El vecino y sus armas químicas: “Adams”, de George Saunders

George Saunders acaba de ganar el Man Booker Prize, tal vez el premio literario más prestigioso en lengua inglesa. Aquí pongo mi traducción de su cuento “Adams”, publicado en agosto de 2004 en The New Yorker. La versión original está aquí y también se puede escuchar la lectura de Joshua Ferris en el podcast de la misma revista, que se encuentra gratis en iTunes. El relato está modelado en una narrativa muy conocida a principios del siglo XXI y nos entrega una clave de su origen en el anagrama del título y el apellido del vecino maldito.


adams-saundersNunca me cayó bien Adams y resulta que un día lo encuentro parado en mi cocina, en calzoncillos. ¡Mirando hacia la pieza de mis niños! Así que le aforro en la nuca y se va al suelo. Cuando se para, le aforro otra vez, y al suelo. Después lo tiro rodando por las escaleras hasta el barro de la primavera que recién asomaba y le digo, Si otra vez, te lo juro por Dios, no sé ni qué decirte, pobre conchetumadre.

Karen llegó a la casa. La aparté para contarle. En corto: Mantener las puertas cerradas, y si él está en su casa los cabros chicos se quedan adentro.

Pero después de comer me puse a pensar: ¿El tipo entra en shorts y yo le aguanto así no más? ¿Es amor esto? ¿Amor por mis hijos? ¿Porque qué pasa si…? ¿Qué pasa si nos descuidamos? ¿Qué pasa si se nos sale un cabro o si él entra? No, no, no, pensé, eso no se puede aceptar.

Así que fui para allá y dije, ¿Dónde está?

Entonces Lynn me contestó, Arriba, ¿por qué?

Fui para arriba y él estaba parado frente al espejo, todavía en putos calzoncillos, sólo que ahora tenía puesta una camisa, y le aforré cuando se estaba dando vuelta. Se fue al suelo y trató de arrastrarse fuera de la pieza, pero le puse una pata en la espalda.

Si otra vez, le dije, si alguna otra vez.

Ahora estamos empatados, dijo. Yo me metí en tu casa y tú te metiste en la mía.

Pero yo andaba con pantalones, le dije, y le mini-aforré en la nuca.

Yo soy lo que soy, dijo.

¡Ésa sí que estuvo buena! ¡Que lo confesara! Así que le aforré otra vez mientras Lynn entraba diciendo Hey Roger, hey (Roger soy yo). Y entonces él se quiso levantar. ¡Ahí me fui a la cresta! ¿Levantarse? ¿En contra mía? Y le voy a aforrar otra vez, pero ella me empuja entremedio, como interviniendo. Así que para aforrarle otra vez tuve que empujarla a ella para atrás, y por mala suerte se resbaló, y se fue para abajo, y ahí se queda como tendida, con la falda arriba—¡y él se enoja! ¡Se enoja! ¡Conmigo! Él en calzoncillos, mirando hacia a la pieza de mis niños, ¿y él es el que se enoja conmigo? Cuántas noches no habré oído mochas y paipazos de la casa de Adams, con ella jadeando, Frank, por Dios, Soy Mujer, Me Estás Haciendo Daño, Los Niños Están Mirando, etcétera.

Porque ése es el tipo de hombre que es.

Así que le aforro otra vez, y cuando ella se arrastra hacia mí diciendo Por favor, Por favor, tuve que empujarla para abajo otra vez, no de mala manera sino como diciendo quédate ahí, justo cuando, por supuesto, con la suerte que tengo, los cabros chicos entran corriendo –estos cabritos Adams, hay que decirlo, son teatreros, siempre andan haciendo obras musicales en el patio, etc., etc. –así que se ponen, sabes, todos dramáticos: ¡Mamita! ¡Papito! Y, OK, eso fue penca, entonces traté de irme, pero ellos se pusieron ahí en la puerta, bloqueando la salida, como Duh, no sabemos para dónde ir, estamos paralizados. Así que salí a empujones, no fuertes, muy suaves—me dieron pena porque muchas veces había escuchado cómo Adams los chancaba a ellos también—pero igual una se cayó, en una rodilla, y le ayudé a pararse, ¡y me trató de morder! Parecía que la pendeja no cachaba nada, y me dolió, y me enojé, así que fui donde estaba Adams, que se estaba levantando, y como que le di un pape a él en la cabeza en nombre de ella, a cambio de la mordida.

Diles, le dije. Diles a tus chiquillos de mierda que no–

Entonces necesitaba tomar un poco de aire, así que me di una vuelta a la manzana, pero todavía algo no estaba bien. Porque ahora empieza, sabes. Adams ahí todo emputecido, diciéndoles mentiras sobre mí a esos cabros chicos, los cuales, dado lo que habían visto (la tanda) y lo que no habían visto (a él en calzoncillos, vuelto hacia la pieza de mis niños), se estaban tragando todas las falsedades, y yo pensaba, Super bien, ahora ellos me odian, como si yo fuera el malo de la película en todo esto, y todo el verano va a ser puras maldades, la manguera tajeada y azúcar en mi estanque de bencina, o de repente al perro le aparece una quemadura en la guata.

Así que escribo unos panfletos, diciendo, Sólo Para Que Se Informen, El Papá de Ustedes Estaba Desnudo en Mi Cocina, Frente a la Pieza de Mis Niños. Y pego uno en el mosquitero de su puerta para asegurarme de que lo vean antes de que salgan a su entrenamiento, después les meto como nueve en el buzón, y al resto les borro “El Papá de Ustedes” y pongo encima “Frank Adams” y los distribuyo en los buzones de la cuadra.

Toda la noche me llaman y me llaman los vecinos, diciendo, sabes, Llama a la policía, Adams necesita ayuda, es un tontón, siempre lo he odiado, tal vez unos cuantos de nosotros deberíamos darle una visita, pongámonos de acuerdo para ver qué hacer, mantente calmado. Ese tipo de cosas. Lo que estaba muy bien, excepto que salgo a fumar un cigarro a medianoche y ¿para dónde lo veo que está mirando, todo lleno de pica? ¿A las casas de ellos? No hay que ser ingenuo. Está mirando en dirección a mi casa, con esa mirada ardiente, y yo como que, ¿Qué estás mirando?

