Vicky

Le calculé unos 35 años, 10 más que yo. Parecía sacada de una película de espías en un futuro distópico, soundtrack de Kraftwerk, fuera de lugar en una fiesta de estudiantes desastrados, gente socialmente inepta, gente neura, algo arisca al agua, gente con tesis a medio escribir.

La dueña de casa la vio sola y me pidió que la inflara. La invité a bailar, pero ella prefería terminar su trago. Mejor, no soy fan de la danza. Fui a buscar vino y nos pusimos a hablar. Alguien sacó una foto donde parecemos viejos amigos: yo me inclino y ella me susurra al oído.

En la foto podríamos ser el cura confesor y la feligresa que inventa pecados para salir del paso, ella en su silla Barcelona, yo en mi piso de plástico. Ella, vestida de heroína de animé noir. Yo, muy de suéter ochentero y de bufanda, ridículo. «Me llamo Vicky», me está diciendo.

Es la única foto que tengo de esa noche, aunque no necesito fotos para acordarme de su brazo estirado hacia atrás para no molestarme con el cigarro, de la sonrisa chueca y triste al botar humo, de su acento inubicable y sus zapatos puntiagudos marcando mal el compás de la música.

De repente sonó Depeche Mode (no sé, eran los 80). Se paró, muy seria, me levantó y me tomó como si fuéramos a bailar tango. La canción se llamaba «Dressed in Black». Nadie más la bailó, tal vez porque traía un aire nostálgico que no servía para celebraciones de fin de semestre.

«Te mentí», me dijo, «mi nombre es Hideko». Las luces multicolores de la pelotita disco se movían por su cara. Le pregunté si Hideko quería decir Vicky o Victoria en japonés. Sonrisa chueca, humo, algo parecido a la risa: «No. Es que me gusta decir my name is Vicky, eso es todo».

La canción se acabó y ella se fue al baño. La dueña de casa se acercó a preguntarme cómo la había hecho bailar. «Ella fue la que me sacó a bailar a mí», aclaré. «Qué raro, si Vicky nunca baila, nunca, es famosa por eso». En eso llegó la aludida y me pidió que la acompañara abajo.

«El estacionamiento está oscuro y necesito algo de mi auto». Hacía frío y estaba lloviendo, pero bajamos sin abrigo. «Es bajar y subir». En el ascensor hicimos la pantomima de sentir frío, cada uno sobándose los brazos y calentándose las manos delante de la boca, como en el polo.

Su auto era como de juguete. La capota había quedado mal puesta. Hubo que abrirla de nuevo para cerrarla bien y como la lluvia arreciaba en unos pocos minutos se mojó todo el interior. El agua me bajaba por el cuello y la espalda, las zapatillas traspasadas de humedad y de hielo.

«No quiero volver a subir, vámonos, estoy empapada», dijo, y ahí la tormenta se desató. Ella manejaba a golpe de manubrio y embrague, apartándose el pelo que le goteaba en la cara. No se veía un carajo, porque el limpiaparabrisas no funcionaba. Yo no tenía idea para dónde íbamos.

rain winshieldEn este punto la memoria chispotea o relumbra con tal intensidad que quema los contornos del recuerdo. La veo a ella iluminada por los focos y las luces de freno, implacable. Siento los vaivenes de frenadas y virajes, la aceleración, el bramido del motor, las llantas que chillan.

Entramos en su casa como ladrones, porque no quiso prender las luces. «Tus zapatos», dijo mientras se quitaba los suyos en la oscuridad azul, sus dedos fríos alrededor de mi muñeca, guiándome por los pasadizos blancos, soltándome para desvestirse como quien te deja caer al vacío.

«Te vas a resfriar si no te sacas esa ropa», dijo. ¿Por qué estamos susurrando? ¿Hay alguien más en esta casa?, pensé. Pero solo atiné a decir «no veo nada», aunque no era cierto: por la ventana entraba el fulgor de la tormenta, el resplandor rojizo de la ciudad entre la neblina.

Si esfuerzo la memoria, me llega la certeza de que nada de lo que pasó fue fácil o cómodo, pero si dejo que el recuerdo se aquiete en su propia sombra de lejanía, se vuelve dulce y sencillo, una lumbre sosegada como la que entraba a través de los cristales donde corría la lluvia.

Me imagino que lo mismo le pasará a ella, si es que se acuerda. Todo lo arduo y agobiante —el no poder bailar, sus nombres falsos, la casa a oscuras, la capota que nunca se cerraba, el arrojo suicida detrás del parabrisas empañado— habrá perdido la urgencia opresiva de esa noche.

«Si aprieto los párpados te veo japonés». Me iba palpando la nariz, los pómulos de indio, los ojos achinados. Mencioné el estrecho de Bering, los genes migrantes por el hielo, las cordilleras y planicies, el mapa andino, las arenas. «Por eso me confundes con lo que no soy», dije.

Me preguntó si la veía japonesa. Le dije que sí. «Mira bien antes de responder». Está oscuro, estoy hablando de memoria. Nos reímos por turnos, ella primero. «Soy francesa, como mi madre». Se acercó a la ventana, buscando la luz azul. «¿Qué hora será?», dijo como si hablara sola.

Sacamos la ropa todavía húmeda de la secadora y volvimos a la fiesta a buscar lo que habíamos dejado, que en mi caso era todo: pasaporte, un poco de plata, las diskettes de una tesis inconclusa. Había escampado y la carretera estaba vacía, pero Hideko igual manejaba como demente.

