Mary Shelley y Emily Dickinson textean sobre ciencia ficción

What may not be expected

in a country of eternal light?

—Mary Shelley

(Frankenstein or, the Modern Prometheus,

Letter 1)

 

La ciencia ficción es una rama prodigiosa

del árbol de la pulcra auto-ficción.

La auto ficción en turno hunde raíces

en el limo de lo extraño-familiar,

y lo extraño-familiar

es presagio del llamado a lo ominoso-luminoso

que se topa en la sombra por abajo con lo abyecto

y lo abyecto, que Colón nombraba maravilla

por no saber decir ciencia ficción,

es resorte de retórica y rizoma de la idea de la fe

que es fundamento de todo realismo:

el social de Isidoro de Sevilla

el fluvial de Horacio de Quiroga,

el filial de Juan Rulfo y Juan Preciado,

ciencia del pan y de la piedra de Vallejo

llamada por algunos ballenismo, bartlebismo,

o bien puesta en abismo—que es lo mismo

en el sentido moral y práctico del término,

no en el sentido instrumental y burdo

del bosque elemental y la borrasca

que promueven los Románticos,

con Joyce a la cabeza aunque lo niegue,

con el Montaigne joven, hijo de Freud,

Montaigne que es apodo de Hombre Lobo,

Kafka delirando en lengua extraña:

la ciencia ficción o la licantropía,

la ciencia cartográfica de Borges— la utopía

—Emily Dickinson bañándose desnuda

en la laguna—sabiendo que la miran desde el bosque

y es de noche en Massachusetts—

la ciencia de las aguas

rielando con estrellas mientras nada

su cadáver de ahogada hacia la playa—

boca arriba y ve

el reflejo boreal, que es el fantasma

de un barco atrapado entre los hielos

—le recuerda la silueta de un objeto volador

que nunca fue identificado,

y el ovni —se da cuenta—, que es un barco

varado entre témpanos antárticos,

es también Kafka-niño en esa foto

donde sale rodeado de palmeras,

es el Gran Teatro de Oklahoma que despega

y luego traza una zeta al alejarse

hacia Port Bou y el pasadizo Blanes,

el pasadizo Aréndt, caleidoscopio,

gramo de sal o de morfina,

la ciencia del velís perdido, el manuscrito,

melancolías submarinas de un capitán sin nombre,

la ficción de la montaña, su sermón,

un tributo de amor a lo imposible,

al familiar—extraño, al par de anteojos

colocados con primor detrás del lente

de la cámara oscura, el orificio, la pupila

velada, el corazón que bate entre las tablas,

delator, las cartas muertas e incendiadas,

las altas torres de una cárcel fría, un ministerio,

la fosa iluminada desde adentro

y el surgir de un pájaro

que tiembla como un dedo y que vacila

al activar el circuito de la tecla

y liberar la luz de las regiones

en que la luz eterna espera

que le inventen su palabra.

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El “Sueco” de Pastoral americana, de Philip Roth.

american pastoralEl Sueco. En tiempos de la guerra, cuando yo todavía estaba en la primaria, ese era un nombre mágico en nuestro barrio de Newark, hasta para los adultos a una generación de distancia del gueto de la calle Prince y que todavía no se habían americanizado lo suficiente como para impresionarse por las hazañas de un atleta de escuela secundaria. El nombre era mágico; igual que su cara anómala. Entre los pocos estudiantes judíos de tez clara en nuestro colegio público mayoritariamente judío, ninguno contaba ni remotamente con algo similar a la insensible máscara vikinga de mandíbula prominente de ese rubio de ojos azules que vino a nacer en nuestra tribu con el nombre de Seymour Irving Levov.

El Sueco jugaba de atacante en el fútbol, de centro en el básquetbol, de primera base en béisbol. Solo el equipo de básquetbol servía para algo—ganó dos veces el campeonato de la ciudad con él de anotador máximo—, pero mientras el Sueco jugara bien, el destino de los equipos deportivos del colegio no le importaba mucho a un estudiantado cuyos padres y abuelos, en su mayoría gente de escasa educación y cargada de penurias, veneraban los logros académicos por encima de todo lo demás. La agresividad física, aunque estuviera camuflada de uniformes atléticos y reglas oficiales, y aunque no fuera para dañar judíos, no era una fuente tradicional de placer para nuestra comunidad— como sí lo eran los títulos académicos. A pesar de esto, gracias al Sueco, el vecindario se embaló en una fantasía sobre sí mismo y sobre el mundo, la misma fantasía de todo fanático del deporte: casi como los no-judíos (como se imaginaban que eran), nuestras familias fueron capaces de olvidarse de cómo funcionan las cosas en realidad y depositar todas sus esperanzas en una competencia deportiva. Principalmente, pudieron olvidarse de la guerra.

