Obama versus Hillary: ¿último round?


Pensilvania es un estado quitado de bulla que de vez en cuando recuerda días más gloriosos, como cuando Filadelfia fue la capital de la nación y cuando las usinas de Pittsburgh producían gran parte de acero del mundo. Es un estado heterogéneo donde los habitantes de la región occidental limítrofe con Ohio poco tienen que ver con los de la costa atlántica.

El polo de Pittsburgh, política y culturalmente, ya es parte del Medio Oeste, mientras que el polo de Filadelfia se identifica mucho más con la cultura urbana de la megalópolis que se extiende prácticamente sin interrupciones desde Boston hasta Washington D.C. En el idioma político norteamericano, lo urbano connota diversidad racial e incluso predominio de grupos étnicos como afroamericanos o latinos, mientras que lo rural y lo suburbano por lo general indica homogeneidad dominada por descendientes de europeos: Filadelfia es una ciudad claramente negra, mientras que Pittsburgh es mayoritariamente blanca.

En el medio de Pensilvania, el panorama se complica, debido al influjo de neoyorquinos por el norte y a los que cruzan la frontera desde Maryland por el sur. Esta diversidad, que además es geográfica, complica cualquier análisis político y sobre todo dificulta la siempre peligrosa práctica del pronóstico electoral.

Para triunfar en Pensilvania hay que ganarse a un electorado polarizado pero voluble. La región oeste puede elegir a un senador como Rick Santorum, uno de los más reaccionarios que haya pasado por la legislatura federal (notable hazaña). En cambio, la región atlántica es mucho menos conservadora e incluso los políticos republicanos de este lado son muchas veces indistinguibles de sus rivales demócratas: el senador que representa a esta parte del estado empezó su carrera en el partido Demócrata.

Jim Carville, uno de los operadores más astutos de la dinastía Clinton, definió hace muchos años la política de este estado: Filadelfia liberal al este, Pittsburgh conservadora al oeste, y en el medio Alabama. Con esta caricatura aludía al supuesto cariz conservador del electorado de la Pensilvania profunda, que apenas se diferenciaría de los votantes de Sur confederado, fiero defensor de la tenencia de armas, afiliado a iglesias evangélicas fundamentalistas, y reacio a cualquier cambio social y cultural. Se trata de una caricatura que tiene el poder de perpetuarse, sin embargo: de ahí los intentos algo patéticos de John Kerry en la última elección presidencial por ganarse a los votantes del occidente disfrazándose de Elmer Gruñón, sin pensar que la escopeta de lujo que sacó a relucir para las fotos lo delataba como yankee bostoniano, elitista e impostor. Kerry ganó el estado en el 2004, gracias a que Filadelfia votó masivamente por él y porque la organización de internautas movilizados MoveOn.org se concentró en dar la pelea en los suburbios de esa ciudad.

La batalla entre Barack Obama y Hillary Clinton se libra hoy martes en este territorio, que no es tan predecible como lo quiso hacer aparecer Carville, este Montesquieu del siglo XXI; basta recordar que esa misma gente que eligió al ultraconservador Santorum (así se llamaba, no es chiste) lo sacó para poner a un demócrata blanco que ahora apoya a Obama, y que el recién elegido alcalde negro de Filadelfia ha estado haciendo campaña por Hillary.

Si de campañas se trata, los dos candidatos demócratas han desplegado todas sus fuerzas en este estado. En este campus estuvo Michelle Obama, quien tuvo un recibimiento espectacular, y luego Hillary Clinton, quien vino flanqueada por su hija Chelsea y su madre, Mrs. Rodham. El estilo de las dos campañas se reveló en la sencillez y franqueza con que Michelle Obama dio su discurso y en el tono wonkish de conocedora de políticas públicas que caracteriza a Hillary Clinton.

Mientras que Michelle le habló a una multitud multiétnica que vino de todas partes de Filadelfia para verla, Hillary hizo lo suyo a puertas cerradas, con un público selecto, muy homogéneo, compuesto en su gran mayoría por el segmento base de la candidata: mujeres blancas de estratos medios y altos. La imagen de Hillary se proyectó en pantalla gigante a un prado donde los estudiantes disfrutaban más del sol primaveral que de la retahíla algo monótona de una candidata evidentemente cansada de repetir las respuestas básicas de su libreto.

Los electores hoy tienen la palabra.

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