Escribano vs escribiente: la pega del traductor.

Hueders acaba de publicar mi traducción del importante relato de Herman Melville, “Bartleby, the Scrivener”. Aquí explico por qué traduje el título usando la palabra “escribano” y no la canónica, instalada por Borges, “escribiente”.

Una de las acepciones de “escribano” es la de “copista”, el oficio de Bartleby en el relato de Melville. “Bartleby, el copista”, sin embargo, aunque sería la solución más franca y directa, deja fuera parte del potencial semántico que se incuba en scrivener. “Amanuense” podría usarse también como descriptor del oficio, pero esta palabra tiene la desventaja de sonar arcaica y de apartarse, al igual que “copista”, de la raíz etimológica de “escribir”.

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Ilustración de Sebastián Ilabaca ©

De paso, digamos que scrivener, de raíz latina (scriba, scriban), llega al inglés de Melville por intermedio del anglo-normando: scriveyn.

Otra solución, aparentemente más aventajada que “copista” o “amanuense”, es “escribiente”: preserva el vínculo etimológico y sonoro con la palabra original y remite con precisión al oficio de copiar y pasar en limpio escritos ajenos.

¿Y “escribiente”, entonces?

Al traducir el título del relato de Melville, es claro que las opciones deben incluir, sin duda, “escribiente”, solución que se halla en muchas de la traducciones existentes, incluyendo la de Borges, (cuya elección se explica porque en Argentina el término “escribano” se usa en forma generalizada y excluyente para denominar a lo que en Chile y otros lugares se denomina como “notario”.)

¿Por qué preferir entonces “escribano”?

Porque, al igual que “copista” o “amanuense”, “escribiente” limita el potencial semántico, eliminando la referencia a tipos de escritura que van más allá de la mera copia de textos ajenos.

(Se me ocurre que si Melville hubiera querido limitar el rango de scrivener a “copista” o “amanuense”, tenía a su disposición, por ejemplo, de “copyist” o “clerk” o “amanuensis” o incluso “transcriber”. Sin embargo, prefiere usar un término menos común, apartado del vernáculo y con resonancias eruditas.)

Como traductor, mi deber era escrutar el rango completo de significados de la palabra que define al personaje principal y buscar el término correspondiente en castellano. Ese término es “escribano”, que remite no sólo a la copia, sino a la escritura en general (como testimonio, como registro de la experiencia, como modo de concatenar experiencias e interpretaciones) y que permite, por lo tanto, anexar al relato referencias al acto de escribir entendido más ampliamente, aludir a la literatura misma.

El epílogo del relato revela que antes de ir a dar al bufete de abogados de Wall Street, Bartleby trabajó leyendo correspondencia sin destino en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, DC. Allí ejercía tareas forenses, notariales: registrar esas cartas perdidas y disponer de ellas, intentando primero localizar a los destinatarios por medio de las pistas (historias, objetos) encontradas dentro de ellas, y quemándolas una vez agotado el esfuerzo de lectura, identificación y búsqueda.

El término “escribano” (no un mero amanuense) nos permite pensar en un Bartleby anterior al relato de Wall Street: al llegar a su trabajo de copista, el misterioso empleado ya venía con su pesada experiencia de escribano, de funcionario que lee, deja constancia, y al final destruye esos papeles que contienen, en cierto modo, la tristeza de la humanidad que parece llevar Bartleby consigo.

“Escribano”, entonces, abre puertas que “escribiente” deja cerradas.

Queda claro, no lo puedo negar, que mi traducción es una interpretación, pero como en eso consiste este juego de traslados entre lenguajes, simplemente dejo constancia escrita.

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Ilustración de Sebastián Ilabaca ©

Homenaje a Denis Johnson “MANOS CON BUEN PULSO EN EL HOSPITAL GENERAL DE SEATTLE”

En menos de un par de días ya me estaba afeitando solo, y hasta afeité a un par de recién llegados, porque las drogas que me inyectaron me hicieron un efecto asombroso. Lo llamo asombroso porque pocas horas antes me habían traído en camilla por unos pasillos en los que yo había tenido la alucinación de que caía una lluvia suave de verano. En las piezas de hospital de lado y lado, los objetos –jarros, ceniceros, camas—se veían mojados y terroríficos, ni se molestaban en esconder su verdadero significado.denis-johnson

Me pusieron unas cuantas jeringas, y sentí que me transformaba y que de ser una cosa liviana de espuma plástica me convertía en persona. Me puse las manos frente a los ojos. Las manos todavía eran como de una escultura.

Afeité a mi compañero de pieza, Bill. “No te pongas muy creativo con mi bigote”, dijo.

“¿Va bien hasta ahora?”

“Hasta ahora”.

“Ahora el otro lado”.

“Estaría bueno, socio”.

Justo debajo del pómulo, Bill tenía una marquita donde una bala le había penetrado la cara, y en la otra mejilla tenía una cicatriz un poco más grande, por donde había salido el plomo.

“Cuando te dispararon en la cara así, ¿la bala hizo algo interesante cuando siguió de largo?”

“¿Cómo voy a saber? No estaba tomando apuntes. Aunque la bala siga de largo, uno igual lo único que siente es que le dispararon en la cabeza”.

“¿Y qué onda con esta cicatriz más chica, en la patilla?”

“No sé. A lo mejor es de nacimiento. Nunca la había visto”.

“Algún día la gente va a saber de ti porque vas a salir en un cuento o en un poema. ¿Te gustaría describirte, para esa gente?”

“Ah, no sé. Soy un guatón de mierda, creo”.

“No, en serio”.

“No vas a escribir sobre mí”.

