Crónica de acción de gracias

De todos los feriados norteamericanos, el Día de Acción de Gracias es el que más me gusta. La celebración consiste en una comilona que dura un jueves entero y que se prolonga, con las abundantes sobras, hasta pasado el domingo. El despliegue nacional de gula está fijado para la tercera semana de noviembre, y conmemora una hambruna de los peregrinos puritanos que colonizaron Nueva Inglaterra. Viendo lo famélicos que estaban los invasores, los indios de la zona les dieron de comer pavo silvestre, calabaza cocida y maíz de colores. Los colonos les expresaron su gratitud y después los exterminaron, aunque para ser justos hay que decir que los descendientes de los puritanos conmemoran puntualmente la generosidad de los salvajes con grandes banquetazos.

En noviembre de 1980 quise escapar del encierro bucólico de mi universidad en Ohio, aprovechando el asueto de este famoso Día de Gracias. Tenía deseos de caminar por una verdadera ciudad de calles atestadas y edificios altos, con olor a humo, a pan recién horneado, a fritura, a sobaco, por qué no, a basura de verdurerías y alquitrán. Sentía nostalgia de desafiar semáforos y parachoques, quería verme rodeado otra vez de de animales urbanos como yo comiendo vereda, chocando, perdiéndome. Se me había metido en la cabeza pasar esa semana de libertad en Nueva York, pero no sabía cómo me las podía ingeniar para llegar. Hacía décadas que el tren había dejado de pasar por las colinas selváticas de Ohio. Si no lograba salir del pueblucho de mi universidad, estaba obligado a quedarme en la residencia vacía, con los estudiantes “internacionales” que, igual que yo, no tenían dónde ir y poco que agradecer. Estaba dispuesto a cualquier cosa para evitar el panorama de quedarme junto dos griegos sombríos y dos marroquíes taciturnos con quienes mantenía una semblanza de amistad.

Una semana antes de las vacaciones, cuando salía de fregar platos en la cafetería, encontré en un diario mural un inmenso mapa de los Estados Unidos. Era un ride board, un sistema de transporte muy sencillo y muy gringo: uno ponía sus datos en un papelito amarillo encima del lugar donde uno quería viajar para las vacaciones, o un papelito anaranjado si es que quería ofrecer cupo en auto, compartiendo gastos. Había muchos más papelitos amarillos que anaranjados: la oferta tenía la sartén por el mango. Anoté todos los números escritos en los papelitos anaranjados sujetos con alfileres encima del punto rojo de Nueva York, pero siempre que llamé llegué tarde, o bien mi acento desalentó a los que ofrecían rides. La travesía entre Ohio y Nueva York duraba más de ocho horas y era comprensible que los dueños de los autos entrevistaran a los postulantes antes de darles espacio. Había oído de amistades, flirteos y amoríos que empezaban en esos viajes transcontinentales. Algunas historias eran lo suficientemente calenturientas como para ilusionarme con una Kathy apoyada en mi hombro, acariciándome en la oscuridad de la carretera interestatal. No era lo mismo que irse en un romántico y plateado Greyhound atravesando el Medio Oeste a la luz de la luna, pero no dejaba de ser atrayente, y era más barato.

Así llegó el último día de clases y yo no encontraba transporte. La universidad estaba semivacía. Se anunciaba tormenta de nieve y eso había acelerado el éxodo de mis compañeros. Thanksgiving es la época del año en que más norteamericanos se desplazan para estar con su familia, incluso más que para la Navidad. La cantidad de viajeros es tan grande que en los descansos camineros se instalan carpas calefaccionadas llenas de voluntarios bonachones prestos para servir café, jugo de manzana caliente y doughnuts gratis a la gente. La víspera de Thanksgiving, fui a mirar sin esperanza alguna el mapa de los papelitos. Estaba completamente pelado, pero en un rincón había un papel blanco, escrito a máquina:

New York City

Necesito acompañantes

Gasolina y manejo compartido

BMW Quadra-Sound

357 9872

Corrí a mi pieza con el papel en la mano y estuve llamando sin parar hasta que empezó a oscurecer, o sea como a las tres de la tarde. Ya me estaba mentalizando para pasar el Día de Gracias en la compañía de Yiannis y Dimitri, de Ahmed y Tarik. Me veía ahogado en la pestilencia de la pieza de los griegos, donde jamás entraba el oxígeno, chupando retsina añeja y vino rumano, en semisilencio, mirando las banderas de Grecia y de Chipre teñidas de tabaco y las fotos de rubias de Playboy pegadas con scotch en las sórdidas paredes. Me veía tratando de arbitrar las disputas que los marroquíes armaban, de puro aburridos, con los griegos. Desesperado, marqué el número del papelito por última vez:

-¿Aló?

-¡Qué!

-Llamaba por el viaje a Nueva York.

-¿Tienes licencia de conducir?

-No.

-¿Pero sabes manejar, no?

-No. Pero puedo poner para la gasolina.

-¿Te gusta la música clásica?

-Eeeh, sí.

-¿Quién es tu músico favorito?

-Roger Waters.

-Hablo de músicos de verdad.

-¿De verdad?

-Bach. ¿Te gusta Bach?- dijo la voz, pronunciando a la americana: Bakk.

-¿Baj? Claro que me gusta Baj.

 

-La cosa es que ya nos estamos yendo, antes de que nos pille la nevazón. Si estás listo ahora, vas, si no, no. No tenemos espacio para equipaje. Nos vemos frente al banco en un cuarto de hora. Si no estás, nos vamos.

Metí algo de ropa en un bolso de Braniff, junté unas monedas, llamé desde un teléfono público a un conocido chileno que vivía en Manhattan, me peiné un poco para lucir presentable ante mis compañeros de viaje y me largué a correr diez cuadras hasta el lugar de encuentro. El BMW color concho de vino ya se estaba yendo pero me puse por delante para que me esperara. Las ventanillas estaban empañadas y el auto entero temblaba con las vibraciones de la Sexta Sinfonía de Beethoven golpeando a todo volumen por los parlantes cuadrafónicos.

Con la manilla de la puerta en la mano, miré hacia el cielo plomo y sentí en la cara los primeros copos. Reconocí el intenso aroma de cuando está a punto de largarse a nevar. Tuve la sensación de que el tiempo se detenía y que yo no sabía bien dónde estaba.

Saludé a dos de mis compañeros de viaje, a gritos, por encima del estruendo de Beethoven. Por suerte los conocía: al volante estaba Saul Posniak, joven profesor de música, famoso entre sus alumnos por sus teorías medio pervertidas sobre la semejanza entre la performance musical y el acto sexual. De co-piloto estaba Rod Ferrino, estudiante de teatro, tal vez la única persona en el mundo que yo podía nombrar a ciencia cierta como enemigo personal. Una vez lo oí decir en una fiesta, sin saber él que yo estaba parado a sus espaldas, que gente como yo le provocaba odio. No, se corrigió, más encima, no era gente como yo, sino que era yo en particular. En el asiento de atrás había otra persona, envuelta en una frazada roja que le tapaba desde las cejas hacia abajo. Supe que era mujer porque vi su pie con las uñas pintadas de negro asomándose bajo un borde de la manta. Al parecer, estaba dormida o fingía estarlo. Me acomodé en el asiento, detrás de Rod, tratando de no molestar a la durmiente. Me extrañó que pudiera dormir con el estruendo furioso de los bronces y timbales.

