Crusoe en Inglaterra (Elizabeth Bishop)

“Crusoe in England” apareció en The New Yorker en noviembre de 1971, unos ocho años antes de la muerte de Elizabeth Bishop. Ninguna traducción le hará justicia a la cadencia del original, leído aquí por la autora, que combina el tono vernáculo con ciertos giros y guiños propios del lenguaje literario. Como todo buen poema, se presta para interpretaciones varias: metáforas de la soledad y del exilio, meditaciones y augurios sobre el proceso creativo, etc. El verso trunco que Crusoe revisa a su regreso termina con la palabra “soledad” y pertenece al poema de William Wordsworth (1770-1850) “I Wandered Lonely as a Cloud”.

Esta versión se ofrece como work-in-progress, y cualquier sugerencia o corrección será siempre bienvenida.

 

Crusoe en Inglaterra

Un nuevo volcán hizo erupción,
dicen los diarios, y la semana pasada leí
que de un barco se vio cómo nacía una isla:
primero un aliento de vapor, a diez millas de distancia;
luego una mancha negra —seguro que basalto—
surgió en el catalejo del primer oficial
y como una mosca quedó pegada al horizonte.
La bautizaron. Pero mi pobre isla todavía sigue
todavía sin ser redescubierta, todavía sin rebautizar.
Ningún libro jamás le ha hecho justicia.

Bueno, yo tuve cincuenta y dos
volcanuchos miserables que podía subir
con unos pocos trancos sinuosos—
volcanes muertos como pilas de cenizas.
Me sentaba al borde del más alto
y contaba los otros que se alzaban,
desnudos y plomizos, con sus cabezas detonadas.
Pensaba que si fueran del tamaño
que un volcán debía tener, entonces
me había convertido en un gigante;
y si me había convertido en un gigante,
no quería ni pensar de qué porte
eran las cabras y las tortugas,
o las gaviotas, o las olas que se sucedían
—un hexágono refulgente de olas
que se acercaban y se acercaban, pero nunca tanto,
refulgentes, refulgentes, aunque el cielo
estuviera en su mayor parte nublado.

Mi isla parecía ser
una especie de basural de nubes. Si en el hemisferio
sobraban nubes, ahí llegaban y quedaban suspendidas
encima de los cráteres— sus gargantas resecas
eran calientes al tacto.
¿Será por eso que llovía tanto?
¿Será por eso que a veces todo el lugar seseaba?
Las tortugas paseaban lentamente, con sus altos domos,
seseando como teteras.
(Y yo hubiera dado años de mi vida, o aceptado vivir unos pocos de más,
por tener cualquier tipo de tetera, por supuesto).
Los pliegues de lava, corriendo al mar,
seseaban. Volteaba la mirada. Y resultaban ser
más tortugas.
Las playas eran pura lava, de varios tipos,
negra, roja, y blanca, y gris;
los colores jaspeados formaban un lindo arreglo.
Y tenía surtidores de agua. Ah,
media docena al mismo tiempo, a lo lejos,
iban y venían, avanzando y retirándose,
con las nubes por lo alto y por abajo en áreas movedizas
de un blanco raspado.
Chimeneas de vidrio, flexibles, atenuadas,
seres sacerdotales de vidrio … Yo observaba
cómo el agua ascendía en ellos como humo.
Hermoso, sí, pero no gran compañía.

A menudo me entregaba a sentir lástima por mí mismo.
«¿Merezco esto? Supongo que sí.
No estaría aquí si fuera de otro modo. ¿En algún
momento, de hecho, elegí esto?
No me acuerdo, pero puede ser que sí».
Bueno, ¿qué hay de malo en sentir lástima por uno mismo?
Con mis piernas colgando confiadamente
de la orilla del cráter, me dije a mí mismo:
«La lástima empieza por casa». Así que mientras más
lástima sentía, más me sentía como en casa propia.