“Hey, soy escritor”.

“Bueno, en ese caso, di que estoy con sobrepeso, no más”.

“Está con sobrepeso”.

“Me han corrido bala dos veces”.

“¿Dos veces?”

“Una vez por cada esposa, con un total de tres balas que hicieron cuatro hoyos, tres de entrada y uno de salida.”

“Y todavía estás vivo”.

“¿Vas a hacer algún cambio en tu poema?”

“No. Va a entrar todo, palabra por palabra”.

“Qué lástima, porque cuando me preguntas si estoy vivo eso te hace parecer algo estúpido. Obvio que estoy vivo”.

“Bueno, a lo mejor quiero decir vivo en un sentido más profundo. Tú podrías estar hablando y no estar vivo en un sentido más profundo”.

“No voy más profundo que esta mierda en que estamos ahora”.

“¿Qué quieres decir? Estamos muy bien aquí. Hasta regalan cigarrillos”.

“No me ha tocado ninguno todavía”.

“Aquí tienes”.

“Hey. Gracias”.

“Me lo pagas cuando te den los tuyos”.

“Puede ser”.

“¿Qué dijiste cuando te dispararon?“.

“Dije, ‘¡Me disparaste!’“.

“¿Las dos veces? ¿Las dos mujeres?”

“La primera vez no dije nada, porque me disparó en la boca”.

“Así que no podías hablar”.

“Caí inconsciente, ésa es la razón que no pude hablar. Y todavía me acuerdo del sueño que tuve mientras estaba desmayado esa vez”.

“¿Qué soñaste?”

“¿Cómo quieres que te cuente? Fue un sueño. No tenía ni pies ni cabeza la mierda, compadre. Pero me acuerdo”.

“¿No puedes describirlo aunque sea un poquito?

“De verdad no sé cómo sería la descripción. Lo siento”.

“Cualquier cosa, cualquier cosa que sea”.

“Bueno, para empezar, el sueño vuelve y vuelve. Quiero decir, cuando estoy despierto. Cada vez que me acuerdo de mi TwoBullets1_mprimera mujer, me acuerdo de que apretó el gatillo, y entonces ahí llega ese sueño…

“Y el sueño no—no había nada triste en él. Pero cuando me acuerdo, me pongo como, ‘concha, compadre, es verdad, me pegó un tiro. Y aquí está ese sueño’

“¿Has visto esa película de Elvis Presley, “Siga a ese sueño”?

Siga a ese sueño. Sí, la vi. Justo te la iba a mencionar”.

“Ok, estás listo. Mírate al espejo”.

“Bueno”.

“¿Qué ves?”

“¿Cómo engordé tanto si nunca como?”

“¿Eso es todo?”

“Bueno, no sé. Acabo de llegar”.

“¿Y qué onda con tu vida?”

“¡Ja! Ésa está buena”.

“¿Y qué hay con tu pasado?”

“¿Cómo qué hay?”

“Cuando miras hacia atrás, ¿qué ves?”

“Autos chocados”.

“¿Con gente?”

“Sí”.

“¿Quiénes?”

“Gente que ahora es pura carne cruda, compa”.

“¿Así es la cosa de verdad?”

“¿Cómo voy a saber como es? Acabo de llegar. Y hay una media hediondez”.

“¿En serio? Te meten Haldol por litros. Es juego de niños”.

“Espero que sí. Porque he estado en partes donde lo que hacen es que te envuelven en una sábana mojada y te pasan un juguete de goma para perros chicos, y tú lo muerdes”.

“Creo que voy a venirme para acá dos semanas al mes”.

“Bueno, yo soy mayor que tú. Tú te puedes subir un par de veces más a este carrusel y todavía bajarte con los brazos y las piernas puestas donde corresponde. Yo no”.

“Hey. Si tú estás bien”.

“Háblame por aquí”.

“¿Te hablo por el hoyo de bala?”

“Háblame por el hoyo de bala. Dime que estoy bien”.

Denis Johnson – “Dundun”

