El vecino y sus armas químicas: “Adams”, de George Saunders

George Saunders acaba de ganar el Man Booker Prize, tal vez el premio literario más prestigioso en lengua inglesa. Aquí pongo mi traducción de su cuento “Adams”, publicado en agosto de 2004 en The New Yorker. La versión original está aquí y también se puede escuchar la lectura de Joshua Ferris en el podcast de la misma revista, que se encuentra gratis en iTunes. El relato está modelado en una narrativa muy conocida a principios del siglo XXI y nos entrega una clave de su origen en el anagrama del título y el apellido del vecino maldito.


adams-saundersNunca me cayó bien Adams y resulta que un día lo encuentro parado en mi cocina, en calzoncillos. ¡Mirando hacia la pieza de mis niños! Así que le aforro en la nuca y se va al suelo. Cuando se para, le aforro otra vez, y al suelo. Después lo tiro rodando por las escaleras hasta el barro de la primavera que recién asomaba y le digo, Si otra vez, te lo juro por Dios, no sé ni qué decirte, pobre conchetumadre.

Karen llegó a la casa. La aparté para contarle. En corto: Mantener las puertas cerradas, y si él está en su casa los cabros chicos se quedan adentro.

Pero después de comer me puse a pensar: ¿El tipo entra en shorts y yo le aguanto así no más? ¿Es amor esto? ¿Amor por mis hijos? ¿Porque qué pasa si…? ¿Qué pasa si nos descuidamos? ¿Qué pasa si se nos sale un cabro o si él entra? No, no, no, pensé, eso no se puede aceptar.

Así que fui para allá y dije, ¿Dónde está?

Entonces Lynn me contestó, Arriba, ¿por qué?

Fui para arriba y él estaba parado frente al espejo, todavía en putos calzoncillos, sólo que ahora tenía puesta una camisa, y le aforré cuando se estaba dando vuelta. Se fue al suelo y trató de arrastrarse fuera de la pieza, pero le puse una pata en la espalda.

Si otra vez, le dije, si alguna otra vez.

Ahora estamos empatados, dijo. Yo me metí en tu casa y tú te metiste en la mía.

Pero yo andaba con pantalones, le dije, y le mini-aforré en la nuca.

Yo soy lo que soy, dijo.

¡Ésa sí que estuvo buena! ¡Que lo confesara! Así que le aforré otra vez mientras Lynn entraba diciendo Hey Roger, hey (Roger soy yo). Y entonces él se quiso levantar. ¡Ahí me fui a la cresta! ¿Levantarse? ¿En contra mía? Y le voy a aforrar otra vez, pero ella me empuja entremedio, como interviniendo. Así que para aforrarle otra vez tuve que empujarla a ella para atrás, y por mala suerte se resbaló, y se fue para abajo, y ahí se queda como tendida, con la falda arriba—¡y él se enoja! ¡Se enoja! ¡Conmigo! Él en calzoncillos, mirando hacia a la pieza de mis niños, ¿y él es el que se enoja conmigo? Cuántas noches no habré oído mochas y paipazos de la casa de Adams, con ella jadeando, Frank, por Dios, Soy Mujer, Me Estás Haciendo Daño, Los Niños Están Mirando, etcétera.

Porque ése es el tipo de hombre que es.

Así que le aforro otra vez, y cuando ella se arrastra hacia mí diciendo Por favor, Por favor, tuve que empujarla para abajo otra vez, no de mala manera sino como diciendo quédate ahí, justo cuando, por supuesto, con la suerte que tengo, los cabros chicos entran corriendo –estos cabritos Adams, hay que decirlo, son teatreros, siempre andan haciendo obras musicales en el patio, etc., etc. –así que se ponen, sabes, todos dramáticos: ¡Mamita! ¡Papito! Y, OK, eso fue penca, entonces traté de irme, pero ellos se pusieron ahí en la puerta, bloqueando la salida, como Duh, no sabemos para dónde ir, estamos paralizados. Así que salí a empujones, no fuertes, muy suaves—me dieron pena porque muchas veces había escuchado cómo Adams los chancaba a ellos también—pero igual una se cayó, en una rodilla, y le ayudé a pararse, ¡y me trató de morder! Parecía que la pendeja no cachaba nada, y me dolió, y me enojé, así que fui donde estaba Adams, que se estaba levantando, y como que le di un pape a él en la cabeza en nombre de ella, a cambio de la mordida.

Diles, le dije. Diles a tus chiquillos de mierda que no–

Entonces necesitaba tomar un poco de aire, así que me di una vuelta a la manzana, pero todavía algo no estaba bien. Porque ahora empieza, sabes. Adams ahí todo emputecido, diciéndoles mentiras sobre mí a esos cabros chicos, los cuales, dado lo que habían visto (la tanda) y lo que no habían visto (a él en calzoncillos, vuelto hacia la pieza de mis niños), se estaban tragando todas las falsedades, y yo pensaba, Super bien, ahora ellos me odian, como si yo fuera el malo de la película en todo esto, y todo el verano va a ser puras maldades, la manguera tajeada y azúcar en mi estanque de bencina, o de repente al perro le aparece una quemadura en la guata.

Así que escribo unos panfletos, diciendo, Sólo Para Que Se Informen, El Papá de Ustedes Estaba Desnudo en Mi Cocina, Frente a la Pieza de Mis Niños. Y pego uno en el mosquitero de su puerta para asegurarme de que lo vean antes de que salgan a su entrenamiento, después les meto como nueve en el buzón, y al resto les borro “El Papá de Ustedes” y pongo encima “Frank Adams” y los distribuyo en los buzones de la cuadra.

Toda la noche me llaman y me llaman los vecinos, diciendo, sabes, Llama a la policía, Adams necesita ayuda, es un tontón, siempre lo he odiado, tal vez unos cuantos de nosotros deberíamos darle una visita, pongámonos de acuerdo para ver qué hacer, mantente calmado. Ese tipo de cosas. Lo que estaba muy bien, excepto que salgo a fumar un cigarro a medianoche y ¿para dónde lo veo que está mirando, todo lleno de pica? ¿A las casas de ellos? No hay que ser ingenuo. Está mirando en dirección a mi casa, con esa mirada ardiente, y yo como que, ¿Qué estás mirando?

Soy lo que soy, dice.

Conchetumadre, digo, y me tiro a aforrarle, pero se arranca para adentro.