El sol se ponía en el mar; el mismo sol raro
surgía del mismo mar,
y había un solo sol y un solo yo.
La isla tenía una de cada cosa:
un caracol de árbol, color violeta-azul brillante
con una concha delgada, reptaba por todas partes,
sobre la única variedad de árbol,
uno ceniciento, tipo matorral.
Conchas de caracol se esparcían por debajo en montones
y, a la distancia,
uno juraba que eran macizos de lirios.
Había un solo tipo de baya, de un rojo oscuro.
La probé, de a una, y horas aparte.
Tenía poca acidez, y no era mala, y no me enfermé;
así que hice un licor casero. Me tomaba
ese líquido terrible, gaseoso, picante,
que se me iba derecho a la cabeza
y tocaba mi flauta hecha en casa
(creo que tenía la escala más rara de la tierra)
y, mareado, gritaba y bailaba entremedio de las cabras.
¡Hecho en casa, hecho en casa! ¿Acaso no somos así todos?
Sentía un profundo afecto por
las más pequeñas industrias de mi isla.
No, no exactamente, ya que la más pequeña era
una filosofía miserable.

Porque no sabía suficiente.
¿Por qué no sabía lo suficiente de alguna cosa?
¿De teatro griego o de astronomía? Los libros
que leí estaban llenos de vacíos;
los poemas— bueno, intenté
recitárselos a mis macizos de lirios:
«Fulguran en el ojo interior,
que es la alegría…» ¿La alegría de qué?
Una de las primeras cosas que hice
al volver fue mirar qué era.

La isla olía a cabra y guano.
Las cabras eran blancas, lo mismo que las gaviotas,
y ambas eran demasiado dóciles, o tal vez me creían
cabra, también, o gaviota.
Baa, baa, baa, y graznido, graznido, graznido,
baa … graznido … baa … aún no logro sacármelos
de los oídos; ahora me duelen.
El graznar inquisitivo, las respuestas equívocas
en un terreno de seseante lluvia
y de tortugas ambulantes que seseaban
me alteraron los nervios.
Cuando todas las gaviotas tomaban vuelo al mismo tiempo,
sonaban como un gran árbol en un vendaval, sus hojas.
Cerraba los ojos y me imaginaba un árbol,
un encino, digamos, con sombra de verdad, en alguna parte.
Había oído decir que hay ganado que sufre del mal de isla.
Pensaba que las cabras lo padecían.
Un macho cabrío se paraba encima del volcán
que yo había bautizado Mont d’Espoir o Monte Desesperación
(tenía tiempo para jugar con los nombres),
y balaba y balaba, y olisqueaba el aire.
Yo lo agarraba de la barba y lo miraba.
Sus pupilas horizontales se estrechaban
y no expresaban nada, acaso un poco de maldad.
¡Me llegaron a cansar hasta los mismos colores!
Un día teñí un cabrito de rojo brillante
con mis bayas rojas, solo para poder ver
algo un poquito diferente.
Y después su madre no lo reconoció.

Lo peor eran los sueños. Por supuesto que soñaba con comida
y con amor, pero eran placenteros más
que otra cosa. Eso sí, después soñaba con cosas
como que le cortaba la garganta a un niño, confundiéndolo
con un cabrito. Tenía
pesadillas con otras islas
que quedaban lejos de la mía, infinidades
de islas, islas que reproducían más islas,
como huevos de rana que se convertían en guarisapos
de islas, sabiendo que yo tenía que habitar
en cada una de ellas, eventualmente,
épocas enteras, registrando su flora,
su fauna, su geografía.

Justo cuando creía que ya no podía soportarlo,
ni un minuto más, llegó Viernes.
(Todo lo que se cuenta sobre esto se equivoca en todo)
Viernes era amable.
Viernes era amable, y éramos amigos.
¡Si solo hubiera sido mujer!
Yo quería propagar mi especie,
y él también, creo, pobre chico.
A veces regaloneaba a los cabritos,
y echaba carreras con ellos, o andaba con uno en brazos.
—era lindo de mirar; tenía un lindo cuerpo.

Y un día vinieron y nos sacaron.

Ahora vivo aquí, otra isla
que no parece isla, pero ¿quién sabe?
Mi sangre estaba llena de ellas; mi cerebro
criaba islas. Pero ese archipiélago
se ha agotado. Estoy viejo.
También estoy aburrido, tomando mi té de verdad,
rodeado de madera sin interés alguno.
Ese cuchillo que está ahí en el estante
hedía de significado, como un crucifijo.
Estaba vivo. ¿Cuántos años
le rogué, le imploré, que no se rompiera?
Me sabía cada mella y cada raya de memoria,
la hoja azulosa, la punta rota,
las líneas de la veta de madera en la empuñadura…
Ahora ni me mira.
Su alma viviente se fue disipando.
Mis ojos se detienen en él y pasan de largo.

