Hilo en 280 x párrafo

Le calculé unos 35 años, 10 más que yo. Parecía sacada de una película de espías en un futuro distópico, soundtrack de Kraftwerk, fuera de lugar en una fiesta de estudiantes desastrados, gente socialmente inepta, gente neura, algo arisca al agua, gente con tesis a medio escribir.

La dueña de casa la vio sola y me pidió que la inflara. La invité a bailar, pero ella prefería terminar su trago. Mejor, no soy fan de la danza. Fui a buscar vino y nos pusimos a hablar. Alguien sacó una foto donde parecemos viejos amigos: yo me inclino y ella me susurra al oído.

En la foto podríamos ser el cura confesor y la feligresa que inventa pecados para salir del paso, ella en su silla Barcelona, yo en mi piso de plástico. Ella, vestida de heroína de animé noir. Yo, muy de suéter ochentero y de bufanda, ridículo. «Me llamo Vicky», me está diciendo.

Es la única foto que tengo de esa noche, aunque no necesito fotos para acordarme de su brazo estirado hacia atrás para no molestarme con el cigarro, de la sonrisa chueca y triste al botar humo, de su acento inubicable y sus zapatos puntiagudos marcando mal el compás de la música.

De repente sonó Depeche Mode (no sé, eran los 80). Se paró, muy seria, me levantó y me tomó como si fuéramos a bailar tango. La canción se llamaba «Dressed in Black». Nadie más la bailó, tal vez porque traía un aire nostálgico que no servía para celebraciones de fin del semestre.

«Te mentí», me dijo, «mi nombre es Hideko». Las luces multicolores de la pelotita disco se movían por su cara. Le pregunté si Hideko quería decir Vicky o Victoria en japonés. Sonrisa chueca, humo, algo parecido a la risa: «No. Es que me gusta decir my name is Vicky, eso es todo».

La canción se acabó y ella se fue al baño. La dueña de casa se acercó a preguntarme cómo la había hecho bailar. «Ella fue la que me sacó a bailar a mí», aclaré. «Qué raro, si Vicky nunca baila, nunca, es famosa por eso». En eso llegó la aludida y me pidió que la acompañara abajo.

«El estacionamiento está oscuro y necesito algo de mi auto». Hacía frío y estaba lloviendo, pero bajamos sin abrigo. «Es bajar y subir». En el ascensor hicimos la pantomima de sentir frío, cada uno sobándose los brazos y calentándose las manos delante de la boca, como en el polo.

Su auto era como de juguete. La capota había quedado mal puesta. Hubo que abrirla de nuevo para cerrarla bien y como la lluvia arreciaba en unos pocos minutos se mojó todo el interior. El agua me bajaba por el cuello y la espalda, las zapatillas traspasadas de humedad y de hielo.

«No quiero volver a subir, vámonos, estoy empapada», dijo, y ahí la tormenta se desató. Ella manejaba a golpe de manubrio y embrague, apartándose el pelo que le goteaba en la cara. No se veía un carajo, porque el limpiaparabrisas no funcionaba. Yo no tenía idea para dónde íbamos.

rain winshieldEn este punto la memoria chispotea o relumbra con tal intensidad que quema los contornos del recuerdo. La veo a ella iluminada por los focos y las luces de freno, implacable. Siento los vaivenes de frenadas y virajes, la aceleración, el bramido del motor, las llantas que chillan.

Entramos en su casa como ladrones, porque no quiso prender las luces. «Tus zapatos», dijo mientras se quitaba los suyos en la oscuridad azul, sus dedos fríos alrededor de mi muñeca, guiándome por los pasadizos blancos, soltándome para desvestirse como quien te deja caer al vacío.

«Te vas a resfriar si no te sacas esa ropa», dijo. ¿Por qué estamos susurrando? ¿Hay alguien más en esta casa?, pensé. Pero solo atiné a decir «no veo nada», aunque no era cierto: por la ventana entraba el fulgor de la tormenta, el resplandor rojizo de la ciudad entre la neblina.

Si esfuerzo la memoria, me llega la certeza de que nada de lo que pasó fue fácil o cómodo, pero si dejo que el recuerdo se aquiete en su propia sombra de lejanía, se vuelve dulce y sencillo, una lumbre sosegada como la que entraba a través de los cristales donde corría la lluvia.

Me imagino que lo mismo le pasará a ella, si es que se acuerda. Todo lo arduo y agobiante —el no poder bailar, sus nombres falsos, la casa a oscuras, la capota que nunca se cerraba, el arrojo suicida detrás del parabrisas empañado— habrá perdido la urgencia opresiva de esa noche.

«Si aprieto los párpados te veo japonés». Me iba palpando la nariz, los pómulos de indio, los ojos achinados. Mencioné el estrecho de Bering, los genes migrantes por el hielo, las cordilleras y planicies, el mapa andino, las arenas. «Por eso me confundes con lo que no soy», dije.

Me preguntó si la veía japonesa. Le dije que sí. «Mira bien antes de responder». Está oscuro, estoy hablando de memoria. Nos reímos por turnos, ella primero. «Soy francesa, como mi madre». Se acercó a la ventana, buscando la luz azul. «¿Qué hora será?», dijo como si hablara sola.