Fui al campo donde vivía Dundun para que me diera un poco de opio farmacéutico, pero me fue mal.
Me saludó cuando salía por el patio en dirección a la bomba de agua, con sus botas de vaquero nuevas y su chaleco de cuero, las faldas de la camisa de franela colgando encima de sus jeans. Iba mascando chicle.
—MacInnes no se siente bien hoy. Le acabo de disparar.
—¿Que lo mataste?
—No fue con intención.
—¿De verdad está muerto?
—No. Está sentado.
—Pero está vivo.
—Ah, seguro, está vivo. Se quedó ahí en la pieza de atrás.
Dundun se acercó a la bomba de agua y empezó a mover la palanca.
Di la vuelta alrededor de la casa y entré por atrás. En la pieza que daba a la puerta de atrás había olor a perro y a guagua. Beatle estaba parado en la puerta del lado opuesto. Me miró entrar. Apoyada contra la pared estaba Blue, fumando un cigarrillo y rascándose la pera pensativamente. Jack Hotel estaba encaramado a un escritorio viejo, prendiendo una pipa con la parte redonda envuelta en papel de aluminio.
Cuando vieron que era yo no más, los tres siguieron mirando a MacInnes, que estaba sentado en el sofá, solo, con la mano izquierda suavemente apoyada sobre el estómago.
—¿Dundun le disparó?— pregunté.
—Alguien le disparó a alguien— dijo Hotel.
Dundun entró por detrás mío con un poco de agua en una taza de loza y una botella de cerveza, y le dijo a MacInnes: —Toma.
—No quiero— dijo MacInnes.
—Ok, bueno, entonces toma esto.
Dundun le ofreció el resto de su cerveza.
—No gracias.
Me preocupé: —¿No lo van a llevar al hospital ni nada?
—Buena idea— dijo Beatle, con sarcasmo.
—Lo estábamos llevando— explicó Hotel —pero chocamos con la esquina de la casucha ahí afuera.
denis-johnson     Miré por la ventana del lado. Estábamos en la parcela de Tim Bishop. Vi que el Plymouth de Tim, un lindo sedán antiguo, gris con rojo, había pasado a llevar uno de los soportes, de manera que el poste estaba por el suelo y el sedán había quedado sosteniendo el techo de la casucha.
—El parabrisas se hizo millones de pedacitos— dijo Hotel.
—¿Cómo fueron a dar por ese lado?
—Todo se nos fue de las manos— dijo Hotel.
—¿Dónde está Tim, a todo esto?
—No está aquí— dijo Beatle.
Hotel me pasó la pipa. Era hashish, pero ya estaba casi todo quemado.
—¿Qué tal?— Dundun le preguntó a MacInnes.
—La siento aquí. Quedó metida en el músculo.
Dundun dijo:—No está mal. La punta no alcanzó a explotar, creo.
—Se chingó.
—Se chingó un poquito, sí.
Hotel me preguntó: —¿Lo podrías llevar al hospital en tu auto?
—OK, dije.
—Yo también voy— dijo Dundun.
—¿Te queda algo de ese opio?— le pregunté.
—Era un regalo de cumpleaños. Lo usé todo.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?— le pregunté.
—Hoy.
—Entonces no deberías haberlo usado todo antes de tu cumpleaños— le dije, con rabia.
Pero me alegré de poder ayudar. Yo quería ser el que la salvaba y el que era capaz de llevar a MacInnes al doctor sin chocar. La gente iba a comentarlo, y yo le iba a caer bien, ojalá.
En el auto íbamos Dundun, MacInnes y yo.
Dundun cumplía veintiún años. Yo lo había conocido en la juvenil del condado de Johnson durante los únicos pocos días que pasé en la capacha, por la época de mis dieciocho otoños. Yo le llevaba un mes o dos en edad. En cuanto a MacInnes, siempre había andado dando vueltas por ahí y, de hecho, hasta estuve casado con una de sus ex novias.
Salimos lo más rápido que podíamos sin zangolotear demasiado a la víctima del tiroteo.
Dundun dijo: —¿Qué onda con los frenos? ¿Los arreglaste?
—El freno de mano funciona. Con eso basta.
—¿Y la radio?— Dundun apretó el botón y la radio se prendió con un ruido como de moledora de carne.
La apagó y la volvió a prender, y entonces borboteaba como una máquina de esas que pulen piedras toda la noche.
—¿Y tú?— le pregunté a MacInnes —¿estás cómodo?
—¿Qué crees tú?— dijo MacInnes.
Era un camino largo y recto a través de campos secos, hasta donde alcanzaba la vista. Uno pensaría que no quedaba aire en el cielo y que la tierra estaba hecha de papel. En vez de avanzar, nos íbamos quedando más y más chiquititos.
¿Qué se puede decir de esos campos? Había cuervos dando vueltas sobre su propia sombra y debajo de ellos ahí estaban las vacas oliéndose el trasero entre ellas. Dundun escupió su chicle por la ventanilla mientras escarbaba en el bolsillo de su camisa en busca de sus Winstons. Prendió un Winston con un fósforo. Eso es todo lo que había para conversar.
—Nunca vamos a salir de este camino— dije.
—Qué cumpleaños de porquería— dijo Dundun.
MacInnes estaba pálido y mareado, se abrazaba a sí mismo con ternura. Lo había visto hacer eso una o dos veces antes aunque nadie le hubiera disparado. Tenía una hepatitis tremenda que muchas veces le causaba mucho dolor.
—¿Prometes que no les vas a soltar nada?— Dundun le hablaba a MacInnes.
—No creo que te oiga— le dije.
—Les dices que fue un accidente, ok?
MacInnes no dijo nada por un largo rato. Finalmente, dijo:
—OK.
—¿Lo prometes?
Pero MacInnes no dijo nada. Porque estaba muerto.
Dundun me miró con lágrimas en los ojos.
—¿Qué dices tú?
—¿Qué quieres decir, qué digo yo? ¿Crees que estoy aquí porque sé de estas cosas?
—Está muerto.
—Está bien. Ya sé que está muerto.
—Bótalo del auto.
—Por supuesto que lo voy a botar— dije. —No lo voy a llevar a ninguna parte ahora.
Por un momento me quedé dormido, en pleno manejo. Soñé que estaba tratando de contarle algo a alguien y me interrumpían a cada rato, un sueño sobre la frustración.
—Me alegro que se haya muerto— le dije a Dundun. —Fue él el que empezó con el mote y después todos me decían “El cagado del mate”.
Dundun dijo: —No te amargues por eso”.
Pasamos soplados por todas las ruinas esqueléticas de Iowa.
—No estaría mal trabajar de sicario— dijo Dundun.
Los glaciares habían aplanado esta región en la época antes de la historia. Llevábamos años de sequía, y una niebla bronceada de polvo flotaba sobre la llanura. La cosecha de soya estaba muerta otra vez, y los tallos mustios del maíz estaban tirados por el suelo como hileras de ropa interior. La mayoría de los agricultores ya ni se molestaba en plantar nada. Se habían borrado todas las falsas ilusiones. Daba la sensación de ser el momento justo antes de la llegada del salvador. Y el salvador llegó, pero tuvimos que esperar por mucho tiempo.
Dundun torturó a Jack Hotel en el lago en las afueras de Denver. Lo hizo para sacarle información sobre el botín de un robo, un estéreo de la novia de Dundun o quizás de su hermana. Después, Dundun casi mató a fierrazos a un tipo, en plena calle, en Austin, Texas, y por eso va a tener que responder algún día, pero ahora está, creo, en la prisión estatal de Colorado.
¿Me creerían si les digo que en su corazón había bondad? ¿Que su mano izquierda no sabía lo que hacía la derecha? Lo que pasaba es que se le habían quemado ciertas conexiones. Si a ti yo te abro la cabeza y te paso un cautín caliente por el cerebro, te podría convertir en alguien como él.

