La batalla de Navidad

Ahora Mellado se hace el huevón y se ríe. O se hace el huevón y llora por dentro. Gaete es testigo. Algún día lo va a contar a su manera, y recién ahí ustedes van a pegarse una palmada en la frente y por qué no le creímos a ese huevón del Meredith, van a decir. Para muchos de nosotros esa tarde fue el bautizo de fuego, un combate de verdad, con tiros de lado y lado, municiones de guerra desganchando árboles, pulverizando paredes, agujereando metal, sacando chispazos y astillas, todo eso.

Defendíamos (no encuentro mejor forma de decirlo) un antiguo aserradero, una bodega llena de cachureos y vehículos chocados donde habíamos armado un taller de armas hechizas. Éramos unos treinta o cincuenta, no estoy seguro, porque el aserradero era como una estación de paso y además quedaba al lado de un pinar por el que la gente salía y entraba como si en vez de un puesto de defensa fuera el portal a un balneario o un motel. Al otro lado del pinar había un frutillar que todavía daba frutos si uno sabía dónde buscar.

De repente, creo que cayó un día viernes, bien avanzada la tarde, las trazadoras nos empezaron a pasar por encima desde todos los ángulos, como en un videojuego, chiflando. Supimos altiro que estábamos copados. No quedaba otra que tirarse al suelo, agacharse, tratar de controlar los tiritones para poder calcular el ritmo del fuego enemigo y a lo mejor, a lo mejor, si es que la imprudencia o la adrenalina te empujaban lo suficiente, asomarse para ver más o menos de dónde salían los disparos y, a lo mejor, a lo mejor, si te daba la locura y si tenías municiones, contestar el fuego.

Mellado puteaba y se quejaba «¡de qué trinchera me estái hablando, si a esta hueá apenas le da pa zanja, conchetumadre, ni pa zanja, la hueá!». No se sabía si estaba llorando o cagándose de la risa, pero así es Mellado, nunca se sabe. Es capaz de las dos cosas al mismo tiempo. En todo caso, había buen motivo para llorar o reírse. Madariaga se había choreado una pala mecánica de la municipalidad de Santo Domingo pero como no sabía manejar las palancas de la retroexcavadora, en vez de trinchera lo único que pudo hacer fue una especie de raya toda cagona en el suelo con la orilla de la pala, un parapeto de mierda que apenas te escondía si te aplanabas de guata contra los terrones. Ni pensar en asomar la cabeza. Caracho al suelo todos, a comer terrones, a mearse en los pantalones si es que hay que mearse en los pantalones, a reírse de los puros nervios, del gusto raro que da encontrarse en combate. De la incredulidad de estar combatiendo de verdad. Mearse, reírse o llorar, como nos enseñó el comandante que nos tocó en suerte.

Los unitarios venían bien armados y apertrechados, eso se notó desde un principio. No es sorpresa, esta guerra ha sido toda desigual, y si la empezamos ganando con todo fue porque ellos estaban atontados, no podían creer que la rebelión fuera tan extensa. O que les estuviera pasando de verdad. Después reaccionaron, la supieron hacer, se organizaron, gastaron plata donde había que gastarla. Esa tarde seguro que nos habrán visto corretear como gorriones para acá y para allá cuando los detectamos por los sensores de movimiento y entonces ellos tomaron sus posiciones con calma, en silencio, con sus señas de escuela de comandos y sus uniformes camuflados, las armas aceitaditas. Total, sabían que ya nos tenían hechos, se sentían seguros de su superioridad táctica, de su superioridad en todo, se sabían invencibles, como los Predators, con sus miras telescópicas y sus fusiles Galil, todo impeque, miras de láser y todo eso que parecía broma. Ocuparon la altura aprovechando que estábamos distraídos tomando onces.

Cuando se gatilló la alarma, Madariaga se demoró en echar a andar la pala mecánica para ver si podía terminar la trinchera. Gaete con los chilotes no se ponían de acuerdo en cómo distribuirnos en los parapetos de troncos y a lo largo de la famosa zanja —digámosle zanja— que hizo Madariaga. Los metropolitanos aplicaron paciencia, vieron que éramos pocos y para qué iban a gastarse si igual nos tenían cagados. A lo mejor mandaron un dron, pero ya estaba oscureciendo, no estoy seguro. Yo me tragué el resto de hallulla que me quedaba, con el pálpito de que no iba a comer en mucho tiempo, a lo mejor nunca más. El arma me pesó más que nunca.