Sacamos la ropa todavía húmeda de la secadora y volvimos a la fiesta a buscar lo que habíamos dejado, que en mi caso era todo: pasaporte, un poco de plata, las diskettes de una tesis inconclusa. Había escampado y la carretera estaba vacía, pero Hideko igual manejaba como demente.

Se había ido todo el mundo y la dueña de casa, descalza y con el pelo tomado, recogía botellas, vasos sucios y ceniceros. Ella y Hideko hablaron en japonés. Se rieron sin disimulo. Yo abrí un ventanal que daba al río y aspiré el olor a mar que había dejado tras de sí la tormenta.

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Escribir ficción (en EE.UU.) según Roth, en 1961

Philip Roth publicó su ensayo “Writing American Fiction” en 1961. Es una lectura esencial para entender la obra de Roth y para dimensionar la tarea de la ficción norteamericana en general. Por el momento, pongo aquí mi traducción de la extraordinaria entrada a ese ensayo que tantas resonancias tiene con la cultura mediática del año 2018. Todavía no se resuelve el caso de las hermanas Grimes, que salieron una noche a ver “Love Me Tender”, starring Elvis Presley, y aparecieron meses más tarde muertas al lado de un camino. (Esta es una traducción hecha a la rápida, por lo que pido disculpas por los ripios). El original se puede leer entero aquí en la revista Commentary


bedwellHace varios inviernos, cuando vivía en Chicago, la ciudad estaba choqueada y perpleja por la muerte de dos chicas adolescentes. Entiendo que todavía el público sigue perplejo; en cuanto al shock, Chicago es Chicago, y el descuartizamiento de una semana se confunde con el de la siguiente. Las víctimas en ese año en particular eran hermanas. Salieron una noche de diciembre a ver una película de Elvis Presley, nos dicen que por sexta o séptima vez, y nunca volvieron a casa. Diez días pasaron y quince y veinte, y entonces toda la lóbrega ciudad, cada calle y callejón, estaba siendo revisada para encontrar a las desaparecidas niñas Grimes, Pattie y Babs. Una amiga las había visto en el cine, un grupo de chicos las habían divisado más tarde subiéndose a un Buick negro, otro grupo dijo un Chevy verde, y así, etcétera, etcétera, hasta que un día se derritió la nieve y los cuerpos desvestidos de las dos chicas se descubrieron a la vera de un camino dentro de una reserva forestal en el lado oeste de Chicago. El médico forense dijo que no sabía la causa de muerte y de ahí en adelante se hicieron cargo los periodistas. Un diario, no me acuerdo cuál, publicó un dibujo de las chicas en la página de atrás, con sus calcetines blancos y sus levis y sus pañuelos de cabeza: Pattie y Babs de treinta centímetros y en cuatro colores, como la historieta Dixie Dugan de los domingos. La madre de las dos niñas lloró hasta llegar a los brazos de una periodista de un diario local, quien aparentemente se instaló con su máquina de escribir en el porche de los Grimes y empezó a sacar una columna por día, diciendo que eran buenas muchachas, trabajadoras, comunes y corrientes, que iban a la iglesia, etcétera. En los programas de noche uno podía mirar entrevistas de televisión con los compañeros y amigos de las hermanas Grimes: las chicas adolescentes miran a su alrededor, muertas de ganas de reírse; los muchachos se ponen tiesos dentro de sus chaquetas de cuero. «Claro que conocí a Babs, era tranquila, sí, era popular…» Y sigue y sigue así hasta que por fin llega una confesión. Un vagabundo de treinta y cinco, o por ahí, un lavador de platos, un busquilla, un bueno para nada llamado Benny Bedwell, confiesa haber matado a las dos chicas, despues de que él y un socio habían cohabitado con ellas varias semanas en varios hoteles mordidos de pulgas. Al saber la noticia, la madre llora y grita y le dice a la periodista que el tipo es un mentiroso— sus hijas, ella insiste ahora, murieron la noche que salieron al cine. El forense sigue sosteniendo que las chicas no tienen señas de haber tenido relaciones sexuales. Mientras tanto, todo el mundo en Chicago está comprando cuatro diarios al día, y Benny Bedwell, después de haberle dado a la policía una crónica detallada hora por hora de sus aventuras, va a dar a la cárcel. Dos monjas, profesoras de las chicas, son rodeadas por los cazanoticias. Se ven rodeadas e interrogadas y finalmente una de las monjas lo explica todo. «No eran excepcionales», dice la hermana, «no tenían ningún hobbie». Theresa-comforts-motherA esas alturas, algún alma caritativa desentierra a la señora Bedwell, la madre de Benny, y se organiza un encuentro entre esa señora mayor y la madre de las chicas asesinadas. Les sacan fotos juntas, dos mujeres norteamericanas con sobrepeso, agobiadas de trabajo, bastante confundidas, pero sentadas derechitas para los fotógrafos. La señora Bedwell se disculpa a nombre de su Benny. Dice «nunca me imaginé que un hijo mío fuera a hacer algo así». Dos semanas más tarde, o tal vez tres, su hijo sale bajo fianza, canchereando con varios abogados y terno nuevo con chaqueta de un solo botón. Lo llevan en un Cadillac rosado a un motel en las afueras de la ciudad donde da una conferencia de prensa. Sí—apenas articula— él ha sido víctima de brutalidad policíaca. No, no es un asesino; tal vez un degenerado, pero ni eso le van a poder probar. Está cambiando de vida— va a trabajar de carpintero (¡carpintero!) para el Ejército de Salvación, dicen sus abogados. De inmediato, le piden a Benny que cante (toca la guitarra) en un club nocturno de Chicago, por dos mil dólares a la semana ¿o son diez mil? No me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que de pronto destella un pensamiento en la mente del espectador o lector de periódico: ¿es todo esto relaciones públicas? Pero por supuesto que no: dos muchachas están muertas. De todas maneras, en Chicago se empieza a hacer popular una canción, «The Benny Bedwell Blues». Otro diario lanza un concurso semanal: «¿Cómo cree usted que las hermanas Grimes fueron asesinadas?» y se entrega un premio a la mejor respuesta (según los jueces). Y ahora empieza la plata; cientos de donaciones empiezan a fluir hacia la señora Grimes de todas partes de la ciudad y del estado. ¿Para qué? ¿De quiénes? La mayoría son aportes anónimos. Solo dinero, miles y miles de dólares— el Sun Times nos tiene informados del total. Diez mil, doce mil, quince mil. La señora Grimes se pone a remozar y redecorar la casa. Un tipo extraño entra en escena, de nombre Schultz o Schwartz— no me acuerdo bien, pero se dedica a vender aparatos domésticos, y le regala a la señora Grimes una cocina entera nueva. La señora Grimes, fuera de sí de puro agradecimiento y de alegría, se vuelve a la hija viva que le queda y dice: «¡Imagíname a mí en esa cocina!». Finalmente la pobre mujer sale un día y se compra dos caturras (o quizá otro señor Schultz se las regaló); a una le pone «Babs» y a la otra «Pattie». Como a estas alturas, Benny Bedwell, que sin duda apenas había alcanzado a aprender a martillar bien un clavo, es extraditado a Florida con la acusación de haber violado allí a una niña de doce años. Poco después yo mismo me fui de Chicago y por lo que sé, aunque la señora Grimes ya no tiene a sus dos niñas, tiene una lavadora de platos nueva y dos pajaritos.