Crónica de acción de gracias

De todos los feriados norteamericanos, el Día de Acción de Gracias es el que más me gusta. La celebración consiste en una comilona que dura un jueves entero y que se prolonga, con las abundantes sobras, hasta pasado el domingo. El despliegue nacional de gula está fijado para la tercera semana de noviembre, y conmemora una hambruna de los peregrinos puritanos que colonizaron Nueva Inglaterra. Viendo lo famélicos que estaban los invasores, los indios de la zona les dieron de comer pavo silvestre, calabaza cocida y maíz de colores. Los colonos les expresaron su gratitud y después los exterminaron, aunque para ser justos hay que decir que los descendientes de los puritanos conmemoran puntualmente la generosidad de los salvajes con grandes banquetazos.

En noviembre de 1980 quise escapar del encierro bucólico de mi universidad en Ohio, aprovechando el asueto de este famoso Día de Gracias. Tenía deseos de caminar por una verdadera ciudad de calles atestadas y edificios altos, con olor a humo, a pan recién horneado, a fritura, a sobaco, por qué no, a basura de verdurerías y alquitrán. Sentía nostalgia de desafiar semáforos y parachoques, quería verme rodeado otra vez de de animales urbanos como yo comiendo vereda, chocando, perdiéndome. Se me había metido en la cabeza pasar esa semana de libertad en Nueva York, pero no sabía cómo me las podía ingeniar para llegar. Hacía décadas que el tren había dejado de pasar por las colinas selváticas de Ohio. Si no lograba salir del pueblucho de mi universidad, estaba obligado a quedarme en la residencia vacía, con los estudiantes “internacionales” que, igual que yo, no tenían dónde ir y poco que agradecer. Estaba dispuesto a cualquier cosa para evitar el panorama de quedarme junto dos griegos sombríos y dos marroquíes taciturnos con quienes mantenía una semblanza de amistad.

Una semana antes de las vacaciones, cuando salía de fregar platos en la cafetería, encontré en un diario mural un inmenso mapa de los Estados Unidos. Era un ride board, un sistema de transporte muy sencillo y muy gringo: uno ponía sus datos en un papelito amarillo encima del lugar donde uno quería viajar para las vacaciones, o un papelito anaranjado si es que quería ofrecer cupo en auto, compartiendo gastos. Había muchos más papelitos amarillos que anaranjados: la oferta tenía la sartén por el mango. Anoté todos los números escritos en los papelitos anaranjados sujetos con alfileres encima del punto rojo de Nueva York, pero siempre que llamé llegué tarde, o bien mi acento desalentó a los que ofrecían rides. La travesía entre Ohio y Nueva York duraba más de ocho horas y era comprensible que los dueños de los autos entrevistaran a los postulantes antes de darles espacio. Había oído de amistades, flirteos y amoríos que empezaban en esos viajes transcontinentales. Algunas historias eran lo suficientemente calenturientas como para ilusionarme con una Kathy apoyada en mi hombro, acariciándome en la oscuridad de la carretera interestatal. No era lo mismo que irse en un romántico y plateado Greyhound atravesando el Medio Oeste a la luz de la luna, pero no dejaba de ser atrayente, y era más barato.

Así llegó el último día de clases y yo no encontraba transporte. La universidad estaba semivacía. Se anunciaba tormenta de nieve y eso había acelerado el éxodo de mis compañeros. Thanksgiving es la época del año en que más norteamericanos se desplazan para estar con su familia, incluso más que para la Navidad. La cantidad de viajeros es tan grande que en los descansos camineros se instalan carpas calefaccionadas llenas de voluntarios bonachones prestos para servir café, jugo de manzana caliente y doughnuts gratis a la gente. La víspera de Thanksgiving, fui a mirar sin esperanza alguna el mapa de los papelitos. Estaba completamente pelado, pero en un rincón había un papel blanco, escrito a máquina:

New York City

Necesito acompañantes

Gasolina y manejo compartido

BMW Quadra-Sound

357 9872

Corrí a mi pieza con el papel en la mano y estuve llamando sin parar hasta que empezó a oscurecer, o sea como a las tres de la tarde. Ya me estaba mentalizando para pasar el Día de Gracias en la compañía de Yiannis y Dimitri, de Ahmed y Tarik. Me veía ahogado en la pestilencia de la pieza de los griegos, donde jamás entraba el oxígeno, chupando retsina añeja y vino rumano, en semisilencio, mirando las banderas de Grecia y de Chipre teñidas de tabaco y las fotos de rubias de Playboy pegadas con scotch en las sórdidas paredes. Me veía tratando de arbitrar las disputas que los marroquíes armaban, de puro aburridos, con los griegos. Desesperado, marqué el número del papelito por última vez:

-¿Aló?

-¡Qué!

-Llamaba por el viaje a Nueva York.

-¿Tienes licencia de conducir?

-No.

-¿Pero sabes manejar, no?

-No. Pero puedo poner para la gasolina.

-¿Te gusta la música clásica?

