Uno de Tobias Wolff: “Bala en el cerebro”

La estructura de este relato no puede dejar de evocar “El milagro secreto” de Borges, pero allí donde Borges se esmera en la filigrana literaria (“en una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija”) y en la minucia histórica que explica el fusilamiento del impronunciable Hladík, la bala  de Tobias Wolff se interna por caminos donde las causalidades pueden ser 2015BULLETI_AMQcómicamente predecibles o bien lo contrario, producto de una mecánica inesperada, la que mueve el trayecto de una bala que atraviesa el cerebro de Anders, el crítico literario. Hay una mezcla de registros que plantea desafíos interesantes para la traducción, Cualquier opinión sobre los resultados será muy bienvenida.

Hablando de causalidades: Me interesó incluir a Tobias Wolff en esta serie porque en una entrevista en la Paris Review declara que le toma mucho tiempo ponerse al día con los lugares en que ha estado, condición con la que este traductor emigrante se identifica a cabalidad. Wolff nació en Alabama en 1945. Este cuento se publicó originalmente en The New Yorker en 1995.


BALA EN EL CEREBRO

Tobias Wolff

Anders no pudo llegar al banco hasta justo antes de que cerraran, así que por supuesto la cola era infinita y le tocó quedar detrás de dos mujeres, cuya conversación chillona y estúpida lo puso de un humor asesino. De todas maneras, nunca andaba del mejor humor este Anders, crítico de libros conocido por el salvajismo fastidiado y elegante con que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola todavía daba un par de vueltas alrededor del cordón, una de las cajeras puso un letrero de “CAJA CERRADA” en su ventanilla y se fue a la parte de atrás del banco, donde se apoyó en un escritorio y empezó a pasar el rato con un tipo que movía papeles para allá y para acá. Las mujeres delante de Anders pararon de hablar y miraron a la cajera con odio.

“Oh, qué bonito”, dijo una. Se dio vuelta hacia Anders y agregó, confiada en que él iba a estar de acuerdo, “Uno de esos pequeños toques de humanidad que nos hacen volver por más”.

Anders había engendrado su propio odio creciente por la cajera, pero lo dirigió inmediatamente a la presumida y quejumbrosa que tenía al frente. “Pucha, sí, qué injusto”, dijo. “Trágico, en realidad. Cuando no le amputan a uno la pierna equivocada, o le bombardean la aldea ancestral, vienen y cierran la caja”.

Ella no se amilanó. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Yo solamente opino que es pésima forma de tratar a los clientes”.

“Imperdonable”, dijo Anders. “Dios lo tendrá en cuenta”.

La mujer se chupó las mejillas, pero se quedó mirando por encima del hombro de él, sin decir nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, también se puso a mirar en la misma dirección. Y luego las cajeras dejaron de hacer lo que estaban haciendo, y los clientes lentamente se dieron vuelta, y en el banco se hizo el silencio. Dos hombres de pasamontañas negro y terno azul estaban de pie al lado de la entrada. Uno de ellos tenía puesta una pistola en el cuello del guardia. El guardia tenía los ojos cerrados y movía los labios. El otro hombre portaba una escopeta recortada. “¡Todos se callan!”, dijo el de la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguna de las cajeras da la alarma, todos ustedes son fiambres, ¿entienden?”

Las cajeras asintieron.

“Ah, bravo”, dijo Anders. “Fiambres”. Se volvió a la mujer delante suyo. “Tremendo parlamento, ¿ah? La poesía severa y con manoplas de bronce de la clase peligrosa”.

Ella lo miró con ojos de ahogada.

robber11n-3-webEl tipo de la escopeta obligó al guardia a arrodillarse. Le pasó la escopeta a su socio, le tironeó hacia atrás las muñecas y le puso un par de esposas. Lo botó al suelo de una patada entre los hombros. Luego retomó la escopeta y se acercó a la puerta de seguridad, al final del mesón. Era bajo y gordo y se movía con una lentitud extraña, casi con torpeza. “Ábranle”,dijo su socio. El tipo de la escopeta abrió la puertecita y se paseó entre la fila de cajeras, pasándole a cada una su bolsa de basura. Cuando llegó a la caja vacía, miró al de la pistola, que le dijo: “¿De quién es ese puesto?”.

