganta y luchó por meterse en la cabeza. Nota: un presentimiento de estómago finalmente se transforma en una corazonada cuando toma la forma de declaraciones verbales claras y precisas dichas en voz alta a alguien –interno o externo— dispuesto a escuchar y que responde de la misma forma. Una corazonada se enreda dentro de los tendones y los huesos, se integra en la fisicalidad del momento, mientras que un presentimiento de estómago sólo puede aspirar a convertirse en corazonada y, una vez que eso pasa, se lo puede identificar retrospectivamente como un presentimiento. Antes de que Lee pudiera expresar su corazonada, Barnes se limpió la frente con un pañuelo y dijo: Carajo, Lee, ¿dónde te habías metido? ¿Fuiste al pueblo a comer algo? Y Lee dijo: No, sólo a fumar. ¿Ha pasado algo por acá? Barnes levantó los binoculares, los bajó, apretó los labios como si estuviera meditando algo profundo y luego dijo, con una voz sarcástica recién sacada: Diablos, te lo perdiste todo, Lee. Carson llegó con toda la tribu. Creo que hasta “Niño Bonito” Floyd apareció. Con mujeres y todo. Hicieron un picnic ahí cerca del molino —pollo frito, sandía, pastel de manzana, con todo. Dispararon al aire para celebrar, desenterraron el botín (en eso tenías razón), y partieron. Los tuve que dejar, ya que tú no estabas aquí. Me dije a mí mismo: el agente Lee está fumando allá atrás y no lo voy a molestar al hombre. Ahora, si no te importa, allá voy yo también a fumar un cigarrillo. Luego se arrastró entremedio de las malezas y desapareció en la hilera de árboles, dejando a Lee solo para vigilar la granja.

El destino opera en forma retroactiva. Al turnarse para fumar, los dos hombres habían tratado de romper el tedio de la mejor manera posible, cortando los días, sosteniendo la atención sobre el terreno y la casa según los dictados del entrenamiento, sabiendo que por lo menos uno de ellos tenía que mantenerse con los ojos fijos en la granja, porque si los dos desviaban la vista, aunque fuera por un minuto, eso traicionaría en teoría al agente Jones y al agente Tate, que se habían quedado con el turno de noche, tomando café en termo, zamarréandose mutuamente para mantenerse despiertos, saliendo al camino al amanecer, cansados hasta los huesos, diciendo: Nada se movió por ahí, ni siquiera la oscuridad. Ni una sola maldita cosa, un cero total. Buena suerte, muchachos.

Años más tarde, en el replay reductivo, en cámara lenta, de la memoria, el sedán Buick –recién robado de un distribuidor en Topeka— apareció de repente al emerger de un camino secundario al oeste y que topaba el camino principal a un cuarto de milla de la granja Carson, lo suficientemente metido en las ondas de calor como para proveer el elemento sorpresa. Primero fue sólo el breve resplandor del radiador cromado, una chispa de luz donde el camino desembocaba en el campo recién arado. Luego, en cosa de segundos, el resplandor se convirtió en un automóvil completo, se deslizó a lo largo de la casa, rugió al frenar, se cimbró pesadamente al arrojar tres hombres. (Lee usó esa palabra en su informe: El automóvil arrojó tres hombres que se distribuyeron para hacer un reconocimiento de la propiedad). Carson apareció un momento más tarde, bajando del auto con sus manos bien abiertas, cojeando un poco (la herida de rebote de Michigan City, pudriéndose), mirando a su alrededor nerviosamente mientras daba órdenes a sus hombres y mientras Lee, escondido en el pasto, entendía instantáneamente lo que sigue:

  • (A) Cuatro años de asaltos y de encuentros con la ley les habían dado a los hombres de Carson un sentido innato de que algunas situaciones imprevistas –una operación de vigilancia, máximo de dos o tres hombres— se enfrentaban mejor de una manera rápida e irreflexiva que incluía usar un poder de fuego apabullante sobre agentes del Bureau probablemente agotados y que se habían pasado días enteros vigilando, escondidos en el pasto o detrás de los árboles. (Sabían que estábamos ahí, Lee dijo más tarde. Calcularon que éramos uno, dos a lo más. Estábamos cortos de personal y ellos lo sabían. Me congelé. Mi cálculo acerca de cuánto terreno había entre mi posición y la casa estaba alterado. Estaba solo. Sobrepasado en poder de fuego.
  • (B) Cuando los hombres de Carson avanzaban, sentían claramente, aunque intuitivamente, el modo en que vigilar comprime el tiempo, apretándolo –días de inactividad puntuados por pausas ocasionales para cagar, mear, fumar, tomar, comer y estirarse, todo eso interrumpido sólo por acciones insignificantes y periféricas en la observación. (La gente de la ciudad llegaba a la escena del campo como fuego cortando hielo, Lee iba a pensar más tarde. Tenían ese caminar urbano, mientras que nosotros nos habíamos olvidado de cómo funcionaba el tiempo fuera de los confines de la granja).
  • (C) Los hombres de Carson avanzaron, como si atravesaran las calles de Chicago, con sus trajes negros todavía más negros bajo la luz difusa. Tenían una despreocupación elegante por el paisaje, lo que les venía del hecho de que la mayoría de ellos había nacido y crecido en granjas o en puebluchos polvorientos, y habían dejado atrás esa parte de su vida, aprendiendo cómo pararse en la ciudad, ajustándose las colleras, doblando el ala del sombrero, tocándose la corbata mientras escondían sus verdaderas intenciones contando chistes, moviéndose constantemente para ocultar el silencio estático de lo que estaba sucediendo. Mientras los hombres se acercaban al puesto de Lee, Carson caminó lentamente hacia la derecha del establo, mirándose los pies, moviéndose, a pesar de su leve cojera, con una facilidad que revelaba su deseo, aun en este lugar, de parecer casual, levantando la cabeza para oler el aire antes de continuar por el costado de la casa. (Empezó al lado sur de la casa, puso un pie delante de otro, de punta y talón, marcando con cuidado, tratando de localizar el lugar donde estaba enterrado el botín, Lee iba a escribir en su informe).

Atrás en la hilera de árboles, Barnes se había fumado dos cigarrillos mientras observaba el paisaje: una pequeña hondonada en los árboles debido a la quebrada, que estaba cubierta con un pequeño fleco de helechos verdes. El horizonte se perdía misericordiosamente entre los árboles, de modo que desde ese punto de vista –incluyendo en el cálculo su profunda convicción de que la operación era inútil— es muy probable que sintiera que se le venía un profundo descanso, una sensación de calma omnisciente que venía de ser joven y sin experiencia, y fue probablemente esto, combinado con el placer que el tabaco le estaba dando, lo que lo llevó a pensar que ese momento reflejaba de algún modo el estado general del mundo. (A lo lejos, el sonido de un motor devorado por la tierra. A lo lejos, el ruido amortiguado de una puerta que se cierra). Lo que haya sido que afectaba los pálpitos de Barnes durante los días de la vigilancia se combinó con la callada belleza allá atrás en los árboles, amplificado por la infertilidad de la granja en relación con la humillación (sí, una operación de vigilancia era un acto de humildad que podía con facilidad, si no se lo llevaba a cabo apropiadamente, convertirse en una humillación), se combinó, a su vez, con un deseo natural del joven agente, e hizo que se saltara el procedimiento operativo estándar, que se moviera con naturalidad, de modo que el muchacho salió caminando de la hilera de árboles ese día muy erguido y alto, moviéndose con seguridad, confiado en sus sensaciones, dejando de lado trabajosamente su propia conciencia (la que estaba roma, Lee se imaginó más tarde, por el tedio persistente de una escena que había transcurrido, con la excepción del viejo arando el lunes y otra vez el jueves, y el viento el miércoles, para su mente juvenil, por lo que parecía una eternidad). Dio un paso adelante hacia un momento único y feroz. Dio un paso adelante hacia una furia de disparos mientras su mente –joven y tonta pero a pesar de eso hermosa— permanecía en parte allá atrás en los árboles, absorbiendo la soledad, meditando sobre cómo se sentía el futuro cuando un hombre estaba enraizado en un solo lugar, esperando un desenlace improbable, un desenlace que, te lo aseguro, nunca, nunca iba a llegar.treeline2

Uno de Tobias Wolff: “Bala en el cerebro”