¿Y cuál es la moraleja de una historia tan larga? Simplemente que el escritor norteamericano de mediados del siglo XX tiene las manos llenas tratando de entender y luego describir, y luego hacer creíble gran parte de la realidad norteamericana. Ella lo deja a uno estupefacto, lo asquea, lo enfurece, y finalmente como que lo avergüenza al exceder la escasa imaginación propia. La realidad constantemente está sobrepasando nuestros talentos y la cultura hace saltar casi a diario figuras que son la envidia de cualquier novelista.

[continuará]

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Cuando todavía no se encontraban los cadáveres, Elvis les mandó una carta pública a las niñas, rogándoles que volvieran a casa: “Si son buenas fans de Presley, van a volver a casa y aliviar el dolor de su madre”: “If you are good Presley fans, you’ll go home and ease your mother’s worries,”

[continuará]

El esperpento de Pinochet

El Tata Durmiente yacía maquillado y plácido en su cajón, recibiendo los tributos de su gente. Pero vino volando un proyectil que distorsionó la mueca de ahogado angelical con que se quiso despedir el “v.c.”. El nieto del general Prats fue quien echó a perder con su misilazo el últilimpiandoelescupomo operativo de relaciones públicas del dictador.

Aunque un oficial limpió de inmediato el vidrio del ataúd, ningún militar pudo lavar la afrenta. Fragmentos del salivazo quedaron soldados al ataúd como piedras preciosas gracias al sol ultravioleta que sancochó los despojos del general durante el circo tétrico de sus exequias. La marca de ese escupitajo es indeleble.

A más de una década de distancia, las pompas fúnebres de Pinochet se ven fantasmagóricas y vulgares -como todo lo relacionado con él- desplegando el estilo que la dictadura se apropió la noche de Chacarillas, en 1977. En esa mini-reproducción criolla del mitin de Nürnberg, el pinochetismo se manifestó a lo mero nazi, con antorchas, brazos levantados y muecas de éxtasis clasista. La diferencia es que los funerales de Pinochet no se realizaron a la luz de las antorchas sino bajo un sol cegador, casi radioactivo. Enterrarlo a plena luz del día fue un mal cálculo, porque el crepúsculo y la noche siempre fueron el habitat natural de su dictadura.

Sin la protección de las sombras, el pinochetaje mostró su cara desnuda, y en ella se vio, más que dolor, sensiblería enrabiada. En ese escenario tan asoleado, la familia del muerto parecía a ratos más asustada que condolida, tal vez creyendo que se iba a quedar sola, que iba a llegar la hora en que esperarían en vano las escoltas, los choferes, las ambulancias a la puerta. Los deudos hicieron el esfuerzo de cuadrar con la estética pinochetesca clásica, la el esperpento chileno, que nada tiene que envidiarle a los de Valle-Inclán: el rictus de Lucía bajo su sombrilla de zarzuela, el escote asoleado de su bronceada nuera, los lentes oscuros de los hijos, la papada temblorosa de la hija mayor, el ladrido hidrofóbico del nieto al hacer su simulacro de harakiri.