Soy lo que soy, dice.

Conchetumadre, digo, y me tiro a aforrarle, pero se arranca para adentro.

En cuanto a los pacos, yo opinaba: ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar a que se meta otra vez en mi casa, ahí llamar a los pacos y esperar que se quede frente a la pieza de mis niños, en shorts, hasta que lleguen?

No, lo siento mucho, ése no es mi estilo.

Al día siguiente mi cabro chico, Brian, está parado en la puerta de atrás, listo para salir con su volantín, y yo como que agarro la puerta y la dejo bien cerrada, diciendo, Nop, nop, tú sabes muy bien por qué no, campeón.

Así que ahí quedó mi pobre cabro, con el volantín en las rodillas toda la tarde, mirando a un tontón que enseña pintura en la televisión pública diciendo, “El Sombreado Es Una Manera De Dar Profundidad, ¿Qué Tal Si Lo Aplicamos A Este Tronco Que Está Aquí?

Luego el lunes en la mañana veo a Adams que va a su auto y ¡de nuevo me echa esa mirada de fuego! Nunca he recibido una mirada con tanto odio. ¡Y me muestra el dedo! ¡Como si fuera él el que está en lo correcto! Así que me tiro a aforrarle, pero se mete en el auto y se arranca.

Todo el día esa mirada la tengo en la mente, esa mirada de odio.

Y entonces pensé, Si fuera yo, si yo sintiera ese nivel de odio, ¿qué haría yo? Bueno, una cosa que haría sería contenerlo y contenerlo y entonces una noche el odio se rebalsaría y yo me metería en la casa de mi enemigo y los acuchillaría a todos mientras duermen. O los mataría a tiros. Lo haría. No podría ser de otra manera. Es la naturaleza humana. No es que le esté echando la culpa a nadie.

Pensé, Tengo que tener cuidado y proteger a mi familia, o su sangre va a quedar en mis manos.

Así que volví temprano un día y fui a la casa de Adams cuando no había nadie, y pesqué el rifle que tenía en el sótano y los cuchillos para bistec, y también los cuchillos para la mantequilla, que pueden afilarse, y también el afilador de cuchillos, y también dos abrecartas y un pisapapeles pesado, el cual, si fuera yo y hubiera perdido todas mis armas y cuchillos, seguro que usaría para reventarle la cabeza a mi enemigo mientras duerme, además de las cabezas de todos sus parientes.

Esa noche dormí mejor hasta que me desperté transpirando, preguntándome qué haría si alguien entrara y, después de empujar al suelo a mi mujer y uno de mis hijos, me robara las armas de fuego y los cuchillos y el afilador de cuchillos junto con mi pisapapeles. Y me respondí: Lo que haría sería buscar desesperadamente por toda la casa algo peligroso, como pintura, por ser, o diluyente, o productos químicos para el hogar, y después: o rodear la casa de mi enemigo en un anillo tóxico y prenderles fuego, o bien echarlos en la piscina de mi enemigo, lo que (1) destruiría el revestimiento y (2) enfermaría a los hijos de mi enemigo cuando fueran a nadar.

Entonces fui a mirar a mis niños durmiendo y, oh Dios mío, no existen niños más tiernos que los míos y, parado ahí en piyamas, pensé en Adams parado ahí en calzoncillos, luego me imaginé a mis hijos atorándose y vomitando al intentar salirse de la piscina, y pensé, No, por ningún motivo, no voy a vivir así.

Así que entré a su casa por una ventana que había forzado antes esa misma tarde, junté todos los productos químicos caseros, y, créanme, tenía un montón, mucho más que yo, mucho más de lo que necesitaba, diluyente, pintura, cal viva, gasolina, solventes, etc. Lo junté todo como en nueve bolsas de basura y estaba a punto de subir por la escalera con la primera bolsa cuando llega toda la maldita familia, me caen encima, hasta los niños, pegándome con perchas de ropa y golpeándome con libros filudos y rociándome laca de pelo en la cara, el perro también me tiraba mordiscos, y rodando por las escaleras hasta el sótano yo pensaba, Me quieren matar. Al golpearme la cabeza en el suelo de cemento, vi estrellas, y pensé, No, de verdad, me van a matar, y si me matan ya no habrá más Melanita y yo comiendo del mismo plato de cabritas, no más Briancito haciendo ese gesto de arrugar el ceño que nos hacemos mutuamente cuando uno de nosotros cuenta un chiste fome, nunca más Karen y yo tendidos lado a lado después de, mirando por la ventana, conversando de nuestros planes mientras esos pájaros de pico amarillo se suben y se bajan de los cables de la luz. Y luché por levantarme, pensando, Qué importa cómo vine a dar aquí, aquí estoy, tengo que salir de aquí, tengo que vivir. Y empecé a aforrar y aforrar, y una vez que se batieron en retirada, con Adams y su hijo adolescente protegiendo a la más chica, que desafortunadamente había ido a dar relativamente lejos debido a una pequeña patada que yo le había dado, saqué mi encendedor y le prendí fuego a la bolsa, la bolsa de tóxicos, y salí hacia la luz al tope de las escaleras, donde sabía que estaba la puerta, donde estaba la noche, y mi libertad, y mi hogar.

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Gary Fincke – Los diarios de Mussolini

Esta es la primera vez que traduzco la obra de alguien a quien conozco– es un lujo poder consultar dudas y aclarar misterios con el autor mismo, cosa imposible con Melville o Hawthorne. Gary Fincke es un destacado poeta y narrador nacido en Pittsburgh. Ha recibido los prestigiosos Premios Flannery O’Connor y Pushcart, este último dos veces. Su libro de relatos más reciente, The Killer’s Dog, ha sido nominado al Pulitzer. Su poesía y narrativa ha aparecido en las mejores publicaciones de los Estados Unidos. Ha formado generaciones de escritores en el exitoso programa de escritura creativa de Susquehanna University, en el corazón de Pensilvania.

La obra del Dr. Fincke (como lo llamábamos sus alumnos en la secundaria de Le Roy, New York) que he traducido para este blog es un poema en prosa y acaba de aparecer en el sitio de The American Journal of Poetry. Lo elegí porque me impactó a la primera lectura, quizás porque vi puntos de contacto con Bartleby, de Melville (la escritura, el escribir, la letra, el acto de copiar, las cartas muertas, etc) y porque me gustó el desafío incómodo pero gratificante de traducir poesía en prosa.