En cuanto a los pacos, yo opinaba: ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar a que se meta otra vez en mi casa, ahí llamar a los pacos y esperar que se quede frente a la pieza de mis niños, en shorts, hasta que lleguen?

No, lo siento mucho, ése no es mi estilo.

Al día siguiente mi cabro chico, Brian, está parado en la puerta de atrás, listo para salir con su volantín, y yo como que agarro la puerta y la dejo bien cerrada, diciendo, Nop, nop, tú sabes muy bien por qué no, campeón.

Así que ahí quedó mi pobre cabro, con el volantín en las rodillas toda la tarde, mirando a un tontón que enseña pintura en la televisión pública diciendo, “El Sombreado Es Una Manera De Dar Profundidad, ¿Qué Tal Si Lo Aplicamos A Este Tronco Que Está Aquí?

Luego el lunes en la mañana veo a Adams que va a su auto y ¡de nuevo me echa esa mirada de fuego! Nunca he recibido una mirada con tanto odio. ¡Y me muestra el dedo! ¡Como si fuera él el que está en lo correcto! Así que me tiro a aforrarle, pero se mete en el auto y se arranca.

Todo el día esa mirada la tengo en la mente, esa mirada de odio.

Y entonces pensé, Si fuera yo, si yo sintiera ese nivel de odio, ¿qué haría yo? Bueno, una cosa que haría sería contenerlo y contenerlo y entonces una noche el odio se rebalsaría y yo me metería en la casa de mi enemigo y los acuchillaría a todos mientras duermen. O los mataría a tiros. Lo haría. No podría ser de otra manera. Es la naturaleza humana. No es que le esté echando la culpa a nadie.

Pensé, Tengo que tener cuidado y proteger a mi familia, o su sangre va a quedar en mis manos.

Así que volví temprano un día y fui a la casa de Adams cuando no había nadie, y pesqué el rifle que tenía en el sótano y los cuchillos para bistec, y también los cuchillos para la mantequilla, que pueden afilarse, y también el afilador de cuchillos, y también dos abrecartas y un pisapapeles pesado, el cual, si fuera yo y hubiera perdido todas mis armas y cuchillos, seguro que usaría para reventarle la cabeza a mi enemigo mientras duerme, además de las cabezas de todos sus parientes.

Esa noche dormí mejor hasta que me desperté transpirando, preguntándome qué haría si alguien entrara y, después de empujar al suelo a mi mujer y uno de mis hijos, me robara las armas de fuego y los cuchillos y el afilador de cuchillos junto con mi pisapapeles. Y me respondí: Lo que haría sería buscar desesperadamente por toda la casa algo peligroso, como pintura, por ser, o diluyente, o productos químicos para el hogar, y después: o rodear la casa de mi enemigo en un anillo tóxico y prenderles fuego, o bien echarlos en la piscina de mi enemigo, lo que (1) destruiría el revestimiento y (2) enfermaría a los hijos de mi enemigo cuando fueran a nadar.

Entonces fui a mirar a mis niños durmiendo y, oh Dios mío, no existen niños más tiernos que los míos y, parado ahí en piyamas, pensé en Adams parado ahí en calzoncillos, luego me imaginé a mis hijos atorándose y vomitando al intentar salirse de la piscina, y pensé, No, por ningún motivo, no voy a vivir así.

Así que entré a su casa por una ventana que había forzado antes esa misma tarde, junté todos los productos químicos caseros, y, créanme, tenía un montón, mucho más que yo, mucho más de lo que necesitaba, diluyente, pintura, cal viva, gasolina, solventes, etc. Lo junté todo como en nueve bolsas de basura y estaba a punto de subir por la escalera con la primera bolsa cuando llega toda la maldita familia, me caen encima, hasta los niños, pegándome con perchas de ropa y golpeándome con libros filudos y rociándome laca de pelo en la cara, el perro también me tiraba mordiscos, y rodando por las escaleras hasta el sótano yo pensaba, Me quieren matar. Al golpearme la cabeza en el suelo de cemento, vi estrellas, y pensé, No, de verdad, me van a matar, y si me matan ya no habrá más Melanita y yo comiendo del mismo plato de cabritas, no más Briancito haciendo ese gesto de arrugar el ceño que nos hacemos mutuamente cuando uno de nosotros cuenta un chiste fome, nunca más Karen y yo tendidos lado a lado después de, mirando por la ventana, conversando de nuestros planes mientras esos pájaros de pico amarillo se suben y se bajan de los cables de la luz. Y luché por levantarme, pensando, Qué importa cómo vine a dar aquí, aquí estoy, tengo que salir de aquí, tengo que vivir. Y empecé a aforrar y aforrar, y una vez que se batieron en retirada, con Adams y su hijo adolescente protegiendo a la más chica, que desafortunadamente había ido a dar relativamente lejos debido a una pequeña patada que yo le había dado, saqué mi encendedor y le prendí fuego a la bolsa, la bolsa de tóxicos, y salí hacia la luz al tope de las escaleras, donde sabía que estaba la puerta, donde estaba la noche, y mi libertad, y mi hogar.

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Coyote v. Acme

La traducción de esta semana es un scherzo escrito por Ian Frazier y publicado en The New Yorker el 26 de febrero de 1990. No es una pieza literaria en sí, pero destila un evidente rigor en la escritura; esta combinación de liviandad y primor en el lenguaje me resulta refrescante. El estilo de la pieza de Frazier se inscribe dentro del género misceláneo típico suyo y de secciones de la revista en que escribió por décadas. En este texto, gran parte de la complicidad que forma con el lector está hecha de una experiencia narrativa en otro medio, la televisión: la múltiple saga del Coyote en procura del Correcaminos. Por lo tanto, depende para accionar sus imágenes de la activación de una bomba Acme de recuerdos de infancia frente al televisor.1500524

“Coyote v. Acme” es una digna conclusión a un drama interminable. En lugar de pillar al maldito pájaro, el sufrido y tenaz Wile E. Coyote recurre a los tribunales y se querella, pero no en contra de su presa inalcanzable, sino de la infame empresa Acme, su proveedor de tretas y falso cómplice. Resistí la tentación de traducir el nombre de pila del querellante, que en inglés es Wile E., y que se pronuncia como wily, el epíteto que se le asigna al coyote y que quiere decir “astuto”, “ladino”, o en chileno, “pillo”. Bip, bip.