A los viajeros hombres nos unía un solo rasgo: los tres teníamos una melena crespa casi idéntica (y patillas ridículamente largas) a la usanza de 1980. La de Posniak era gris, la de Rod era rubia tirando a colorina, y la mía negro azabache. Ya en camino, no se podía hablar mucho con Beethoven machacando en los super parlantes. Igual tampoco teníamos mucho en común. Cuando me aburrió el paisaje de la carretera interestatal, idéntico en todas partes de Estados Unidos, cerré los ojos, imitando a la Bella Durmiente. Con un movimiento del auto se corrió la frazada y descubrió su cara de ángel punk, extrañamente asimétrica. Cuando me estaba quedando dormido, me acordé de que la razón del odio que me tenía Rod Ferrino era que me culpaba de un fracaso sentimental que casi lo había vuelto loco. Pero no pude darle vueltas al asunto porque el cansancio me cerraba las pestañas y me tuve que abandonar al sopor.

snowdriving

Cuando abrí los ojos, ya era de noche. Nos movíamos a alta velocidad, sin música, con los focos neblineros abriendo la oscuridad. La nevazón se abalanzaba en enormes copos que se pegaban al parabrisas por un segundo antes de deshacerse. El ruido de los neumáticos y el ronroneo del motor alemán se amortiguaban con la nieve, dando la impresión de que flotábamos suspendidos en un túnel blanco y mullido. Me reconfortó el color cálido de las luces del panel de instrumentos y di gracias por haber tenido la suerte de encontrar a alguien que me llevara a Nueva York. De pronto, Posniak puso las intermitentes de emergencia, bajó la velocidad y se detuvo, patinando un poco, a la berma del camino. Supuse que estábamos en algún lugar de Pennsylvania. La nevazón arreciaba. Posniak se sacó sus guantes de manejar y se los pasó a Ferrino. La bella durmiente seguía ídem & ídem, sólo un poquito más despatarrada, invadiendo mi hemisferio del asiento.

-Estoy agotado, Rod—dijo el pianista—Te toca manejar.

Rod apretó la boca mientras se ponía los guantes. Los dos abrieron sus puertas para salir al mismo tiempo y un chiflón gélido destruyó la tibieza del auto mientras ellos se cruzaban frente a los faros. Rod se puso el cinturón de seguridad y ajustó el asiento, porque Posniak era un pianista de patas cortas. Miró el panel de instrumentos, prendió y apagó luces, apretó botones, subió y bajó los espejos retrovisores y cuando no le quedó nada por revisar se sacó los guantes de manejar. Posniak se impacientó:

-Qué tanto chequeas, Rod. Es un BMW, no es un fucking Jumbo jet.

Rod apretó el acelerador y sin señalizar se lanzó a la carretera congelada. El auto coleteó y pegó un par de bandazos contra la nieve amontonada a la orilla del camino. Ferrino manejaba muy echado hacia adelante, con la barbilla pegada al manubrio y con las manos empuñadas con tal fuerza que los nudillos se le ponían blancos. No era un estilo que inspirara mucha seguridad.

Posniak lo miró un rato como si se hubiera arrepentido de pasarle el volante y luego sacó de la guantera una botella de Jack Daniels. Se llevó el gollete a los labios y tragó y tragó bourbon como si estuviera haciendo gárgaras. Ferrino aumentaba la velocidad, no porque estuviera más cómodo de chofer, sino porque quería que el viaje se acabara lo más pronto posible. Cuando Posniak se había bajado un tercio de la botella de Jack, me la pasó, sin darse vuelta, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Era el mismo gesto romántico con que terminaba sus conciertos.

-No te la tomes toda. Un sorbito y me devuelves ese baby- dijo, empujó un cassette en el tocacintas y subió el volumen de los cuadrafónicos parlantes. Se largaba Pink Floyd, con sus helicópteros electrónicos y sus corazones latiendo y sus despertadores de pesadilla aserruchando el silencio.

Sentí que la bella durmiente se movía un poco, pero cuando la miré ya estaba quieta otra vez, con la cabeza dando tumbos sobre la ventanilla cada vez que Ferrino golpeaba con el parachoques un montón de nieve a la orilla del camino. Le di un sorbo largo a la botella, después de limpiar el gollete que Posniak había dejado todo baboseado. Me hipnoticé con el túnel de nieve que se abría delante nuestro mientras descifraba la letra de Pink Floyd: and all that is now, and all that is gone, and all that’s to come. Fue entonces cuando Ferrino soltó el volante, echó el cuerpo hacia atrás, metió el pie derecho hasta el fondo sobre el freno, y todo se hizo un remolino blanco. La botella de Jack se me soltó de la mano, arrebatada por la fuerza centrífuga, flotó un segundo en el aire como si estuviéramos en una cápsula espacial, y se estrelló contra la ventanilla, cerca de la cara de la bella durmiente, que quedó debajo de mí en el segundo giro violento. El auto se deslizaba sin control, girando con las ruedas bloqueadas a lo ancho y a lo largo de la carretera congelada. Ferrino aullaba y Posniak lo insultaba en inglés y en yiddish a medida que el auto se iba deteniendo. Quedamos en dirección opuesta al sentido del tráfico. Entremedio de la nieve se veían luces que se aproximaban a todo dar. Posniak sacó a Ferrino del auto, y lo empujó de espaldas contra un montón de nieve. Sin esperar que se subiera, se puso detrás del volante, metió marcha atrás, enderezó el auto quemando goma en el hielo negro del camino y luego avanzó para pegarse a la berma, contra los montones de nieve, segundos antes de que pasara soplado un convoy de tres camiones de 18 ruedas, con la bocinas a todo dar y salpicándonos con un torbellino de nieve negra, hielo, insultos, y barro.

Cuando se apagó el fragor de los camiones, abrí la puerta para salir a buscar a Ferrino, pero Posniak me advirtió que si salía del auto iba a partir sin mí. Miré por la ventanilla de atrás. Rod corría por la carretera hacia nosotros, a resbalones. Cuando llegó donde estábamos, Posniak se bajó del auto, y le indicó que se sentara en el asiento del chofer, sin decir palabra. Sentí los pies mojados y me invadió el tufo del whisky que se había derramado por todas partes. Busqué la botella en el suelo, pero sólo encontré el pie tibio de la bella durmiente. Tenía un pequeño brazalete alrededor del tobillo. Ella abrió los ojos al sentir mi mano y me miró sin decir palabra mientras me mostraba la Jack Daniels casi vacía que tenía fondeada bajo su frazada roja. Luego se acurrucó en su rincón, subió los pies al asiento, y cerró los ojos. A todo esto, Pink Floyd nos seguía dando la música de fondo para un desastre: “No hay lado oscuro en la luna– de hecho, es toda oscura”. Cuando nos pusimos en marcha de nuevo hacia la ciudad de Nueva York, sentí la suavidad cálida del pie de la bella durmiente que se deslizaba y se acomodaba cerca de mis muslos. Posniak estaba tieso de furia y Rod se mantuvo sin decir palabra por un rato, concentrado en el manejo.