-Eeeh, sí.

-¿Quién es tu músico favorito?

-Roger Waters.

-Hablo de músicos de verdad.

-¿De verdad?

-Bach. ¿Te gusta Bach?- dijo la voz, pronunciando a la americana: Bakk.

-¿Baj? Claro que me gusta Baj.

 

-La cosa es que ya nos estamos yendo, antes de que nos pille la nevazón. Si estás listo ahora, vas, si no, no. No tenemos espacio para equipaje. Nos vemos frente al banco en un cuarto de hora. Si no estás, nos vamos.

Metí algo de ropa en un bolso de Braniff, junté unas monedas, llamé desde un teléfono público a un conocido chileno que vivía en Manhattan, me peiné un poco para lucir presentable ante mis compañeros de viaje y me largué a correr diez cuadras hasta el lugar de encuentro. El BMW color concho de vino ya se estaba yendo pero me puse por delante para que me esperara. Las ventanillas estaban empañadas y el auto entero temblaba con las vibraciones de la Sexta Sinfonía de Beethoven golpeando a todo volumen por los parlantes cuadrafónicos.

Con la manilla de la puerta en la mano, miré hacia el cielo plomo y sentí en la cara los primeros copos. Reconocí el intenso aroma de cuando está a punto de largarse a nevar. Tuve la sensación de que el tiempo se detenía y que yo no sabía bien dónde estaba.

Saludé a dos de mis compañeros de viaje, a gritos, por encima del estruendo de Beethoven. Por suerte los conocía: al volante estaba Saul Posniak, joven profesor de música, famoso entre sus alumnos por sus teorías medio pervertidas sobre la semejanza entre la performance musical y el acto sexual. De co-piloto estaba Rod Ferrino, estudiante de teatro, tal vez la única persona en el mundo que yo podía nombrar a ciencia cierta como enemigo personal. Una vez lo oí decir en una fiesta, sin saber él que yo estaba parado a sus espaldas, que gente como yo le provocaba odio. No, se corrigió, más encima, no era gente como yo, sino que era yo en particular. En el asiento de atrás había otra persona, envuelta en una frazada roja que le tapaba desde las cejas hacia abajo. Supe que era mujer porque vi su pie con las uñas pintadas de negro asomándose bajo un borde de la manta. Al parecer, estaba dormida o fingía estarlo. Me acomodé en el asiento, detrás de Rod, tratando de no molestar a la durmiente. Me extrañó que pudiera dormir con el estruendo furioso de los bronces y timbales.

A los viajeros hombres nos unía un solo rasgo: los tres teníamos una melena crespa casi idéntica (y patillas ridículamente largas) a la usanza de 1980. La de Posniak era gris, la de Rod era rubia tirando a colorina, y la mía negro azabache. Ya en camino, no se podía hablar mucho con Beethoven machacando en los super parlantes. Igual tampoco teníamos mucho en común. Cuando me aburrió el paisaje de la carretera interestatal, idéntico en todas partes de Estados Unidos, cerré los ojos, imitando a la Bella Durmiente. Con un movimiento del auto se corrió la frazada y descubrió su cara de ángel punk, extrañamente asimétrica. Cuando me estaba quedando dormido, me acordé de que la razón del odio que me tenía Rod Ferrino era que me culpaba de un fracaso sentimental que casi lo había vuelto loco. Pero no pude darle vueltas al asunto porque el cansancio me cerraba las pestañas y me tuve que abandonar al sopor.

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Cuando abrí los ojos, ya era de noche. Nos movíamos a alta velocidad, sin música, con los focos neblineros abriendo la oscuridad. La nevazón se abalanzaba en enormes copos que se pegaban al parabrisas por un segundo antes de deshacerse. El ruido de los neumáticos y el ronroneo del motor alemán se amortiguaban con la nieve, dando la impresión de que flotábamos suspendidos en un túnel blanco y mullido. Me reconfortó el color cálido de las luces del panel de instrumentos y di gracias por haber tenido la suerte de encontrar a alguien que me llevara a Nueva York. De pronto, Posniak puso las intermitentes de emergencia, bajó la velocidad y se detuvo, patinando un poco, a la berma del camino. Supuse que estábamos en algún lugar de Pennsylvania. La nevazón arreciaba. Posniak se sacó sus guantes de manejar y se los pasó a Ferrino. La bella durmiente seguía ídem & ídem, sólo un poquito más despatarrada, invadiendo mi hemisferio del asiento.

-Estoy agotado, Rod—dijo el pianista—Te toca manejar.

Rod apretó la boca mientras se ponía los guantes. Los dos abrieron sus puertas para salir al mismo tiempo y un chiflón gélido destruyó la tibieza del auto mientras ellos se cruzaban frente a los faros. Rod se puso el cinturón de seguridad y ajustó el asiento, porque Posniak era un pianista de patas cortas. Miró el panel de instrumentos, prendió y apagó luces, apretó botones, subió y bajó los espejos retrovisores y cuando no le quedó nada por revisar se sacó los guantes de manejar. Posniak se impacientó:

-Qué tanto chequeas, Rod. Es un BMW, no es un fucking Jumbo jet.

Rod apretó el acelerador y sin señalizar se lanzó a la carretera congelada. El auto coleteó y pegó un par de bandazos contra la nieve amontonada a la orilla del camino. Ferrino manejaba muy echado hacia adelante, con la barbilla pegada al manubrio y con las manos empuñadas con tal fuerza que los nudillos se le ponían blancos. No era un estilo que inspirara mucha seguridad.