La transformación del Sueco Levov en el Apolo del hogar de los judíos de Weequahic se explica más que nada, creo, por la guerra contra los alemanes y los japoneses y los temores que producía. Mientras estuviera el Sueco invencible en el campo de juego, la superficie sin sentido de la vida les daba un sustento extraño y delirante, un alegre alivio de inocencia sueciana, a quienes vivían con el miedo de no ver nunca más a sus hijos o a sus hermanos o a sus maridos.

¿Y cómo lo afectaron a él la glorificación, la santificación de cada gancho embocado, de cada pase al que saltó y atrapó, de cada batazo recto por la línea izquierda para llenar dos bases? ¿Era eso lo que había puesto tan seriote, tan cara de palo? ¿O era esa sobriedad con aspecto de madurez la manifestación externa de una ardua lucha interna para mantener a raya el narcisismo que una comunidad entera derramaba sobre él con tanto amor? Las cheerleaders tenían una rutina especial para el Sueco. Al contrario de otras rutinas que servían para inspirar a todo el equipo o para aleonar al público, esta era un tributo rítmico, golpeando fuerte el piso con los pies, solo para él, un entusiasmo indisoluble y sin tapujos inspirado en la perfección del Sueco. La rutina hacía temblar el gimnasio en los partidos de básquetbol cada vez que él agarraba un rebote o marcaba un doble; pasaba por las graderías como una ola en nuestro lado del City Stadium durante los partidos de fútbol, cada vez que ganaba una yarda o interceptaba un pase contrario. Hasta en los partidos de béisbol con escaso público allá en Irvington Park, donde no había una entusiasta escuadra de cheeleaders con una rodilla en tierra, se podía oir el cántico entonado por un puñado de hinchas de Weequahic desde las gradas de madera, no solo cuando al Sueco le tocaba salir a batear, sino hasta cuando le tocaba hacer un out muy sencillo en primera base. Era un canto de ocho sílabas, tres de ellas con su nombre y sonaba así: ¡Pa papa! ¡Pa pa pa… papa! y el tempo, especialmente en los partidos de fútbol, se aceleraba en cada repetición hasta que, en el punto más lato del frenesí de adoración, se descargaba en éxtasis una explosión de ruedas gimnásticas, faldas volando al viento, y los calzones anaranjados de diez macizas cheerleaders destellaban como fuegos artificiales delante de nuestros ojos maravillados— y no por amor a ti o a mí, sino por el maravilloso Sueco. «¡Sueco Levó! ¡Rima con… amó! ¡Sueco Levó! ¡Rima con… amó! ¡Sueco Levó! ¡Rima con… amó!»

Sí, hacia el lado que mirara, la gente estaba enamorada de él. Los dueños de las dulcerías a quienes los más chicos molestábamos nos gritoneaban «¡Hey, tú, no!» o «¡Cabro chico, cór-ta-la!», pero a él le decían con respeto: «Sueco». Los padres y madres sonreían y se dirigían a él como «Seymour». Las muchachas dicharacheras que lo veían pasar hacían alarde de estar embelesadas y las más valientes le gritaban: «¡Vuelve, vuelve aquí, Levov de mi vida!». Y él dejaba que todo esto pasara, se paseaba por el vecindario en posesión de todo ese amor, dando la impresión de que no sentía nada. Al contrario de lo que nos imaginamos sobre el efecto enaltecedor que tendría en nosotros una adulación total, acrítica, idólatra como esa, el cariño que le echaban encima al Sueco parecía en realidad privarlo de todo sentimiento. En ese muchacho, aceptado como símbolo de esperanza por muchos— como encarnación de la fuerza, la determinación, el valor audaz que lograría traer de vuelta incólumes a nuestros soldados de Midway, Salerno, Cherburgo, las islas Solomon, las Aleutianas, Tarawa— parecía no haber ni una gota de humor o ironía que pudiera interferir con su don dorado de tomar responsabilidad.

