Mi casa ajena

La imagen muestra la vista externa de ventanal curvo decorado con vitrales que se menciona en el texto.

Me acostumbré a vivir en esta casa y le he tomado cierto cariño a algunos espacios, particularmente a un ventanal curvo decorado con vitrales donde me gusta instalarme a leer, aprovechando la luz del atardecer. Pero nunca la he sentido como propia; primero, por lo obvio: no me pertenece. Además, la asocio con mi trabajo: es una faculty house que la universidad me arrienda barato, gracias a un subsidio cuyo propósito es tentar a los profesores a que vivamos en el campus. A cambio de pagar la mitad del precio de mercado por el alquiler, se nos pide que cumplamos tareas no remuneradas, como socializar con los alumnos, ofrecerles refugio y, en general, actuar in loco parentis, como padres sustitutos. Tal vez la idea funcionó cuando los profesores eran todos hombres, blancos, protestantes y sin mayores apuros económicos, es decir, cuando tenían un perfil idéntico a la abrumadora mayoría de los alumnos de la universidad. La faculty house es un vestigio de ese antiguo orden basado en la homogeneidad. Nunca me sentí cómodo en ese sistema, a pesar de que cumplí con algunas expectativas al comienzo de mi carrera, cuando abrir la casa a los estudiantes acumulaba puntaje para la promoción y cuando era suficientemente joven para tolerar que los post-adolescentes me invadieran la intimidad cuando echaban de menos la comida hecha en casa o simplemente cuando les daba curiosidad ver cómo viven los profesores.

La empecé a sentir todavía más ajena cuando arreciaron las apariciones, pero por ahora voy a dejar eso de lado. Solo diré que salía lo más temprano posible a trabajar y volvía solo a dormir, para minimizar el tiempo que pasaba en ella. En la mañana, dejaba todas las luces encendidas, para no tener que volver a una casa a oscuras.

La casa se terminó de construir en 1890 y está hecha al estilo de muchas construcciones de esta parte de Pensilvania. Sobre un cimiento de granito azul que se eleva desde el sótano hasta el primer piso, se erige una armazón hecha de madera, planchas de yeso y material aislante. Los muros de los dos pisos superiores están recubiertos de tejuelas de cedro. La estructura proyecta solidez, pero estoy seguro de que cualquier temblor la dejaría en ruinas, a juzgar por la manera en que vibra y se mece cuando hay vendaval. Si hay tormenta —y esta región tiene muchas, borrascas polares en invierno, aguaceros tropicales en verano— la casa se cimbra como un barco a punto de romper sus amarras.

No hace mucho, una ventolera repentina (los harapos de un huracán caribeño que subió por la costa atlántica a fines del verano) derribó un pino altísimo que estaba pegado a la casa. Al caer, el árbol parecía un palo mayor yéndose abajo en medio de una tromba, rasgando velas y cortando jarcias y cabos. Alcancé a verlo de reojo. Todas las cuadernas crujieron como si embistiera una ola cataclísmica cuando el tronco remeció el suelo, en medio de una andanada de relámpagos que alumbraban la lluvia horizontal.

El efecto oceánico de la casa se acentúa porque en ciertas ventanas todavía quedan vidrios antiguos imperfectamente vaciados que distorsionan la imagen exterior y crean un espejismo de aire y agua en movimiento.

La foto muestra la silueta de la casa en una noche de luna llena; las luces están encendidas y se ve la escalera de madera. En el ventanal curvo se ve la figura de Godzilla entre las plantas.

Se añadieron con el correr del tiempo nuevas murallas internas para formar nuevas piezas a partir de los vastos espacios originales, y estos nuevos espacios se fueron combinando y recombinando hasta que el plano original, que me conseguí en los archivos municipales, apenas se reconoce. Tal vez esta fluidez en la distribución del espacio, junto con la inestabilidad del terreno, sea la razón por la que ninguna ventana está a escuadra, ninguna puerta cierra bien, todos los vértices tienen grietas que se expanden milímetro a milímetro y todos los pisos están desnivelados. Cada cierto tiempo aparecen ingenieros y agrimensores a constatar lo que cualquier habitante de esta casa sabe muy bien: que toda la estructura se hunde en el suelo arcilloso, a paso de glaciar, imperceptible pero inexorablemente. Mientras tanto, ya me acostumbré a que los pestillos ya no coincidan y que haya que patear ciertas puertas para abrirlas y cerrarlas bien. Una puerta en particular, en un closet del altillo, ya es imposible de abrir, por lo que todo lo que estaba almacenado ahí —objetos en desuso, ropa de cama, juguetes, zapatos, corbatas pasadas de moda, un par de ventiladores, un espejo sin marco— ya se dio por perdido.

Mi casa a veces me parece rara, incómoda. Los closets están a trasmano y son demasiado grandes o demasiado estrechos. Hay piezas que tienen un exceso de conexiones telefónicas y eléctricas, mientras en otras, como en el baño del segundo piso, no hay un solo enchufe. Hay vestigios de cables antiguos, camuflados bajo capas de pintura, que ya no conectan con nada. Hay un par de misteriosos timbres mudos. A veces los aprieto, no sé por qué motivo: los botones ceden como si en alguna parte de la casa se fueran a escuchar. Como en toda casa vieja, hay puertas inútiles, ventanas tapiadas, vestigios raros de otra vida. En el baño del primer piso, donde aparece el fantasma, detrás de un espejo tan distorsionado que uno nunca sabe con qué se va a encontrar cada mañana, hay un botiquín de latón que tiene una ranura cuyo propósito me demoré en dilucidar. Resultó que era para deshacerse de las hojas de afeitar usadas, esas de maquinilla que en Chile se llamaban «gillettes». ¿Dónde iban a parar esas gillettes que los antiguos habitantes desechaban en esos años? Cuando hubo que romper la pared por una filtración del lavatorio, encontré la montañita de antiguas hojas oxidadas: Gillette, Schick Platinum Plus, Wilkinson Sword, pegoteadas por el óxido y el ADN de antiguos ocupantes, pero con el filo intacto.


La imagen es una foto de la casa, tomada en 1902. Frente a la casa va pasando un hombre en mangas de camisa, llevando al brazo su chaqueta y con unos papeles en la mano.
Mi casa en 1902, cuatro años después de ser construída. Escribo en mi estudio del tercer piso, donde se ven las tres ventanas, al lado superior izquierdo.

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