Las condiciones del camino empeoraban; no se veía nada. Al fin Ferrino se decidió a hablar:

– Este tipo de atrás puede tomar un turno ¿o no?

-Ninguno de los dos de atrás tiene licencia, olvídalo.

-Es que yo no puedo seguir, no veo nada.

La bella durmiente movió el pie, jugueteando. La miré y vi que parecía dormir, con su cara angelical y medio chueca. Entendí que el precio del placer furtivo que me estaba ofreciendo era mi disimulo total. Los de adelante seguían discutiendo.

-¿Y tú crees que yo estoy en condiciones de manejar con media botella de whisky en el cuerpo? Tienes que seguir hasta que se me pase el efecto del trago—dijo Posniak.

-No puedo, de verdad no veo nada. Saul, hay algo que tengo que decirte.

-Con qué vas a salir ahora.

-Es que tengo un ojo de vidrio. Mi ojo derecho es falso, es de vidrio. No tengo visión de profundidad, no puedo juzgar distancias. Veo solamente en dos fucking dimensiones ¿entiendes?

-Ahora me vienes a decir, imbécil. Déjame que te explique una cosa, tarado. Con este auto todo hediondo a trago, si nos llega a parar la fucking policía, le hacen la alcoholemia inmediatamente al que va manejando, así que te quedas al volante y manejas. Yo te voy guiando si te sales del camino por este lado. Concéntrate en tu lado bueno y cierra la boca.

Así continuamos en medio de la tormenta. Rod manejaba y Posniak mantenía una mano en el volante para corregir el rumbo si Rod empezaba a cunetear por el lado derecho. La nieve no dejaba de caer y no se veían más vehículos en ninguna de las pistas de la interestatal. Mientras tanto, la bella durmiente me hacía estragos con el pie debajo de mis piernas y yo me esmeraba por corresponder con mi propia versión de cariño clandestino, explorando al tacto debajo de la frazada roja, al amparo de la oscuridad y de la urgencia que mantenía ocupados a Ferrino y al copiloto Posniak. La bella durmiente era capaz de mantenerse casi inmóvil, aun cuando me tomaba la mano y guiaba la punta de mis dedos sobre su suavidad de terciopelo. Los bandazos del BMW eran nuestros aliados al mecernos entre sus ritmos.

El sistema del co-manejo funcionó bien hasta que llegamos a una curva larga y resbalosa, yendo cuesta abajo a la salida de Pittsburgh. Por más que Posniak intentó corregir el ángulo, Ferrino no coordinó bien entre acelerador y freno, y fuimos a dar de costado en un banco de nieve. Uno de los focos del auto se dañó con la barrera, aunque el impacto había sido suave. Posniak estaba agotado con el exceso de adrenalina y alcohol, y me pidió que lo reemplazara en el puesto de co-piloto. La bella durmiente se encogió y se abotonó debajo de la frazada mientras yo me preparaba a salir al frío y trataba de esconder los efectos de la entretención caminera bajo mi parka. Me puse el cinturón de seguridad como si me estuviera poniendo un paracaídas. Rod estaba pasado al aroma de comino que viene de transpirar de nervios. Me pidió que siguiera el sistema de Posniak, que mantuviera la mano puesta en el volante, listo para corregir el rumbo. Cuando toqué el manubrio me di cuenta de que Rod lo tenía todo pegajoso de sudor. Apenas partimos, le pedí que calmara la velocidad, porque con un solo foco encendido no era fácil ver los límites borroneados de nieve de la carretera.

Viajábamos en un auto tuerto manejado por un chofer tuerto, en un camino donde el asfalto no se distinguía del hielo, pero gracias a los esporádicos golpes de manubrio que yo le iba dando, seguimos cruzando sin mayores percances los campos helados de Pennsylvania en dirección a Nueva York. En un tramo recto del camino, me voltée a mirar hacia el asiento trasero, y entendí el significado de calentar el agua para que otros se tomen el mate. Posniak y la bella durmiente estaban enfrascados en un dulce intercambio de calugazos, ajenos al tufo de whiskey y sobaco rancio que Rod y yo despedíamos al timón de la nave. Después de un buen trecho oí que los palomos se ponían a conversar. Luego alzaron el tono con cada frase, hasta culminar en un largo gritoneo agresivo que dio paso al silencio. Di vuelta el cassette en el tocacintas y otra vez surgió Pink Floyd poniéndole banda de sonido a la ridícula odisea. Rod Ferrino me miró con una sonrisa brillándole en el ojito de cristal y nos pusimos a cantar a dúo:

 The lunatic is in my head, the lunatic is in my head…

No supe en ese momento, ni sé decir bien ahora, si me sentía triste o muy alegre, o simplemente estaba borracho con el tufo de la atmósfera enrarecida dentro de esa pequeña nave que atravesaba la tempestad de hielo, cantando:

“Y si la cabeza te explota de oscuros presagios, nos vemos en el lado oscuro de la luna”.

Con las luces lejanas de Nueva York se disipó la nieve. Cerca de la medianoche ya circulábamos por las calles húmedas de Manhattan. Posniak se había puesto otra vez al mando. Ferrino se quedó dormido en el asiento del copiloto apenas soltó el volante. Yo volví a al asiento de atrás, donde la bella durmiente soltaba ronquidos de guagüita y me apretaba la mano, como para sacarle pica a Posniak. La tormenta apenas había tocado la ciudad con un poco de aguanieve. Ohio parecía un sueño, como parecen un sueño a los 21 años las cosas por el simple hecho de que uno se aleja un poco de ellas. Ahora Nueva York era lo real: las luces de neón se reflejaban en los charcos de las veredas, el vapor liberado por las calderas subterráneas salía a la superficie por sus misteriosos conductos, y las calles estaban llenas de peatones despidiendo vaho por la boca y de taxis amarillos exhalando su aliento tóxico por los tubos de escape. La víspera de Thanksgiving era como cualquier otra noche en una ciudad que mostraba sus edificios brillantes en la oscuridad como colmillos. Posniak paró el auto en Central Park West, frente al edificio donde unos días más tarde iban a matar a John Lennon.

Al bajar me quise hacer el leso con el gasto de la bencina, pero Posniak me pidió que le pasara 20 dólares. A Ferrino le cobró nada más que 10, y yo me dije que tal vez le hizo un descuento de cincuenta por ciento por el ojo malo. Cuando Rod y yo nos bajamos, la bella durmiente se pasó al asiento de adelante y cerró la puerta sin mirar ni despedirse. Ferrino me indicó la dirección en que debía caminar para llegar a mi destino y se despidió con un abrazo hediondo que me sorprendió por lo afectuoso. Estaba llorando, y vi que las lágrimas le caían por los dos ojos, el sano y el de vidrio. El BMW se metió al tráfico de Central Park y desapareció a la primera esquina. Apuré el tranco para calentar el cuerpo y para ponerme al ritmo de los neoyorquinos. Pensaba que a eso había ido, en parte, a meterme sin rumbo fijo por las calles de una ciudad.