El museo del pueblo me pidió que
se lo deje todo a ellos:
la flauta, el cuchillo, los zapatos marchitos,
mis pantalones pelados de cuero de cabra
(se metieron polillas en el pelaje),
el parasol que tanto tiempo me tomó
para acordarme de cómo iban las varillas.
Todavía funciona, pero, cerrado,
parece un pájaro flaco y desplumado.
¿Quién va a querer cosas así?
—Y Viernes, mi querido Viernes, murió de sarampión
hará diecisiete años en marzo.

© Roberto Castillo Sandoval 2020

EBishop

Photograph ©The Rosalie Thorne McKenna Foundation

Décimas para el cumpleaños de mi madre

Mi mamá, Andrea Sandoval Valenzuela, hoy cumple 87 años. Ella no sabe qué día es hoy, ni qué año, ni por qué la gente le canta y le sopla las velitas. Mi mamá se fue de viaje sin vuelta a una zona remota donde las palabras se enredan y pierden sus referentes y donde el descanso consiste en un color, en notas musicales y canciones, en texturas, sabores y abrazos; ella vive en lo efímero. Es una condición inexorable y triste, pero a veces uno encuentra consuelo en la memoria propia. Como decía un tipo en un video (creo que sacado de un comercial), de esos bien manipuladores: “ella tal vez se haya olvidado de quién soy yo, pero yo tengo bien claro quién es ella”. Es sentimental, pero revelador.

Da para creer que la memoria que a ella se le escapó supo alojarse en la memoria de sus hijos, y lo digo porque los recuerdos de cada uno de nosotros –o hasta la estructura misma de nuestro modo de hacer memoria– fueron modelados por ella, por sus historias, sus casos, sus anécdotas y comentarios de la vida del campo, sus aventuras de niña recién llegada a la ciudad para trabajar en casas particulares, sus andanzas como trabajadora a trato en un laboratorio de remedios, sus amistades y su lista de enemigos. Los eventos que marcaron su vida también nos dejaron su huella: el terremoto de Chillán, el asesinato de su hermano mayor en Molina, sus desmayos esporádicos, la vez que se cayó de una higuera y la creyeron muerta, el casamiento con mi papá, un día lluvioso de julio; en vez de un carruaje nupcial, mi padre la sacó a dar una vuelta en la micro de mi abuelo, porque sin esa carrera no había plata. Cansada de que viviéramos de allegados con mis abuelos paternos, ella armó una carpa frente a la Municipalidad de San Miguel, el preludio de una toma de terrenos. Se metía en los centros de madres y participaba como apoderada preguntona y comprometida, a pesar de que ella no pasó de tercer año de preparatoria. No sé cómo lo hacía, cómo lo hizo, para armarnos un mundo y para hacernos entender y conciliar dos opuestos: que el mundo es, en verdad, ancho y ajeno y que, al mismo tiempo, sin que medie gran cosa entre los dos conceptos, es un mundo que puede ser abierto, libre y propio. La verdad es que sé cómo lo hizo; lo que no entiendo es cómo se las arregló. Nos llevaba a todas partes: al cine, a esas largas sesiones rotativas de tres películas al hilo: Tarzán, Godzilla, El monstruo de la laguna verde. Chaplin, Buster Keaton, Laurel & Hardy, Mary Poppins, Las cinco monedas, Dr. Doolittle. Se reía mucho con nosotros en la micros o en las tremendas caminatas que teníamos que hacer para ahorrar dos o tres pasajes de micro. Fue la que nos enseñó a leer a todos y la que nos regaló su amor por la lectura y por los actos de la imaginación. Durante la dictadura, salía a protestar, con su limoncito, su pañuelo y un poco de sal. Una vez se le olvidó el pañuelo y un rasta le regaló el suyo: ahí figura mi madre con una pañoleta y su hoja de cannabis. También durante la dictadura, se propuso terminar su educación básica en una escuela nocturna. Uno de los mayores regalos de la vida fue haberla tenido como alumna mientras yo hacía mi práctica de pedagogía en inglés. Tenía que fingir que no le tenía barra a mi mamita.

Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de esos paseos por la ciudad con mi mamá y mis hermanos es de la vez que fuimos a ver a una cantante que siempre escuchábamos en la radio y que, al parecer, resulta ser pariente. Por parte de madre. Y estas décimas son para esa ocasión, tiene que haber sido el año 65 o 66.

—————

Un día, en San Miguel,

se le frunce a mi maire

sacarnos a tomar aire,

y así nos lleva en tropel

con la risa a flor de piel,

a escuchar un recital

en una feria de El Llano,

donde cantaba, a lo humano,

su canto pleno y fluvial

doña Parra Sandoval

 

Y ahí estaba la Violeta

con una chomba morada

con la cara muy tapada,

y las grenchas sin peineta

¡qué le importa a una poeta

verse así toda chascona

si la prima y la bordona

dan arpegios cristalinos

que suavizan del espino

la aguja y su corona!

 

Del angelito su rin

cantaba con sus dolores

y del amor los rencores

cantaba en un sinfín;

hablaba de un querubín

y nosotros, boquiabiertos,

nos pasamos el concierto

gozando esa maravilla;

mi madre era una chiquilla

de su infancia en el huerto.

 

Nos llevaba a todos lados,

(cuatro fuimos, luego cinco)

a la rastra o dando brincos,

al cine, al centro, al mercado,

al cerro, a tomar helado,

no faltaba panorama,

ella armaba su programa

aunque no tuviera un cobre,

nunca nos sentimos pobres

callejeando con mi mama.

 

Haverford, 2 de diciembre de 2019, año de la gran rebelión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elogio del resentimiento

Hace un tiempo, hablando por teléfono, le propuse a una amiga experta en la poesía de Enrique Lihn mi teoría cufifa de que tratar a Chile de «horroroso» era un insulto propio de enamorados, pura nostalgia mal disfrazada.

—Puede ser—dijo— pero lo de Lihn es poesía, lo que tú tienes con Chile es más como un rayado de baño, un rayado de asiento de micro, ni siquiera da para graffiti callejero; es pura amargura y confusión, discúlpame la franqueza.

Yo pensé contestarle:

—Lo mío con Chile no es amor ni poesía, es verdad, es algo mejor que el amor y que la poesía: es resentimiento.

Preferí no decir nada, porque el resentimiento no se explica, es pasivo-agresivo cuando no es incendiario; el resentimiento no es diálogo sino diatriba. Lo mío, quisiera haberle dicho, era el cardo y la espina, flores mortuorias regadas con sangre de narices, estiércol de colillas de cigarro y boletos de micro, alambre de púas, veredas quebradas, luma paca, puntete milico, goteras de invierno, remolinos de polvo en los peladeros, hogueras de basura, carnets de identidad arrebatados, ojos reventados a escopetazos. Qué podía sentir sino resentimiento ante el murallón coronado de vidrios rotos que para mí era Chile, qué podía hacer sino renegar de mis intentos por encaramarme a él con las manos desnudas, hechas tasajo.

Seguí sin decir nada, a la espera de su respuesta, porque el resentido sabe guardar la pólvora. Al otro lado de la línea se escuchaba un dingolondango de niños, música, risas de televisor, el batir de la vajilla en la espuma tibia, alguien afinando una guitarra, un camión que retrocede. Es decir, el rumor del silencio indiferente, sustento de toda alma resentida. Y luego, el clic de una amistad perdida.

Me asumo, en efecto, como un resentido. En el idiolecto chileno se le agrega intensidad al epíteto sumándole el sujeto de la mancilla y del menoscabo: un tipo resentido, o mejor aún, un huevón resentido. Eso es lo que soy, pero he progresado, no hueveen tanto: proclamo mi resentimiento con cierto orgullo, alegremente si me apuran, y estoy dispuesto a conceder altiro el punto cuando me acusan de resentido, o cuando me lo achacan tácitamente, cosa que pasa a cada rato. Podrá parecer sospechoso que los resentidos celebremos nuestra condición, pero hay que desmitificar el tema: nosotros los resentidos somos, en el fondo, gente jovial y bastante chistosa; lo afirmo sin el más mínimo dejo de ironía.