La estructura de este relato no puede dejar de evocar “El milagro secreto” de Borges, pero allí donde Borges se esmera en la filigrana literaria (“en una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija”) y en la minucia histórica que explica el fusilamiento del impronunciable Hladík, la bala  de Tobias Wolff se interna por caminos donde las causalidades pueden ser 2015BULLETI_AMQcómicamente predecibles o bien lo contrario, producto de una mecánica inesperada, la que mueve el trayecto de una bala que atraviesa el cerebro de Anders, el crítico literario. Hay una mezcla de registros que plantea desafíos interesantes para la traducción, Cualquier opinión sobre los resultados será muy bienvenida.

Hablando de causalidades: Me interesó incluir a Tobias Wolff en esta serie porque en una entrevista en la Paris Review declara que le toma mucho tiempo ponerse al día con los lugares en que ha estado, condición con la que este traductor emigrante se identifica a cabalidad. Wolff nació en Alabama en 1945. Este cuento se publicó originalmente en The New Yorker en 1995.


BALA EN EL CEREBRO

Tobias Wolff

Anders no pudo llegar al banco hasta justo antes de que cerraran, así que por supuesto la cola era infinita y le tocó quedar detrás de dos mujeres, cuya conversación chillona y estúpida lo puso de un humor asesino. De todas maneras, nunca andaba del mejor humor este Anders, crítico de libros conocido por el salvajismo fastidiado y elegante con que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola todavía daba un par de vueltas alrededor del cordón, una de las cajeras puso un letrero de “CAJA CERRADA” en su ventanilla y se fue a la parte de atrás del banco, donde se apoyó en un escritorio y empezó a pasar el rato con un tipo que movía papeles para allá y para acá. Las mujeres delante de Anders pararon de hablar y miraron a la cajera con odio.

“Oh, qué bonito”, dijo una. Se dio vuelta hacia Anders y agregó, confiada en que él iba a estar de acuerdo, “Uno de esos pequeños toques de humanidad que nos hacen volver por más”.

Anders había engendrado su propio odio creciente por la cajera, pero lo dirigió inmediatamente a la presumida y quejumbrosa que tenía al frente. “Pucha, sí, qué injusto”, dijo. “Trágico, en realidad. Cuando no le amputan a uno la pierna equivocada, o le bombardean la aldea ancestral, vienen y cierran la caja”.

Ella no se amilanó. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Yo solamente opino que es pésima forma de tratar a los clientes”.

“Imperdonable”, dijo Anders. “Dios lo tendrá en cuenta”.

La mujer se chupó las mejillas, pero se quedó mirando por encima del hombro de él, sin decir nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, también se puso a mirar en la misma dirección. Y luego las cajeras dejaron de hacer lo que estaban haciendo, y los clientes lentamente se dieron vuelta, y en el banco se hizo el silencio. Dos hombres de pasamontañas negro y terno azul estaban de pie al lado de la entrada. Uno de ellos tenía puesta una pistola en el cuello del guardia. El guardia tenía los ojos cerrados y movía los labios. El otro hombre portaba una escopeta recortada. “¡Todos se callan!”, dijo el de la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguna de las cajeras da la alarma, todos ustedes son fiambres, ¿entienden?”

Las cajeras asintieron.

“Ah, bravo”, dijo Anders. “Fiambres”. Se volvió a la mujer delante suyo. “Tremendo parlamento, ¿ah? La poesía severa y con manoplas de bronce de la clase peligrosa”.

Ella lo miró con ojos de ahogada.

robber11n-3-webEl tipo de la escopeta obligó al guardia a arrodillarse. Le pasó la escopeta a su socio, le tironeó hacia atrás las muñecas y le puso un par de esposas. Lo botó al suelo de una patada entre los hombros. Luego retomó la escopeta y se acercó a la puerta de seguridad, al final del mesón. Era bajo y gordo y se movía con una lentitud extraña, casi con torpeza. “Ábranle”,dijo su socio. El tipo de la escopeta abrió la puertecita y se paseó entre la fila de cajeras, pasándole a cada una su bolsa de basura. Cuando llegó a la caja vacía, miró al de la pistola, que le dijo: “¿De quién es ese puesto?”.