Posniak lo miró un rato como si se hubiera arrepentido de pasarle el volante y luego sacó de la guantera una botella de Jack Daniels. Se llevó el gollete a los labios y tragó y tragó bourbon como si estuviera haciendo gárgaras. Ferrino aumentaba la velocidad, no porque estuviera más cómodo de chofer, sino porque quería que el viaje se acabara lo más pronto posible. Cuando Posniak se había bajado un tercio de la botella de Jack, me la pasó, sin darse vuelta, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Era el mismo gesto romántico con que terminaba sus conciertos.

-No te la tomes toda. Un sorbito y me devuelves ese baby- dijo, empujó un cassette en el tocacintas y subió el volumen de los cuadrafónicos parlantes. Se largaba Pink Floyd, con sus helicópteros electrónicos y sus corazones latiendo y sus despertadores de pesadilla aserruchando el silencio.

Sentí que la bella durmiente se movía un poco, pero cuando la miré ya estaba quieta otra vez, con la cabeza dando tumbos sobre la ventanilla cada vez que Ferrino golpeaba con el parachoques un montón de nieve a la orilla del camino. Le di un sorbo largo a la botella, después de limpiar el gollete que Posniak había dejado todo baboseado. Me hipnoticé con el túnel de nieve que se abría delante nuestro mientras descifraba la letra de Pink Floyd: and all that is now, and all that is gone, and all that’s to come. Fue entonces cuando Ferrino soltó el volante, echó el cuerpo hacia atrás, metió el pie derecho hasta el fondo sobre el freno, y todo se hizo un remolino blanco. La botella de Jack se me soltó de la mano, arrebatada por la fuerza centrífuga, flotó un segundo en el aire como si estuviéramos en una cápsula espacial, y se estrelló contra la ventanilla, cerca de la cara de la bella durmiente, que quedó debajo de mí en el segundo giro violento. El auto se deslizaba sin control, girando con las ruedas bloqueadas a lo ancho y a lo largo de la carretera congelada. Ferrino aullaba y Posniak lo insultaba en inglés y en yiddish a medida que el auto se iba deteniendo. Quedamos en dirección opuesta al sentido del tráfico. Entremedio de la nieve se veían luces que se aproximaban a todo dar. Posniak sacó a Ferrino del auto, y lo empujó de espaldas contra un montón de nieve. Sin esperar que se subiera, se puso detrás del volante, metió marcha atrás, enderezó el auto quemando goma en el hielo negro del camino y luego avanzó para pegarse a la berma, contra los montones de nieve, segundos antes de que pasara soplado un convoy de tres camiones de 18 ruedas, con la bocinas a todo dar y salpicándonos con un torbellino de nieve negra, hielo, insultos, y barro.

Cuando se apagó el fragor de los camiones, abrí la puerta para salir a buscar a Ferrino, pero Posniak me advirtió que si salía del auto iba a partir sin mí. Miré por la ventanilla de atrás. Rod corría por la carretera hacia nosotros, a resbalones. Cuando llegó donde estábamos, Posniak se bajó del auto, y le indicó que se sentara en el asiento del chofer, sin decir palabra. Sentí los pies mojados y me invadió el tufo del whisky que se había derramado por todas partes. Busqué la botella en el suelo, pero sólo encontré el pie tibio de la bella durmiente. Tenía un pequeño brazalete alrededor del tobillo. Ella abrió los ojos al sentir mi mano y me miró sin decir palabra mientras me mostraba la Jack Daniels casi vacía que tenía fondeada bajo su frazada roja. Luego se acurrucó en su rincón, subió los pies al asiento, y cerró los ojos. A todo esto, Pink Floyd nos seguía dando la música de fondo para un desastre: “No hay lado oscuro en la luna– de hecho, es toda oscura”. Cuando nos pusimos en marcha de nuevo hacia la ciudad de Nueva York, sentí la suavidad cálida del pie de la bella durmiente que se deslizaba y se acomodaba cerca de mis muslos. Posniak estaba tieso de furia y Rod se mantuvo sin decir palabra por un rato, concentrado en el manejo.

Las condiciones del camino empeoraban; no se veía nada. Al fin Ferrino se decidió a hablar:

– Este tipo de atrás puede tomar un turno ¿o no?

-Ninguno de los dos de atrás tiene licencia, olvídalo.

-Es que yo no puedo seguir, no veo nada.

La bella durmiente movió el pie, jugueteando. La miré y vi que parecía dormir, con su cara angelical y medio chueca. Entendí que el precio del placer furtivo que me estaba ofreciendo era mi disimulo total. Los de adelante seguían discutiendo.

-¿Y tú crees que yo estoy en condiciones de manejar con media botella de whisky en el cuerpo? Tienes que seguir hasta que se me pase el efecto del trago—dijo Posniak.

-No puedo, de verdad no veo nada. Saul, hay algo que tengo que decirte.

-Con qué vas a salir ahora.

-Es que tengo un ojo de vidrio. Mi ojo derecho es falso, es de vidrio. No tengo visión de profundidad, no puedo juzgar distancias. Veo solamente en dos fucking dimensiones ¿entiendes?

-Ahora me vienes a decir, imbécil. Déjame que te explique una cosa, tarado. Con este auto todo hediondo a trago, si nos llega a parar la fucking policía, le hacen la alcoholemia inmediatamente al que va manejando, así que te quedas al volante y manejas. Yo te voy guiando si te sales del camino por este lado. Concéntrate en tu lado bueno y cierra la boca.