Había dejado atrás unas cuatro o cinco cuadras cuando sentí una mano en el hombro. Era la bella durmiente. Era más alta y mucho más fea de lo que me la imaginaba. Tenía las mejillas encendidas y la nariz roja.

-Hey- le dije – ¿qué pasó?

-Posniak se estaba portando como el hoyo del culo. No me quise quedar con él, viejo de mierda.

-¿Te ubicas en Nueva York?

Se rió sin muchas ganas y levantó la mano mirando el río de taxis que circulaba.

-Nacida y criada.

Ningún taxi quería parar. Ella me explicó riéndose que era por culpa mía, por mi pinta de asaltante. Yo caminaba y ella me seguía, contándome su historia con Posniak, que había sido su profesor de piano. La bella durmiente era una joven promesa de la música. En el circuito europeo de conciertos había tenido mucho éxito, y ella creía que Posniak, su maestro y amante, la estaba tratando mal por envidia, por celos profesionales. La semana anterior había tocado en Carnegie Hall, de solista, y el New York Times la había tratado bien. Yo la escuchaba y pensaba que era mejor caminar imaginándome que hablaba con ella que caminar con ella de verdad mientras me contaba su aburrida historia de amor con un pianista fracasado y neurótico de 35 años. Pero así se habían dado las cosas.

Nos paramos a tomar un café en un McDonald’s fétido a perro mojado y seguimos cruzando Manhattan por Broadway, hasta que llegamos a mi destino. La bella durmiente me tomó la mano y me pidió que la dejara quedarse conmigo. Le expliqué que no conocía bien a la gente que me hospedaba, pero como se puso a lagrimear y empezó a caer la nieve, no fui capaz decirle que no.

Apreté el citófono y pregunté por Juan Carlos. Me contestó una voz de mujer diciendo que Juan Carlos no estaba, que había tenido que salir fuera del país, una emergencia. Le di mi nombre y le expliqué que Jota Ce me había dicho por teléfono que podía quedarme un par de días. “Bueno, sube, piso once” dijo la voz, y se abrió la puerta eléctrica del edificio. Esa frase fue la más amable que me dirigió mi anfitriona, la esposa de mi amigo. Nos habían presentando alguna vez en Chile, pero aseguró no acordarse. Me mostró un rincón del minúsculo living, me pasó un saco de dormir y un par de frazadas, y se fue a acostar sin más, exclamando “son más de las dos de la mañana”. La bella durmiente se quedó parada en la puerta, abrumada por la hospitalidad chilena. Improvisamos una cama en el piso junto a una ventana y ahí nos quedamos conversando en voz baja toda la noche, dormitando vestidos, contándonos pedazos de la vida.

Desperté a media mañana con la luz del sol entrando a matacaballo por la ventana. La bella durmiente había desaparecido y me había dejado una nota deseándome feliz Thanksgiving. Nunca más la volví a ver ni a saber de ella, a pesar de que todos los años, cuando llega el día de Acción de Gracias, o cuando se cumple un aniversario de la muerte de John Lennon, me acuerdo de sus pies tibios y la googleo con el corazón en la boca.

Poema del chilesauro + elegía

Llámenme Chilesaurus Diegosuarezi.

Por tanto tiempo deseé
que llegaran un día a descubrirme
y sacarme las piedras de los ojos,
el pesado cascote del Jurásico
que sellaba mi párpado y mi fauce.chilesauro

Yo tengo algunas cosas que contar
a pesar de mi quietud de siglos.

No soy cualquier reptil embalsamado
pues me dieron nombre de persona
y como tal reclamo que me llamen
por lo que soy, ni más ni menos,
con mi nombre completo y apellido.

Así es, yo soy el grado cero,
el chilesauro taciturno que yacía
en el limo de una pampa muerta.

El cielo estaba despejado,
la mar hervía de cabrillas,
el viento me secaba la garganta,
mi corazón no sabía qué pasaba
ni qué era ese dolor que se me venía encima.

Todo fue tan breve, pero miento,
todo es siempre breve en la memoria
y más breve todavía si el cerebro
es breve como breve, y poca, es esta lengua.

Dicen que hubo una gran bola de fuego: no la vi
Sólo sentí una resolana
posar su hálito en mi cuello de culebra,
la huella de una lengua seca y sin lamido.

Volví la mirada hacia los cielos
y luego a los demás lagartos:
es demasiado tarde, ya mudos, me dijeron.

No sé bien cómo hablar de aquellos tiempos.

Lo mejor será que ya me olvide y que disfrute
del nuevo aire que abre mi esqueleto,
de la nueva agua desvaída,
de esta luz que quema y deja nada,
de la hoja vuelta piedra que aún chupo
en el intersticio de mis dientes elongados.

Me tomaron por otro, confundieron mi pelvis
con la de saurios gallináceos,
me llamaron pájaro y me dibujaron
volando torpe como pterodáctilo.

Yo quisiera por lo menos dejar esta constancia:
El primero en encontrarme fue un huemul.
En su ojo negro temblaron las aguas al olerme
y dejar su camuflaje de estiércol,
mi mojón duro, mi único epitafio, estas palabras:

Aquí yace Chilesauro, dragón bueno,
algo ingenuo, buen amigo,
poeta entre poetas disfrazado,
algo chico de porte, como un perro,
aunque igual pudiese ser un lobo
de tamaño regular y de gran cola.
El gran logro de su vida fue morirse
con la vista pegada al firmamento.
Sus deudos lamentaron su partida
y la propia al mismo tiempo,
pues las cosas se dan de esa manera
en los llanos de Aysén tan señalada
en regiones jurásicas famosas.
Se alimentaba bien, de hojas, ramas y raíces,
y bien se defendía, porque siempre portaba
brazo fuerte y una larga uña acerada.
Firmado: un huemul 
de estas tierras incendiadas
que concluye su mierda de elegía.

 

Arte de pájaros (recado para Obama)

Antípodas

Los domingos en la mañana un tumulto se toma la Plaza Vieja de La Habana. Entre tanta senectud de nombres, es la juventud la que domina. Los jóvenes gesticulan enracimados, discutiendo precios y méritos de su mercadería. La mercadería, por su parte, cautiva y acalorada, apenas aletea dentro de las jaulas depositadas en el suelo. Los que no tienen jaulas llevan la mercancía entre las manos, y no se sabe si la aprisionan o la acarician mientras la ofrecen. Así me entero de que en la Plaza Vieja los domingos en la mañana se venden pájaros de todo tipo. Los que predominan son los vendedores de palomas.

obama-lands-in-cuba-d14e7dd99492d549f8462a519f168ef5fee9d4fb-s800-c85 Photo: NPR

El que pregunte cualquier cosa en Cuba tendrá respuesta. Lo que nunca se sabe es si esa respuesta pertenece a otra pregunta.