Ya se había puesto el sol y para arriba del cerro donde estaban ubicados ellos no se veía nada, aparte de los fogonazos esporádicos que dibujaban los troncos de los eucaliptos o los pinos cerro arriba y las líneas anaranjadas de las trazadoras. Primero nos picanearon. No hay nada peor que te disparen con sorna, medio con desgano, pero eso es lo que estaban haciendo, jugueteando con nosotros. El Mellado ordenó que sacaran al prisionero que le decían «Víctor Jara» de la casucha, que lo desamarraran y que se lo pusieran a la vista. Yo pensé que era para negociar una rendición; a veces los santiaguinos se ablandaban cuando sabían que teníamos prisioneros, especialmente cuando eran espías, gente muy valiosa y muy peligrosa al mismo tiempo porque siempre está dispuesta a darse vuelta la chaqueta por protección o por plata, o por las dos cosas. A ese espía en particular el mismo Mellado le puso «Víctor Jara». Lo habían agarrado esa misma mañana después de un patrullaje por Matanzas. El perlita estaba con sus binoculares arriba de un pino, silbando «Permission To Dance» de BTS cuando lo pescó la patrulla de chilotes, seguidores del K-Pop como todos los chilotes. Lo bajaron a peñascazos y él dijo que andaba observando pájaros, pero cuando lo catearon le encontraron un mapa con todas nuestras posiciones. Lo tenía escondido en la raja, no como una pelota, que es lo que uno se imagina, sino como un tubo aplanado y delgadito, difícil de detectar.

La verdad es que el gallo era idéntico a Víctor Jara, estaba muy bien puesto el apodo, llegaba a dar miedo mirarlo, porque era ver un fantasma. De hecho, los chilotes ni lo vapulearon mucho, se urismaron un poco. Lo sentaron en un tronco cuando lo trajeron y le dieron un cigarro, mientras se apersonaba Mellado. Ahí fue cuando lo vi, como en la carátula en blanco y negro de un disco suyo, botando la ceniza del pucho. Hablaba igualito y me imagino que si lo hubiéramos obligado a cantar también sonaría como él, pero eso a nadie se le ocurrió sugerirlo, ni siquiera al Mellado, aunque estoy seguro de que todos lo pensamos. A lo mejor hubiera pedido una guitarra, cosa que no teníamos en ese campamento. Pero bueno, cuando el enemigo se decidió a disparar, el Mellado le dijo al Géyser «tráeme al ‹Victor Jara›, lo quiero cerquita y a la vista», y el Géyser, que ya andaba enchuchado por lo amateur de nuestra disposición de combate, le contestó: «¡Basta, mierda, no se llama Víctor Jara, ese hueón tiene nombre, sigue hueveando y te voy a poner un sobrenombre a vos, a ver cómo quedai!», y ahí el Mellado se paró y se le fue a encachar, acomodándose los anteojos, sin importarle el fuego enemigo: «¿Qué sobrenombre me vai a poner vos a mí, pendejo, Cristo del Elqui pasao a caca y la reconchetumadre, qué sobrenombre me vai a poner a mí vos, colono retamboreao?». El Géyser se incorporó también, se amarró la melena con un elástico grueso y se le rio en la cara como un diablo de los comics. No le dijo nada. O a lo mejor le dijo «maraco», pero en sordina.

Los unitarios dejaron de disparar, a lo mejor por la impresión de ver a estos dos huevones que se pusieron de pie en medio de la balacera como si no pasara nada, como si vinieran, no sé, despertando de una siesta. Entonces ahí terció el mismo Víctor Jara, que estaba en cuclillas al lado del Géyser. Se paró y señaló a Mellado con las manos esposadas y su cara de loco, la misma sonrisa de Víctor Jara en esa foto en que está en una micro echando la talla con los Inti: «Yo ya le tengo sobrenombre a este hueón, le puse ‹Bolaño Engordao›», y apenas terminó de decirlo silbaron tres o cuatro balas encima de las cabezas, seguidas de sus respectivos estampidos medio segundo más tarde. Gaete se les tiró encima a los tres y los botó al suelo detrás de la pala mecánica. Los plomazos rebotaban, chillando, contra el acero y las latas. Los vidrios de la cabina estallaron. Era un western, la hueá, unitarios contra municipales, santiaguinos contra regionales, metropolitanos contra provincianos, civilización versus barbarie, yanaconas contra rebeldes, storm troopers versus la rebelión, contra nosotros los rotosos, los combatientes en polera, los quiltros, los balmacedistas de verdad, la primera línea de la constitución.

En la caída, Víctor Jara se golpeó la frente contra la orilla de la pala y quedó como con una corona de espinas de sangre sobre la frente, desmayado. «Puta, verdad que se parece a Víctor Jara este culiao», comentó Géyser, pero Mellado ya estaba vaciando el cargador de su AK-47, escudado en una de las grandes ruedas de la excavadora. Le devolvieron el fuego y las ruedas de la pala mecánica se desinflaron de inmediato; cada impacto sonaba como cuando se suelta la válvula de una olla a presión.