Así continuamos en medio de la tormenta. Rod manejaba y Posniak mantenía una mano en el volante para corregir el rumbo si Rod empezaba a cunetear por el lado derecho. La nieve no dejaba de caer y no se veían más vehículos en ninguna de las pistas de la interestatal. Mientras tanto, la bella durmiente me hacía estragos con el pie debajo de mis piernas y yo me esmeraba por corresponder con mi propia versión de cariño clandestino, explorando al tacto debajo de la frazada roja, al amparo de la oscuridad y de la urgencia que mantenía ocupados a Ferrino y al copiloto Posniak. La bella durmiente era capaz de mantenerse casi inmóvil, aun cuando me tomaba la mano y guiaba la punta de mis dedos sobre su suavidad de terciopelo. Los bandazos del BMW eran nuestros aliados al mecernos entre sus ritmos.

El sistema del co-manejo funcionó bien hasta que llegamos a una curva larga y resbalosa, yendo cuesta abajo a la salida de Pittsburgh. Por más que Posniak intentó corregir el ángulo, Ferrino no coordinó bien entre acelerador y freno, y fuimos a dar de costado en un banco de nieve. Uno de los focos del auto se dañó con la barrera, aunque el impacto había sido suave. Posniak estaba agotado con el exceso de adrenalina y alcohol, y me pidió que lo reemplazara en el puesto de co-piloto. La bella durmiente se encogió y se abotonó debajo de la frazada mientras yo me preparaba a salir al frío y trataba de esconder los efectos de la entretención caminera bajo mi parka. Me puse el cinturón de seguridad como si me estuviera poniendo un paracaídas. Rod estaba pasado al aroma de comino que viene de transpirar de nervios. Me pidió que siguiera el sistema de Posniak, que mantuviera la mano puesta en el volante, listo para corregir el rumbo. Cuando toqué el manubrio me di cuenta de que Rod lo tenía todo pegajoso de sudor. Apenas partimos, le pedí que calmara la velocidad, porque con un solo foco encendido no era fácil ver los límites borroneados de nieve de la carretera.

Viajábamos en un auto tuerto manejado por un chofer tuerto, en un camino donde el asfalto no se distinguía del hielo, pero gracias a los esporádicos golpes de manubrio que yo le iba dando, seguimos cruzando sin mayores percances los campos helados de Pennsylvania en dirección a Nueva York. En un tramo recto del camino, me voltée a mirar hacia el asiento trasero, y entendí el significado de calentar el agua para que otros se tomen el mate. Posniak y la bella durmiente estaban enfrascados en un dulce intercambio de calugazos, ajenos al tufo de whiskey y sobaco rancio que Rod y yo despedíamos al timón de la nave. Después de un buen trecho oí que los palomos se ponían a conversar. Luego alzaron el tono con cada frase, hasta culminar en un largo gritoneo agresivo que dio paso al silencio. Di vuelta el cassette en el tocacintas y otra vez surgió Pink Floyd poniéndole banda de sonido a la ridícula odisea. Rod Ferrino me miró con una sonrisa brillándole en el ojito de cristal y nos pusimos a cantar a dúo:

 The lunatic is in my head, the lunatic is in my head…

No supe en ese momento, ni sé decir bien ahora, si me sentía triste o muy alegre, o simplemente estaba borracho con el tufo de la atmósfera enrarecida dentro de esa pequeña nave que atravesaba la tempestad de hielo, cantando:

“Y si la cabeza te explota de oscuros presagios, nos vemos en el lado oscuro de la luna”.

Con las luces lejanas de Nueva York se disipó la nieve. Cerca de la medianoche ya circulábamos por las calles húmedas de Manhattan. Posniak se había puesto otra vez al mando. Ferrino se quedó dormido en el asiento del copiloto apenas soltó el volante. Yo volví a al asiento de atrás, donde la bella durmiente soltaba ronquidos de guagüita y me apretaba la mano, como para sacarle pica a Posniak. La tormenta apenas había tocado la ciudad con un poco de aguanieve. Ohio parecía un sueño, como parecen un sueño a los 21 años las cosas por el simple hecho de que uno se aleja un poco de ellas. Ahora Nueva York era lo real: las luces de neón se reflejaban en los charcos de las veredas, el vapor liberado por las calderas subterráneas salía a la superficie por sus misteriosos conductos, y las calles estaban llenas de peatones despidiendo vaho por la boca y de taxis amarillos exhalando su aliento tóxico por los tubos de escape. La víspera de Thanksgiving era como cualquier otra noche en una ciudad que mostraba sus edificios brillantes en la oscuridad como colmillos. Posniak paró el auto en Central Park West, frente al edificio donde unos días más tarde iban a matar a John Lennon.

Al bajar me quise hacer el leso con el gasto de la bencina, pero Posniak me pidió que le pasara 20 dólares. A Ferrino le cobró nada más que 10, y yo me dije que tal vez le hizo un descuento de cincuenta por ciento por el ojo malo. Cuando Rod y yo nos bajamos, la bella durmiente se pasó al asiento de adelante y cerró la puerta sin mirar ni despedirse. Ferrino me indicó la dirección en que debía caminar para llegar a mi destino y se despidió con un abrazo hediondo que me sorprendió por lo afectuoso. Estaba llorando, y vi que las lágrimas le caían por los dos ojos, el sano y el de vidrio. El BMW se metió al tráfico de Central Park y desapareció a la primera esquina. Apuré el tranco para calentar el cuerpo y para ponerme al ritmo de los neoyorquinos. Pensaba que a eso había ido, en parte, a meterme sin rumbo fijo por las calles de una ciudad.

Había dejado atrás unas cuatro o cinco cuadras cuando sentí una mano en el hombro. Era la bella durmiente. Era más alta y mucho más fea de lo que me la imaginaba. Tenía las mejillas encendidas y la nariz roja.