“¡Qué buen discurso, oye!” dijo la viuda. Pero cuando escrutó la expresión de la Ministra de Defensa, vestida de impecable blanco, a Lucía Hiriart Sans Pinochet se le ensombreció la cara. Momentos después, veía pasar el ataúd de su marido, encima de una grotesca cureña tirada por seis jumentos circenses y pensó, al sentir el aroma de las bostas de la caballería, en ese otro nieto, el del general Prats, el niño del gargajo.

La genialidad del escupo es que fue el arma perfecta para  corroer la estética fúnebre pinochetil. Porque el carnaval, la champaña en las calles, la alegre quema de efigies, las cabezas de chancho, pueden ser vistas como un complemento funcional para la performance del duelo milico, una performance que equilibra la balanza del sentimiento popular. Lo mismo puede decirse del contraste demasiado perfecto entre el traje blanco de Blanlot y el luto de Lucía Hiriart. Así es como la televisión, que en Chile todavía funciona principalmente en base a conceptos binarios, no se demoró nada en dividir la pantalla y mostrar “las dos caras” que se alimentaban mutuamente: el Hospital Militar vs. la Plaza Italia, Apoquindo vs. las grandes Alamedas, el patio Alpatacal vs. la Plaza de la Constitución, La Dehesa vs. La Victoria, dando la ilusión de que en ese vaivén desenfrenado cubría el espectro completo de la realidad.

El autor del escupo cáustico rompió esa dicotomía pueril que se presentaba como sucedáneo del análisis, y lo hizo de la manera más simple y efectiva posible: aproximando el cuerpo propio al cuerpo del dictador, limpiando la atmósfera de putrefacción santificada con un acto de valentía física mayor que cualquier acto que Pinochet tuvo en vida. El escupidor no respetó el apartheid emocional y se metió en la guarida del lobo, armado sólo con la carga de kriptonita verde que llevaba en la boca.

Ciertas imágenes delatan la presencia de otras imágenes borradas, soslayadas o desaparecidas. Las fotos y los videos de los pañuelos limpiando la cara del dictador muerto indican que seguramente hay registro de los momentos en que Francisco Cuadrado Prats expectoró lo que por tanto tiempo mantuvo in pectore. No es posible creer que los camarógrafos y fotógrafos sólo atinaran a hacer funcionar sus aparatos después de haberse producido el disparo.

No hay foto pública del momento mismo del ataque. La ausencia de imágenes del instante del escupitajo delinea los contornos del miedo añejo que el pinochetismo fue capaz de imponer, aunque fuera por unos días. No se trata del miedo baladí de un Amaro Gómez-Pablos, por ejemplo, que explicaba lo difícil que era usar la palabra “dictador” para referirse al finado (una dificultad circunscrita a los medios chilenos- ni siquiera CNN Español dudó en llamarlo dictador). Esos melindres casi cómicos ni siquiera se acercan a la intensidad del temor que surgía al mencionar la escena más importante de los funerales de Pinocho, aquélla que ningún medio se ha atrevido a mostrar: la clara trayectoria del proyectil justiciero y su impacto en la vitrina fúnebre. La mejor imagen del funeral del tirano es una imagen fantasma, una imagen desaparecida.

Y aun así es una imagen terrorífica, hay que reconocerlo, por algo todos le han hecho el quite.

Lo que pasó fue esto: durante la misma milésima de segundo en que los labios del nieto del general Prats soltaron la carga biliosa de su desprecio, los ojos de Pinochet se abrieron como dos relámpagos azules. Los cadetes de la guardia creyeron que era el reflejo de un flash fotográfico en el cristal del ataúd, pero se equivocaban. Pinochet contemplaba en ese tiempo relentado (un milagro secreto, diría Borges) cómo el proyectil líquido y espeso se aproximaba, inexorable, agrandándose con cada centímetro sideral que iba ganando en su caída hacia el blanco. Pinochet supo que se trataba de un misil inteligente, teledirigido, y apretó los párpados antes de que explotara, aunque sabía que un vidrio blindado lo protegía.

Cuando abrió los ojos otra vez, el tiempo había empezado a correr de nuevo. Acababan de sellar el ataúd y se le venía encima la oscuridad, pero alcanzó a distinguir, al hundirse en la penumbra de su incipiente putrefacción, que la marca del escupo sobre el vidrio blindado se polarizaba y formaba la figura de la Virgen del Carmen.

A los ingleses de Latinoamérica a veces no nos queda otra que hacer justicia con flema.

Gary Fincke – Los diarios de Mussolini

Esta es la primera vez que traduzco la obra de alguien a quien conozco– es un lujo poder consultar dudas y aclarar misterios con el autor mismo, cosa imposible con Melville o Hawthorne. Gary Fincke es un destacado poeta y narrador nacido en Pittsburgh. Ha recibido los prestigiosos Premios Flannery O’Connor y Pushcart, este último dos veces. Su libro de relatos más reciente, The Killer’s Dog, ha sido nominado al Pulitzer. Su poesía y narrativa ha aparecido en las mejores publicaciones de los Estados Unidos. Ha formado generaciones de escritores en el exitoso programa de escritura creativa de Susquehanna University, en el corazón de Pensilvania.