Anders observó a la cajera. Ella se llevó la mano a la garganta y se volvió al hombre con que había estado conversando. Él asintió. “Mío”, dijo.

“Ponte las pilas, huevona fea, y llena la bolsa”.

“Ya estamos”, le dijo Anders a la mujer delante suyo. “Se ha hecho justicia”.

“¡Oye, chistosito! ¿Te dije que hablaras?

“No”, dijo Anders.

“Entonces cierra el hocico”.

“¿Oyeron eso?, dijo Anders. ‘Chistosito’. Sacado de ‘Los Soprano’”.

“Por fávor cállese”, dijo la mujer.

“Hey, ¿tai sordo o qué te pasa? El tipo de la pistola se acercó adonde estaba Anders. Le enterró la pistola en la guata. “¿Creís que estoy puro hueveando?”

“No”, dijo Anders, pero el cañón le hacía cosquillas como un dedo tieso y tuvo que luchar para contener la risita nerviosa. Lo hizo obligándose a mirar directo a los ojos del tipo, claramente visibles tras los hoyos del pasamontañas: de un azul pálido, irritados y con los bordes enrojecidos. El párpado izquierdo del tipo le tiritaba. Exhalaba por la boca un olor penetrante de amoníaco que le chocó a Anders más que cualquier cosa que había pasado hasta entonces, y había empezado a acrecentársele una sensación de inquietud cuando el tipo lo picaneó otra vez con la pistola.

“¿Te gusto yo, chistosito?”, dijo. “¿Me querís chupar el pico?”

“No”, dijo Anders.

“Entonces deja de sapearme”.

Anders fijó la mirada en los los zapatos del tipo, bien lustrados y de puntera fina.

“Allá abajo no. Allá arriba”. Le metió la pistola a Anders debajo de la barbilla y la empujó hasta que Anders quedó mirando hacia el cielo.

Ceiling-mural-425x425Anders nunca le había puesto atención a esa parte del banco, un edificio antiguo y pomposo con pisos y mesones y pilares de mármol y caligrafía dorada sobre las jaulas de las cajeras. La bóveda del cielo estaba decorada con figuras mitológicas cuya fealdad carnosa, envuelta en togas, Anders había observado de una mirada muchos años antes y que después había rehusado notar. Ahora no le quedaba otra alternativa que hacer un escrutinio del trabajo del artista. Era peor de lo que recordaba, en su totalidad ejecutado con la más absoluta solemnidad. El artista tenía su arsenal de trucos y los usaba una y otra y otra vez – cierto difuminado rosáceo debajo de las nubes, una miradita tímida hacia atrás de los cupidos y los faunos. El cielo estaba abigarrado de varios dramas, pero el que le llamó la atención a Anders fue el de Zeus y Europa – presentado en esta versión como un toro mironeando a una vaca detrás de un pajar. Para hacer sexy a la vaca, el pintor había inclinado sus caderas de manera sugerente y le había puesto unas pestañas largas y lacias, a través de las cuales ella le devolvía la mirada al toro con una bienvenida seductora. El toro tenía una media sonrisa y las cejas arqueadas. Si hubiera una burbuja de cómics saliéndole de la boca, habría dicho: “Aquí está papi”.

“¿De qué te reís, chistosito?”

“De nada”.

“¿Me encontrai divertido? ¿Creís que soy payaso?

“No”.

“¿Creís que podís huevear conmigo?”

“No”.

“Huevéame otra vez, y te cago. ¿Capish?”

Anders se rió a carcajadas. Se tapó la boca con las dos manos y dijo, “Disculpe, disculpe”, y luego no pudo evitar un resoplido de risa por entremedio de los dedos, y dijo: “Capish, ah, Dios mío, capish”, y ahí el tipo de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

bulletbrainLa bala rompió el cráneo de Anders y le atravesó el cerebro y salió por detrás de su oído derecho, dispersando fragmentos de hueso en la corteza cerebral, el cuerpo calloso, atrás hacia los ganglios basales, y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto pasara, la primera aparición de la bala en el cerebelo gatilló una cadena crepitante de transportes iónicos y neuro-transmisiones. A causa de su curioso origen, éstas trazaron un patrón curioso, despertando aleatoriamente una tarde de verano de hacía unos cuarenta años y desde entonces perdida en la memoria. Después de impactar el cráneo la bala se desplazaba a 300 metros por segundo, velocidad patéticamente lenta, glacial, en comparación con el relámpago sináptico que se desencadenó a su alrededor. Una vez en el cerebro, esto quiere decir, la bala quedó bajo control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders amplio tiempo de ocio para contemplar la escena que –usando una expresión que él aborrecería— “pasaba delante de sus ojos”.