Es por eso que en esta coyuntura quisiera aprovechar de ofrecer este Elogio del Resentimiento. Erasmo de Rotterdam describió la necedad de manera tan laxa que a los traductores no les fue difícil brutalizar sus ideas, al punto que la estulticia original, materia complicada y profunda, quedó reducida a una simple «locura» simplona y algo payasesca. Para evitar ese problema, prefiero no definir qué es el resentimiento, porque no sirve de mucho constreñir un fenómeno que es tan complejo y tan vasto como la misma estupidez. Además, ya se han equivocado antes plumas ilustres que intentaron definir el resentimiento y pagaron caro su fracaso: ahí están los cadáveres podridos y resecos de Kierkegaard, Nietzsche, Scheler; he ahí el ataúd de Weber, la calavera estrábica de Sartre, todos derrotados por el poderío irrefrenable de lo que ellos quisieron despachar como ressentiment, una especie de envidia glorificada, una simple comezón infantil de mala fe.

Lo mío es distinto. Quisiera más bien elogiar el resentimiento por sus efectos, por la eficacia con que los resentidos del mundo somos capaces de aunar la teoría y la práctica. Nuestra guerra de guerrillas, por ejemplo, está basada en dos movimientos tácticos esenciales: el disimulo pertinaz y la meditada ejecución de la revancha. Acierta Alone, catador de poetas, cuando se refiere al resentimiento como «la llaga secreta» y acierta el historiador Mario Góngora cuando afirma que el resentimiento es el motor de la historia de América Latina, historia que es una marcha abigarrada y multiforme, con avances y retrocesos, hacia mejores formas de justicia.

Los resentidos sabemos que el respeto que se nos debe corresponde exactamente al respeto que se debe al derecho y sabemos que toda buena revancha será siempre el preludio del imperio de la ley. Por eso nos temen.

Así que brindo por el resentimiento, porque es la irisada agalla de mutante, de alienígena, con que filtro las aguas servidas de la expatria mientras espero que vengan tiempos más justos. Mi resentimiento es la tinta que gotea de estas cartas sin destino ni remitente fijo, estos comentarios reales de mestizo, este manojo de mala yerba de peladero, estos recados tomados de mal talante, estos tuiteos bloqueados o muteados.

El resentimiento es la batería recargable de todas mis querellas. Dicho de otro modo, mi resentimiento —no es sólo mío, somos legión, y todo esto debería leerse en primera persona del plural— es sagrado porque a mí me aúpa y a otros los asusta, los repele, les levanta espléndidas ronchas por todo el cuerpo.

Resentidos de mi país, sigamos haciendo chasquear nuestras cortaplumas, salgamos del closet, porque es cierto lo que dice el enemigo, el resentimiento es bilis y veneno que carcome al que lo siente, pero solo si se reniega de él. Si molestamos sin cesar con nuestro resentimiento, en cambio, dejamos constancia de que, sin nuestra anuencia, la patria, su consenso y sus ordenanzas son un compendio de ficciones estériles, son poco más que una serie de alianzas endogámicas, un prolongado simulacro, boato, pura ceremonia.

A los momios, a los fachos, a los patrones, a los que amarillean, a los que desmayan mirando la tele, les advierto que el verdadero resentimiento es vital y fecundo y que, por eso, no puede ser humilde.

A los otros, a los que les quepa el sayo, hay que aclararles que el resentimiento es más potente y más difícil que la solidaridad. Más aún: el resentimiento es la condición de la verdadera solidaridad, la que no admite atajos, la que se caga, si hay que hacerlo, en las buenas intenciones.

El resentimiento no es envidia, sino goce lúcido —y lúdico— de lo que se puede potenciar. El resentimiento, aunque imite sus formas, no es rabia destilada, incorpórea, ni rencor, ni odio vulgar, ni tampoco hostilidad, sino reconocimiento sentido y palpable de la propia valía, del cuerpo propio. El resentimiento es fuego y pulcritud espiritual. Denme un punto de apoyo y con este resentimiento muevo el mundo. Te hago temblar tu mundo.

Scheler decía que el resentimiento es el auto-envenenamiento de la mente; un tal Nietzsche decía que todo super-hombre es incapaz de resentirse por más de quince minutos. Yo declaro desde las antípodas chilenas que el resentimiento es guardián implacable, espíritu animal, nuestro quiltro negro infatigable.

negro matapacos espíritu animal

Coda y respiro.

Gabriela Mistral, con sus ojos de huemul, ojos de agua atenta, dice que el territorio de la patria debe mirarse siempre así: «como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad». Lo escribe con resentimiento, a sabiendas de que su segundo cuerpo era negado y borrado por la patria, sabiéndose enamorada de un país que le tenía vedado tomarse libertades con la primera persona del plural.