En eso llegó la Zunka, que andaba haciendo el número dos por ahí al momento del ataque, y les pegó un ladrido para que se refugiaran detrás de unos chongos de eucaliptos. Ella era la única que sabía de tácticas militares, la más veterana, combatiente en Bosnia, en Nicaragua, en la Patagonia, no me acuerdo dónde, a lo mejor en las tres partes, experta en sabotaje y guerra sicológica. «Punta y codo, weones, gánense p’allá», les dijo, con un susurro gritado, con su habla rara de yugoslava o no sé qué chucha acento tenía; lo único que sé es que no era acento santiaguino, porque con Mellado de comandante hablar en santiaguino era sinónimo de paredón, o por lo menos de simulacro de paredón.

En esa guerra conocí gente que hubiera preferido el paredón de verdad al simulacro, que era el castigo más común pero que dejaba jodidos de por vida a los cuasi-ejecutados, quedaban como zombis y desertaban al toque. En esas purgas internas caía gente que ni siquiera era de la capital, sino que sonaba santiaguina, o que en un descuido a la hora de la choca pedía marraqueta, pongamos, en vez de pan batido o pan francés. Lo peor es que en ese campamento la condena por usar el lenguaje del opresor no especificaba la pena. El consejo de guerra dictaminaba simplemente «paredón» y el oficial a cargo del piquete decidía, a veces por la pura tincada del oficial. A veces aplicaban lo que Mellado llamaba el «apruebe» o la «prueba de actitud», como le decía el Géyser, un examen de «vocabulario regional y municipal» en que el sospechoso debía demostrar que conocía y manejaba el lenguaje regional chileno usando correctamente en una oración palabras como «ulpo», «cocho», «birome», «bombona», «salida de cancha», «huesera», «arbitraje», «agujilla», «rajanza», «rale», «liliquear» o «liliquiento», «pilgua», «¿vos decís lluvia o ducha?», «¿vos decís tomar once o tomar té?», «¿luciérnaga o candelilla?», «¿guarén o pericote¿», «¿ñecla o cachurra?», «pihuelo o chupilca». Algunas eran difíciles: «¿vos decís indio o indígena?», «¿vos decís negro o afrochileno?», no porque fueran tan difíciles en sí, sino porque la respuesta correcta variaba según el ánimo del momento.

Cuando veía eso yo dudaba, me preguntaba por qué estaba ahí combatiendo por el lado municipal siendo santiaguino, a pesar de que sabía que había muchos compas ahí que tenían el mismo origen, incluído el comandante Mellado, cuyo pasado capitalino, incluso ñuñoíno, era de todos conocido, por mucho que renegara de él. You can take the boy out of Ñuñoa, etcétera, todo el mundo sabe lo que sigue. La cosa era que no se me notara demasiado lo centralista, porque mi corazón estaba del lado correcto, del lado de los que íbamos a perder seguramente, de los que nos iban a hacer cagar seguramente, de los que seguramente íbamos a quedar hechos mierda para toda la vida, más jodidos de lo que ya estábamos, si es que una de esas balas de guerra no nos reventaba antes la guata o el cráneo o nos pulverizaba la cabeza cuando uno menos se lo esperaba, como le pasó a Baratit la vez que salió a mear entremedio de unos palquis, queriéndose hacer el bacán, con un pucho en la boca, un libro en una mano y la pichula en la otra. Tenía el corazón del lado correcto, pero no tenía idea de lo que una munición de guerra era capaz de hacer con un cuerpo humano. Un francotirador se lo demostró. Lo que aprendí de ese incidente es que estábamos del lado correcto de la historia, que nosotros estábamos invadiendo Chile. Los enemigos eran casi todos profesionales, veteranos de todas las guerras de Chile, incluídas las de la Patagonia, la de Aysén y la campaña del Norte, bien alimentados y bien liderados. Les ganábamos en una sola cosa: la disposición a morir, más que a matar. Teníamos mística. Así como habíamos crecido jugando a ser felices, ahora jugábamos a ser valientes. Si no tomamos las armas antes por ser demasiado pendejos, ahora lo estábamos haciendo, a destiempo, con devoción y harta hambre, metafórica y de la otra, famélicos siempre, medio insanos, medio moribundos, arriba de todas las pelotas. Así fue esa guerra.

Mientras Mellado y Géyser se agarraban o puteaban a los chilotes, Zunka tomó las riendas y dispuso los puntos de tiro. Además mandó llamar a la Tamara, una chica de Villa Alemana experta en tiro con arco, un poco gótica, muy seria, spoken word, antifa, que había peleado con las brigadas haitianas al principio, antes de que se escindieran y algunas se fueran al bando de los unitarios. Ella no le hablaba a nadie, pero se ubicó en el techo del galpón y empezó a disparar sus flechas. El efecto fue inmediato: los unitarios dejaron de disparar, se sintieron gritos, ya no estaban tan seguros de la victoria, ya no nos estaban canchereando. En diez minutos la Tamara se habrá echado unos cinco o seis, todos con una flecha en el cogote, su sello personal.

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