Vale la pena tomar nota de lo que Ambers no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que él más enloquecidamente amaba de ella, antes de que terminara irritándolo – su carnalidad desvergonzada, y especialmente el modo cordial con que trataba a su aparato, a quien ella apodaba Señor Topo, como en “Oh, oh, parece que el Señor Topo quiere jugar” y “¡Escondamos al Señor Topo!”. Anders no recordó a su esposa, a quien él también había amado antes de que ella lo extenuara de tan predecible, o a su hija, ahora una hosca profesora de economía en Dartmouth.

No recordó estar de pie cerca de la puerta de su hija mientras ella sermoneaba a su oso por portarse mal y le describía los castigos realmente espantosos que iba a recibir si no cambiaba su forma de ser. No recordó ni un solo verso de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder darse escalofríos a voluntad – ni “Silencioso, sobre una cima de Darien”, ni “Dios mío, supe este día”, ni “¿Todas mis bellas? ¿Has dicho todas? ¡Oh, cometa infernal! ¿Todas?”. Ninguno de estos recordó, ni uno solo. Anders no recordó lo que dijo su madre moribunda sobre su padre: “Debería haberlo apuñalado mientras dormía”. No se acordó del profesor Josephs contándole a sus alumnos que los prisioneros atenienses en Sicilia eran liberados si eran capaces de recitar a Esquilo, y luego recitando a Esquilo él, ahí mismo, en griego antiguo. Anders no recordó cómo le ardían los ojos con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la tapa de una novela poco después de graduarse, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de entregar respeto.

Tampoco recordó que había visto a una mujer saltar al vacío desde el edificio opuesto al suyo, días después de que nació su hija. No recordó haber gritado: “¡Dios tenga misericordia!” No recordó haber chocado a propósito el auto de su padre en un árbol, o que tres policías le habían pateado las costillas en una protesta contra la guerra, o despertarse de risa. No recordó cuándo había empezado a mirar la pila de libros en su escritorio con aburrimiento y espanto, o cuándo se enrabió con los autores por escribirlos. No se acordó de cuándo todo le comenzó a recordar otra cosa.

Esto es lo que sí recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el chirrido de los insectos, él mismo apoyado contra un árbol mientras los niños de su barrio se juntan para organizar un juego. Él mira mientras los otros discuten sobre quién es más genio, si Mantle o Mays. El tema los ha preocupado todo el verano y para Anders se ha vuelto tedioso: una opresión, como el calor.

Luego llegan los dos último chicos, Coyle y un primo de Mississippi. Anders no conoce al primo de Coyle y no lo verá nunca más. Le dice hola como el resto pero no le presta mucha atención hasta que han elegido a los equipos y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el chico. “Paracorto es el mejor puesto que haiga habido”. Anders se voltea y lo mira. Quiere que el primo de Coyle repita lo que acaba de decir, pero no se atreve a pedirle que lo haga. Los otros van a pensar que está poniendo pesado, molestando al cabro por la gramática. Pero no es eso, para nada – es que Anders se siente extrañamente estimulado, exultante, ante esas palabras finales, su cualidad inesperada y su música. Ocupa su puesto en el campo, en trance, repitiéndoselas a sí mismo. La bala ya está dentro del cerebro; no la van a mantener a raya para siempre, o a detenerla como por encanto. Al final hará su tarea y va a dejar atrás la aproblemada calavera, arrastrando tras de sí su cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del vestíbulo comercial. Eso no se puede evitar. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras se alarguen sobre el pasto, tiempo para que el perro encadenado le ladre a la pelota en vuelo, tiempo para que el muchacho en el jardín derecho golpee su guante negro de sudor y coree suavemente, Que haiga habido, que haiga habido, que haiga habido.