Reescrito a un mes de la gran rebelión de octubre de 2019, basado en un extracto de Antípodas; “Elogio del resentimiento” (Santiago: Cuarto Propio, 2014).

“Me parece que no somos felices”

macivertextoimageLa frase más famosa de Enrique Mac-Iver, parlamentario radical, masón y bombero, tiene sabor a reflexión existencial más que a discurso político: “Me parece que no somos felices”. Se han citado estas palabras como premonición aplicable al Chile de hoy, tal vez porque, al referirse a algo tan personal como la felicidad, Mac-Iver parece sintonizar con el paradigma de sicología pop que ha tomado en el siglo XXI el discurso público chileno.

Mac-Iver no tenía noción, por suerte, de la sicología barata de auto-ayuda que hoy nos inunda. Sí contaba, en cambio, con buenas dosis de filosofía política y de retórica, sapiencia y arte ausentes entre los políticos chilenos de hoy, particularmente en nuestro mediocre parlamento. En lugar de retórica hoy tenemos estridencia o banalidad narcisista, y en lugar de filosofía política, dogmatismo y amnesia. (Las excepciones, se encuentran entre los políticos más jóvenes, pero son tan pocos que sólo confirman la regla general).

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Volvamos a 1900. El parlamentario Mac-Iver comienza su famoso discurso en el Ateneo de Santiago con un tono modesto que, por su misma sencillez, tiene destellos de belleza. Su crítica es contundente, pero llega suavizada al presentarla no como una afirmación tajante sino como un “parecer”. Se trata de una opinión sentida, sin duda, pero que deja la puerta abierta –o por lo menos entreabierta—a un punto de vista diferente. El sujeto impersonal (el “se”) que utiliza como máscara discursiva le permite decir las cosas sin ser explícito acerca de dónde saca sus “pareceres”. Con esto no persigue evadir responsabilidad acerca de sus opiniones. Lo que logra es configurar un sujeto de la historia nacional que es al mismo tiempo un “yo” y un “nosotros”, protagonista y al mismo tiempo observador partícipe. Generaliza a partir de su percepción individual, asumiendo todo el rango de significación de su rol como representante.

En ese gesto de elaboración de un “nosotros” reside la genialidad y la gran debilidad de Mac-Iver. Recordemos cómo elabora su aserto de que no somos felices:

“Se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”.

El discurso de Mac-Iver ha tenido un eco permanente, pero ha sido malinterpretado, igual como lo hace una canción en otro idioma, de esas que seducen por su melodía o por su título sin que se entienda bien la letra. Pareciera que no hay momento en nuestra historia en que no se hayan recordado estas palabras para colorear la expresión de un descontento colectivo que se expresa en términos que invocan la intimidad más subjetiva: el ámbito de la felicidad.

El hecho de que la frase de Mac-Iver sea citada con frecuencia refleja y perpetúa un hábito en la manera en que los chilenos nos analizamos. Evocar, con ocasión de cada crisis (económica, de identidad, moral, social, y hasta deportiva) el “no somos felices” no es consecuencia de un estado de ánimo o de un análisis coyuntural sino más bien de la inclinación a hacer una exhibición periódica de nuestro temperamento melancólico y, por qué no decirlo, quejumbroso.

Si se quiere ser un poquito más duro todavía, podríamos calificar el “no somos felices” como el momento eucarístico de un ritual autocompasivo, porque se detecta en él una cierta fruición,una recompensa sicológica malsana que se obtiene al entregar y consumir la hostia de la quejumbre, recompensa que se potencia al ser compartida, como bien lo saben Leoncio el León y sobre todo su amigo chileno Tristón.

A lo mejor en alemán existe una palabra muy larga [Nichtglücklichseinsempfindung, inventemos] que resume con precisión este rasgo del discurso público nacional. Nuestro idioma no permite acoplar palabras en un trencito sintáctico tan sonoro, y la expresión de Mac-Iver tiene un aspecto difícil de traducir al alemán o a cualquier idioma apto para complicaciones verbales, ya que el sentido profundo depende de esa conjugación en primera persona del plural. La paradoja es que esta pluralidad semántica, en lugar de potenciar la expresión de descontento, la diluye, convirtiendo la protesta en una simple queja vaga y generalizada.