Se había ido todo el mundo y la dueña de casa, descalza y con el pelo tomado, recogía botellas, vasos sucios y ceniceros. Ella y Hideko hablaron en japonés. Se rieron sin disimulo. Yo abrí un ventanal que daba al río y aspiré el olor a mar que había dejado tras de sí la tormenta.

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Un cuento de Lorrie Moore en referencia a uno de Nabokov

Lorrie Moore
 

Foto de Linda Nylind

 

Tengo el privilegio de escoger lo que traduzco y tal vez por eso nunca encuentro demasiadas sorpresas al momento de trabajar un texto. Sé adónde va, sé adónde voy a meterme antes de empezar y aunque siempre hay imprevistos, obstáculos y pasadizos inesperados, creo tener siempre una noción de adónde va el texto mismo: un lugar de aterrizaje o un punto de salida.

Esta vez elegí a ciegas, sin lectura previa, movido por la curiosidad. Me enteré no me acuerdo dónde de que Lorrie Moore escribió este cuento como una especie de homenaje a Nabokov. Mejor dicho, versioneó un cuento de Nabokov, “Signs and Symbols” (1948) que hace un tiempo traduje aquí como “Símbolos y señas“. Así que, como nunca antes había hecho, empecé a leer y traducir al mismo tiempo, una operación de lectura muy lenta pero muy sistemática que me recordó esas máquinas que limpian y renuevan la superficie de una pista de hielo. Zamboni es el nombre de este acto de traducción literaria simultánea.

La prosa de Moore no es fácil de trasladar a los registros del castellano, porque se ubica a veces al filo de la sintaxis, cambiando de ritmo y de profundidad a cada rato, con giros que no solamente son impredecibles sino que son además estremecedores y repentinos. Es una prosa que no le tiene miedo a nada y que de repente te sitúa como lector en terrenos cargados de emoción y significado. Me pasó lo que nunca antes: tuve que dejar de traducir en cierto momento ––no voy a decir cuál–– porque me embargó una pena muy profunda, parecida a la que me inundó cuando traduje el final de Bartleby o cuando leía las últimas páginas de Stoner o cierto pasaje de “El Ojo Silva”.

Al día siguiente, hoy, retomé y aquí ofrezco un relato inolvidable que además está lleno de referencias literarias. Lo que tal vez empezó siendo un ejercicio, acabó manifestándose como the real thing, con lo que quiero decir la cosa aquella que adquiere su propia realidad dejando atrás, sin nunca perderlo de vista, esa referencia original.


Referencial

Por tercera vez en tres años, trataron de decidir cuál sería un regalo de cumpleaños apropiado para el hijo demente de ella. Había tan pocas cosas que permitían llevarle, de hecho: casi todo podía transformarse en arma, así que casi todas las cosas había que dejarlas en la recepción y luego, si las mandaban pedir, las ingresaba un auxiliar grandote rubio que revisaba cada objeto de antemano para analizar su potencial dañino. Pete había llevado un canasta de mermeladas de fruta, pero venían en frascos de vidrio y, por lo tanto, no se permitían. «Me olvidé de ese detalle», dijo él. Los frascos estaban ordenados por color, desde la mermelada más luminosa hasta la mora de los pantanos, hasta el higo, como si contuvieran muestras de orina de una persona cada vez más enferma. Menos mal que las van a confiscar, pensó ella. Ya encontrarían otra cosa que traerle.

Cuando cumplió doce años y empezó con sus murmullos confusos y callados —había dejado de lavarse los dientes—, Pete llevaba seis años con ellos, y ahora habían pasado cuatro más. El amor que le tenían los dos a Pete era largo y sinuoso, con curvas escondidas pero sin paradas de verdad. Su hijo lo consideraba una especie de padrastro. Ella y Pete habían envejecido juntos, aunque ella mostraba más la edad, con esos vestidos camiseros negros que se ponía para verse más delgada y ese pelo ahora canoso sin teñir, con mechas que le colgaban como musgo español. Poco después de que desvistieran a su hijo y le pusieran esa bata de hospital y lo internaran, ella también se había despojado de sus collares, sus aros, sus bufandas —todos sus aparatos prostéticos, le dijo a Pete, tratando de ser graciosa— y los había guardado en un estuche de acordeón debajo de su cama. No le permitían ponérselos en las visitas, así que no se los iba a poner para nada, una especie de solidaridad con su hijo, una nueva viudez encima de la viudez que ya poseía. Al contrario de otras mujeres (que tendían a afanarse demasiado, con lencería chillona y joyas llamativas), ahora sentía que ese tipo de esfuerzo era ridículo, y andaba por el mundo como una mujer amish, o quizás, todavía peor, cuando la luz inmisericorde de la primavera le daba en la cara, como un hombre amish. Si iba a envejecer, ¡que fuera como ciudadana cabal del país de origen! «A mí siempre me pareces hermosa», eso Pete ya no lo decía.

Pete había quedado sin trabajo en el último bajón de la economía. En cierto momento estuvo a punto de irse a vivir con ella, pero los crecientes problemas del hijo lo habían hecho retroceder. Dijo que la quería, pero que no podía hallar el espacio que necesitaba para sí mismo en la vida de ella o en su casa. (No culpó al hijo— ¿o sí?). Le echaba el ojo, con una codicia algo notoria y haciendo comentarios ácidos, a la pieza del frente, donde vivía el hijo cuando estaba en casa, con sus grandes frazadas y cartones vacíos de helados, una Xbox y sus DVDs.