Anders observó a la cajera. Ella se llevó la mano a la garganta y se volvió al hombre con que había estado conversando. Él asintió. “Mío”, dijo.

“Ponte las pilas, huevona fea, y llena la bolsa”.

“Ya estamos”, le dijo Anders a la mujer delante suyo. “Se ha hecho justicia”.

“¡Oye, chistosito! ¿Te dije que hablaras?

“No”, dijo Anders.

“Entonces cierra el hocico”.

“¿Oyeron eso?, dijo Anders. ‘Chistosito’. Sacado de ‘Los Soprano’”.

“Por fávor cállese”, dijo la mujer.

“Hey, ¿tai sordo o qué te pasa? El tipo de la pistola se acercó adonde estaba Anders. Le enterró la pistola en la guata. “¿Creís que estoy puro hueveando?”

“No”, dijo Anders, pero el cañón le hacía cosquillas como un dedo tieso y tuvo que luchar para contener la risita nerviosa. Lo hizo obligándose a mirar directo a los ojos del tipo, claramente visibles tras los hoyos del pasamontañas: de un azul pálido, irritados y con los bordes enrojecidos. El párpado izquierdo del tipo le tiritaba. Exhalaba por la boca un olor penetrante de amoníaco que le chocó a Anders más que cualquier cosa que había pasado hasta entonces, y había empezado a acrecentársele una sensación de inquietud cuando el tipo lo picaneó otra vez con la pistola.

“¿Te gusto yo, chistosito?”, dijo. “¿Me querís chupar el pico?”

“No”, dijo Anders.

“Entonces deja de sapearme”.

Anders fijó la mirada en los los zapatos del tipo, bien lustrados y de puntera fina.

“Allá abajo no. Allá arriba”. Le metió la pistola a Anders debajo de la barbilla y la empujó hasta que Anders quedó mirando hacia el cielo.

Ceiling-mural-425x425Anders nunca le había puesto atención a esa parte del banco, un edificio antiguo y pomposo con pisos y mesones y pilares de mármol y caligrafía dorada sobre las jaulas de las cajeras. La bóveda del cielo estaba decorada con figuras mitológicas cuya fealdad carnosa, envuelta en togas, Anders había observado de una mirada muchos años antes y que después había rehusado notar. Ahora no le quedaba otra alternativa que hacer un escrutinio del trabajo del artista. Era peor de lo que recordaba, en su totalidad ejecutado con la más absoluta solemnidad. El artista tenía su arsenal de trucos y los usaba una y otra y otra vez – cierto difuminado rosáceo debajo de las nubes, una miradita tímida hacia atrás de los cupidos y los faunos. El cielo estaba abigarrado de varios dramas, pero el que le llamó la atención a Anders fue el de Zeus y Europa – presentado en esta versión como un toro mironeando a una vaca detrás de un pajar. Para hacer sexy a la vaca, el pintor había inclinado sus caderas de manera sugerente y le había puesto unas pestañas largas y lacias, a través de las cuales ella le devolvía la mirada al toro con una bienvenida seductora. El toro tenía una media sonrisa y las cejas arqueadas. Si hubiera una burbuja de cómics saliéndole de la boca, habría dicho: “Aquí está papi”.

“¿De qué te reís, chistosito?”

“De nada”.

“¿Me encontrai divertido? ¿Creís que soy payaso?

“No”.

“¿Creís que podís huevear conmigo?”

“No”.

“Huevéame otra vez, y te cago. ¿Capish?”

Anders se rió a carcajadas. Se tapó la boca con las dos manos y dijo, “Disculpe, disculpe”, y luego no pudo evitar un resoplido de risa por entremedio de los dedos, y dijo: “Capish, ah, Dios mío, capish”, y ahí el tipo de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

bulletbrainLa bala rompió el cráneo de Anders y le atravesó el cerebro y salió por detrás de su oído derecho, dispersando fragmentos de hueso en la corteza cerebral, el cuerpo calloso, atrás hacia los ganglios basales, y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto pasara, la primera aparición de la bala en el cerebelo gatilló una cadena crepitante de transportes iónicos y neuro-transmisiones. A causa de su curioso origen, éstas trazaron un patrón curioso, despertando aleatoriamente una tarde de verano de hacía unos cuarenta años y desde entonces perdida en la memoria. Después de impactar el cráneo la bala se desplazaba a 300 metros por segundo, velocidad patéticamente lenta, glacial, en comparación con el relámpago sináptico que se desencadenó a su alrededor. Una vez en el cerebro, esto quiere decir, la bala quedó bajo control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders amplio tiempo de ocio para contemplar la escena que –usando una expresión que él aborrecería— “pasaba delante de sus ojos”.