La obra del Dr. Fincke (como lo llamábamos sus alumnos en la secundaria de Le Roy, New York) que he traducido para este blog es un poema en prosa y acaba de aparecer en el sitio de The American Journal of Poetry. Lo elegí porque me impactó a la primera lectura, quizás porque vi puntos de contacto con Bartleby, de Melville (la escritura, el escribir, la letra, el acto de copiar, las cartas muertas, etc) y porque me gustó el desafío incómodo pero gratificante de traducir poesía en prosa.

El original está aquí


benito mussolini

 

Los diarios de Mussolini
Gary Fincke

1
Madre e hija sacan a la luz treinta volúmenes de los diarios de Benito Mussolini. La mujer mayor perfecciona la letra del Duce tan bien que engaña al hijo de Mussolini y a un experto universitario que exclama: “Treinta volúmenes manuscritos no pueden ser obra de un falsificador sino de un genio”. El Sunday Times de Londres, once años después de haberse revelado el plagio, les compra a esas mismas mujeres páginas por un valor de 70 mil 400 dólares, para publicarlas.

2
Vamos empezando con óvalos, decía Miss Hartung, ya era hora de que los de tercero dominaran la caligrafía y aprendieran a manejar la lapicera a tinta. “Redondela, redondela, redondela”, entonaba. “Bajar, girar, sin descansar la punta en el papel”. De premio, buenas notas y tinteros. Los secantes venían del banco, el timbre del mes pasado en cada uno. Marzo traía un viento cómico soplando encima de una bóveda que resistía mientras nosotros escribíamos cartas a nuestros padres, firmadas, y yo puse mi firma perfecta donde decía EX LIBRIS en cada ejemplar del texto de historia guardado al fondo de la sala, repitiéndola como una publicación en serie que yo tenía la esperanza de convertir en novela.

3
En la Inglaterra del siglo XVII se publicó una alegoría religiosa. Se titulaba Libro sin palabras y contenía ocho páginas en blanco: dos negras por el mal, dos rojas por la redención, dos blancas por la pureza, dos doradas por la dicha eterna.
En 1738, Hermann Boerhave murió y dejó un ejemplar sellado de un libro que él mismo publicó, Los más únicos y más profundos secretos del arte de la medicina. El libro se subastó por 20.000 dólares y cuando el nuevo dueño lo abrió, todo menos el título estaba en blanco.
Thomas Wirgman ordenaba sus libros auto-editados según el color de las páginas. Gastó 200.000 dólares en sacar a luz su obra, tratando de dar con la secuencia exacta de colores. Morado, naranja, azul, amarillo, café— un primer capítulo tal vez sublime, un patrón capaz de atraer a todo lector. Amarillo, verde, rojo, verde, amarillo, azul. En total vendió seis libros, incomprendido como genio.
El vendedor que me trata de vender un libro en blanco, cada una de las páginas vacías encuadernadas en cuero, dice que mitigan el dolor. “Dé vuelta las páginas despacio”, dice. “Demórese un poco en cada una. Ya verá”.

4
Una alumna está dichosa por su primera publicación. Durante años ha estado en correspondencia con editoriales, leyendo revistas al azar y enviando cientos de cartas sobre cualquier tema que la movía a escribir, perfeccionando el modo epistolar.

5
Una vez Ghandi le escribió una carta a Charles Atlas preguntándole “¿Habrá manera en que usted me pueda desarrollar la musculatura?” Quería probar la Tensión Dinámica, la ciencia de poner a competir músculo contra músculo. Y porque a Atlas, según dice, le dio lástima “el pobre tipo, que era puros huesos”, le mandó sus instrucciones a Ghandi sin cobrarle nada.

6
Durante el reino del emperador Ming Yung Lo (1403-1425), se compiló y escribió una enciclopedia de 11.095 volúmenes. Por su gran extensión, resultó demasiado cara para publicarse.
Hendrik Hertzberg produjo un libro llamado Un millón. En cantidades variables, cada capítulo consistía exclusivamente en puntos.
La Ciclopedia Appleton de biografía americana de 1886 contenía 84 biografías falsas enviadas por un colaborador desconocido. Durante años esos datos permanecieron en circulación. Se demoraron hasta 1936 en extraer la última entrada fraudulenta.

7
Un verano robé la carta dirigida a mis padres donde venían mis notas. Cambié la F que tenía a una B y recalculé mis puntos, mis créditos y mi promedio. Añadí sumas ficticias en columnas pegadas a los números a máquina que yo había transformado. Como si estuviera calculando notas alternativas. Como si estuviera augurando que un profesor comprensivo iba a subir una de mis notas finales. Algo para darle sentido a todas esas operaciones de distracción, cada una de ellas un motivo para no mirar de cerca la mentira que había creado, porque eso era transitorio y seguro que iba a mejorar.