Ella ya no sabía decir adónde se iba Pete, ausencias que podían durar semanas. Creía que no preguntar era un acto de sobriedad y de apego, trataba de que no le importara. Una vez sentía tanta hambre de contacto que fue a la peluquería La Trenza Estresada, a la vuelta de la esquina, solo para que le lavaran el pelo. Las pocas veces que voló a Buffalo a visitar a su hermano y su familia, al pasar por la seguridad del aeropuerto había optado por que le revisaran el cuerpo a mano y con la vara electrónica en vez del escáner.

«¿Dónde está Pete?» gritaba el hijo cuando ella lo iba a visitar sola, su cara escarlata de acné, hinchada y ensanchada por los remedios que habían cambiado y vuelto a cambiar, y le dijo que Pete tenía algo que hacer, pero que pronto, tal vez la semana siguiente, iba a venir. La asolaba un vértigo maternal, la habitación giraba, y las cicatrices delgadas en los brazos de su hijo a veces parecían deletrear el nombre de Pete, la pérdida de los dos padres tallada primitivamente en un álgebra hecha piel. En las vueltas de carrusel de la habitación, esas líneas blancas cicatrizadas parecían un burdo graffiti de campamento, como cuando los jóvenes tallaban con rigidez las palabras «PEACE» y «FUCK» en mesas de picnic y árboles, la «C» tres cuartos de un cuadrado. La mutilación era un lenguaje. Y viceversa. Cortándose, su chico se ganaba el cariño de las chicas, muchas de las cuales también se cortaban y, como no se veían muchos chicos que lo hicieran, en las sesiones de grupo se hizo muy querido, lo que a él no le interesaba y tal vez ni siquiera se daba cuenta. Cuando nadie vigilaba, a veces se cortaba la palma de los pies—con papel filoso de la hora de manualidades. En grupo, hacía como que leía el futuro de las chicas en la palma de sus pies, anunciando la llegada de desconocidos y la progresión hacia el romance —dedomance, decía, jugando con las palabras—, y a veces viendo su propio destino en los cortes que ellas se hacían.

Ahora ella y Pete iban a ver al hijo de ella, sin los frascos de dulce pero con un libro blando, de bordes maltrechos, sobre Daniel Boone, sacado del librero de ella, lo que estaba permitido, a pesar de que el hijo iba a creer que el libro contenía mensajes para él, iba a creer que, a pesar de que se trataba de alguien de otra época lejana, era también la historia de su propio dolor y de su heroísmo para enfrentar todo tipo de espesuras salvajes, derrotas y secuestros, que su vida se podría extender hacia el libro, que era simplemente una noble armazón para revelar relatos que trataban de él. Había pistas en las palabras de las páginas cuyos números sumaban su edad: 97, 88, 466. Había otras referencias veladas a su propia existencia. Siempre iba a haber.

Se sentaron juntos en la mesa de las visitas, y su hijo dejó de lado el libro y trató de sonreírles a los dos. Había una dulzura muda en sus ojos, la dulzura con la que había nacido, si bien era capaz de disparar furia como un perdigonazo hacia ellos. Alguien le había cortado el pelo castaño claro— o por lo menos lo había intentado. Tal vez la persona encargada no había querido que las tijeras estuvieran cerca de él por mucho rato y había dado unos tijeretazos rápidos, se había apartado de un salto, se había acercado otra vez para agarrar y cortar, después saltado hacia atrás. Eso parecía. Su hijo tenía un pelo ondeado que había que cortar con cuidado. Ahora no caía en cascadas sino que estaba cerca del cuero cabelludo, sobresaliendo en ángulos que seguramente no le importaban a nadie más que a una madre.

—¿Dónde has estado?— su hijo le preguntó a Pete.

—Buena pregunta— dijo Pete, como si alabar la cosa fuera a hacerla desaparecer. ¿Cómo podía alguien estar sano mentalmente en un mundo así?

—¿Nos echas de menos?— preguntó el chico.

Pete no contestó.

—¿Piensas en mí cuando miras los capilares negros de los árboles por la noche?

—Supongo que sí—. Pete se lo quedó mirando de vuelta, para no moverse en su asiento. —Siempre estoy esperando que estés bien y que te traten bien aquí.

—¿Piensas en mi mamá cuando miras las nubes y todo lo que contienen?

Pete se quedó callado otra vez.

—Suficiente— ella le dijo al chico, que se volvió a ella con la expresión cambiada.

—Se supone que van a traer torta esta tarde porque alguien está de cumpleaños— dijo.

—Qué bueno va a estar eso— dijo ella, sonriendo de vuelta.

—Sin velas, por supuesto. Ni tenedores. Vamos a tener que tomar el betún y aplastarlo encima de los ojos para quedar ciegos. ¿Alguna vez piensas en cómo, en ese momento de las velas, el tiempo se detiene, a pesar de que los momentos se llevan el humo? Es como el fuego del amor ardiente. ¿Alguna vez te preguntas por qué tanta gente tiene cosas que no merece, a pesar de lo absurdas que son esas cosas, para empezar? ¿Realmente crees que un deseo puede cumplirse si nunca nunca nunca nunca nunca, pero nunca se lo cuentas a nadie?

En el trayecto de regreso a casa, ella y Pete no intercambiaron una sola palabra, y cada vez que ella le miraba las manos envejecidas, aferradas artríticamente al volante, esos pulgares tan conocidos apuntando hacia abajo de manera un poco simiesca, ella comprendió de nuevo el lugar de desesperación en que los dos estaban, aunque sus desesperaciones estaban aparte, sin compartirse, y entonces sus ojos sintieron la presión punzante de las lágrimas.