El original está aquí


benito mussolini

 

Los diarios de Mussolini
Gary Fincke

1
Madre e hija sacan a la luz treinta volúmenes de los diarios de Benito Mussolini. La mujer mayor perfecciona la letra del Duce tan bien que engaña al hijo de Mussolini y a un experto universitario que exclama: “Treinta volúmenes manuscritos no pueden ser obra de un falsificador sino de un genio”. El Sunday Times de Londres, once años después de haberse revelado el plagio, les compra a esas mismas mujeres páginas por un valor de 70 mil 400 dólares, para publicarlas.

2
Vamos empezando con óvalos, decía Miss Hartung, ya era hora de que los de tercero dominaran la caligrafía y aprendieran a manejar la lapicera a tinta. “Redondela, redondela, redondela”, entonaba. “Bajar, girar, sin descansar la punta en el papel”. De premio, buenas notas y tinteros. Los secantes venían del banco, el timbre del mes pasado en cada uno. Marzo traía un viento cómico soplando encima de una bóveda que resistía mientras nosotros escribíamos cartas a nuestros padres, firmadas, y yo puse mi firma perfecta donde decía EX LIBRIS en cada ejemplar del texto de historia guardado al fondo de la sala, repitiéndola como una publicación en serie que yo tenía la esperanza de convertir en novela.

3
En la Inglaterra del siglo XVII se publicó una alegoría religiosa. Se titulaba Libro sin palabras y contenía ocho páginas en blanco: dos negras por el mal, dos rojas por la redención, dos blancas por la pureza, dos doradas por la dicha eterna.
En 1738, Hermann Boerhave murió y dejó un ejemplar sellado de un libro que él mismo publicó, Los más únicos y más profundos secretos del arte de la medicina. El libro se subastó por 20.000 dólares y cuando el nuevo dueño lo abrió, todo menos el título estaba en blanco.
Thomas Wirgman ordenaba sus libros auto-editados según el color de las páginas. Gastó 200.000 dólares en sacar a luz su obra, tratando de dar con la secuencia exacta de colores. Morado, naranja, azul, amarillo, café— un primer capítulo tal vez sublime, un patrón capaz de atraer a todo lector. Amarillo, verde, rojo, verde, amarillo, azul. En total vendió seis libros, incomprendido como genio.
El vendedor que me trata de vender un libro en blanco, cada una de las páginas vacías encuadernadas en cuero, dice que mitigan el dolor. “Dé vuelta las páginas despacio”, dice. “Demórese un poco en cada una. Ya verá”.

4
Una alumna está dichosa por su primera publicación. Durante años ha estado en correspondencia con editoriales, leyendo revistas al azar y enviando cientos de cartas sobre cualquier tema que la movía a escribir, perfeccionando el modo epistolar.

5
Una vez Ghandi le escribió una carta a Charles Atlas preguntándole “¿Habrá manera en que usted me pueda desarrollar la musculatura?” Quería probar la Tensión Dinámica, la ciencia de poner a competir músculo contra músculo. Y porque a Atlas, según dice, le dio lástima “el pobre tipo, que era puros huesos”, le mandó sus instrucciones a Ghandi sin cobrarle nada.

6
Durante el reino del emperador Ming Yung Lo (1403-1425), se compiló y escribió una enciclopedia de 11.095 volúmenes. Por su gran extensión, resultó demasiado cara para publicarse.
Hendrik Hertzberg produjo un libro llamado Un millón. En cantidades variables, cada capítulo consistía exclusivamente en puntos.
La Ciclopedia Appleton de biografía americana de 1886 contenía 84 biografías falsas enviadas por un colaborador desconocido. Durante años esos datos permanecieron en circulación. Se demoraron hasta 1936 en extraer la última entrada fraudulenta.

7
Un verano robé la carta dirigida a mis padres donde venían mis notas. Cambié la F que tenía a una B y recalculé mis puntos, mis créditos y mi promedio. Añadí sumas ficticias en columnas pegadas a los números a máquina que yo había transformado. Como si estuviera calculando notas alternativas. Como si estuviera augurando que un profesor comprensivo iba a subir una de mis notas finales. Algo para darle sentido a todas esas operaciones de distracción, cada una de ellas un motivo para no mirar de cerca la mentira que había creado, porque eso era transitorio y seguro que iba a mejorar.

8
Sonreí al leer sobre la Biblia Septuaginta; había 72 traductores, seis de cada una de las 12 tribus de Israel trabajando en espacios separados y cuando terminaron y compararon, todo su trabajo era idéntico. Pero luego los seis diarios que había en la biblioteca empezaron con la misma oración porque un famoso estaba acusado de homicidio.

9
El santo de la coincidencia está rodeado de pañitos antiguos: Algunos numerólogos dicen que Shakespeare ayudó a escribir la Biblia. La evidencia: La versión del Rey Jacobo se publicó en 1610, cuando Shakespeare tenía 46 años. Shake is la palabra número 46 del Salmo 46. Spear es la palabra número 46 contando hacia atrás desde el final del Salmo 46.

10
Cuando era niño, en nuestra casa había siete biblias— la del Rey Jacobo, la Versión Revisada, otra con una concordancia gruesa. Yacían abiertas en versículos subrayados o bien cerradas cerca de las fotos de sus dueños, muertos hacía tiempo. Cada palabra en cada una de ellas era verdadera y perfecta y surgía a través de los filamentos de mi cuerpo hasta hacerme resplandecer de esperanza. Respiraba el polvo de las generaciones que se habían ido a la Gloria. Memorizaba, palabra por palabra, escrituras selectas para todo niño en edad de madurar.

11
Vortigern y Rowena es la pieza teatral que según William Henry Ireland fue escrita por Shakespeare. Ireland falsificó cartas de amor de Shakespeare a Anne Hathaway; también escribió en letra cursiva un cajón lleno de papeles personales, llegando a convencer a James Boswell de que eran auténticos. Esa obra se estrenó en el Drury Lane Theater en 1796 y fue abucheada por el público, que al parecer conocía a Shakespeare mejor que los expertos en grafología.