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WILE E. COYOTE, §
Querellante §
v. § DEMANDA EN LO CIVIL No. B19294
ACME COMPANY, §
Acusado §

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CORTE DISTRITAL DE LOS ESTADOS UNIDOS — DISTRITO SUROESTE DE ARIZONA
Tempe, Arizona. Preside la Jueza Joan Kujava

DECLARACIÓN PRELIMINAR DE HAROLD SCHOFF, ABOGADO DEL QUERELLANTE

El Sr. Abogado Schoff declara:

Mi representado, el Sr. Wile E. Coyote, residente de Arizona y estados contiguos, por medio de la presente acción, se querella por daños y perjuicios contra la compañía Acme, manufacturera y distribuidora al por menor de mercancías diversas, con sede en Delaware y filiales en todos los estados, distritos y territorios del país. El Sr. Coyote busca compensación por daños personales, pérdida de ingresos y graves daños mentales causados como resultado directo de las acciones o grave negligencia por parte de la susodicha empresa, bajo el Título 15 del Código de los EE.UU., Capítulo 47, sección 2072, inciso (a), relacionados con la responsabilidad penal del fabricante de productos.

El Sr. Coyote declara que, en ochenta y cinco ocasiones distintas, adquirió de la Compañía Acme (de aquí en adelante, la Parte Acusada), por medio del departamento de envíos por correo, ciertos productos que le causaron daño corporal debido a defectos de fabricación o etiquetado de advertencia inadecuado. Los recibos a nombre del Sr. Coyote están en posesión de la Corte, como prueba de compra, marcados como Prueba A. Tales daños corporales sufridos por el Sr. Coyote han restringido temporalmente su capacidad de ganarse la vida en la profesión de depredador. El Sr. Coyote es un trabajador independiente y por lo tanto no cuenta con derecho a Seguro Laboral.

El Sr. Coyote declara que el 13 de diciembre recibió de la Parte Acusada vía encomienda un Trineo Cohete Acme. La intención del Sr. Coyote era la de utilizar el trineo como ayuda en la persecución de su presa. Al recibir el Trineo Cohete, el Sr. Coyote lo extrajo de su cajón de flete y al avistar a su presa a cierta distancia, activó la ignición. Al sujetarse el Sr. Coyote del manubrio, el Trineo Cohete aceleró con una fuerza tan repentina y precipitada que extendió los miembros anteriores del Sr. Coyote a un largo de cinco metros. Subsecuentemente, el resto del cuerpo del Sr. Coyote fue impulsado hacia adelante con un sacudón violento, lo que causó una distensión severa de su cuello y espalda, y lo emplazó inesperadamente a horcajadas del Trineo Cohete. Desapareciendo en el horizonte a tal velocidad que dejó una estela de vapor en su trayectoria, el Trineo Cohete enseguida puso al Sr. Coyote por delante de su presa. En ese momento, el animal que perseguía giró violentamente a la derecha. El Sr. Coyote vigorosamente trató de seguir esta maniobra pero no pudo, debido al mal diseño e ingeniería del Trineo Cohete y a un sistema de guía fallado o inexistente. Poco después, la trayectoria ininterrumpida del Trineo Cohete lo llevó, junto con el Sr. Coyote, a colisionar con el costado de una meseta.

El Párrafo Primero del Informe del Médico a Cargo (Prueba B), preparada por el señor Ernst Grosscup, Doctor en Medicina y Ortodoncia, detalla las múltiples fracturas, contusiones y daño de tejidos sufridos por el Sr. Coyote como resultado de esta colisión. La cura de las heridas requirió un vendaje total de la cabeza (excluyendo las orejas), un soporte cervical, y enyesados completos o parciales en las cuatro extremidades. Impedido por estas lesiones, el Sr. Coyote se vio obligado, sin embargo, a proveerse por sí mismo. Con este fin en mente, le compró a la Parte Acusada, como ayuda para movilizarse, un par de Patines Cohete Acme. Cuando intentó usar este producto, sin embargo, se vio involucrado en un accidente notablemente similar al ocurrido con el Trineo Cohete. Para reiterar, la Parte Acusada le vendió, sin trámite y sin advertencia, un producto que unía potentes motores de propulsión a chorro (dos, en este caso) a vehículos inadecuados, sin provisión alguna para la seguridad del pasajero. Agobiado por sus pesadas escayolas de yeso, el Sr. Coyote perdió el control de los Patines Cohete poco después de amarrárselos, y colisionó con un letrero de la carretera tan violentamente que dejó en él un agujero con la forma de su silueta.

El Sr. Coyote declara asimismo que en ocasiones demasiado numerosas como para hacer un listado en este documento, ha sufrido percances con explosivos comprados a la Parte Acusada: el petardo “Pequeño Gigante” Acme, la Bomba Aérea Auto-dirigida Acme, etc. (Para un listado completo, ver el Catálogo Acme de Explosivos por Correo y testimonio adjunto, agregado como evidencia, Prueba C). De hecho, se puede afirmar con seguridad que ni en una sola oportunidad un explosivo comprado por el Sr. Coyote a la Parte Acusada se ha comportado de la forma esperada. Para citar sólo un ejemplo: con gran gasto de tiempo y esfuerzo personal, el Sr. Coyote construyó alrededor de la parte externa de una colina un deslizadero de madera que comenzaba en la cima del cerro y bajaba en espiral alrededor de él hasta llegar a una X negra pintada en el suelo del desierto. El deslizadero estaba hecho de tal manera que un explosivo esférico del tipo comercializado por la Parte Acusada rodara fácil y rápidamente hacia abajo, hasta llegar al punto de detonación indicado por la X. El Sr. Coyote dispuso una generosa cantidad de alpiste directamente sobre la X y luego, llevando la Bomba Acme esférica (#78 en el Catálogo), subió a la cima de la colina. La presa del Sr. Coyote, al percibir el alpiste, se aproximó, y el Sr. Coyote procedió a encender la mecha. En sólo un instante, la mecha se consumió hasta la base, causando la detonación de la bomba.

Además de reducir todas las cuidadosas preparaciones del Sr. Coyote a la nada, la detonación prematura del producto de la Parte Acusada ocasionó las siguientes desfiguraciones al Sr. Coyote:

  1. Chamuscado severo del pelaje de la cabeza, el cuello, y el hocico.
  2. Coloración cenicienta.
  3. Fractura de la oreja izquierda, en la base, causando que la oreja se balanceara con la reverberación y emitiera un sonido chirriante.
  4. Combustión total o parcial de los bigotes, con resultado de encrespamiento, alteración y desintegración en cenizas.
  5. Ensanchamiento radical de las órbitas oculares, debido a la carbonización de cejas y párpados.