Pero el humor o la ironía era como un lastre al batear para un chico como el Sueco, porque la ironía es un consuelo para los mortales y no sirve para nada si se te están dando las cosas como a un dios. Una de dos; o había un lado entero de su personalidad que él reprimía, o que estaba todavía adormecido, o bien, lo más probable, ese lado no existía. Su distancia, su aparente indolencia como objeto de deseo de esta cópula asexuada, lo hacía parecer, si no divino, su buen poco por encima de la humanidad más básica de todos los otros alumnos. Estaba atado a la historia, era instrumento de la historia, querido con una pasión que tal vez no hubiera llegado a cuajar si él hubiera roto el récord de básquetbol de Weequahic (marcando veintisiete puntos contra Barringer) cualquier otro día y no ese día triste, triste de 1943 en que cazas de la Luftwaffe derribaron cincuenta y ocho Fortalezas Voladoras, dos cayeron víctimas del fuego antiaéreo, y cinco más se estrellaron después de cruzar el Canal de la Mancha al regresar de su misión de bombardeo en Alemania.american pastoral

Hilo en 280 x párrafo

Le calculé unos 35 años, 10 más que yo. Parecía sacada de una película de espías en un futuro distópico, soundtrack de Kraftwerk, fuera de lugar en una fiesta de estudiantes desastrados, gente socialmente inepta, gente neura, algo arisca al agua, gente con tesis a medio escribir.

La dueña de casa la vio sola y me pidió que la inflara. La invité a bailar, pero ella prefería terminar su trago. Mejor, no soy fan de la danza. Fui a buscar vino y nos pusimos a hablar. Alguien sacó una foto donde parecemos viejos amigos: yo me inclino y ella me susurra al oído.

En la foto podríamos ser el cura confesor y la feligresa que inventa pecados para salir del paso, ella en su silla Barcelona, yo en mi piso de plástico. Ella, vestida de heroína de animé noir. Yo, muy de suéter ochentero y de bufanda, ridículo. «Me llamo Vicky», me está diciendo.

Es la única foto que tengo de esa noche, aunque no necesito fotos para acordarme de su brazo estirado hacia atrás para no molestarme con el cigarro, de la sonrisa chueca y triste al botar humo, de su acento inubicable y sus zapatos puntiagudos marcando mal el compás de la música.

De repente sonó Depeche Mode (no sé, eran los 80). Se paró, muy seria, me levantó y me tomó como si fuéramos a bailar tango. La canción se llamaba «Dressed in Black». Nadie más la bailó, tal vez porque traía un aire nostálgico que no servía para celebraciones de fin del semestre.

«Te mentí», me dijo, «mi nombre es Hideko». Las luces multicolores de la pelotita disco se movían por su cara. Le pregunté si Hideko quería decir Vicky o Victoria en japonés. Sonrisa chueca, humo, algo parecido a la risa: «No. Es que me gusta decir my name is Vicky, eso es todo».

La canción se acabó y ella se fue al baño. La dueña de casa se acercó a preguntarme cómo la había hecho bailar. «Ella fue la que me sacó a bailar a mí», aclaré. «Qué raro, si Vicky nunca baila, nunca, es famosa por eso». En eso llegó la aludida y me pidió que la acompañara abajo.

«El estacionamiento está oscuro y necesito algo de mi auto». Hacía frío y estaba lloviendo, pero bajamos sin abrigo. «Es bajar y subir». En el ascensor hicimos la pantomima de sentir frío, cada uno sobándose los brazos y calentándose las manos delante de la boca, como en el polo.

Su auto era como de juguete. La capota había quedado mal puesta. Hubo que abrirla de nuevo para cerrarla bien y como la lluvia arreciaba en unos pocos minutos se mojó todo el interior. El agua me bajaba por el cuello y la espalda, las zapatillas traspasadas de humedad y de hielo.

«No quiero volver a subir, vámonos, estoy empapada», dijo, y ahí la tormenta se desató. Ella manejaba a golpe de manubrio y embrague, apartándose el pelo que le goteaba en la cara. No se veía un carajo, porque el limpiaparabrisas no funcionaba. Yo no tenía idea para dónde íbamos.

rain winshieldEn este punto la memoria chispotea o relumbra con tal intensidad que quema los contornos del recuerdo. La veo a ella iluminada por los focos y las luces de freno, implacable. Siento los vaivenes de frenadas y virajes, la aceleración, el bramido del motor, las llantas que chillan.