8
Sonreí al leer sobre la Biblia Septuaginta; había 72 traductores, seis de cada una de las 12 tribus de Israel trabajando en espacios separados y cuando terminaron y compararon, todo su trabajo era idéntico. Pero luego los seis diarios que había en la biblioteca empezaron con la misma oración porque un famoso estaba acusado de homicidio.

9
El santo de la coincidencia está rodeado de pañitos antiguos: Algunos numerólogos dicen que Shakespeare ayudó a escribir la Biblia. La evidencia: La versión del Rey Jacobo se publicó en 1610, cuando Shakespeare tenía 46 años. Shake is la palabra número 46 del Salmo 46. Spear es la palabra número 46 contando hacia atrás desde el final del Salmo 46.

10
Cuando era niño, en nuestra casa había siete biblias— la del Rey Jacobo, la Versión Revisada, otra con una concordancia gruesa. Yacían abiertas en versículos subrayados o bien cerradas cerca de las fotos de sus dueños, muertos hacía tiempo. Cada palabra en cada una de ellas era verdadera y perfecta y surgía a través de los filamentos de mi cuerpo hasta hacerme resplandecer de esperanza. Respiraba el polvo de las generaciones que se habían ido a la Gloria. Memorizaba, palabra por palabra, escrituras selectas para todo niño en edad de madurar.

11
Vortigern y Rowena es la pieza teatral que según William Henry Ireland fue escrita por Shakespeare. Ireland falsificó cartas de amor de Shakespeare a Anne Hathaway; también escribió en letra cursiva un cajón lleno de papeles personales, llegando a convencer a James Boswell de que eran auténticos. Esa obra se estrenó en el Drury Lane Theater en 1796 y fue abucheada por el público, que al parecer conocía a Shakespeare mejor que los expertos en grafología.

12
Durante años un hombre llamado William Key sostuvo que la palabra SEX aparecía en la barba de Lincoln en cada billete de cinco dólares. Key explicaba que está ahí para que el país actúe con confianza. Está ahí como carga subliminal que nos pide ahorrar o gastar, sin temores, nuestra moneda. Publicó instrucciones para visualizar la palabra y yo he seguido su mapa hasta llegar a manchas de tinta que, en cada uno de los cincuenta billetes de cinco que he examinado, no deletrean nada.

13
“La historia de la pasión se derrumba esta semana”, leo que el estado de Pensilvania va a echar abajo un acantilado que se está desmorando y cuyos desprendimientos amenazan una de sus carreteras. El diario llama a que se reúnan por una hora en el lugar todos los que alguna vez rayaron la pared del acantilado, y yo me estaciono a la vera de la Ruta 28, al norte de Pittsburgh, para leer los graffiti del deseo. Hay docenas de autos, somos cincuenta contemplando la cuidadosamente escalada historia de la lujuria, y distingo a Doreen y Clarice, Monica y Donna, que leen las caras cercanas como se se leen chapas de identificación en un congreso, viendo si todavía están aparejadas con Chuck y Ron, Woody y Buck. Me parece que Gary + Sharon, que todavía se ve, es una falsificación, porque no me acuerdo del muchacho que se arriesgó a subir veinte metros sobre el tráfico, porque nadie más de los que están aquí en la base de este pizarrón hubiera luchado contra el peligro para escribir otra cosa que no fuera su apodo antes de escribir con todas sus letras el nombre de la muchacha que iba a amar para siempre.

14
Alcibíades Simónides, en el siglo XIX, falsificó un manuscrito de Homero, se lo vendió al rey de Grecia, que consultó primero con eruditos de la Universidad de Atenas; cada uno de ellos dijo “Sí” a su autenticidad.

15
A una milla de Gary + Sharon, una heladería Dairy Queen se ha transformado en la Iglesia Bautista del Faro. El letrero anuncia horarios y temas de culto y TODOS BIENVENIDOS bajo las múltiples rampas de una intersección. El diario mural de la iglesia reemplaza el menú como si uno pudiera inclinarse al vidrio corredizo y pedir la salvación para llevar.

16
En el cementerio de Greenwood, dos millas más arriba de la iglesia Dairy Queen, yace una tira de parientes. Cuatro de estas tumbas están en flor, cuatro no lo están. Los geranios brotan rojos para mi abuela, dos tíos abuelos y una tía; los otros parientes yacen desnudos. Mi hermana, cuando le cuento, dice “Así es como lo hago siempre”. Como si cantara el estribillo después de unas estrofas que yo debería saber de la balada de los favorecidos.

17
Un alumno dice que ha transcrito miles de palabras de H. P. Lovecraft porque ese lenguaje comprueba que es el escritor más grande del mundo. “Necrosis”, lee en su cuaderno. “Mefítico. A nadie más se le podrían ocurrir nunca”. Le ofrezco “emético” y “purga”, dos formas de sacarles a los personajes la posesión de venenos. Anota las dos palabras como si estuviera comenzando un cuento.

18
A Ern Malley, en 1944, lo publicó Angry Penguins, una revista que lo proclamó como uno de los dos gigantes de la poesía australiana. Acababa de morir a los 25 años, su hermana de luto fue la que ofreció la vasta selección de poemas. Cada uno de esos poemas era un plagio, pedazos varios de diversos libros pegoteados por dos soldados aburridos.