Llegamos ahora a las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme. Lo que queda del par adquirido por el Sr. Coyote el 23 de junio constituye la pieza de evidencia D del querellante. Fragmentos seleccionados de ella fueron enviados a los laboratorios metalúrgicos de la Universidad de California en Santa Bárbara para ser analizados, pero a la fecha no se ha hallado explicación alguna para la súbita y extrema falla de funcionamiento de este producto. Tal como lo anuncia la Parte Acusada, este producto es de una simplicidad extrema: dos sandalias de madera y metal, cada una adherida a un resorte de acero templado de alta fuerza tensil y dispuesto en una posición fuertemente comprimida por medio de un mecanismo percutor atado a una cuerda que hace las veces de gatillo. El Sr. Coyote creía que este producto le permitiría abalanzarse sobre su presa en los momentos iniciales de la persecución, cuando los reflejos rápidos son más necesarios.

Para aumentar aún más el poder de propulsión de las zapatillas, el Sr. Coyote las apoyó contra el costado de una enorme roca. Adyacente a la roca había una senda por la cual la presa del Sr. Coyote solía pasearse. El Sr. Coyote puso sus extremidades traseras en las sandalias de madera y metal y se acuclilló en preparación, con su garra delantera sujetando firmemente la cuerda-gatillo. Dentro de un breve lapso, la presa del Sr. Coyote, de hecho, apareció por el camino, en dirección a él. Sin sospechar nada, la presa se detuvo cerca del Sr. Coyote, muy al alcance de los resortes extendidos. El Sr. Coyote midió la distancia con cuidado y procedió a tirar de la cuerda-gatillo. En este punto, el producto de la Parte Acusada debió haber impulsado al Sr. Coyote hacia adelante, en dirección contraria a la roca. En vez de eso, por razones que aún se desconocen, las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme se extendieron y empujaron la roca en dirección opuesta al SC. Mientras que la presa observaba esto, incólume, el Sr. Coyote colgaba suspendido en el aire. Luego los dos resortes se encogieron, haciendo colisionar violentamente la roca con los pies del SC, con el peso completo de su cabeza y tronco superior recargándose contra sus extremidades inferiores. La fuerza de este impacto luego hizo que los resortes rebotaran, y como resultado el Sr. Coyote fue proyectado hacia el cielo. Esto fue seguido de un segundo recogimiento y la correspondiente colisión. La roca, mientras tanto, que era aproximadamente de forma ovoide, había empezado a rebotar cuesta abajo, con el movimiento de los resortes aumentando su velocidad. Con cada rebote, el Sr. Coyote hacía contacto con la roca, o bien la roca hacía contacto con el Sr. Coyote. Como la cuesta era larga, este proceso continuó por bastante rato. La secuencia de colisiones tuvo como consecuencia un daño físico sistémico al Sr. Coyote, a saber: aplanamiento craneano, desplazamiento lateral de la lengua, reducción de la longitud de extremidades y torso, y compresión de las vértebras desde la base de la cola hasta la cabeza. La repetición de los golpes a lo largo de un eje vertical produjo una serie de pliegues horizontales en los tejidos corporales del querellante, una extraña y dolorosa condición que hizo que el Sr. Coyote se expandiera hacia arriba y se contrajera hacia abajo alternadamente al caminar, emitiendo un resuello como de acordeón desafinado con cada paso. La naturaleza distractiva y embarazosa de este síntoma ha sido un gran impedimento para el Sr. Coyote en su búsqueda de una vida social normal.

Como a esta corte sin duda le consta, la Parte Acusada tiene un virtual monopolio de la manufactura y venta de productos requeridos por el trabajo del Sr. Coyote. Nuestro planteamiento es que la Parte Acusada ha usado esta ventaja de mercado para detrimento del consumidor de productos tan especializados como el polvo pica-pica, volantines gigantes, trampas para tigres de Burma, yunques, y bandas elásticas de 60 metros. Por mucho que haya llegado a desconfiar de los productos de la Parte Acusada, el Sr. Coyote no cuenta con otro proveedor nacional. Uno se pregunta lo que nuestros socios comerciales de Europa occidental o Japón opinarán de una situación tal que a una compañía gigantesca se le permite victimizar al consumidor de la manera más irresponsable e indebida, una y otra vez. El Sr. Coyote respetuosamente solicita a la Corte que tome en consideración estas implicaciones económicas generales y que sancione a la Parte Acusada por daños en la cantidad de diecisiete millones de dólares. Además, el Sr. Coyote solicita sanción por daños efectivos (pérdida de alimentación, gastos médicos, días sin poder ejercer su ocupación profesional) en la cantidad de un millón de dólares; daños generales (sufrimiento sicológico, daño a la reputación) por veinte millones de dólares; y gastos de representación legal por setecientos cincuenta mil dólares. Al otorgarle al Sr. Coyote la cantidad total de lo solicitado, la corte castigará a la Parte Acusada, sus directores, ejecutivos, accionistas, herederos y asociados, en los únicos términos que entienden, y reafirmará el derecho que corresponde a todo depredador a la protección igualitaria ante la ley.

Una traducción de Nabokov (con perdón)

Para traducir una obra maestra hay que aproximarse con la misma cantidad de respeto que de entusiasmo (o de inocencia), sobre todo si se trata de un texto escrito por alguien como Nabokov, quien dedicó toda su vida a pensar con profundidad el tema de la traducción y cuya obra, más encima, puede ser considerada como un sostenido acto de traducción. Dicho con mayor precisión, Nabokov se enfrenta con el problema central de la traducción, es decir, el entrevero de la potencia del original (la fuerza de su lenguaje y el peso de su tradición expresiva) contra la potencia del producto final, el que será tasado por los lectores, inevitablemente, en virtud de un rango de familiaridad y -concepto odiado por el autor ruso- su “fluidez”. Esa fluidez, teme Nabokov, puede ser la seña de un gran equívoco, creado por una familiaridad falsa, conseguida a costa de matar la diferencia con el original. El problema parece ser más grave para la poesía que para la prosa, por lo que traducir un cuento aminora la inevitable transgresión, la violencia implícita de signos impuestos o superpuestos sobre otros.