-Hey- le dije – ¿qué pasó?

-Posniak se estaba portando como el hoyo del culo. No me quise quedar con él, viejo de mierda.

-¿Te ubicas en Nueva York?

Se rió sin muchas ganas y levantó la mano mirando el río de taxis que circulaba.

-Nacida y criada.

Ningún taxi quería parar. Ella me explicó riéndose que era por culpa mía, por mi pinta de asaltante. Yo caminaba y ella me seguía, contándome su historia con Posniak, que había sido su profesor de piano. La bella durmiente era una joven promesa de la música. En el circuito europeo de conciertos había tenido mucho éxito, y ella creía que Posniak, su maestro y amante, la estaba tratando mal por envidia, por celos profesionales. La semana anterior había tocado en Carnegie Hall, de solista, y el New York Times la había tratado bien. Yo la escuchaba y pensaba que era mejor caminar imaginándome que hablaba con ella que caminar con ella de verdad mientras me contaba su aburrida historia de amor con un pianista fracasado y neurótico de 35 años. Pero así se habían dado las cosas.

Nos paramos a tomar un café en un McDonald’s fétido a perro mojado y seguimos cruzando Manhattan por Broadway, hasta que llegamos a mi destino. La bella durmiente me tomó la mano y me pidió que la dejara quedarse conmigo. Le expliqué que no conocía bien a la gente que me hospedaba, pero como se puso a lagrimear y empezó a caer la nieve, no fui capaz decirle que no.

Apreté el citófono y pregunté por Juan Carlos. Me contestó una voz de mujer diciendo que Juan Carlos no estaba, que había tenido que salir fuera del país, una emergencia. Le di mi nombre y le expliqué que Jota Ce me había dicho por teléfono que podía quedarme un par de días. “Bueno, sube, piso once” dijo la voz, y se abrió la puerta eléctrica del edificio. Esa frase fue la más amable que me dirigió mi anfitriona, la esposa de mi amigo. Nos habían presentando alguna vez en Chile, pero aseguró no acordarse. Me mostró un rincón del minúsculo living, me pasó un saco de dormir y un par de frazadas, y se fue a acostar sin más, exclamando “son más de las dos de la mañana”. La bella durmiente se quedó parada en la puerta, abrumada por la hospitalidad chilena. Improvisamos una cama en el piso junto a una ventana y ahí nos quedamos conversando en voz baja toda la noche, dormitando vestidos, contándonos pedazos de la vida.

Desperté a media mañana con la luz del sol entrando a matacaballo por la ventana. La bella durmiente había desaparecido y me había dejado una nota deseándome feliz Thanksgiving. Nunca más la volví a ver ni a saber de ella, a pesar de que todos los años, cuando llega el día de Acción de Gracias, o cuando se cumple un aniversario de la muerte de John Lennon, me acuerdo de sus pies tibios y la googleo con el corazón en la boca.

Poema del chilesauro + elegía

Llámenme Chilesaurus Diegosuarezi.

Por tanto tiempo deseé
que llegaran un día a descubrirme
y sacarme las piedras de los ojos,
el pesado cascote del Jurásico
que sellaba mi párpado y mi fauce.chilesauro

Yo tengo algunas cosas que contar
a pesar de mi quietud de siglos.

No soy cualquier reptil embalsamado
pues me dieron nombre de persona
y como tal reclamo que me llamen
por lo que soy, ni más ni menos,
con mi nombre completo y apellido.

Así es, yo soy el grado cero,
el chilesauro taciturno que yacía
en el limo de una pampa muerta.

El cielo estaba despejado,
la mar hervía de cabrillas,
el viento me secaba la garganta,
mi corazón no sabía qué pasaba
ni qué era ese dolor que se me venía encima.

Todo fue tan breve, pero miento,
todo es siempre breve en la memoria
y más breve todavía si el cerebro
es breve como breve, y poca, es esta lengua.

Dicen que hubo una gran bola de fuego: no la vi
Sólo sentí una resolana
posar su hálito en mi cuello de culebra,
la huella de una lengua seca y sin lamido.

Volví la mirada hacia los cielos
y luego a los demás lagartos:
es demasiado tarde, ya mudos, me dijeron.

No sé bien cómo hablar de aquellos tiempos.

Lo mejor será que ya me olvide y que disfrute
del nuevo aire que abre mi esqueleto,
de la nueva agua desvaída,
de esta luz que quema y deja nada,
de la hoja vuelta piedra que aún chupo
en el intersticio de mis dientes elongados.

Me tomaron por otro, confundieron mi pelvis
con la de saurios gallináceos,
me llamaron pájaro y me dibujaron
volando torpe como pterodáctilo.

Yo quisiera por lo menos dejar esta constancia:
El primero en encontrarme fue un huemul.
En su ojo negro temblaron las aguas al olerme
y dejar su camuflaje de estiércol,
mi mojón duro, mi único epitafio, estas palabras:

Aquí yace Chilesauro, dragón bueno,
algo ingenuo, buen amigo,
poeta entre poetas disfrazado,
algo chico de porte, como un perro,
aunque igual pudiese ser un lobo
de tamaño regular y de gran cola.
El gran logro de su vida fue morirse
con la vista pegada al firmamento.
Sus deudos lamentaron su partida
y la propia al mismo tiempo,
pues las cosas se dan de esa manera
en los llanos de Aysén tan señalada
en regiones jurásicas famosas.
Se alimentaba bien, de hojas, ramas y raíces,
y bien se defendía, porque siempre portaba
brazo fuerte y una larga uña acerada.
Firmado: un huemul 
de estas tierras incendiadas
que concluye su mierda de elegía.

 

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