 

Una traducción de Nabokov (con perdón)

Para traducir una obra maestra hay que aproximarse con la misma cantidad de respeto que de entusiasmo (o de inocencia), sobre todo si se trata de un texto escrito por alguien como Nabokov, quien dedicó toda su vida a pensar con profundidad el tema de la traducción y cuya obra, más encima, puede ser considerada como un sostenido acto de traducción. Dicho con mayor precisión, Nabokov se enfrenta con el problema central de la traducción, es decir, el entrevero de la potencia del original (la fuerza de su lenguaje y el peso de su tradición expresiva) contra la potencia del producto final, el que será tasado por los lectores, inevitablemente, en virtud de un rango de familiaridad y -concepto odiado por el autor ruso- su “fluidez”. Esa fluidez, teme Nabokov, puede ser la seña de un gran equívoco, creado por una familiaridad falsa, conseguida a costa de matar la diferencia con el original. El problema parece ser más grave para la poesía que para la prosa, por lo que traducir un cuento aminora la inevitable transgresión, la violencia implícita de signos impuestos o superpuestos sobre otros.

El problema de traducir este cuento es doble: además de que Nabokov escribe no en su lengua nativa sino en su lengua literaria, escogida libremente -el inglés-, en esta historia en particular se encuentra la presencia de una traducción pre-existente en la voz narrativa, focalizada por su mayor parte por medio del lenguaje de una mujer europea, rusa, judía, migrante, refugiada, inmigrante, y cuyo dominio del inglés, si bien le alcanza para contestar el teléfono (logro no menor en un segundo idioma), no llega a ser fluido y lleva en su dicción la marca a veces perceptible de otros idiomas fantasmas (¿el ruso, el yiddish, el alemán?).

El original se publicó en 1948, en la revista The New Yorker. El título original fue materia de disputa entre Nabokov y Katherine A. White, quien impuso su misterioso criterio al cambiar el orden de los términos. En lugar de “Signs and Symbols”, la revista publicó el cuento como “Symbols and Signs”. He decidido mantener el primer título, por el eco con la rúbrica médica inglesa “Signs and Symptoms“, eco que despierta a su vez resonancias con ciertas claves interpretativas en el relato; y lo hago también para tomar partido por el autor, por supuesto, porque no todos los traductores traicionamos.

En una carta a la editora White, Nabokov explica que algunos de sus relatos, por ejemplo el que nos ocupa, se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semi-transparente”  (“wherein a second (main) story is woven into, or placed behind, the superficial semitransparent one.”)

Solamente a Nabokov se le puede hacer caso si considera que una historia puede ser secundaria y principal al mismo tiempo. Vale.


Señas y símbolos

Vladimir Nabokov

Traducción de Roberto Castillo Sandoval ©

Por cuarta vez en cuatro años se enfrentaban al problema de qué regalo de cumpleaños darle a un chico que estaba incurablemente trastornado. Deseos, no tenía ninguno. Los objetos hechos por el hombre eran para él colmenas llenas de mal que vibraban con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o bien comodidades groseras que no servían para nada en su mundo abstracto. Después de eliminar un número de artículos que lo podrían ofender o asustar (cualquier cosa relacionada con aparatos, por ejemplo, era tabú), sus padres eligieron una nadería delicada e inocente—un canastillo que contenía diez distintos confites de fruta en sendos frasquitos.

Cuando nació el niño, ellos llevaban casados un buen tiempo; desde entonces, había transcurrido una veintena de años y ahora estaban bastante viejos. El pelo opaco y gris de ella estaba sujetado con descuido. Se ponía vestidos negros, baratos. A diferencia de otras mujeres de su edad (como la Sra. Sol, la vecina del lado, cuya cara era toda rosa y malva de pintura y cuyo sombrero era un ramillete de flores de arroyuelo), ella presentaba un rostro de palidez desnuda bajo la implacable luz de la primavera. Su marido, que en el antiguo país había sido un hombre de negocios bastante exitoso, ahora, en Nueva York, dependía completamente de su hermano Isaac, que era americano de verdad desde hacía más de casi cuarenta años. Ellos casi nunca veían a Isaac y se referían a él con el apodo de “El Príncipe”.