La última vez que su hijo lo había intentando, su método había sido, en palabras del médico, mórbidamente ingenioso. Tal vez lo hubiera logrado, pero otra paciente, una chica del grupo, lo había detenido a último minuto. Hubo que trapear sangre. Por un tiempo, su hijo quería solo un dolor que lo distrajera, pero eventualmente había querido rasgar un agujero en sí mismo y escaparse por ahí. La vida, para él, estaba poblada de espías y de espionajes inquietantes. Pero los espías a veces también huían, y alguien tendría que salir a perseguirlos por los ondulantes campos de los sueños, hasta las montañas tempranas de significados que despuntaban, y así, paradójicamente, poder escapar completamente de ellos.

Acechaba una tormenta, y un rayo hizo su zigzag súbito y resuelto entre las nubes. Ella no necesitaba una demostración tan severa de que los horizontes podían hacerse pedazos, llenos de mensajes y códigos descifrados, pero ahí estaba. Una nevazón de primavera empezó a caer cuando el rayo todavía estallaba, y Pete echó a andar los limpiaparabrisas para que pudieran escrutar a través de los semicírculos despejados el camino que se oscurecía frente a ellos. Ella sabía que el mundo no había sido creado para hablarle solo a ella; sin embargo, igual que a su hijo, a veces las cosas sí le hablaban. Los árboles frutales habían florecido antes de tiempo, por ejemplo —los huertos por los que iban pasando se veían rosados— pero los calores prematuros llegaron antes que las abejas, y habría poca fruta. La mayoría de las flores que colgaban se iba a caer en esa misma tormenta.

Cuando llegaron a la casa y entraron, Pete se miró al pasar en el espejo del pasillo. Quizás necesitaba asegurarse de que estaba vivo y de que no era el fantasma que parecía ser.

—¿Quieres tomar algo?— preguntó ella, con la esperanza de que se quedara.—Me queda un poco de buen vodka. ¡Te podría hacer un buen White Russian!

—Vodka sola—dijo él, reticente — sin nada.

Ella abrió el congelador para sacar el vodka, y cuando lo cerró se quedó ahí parada un momento, mirando las fotografías de imán pegadas a la puerta del refrigerador. De bebé, su hijo parecía más feliz que la mayoría de los otros bebés. A los seis años, todavía sonreía y hacía el payaso, sus brazos y piernas disparándose como estrellas en explosión, sus dientes perfectamente separados refulgiendo, su pelo en rulos de miel. A los diez, tenía una expresión pensativa y temerosa, aunque había luz en su mirada, y sus lindos primos estaban junto a él. Ahí estaba, un adolescente algo gordito, su brazo alrededor de los hombros de Pete. Y ahí, en el rincón, era un infante otra vez, en brazos de su padre, circumspecto, apuesto, de quien él no se acordaba porque había muerto hacía tanto tiempo. Todo esto había que aceptarlo. Vivir no significaba apilar una alegría encima de otra. Era apenas la esperanza de que hubiera menos dolor, esperanza jugada como se juega un naipe encima de otra esperanza, un deseo de que salieran actos de bondad y actos de misericordia como reyes y reinas en un giro inesperado del juego. Uno podía tener la cartas o no: igual iban a parar a la mesa de la misma forma. La ternura no tenía que ver con esto, excepto de un modo dañado.

—¿No quieres hielo?

—No —dijo Pete.— No, gracias.

Ella puso dos vasos de vodka en la mesa de la cocina. Se hundió en la silla, frente a él.

—Tal vez te ayude a dormir—dijo ella.

—No sé si hay algo que pueda ayudarme en eso—dijo, tomando un sorbo. El insomnio lo asolaba como una plaga.

—Me lo voy a traer de vuelta esta semana— dijo ella.—Necesita que le devuelvan su hogar, su casa, su pieza. No es un peligro para nadie.

Pete tomó más, sorbiendo con ruido. Ella se daba cuenta de que él no quería saber nada de esto, pero sintió que no le quedaba más que seguir adelante. —Tal vez tú podrías ayudar. Él te admira.

—¿Ayudar cómo?—preguntó Pete con un destello de rabia. Ahí quedó el tintineo de su vaso contra la mesa.

—Podíamos turnarnos para pasar parte de la noche cerca de él— dijo ella cautelosamente.

Sonó el teléfono. El teléfono de pared marca Radio Shack casi no traía más que malas noticias, por lo que el ruido de la campanilla, especialmente en la noche, siempre la sobresaltaba. Reprimió un temblor, pero sus hombros igual se encorvaron, como si anticipara un golpe. Se puso de pie.

—¿Aló?— dijo, contestando al tercer toque, con el corazón retumbando, pero la persona al otro lado colgó. Ella se sentó otra vez.—Supongo que habrá sido un número equivocado— dijo, añadiendo: —A lo mejor tú quieres más vodka.

—Solo un poco. Después me tengo que ir.

Ella le sirvió un poco más. Le había dicho lo que le tenía que decir y no tenía ganas de persuadirlo. Lo iba a esperar; que diera un paso adelante él con las palabras adecuadas. Al contrario de sus amigas más malévolas, que insistían con sus advertencias, ella creía que había en Pete un profundo lado bueno, y ella siempre lo esperaba con paciencia. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

El teléfono sonó de nuevo.