12
Durante años un hombre llamado William Key sostuvo que la palabra SEX aparecía en la barba de Lincoln en cada billete de cinco dólares. Key explicaba que está ahí para que el país actúe con confianza. Está ahí como carga subliminal que nos pide ahorrar o gastar, sin temores, nuestra moneda. Publicó instrucciones para visualizar la palabra y yo he seguido su mapa hasta llegar a manchas de tinta que, en cada uno de los cincuenta billetes de cinco que he examinado, no deletrean nada.

13
“La historia de la pasión se derrumba esta semana”, leo que el estado de Pensilvania va a echar abajo un acantilado que se está desmorando y cuyos desprendimientos amenazan una de sus carreteras. El diario llama a que se reúnan por una hora en el lugar todos los que alguna vez rayaron la pared del acantilado, y yo me estaciono a la vera de la Ruta 28, al norte de Pittsburgh, para leer los graffiti del deseo. Hay docenas de autos, somos cincuenta contemplando la cuidadosamente escalada historia de la lujuria, y distingo a Doreen y Clarice, Monica y Donna, que leen las caras cercanas como se se leen chapas de identificación en un congreso, viendo si todavía están aparejadas con Chuck y Ron, Woody y Buck. Me parece que Gary + Sharon, que todavía se ve, es una falsificación, porque no me acuerdo del muchacho que se arriesgó a subir veinte metros sobre el tráfico, porque nadie más de los que están aquí en la base de este pizarrón hubiera luchado contra el peligro para escribir otra cosa que no fuera su apodo antes de escribir con todas sus letras el nombre de la muchacha que iba a amar para siempre.

14
Alcibíades Simónides, en el siglo XIX, falsificó un manuscrito de Homero, se lo vendió al rey de Grecia, que consultó primero con eruditos de la Universidad de Atenas; cada uno de ellos dijo “Sí” a su autenticidad.

15
A una milla de Gary + Sharon, una heladería Dairy Queen se ha transformado en la Iglesia Bautista del Faro. El letrero anuncia horarios y temas de culto y TODOS BIENVENIDOS bajo las múltiples rampas de una intersección. El diario mural de la iglesia reemplaza el menú como si uno pudiera inclinarse al vidrio corredizo y pedir la salvación para llevar.

16
En el cementerio de Greenwood, dos millas más arriba de la iglesia Dairy Queen, yace una tira de parientes. Cuatro de estas tumbas están en flor, cuatro no lo están. Los geranios brotan rojos para mi abuela, dos tíos abuelos y una tía; los otros parientes yacen desnudos. Mi hermana, cuando le cuento, dice “Así es como lo hago siempre”. Como si cantara el estribillo después de unas estrofas que yo debería saber de la balada de los favorecidos.

17
Un alumno dice que ha transcrito miles de palabras de H. P. Lovecraft porque ese lenguaje comprueba que es el escritor más grande del mundo. “Necrosis”, lee en su cuaderno. “Mefítico. A nadie más se le podrían ocurrir nunca”. Le ofrezco “emético” y “purga”, dos formas de sacarles a los personajes la posesión de venenos. Anota las dos palabras como si estuviera comenzando un cuento.

18
A Ern Malley, en 1944, lo publicó Angry Penguins, una revista que lo proclamó como uno de los dos gigantes de la poesía australiana. Acababa de morir a los 25 años, su hermana de luto fue la que ofreció la vasta selección de poemas. Cada uno de esos poemas era un plagio, pedazos varios de diversos libros pegoteados por dos soldados aburridos.

19
Cuando Nancy Luce escribía poemas, los transcribía en los huevos que había recogido, agregando el nombre, al final, de la gallina que había puesto esa pizarra. Como dedicatoria, ya que todos sus poemas eran sobre esas gallinas que criaba y amaba, salmos en su alabanza.

20
Se han tallado versos en alfileres, se los ha esculpido en los muros de cavernas y tumbas. Se han trazado en el agua, el fuego y el aire. Mi padre rehusaba comer sin el breve poema de la oración. Apretaba mi mano de visitante y recitaba los pasajes rimados de alabanza y gracias como si yo fuera a devorar esa comida aprovechando que él estaba declamando encima del tocino y los huevos que le daban la bienvenida a la mañana.

21
Cuando ejecutaron a un criminal llamado George Cudmore en 1830, usaron su piel para encuadernar un libro, Obras poéticas de Milton, la idea que alguien tuvo para poseer un objeto único.

22
Clifford Irving, en 1971, engañó a cinco expertos en grafología contratados por su editorial. Todos ellos concordaron que había sido el genuino Howard Hughes quien escribió los documentos que verificaban la veracidad de las entrevistas que iban a aparecer en la inminente biografía. Si Irving hubiera falsificado tal cantidad de material, eso estaría “por encima de toda capacidad humana”, dijo uno de los expertos.

23
El campeón de memoria fotográfica vive en Burma y ha recitado, hasta ahora, diecisiete mil páginas de libros de budismo. Ha memorizado todos esos tomos; otra persona tiene que ir leyendo al mismo tiempo para verificar.

24
La última tarde de su vida mi madre escribió y puso en el correo las noticias que me mandaba todas las semanas. Después del funeral, después de volver a mi casa, recibí un recado del vecino que había guardado mis cartas en mi ausencia. Esa carta yacía tibia en mis manos; se amarilleó y marchitó por la bocanada que yo aspiré y por el lenguaje sobre la página. La firma en llamas, vi el remitente fijo en la esquina del sobre donde debe estar, el seguro contra pérdida.

 


Nota del traductor:

En 1975, tuve la suerte de ser alumno de Gary Fincke. En esa época él enseñaba inglés en la escuela secundaria de Le Roy, New York, un pueblito rural situado entre Rochester y Buffalo. Cosa poco común para un maestro de secundaria, el joven profesor tenía un doctorado. Lo había sacado en la Universidad Estatal de Kent, Ohio, donde apenas cinco años antes, el 4 de mayo de 1970, tropas de la Guardia Civil abrieron fuego contra estudiantes que protestaban contra la guerra de Vietnam.

Aparte del doctorado y de su rebeldía serena pero firme frente a los contenidos curriculares pre-establecidos, Gary Fincke se distinguía de los otros profesores porque era un tenista de gran nivel que competía en torneos locales con bastante éxito.