Ese viernes, el cumpleaños del hijo, todo salió mal. El tren subterráneo se quedó sin su corriente vital entre dos estaciones y por un cuarto de hora ellos no podían oír nada más que el diligente latir de sus corazones y el crujir de los periódicos. El bus que tenían que tomar a continuación se atrasó y los obligó a esperar largo rato en una esquina, y cuando llegó por fin, estaba lleno de estudiantes revoltosos. Empezó a llover mientras subían caminando por la senda embarrada que llevaba al sanatorio. Allí esperaron de nuevo, y en lugar de su muchacho, arrastrando los pies, como hacía siempre (con su pobre cara triste, confusa, mal afeitada, y manchada de acné), apareció al fin una enfermera que los dos conocían y aborrecían y que animadamente les explicó que otra vez el hijo había intentado quitarse la vida. Ya estaba bien, dijo, pero una visita de sus padres podría perturbarlo. El lugar tenía tan poco personal, y las cosas se desubicaban o se extraviaban tan fácilmente, que decidieron no dejarle el regalo en la administración sino guardárselo para la próxima visita.

Afuera del edificio, ella esperó que su marido abriera el paraguas y entonces lo tomó del brazo. Él carraspeaba a cada rato, como siempre que estaba alterado. Se albergaron bajo el techo de la parada de buses al otro extremo de la calle y él cerró el paraguas. A pocos metros de distancia, bajo un árbol que se mecía y goteaba, un diminuto pájaro implume se retorcía en vano dentro de un charco.

Durante el largo trayecto hasta la estación del metro, ella y su marido no intercambiaron palabra, y cada vez que ella echaba un vistazo a las manos viejas de su marido, apretadas y temblorosas sobre el mango de su paraguas, y veía sus venas hinchadas y su piel manchada, sentía la creciente presión de las lágrimas. Mientras miraba a su alrededor, tratando de enganchar su mente en algo, le sobrevino una especie de suave conmoción, una mezcla de compasión y maravilla, al darse cuenta de que uno de los pasajeros—una muchacha de pelo oscuro y las uñas de los pies mugrientas, pintadas de rojo, lloraba con la cabeza apoyada en el hombro de una mujer mayor. ¿A quién se parecía esa mujer? Se parecía a Rebecca Borisovna, cuya hija se había casado con uno de los Soloveichiks—en Minsk, hacía años.

La última vez que el chico había tratado de matarse, su método había sido, en palabras del doctor, una obra maestra de ingenio; lo habría logrado si otro paciente no hubiese creído que estaba aprendiendo a volar y se lo impidió justo a tiempo. Lo que el chico quería en realidad era abrir un agujero en su mundo y escapar.

El sistema de sus delirios había sido tema de un elaborado trabajo en una revista científica que el doctor del sanatorio les había dado a leer. Pero mucho antes de eso, ella y su marido habían tratado de resolver el enigma por sí solos. “Manía referencial”, lo llamaba el artículo. En esto casos muy poco frecuentes, el paciente se imagina que todo lo que pasa a su alrededor es una referencia velada a su personalidad y a su existencia. Excluye a la gente real de esta conspiración, porque se considera mucho más inteligente que otras personas. La naturaleza fenomenal lo sigue dondequiera que vaya. Las nubes del cielo vigilante se transmiten unas a otras, por medio de lentos signos, información increíblemente detallada sobre él. Sus pensamientos más íntimos los discuten al caer la noche, en lengua de señas, los árboles tenebrosamente gesticuladores. Las piedras o las manchas o las motas de sol forman patrones que representan, de alguna manera espantosa, mensajes que él tiene que interceptar. Todo es una clave cifrada y él es el tema central de todo.Está rodeado de espías. Algunos son observadores lejanos, como las superficies de vidrio y las aguas en reposo; otros, como los abrigos en las vitrinas, son testigos prejuiciosos, linchadores de corazón; otros, de nuevo (agua que corre, tormentas) son histéricos hasta la locura, tienen una opinión distorsionada de él, y malinterpretan grotescamente sus acciones. Debe estar siempre en alerta y dedicar cada minuto y módulo de vida a descodificar la ondulación de las cosas. Hasta el aire que exhala se clasifica y se archiva. ¡Si sólo el interés que él provoca se limitara a su entorno inmediato, pero, por desgracia, no es así! Con la distancia, los torrentes de enloquecido escándalo aumentan en volumen y volubilidad. Las siluetas de sus corpúsculos sanguíneos, magnificadas un millón de veces, revolotean sobre vastas llanuras; y aún más lejos, grandes montañas de intolerable solidez y altura resumen, en términos de granito y crujientes pinos, la verdad última de su ser.