—Probablemente te quieren vender algo—dijo él.

—Los odio— dijo ella. —¿Aló?— dijo con más fuerza en el auricular.

Esta vez, cuando la persona colgó, ella le echó una mirada al panel iluminado del teléfono, donde tendría que quedar revelado el número de la persona que llamaba.

Se sentó otra vez y se sirvió más vodka.—Alguien está llamando desde tu departamento— dijo ella.

Él terminó de un trago el resto de su vaso.—Me tengo que ir— dijo, y se levantó. Ella lo siguió. En la puerta, lo observó agarrar el pomo de la cerradura y hacerlo girar con firmeza. La abrió de par en par, bloqueando el espejo.

—Buenas noches— dijo él. Su expresión ya se había adelantado hacia un lugar lejano.

Ella lo rodeó con sus brazos para besarlo, pero él apartó la cara abruptamente, de modo que la boca de ella terminó tocando su oreja. Ella se acordó de que él había hecho esta maniobra evasiva hacía diez años, cuando recién se habían conocido, y él se encontraba en transición entre un romance y otro.

—Gracias por acompañarme— dijo ella.

—De nada— contestó él, y luego bajó apresuradamente los escalones hacia su auto, que estaba estacionado frente a la casa. Ella no hizo el intento de acompañarlo. Cerró la puerta principal y le puso llave mientras el teléfono empezaba de nuevo a sonar.

Se dirigió a la cocina. La verdad es que sin sus anteojos no había podido leer el número que llamaba, y que había inventado eso de que era el número de Pete, pero él había transformado el invento en verdad de todos modos, así es la magia negra de las mentiras y de las suposiciones acertadas, el bluff habilidoso. Ahora se afirmó. Plantó los pies en el suelo.

—¿Aló?— dijo, al quinto toque. El panel plástico donde debería aparecer el número estaba empañado como con una tela, un papel de carta aérea encima de la cebolla; o más bien la figura de una cebolla. Una imagen encima de otra.

—Buenas noches— dijo, fuerte. ¿Qué iría a salir del estallido? Una garra de mono. Una dama. Un tigre.

Pero no hubo nada de nada.

 

 

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Pintura de Sara Hill

Un poema de Seamus Heaney

Este poema, “Follower”, me sigue por todas partes. Fue el primero de Seamus Heaney que me llamó la atención, sobre todo por la forma en que espejea el acto de arar la tierra con el de navegar.

seamusCuando Heaney ganó el Nobel, en la primavera austral de 1995, por esas casualidades de la vida, yo estaba conversando con Carlos Olivárez en la sala de redacción de La Época mientras se preparaba el número especial que le iban a dedicar al poeta irlandés. El gran José Miguel Varas estaba también ahí, en plena tarea de traducir un par de poemas, entre los cuales estaba, justamente, “Follower”. Olivárez nos presentó y cuando le conté a Varas que había estado en un taller con Heaney y que conocía bien ese poema, don José Miguel me hizo un par de consultas. Después nos largamos a hacer la pega en yunta, que concluyó con él tecleando la traducción final en su máquina de escribir. No tengo esa versión a mano. Ni siquiera tengo la certeza de que salió publicada pero, si lo fue, por ahí debe estar, en algún archivo, firmada por Varas, sin duda, porque el encargo era de él y porque las decisiones finales casi siempre fueron suyas.

Abuelito-Aleem Huasos

Y como (es sabido) todo tiene que ver con Chile, “Follower” me recuerda “El arado”, la canción de Víctor Jara que, a su vez, es la canción que más le gusta a mi padre, cuya infancia transcurrió entre Monte Águila y Tinguiririca. Mi papá sabe de arados de verdad, no como yo, que solamente conozco los de la literatura y, más encima, traducidos.

Así que este es un poema dos veces traducido, a twice-translated poem. Sería medio borgiano que las traducciones de 1995 y de 2020 fueran idénticas, pero lo dudo, porque eso no pasa en la vida de verdad, solo en los sueños.

José-Miguel-Varas

Nunca se ara el mismo campo, diría un irlandés, con esa cara que ponía Heaney cuando sacaba alguna ocurrencia y entrecerraba un ojo para rochar bien por dónde había que cortar el surco.


 

Seguidor

Mi padre trabajaba con su arado de caballos,
sus hombros hinchados como vela a todo viento
entre el surco y las manceras.
Los caballos se esforzaban al chasquido de su lengua.

Era experto. Colocaba la orejera
y ajustaba el diente de brillante acero.
La tierra se apartaba como oleaje sin romper.
Al final del surco, con un solo tirón

De las riendas, la collera sudorosa se volteaba
y de vuelta en dirección al campo. Sus ojos
entrecerrados y en ángulo al suelo,
navegando el surco con exactitud.

A tropezones en la estela de sus botas,
me caía a veces en la tierra limpia;
a veces me llevaba en sus espaldas,
en el sube y baja de su paso lento.

Yo quería crecer y poder arar,
cerrar un ojo, afirmar el brazo.
No hice más que seguir
su sombra ancha por el campo.

Yo era un estorbo, me tropezaba y me caía,
siempre iba parloteando. Pero hoy
es mi padre quien se pasa tropezando
detrás mío, y no se quiere ir.

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Winslow Homer, “Man With Horse Plough”.

“El mundo está lleno de polvo, tío. Trabajemos”. Un poema de Donald Justice

Este poema me produce un placer muy particular por su sencillez y, al mismo tiempo, por la cadencia clásica de sus sonidos y de su estructura. A primera vista, la rima puede dar la impresión de ser ingenua o tosca, pero luego la repetición en que se basa adquiere un sentido y un peso similares a los de la poesía de la antigüedad.