19
Cuando Nancy Luce escribía poemas, los transcribía en los huevos que había recogido, agregando el nombre, al final, de la gallina que había puesto esa pizarra. Como dedicatoria, ya que todos sus poemas eran sobre esas gallinas que criaba y amaba, salmos en su alabanza.

20
Se han tallado versos en alfileres, se los ha esculpido en los muros de cavernas y tumbas. Se han trazado en el agua, el fuego y el aire. Mi padre rehusaba comer sin el breve poema de la oración. Apretaba mi mano de visitante y recitaba los pasajes rimados de alabanza y gracias como si yo fuera a devorar esa comida aprovechando que él estaba declamando encima del tocino y los huevos que le daban la bienvenida a la mañana.

21
Cuando ejecutaron a un criminal llamado George Cudmore en 1830, usaron su piel para encuadernar un libro, Obras poéticas de Milton, la idea que alguien tuvo para poseer un objeto único.

22
Clifford Irving, en 1971, engañó a cinco expertos en grafología contratados por su editorial. Todos ellos concordaron que había sido el genuino Howard Hughes quien escribió los documentos que verificaban la veracidad de las entrevistas que iban a aparecer en la inminente biografía. Si Irving hubiera falsificado tal cantidad de material, eso estaría “por encima de toda capacidad humana”, dijo uno de los expertos.

23
El campeón de memoria fotográfica vive en Burma y ha recitado, hasta ahora, diecisiete mil páginas de libros de budismo. Ha memorizado todos esos tomos; otra persona tiene que ir leyendo al mismo tiempo para verificar.

24
La última tarde de su vida mi madre escribió y puso en el correo las noticias que me mandaba todas las semanas. Después del funeral, después de volver a mi casa, recibí un recado del vecino que había guardado mis cartas en mi ausencia. Esa carta yacía tibia en mis manos; se amarilleó y marchitó por la bocanada que yo aspiré y por el lenguaje sobre la página. La firma en llamas, vi el remitente fijo en la esquina del sobre donde debe estar, el seguro contra pérdida.

 


Nota del traductor:

En 1975, tuve la suerte de ser alumno de Gary Fincke. En esa época él enseñaba inglés en la escuela secundaria de Le Roy, New York, un pueblito rural situado entre Rochester y Buffalo. Cosa poco común para un maestro de secundaria, el joven profesor tenía un doctorado. Lo había sacado en la Universidad Estatal de Kent, Ohio, donde apenas cinco años antes, el 4 de mayo de 1970, tropas de la Guardia Civil abrieron fuego contra estudiantes que protestaban contra la guerra de Vietnam.

Aparte del doctorado y de su rebeldía serena pero firme frente a los contenidos curriculares pre-establecidos, Gary Fincke se distinguía de los otros profesores porque era un tenista de gran nivel que competía en torneos locales con bastante éxito.

(Gracias a su ejemplo pude conectar el tenis y la literatura mucho antes de saber de la existencia de David Foster Wallace. Y ya que estoy dentro de un paréntesis con DFW, puedo señalar que en su peculiar reseña de una antología de poesía en prosa, el tenista/novelista destaca “The history of passion will tumble this week”, el fragmento número 13 de este poema).

Llegué Le Roy (4.200 habitantes en esa época) como estudiante de intercambio del programa AFS. Hacía lo que podía para sobrevivir con mi inglés rudimentario en ese lugar tan diferente del Santiago infernal de esos años. El profesor Fincke me acogió en su clase, vislumbrando por alguna razón que mi idioma macarrónico no tenía por qué ser obstáculo para estudiar la literatura norteamericana. Mi impresión es que se sorprendió mucho cuando me metí al proyecto de escritura creativa que él inventó para el curso y que culminó con una revista llamada (oh, creatividad juvenil) Public Works. No quiero acordarme de mi contribución, que debe haber sido muy mala, pero sí tengo fija en la mente la dedicatoria de Gary Fincke en mi anuario: palabras de aliento, sin duda, y por ahí metida de manera misteriosa la palabra “scary“, que yo consideré un cumplido. No lo he visto desde junio de 1976, pero nos hemos mantenido en contacto estos cuarenta y un años; como lector, he seguido con admiración y cariño su carrera literaria.

“I would prefer not to”: Preferiría que no

En su ensayo “Hawthorne y sus musgos”, escrito en 1850, tres años antes de la publicación de “Bartleby, el escribano”, Herman Melville señala:

Si magnifico a Shakespeare, no es tanto por lo que hizo sino por lo que no hizo, o por lo que se abstuvo de hacer. Porque en este mundo de mentiras, la verdad se ve forzada a volar como blanca paloma asustada en los bosques y sólo se revelará ante miradas habilidosas, como la de Shakespeare y otros maestros del gran arte de contar la verdad, aunque sea a escondidas y a retazos.

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Tomando en serio esta poética enunciada por Melville, basada en la reticencia, en la revelación fragmentada y en la destrucción de la certeza fácil, en mi traducción de “Bartleby” me propuse como primera tarea la de despejar y desbrozar el lenguaje, para permitir que la mirada habilidosa (astuta, perspicaz, experimentada) que pide Melville tanto para autores como para lectores siga con la mayor nitidez posible los movimientos de esa “paloma asustada en los bosques”.