El problema de traducir este cuento es doble: además de que Nabokov escribe no en su lengua nativa sino en su lengua literaria, escogida libremente -el inglés-, en esta historia en particular se encuentra la presencia de una traducción pre-existente en la voz narrativa, focalizada por su mayor parte por medio del lenguaje de una mujer europea, rusa, judía, migrante, refugiada, inmigrante, y cuyo dominio del inglés, si bien le alcanza para contestar el teléfono (logro no menor en un segundo idioma), no llega a ser fluido y lleva en su dicción la marca a veces perceptible de otros idiomas fantasmas (¿el ruso, el yiddish, el alemán?).

El original se publicó en 1948, en la revista The New Yorker. El título original fue materia de disputa entre Nabokov y Katherine A. White, quien impuso su misterioso criterio al cambiar el orden de los términos. En lugar de “Signs and Symbols”, la revista publicó el cuento como “Symbols and Signs”. He decidido mantener el primer título, por el eco con la rúbrica médica inglesa “Signs and Symptoms“, eco que despierta a su vez resonancias con ciertas claves interpretativas en el relato; y lo hago también para tomar partido por el autor, por supuesto, porque no todos los traductores traicionamos.

En una carta a la editora White, Nabokov explica que algunos de sus relatos, por ejemplo el que nos ocupa, se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semi-transparente”  (“wherein a second (main) story is woven into, or placed behind, the superficial semitransparent one.”)

Solamente a Nabokov se le puede hacer caso si considera que una historia puede ser secundaria y principal al mismo tiempo. Vale.


Señas y símbolos

Vladimir Nabokov

Traducción de Roberto Castillo Sandoval ©

Por cuarta vez en cuatro años se enfrentaban al problema de qué regalo de cumpleaños darle a un chico que estaba incurablemente trastornado. Deseos, no tenía ninguno. Los objetos hechos por el hombre eran para él colmenas llenas de mal que vibraban con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o bien comodidades groseras que no servían para nada en su mundo abstracto. Después de eliminar un número de artículos que lo podrían ofender o asustar (cualquier cosa relacionada con aparatos, por ejemplo, era tabú), sus padres eligieron una nadería delicada e inocente—un canastillo que contenía diez distintos confites de fruta en sendos frasquitos.

Cuando nació el niño, ellos llevaban casados un buen tiempo; desde entonces, había transcurrido una veintena de años y ahora estaban bastante viejos. El pelo opaco y gris de ella estaba sujetado con descuido. Se ponía vestidos negros, baratos. A diferencia de otras mujeres de su edad (como la Sra. Sol, la vecina del lado, cuya cara era toda rosa y malva de pintura y cuyo sombrero era un ramillete de flores de arroyuelo), ella presentaba un rostro de palidez desnuda bajo la implacable luz de la primavera. Su marido, que en el antiguo país había sido un hombre de negocios bastante exitoso, ahora, en Nueva York, dependía completamente de su hermano Isaac, que era americano de verdad desde hacía más de casi cuarenta años. Ellos casi nunca veían a Isaac y se referían a él con el apodo de “El Príncipe”.

Ese viernes, el cumpleaños del hijo, todo salió mal. El tren subterráneo se quedó sin su corriente vital entre dos estaciones y por un cuarto de hora ellos no podían oír nada más que el diligente latir de sus corazones y el crujir de los periódicos. El bus que tenían que tomar a continuación se atrasó y los obligó a esperar largo rato en una esquina, y cuando llegó por fin, estaba lleno de estudiantes revoltosos. Empezó a llover mientras subían caminando por la senda embarrada que llevaba al sanatorio. Allí esperaron de nuevo, y en lugar de su muchacho, arrastrando los pies, como hacía siempre (con su pobre cara triste, confusa, mal afeitada, y manchada de acné), apareció al fin una enfermera que los dos conocían y aborrecían y que animadamente les explicó que otra vez el hijo había intentado quitarse la vida. Ya estaba bien, dijo, pero una visita de sus padres podría perturbarlo. El lugar tenía tan poco personal, y las cosas se desubicaban o se extraviaban tan fácilmente, que decidieron no dejarle el regalo en la administración sino guardárselo para la próxima visita.

Afuera del edificio, ella esperó que su marido abriera el paraguas y entonces lo tomó del brazo. Él carraspeaba a cada rato, como siempre que estaba alterado. Se albergaron bajo el techo de la parada de buses al otro extremo de la calle y él cerró el paraguas. A pocos metros de distancia, bajo un árbol que se mecía y goteaba, un diminuto pájaro implume se retorcía en vano dentro de un charco.

Durante el largo trayecto hasta la estación del metro, ella y su marido no intercambiaron palabra, y cada vez que ella echaba un vistazo a las manos viejas de su marido, apretadas y temblorosas sobre el mango de su paraguas, y veía sus venas hinchadas y su piel manchada, sentía la creciente presión de las lágrimas. Mientras miraba a su alrededor, tratando de enganchar su mente en algo, le sobrevino una especie de suave conmoción, una mezcla de compasión y maravilla, al darse cuenta de que uno de los pasajeros—una muchacha de pelo oscuro y las uñas de los pies mugrientas, pintadas de rojo, lloraba con la cabeza apoyada en el hombro de una mujer mayor. ¿A quién se parecía esa mujer? Se parecía a Rebecca Borisovna, cuya hija se había casado con uno de los Soloveichiks—en Minsk, hacía años.

La última vez que el chico había tratado de matarse, su método había sido, en palabras del doctor, una obra maestra de ingenio; lo habría logrado si otro paciente no hubiese creído que estaba aprendiendo a volar y se lo impidió justo a tiempo. Lo que el chico quería en realidad era abrir un agujero en su mundo y escapar.