Mi escaso conocimiento de la métrica inglesa no me deja aseverarlo con certeza, pero creo que es una estructura tan única como exacta, como una clave o contraseña que se usa una vez y luego se desecha.

Recuerdo haber leído en alguna parte que el verso con que titulo esta entrada, “The world is very dusty, uncle. Let’s work”, estaba en una placa que adornaba el estudio de trabajo de Denis Johnson, y la yuxtaposición de estos dos autores no puede ser más extraña, al mismo tiempo que tiene todo el sentido del mundo.

Uno de los grandes desafíos para traducir estos versos surge del sentido de musicalidad que caracteriza toda la obra de Donald Justice, uno de los grandes poetas norteamericanos del siglo XX. “There Is a Gold Light In Certain Old Paintings” aparece en Collected Poetry (New York: Alfred Knopf, 2004), aparecido el año de su muerte.

***

Hay una luz dorada en ciertos cuadros viejos

1

Hay una luz dorada en ciertos cuadros viejos
que representa una difusión de luz solar.
Es como la felicidad, cuando somos felices.
Viene de todas partes, esta luz, y de ninguna al mismo tiempo,
y los pobres soldados que se reclinan al pie de la cruz
comparten su caridad por partes iguales con la cruz.

2

Orfeo vaciló junto al oscuro río.
Teniendo tanto por delante miró hacia atrás.
Creemos que cantó en ese momento, pero el canto se perdió.
Por lo menos pudo ver una vez más la espalda amada.
Yo digo que así era la canción: Ah, prolonga
ahora el dolor si eso es todo lo que hay que prolongar.

3

El mundo está lleno de polvo, tío. Trabajemos.
Un día la enfermedad se irá de la tierra para siempre.
La arboleda florecerá; alguien tocará la guitarra.
Nuestro trabajo será considerado fuerte y limpio y bueno.
Y todo lo que hemos sufrido por haber existido
se olvidará como si nunca hubiéramos existido.

 

wright justice

Crusoe en Inglaterra (Elizabeth Bishop)

“Crusoe in England” apareció en The New Yorker en noviembre de 1971, unos ocho años antes de la muerte de Elizabeth Bishop. Ninguna traducción le hará justicia a la cadencia del original, leído aquí por la autora, que combina el tono vernáculo con ciertos giros y guiños propios del lenguaje literario. Como todo buen poema, se presta para interpretaciones varias: metáforas de la soledad y del exilio, meditaciones y augurios sobre el proceso creativo, etc. El verso trunco que Crusoe revisa a su regreso termina con la palabra “soledad” y pertenece al poema de William Wordsworth (1770-1850) “I Wandered Lonely as a Cloud”.

Esta versión se ofrece como work-in-progress, y cualquier sugerencia o corrección será siempre bienvenida.

 

Crusoe en Inglaterra

Un nuevo volcán hizo erupción,
dicen los diarios, y la semana pasada leí
que de un barco se vio cómo nacía una isla:
primero un aliento de vapor, a diez millas de distancia;
luego una mancha negra —seguro que basalto—
surgió en el catalejo del primer oficial
y como una mosca quedó pegada al horizonte.
La bautizaron. Pero mi pobre isla todavía sigue
todavía sin ser redescubierta, todavía sin rebautizar.
Ningún libro jamás le ha hecho justicia.

Bueno, yo tuve cincuenta y dos
volcanuchos miserables que podía subir
con unos pocos trancos sinuosos—
volcanes muertos como pilas de cenizas.
Me sentaba al borde del más alto
y contaba los otros que se alzaban,
desnudos y plomizos, con sus cabezas detonadas.
Pensaba que si fueran del tamaño
que un volcán debía tener, entonces
me había convertido en un gigante;
y si me había convertido en un gigante,
no quería ni pensar de qué porte
eran las cabras y las tortugas,
o las gaviotas, o las olas que se sucedían
—un hexágono refulgente de olas
que se acercaban y se acercaban, pero nunca tanto,
refulgentes, refulgentes, aunque el cielo
estuviera en su mayor parte nublado.

Mi isla parecía ser
una especie de basural de nubes. Si en el hemisferio
sobraban nubes, ahí llegaban y quedaban suspendidas
encima de los cráteres— sus gargantas resecas
eran calientes al tacto.
¿Será por eso que llovía tanto?
¿Será por eso que a veces todo el lugar seseaba?
Las tortugas paseaban lentamente, con sus altos domos,
seseando como teteras.
(Y yo hubiera dado años de mi vida, o aceptado vivir unos pocos de más,
por tener cualquier tipo de tetera, por supuesto).
Los pliegues de lava, corriendo al mar,
seseaban. Volteaba la mirada. Y resultaban ser
más tortugas.
Las playas eran pura lava, de varios tipos,
negra, roja, y blanca, y gris;
los colores jaspeados formaban un lindo arreglo.
Y tenía surtidores de agua. Ah,
media docena al mismo tiempo, a lo lejos,
iban y venían, avanzando y retirándose,
con las nubes por lo alto y por abajo en áreas movedizas
de un blanco raspado.
Chimeneas de vidrio, flexibles, atenuadas,
seres sacerdotales de vidrio … Yo observaba
cómo el agua ascendía en ellos como humo.
Hermoso, sí, pero no gran compañía.