(Gracias a su ejemplo pude conectar el tenis y la literatura mucho antes de saber de la existencia de David Foster Wallace. Y ya que estoy dentro de un paréntesis con DFW, puedo señalar que en su peculiar reseña de una antología de poesía en prosa, el tenista/novelista destaca “The history of passion will tumble this week”, el fragmento número 13 de este poema).

Llegué Le Roy (4.200 habitantes en esa época) como estudiante de intercambio del programa AFS. Hacía lo que podía para sobrevivir con mi inglés rudimentario en ese lugar tan diferente del Santiago infernal de esos años. El profesor Fincke me acogió en su clase, vislumbrando por alguna razón que mi idioma macarrónico no tenía por qué ser obstáculo para estudiar la literatura norteamericana. Mi impresión es que se sorprendió mucho cuando me metí al proyecto de escritura creativa que él inventó para el curso y que culminó con una revista llamada (oh, creatividad juvenil) Public Works. No quiero acordarme de mi contribución, que debe haber sido muy mala, pero sí tengo fija en la mente la dedicatoria de Gary Fincke en mi anuario: palabras de aliento, sin duda, y por ahí metida de manera misteriosa la palabra “scary“, que yo consideré un cumplido. No lo he visto desde junio de 1976, pero nos hemos mantenido en contacto estos cuarenta y un años; como lector, he seguido con admiración y cariño su carrera literaria.

“I would prefer not to”: Preferiría que no

En su ensayo “Hawthorne y sus musgos”, escrito en 1850, tres años antes de la publicación de “Bartleby, el escribano”, Herman Melville señala:

Si magnifico a Shakespeare, no es tanto por lo que hizo sino por lo que no hizo, o por lo que se abstuvo de hacer. Porque en este mundo de mentiras, la verdad se ve forzada a volar como blanca paloma asustada en los bosques y sólo se revelará ante miradas habilidosas, como la de Shakespeare y otros maestros del gran arte de contar la verdad, aunque sea a escondidas y a retazos.

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Tomando en serio esta poética enunciada por Melville, basada en la reticencia, en la revelación fragmentada y en la destrucción de la certeza fácil, en mi traducción de “Bartleby” me propuse como primera tarea la de despejar y desbrozar el lenguaje, para permitir que la mirada habilidosa (astuta, perspicaz, experimentada) que pide Melville tanto para autores como para lectores siga con la mayor nitidez posible los movimientos de esa “paloma asustada en los bosques”.

Paradójicamente, me encontré con que la tarea de clarificar y transparentar se podía lograr reafirmando la fidelidad a los ritmos y registros del original. La prosa de Melville tiene la cualidad de ser capaz de mezclar con gran dinamismo lo vernáculo y la formalidad asociada a la escritura decimonónica, junto con la introspección de vuelo más existencial y poético. Por lo tanto, traducirla exige un oído atento a esa variedad y volubilidad internas. Al traducir, quise dar cuenta de esta diversidad de registros y prosodias, con las que Melville produce un efecto de fricción, aumenta la intensidad narrativa y marca los contornos de la reflexión ética que se mueve, sin revelar del todo su misterio, por todo el relato.

El cotejo con otros traductores de “Bartleby” al castellano ha sido cordial pero franco, como es propio de todo entrevero entre tahúres. Una vez embarcado en la tarea de traducir, evité consultar otras versiones —especialmente la de Borges— muy consciente de que al final del proceso igual tenía la obligación de compararlas con la mía, como estipula el protocolo de escribanos y de traductores.

En la comparación final, constaté que la versión canónica de Borges acierta al evitar el sentimentalismo y la grandilocuencia que abunda en otras versiones. Destaca por su prestancia de estilo y por sus aciertos lingüísticos. Aun así, con todas las cualidades que la mantienen como referencia indispensable, la traducción de Borges es dispareja y en ocasiones imprecisa y hasta errónea; en partes, incluso da la impresión de cierto apuro o cansancio. Aun así, el poderío de la prosa borgiana termina por colonizar el lenguaje vibrante y heterogéneo de Melville, que es mucho más variado y más áspero que ese “idioma tranquilo y hasta jocoso” que Borges le endosa en uno de sus prólogos.

La aproximación de Borges al lenguaje de Melville no es inocente, ya que propicia un acercamiento crítico que muchos repiten sin mayor cuestionamiento. Afirmar, como hace Borges, que “Bartleby prefigura a Kafka” puede resultar sugerente a primera vista pero termina siendo reductivo. El conocido y ahora predecible juego borgiano de textos y precursores quizás ilumine la lectura de Borges sobre Kafka, pero reduce la particularidad fecunda del relato de Melville.)

18192406_10155557960705942_4788211563569759036_o“Preferiría no hacerlo” se ha usado hasta ahora para trasladar al castellano la frase emblemática “I would prefer not to”.  Esta solución, usada por Borges, se ha impuesto a tal punto que es sinónima de Bartleby: la “frase power” es el término que usó el editor de Hueders, Rafael López Giral, al momento de debatir, antes de publicar, los méritos y los riesgos de cambiar la formulación.

“Preferiría que no” busca mantener la cualidad anómala y enigmática de la formulación original, la que, sin ser sintácticamente errónea, escamotea un cierre semántico fijo.

Al optar por “preferiría que no” intenté hacer eco de la anomalía inconclusa, de la condición trunca, de la infranqueable indeterminación, del equilibrismo sintáctico del original, elementos en los cuales se cifra la radicalidad del modo de resistencia encarnado en la figura del escribano, una radicalidad que no puede ser absorbida por los paradigmas con que el narrador intenta enfrentarlo. Agregar el verbo final, “hacerlo”, alivia artificialmente la tensión que sostiene todo el relato. Además, deja como único verbo ese “preferir”, verbo dúctil y enigmático que resulta clave para una lectura global del cuento.

Las otras traducciones al castellano omiten el título completo con que el texto fue publicado en la revista Putnam’s Monthly de Nueva York en 1853. La práctica de usar un título reducido también es común en las ediciones en inglés, donde a veces ha aparecido simplemente como “Bartleby”. Al restituir “Una historia de Wall Street” al título, mi traducción quiere rescatar una parte relevante del contexto en que Melville publica este relato. Putnam’s Monthly, rival de Harper’s, era una revista selecta de crítica, análisis y comentario social (incluyendo lo literario) escrita exclusivamente por autores norteamericanos y leída por una élite ilustrada y liberal para la cual, sin duda, el subtítulo era una referencia significativa.