-¿A cuánto vendes las palomas?
-Ésa está a 50 pesos, pero esta otra a 10 dólares.
-Yo las veo…

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Como un río sin esclusa

La tarea más difícil que me he propuesto es la de hacer un curso/taller de narrativa en castellano en una universidad norteamericana. Cada vez que doy el curso me arrepiento a las dos semanas, pero a esas alturas es imposible echarse para atrás. Me digo entonces: Esta vez sí que no cometo los mismo errores, esta vez sí que no tengo las mismas expectativas, esta vez sí que resulta. Así me convenzo mientras me doy contra una pared de piedra. A las dos semanas, como digo, estoy echando sangre por boca y narices.

arsenalMis alumnos son excelentes, forman parte de una élite académica seleccionada con esmero en un proceso muy largo que incluye biografía, notas, pruebas de aptitud y específicas, entrevistas personales, proezas deportivas y participación ciudadana. Además de todo esto, los que se inscriben en mis cursos hablan, leen y escriben el español lo suficientemente bien como para manejarse al nivel más avanzado; algunos porque lo han estudiado y otros porque lo han aprendido como lengua materna. Para algunos (cada vez más) el castellano es un refugio emocional, el idioma de la intimidad familiar. Les interesa aprenderlo y dominarlo como manera de enfrentar las demandas (que son emocionales y políticas) de lo que ellos llaman su identidad.

El lenguaje mismo no es lo más arduo. Los alumnos son empeñosos y entusiastas. Son, la verdad, entrañables. En mis otras clases en esta universidad, las de literatura común y corriente, me conmueve cerciorarme de que, sin importar la cantidad de lectura que les asigne, siempre llegan preparados, con los libros crespos de tanto manoseo. Los subrayados fulguran y rebosan las notas al margen. Pareciera que mientras más difíciles los textos, más se empeñan.

Libro-subrayadoHe visto cosas que ustedes no creerían: ejemplares de Residencia en la tierra y de 2666 y de los Comentarios reales y de Primero sueño refulgir en la oscuridad como rayos-C en la puerta de Tannhauser, a punta de destacadores y marcadores de páginas multicolores.

Lo que casi nunca se les ha pedido es que pongan a funcionar su lado creativo. Claro, toman su curso de arte por aquí, su proyecto de video por allá, sacan su poemita escrito por números, pero jamás les han pedido que mantengan la función creativa abierta, con el oído y el corazón atentos para producir sus propias historias y para encontrar su propia voz. Se les hace muy difícil comprender el valor que hay en encontrar formas de pensar distintas a esa especie de elucubración dirigida que se les enseña en las ciencias sociales o naturales como sucedáneo de la imaginación.

Además, es una generación que lee poco, lo suficientemente poco como para creer que eso de “generación” o “identidad” son conceptos sólidos para entenderse a sí mismos. Hasta me atrevo a decir, sin riesgo de ser injusto, que leen más por coacción que por gusto. No ha faltado el estudiante que, al momento de preguntársele en la sesión inicial del taller quiénes son sus autores o libros predilectos -¡en un curso de creación literaria!- diga sin ningún rubor que no le gusta mucho leer libros y que por lo tanto no se le ocurría qué contestar. Lo peor no es la confesión (en el fondo, se agradece el candor), sino el poquísimo escándalo que ella causa en los demás.

mensaje en una botellaEs muy pronto para el “sin embargo” redentor. Antes tengo que mencionar que acarrean otro lastre: lo que les enseñaron en la secundaria como “análisis literario”. Les aseguraron que tienen que concentrarse en la pesquisa incesante del “mensaje” escondido en la literatura, los adoctrinaron en la búsqueda de la lección moral. Les dieron por dogma que una buena moraleja se reconoce porque depila al lector de toda incertidumbre y  lo deja reseteado, listo para seguir en carrera. Y por supuesto, tratan de meter sus propios “mensajes” a martillazos en sus textos.

Además, llegan a la clase con ideas recibidas acerca del arte y de los artistas. Algunos están convencidos de que si se tiene “alma de artista” poco hay que hacer para que la literatura brote del teclado a la primera acometida.

La tarea es ardua, porque hay que “dentrar a picar” estas verdaderas líneas de Maginot, en lo posible buscando el efecto que Leonard Bernstein lograba con sus conciertos educativos, cuando decía que la música en sí no era portadora de significados aledaños, porque tenía su propia mecánica y su forma particular de armarse, que la música no quería “decir” nada.

obrasdearte

El funcionamiento de un relato, les insisto hasta que se aburren, es lo que importa. Lo repito con la esperanza de que en algún momento del curso lleguen a vislumbrar lo que se esconde en esa premisa, lo que entendieron tan bien Kafka, Borges, Cheever, Maupassant, Quiroga, Cortázar, Lispector, Peri Rossi, Pitol, entre tantos otros maestros de la forma corta. Este es el esquema que propongo: que el funcionamiento, es decir, el transcurrir de un relato, es el despliegue de la forma: la forma es una invitación que se acepta, y que luego se manifiesta como imitación, imitatio que es, esencialmente, una imposibilidad: esa imposibilidad se convierte así en motor de un desplazamiento: el desplazamiento es señal de una posible cadena de significaciones nuevas: la forma y el significado, actuando en inestable concierto. Nada de esto está explicitado, porque de lo que se trata el curso es de producir relatos, escribir y ver qué pasa cuando los demás te leen y escriben a su vez para que tú los leas.

Y ahí es cuando sucede el milagro, por mecanismos que todavía me parecen misteriosos y que seguramente nada tienen que ver con los esfuerzos del que está ahí preocupado de que se le vean los goterones de sangre escapando por la boca.

De repente, como recién salido de un pantano fangoso, al frente de uno aparece un artefacto verbal que refulge de literatura, como este glaciar en la noche. Está en el relato sobre un ascenso fallido al nevado Salkantay, en los Andes peruanos, del que Luis, el guía indígena que tenía estrellas de oro en los incisivos, había apenas salido con vida:

Esa noche, bajamos hasta la morena y alistamos las carpas. Nathan cocinó. Los rusos se metieron a su carpa. Luis y yo nos sentamos afuera, mirando hacia el paso. Entre los dos, fumamos una cajetilla completa de cigarrillos. Luis comentó que el tabaco era cancerígeno y nos podría matar. Arriba, el glaciar brillaba con una incandescencia azul. La cumbre, omnipotente, tocaba el cielo estrellado.

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O la escena en Coyoacán, el pavimento morado de jacarandá, cuando una niña regresa a su casa con el mandado de jugo verde para el almuerzo dominical (“el que hacen los güeros: nopal, piña, perejil, apio y un chorrito de naranja”):

jacaranda-coyoacanSiempre que veía el coche rojo estacionado a unos pasos de mi edificio, sentía un cierto alivio. No es que tuviera miedo de salir a la calle, pero mis músculos se relajaban tan sólo con pensar que ya pronto iba a estar en casa, mi sillón, el olor a comida, la voz del Chente hablando de desamores y la sonrisa de mi madre antes de besar mi mejilla, hola princesa. Debe haber una palabra para ese sentimiento, cuando ya casi llegas a casa.