Entramos en su casa como ladrones, porque no quiso prender las luces. «Tus zapatos», dijo mientras se quitaba los suyos en la oscuridad azul, sus dedos fríos alrededor de mi muñeca, guiándome por los pasadizos blancos, soltándome para desvestirse como quien te deja caer al vacío.

«Te vas a resfriar si no te sacas esa ropa», dijo. ¿Por qué estamos susurrando? ¿Hay alguien más en esta casa?, pensé. Pero solo atiné a decir «no veo nada», aunque no era cierto: por la ventana entraba el fulgor de la tormenta, el resplandor rojizo de la ciudad entre la neblina.

Si esfuerzo la memoria, me llega la certeza de que nada de lo que pasó fue fácil o cómodo, pero si dejo que el recuerdo se aquiete en su propia sombra de lejanía, se vuelve dulce y sencillo, una lumbre sosegada como la que entraba a través de los cristales donde corría la lluvia.

Me imagino que lo mismo le pasará a ella, si es que se acuerda. Todo lo arduo y agobiante —el no poder bailar, sus nombres falsos, la casa a oscuras, la capota que nunca se cerraba, el arrojo suicida detrás del parabrisas empañado— habrá perdido la urgencia opresiva de esa noche.

«Si aprieto los párpados te veo japonés». Me iba palpando la nariz, los pómulos de indio, los ojos achinados. Mencioné el estrecho de Bering, los genes migrantes por el hielo, las cordilleras y planicies, el mapa andino, las arenas. «Por eso me confundes con lo que no soy», dije.

Me preguntó si la veía japonesa. Le dije que sí. «Mira bien antes de responder». Está oscuro, estoy hablando de memoria. Nos reímos por turnos, ella primero. «Soy francesa, como mi madre». Se acercó a la ventana, buscando la luz azul. «¿Qué hora será?», dijo como si hablara sola.

Sacamos la ropa todavía húmeda de la secadora y volvimos a la fiesta a buscar lo que habíamos dejado, que en mi caso era todo: pasaporte, un poco de plata, las diskettes de una tesis inconclusa. Había escampado y la carretera estaba vacía, pero Hideko igual manejaba como demente.

Se había ido todo el mundo y la dueña de casa, descalza y con el pelo tomado, recogía botellas, vasos sucios y ceniceros. Ella y Hideko hablaron en japonés. Se rieron sin disimulo. Yo abrí un ventanal que daba al río y aspiré el olor a mar que había dejado tras de sí la tormenta.

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Escribir ficción (en EE.UU.) según Roth, en 1961

Philip Roth publicó su ensayo “Writing American Fiction” en 1961. Es una lectura esencial para entender la obra de Roth y para dimensionar la tarea de la ficción norteamericana en general. Por el momento, pongo aquí mi traducción de la extraordinaria entrada a ese ensayo que tantas resonancias tiene con la cultura mediática del año 2018. Todavía no se resuelve el caso de las hermanas Grimes, que salieron una noche a ver “Love Me Tender”, starring Elvis Presley, y aparecieron meses más tarde muertas al lado de un camino. (Esta es una traducción hecha a la rápida, por lo que pido disculpas por los ripios). El original se puede leer entero aquí en la revista Commentary