El sistema de sus delirios había sido tema de un elaborado trabajo en una revista científica que el doctor del sanatorio les había dado a leer. Pero mucho antes de eso, ella y su marido habían tratado de resolver el enigma por sí solos. “Manía referencial”, lo llamaba el artículo. En esto casos muy poco frecuentes, el paciente se imagina que todo lo que pasa a su alrededor es una referencia velada a su personalidad y a su existencia. Excluye a la gente real de esta conspiración, porque se considera mucho más inteligente que otras personas. La naturaleza fenomenal lo sigue dondequiera que vaya. Las nubes del cielo vigilante se transmiten unas a otras, por medio de lentos signos, información increíblemente detallada sobre él. Sus pensamientos más íntimos los discuten al caer la noche, en lengua de señas, los árboles tenebrosamente gesticuladores. Las piedras o las manchas o las motas de sol forman patrones que representan, de alguna manera espantosa, mensajes que él tiene que interceptar. Todo es una clave cifrada y él es el tema central de todo.Está rodeado de espías. Algunos son observadores lejanos, como las superficies de vidrio y las aguas en reposo; otros, como los abrigos en las vitrinas, son testigos prejuiciosos, linchadores de corazón; otros, de nuevo (agua que corre, tormentas) son histéricos hasta la locura, tienen una opinión distorsionada de él, y malinterpretan grotescamente sus acciones. Debe estar siempre en alerta y dedicar cada minuto y módulo de vida a descodificar la ondulación de las cosas. Hasta el aire que exhala se clasifica y se archiva. ¡Si sólo el interés que él provoca se limitara a su entorno inmediato, pero, por desgracia, no es así! Con la distancia, los torrentes de enloquecido escándalo aumentan en volumen y volubilidad. Las siluetas de sus corpúsculos sanguíneos, magnificadas un millón de veces, revolotean sobre vastas llanuras; y aún más lejos, grandes montañas de intolerable solidez y altura resumen, en términos de granito y crujientes pinos, la verdad última de su ser.

Cuando emergieron del estruendo y el aire maleado del tren subterráneo, los últimos residuos de luz diurna se mezclaban con los faroles de la calle. Ella quiso comprar pescado para la cena, así que le pasó el canasto de confites, diciéndole que se fuera a casa. Así, él regresó al conventillo, subió hasta el tercer descanso de las escaleras, y entonces recordó que le había pasado las llaves a ella.

En silencio se sentó en los escalones y en silencio se incorporó cuando, unos diez minutos más tarde, ella subió pesada y fatigosamente las escaleras, con una débil sonrisa y sacudiendo la cabeza en gesto de reconocer su propia tontera. Entraron al departamento de dos piezas y él de inmediato se plantó frente al espejo. Estirando las comisuras de los labios con sus dos pulgares, en una mueca horrible, como de máscara, se sacó su nueva, irremitiblemente incómoda placa dental y cortó los largos colmillos de saliva que lo conectaban a ella. Leyó su periódico en ruso mientras ella ponía la mesa. Todavía leyendo, comió la pálida ración para la que no necesitaba dientes. Ella conocía sus estados de ánimo y también estaba silenciosa.

Cuando él se fue a dormir, ella se quedó en la sala con su mazo de cartas sucias y sus viejos álbumes de fotografías. Al otro lado del estrecho patio, donde la lluvia tintineaba en la oscuridad contra unas latas, las ventanas estaban encendidas tenuemente, y en una de ellas un hombre de pantalones negros, con las manos detrás de la nuca y los codos levantados, se veía acostado de espaldas sobre una cama desordenada. Bajó el visillo y examinó las fotografías. De pequeño, se veía más sorprendido que la mayoría de los bebés. Una fotografía de una criada alemana que habían tenido en Leipzig con su novio de cara gorda cayó desde un pliegue del álbum. Volteó las páginas del libro: Minsk, la Revolución, Leipzig, Berlin, Leipzig, el frontis chueco de una casa, muy desenfocado. Este era el niño cuando tenía cuatro años, en un parque, tímidamente, con la frente arrugada, apartando la vista de una ardilla entusiasta, como hubiera hecho con cualquier otro desconocido. Esta era la tía Rosa, una señora de edad, quisquillosa, angular, de ojos desorbitados, que vivía en un mundo trémulo de malas noticias, bancarrotas, accidentes ferroviarios, y lunares cancerígenos hasta que los alemanes la mataron junto con toda la gente de la que ella se había preocupado. El niño, a los seis años—esto fue en la época en que dibujaba pájaros maravillosos de manos y pies humanos, y sufría de insomnio como un hombre adulto. Su primo, ahora un famoso jugador de ajedrez. El niño de nuevo, a los ocho años, ya difícil de entender, asustado por el papel mural del pasillo, asustado por cierta ilustración en un libro que sólo mostraba un paisaje idílico con rocas en una colina y una rueda vieja de carreta colgando de la rama de un árbol deshojado. Esta era a los diez años—el año que se fueron de Europa.

Peter Bruegel, el viejo.

Peter Bruegel, el viejo. “El triunfo de la muerte”

Ella recuerda la vergüenza, la lástima, las dificultades humillantes del viaje, y los niños feos, malvados, retrasados, con los que estuvo en la escuela especial donde lo pusieron después de llegar a América. Y luego vino una época en la vida del niño, que coincidió con la larga convalescencia de una pulmonía, en que esas pequeñas fobias suyas, que sus padres habían porfiadamente considerado como las excentricidades de un niño prodigiosamente dotado, se endurecieron, por decirlo así, en un denso enredo de delirios que interactuaban lógicamente, haciéndolos completamente inaccesibles a una mente normal.

Ella ya se había resignado a todo esto, y mucho más, porque, después de todo, vivir significa aceptar la pérdida de una alegría tras otra, ni siquiera alegrías, en su caso, sino meras posibilidades de mejoría. Pensó en las recurrentes oleadas de dolor que por alguna razón u otra ella y su marido habían tenido que soportar; en los gigantes invisibles que le hacían daño a su hijo de alguna manera inimaginable; en la cantidad incalculable de ternura contenida en el mundo; en el destino de esa ternura, ya sea aplastada o malgastada, o transformada en locura; en niños sin cuidar tararéandose a sí mismos en rincones sucios; en bellas malezas que no se pueden esconder del labrador.

Era casi la medianoche cuando, desde la sala, oyó gemir a su marido, y en seguida él entró trastabillando, vistiendo sobre su camisa de dormir el viejo abrigo de cuello de astrakán que tanto prefería por sobre su bonita bata azul.

—¡No puedo dormir!—gritó.

—¿Por qué no puedes dormir?—preguntó ella—Estabas tan cansado.

—No puedo dormir porque me estoy muriendo—dijo él, y se tendió en el sofá.

—¿Es el estómago? ¿Quieres que llame al doctor Solov?

—Doctores no, doctores no—gimió —¡al diablo con los doctores! Tenemos que sacarlo de ahí rápido. De otra manera, nosotros somos responsables… ¡Responsables!

Se precipitó a sentarse, con los dos pies en el suelo, y se golpeaba la frente con su puño apretado.

—Bien—dijo ella suavemente—Mañana en la mañana lo traemos a casa.

—Quisiera un poco de té—dijo su marido, y salió al baño.