A menudo me entregaba a sentir lástima por mí mismo.
«¿Merezco esto? Supongo que sí.
No estaría aquí si fuera de otro modo. ¿En algún
momento, de hecho, elegí esto?
No me acuerdo, pero puede ser que sí».
Bueno, ¿qué hay de malo en sentir lástima por uno mismo?
Con mis piernas colgando confiadamente
de la orilla del cráter, me dije a mí mismo:
«La lástima empieza por casa». Así que mientras más
lástima sentía, más me sentía como en casa propia.

El sol se ponía en el mar; el mismo sol raro
surgía del mismo mar,
y había un solo sol y un solo yo.
La isla tenía una de cada cosa:
un caracol de árbol, color violeta-azul brillante
con una concha delgada, reptaba por todas partes,
sobre la única variedad de árbol,
uno ceniciento, tipo matorral.
Conchas de caracol se esparcían por debajo en montones
y, a la distancia,
uno juraba que eran macizos de lirios.
Había un solo tipo de baya, de un rojo oscuro.
La probé, de a una, y horas aparte.
Tenía poca acidez, y no era mala, y no me enfermé;
así que hice un licor casero. Me tomaba
ese líquido terrible, gaseoso, picante,
que se me iba derecho a la cabeza
y tocaba mi flauta hecha en casa
(creo que tenía la escala más rara de la tierra)
y, mareado, gritaba y bailaba entremedio de las cabras.
¡Hecho en casa, hecho en casa! ¿Acaso no somos así todos?
Sentía un profundo afecto por
las más pequeñas industrias de mi isla.
No, no exactamente, ya que la más pequeña era
una filosofía miserable.

Porque no sabía suficiente.
¿Por qué no sabía lo suficiente de alguna cosa?
¿De teatro griego o de astronomía? Los libros
que leí estaban llenos de vacíos;
los poemas— bueno, intenté
recitárselos a mis macizos de lirios:
«Fulguran en el ojo interior,
que es la alegría…» ¿La alegría de qué?
Una de las primeras cosas que hice
al volver fue mirar qué era.

La isla olía a cabra y guano.
Las cabras eran blancas, lo mismo que las gaviotas,
y ambas eran demasiado dóciles, o tal vez me creían
cabra, también, o gaviota.
Baa, baa, baa, y graznido, graznido, graznido,
baa … graznido … baa … aún no logro sacármelos
de los oídos; ahora me duelen.
El graznar inquisitivo, las respuestas equívocas
en un terreno de seseante lluvia
y de tortugas ambulantes que seseaban
me alteraron los nervios.
Cuando todas las gaviotas tomaban vuelo al mismo tiempo,
sonaban como un gran árbol en un vendaval, sus hojas.
Cerraba los ojos y me imaginaba un árbol,
un encino, digamos, con sombra de verdad, en alguna parte.
Había oído decir que hay ganado que sufre del mal de isla.
Pensaba que las cabras lo padecían.
Un macho cabrío se paraba encima del volcán
que yo había bautizado Mont d’Espoir o Monte Desesperación
(tenía tiempo para jugar con los nombres),
y balaba y balaba, y olisqueaba el aire.
Yo lo agarraba de la barba y lo miraba.
Sus pupilas horizontales se estrechaban
y no expresaban nada, acaso un poco de maldad.
¡Me llegaron a cansar hasta los mismos colores!
Un día teñí un cabrito de rojo brillante
con mis bayas rojas, solo para poder ver
algo un poquito diferente.
Y después su madre no lo reconoció.

Lo peor eran los sueños. Por supuesto que soñaba con comida
y con amor, pero eran placenteros más
que otra cosa. Eso sí, después soñaba con cosas
como que le cortaba la garganta a un niño, confundiéndolo
con un cabrito. Tenía
pesadillas con otras islas
que quedaban lejos de la mía, infinidades
de islas, islas que reproducían más islas,
como huevos de rana que se convertían en guarisapos
de islas, sabiendo que yo tenía que habitar
en cada una de ellas, eventualmente,
épocas enteras, registrando su flora,
su fauna, su geografía.

Justo cuando creía que ya no podía soportarlo,
ni un minuto más, llegó Viernes.
(Todo lo que se cuenta sobre esto se equivoca en todo)
Viernes era amable.
Viernes era amable, y éramos amigos.
¡Si solo hubiera sido mujer!
Yo quería propagar mi especie,
y él también, creo, pobre chico.
A veces regaloneaba a los cabritos,
y echaba carreras con ellos, o andaba con uno en brazos.
—era lindo de mirar; tenía un lindo cuerpo.

Y un día vinieron y nos sacaron.

Ahora vivo aquí, otra isla
que no parece isla, pero ¿quién sabe?
Mi sangre estaba llena de ellas; mi cerebro
criaba islas. Pero ese archipiélago
se ha agotado. Estoy viejo.
También estoy aburrido, tomando mi té de verdad,
rodeado de madera sin interés alguno.
Ese cuchillo que está ahí en el estante
hedía de significado, como un crucifijo.
Estaba vivo. ¿Cuántos años
le rogué, le imploré, que no se rompiera?
Me sabía cada mella y cada raya de memoria,
la hoja azulosa, la punta rota,
las líneas de la veta de madera en la empuñadura…
Ahora ni me mira.
Su alma viviente se fue disipando.
Mis ojos se detienen en él y pasan de largo.