Paradójicamente, me encontré con que la tarea de clarificar y transparentar se podía lograr reafirmando la fidelidad a los ritmos y registros del original. La prosa de Melville tiene la cualidad de ser capaz de mezclar con gran dinamismo lo vernáculo y la formalidad asociada a la escritura decimonónica, junto con la introspección de vuelo más existencial y poético. Por lo tanto, traducirla exige un oído atento a esa variedad y volubilidad internas. Al traducir, quise dar cuenta de esta diversidad de registros y prosodias, con las que Melville produce un efecto de fricción, aumenta la intensidad narrativa y marca los contornos de la reflexión ética que se mueve, sin revelar del todo su misterio, por todo el relato.

El cotejo con otros traductores de “Bartleby” al castellano ha sido cordial pero franco, como es propio de todo entrevero entre tahúres. Una vez embarcado en la tarea de traducir, evité consultar otras versiones —especialmente la de Borges— muy consciente de que al final del proceso igual tenía la obligación de compararlas con la mía, como estipula el protocolo de escribanos y de traductores.

En la comparación final, constaté que la versión canónica de Borges acierta al evitar el sentimentalismo y la grandilocuencia que abunda en otras versiones. Destaca por su prestancia de estilo y por sus aciertos lingüísticos. Aun así, con todas las cualidades que la mantienen como referencia indispensable, la traducción de Borges es dispareja y en ocasiones imprecisa y hasta errónea; en partes, incluso da la impresión de cierto apuro o cansancio. Aun así, el poderío de la prosa borgiana termina por colonizar el lenguaje vibrante y heterogéneo de Melville, que es mucho más variado y más áspero que ese “idioma tranquilo y hasta jocoso” que Borges le endosa en uno de sus prólogos.

La aproximación de Borges al lenguaje de Melville no es inocente, ya que propicia un acercamiento crítico que muchos repiten sin mayor cuestionamiento. Afirmar, como hace Borges, que “Bartleby prefigura a Kafka” puede resultar sugerente a primera vista pero termina siendo reductivo. El conocido y ahora predecible juego borgiano de textos y precursores quizás ilumine la lectura de Borges sobre Kafka, pero reduce la particularidad fecunda del relato de Melville.)

18192406_10155557960705942_4788211563569759036_o“Preferiría no hacerlo” se ha usado hasta ahora para trasladar al castellano la frase emblemática “I would prefer not to”.  Esta solución, usada por Borges, se ha impuesto a tal punto que es sinónima de Bartleby: la “frase power” es el término que usó el editor de Hueders, Rafael López Giral, al momento de debatir, antes de publicar, los méritos y los riesgos de cambiar la formulación.

“Preferiría que no” busca mantener la cualidad anómala y enigmática de la formulación original, la que, sin ser sintácticamente errónea, escamotea un cierre semántico fijo.

Al optar por “preferiría que no” intenté hacer eco de la anomalía inconclusa, de la condición trunca, de la infranqueable indeterminación, del equilibrismo sintáctico del original, elementos en los cuales se cifra la radicalidad del modo de resistencia encarnado en la figura del escribano, una radicalidad que no puede ser absorbida por los paradigmas con que el narrador intenta enfrentarlo. Agregar el verbo final, “hacerlo”, alivia artificialmente la tensión que sostiene todo el relato. Además, deja como único verbo ese “preferir”, verbo dúctil y enigmático que resulta clave para una lectura global del cuento.

Las otras traducciones al castellano omiten el título completo con que el texto fue publicado en la revista Putnam’s Monthly de Nueva York en 1853. La práctica de usar un título reducido también es común en las ediciones en inglés, donde a veces ha aparecido simplemente como “Bartleby”. Al restituir “Una historia de Wall Street” al título, mi traducción quiere rescatar una parte relevante del contexto en que Melville publica este relato. Putnam’s Monthly, rival de Harper’s, era una revista selecta de crítica, análisis y comentario social (incluyendo lo literario) escrita exclusivamente por autores norteamericanos y leída por una élite ilustrada y liberal para la cual, sin duda, el subtítulo era una referencia significativa.

La restitución del título completo permite subrayar la dinámica de cruces y desdoblamientos que se produce entre diversos ámbitos del relato desde un comienzo, en el particular entorno de Wall Street y el sistema judicial y penal en que se desarrolla el relato. Nos recuerda que desde el inicio la historia trata del carácter y la transformación de las relaciones tanto laborales como personales entre el narrador y su empleado, y que genera su fuerza a partir de la tensión derivada de esta oscilante dinámica de poder. El título completo nos sugiere que Wall Street —que funciona simultáneamente como sinécdoque y metonimia, al igual que la cárcel de las Tumbas donde culmina la narración— es una figuración del denso bosque de la poética melvilliana, ese espacio de luces y de sombras donde Melville esperaba que surgiera la asustadiza paloma de la verdad que él había vislumbrado en su maestro Hawthorne.

 

Esta es una versión modificada de la nota sobre criterios de traducción que aparece en Bartleby, el escribano. Una historia de Wall Street, de Herman Melville, trad. Roberto Castillo Sandoval. Hueders, 2017.

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