Agachándose con dificultad, ella recogió algunos naipes y una fotografía o dos que habían caído al suelo—el jack de corazones, el nueve de picas, el as de picas, la criada Elsa y su novio bestial. Él regresó de buen ánimo, exclamando, “ya lo tengo todo planeado. Le vamos a dar el dormitorio. Nosotros nos vamos a turnar para pasar parte de la noche cerca de él y la otra parte en este sofá. Haremos que lo vea el doctor por lo menos dos veces por semana. No importa lo que diga “El Príncipe”. No va a decir nada, de todos modos, porque va a salir más barato”.

Sonó el teléfono. Era una hora muy poco usual para que sonara. Él se quedó de pie en medio de la sala, buscando con el pie la pantufla que se le había salido, e infantilmente, desdentadamente, se quedó mirando a su mujer. Como sabía más inglés que él, era quien atendía las llamadas telefónicas.

—¿Puedo hablar con Charlie?—le dijo la vocecita opaca de una niña.

—¿Qué número quiere? … No, tiene el número equivocado.

Colgó el auricular suavemente y la mano se le fue al corazón.

—Me asustó—dijo.

Él le respondió con una sonrisa rápida y de inmediato reinició su entusiasta monólogo. Lo irían a buscar apenas despuntara el día. Por su propio bien, guardarían todos los cuchillos en un cajón con llave. Aun en sus peores momentos, nunca fue un peligro para los demás.

El teléfono sonó de nuevo.

La misma vocecita monótona, ansiosa, preguntó otra vez por Charlie.

—Tiene el número equivocado. Le voy a decir lo que está haciendo. Está discando la letra “o” en vez del cero—y le colgó de nuevo.

Se sentaron a tomar su inesperado, festivo té de medianoche. Él sorbía ruidosamente; tenía la cara colorada; de vez en cuando levantaba su vaso en un movimiento circular, como para que el azúcar se terminara de disolver. La vena del costado de su cabeza calva se destacaba notoriamente, y se veían pelos plateados en su barbilla. El regalo de cumpleaños estaba en la mesa. Mientras ella le llenaba otro vaso de té, él se puso los anteojos y reexaminó con placer los frasquitos luminosos, amarillos, verdes y rojos. Sus labios torpes y húmedos deletreaban las elocuentes etiquetas—damasco, uva, ciruela costina, membrillo. Había llegado a manzana silvestre cuando el teléfono sonó una vez más.


Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?

¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana

Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji

Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi

Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku

Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote

La línea Yamanote

El sueño del traductor imposible

Nabokov es implacable aun cuando se hace el bueno. Sabe que hay traductores que se saltan las partes difíciles, pero los comprende y los excusa, siempre y cuando de verdad no entiendan qué diablos quiere decir el original.

Con este armiño no se nota que estoy beremenna

Con este armiño no se nota que estoy beremenna

El que no merece perdón es el tipo arrogante, el traductor pagado de sí mismo que se cree adalid de idiotas e inocentes. En vez de entregarse, confiado, a la maestría de un gran escritor, anda preocupándose de pequeñeces, de proteger a ese lector mal pensado que se esconde en un rincón como si tuviese entre las manos algo peligroso o sucio. Para dar un ejemplo de este traductor-protector tan vil, sin embargo, Nabokov no busca un caso obviamente deleznable. Se refiere al “encantador” pudor victoriano que se encuentra en una de las primeras traducciones al inglés de Anna Karenina. El conde Vronsky, en cierto momento, le pregunta a Anna qué le pasa. “Estoy beremenna”, explica ella. El traductor decidió que era buena idea dejar en ruso no más la choqueante revelación de que Anna estaba embarazada. A buen entendedor, palabras rusas.

victorianreader

¿Estoy beremenna? WTF?

(Hay casos que no son tan encantadores ni inocentes. Quien haya cotejado la obra original de Virginia Woolf con las traducciones al castellano hechas por Borges se preguntará por medio de qué mecanismo el feminismo de Woolf se troca en un texto rayano en la misoginia, que termina disolviendo todo el impulso liberador del original. El caso de Borges traductor de Woolf ilustra que a veces es difícil distinguir entre el puritano que se sonroja y el prejuicioso normativo al que me refiero a continuación)

Así y todo, este enmascaramiento o atenuación, que tan bien manejamos como registro característico los chilenos, son faltas veniales en comparación, dice Nabokov, con los pecados del tercer tipo. Porque –dice—aquí se presenta el peor de todos, dándose aires y mostrando sus colleras enjoyadas. Se trata del astuto traductor que ni se arruga para redecorar el dormitorio de Scheherazade a su propio gusto y que con elegancia profesional mejora el look de los personajes. Nabokov cuenta que en las versiones rusas de Shakespeare era costumbre sustituir con flores más refinadas las malezas que encontraba la Ofelia de Hamlet. El original habla de  “extrañas guirnaldas hechas de copitas de oro, ortigas, margaritas y coralinas”, todas plantas silvestres y sencillas. Los traductores rusos, en cambio, salían con “hermosas guirnaldas hechas de violetas, claveles, rosas y lirios”. Las florecillas del original son poco más que malezas –There with fantastic garlands did she come/ Of crowflowers, nettles, daisies and long purples— pero en la versión rusa son un ramo de floristería siútica, lo que de paso, y esto es lo que más enoja a Nabokov, distorsiona hasta hacer incomprensible el carácter de Ofelia.

J. E. Millais le agregó la amapola en su traducción pictórica.

J. E. Millais le agregó la amapola en su traducción pictórica.

Nabokov reconoce que al “solemne lector ruso” no le habrán importado estos detalles porque, en primer lugar, no conocía el texto original. En segundo lugar, al solemne lector ruso la botánica no le importaba un rábano (en inglés Nabokov dice “un higo”, ya que estamos en lo botánicamente correcto). Y finalmente, lo único que le interesaba a este solemne lector ruso era aquello que los críticos alemanes y los revolucionarios nacionales identificaban en su obra como “problemas transcendentales”.

Por eso nadie daba un comino por los nombres de las flores y menos todavía importaba lo que les pasó a los perrillos falderos de Goneril cuando el juguetón verso “Tray, Blanche and Sweetheart, see, they bark at me” (Charolita, Copito y Amoroso, mira cómo me ladran) cambió en ruso a “una jauría de sabuesos me muerde los talones”.