Vale la pena tomar nota de lo que Ambers no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que él más enloquecidamente amaba de ella, antes de que terminara irritándolo – su carnalidad desvergonzada, y especialmente el modo cordial con que trataba a su aparato, a quien ella apodaba Señor Topo, como en “Oh, oh, parece que el Señor Topo quiere jugar” y “¡Escondamos al Señor Topo!”. Anders no recordó a su esposa, a quien él también había amado antes de que ella lo extenuara de tan predecible, o a su hija, ahora una hosca profesora de economía en Dartmouth.

No recordó estar de pie cerca de la puerta de su hija mientras ella sermoneaba a su oso por portarse mal y le describía los castigos realmente espantosos que iba a recibir si no cambiaba su forma de ser. No recordó ni un solo verso de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder darse escalofríos a voluntad – ni “Silencioso, sobre una cima de Darien”, ni “Dios mío, supe este día”, ni “¿Todas mis bellas? ¿Has dicho todas? ¡Oh, cometa infernal! ¿Todas?”. Ninguno de estos recordó, ni uno solo. Anders no recordó lo que dijo su madre moribunda sobre su padre: “Debería haberlo apuñalado mientras dormía”. No se acordó del profesor Josephs contándole a sus alumnos que los prisioneros atenienses en Sicilia eran liberados si eran capaces de recitar a Esquilo, y luego recitando a Esquilo él, ahí mismo, en griego antiguo. Anders no recordó cómo le ardían los ojos con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la tapa de una novela poco después de graduarse, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de entregar respeto.

Tampoco recordó que había visto a una mujer saltar al vacío desde el edificio opuesto al suyo, días después de que nació su hija. No recordó haber gritado: “¡Dios tenga misericordia!” No recordó haber chocado a propósito el auto de su padre en un árbol, o que tres policías le habían pateado las costillas en una protesta contra la guerra, o despertarse de risa. No recordó cuándo había empezado a mirar la pila de libros en su escritorio con aburrimiento y espanto, o cuándo se enrabió con los autores por escribirlos. No se acordó de cuándo todo le comenzó a recordar otra cosa.

Esto es lo que sí recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el chirrido de los insectos, él mismo apoyado contra un árbol mientras los niños de su barrio se juntan para organizar un juego. Él mira mientras los otros discuten sobre quién es más genio, si Mantle o Mays. El tema los ha preocupado todo el verano y para Anders se ha vuelto tedioso: una opresión, como el calor.

Luego llegan los dos último chicos, Coyle y un primo de Mississippi. Anders no conoce al primo de Coyle y no lo verá nunca más. Le dice hola como el resto pero no le presta mucha atención hasta que han elegido a los equipos y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el chico. “Paracorto es el mejor puesto que haiga habido”. Anders se voltea y lo mira. Quiere que el primo de Coyle repita lo que acaba de decir, pero no se atreve a pedirle que lo haga. Los otros van a pensar que está poniendo pesado, molestando al cabro por la gramática. Pero no es eso, para nada – es que Anders se siente extrañamente estimulado, exultante, ante esas palabras finales, su cualidad inesperada y su música. Ocupa su puesto en el campo, en trance, repitiéndoselas a sí mismo. La bala ya está dentro del cerebro; no la van a mantener a raya para siempre, o a detenerla como por encanto. Al final hará su tarea y va a dejar atrás la aproblemada calavera, arrastrando tras de sí su cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del vestíbulo comercial. Eso no se puede evitar. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras se alarguen sobre el pasto, tiempo para que el perro encadenado le ladre a la pelota en vuelo, tiempo para que el muchacho en el jardín derecho golpee su guante negro de sudor y coree suavemente, Que haiga habido, que haiga habido, que haiga habido.

 

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