bedwellHace varios inviernos, cuando vivía en Chicago, la ciudad estaba choqueada y perpleja por la muerte de dos chicas adolescentes. Entiendo que todavía el público sigue perplejo; en cuanto al shock, Chicago es Chicago, y el descuartizamiento de una semana se confunde con el de la siguiente. Las víctimas en ese año en particular eran hermanas. Salieron una noche de diciembre a ver una película de Elvis Presley, nos dicen que por sexta o séptima vez, y nunca volvieron a casa. Diez días pasaron y quince y veinte, y entonces toda la lóbrega ciudad, cada calle y callejón, estaba siendo revisada para encontrar a las desaparecidas niñas Grimes, Pattie y Babs. Una amiga las había visto en el cine, un grupo de chicos las habían divisado más tarde subiéndose a un Buick negro, otro grupo dijo un Chevy verde, y así, etcétera, etcétera, hasta que un día se derritió la nieve y los cuerpos desvestidos de las dos chicas se descubrieron a la vera de un camino dentro de una reserva forestal en el lado oeste de Chicago. El médico forense dijo que no sabía la causa de muerte y de ahí en adelante se hicieron cargo los periodistas. Un diario, no me acuerdo cuál, publicó un dibujo de las chicas en la página de atrás, con sus calcetines blancos y sus levis y sus pañuelos de cabeza: Pattie y Babs de treinta centímetros y en cuatro colores, como la historieta Dixie Dugan de los domingos. La madre de las dos niñas lloró hasta llegar a los brazos de una periodista de un diario local, quien aparentemente se instaló con su máquina de escribir en el porche de los Grimes y empezó a sacar una columna por día, diciendo que eran buenas muchachas, trabajadoras, comunes y corrientes, que iban a la iglesia, etcétera. En los programas de noche uno podía mirar entrevistas de televisión con los compañeros y amigos de las hermanas Grimes: las chicas adolescentes miran a su alrededor, muertas de ganas de reírse; los muchachos se ponen tiesos dentro de sus chaquetas de cuero. «Claro que conocí a Babs, era tranquila, sí, era popular…» Y sigue y sigue así hasta que por fin llega una confesión. Un vagabundo de treinta y cinco, o por ahí, un lavador de platos, un busquilla, un bueno para nada llamado Benny Bedwell, confiesa haber matado a las dos chicas, despues de que él y un socio habían cohabitado con ellas varias semanas en varios hoteles mordidos de pulgas. Al saber la noticia, la madre llora y grita y le dice a la periodista que el tipo es un mentiroso— sus hijas, ella insiste ahora, murieron la noche que salieron al cine. El forense sigue sosteniendo que las chicas no tienen señas de haber tenido relaciones sexuales. Mientras tanto, todo el mundo en Chicago está comprando cuatro diarios al día, y Benny Bedwell, después de haberle dado a la policía una crónica detallada hora por hora de sus aventuras, va a dar a la cárcel. Dos monjas, profesoras de las chicas, son rodeadas por los cazanoticias. Se ven rodeadas e interrogadas y finalmente una de las monjas lo explica todo. «No eran excepcionales», dice la hermana, «no tenían ningún hobbie». Theresa-comforts-motherA esas alturas, algún alma caritativa desentierra a la señora Bedwell, la madre de Benny, y se organiza un encuentro entre esa señora mayor y la madre de las chicas asesinadas. Les sacan fotos juntas, dos mujeres norteamericanas con sobrepeso, agobiadas de trabajo, bastante confundidas, pero sentadas derechitas para los fotógrafos. La señora Bedwell se disculpa a nombre de su Benny. Dice «nunca me imaginé que un hijo mío fuera a hacer algo así». Dos semanas más tarde, o tal vez tres, su hijo sale bajo fianza, canchereando con varios abogados y terno nuevo con chaqueta de un solo botón. Lo llevan en un Cadillac rosado a un motel en las afueras de la ciudad donde da una conferencia de prensa. Sí—apenas articula— él ha sido víctima de brutalidad policíaca. No, no es un asesino; tal vez un degenerado, pero ni eso le van a poder probar. Está cambiando de vida— va a trabajar de carpintero (¡carpintero!) para el Ejército de Salvación, dicen sus abogados. De inmediato, le piden a Benny que cante (toca la guitarra) en un club nocturno de Chicago, por dos mil dólares a la semana ¿o son diez mil? No me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que de pronto destella un pensamiento en la mente del espectador o lector de periódico: ¿es todo esto relaciones públicas? Pero por supuesto que no: dos muchachas están muertas. De todas maneras, en Chicago se empieza a hacer popular una canción, «The Benny Bedwell Blues». Otro diario lanza un concurso semanal: «¿Cómo cree usted que las hermanas Grimes fueron asesinadas?» y se entrega un premio a la mejor respuesta (según los jueces). Y ahora empieza la plata; cientos de donaciones empiezan a fluir hacia la señora Grimes de todas partes de la ciudad y del estado. ¿Para qué? ¿De quiénes? La mayoría son aportes anónimos. Solo dinero, miles y miles de dólares— el Sun Times nos tiene informados del total. Diez mil, doce mil, quince mil. La señora Grimes se pone a remozar y redecorar la casa. Un tipo extraño entra en escena, de nombre Schultz o Schwartz— no me acuerdo bien, pero se dedica a vender aparatos domésticos, y le regala a la señora Grimes una cocina entera nueva. La señora Grimes, fuera de sí de puro agradecimiento y de alegría, se vuelve a la hija viva que le queda y dice: «¡Imagíname a mí en esa cocina!». Finalmente la pobre mujer sale un día y se compra dos caturras (o quizá otro señor Schultz se las regaló); a una le pone «Babs» y a la otra «Pattie». Como a estas alturas, Benny Bedwell, que sin duda apenas había alcanzado a aprender a martillar bien un clavo, es extraditado a Florida con la acusación de haber violado allí a una niña de doce años. Poco después yo mismo me fui de Chicago y por lo que sé, aunque la señora Grimes ya no tiene a sus dos niñas, tiene una lavadora de platos nueva y dos pajaritos.