Nabokov nos recuerda que toda venganza es dulce. El mejor cuento ruso de todos los tiempos –dice él, no yo, yo me limito a traducir y comentar por aquí y por allá—es “El abrigo” de Gogol. A veces se traduce como “El sobretodo” o “El capote”; esta última opción parece ser la más acertada para el tono y la atmósfera que Gogol le imprime a la historia. Según Nabokov, el rasgo esencial del cuento –ese elemento irracional que constituye el sustrato trágico de una anécdota trivial–se conecta orgánicamente con el estilo en que está escrito. Hay repeticiones raras del mismo adverbio absurdo y estas reiteraciones se convierten en una especie de conjuro avizor. Hay descripciones que parecen inocentes hasta que se descubre que en ellas acecha el caos y que Gogol es capaz de instalar en cualquier oración inofensiva alguna palabra o una comparación que hace estallar el párrafo en un despliegue extravagante de fuegos artificiales y pesadillescos. También encontramos en ese cuento una torpeza a tientas que no es más –afirma Nabokov—que una destilación consciente de los toscos movimientos de nuestros sueños.

Nada de esto se manifiesta en la traducción al inglés, que Nabokov encuentra remilgada, desenvuelta y llana. Nabokov da nombres: “Vea –y no lo haga nunca más—la traducción de Claude Field”, advierte. Exagera, como buen ruso, frente a una agresión literaria y dice que la traducción de Field lo deja con la impresión de que está presenciando un asesinato sin poder hacer nada para evitarlo. Al parecer, Field comete un error de proporciones cuando omite nada menos que una lámpara en la descripción de una sala.

Quoth Lolita, "Nevermore!"

Quoth Lolita, “Nevermore!”

Meterle mano a una obra de arte, sea mayor o menor, advierte Nabokov, a veces involucra a terceros inocentes en la farsa. En el caso que sigue, se refiere a sí mismo como “inocente”, queriendo decir “involuntario” o “inconsciente”. Cuenta que un famoso compositor, coterráneo suyo, le pidió traducir al inglés un poema en ruso al que le había puesto música. La traducción inglesa, aclaró, tenía que seguir muy de cerca los sonidos del texto en ruso, que era, a su vez una traducción del poema de Edgar A. Poe “Campanas”. El traductor era K. Balmont y al parecer Nabokov no lo tenía muy bien considerado ni como traductor ni como poeta:

“Lo que parecen las numerosas traducciones de Balmont se entenderá si digo que su propia obra invariablemente revela una incapacidad casi patológica de escribir un solo verso melodioso. Teniendo a su disposición una cantidad suficiente de rimas trilladas y agarrando al paso cualquier metáfora que se cruzara en su camino, convirtió lo que a Poe le costó tanto esfuerzo componer en algo que cualquier rimador ruso podría haberse sacado de la manga en un dos por tres”.

A pesar de todo esto, Nabokov acepta re-traducir al inglés el texto del poetastro Balmont, sin explicar por qué. Tal vez para quejarse, porque eso es lo que hace, elabora explicaciones sin llegar jamás a pedir excusas:

Al revertir el texto al inglés lo único que me preocupaba era encontrar palabras que sonaran como las palabras de la versión rusa. Ahora, si alguien algún día se encuentra con mi versión inglesa de la versión rusa, tal vez tontamente quiera retraducirlo al ruso, y así ese poema des-Poe-tizado seguirá siendo balmontizado hasta que, quizás, las “Campanas” se conviertan en “Silencio”.

Aparte de estafadores netos, medio-imbéciles y poetas impotentes, Nabokov dice que existen, hablando en grueso, tres tipos de traductores: el académico que anhela que el mundo aprecie la obra de algún genio tanto como la aprecia él; el chapucero bien intencionado; y el escritor profesional que se relaja en compañía de un confrère extranjero.

El académico será –es de esperar, dice Nabokov—riguroso y pedante. Sus notas estarán al pie de página, no escondidas al final del tomo, y tienen que ser copiosas y detalladas.

Enseguida, don Vladimir muestra la pluma y describe el segundo tipo en términos de una “señora esforzada” que traduce a última hora el onceavo volumen de las obras completas de algún escritor—esta señora esforzada es, según él, menos precisa pero al mismo tiempo menos pedante.

Lo importante no es que el académico cometa menos errores que la señora esforzada, sino que por regla ninguno de los dos tiene una sola pizca de lo que Nabokov llama “genio creativo”. Ni la erudición ni la diligencia son capaces de reemplazar la imaginación y el estilo. Koneshno, es decir, por supuesto.

Uno supone, al ir leyendo, que el tercer tipo de traductor se va a salvar de la guadaña de Nabokov, pero la ilusión se acaba muy pronto.

"Are you talking to me? That is the question.

“Are you talking to me? That is the question. No me vengan con carnaciones

“Ahora viene el poeta auténtico que tiene estas cualidades y que se relaja traduciendo un poquito de Lermontov o de Verlaine entre poema y poema propio”.

Reluce el arma blanca de Nabokov cuando dice que este genio creativo, sin embargo, o bien no conoce el idioma original y se apoya en una traducción literal hecha por alguien menos brillante pero más culto, o bien conoce el idioma, pero sin tener la precisión del académico ni la experiencia del traductor profesional. Ahora bien, el problema principal es que a mayor el talento, mayor será la tentación de ahogar la obra maestra traducida bajo el oleaje chispeante de su estilo personal. En vez de disfrazarse del autor “real”, lo que hace este genio es disfrazar al autor “real” con sus propia ropa.

En resumen, nadie se salva, pero Vladimir Nabokov –tal vez esto se podría extender a todos los rusos—nunca se rinde en asuntos literarios. Se puede deducir de toda esta queja cuáles serían los requisitos esenciales que un traductor tiene que cumplir para poder hacer bien su pega, la que define como “entregar una versión ideal de la obra maestra extranjera”.

Primero, tiene que tener tanto talento como el del autor traducido; por lo menos, tiene que tener el mismo tipo de talento; Baudelaire y Poe hacen buena pareja. En segundo término, el traductor tiene que conocer a la perfección las dos naciones y los dos idiomas, además de estar completamente familiarizado con todos los detalles relaciones con los métodos y hábitos del autor “real”, junto con el contexto social de las palabras, sus modas, y las asociaciones históricas y de época. Por último, teniendo ya el genio creativo y el conocimiento cabal antes descrito, el traductor ideal tiene que poseer el don de la imitación y ser capaz de interpretar el rol del autor real, impostando sus trucos de comportamiento y de habla, sus modales y su mente, con el grado máximo de verosimilitud.

¿Y no se le ofrece otra cosita, don Vladimir?

 

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