México aparece en otros recuerdos de esa niña que lo dejó hace ya muchos años:

Lo que más recuerdo es el olor: aceite caliente, ajo y pescado. A la mayoría de la gente le daría roña pensar en ese olor a pescado frito pero a mí me recuerda la playa en Tampico. Arena suave, niños correteando, madres gritando “órale escuincle!”, una cerveza en mano y pescado frito envuelto en papel sobre mis piernas. De vez en cuando, el sonido de las olas se interrumpe con el rugido del helicóptero de la marina, ametralladoras apuntadas, saludando a la gente.

La evocación de la niñez en otro lugar de América Latina también tiene un correlato histórico:

Se armó una tremenda gritería ese famoso fin de semana del 11 y 12 mayo de 2001 cuando Denise Quiñones, en Bayamón mismo, ganó el concurso de Miss Universe, y cuando Tito Trinidad le ganó a William Joppy en el Madison Square Garden. La reunión en casa de Cuchie y Caleb estaba repleta de gente y luego de las victorias todos estaban de besos y abrazos en un fin de semana donde reinó el orgullo puertorriqueño.

Hay retazos de oscuridad en fragmentos como éste, la historia de un narco que no sabe cómo hacer enmiendas con la hermana del amigo traicionado:

La miré a los ojos, que son los mismos de Joey. Oscuros, sucios, de color adoquín. Por un segundo olí la peste del cuerpo de su hermanito, pudriéndose. Tragué el poco de vómito que se me acumulaba en el esófago.

Y hay traiciones de todo tipo rondando en el relato de otro niño desorientado por el cisma del divorcio de los abuelos:

Así pasé ese día, harto de dulces, viendo programas de televisión y robando moras del jardín, hasta que el sol bajó. Mi abuelo ni apareció. Solo yo, mi primo y Clara, vagando en una casa hueca. Cuando estuvo oscuro, volvimos a la finca de mi abuela por el camino de atrás. Pasando al lado del estanque, entre los cocuyos luminosos vi una candela que brillaba en el patio. Mi abuela me miraba directamente, con sus ojos amarillos de tabaco y desesperación. Me escondí entre los eucaliptos, deseando estar en otro lugar.

Entre mis estudiantes este año había varios puertorriqueños de la isla, un par de hijos de colombianos, una mexicana del DF y una salvadoreña de primera generación de inmigrantes. Para ellos, la clase fue la oportunidad de indagar zonas poco exploradas de la narrativa familiar, especialmente en el segmento que le dedicamos a la no-ficción creativa.fmln-5

Así es que mi mamá se despidió de Ojos de Agua, Chalatenango, y se fue a San Salvador. Mi padre me habla de Ojos de Agua, de los pastizales  verdosos, del gran río lleno de chimbolos y de los caminos que tenía que andar para cosechar la milpa con mi abuelo. Mi padre se tuvo que ir de ahí por la guerra civil. Mi madre recuerda Ojos de Agua sin tanto amor. Me cuenta de la pobreza en que creció. Me cuenta de las muñecas de lodo que hacía para jugar y las caricaturas de los pitufos azules que miraba en la televisión. Como fue la segunda mayor de sus hermanos, fueron pocos los momentos en que ella pudo jugar. Habla de mi abuela con un tono acusatorio, dice que le impuso a su hija todas las responsabilidades del hogar. Así entiendo que mi abuela era una mujer distinta a la persona que yo conozco como nieta. Era rígida y estricta, lo contrario del carácter juguetón de mi abuelo Cecilio.

Una vez me senté a la par de mi abuela y le pregunté sobre él. Sonreía con sus ojos cuando hablaba de mi abuelo. Me contó que era bromista, que era el sol de la familia, que sólo eran risas de parte de él. A ella le gustaba la canción que le cantaba cuando la estaba cortejando, que hablaba de laureles. Esa misma noche encontré la canción en la red y se la toqué.

Había este año una estudiante china, que habla un español claro, pausado y elegante. La pausa, según ella, se debe a que muchas veces tiene que hacer una operación de traducción y contra-traducción en tres idiomas: su mandarín, el inglés y el castellano que aprendió en el colegio, en China, y en una estadía en Barcelona.

Su texto de no-ficción pasó por muchísimas etapas preliminares, de tanteo suyo, mío, y de su familia, particularmente de su abuela, la más reticente a revelar detalles del pasado, especialmente el episodio de cuando el abuelo, alto funcionario (seguramente del partido, ella nunca dice) se llevó a la familia a vivir a una provincia central innombrada, a un pueblo al que se refiere como “X”, por disposición de las autoridades (“¡Fue voluntario!”, le grita la abuela por skype a la nieta en un momento de exasperación) para hacerse cargo de construir un gran complejo, con fines tampoco especificados, en plena guerra de Vietnam.

En cierto momento, un tío revela que se trataba de algo relacionado con “bombas y cohetes”. La abuela lo niega, diciendo que los tíos hablantines son unos imprudentes, que todo eso sucedió apenas ayer, y que es demasiado pronto para ponerse a hablar: “¡Tú, escribe sólo de tus sentimientos personales!” le advierte en cierto momento, pero la insistencia de la nieta rinde frutos. La heroica mudanza familiar al interior había sido un trauma para todos:

-Hacía poco que nos habíamos mudado a la casa nueva – no había otra tan buena en el pueblo como la nuestra, con cuatro habitaciones y un patio, pues tu abuelo ganaba un poquito más. Había un pozo y árboles en el patio, sóforas y azufaifas que plantó mi padre. También teníamos una molienda en casa – ¡antes ni lo hubiéramos soñado! Cuando nos fuimos, las azufaifas ya daban frutos…

-¡Y tan lejos era! Fue un viaje difícil, yo sola con tres niños. Tenía a tu madre en brazos, a tu segundo tío de la mano y a tu tío mayor al lado, que ya era más grande. Una vez que nos bajamos del último bus, tu tío segundo se echó a correr de vuelta. Ni sabía dónde estaba, pero al ver lo atrasado del sitio, corrió sin pensar en la dirección de la que vinimos.

Se ríe, pero es como si estuviera lamentando.-Ya, cuelga tú y vete a hacer tus cosas, si no, te sigo contando sin fin. Nadie quiere oírme contar estas cosas, sólo tú y tu madre, y por eso cuando venís soy como un río sin esclusa.

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Acabo de mundo

Más de alguien se sorprenderá de estas confidencias que sólo ahora me atrevo a revelar. Es que las cosas después del segundo golpe son difíciles de explicar, eso ya lo sabe todo el mundo.

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A María II le empezó a gustar el fútbol, actividad que antes –y esto lo declaro con todo el énfasis posible—le era totalmente indiferente. Diga lo que diga la prensa empeñada en comenzar su hagiografía antes de tiempo, a mí también me consta que no era el deporte en sí lo que la atraía. No le podía importar menos el fútbol, la belleza del rodar o el volar de la pelota, ni la habilidad atlética o técnica de los jugadores, ni siquiera el espectáculo cálido, animal y excitante de un estadio lleno de sol y muchedumbres rugientes.