¿Y cuál es la moraleja de una historia tan larga? Simplemente que el escritor norteamericano de mediados del siglo XX tiene las manos llenas tratando de entender y luego describir, y luego hacer creíble gran parte de la realidad norteamericana. Ella lo deja a uno estupefacto, lo asquea, lo enfurece, y finalmente como que lo avergüenza al exceder la escasa imaginación propia. La realidad constantemente está sobrepasando nuestros talentos y la cultura hace saltar casi a diario figuras que son la envidia de cualquier novelista.

[continuará]

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Cuando todavía no se encontraban los cadáveres, Elvis les mandó una carta pública a las niñas, rogándoles que volvieran a casa: “Si son buenas fans de Presley, van a volver a casa y aliviar el dolor de su madre”: “If you are good Presley fans, you’ll go home and ease your mother’s worries,”

[continuará]

El esperpento de Pinochet

El Tata Durmiente yacía maquillado y plácido en su cajón, recibiendo los tributos de su gente. Pero vino volando un proyectil que distorsionó la mueca de ahogado angelical con que se quiso despedir el “v.c.”. El nieto del general Prats fue quien echó a perder con su misilazo el últilimpiandoelescupomo operativo de relaciones públicas del dictador.

Aunque un oficial limpió de inmediato el vidrio del ataúd, ningún militar pudo lavar la afrenta. Fragmentos del salivazo quedaron soldados al ataúd como piedras preciosas gracias al sol ultravioleta que sancochó los despojos del general durante el circo tétrico de sus exequias. La marca de ese escupitajo es indeleble.

A más de una década de distancia, las pompas fúnebres de Pinochet se ven fantasmagóricas y vulgares -como todo lo relacionado con él- desplegando el estilo que la dictadura se apropió la noche de Chacarillas, en 1977. En esa mini-reproducción criolla del mitin de Nürnberg, el pinochetismo se manifestó a lo mero nazi, con antorchas, brazos levantados y muecas de éxtasis clasista. La diferencia es que los funerales de Pinochet no se realizaron a la luz de las antorchas sino bajo un sol cegador, casi radioactivo. Enterrarlo a plena luz del día fue un mal cálculo, porque el crepúsculo y la noche siempre fueron el habitat natural de su dictadura.

Sin la protección de las sombras, el pinochetaje mostró su cara desnuda, y en ella se vio, más que dolor, sensiblería enrabiada. En ese escenario tan asoleado, la familia del muerto parecía a ratos más asustada que condolida, tal vez creyendo que se iba a quedar sola, que iba a llegar la hora en que esperarían en vano las escoltas, los choferes, las ambulancias a la puerta. Los deudos hicieron el esfuerzo de cuadrar con la estética pinochetesca clásica, la el esperpento chileno, que nada tiene que envidiarle a los de Valle-Inclán: el rictus de Lucía bajo su sombrilla de zarzuela, el escote asoleado de su bronceada nuera, los lentes oscuros de los hijos, la papada temblorosa de la hija mayor, el ladrido hidrofóbico del nieto al hacer su simulacro de harakiri.