La restitución del título completo permite subrayar la dinámica de cruces y desdoblamientos que se produce entre diversos ámbitos del relato desde un comienzo, en el particular entorno de Wall Street y el sistema judicial y penal en que se desarrolla el relato. Nos recuerda que desde el inicio la historia trata del carácter y la transformación de las relaciones tanto laborales como personales entre el narrador y su empleado, y que genera su fuerza a partir de la tensión derivada de esta oscilante dinámica de poder. El título completo nos sugiere que Wall Street —que funciona simultáneamente como sinécdoque y metonimia, al igual que la cárcel de las Tumbas donde culmina la narración— es una figuración del denso bosque de la poética melvilliana, ese espacio de luces y de sombras donde Melville esperaba que surgiera la asustadiza paloma de la verdad que él había vislumbrado en su maestro Hawthorne.

 

Esta es una versión modificada de la nota sobre criterios de traducción que aparece en Bartleby, el escribano. Una historia de Wall Street, de Herman Melville, trad. Roberto Castillo Sandoval. Hueders, 2017.

Escribano vs escribiente: la pega del traductor.

Hueders acaba de publicar mi traducción del importante relato de Herman Melville, “Bartleby, the Scrivener”. Aquí explico por qué traduje el título usando la palabra “escribano” y no la canónica, instalada por Borges, “escribiente”.

Una de las acepciones de “escribano” es la de “copista”, el oficio de Bartleby en el relato de Melville. “Bartleby, el copista”, sin embargo, aunque sería la solución más franca y directa, deja fuera parte del potencial semántico que se incuba en scrivener. “Amanuense” podría usarse también como descriptor del oficio, pero esta palabra tiene la desventaja de sonar arcaica y de apartarse, al igual que “copista”, de la raíz etimológica de “escribir”.

bartleby

Ilustración de Sebastián Ilabaca ©

De paso, digamos que scrivener, de raíz latina (scriba, scriban), llega al inglés de Melville por intermedio del anglo-normando: scriveyn.

Otra solución, aparentemente más aventajada que “copista” o “amanuense”, es “escribiente”: preserva el vínculo etimológico y sonoro con la palabra original y remite con precisión al oficio de copiar y pasar en limpio escritos ajenos.

¿Y “escribiente”, entonces?

Al traducir el título del relato de Melville, es claro que las opciones deben incluir, sin duda, “escribiente”, solución que se halla en muchas de la traducciones existentes, incluyendo la de Borges, (cuya elección se explica porque en Argentina el término “escribano” se usa en forma generalizada y excluyente para denominar a lo que en Chile y otros lugares se denomina como “notario”.)

¿Por qué preferir entonces “escribano”?

Porque, al igual que “copista” o “amanuense”, “escribiente” limita el potencial semántico, eliminando la referencia a tipos de escritura que van más allá de la mera copia de textos ajenos.

(Se me ocurre que si Melville hubiera querido limitar el rango de scrivener a “copista” o “amanuense”, tenía a su disposición, por ejemplo, de “copyist” o “clerk” o “amanuensis” o incluso “transcriber”. Sin embargo, prefiere usar un término menos común, apartado del vernáculo y con resonancias eruditas.)

Como traductor, mi deber era escrutar el rango completo de significados de la palabra que define al personaje principal y buscar el término correspondiente en castellano. Ese término es “escribano”, que remite no sólo a la copia, sino a la escritura en general (como testimonio, como registro de la experiencia, como modo de concatenar experiencias e interpretaciones) y que permite, por lo tanto, anexar al relato referencias al acto de escribir entendido más ampliamente, aludir a la literatura misma.

El epílogo del relato revela que antes de ir a dar al bufete de abogados de Wall Street, Bartleby trabajó leyendo correspondencia sin destino en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, DC. Allí ejercía tareas forenses, notariales: registrar esas cartas perdidas y disponer de ellas, intentando primero localizar a los destinatarios por medio de las pistas (historias, objetos) encontradas dentro de ellas, y quemándolas una vez agotado el esfuerzo de lectura, identificación y búsqueda.

El término “escribano” (no un mero amanuense) nos permite pensar en un Bartleby anterior al relato de Wall Street: al llegar a su trabajo de copista, el misterioso empleado ya venía con su pesada experiencia de escribano, de funcionario que lee, deja constancia, y al final destruye esos papeles que contienen, en cierto modo, la tristeza de la humanidad que parece llevar Bartleby consigo.

“Escribano”, entonces, abre puertas que “escribiente” deja cerradas.

Queda claro, no lo puedo negar, que mi traducción es una interpretación, pero como en eso consiste este juego de traslados entre lenguajes, simplemente dejo constancia escrita.

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Ilustración de Sebastián Ilabaca ©

Homenaje a Denis Johnson “MANOS CON BUEN PULSO EN EL HOSPITAL GENERAL DE SEATTLE”

En menos de un par de días ya me estaba afeitando solo, y hasta afeité a un par de recién llegados, porque las drogas que me inyectaron me hicieron un efecto asombroso. Lo llamo asombroso porque pocas horas antes me habían traído en camilla por unos pasillos en los que yo había tenido la alucinación de que caía una lluvia suave de verano. En las piezas de hospital de lado y lado, los objetos –jarros, ceniceros, camas—se veían mojados y terroríficos, ni se molestaban en esconder su verdadero significado.denis-johnson

Me pusieron unas cuantas jeringas, y sentí que me transformaba y que de ser una cosa liviana de espuma plástica me convertía en persona. Me puse las manos frente a los ojos. Las manos todavía eran como de una escultura.

Afeité a mi compañero de pieza, Bill. “No te pongas muy creativo con mi bigote”, dijo.

“¿Va bien hasta ahora?”

“Hasta ahora”.

“Ahora el otro lado”.

“Estaría bueno, socio”.

Justo debajo del pómulo, Bill tenía una marquita donde una bala le había penetrado la cara, y en la otra mejilla tenía una cicatriz un poco más grande, por donde había salido el plomo.