Pichanga-de-barrioLo que le interesaba realmente era el fútbol en abstracto: las estadísticas, el estudio de la sicología de las masas en relación con las rivalidades entre clubes, el árbol genealógico de la Asociación Chilena de Foot-Ball, la semiótica de las variaciones de los uniformes a lo largo de la historia, la vida y obra de próceres de la estrategia nacionales y extranjeros, como Fernando Riera (a quien se refería siempre como “Don Fernando”) o el Zorro Alamos (a quien envidiaba más que nada el sobrenombre), el guatón Santibáñez (cuyo uso de la farmacéutica la dejaba maravillada).

Se enfrascaba escribiendo en cuadernos separados sus teorías sobre la Barrera Ante el Tiro Libre Directo Cerca del Area o los Acercamientos Estratégicos al Lanzamiento de Corner Corto. Siempre que la acompañaba al estadio (la mayoría de los fines de semana) mis sentimientos hacia ella oscilaban, como ahora, entre el orgullo y el bochorno, la admiración y el odio.

El estadio se convirtió en la tribuna donde proclamaba su vasto dominio de la ciencia futbolística. Ninguno de los tabloneros que entonces la escuchaban, condescendientes, irritados o entretenidos, sospechaba en lo que se convertiría con el imprevisible curso de la historia esa chiquilla gritona que no dejaba tranquilo a ningún árbitro ni a ningún ejecutante de tiro con pelota detenida. Era seca para el garabato calculado y el insulto mordaz, porque también los tenía estudiados.

Una noche de domingo, con un plenilunio imponente que surgía sobre la majestuosa cordillera de los Andes y sobre el principal coliseo deportivo del país, acompañé a Mariíta, como tantas otras veces, a ver el fútbol. Ojalá nunca hubiéramos pisado ese estadio.

Era la última fecha de la temporada. El popular elenco de Colo-Colo cayó ante Gremios F.C. y, debido a un resultado inesperado en un partido de provincia, perdió su calidad de participante en la División de Honor del fútbol profesional, por primera vez en la historia. “Colo Colo A Los Potreros” fue el titular que todos recordaremos para siempre.

Los disturbios se iniciaron al momento del pitazo final y no tardaron en extenderse a todos los centros urbanos y algunas localidades rurales. Duraron días, paralizaron al país en toda su larga extensión y fueron reprimidos con la fuerza de costumbre –y un poco más, por las dudas, como reconoció después el Ministerio de Orden Interno.

A la salida del estadio, esa noche nefasta, cuando Mariíta y yo tratábamos de escapar de la zona de la Barra Oficial del Colo-Colo, entre las llamas y el humo de los asientos plásticos anti-incendios y el hedor de las bombas vomitivas, un equipo móvil de televisión nos cerró el paso. Un audaz reportero, sin importarle el infierno que se desataba a nuestro alrededor, empezó ahí mismo a entrevistar a Mariíta, entre el indescriptible griterío y el estampido horrendo de los primeros balazos de guerra. Haciendo caso omiso del caos que nos envolvía y de los focos que le encendieron en la cara y la dejaron toda blanca, atravesada por esa luz cegadora, ella procedió a dar su explicación de lo que estaba pasando, con esa mezcla de calma, sobriedad, y elocuencia apasionada que ahora todo Chile conoce:

-Lo que acontece, señores y señoras televidentes, es consecuencia del desorden ocasionado por la irresponsabilidad de quienes, usando una lógica totalmente caduca, siguen promoviendo un espectáculo que ignora las normas más elementales de una sociedad post-global. No se podía esperar que un equipo tan disminuído como el cuadro popular enfrentase con éxito al Gremios.

El periodista, boquiabierto, le pidió clarificación, haciéndole el quite a las esquirlas de un cóctel molotov que había explotado a unos metros:

-¿Qué quiere usted decir, señorita?

Y la Mariíta, soltándose de mi brazo, largó con perfecto fraseo su propia bomba, ésa que al explotar transformaría al Chile contemporáneo:

-Es obvio, pues: No se puede seguir jugando once contra once.

Las atrocidades de la turbamulta siguieron su curso por cinco días y nueve capitales regionales. El gobierno por fin se decidió a declarar Estado de Inminencia, con toque de queda y prohibición de toda actividad deportiva, incluyendo la más mínima e inofensiva pichanguita callejera. Julio Martínez, cuyo comentario televisivo la noche que Colo Colo se fue a los potreros hizo llorar a media patria, fue sometido a un arresto domiciliario respetuoso pero férreo. Todos los medios de comunicación incomunicaron sus programas de deportes, y sólo se autorizó la transmisión en vivo de dos partidos del campeonato mundial de ajedrez, con el sonido original del satélite, la voz somnífera de un comentarista ex-soviético. La Polla Gol fue desplumada, allanada la Central de Fútbol y detenidos preventivamente centenares de dirigentes y propietarios de clubes, quienes fueron trasladados en camiones militares a las ruinas todavía humeantes del Estadio Nacional. A ese lugar debieron también presentarse -según un bando transmitido por todos los medios de comunicación- los socios activos del club Colo Colo, especialmente aquellos que, siguiendo una tradición inmemorial, habían despedazado sus carnets después de la fatídica derrota para demostrar su descontento. Se urgió a la ciudadanía a cooperar en la caza de “todo simpatizante exaltado del mal llamado club popular”. Me atrevo a decir que todos sentimos lo mismo: ese sueño ya lo habíamos tenido.

El sábado de la semana siguiente se anunció que por fin la situación estaba bajo control. Los microbuses corrían por sus recorridos habituales, el sol brillaba en un cielo donde apenas se veían unas pocas columnas de humo y uno que otro helicóptero negro. Cuadrillas de subempleados limpiaban las grandes alamedas de escombros. Borrado todo rastro de resistencia, patrullas militares registraban metódicamente las tiendas de deportes. Procedían a quemar pilas de camisetas, medias y pantaloncillos del Colo Colo Foot-Ball Club, fotos, banderines y todo tipo de memorabilia alba. Se cremaron en retozantes hogueras cientos de pelotas de fútbol, hasta que un comunicado oficial aclaró que no estaba prohibido tenerlas, siempre que fueran “para uso personal y se encontraran junto con otros implementos deportivos”. Era el mismo sueño, sin ninguna duda.

quema de librosA las siete de la tarde de ese mismo día sábado, casi una semana después de los disturbios, cundía la expectación. A esa hora estaba anunciada una cadena obligatoria de radio y televisión. El ministro de Orden Interior rogó a todos los chilenos y chilenas conscientes que prestaran la mayor atención a un video que iba a mostrar. Yo me fui a preparar una taza de té y me tomé una aspirina. Una fiebre me sofocaba y me entumía al mismo tiempo. Cuando volví frente a la pantalla de mi televisor, se me llenaron los ojos de humo, de cascote y peñascazo, de automóviles muertos ruedas arriba, cráneos partidos, sirenas policiales, colas de gente esperando algo en el frío de la madrugada. Un déja vu perfecto, planeado al detalle, todo en blanco y negro, como algunas pesadillas. Como el uniforme del Colo Colo.

-Lo que vemos -decía la narradora, con tonos seductores- no es la enfermedad, sino sus síntomas.