El museo del pueblo me pidió que
se lo deje todo a ellos:
la flauta, el cuchillo, los zapatos marchitos,
mis pantalones pelados de cuero de cabra
(se metieron polillas en el pelaje),
el parasol que tanto tiempo me tomó
para acordarme de cómo iban las varillas.
Todavía funciona, pero, cerrado,
parece un pájaro flaco y desplumado.
¿Quién va a querer cosas así?
—Y Viernes, mi querido Viernes, murió de sarampión
hará diecisiete años en marzo.

© Roberto Castillo Sandoval 2020

EBishop

Photograph ©The Rosalie Thorne McKenna Foundation

Décimas para el cumpleaños de mi madre

Mi mamá, Andrea Sandoval Valenzuela, hoy cumple 87 años. Ella no sabe qué día es hoy, ni qué año, ni por qué la gente le canta y le sopla las velitas. Mi mamá se fue de viaje sin vuelta a una zona remota donde las palabras se enredan y pierden sus referentes y donde el descanso consiste en un color, en notas musicales y canciones, en texturas, sabores y abrazos; ella vive en lo efímero. Es una condición inexorable y triste, pero a veces uno encuentra consuelo en la memoria propia. Como decía un tipo en un video (creo que sacado de un comercial), de esos bien manipuladores: “ella tal vez se haya olvidado de quién soy yo, pero yo tengo bien claro quién es ella”. Es sentimental, pero revelador.

Da para creer que la memoria que a ella se le escapó supo alojarse en la memoria de sus hijos, y lo digo porque los recuerdos de cada uno de nosotros –o hasta la estructura misma de nuestro modo de hacer memoria– fueron modelados por ella, por sus historias, sus casos, sus anécdotas y comentarios de la vida del campo, sus aventuras de niña recién llegada a la ciudad para trabajar en casas particulares, sus andanzas como trabajadora a trato en un laboratorio de remedios, sus amistades y su lista de enemigos. Los eventos que marcaron su vida también nos dejaron su huella: el terremoto de Chillán, el asesinato de su hermano mayor en Molina, sus desmayos esporádicos, la vez que se cayó de una higuera y la creyeron muerta, el casamiento con mi papá, un día lluvioso de julio; en vez de un carruaje nupcial, mi padre la sacó a dar una vuelta en la micro de mi abuelo, porque sin esa carrera no había plata. Cansada de que viviéramos de allegados con mis abuelos paternos, ella armó una carpa frente a la Municipalidad de San Miguel, el preludio de una toma de terrenos. Se metía en los centros de madres y participaba como apoderada preguntona y comprometida, a pesar de que ella no pasó de tercer año de preparatoria. No sé cómo lo hacía, cómo lo hizo, para armarnos un mundo y para hacernos entender y conciliar dos opuestos: que el mundo es, en verdad, ancho y ajeno y que, al mismo tiempo, sin que medie gran cosa entre los dos conceptos, es un mundo que puede ser abierto, libre y propio. La verdad es que sé cómo lo hizo; lo que no entiendo es cómo se las arregló. Nos llevaba a todas partes: al cine, a esas largas sesiones rotativas de tres películas al hilo: Tarzán, Godzilla, El monstruo de la laguna verde. Chaplin, Buster Keaton, Laurel & Hardy, Mary Poppins, Las cinco monedas, Dr. Doolittle. Se reía mucho con nosotros en la micros o en las tremendas caminatas que teníamos que hacer para ahorrar dos o tres pasajes de micro. Fue la que nos enseñó a leer a todos y la que nos regaló su amor por la lectura y por los actos de la imaginación. Durante la dictadura, salía a protestar, con su limoncito, su pañuelo y un poco de sal. Una vez se le olvidó el pañuelo y un rasta le regaló el suyo: ahí figura mi madre con una pañoleta y su hoja de cannabis. También durante la dictadura, se propuso terminar su educación básica en una escuela nocturna. Uno de los mayores regalos de la vida fue haberla tenido como alumna mientras yo hacía mi práctica de pedagogía en inglés. Tenía que fingir que no le tenía barra a mi mamita.

Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de esos paseos por la ciudad con mi mamá y mis hermanos es de la vez que fuimos a ver a una cantante que siempre escuchábamos en la radio y que, al parecer, resulta ser pariente. Por parte de madre. Y estas décimas son para esa ocasión, tiene que haber sido el año 65 o 66.

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Un día, en San Miguel,

se le frunce a mi maire

sacarnos a tomar aire,

y así nos lleva en tropel

con la risa a flor de piel,

a escuchar un recital

en una feria de El Llano,

donde cantaba, a lo humano,

su canto pleno y fluvial

doña Parra Sandoval

 

Y ahí estaba la Violeta

con una chomba morada

con la cara muy tapada,

y las grenchas sin peineta

¡qué le importa a una poeta

verse así toda chascona

si la prima y la bordona

dan arpegios cristalinos

que suavizan del espino

la aguja y su corona!

 

Del angelito su rin

cantaba con sus dolores

y del amor los rencores

cantaba en un sinfín;

hablaba de un querubín

y nosotros, boquiabiertos,

nos pasamos el concierto

gozando esa maravilla;

mi madre era una chiquilla

de su infancia en el huerto.

 

Nos llevaba a todos lados,

(cuatro fuimos, luego cinco)

a la rastra o dando brincos,

al cine, al centro, al mercado,

al cerro, a tomar helado,

no faltaba panorama,

ella armaba su programa

aunque no tuviera un cobre,

nunca nos sentimos pobres

callejeando con mi mama.

 

Haverford, 2 de diciembre de 2019, año de la gran rebelión.