“Cuando te dispararon en la cara así, ¿la bala hizo algo interesante cuando siguió de largo?”

“¿Cómo voy a saber? No estaba tomando apuntes. Aunque la bala siga de largo, uno igual lo único que siente es que le dispararon en la cabeza”.

“¿Y qué onda con esta cicatriz más chica, en la patilla?”

“No sé. A lo mejor es de nacimiento. Nunca la había visto”.

“Algún día la gente va a saber de ti porque vas a salir en un cuento o en un poema. ¿Te gustaría describirte, para esa gente?”

“Ah, no sé. Soy un guatón de mierda, creo”.

“No, en serio”.

“No vas a escribir sobre mí”.

“Hey, soy escritor”.

“Bueno, en ese caso, di que estoy con sobrepeso, no más”.

“Está con sobrepeso”.

“Me han corrido bala dos veces”.

“¿Dos veces?”

“Una vez por cada esposa, con un total de tres balas que hicieron cuatro hoyos, tres de entrada y uno de salida.”

“Y todavía estás vivo”.

“¿Vas a hacer algún cambio en tu poema?”

“No. Va a entrar todo, palabra por palabra”.

“Qué lástima, porque cuando me preguntas si estoy vivo eso te hace parecer algo estúpido. Obvio que estoy vivo”.

“Bueno, a lo mejor quiero decir vivo en un sentido más profundo. Tú podrías estar hablando y no estar vivo en un sentido más profundo”.

“No voy más profundo que esta mierda en que estamos ahora”.

“¿Qué quieres decir? Estamos muy bien aquí. Hasta regalan cigarrillos”.

“No me ha tocado ninguno todavía”.

“Aquí tienes”.

“Hey. Gracias”.

“Me lo pagas cuando te den los tuyos”.

“Puede ser”.

“¿Qué dijiste cuando te dispararon?“.

“Dije, ‘¡Me disparaste!’“.

“¿Las dos veces? ¿Las dos mujeres?”

“La primera vez no dije nada, porque me disparó en la boca”.

“Así que no podías hablar”.

“Caí inconsciente, ésa es la razón que no pude hablar. Y todavía me acuerdo del sueño que tuve mientras estaba desmayado esa vez”.

“¿Qué soñaste?”

“¿Cómo quieres que te cuente? Fue un sueño. No tenía ni pies ni cabeza la mierda, compadre. Pero me acuerdo”.

“¿No puedes describirlo aunque sea un poquito?

“De verdad no sé cómo sería la descripción. Lo siento”.

“Cualquier cosa, cualquier cosa que sea”.

“Bueno, para empezar, el sueño vuelve y vuelve. Quiero decir, cuando estoy despierto. Cada vez que me acuerdo de mi TwoBullets1_mprimera mujer, me acuerdo de que apretó el gatillo, y entonces ahí llega ese sueño…

“Y el sueño no—no había nada triste en él. Pero cuando me acuerdo, me pongo como, ‘concha, compadre, es verdad, me pegó un tiro. Y aquí está ese sueño’

“¿Has visto esa película de Elvis Presley, “Siga a ese sueño”?

Siga a ese sueño. Sí, la vi. Justo te la iba a mencionar”.

“Ok, estás listo. Mírate al espejo”.

“Bueno”.

“¿Qué ves?”

“¿Cómo engordé tanto si nunca como?”

“¿Eso es todo?”

“Bueno, no sé. Acabo de llegar”.

“¿Y qué onda con tu vida?”

“¡Ja! Ésa está buena”.

“¿Y qué hay con tu pasado?”

“¿Cómo qué hay?”

“Cuando miras hacia atrás, ¿qué ves?”

“Autos chocados”.

“¿Con gente?”

“Sí”.

“¿Quiénes?”

“Gente que ahora es pura carne cruda, compa”.

“¿Así es la cosa de verdad?”

“¿Cómo voy a saber como es? Acabo de llegar. Y hay una media hediondez”.

“¿En serio? Te meten Haldol por litros. Es juego de niños”.

“Espero que sí. Porque he estado en partes donde lo que hacen es que te envuelven en una sábana mojada y te pasan un juguete de goma para perros chicos, y tú lo muerdes”.

“Creo que voy a venirme para acá dos semanas al mes”.

“Bueno, yo soy mayor que tú. Tú te puedes subir un par de veces más a este carrusel y todavía bajarte con los brazos y las piernas puestas donde corresponde. Yo no”.

“Hey. Si tú estás bien”.

“Háblame por aquí”.

“¿Te hablo por el hoyo de bala?”

“Háblame por el hoyo de bala. Dime que estoy bien”.

Denis Johnson – “Dundun”