Es decir, en el oído chileno (tímpano roto por la experiencia del autoritarismo congénito con que tropezamos desde los inicios) la frase de Mac-Iver actúa como parlante que concentra todo tipo de descontentos y los sintetiza en un solo malestar primigenio, desactivando la especificidad peligrosa de esas múltiples infelicidades, impidiendo la suma solidaria de los explosivos descontentos privados. El oído chileno no oye la articulación de una postura crítica natural frente a la realidad social sino que registra selectivamente la reafirmación de una experiencia común en términos cómodamente indefinidos.

No sabemos escuchar a Mac-Iver, no sabemos percibir siquiera ni menos interpretar esos códigos pre-sicológicos en los que la felicidad estaba ligada no al consumo individualista sino a la puesta en práctica de la virtud ciudadana, es decir a una praxis social, económica y política orientada a producir el bien común. Eso es lo que los antiguos llamaban, sin sicologismos baratos, la felicidad. Para obtener ese tipo de felicidad (y esto para Mac-Iver y sus contemporáneos era tan evidente que no tenía que ser explicado) se necesitaba no sólo la voluntad virtuosa de los ciudadanos, sino la existencia de un marco institucional superior: una constitución de excelencia que permitiera el ejercicio cabal de deberes y derechos; instancias sólidas de representación plural, avenidas de expresión amplias y abiertas.

Mac-Iver estaba a salvo no sólo de la sicología individualista, sino del dogma atomizante del neoliberalismo, entes que acotan el concepto de felicidad para hacerlo concordar con las exigencias de un sistema económico implacable. Al leer ese “no somos felices”, por lo tanto, debemos hacer el esfuerzo por recordar que no se trataba de una queja existencial en singular sino de la expresión de un anhelo colectivo, comunitario, republicano, ante la arremetida salvaje de un sistema de valores individualistas y mercantiles.

Sólo entonces podrán las palabras de Mac-Iver tener la resonancia que merecen y podrán ser rescatadas de los rituales estériles en que siguen siendo invocadas. Y ahí tal vez podamos reconocer que merece ser reconocido por sus compatriotas futuros. Parafraseando los versos de un poeta medianamente conocido: sólo entonces seremos dignos de Mac-Iver.

Un poema de Raymond Carver: “Para Semra, con vigor marcial”

Cuánto gana un escritor? dijo ella

así de partida

nunca había conocido un escritor

No mucho le dije yo

tienen que dedicarse a otras cosas también

Cómo qué? dijo ella

Como trabajar en fábricas dije yo

barrer pisos dar clases por ahí

recoger fruta

lo que salga

de todo dije yo

En mi país dijo ella

alguien con estudios universitarios

nunca sería barrendero

Bueno eso es cuando están recién empezando le dije

todos los escritores ganan mucha plata

Escríbeme un poema dijo ella

un poema de amor

Todos los poemas son poemas de amor le dije yo

No entiendo dijo ella

Es difícil de explicar dijo ella

Está bien dije yo

una servilleta/un lápiz

para Semra escribí

Ahora no tonto dijo ella

mordisqueándome el hombro

solo quería ver

Más tarde? dije yo

poniéndole la mano en el muslo

Más tarde dijo ella

O Semra Semra

Junto con París dijo ella

Estambul es la ciudad más linda

Has leído a Omar Khayyam? dijo ella

Sí sí dije yo

un pan una botella de vino

Me conozco a Omar para atrás

& para adelante

Kahlil Gibrán? dijo ella

Quién? dije yo

Gibrán dijo ella

No exactamente dije yo

Qué opinas de los militares? dijo ella

has sido soldado?

No dije yo

No tengo buena opinión de los militares

Por qué no? dijo ella

por la cresta no crees que todo hombre

debería servir en el ejército?

Bueno por supuesto dije yo

debería

Una vez viví con un hombre dijo ella

un hombre de verdad un capitán

de ejército

pero lo mataron

Pero por la chucha dije yo

y miré por si encontraba un sable

borracho como poste

malditos ojos retirada mierda

yo acabo de llegar

la tetera volando por la mesa

lo siento dije yo

a la tetera

quiero decir a Semra

Chucha dijo ella

no sé por qué chucha

me dejé levantar por ti.

-RAYMOND CARVER