Yo veía a la ameba gigantesca que somos, retorciéndose furiosa de calenturas, toda la amoeba chilensis con tercianas. Mientras tanto, había oscurecido. Los músculos del lado derecho de mi rostro fueron presa de una locura eléctrica que duró hasta que me adormecí.

Me despertó la voz de mi novia la Mariíta, que me hablaba en colores, desde el televisor. Casi no la reconocí. Decía que ella había inventado un sistema mediante el cual el deporte de las masas volvería a brillar. Se llamaba sistema Handicap y se aplicaba ya en deportes más civilizados, como el Virtual Gladiators, el Rollerball y el Ultra Golf. Terminó de hablar y me quedé dormido otra vez en el sillón.

Cuando me desperté ya era domingo, pero en vez de la bulla normal de los canutos gritando gloria a dios había un silencio de nieve, como si el más leve rumor estuviera amortiguado por el espesor amarillo que flotaba en el aire. No hacía ni frío ni calor: la temperatura real no se fijaba en ninguna parte. En ciertos lugares, como alrededor de los árboles y de los grifos del agua, hacía un calor insoportable. Bajo los dinteles de las puertas y dentro de las sábanas, una brisa helada corría. Esquivé las claras señas del desastre escribiendo cartas sin destinatario fijo hasta caída la noche, dejando que mi taza de cedrón se enfriara y se calentara de acuerdo al capricho del famoso Primer Domingo.

María empezó a aparecer en la pantalla en colores casi todos los días, prácticamente no se la veía en la universidad, y lo peor es que dejó de dirigirme la palabra, por lo menos en público. Andaba muy ocupada dirigiendo la nueva distribución de los asientos en las micros de acuerdo a mediciones fisiológicas, escogiendo la música en los lugares de trabajo, los colores y la iluminación de los cines y video-parlors, preocupada de la altura de los urinales, el ruido cerca de los hospitales, todos los márgenes de duda, los males de la edad, los caprichos de natura, la magia y lo empírico en la vida social, la siamesización de los sistemas políticos, el mal aliento, el “olor a pies” (así hablaba), las tasas bancarias, las tazas de café con la justa capacidad, la expansión de las medidas de calzado (siempre se quejó de no encontrar zapatos para su breve y estrecho pie), la legislación para permitir el rayado mural con sentido terapéutico, la educación acerca de los amaneceres post-racionales y las auroras del espíritu finisecular. Todo su tiempo estaba copado. Lo que quedó de nuestra tímida e insuficiente intimidad fueron unos atraques desbocados, a lo adolescente, que me dejaban sin aliento, en un limbo nostálgico y sórdido. Su escolta policial fue matando mi cariño inexorablemente.

Mi vida por esos días era, esencialmente, una vida de perros, ya no tengo para qué negarlo. María me insistía en privado que la libertad era básicamente un misterio regido por la fuzzy logic, y se lo repetía al país cada tres o cuatro noches. Y el país quedaba hipnotizado con su magnetismo irresistible.

Debe haber habido más de alguien muy poderoso que la admiraba, porque de un día para otro la coronaron Reina de Chile. La nombraron María II (el título de María I estaba reservado para la Virgen del Carmen, le vino a explicar un oficial del ejército colmado de pasamanería). reina3“No hay por qué avergonzarse de tener reina en Chile”, me decía, la monarquía moderna ha pasado a ser garantía de estabilidad. La ameba de este país va a estar así menos sujeta a las fiebres extremistas que la escinden periódicamente”.

Reconozco que veces sus elegantes raciocinios lograban convencerme, pero el problema fue que la plebe calladamente despreciaba los nuevos deportes inventados por la Reina Doña María II. El pueblo (o “la gente”, como prefiere decir ella) echaba de menos el fútbol, que había sido suspendido mientras se afinaban los detalles del sistema Handicap, que eran los siguientes: cancha en lo posible sintética, jugadores exactamente del mismo tamaño, número de jugadores en cada equipo calculado en base a un coeficiente de habilidad, dimensiones de arco variable según otras fórmulas, visores electrónicos para los arqueros, equipos de comunicación, experiencia virtual 3-D para los entrenadores y para el público dispuesto a pagar este servicio. Para hacerlo más participativo, algunos espectadores (previo pago) podrían meterse a jugar por unos minutos por el equipo de sus amores, si es que se producía algún desequilibrio que le restara interés al partido.

Pero brotaban como callampas las pichangas a la antigua por todas partes. Los carabineros, a pesar del comprobado impacto sicológico de sus peladas al cero y de los beneficios de la meditación trascendental y el sensitivity training a que Su Majestad los había obligado, apenas daban abasto para controlar las rebeliones futboleras dominicales. Cierta noche importante para la historia del país, un comando fútbol-terrorista se tomó un canal de televisión y obligó al encargado a transmitir un video clandestino con todos los goles del censurado mundial de Noruega, sin comerciales, cada gol con repeticiones generosas en deliciosa y sensual cámara lenta, desde todos los ángulos imaginables.

-La libertad es un misterio, y misteriosos son sus caminos- me decía Su Alteza Serenísima esa misma noche, mientras el país entero se consolaba con los hermosos goles de contrabando y los veintidós jugadores de tamaños surtidos corriendo por toda la cancha verde de pasto natural sin ninguna mierda de sistema Handicap. Confieso que esa noche memorable yo tenía mucho sueño y poco interés en sus peroratas. Quise irme a dormir a mi casa, por si alcanzaba a ver alguno de los goles terroristas (algo había oído unas horas antes), pero -milagro de milagros-, después de meses de abstinencia, María me invitó a su cama y me ofreció las delicias inigualables de su suavísima epidermis real.

Me desperté de madrugada y vi a Su Majestad Real María mirándome muy seria, con ojos de halcona, como cuando me asustaba. Me dijo:

-Me quedé esperando, como lo tenía previsto. Mi hijo será el primer rey de Chile y se va a llamar Rafael, como mi padre. Si quieres, le puedes agregar tu segundo nombre.

Siguieron y siguieron y siguieron unos días somnolientos, y María Reina Mía engordaba y engordaba y engordaba una barriga puntuda, asimétrica, fea. El último de esos días malgastados fui a conocer a mi hijo Rafael I y a despedirme de la Reina Madre. No fui el primero en marcharme, ni el último: cuentan que en las calles de Santiago va quedando poca gente. Así fue el acabo de mundo, pensé, volando sobre el desierto de Atacama. Yo tenía muchas cosas importantes que decirle, pero es que nunca me atreví.

Este cuento, escrito en Ohio en 1982, se debe a la conjunción de una anécdota trivial con la atmósfera pesadillesca del Chile de la dictadura militar. Una compañera de estudios con la que pololeaba, hija de un ex alto oficial de la Armada, me confesó un día su ardiente admiración por la monarquía como sistema político, y me mostró la abultada correspondencia que mantenía con varias casas reales europeas, en particular con la de Windsor. Su afición por el fútbol junto con su cuidada inocencia política, me dieron el modelo para Mariíta, la Reina de Chile. Lo demás es fantasía futbolera.

 

 

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