Fui al campo donde vivía Dundun para que me diera un poco de opio farmacéutico, pero me fue mal.
Me saludó cuando salía por el patio en dirección a la bomba de agua, con sus botas de vaquero nuevas y su chaleco de cuero, las faldas de la camisa de franela colgando encima de sus jeans. Iba mascando chicle.
—MacInnes no se siente bien hoy. Le acabo de disparar.
—¿Que lo mataste?
—No fue con intención.
—¿De verdad está muerto?
—No. Está sentado.
—Pero está vivo.
—Ah, seguro, está vivo. Se quedó ahí en la pieza de atrás.
Dundun se acercó a la bomba de agua y empezó a mover la palanca.
Di la vuelta alrededor de la casa y entré por atrás. En la pieza que daba a la puerta de atrás había olor a perro y a guagua. Beatle estaba parado en la puerta del lado opuesto. Me miró entrar. Apoyada contra la pared estaba Blue, fumando un cigarrillo y rascándose la pera pensativamente. Jack Hotel estaba encaramado a un escritorio viejo, prendiendo una pipa con la parte redonda envuelta en papel de aluminio.
Cuando vieron que era yo no más, los tres siguieron mirando a MacInnes, que estaba sentado en el sofá, solo, con la mano izquierda suavemente apoyada sobre el estómago.
—¿Dundun le disparó?— pregunté.
—Alguien le disparó a alguien— dijo Hotel.
Dundun entró por detrás mío con un poco de agua en una taza de loza y una botella de cerveza, y le dijo a MacInnes: —Toma.
—No quiero— dijo MacInnes.
—Ok, bueno, entonces toma esto.
Dundun le ofreció el resto de su cerveza.
—No gracias.
Me preocupé: —¿No lo van a llevar al hospital ni nada?
—Buena idea— dijo Beatle, con sarcasmo.
—Lo estábamos llevando— explicó Hotel —pero chocamos con la esquina de la casucha ahí afuera.
denis-johnson     Miré por la ventana del lado. Estábamos en la parcela de Tim Bishop. Vi que el Plymouth de Tim, un lindo sedán antiguo, gris con rojo, había pasado a llevar uno de los soportes, de manera que el poste estaba por el suelo y el sedán había quedado sosteniendo el techo de la casucha.
—El parabrisas se hizo millones de pedacitos— dijo Hotel.
—¿Cómo fueron a dar por ese lado?
—Todo se nos fue de las manos— dijo Hotel.
—¿Dónde está Tim, a todo esto?
—No está aquí— dijo Beatle.
Hotel me pasó la pipa. Era hashish, pero ya estaba casi todo quemado.
—¿Qué tal?— Dundun le preguntó a MacInnes.
—La siento aquí. Quedó metida en el músculo.
Dundun dijo:—No está mal. La punta no alcanzó a explotar, creo.
—Se chingó.
—Se chingó un poquito, sí.
Hotel me preguntó: —¿Lo podrías llevar al hospital en tu auto?
—OK, dije.
—Yo también voy— dijo Dundun.
—¿Te queda algo de ese opio?— le pregunté.
—Era un regalo de cumpleaños. Lo usé todo.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?— le pregunté.
—Hoy.
—Entonces no deberías haberlo usado todo antes de tu cumpleaños— le dije, con rabia.
Pero me alegré de poder ayudar. Yo quería ser el que la salvaba y el que era capaz de llevar a MacInnes al doctor sin chocar. La gente iba a comentarlo, y yo le iba a caer bien, ojalá.
En el auto íbamos Dundun, MacInnes y yo.
Dundun cumplía veintiún años. Yo lo había conocido en la juvenil del condado de Johnson durante los únicos pocos días que pasé en la capacha, por la época de mis dieciocho otoños. Yo le llevaba un mes o dos en edad. En cuanto a MacInnes, siempre había andado dando vueltas por ahí y, de hecho, hasta estuve casado con una de sus ex novias.
Salimos lo más rápido que podíamos sin zangolotear demasiado a la víctima del tiroteo.
Dundun dijo: —¿Qué onda con los frenos? ¿Los arreglaste?
—El freno de mano funciona. Con eso basta.
—¿Y la radio?— Dundun apretó el botón y la radio se prendió con un ruido como de moledora de carne.
La apagó y la volvió a prender, y entonces borboteaba como una máquina de esas que pulen piedras toda la noche.
—¿Y tú?— le pregunté a MacInnes —¿estás cómodo?
—¿Qué crees tú?— dijo MacInnes.
Era un camino largo y recto a través de campos secos, hasta donde alcanzaba la vista. Uno pensaría que no quedaba aire en el cielo y que la tierra estaba hecha de papel. En vez de avanzar, nos íbamos quedando más y más chiquititos.
¿Qué se puede decir de esos campos? Había cuervos dando vueltas sobre su propia sombra y debajo de ellos ahí estaban las vacas oliéndose el trasero entre ellas. Dundun escupió su chicle por la ventanilla mientras escarbaba en el bolsillo de su camisa en busca de sus Winstons. Prendió un Winston con un fósforo. Eso es todo lo que había para conversar.
—Nunca vamos a salir de este camino— dije.
—Qué cumpleaños de porquería— dijo Dundun.
MacInnes estaba pálido y mareado, se abrazaba a sí mismo con ternura. Lo había visto hacer eso una o dos veces antes aunque nadie le hubiera disparado. Tenía una hepatitis tremenda que muchas veces le causaba mucho dolor.
—¿Prometes que no les vas a soltar nada?— Dundun le hablaba a MacInnes.
—No creo que te oiga— le dije.
—Les dices que fue un accidente, ok?
MacInnes no dijo nada por un largo rato. Finalmente, dijo:
—OK.
—¿Lo prometes?
Pero MacInnes no dijo nada. Porque estaba muerto.
Dundun me miró con lágrimas en los ojos.
—¿Qué dices tú?
—¿Qué quieres decir, qué digo yo? ¿Crees que estoy aquí porque sé de estas cosas?
—Está muerto.
—Está bien. Ya sé que está muerto.
—Bótalo del auto.
—Por supuesto que lo voy a botar— dije. —No lo voy a llevar a ninguna parte ahora.
Por un momento me quedé dormido, en pleno manejo. Soñé que estaba tratando de contarle algo a alguien y me interrumpían a cada rato, un sueño sobre la frustración.
—Me alegro que se haya muerto— le dije a Dundun. —Fue él el que empezó con el mote y después todos me decían “El cagado del mate”.
Dundun dijo: —No te amargues por eso”.
Pasamos soplados por todas las ruinas esqueléticas de Iowa.
—No estaría mal trabajar de sicario— dijo Dundun.
Los glaciares habían aplanado esta región en la época antes de la historia. Llevábamos años de sequía, y una niebla bronceada de polvo flotaba sobre la llanura. La cosecha de soya estaba muerta otra vez, y los tallos mustios del maíz estaban tirados por el suelo como hileras de ropa interior. La mayoría de los agricultores ya ni se molestaba en plantar nada. Se habían borrado todas las falsas ilusiones. Daba la sensación de ser el momento justo antes de la llegada del salvador. Y el salvador llegó, pero tuvimos que esperar por mucho tiempo.
Dundun torturó a Jack Hotel en el lago en las afueras de Denver. Lo hizo para sacarle información sobre el botín de un robo, un estéreo de la novia de Dundun o quizás de su hermana. Después, Dundun casi mató a fierrazos a un tipo, en plena calle, en Austin, Texas, y por eso va a tener que responder algún día, pero ahora está, creo, en la prisión estatal de Colorado.
¿Me creerían si les digo que en su corazón había bondad? ¿Que su mano izquierda no sabía lo que hacía la derecha? Lo que pasaba es que se le habían quemado ciertas conexiones. Si a ti yo te abro la cabeza y te paso un cautín caliente por el cerebro, te podría convertir en alguien como él.

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