“¡Qué buen discurso, oye!” dijo la viuda. Pero cuando escrutó la expresión de la Ministra de Defensa, vestida de impecable blanco, a Lucía Hiriart Sans Pinochet se le ensombreció la cara. Momentos después, veía pasar el ataúd de su marido, encima de una grotesca cureña tirada por seis jumentos circenses y pensó, al sentir el aroma de las bostas de la caballería, en ese otro nieto, el del general Prats, el niño del gargajo.

La genialidad del escupo es que fue el arma perfecta para  corroer la estética fúnebre pinochetil. Porque el carnaval, la champaña en las calles, la alegre quema de efigies, las cabezas de chancho, pueden ser vistas como un complemento funcional para la performance del duelo milico, una performance que equilibra la balanza del sentimiento popular. Lo mismo puede decirse del contraste demasiado perfecto entre el traje blanco de Blanlot y el luto de Lucía Hiriart. Así es como la televisión, que en Chile todavía funciona principalmente en base a conceptos binarios, no se demoró nada en dividir la pantalla y mostrar “las dos caras” que se alimentaban mutuamente: el Hospital Militar vs. la Plaza Italia, Apoquindo vs. las grandes Alamedas, el patio Alpatacal vs. la Plaza de la Constitución, La Dehesa vs. La Victoria, dando la ilusión de que en ese vaivén desenfrenado cubría el espectro completo de la realidad.

El autor del escupo cáustico rompió esa dicotomía pueril que se presentaba como sucedáneo del análisis, y lo hizo de la manera más simple y efectiva posible: aproximando el cuerpo propio al cuerpo del dictador, limpiando la atmósfera de putrefacción santificada con un acto de valentía física mayor que cualquier acto que Pinochet tuvo en vida. El escupidor no respetó el apartheid emocional y se metió en la guarida del lobo, armado sólo con la carga de kriptonita verde que llevaba en la boca.

Ciertas imágenes delatan la presencia de otras imágenes borradas, soslayadas o desaparecidas. Las fotos y los videos de los pañuelos limpiando la cara del dictador muerto indican que seguramente hay registro de los momentos en que Francisco Cuadrado Prats expectoró lo que por tanto tiempo mantuvo in pectore. No es posible creer que los camarógrafos y fotógrafos sólo atinaran a hacer funcionar sus aparatos después de haberse producido el disparo.

No hay foto pública del momento mismo del ataque. La ausencia de imágenes del instante del escupitajo delinea los contornos del miedo añejo que el pinochetismo fue capaz de imponer, aunque fuera por unos días. No se trata del miedo baladí de un Amaro Gómez-Pablos, por ejemplo, que explicaba lo difícil que era usar la palabra “dictador” para referirse al finado (una dificultad circunscrita a los medios chilenos- ni siquiera CNN Español dudó en llamarlo dictador). Esos melindres casi cómicos ni siquiera se acercan a la intensidad del temor que surgía al mencionar la escena más importante de los funerales de Pinocho, aquélla que ningún medio se ha atrevido a mostrar: la clara trayectoria del proyectil justiciero y su impacto en la vitrina fúnebre. La mejor imagen del funeral del tirano es una imagen fantasma, una imagen desaparecida.

Y aun así es una imagen terrorífica, hay que reconocerlo, por algo todos le han hecho el quite.

Lo que pasó fue esto: durante la misma milésima de segundo en que los labios del nieto del general Prats soltaron la carga biliosa de su desprecio, los ojos de Pinochet se abrieron como dos relámpagos azules. Los cadetes de la guardia creyeron que era el reflejo de un flash fotográfico en el cristal del ataúd, pero se equivocaban. Pinochet contemplaba en ese tiempo relentado (un milagro secreto, diría Borges) cómo el proyectil líquido y espeso se aproximaba, inexorable, agrandándose con cada centímetro sideral que iba ganando en su caída hacia el blanco. Pinochet supo que se trataba de un misil inteligente, teledirigido, y apretó los párpados antes de que explotara, aunque sabía que un vidrio blindado lo protegía.

Cuando abrió los ojos otra vez, el tiempo había empezado a correr de nuevo. Acababan de sellar el ataúd y se le venía encima la oscuridad, pero alcanzó a distinguir, al hundirse en la penumbra de su incipiente putrefacción, que la marca del escupo sobre el vidrio blindado se polarizaba y formaba la figura de la Virgen del Carmen.

A los ingleses de Latinoamérica a veces no nos queda otra que hacer justicia con flema.

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