Cuando emergieron del estruendo y el aire maleado del tren subterráneo, los últimos residuos de luz diurna se mezclaban con los faroles de la calle. Ella quiso comprar pescado para la cena, así que le pasó el canasto de confites, diciéndole que se fuera a casa. Así, él regresó al conventillo, subió hasta el tercer descanso de las escaleras, y entonces recordó que le había pasado las llaves a ella.

En silencio se sentó en los escalones y en silencio se incorporó cuando, unos diez minutos más tarde, ella subió pesada y fatigosamente las escaleras, con una débil sonrisa y sacudiendo la cabeza en gesto de reconocer su propia tontera. Entraron al departamento de dos piezas y él de inmediato se plantó frente al espejo. Estirando las comisuras de los labios con sus dos pulgares, en una mueca horrible, como de máscara, se sacó su nueva, irremitiblemente incómoda placa dental y cortó los largos colmillos de saliva que lo conectaban a ella. Leyó su periódico en ruso mientras ella ponía la mesa. Todavía leyendo, comió la pálida ración para la que no necesitaba dientes. Ella conocía sus estados de ánimo y también estaba silenciosa.

Cuando él se fue a dormir, ella se quedó en la sala con su mazo de cartas sucias y sus viejos álbumes de fotografías. Al otro lado del estrecho patio, donde la lluvia tintineaba en la oscuridad contra unas latas, las ventanas estaban encendidas tenuemente, y en una de ellas un hombre de pantalones negros, con las manos detrás de la nuca y los codos levantados, se veía acostado de espaldas sobre una cama desordenada. Bajó el visillo y examinó las fotografías. De pequeño, se veía más sorprendido que la mayoría de los bebés. Una fotografía de una criada alemana que habían tenido en Leipzig con su novio de cara gorda cayó desde un pliegue del álbum. Volteó las páginas del libro: Minsk, la Revolución, Leipzig, Berlin, Leipzig, el frontis chueco de una casa, muy desenfocado. Este era el niño cuando tenía cuatro años, en un parque, tímidamente, con la frente arrugada, apartando la vista de una ardilla entusiasta, como hubiera hecho con cualquier otro desconocido. Esta era la tía Rosa, una señora de edad, quisquillosa, angular, de ojos desorbitados, que vivía en un mundo trémulo de malas noticias, bancarrotas, accidentes ferroviarios, y lunares cancerígenos hasta que los alemanes la mataron junto con toda la gente de la que ella se había preocupado. El niño, a los seis años—esto fue en la época en que dibujaba pájaros maravillosos de manos y pies humanos, y sufría de insomnio como un hombre adulto. Su primo, ahora un famoso jugador de ajedrez. El niño de nuevo, a los ocho años, ya difícil de entender, asustado por el papel mural del pasillo, asustado por cierta ilustración en un libro que sólo mostraba un paisaje idílico con rocas en una colina y una rueda vieja de carreta colgando de la rama de un árbol deshojado. Esta era a los diez años—el año que se fueron de Europa.

Peter Bruegel, el viejo.

Peter Bruegel, el viejo. “El triunfo de la muerte”

Ella recuerda la vergüenza, la lástima, las dificultades humillantes del viaje, y los niños feos, malvados, retrasados, con los que estuvo en la escuela especial donde lo pusieron después de llegar a América. Y luego vino una época en la vida del niño, que coincidió con la larga convalescencia de una pulmonía, en que esas pequeñas fobias suyas, que sus padres habían porfiadamente considerado como las excentricidades de un niño prodigiosamente dotado, se endurecieron, por decirlo así, en un denso enredo de delirios que interactuaban lógicamente, haciéndolos completamente inaccesibles a una mente normal.

Ella ya se había resignado a todo esto, y mucho más, porque, después de todo, vivir significa aceptar la pérdida de una alegría tras otra, ni siquiera alegrías, en su caso, sino meras posibilidades de mejoría. Pensó en las recurrentes oleadas de dolor que por alguna razón u otra ella y su marido habían tenido que soportar; en los gigantes invisibles que le hacían daño a su hijo de alguna manera inimaginable; en la cantidad incalculable de ternura contenida en el mundo; en el destino de esa ternura, ya sea aplastada o malgastada, o transformada en locura; en niños sin cuidar tararéandose a sí mismos en rincones sucios; en bellas malezas que no se pueden esconder del labrador.

Era casi la medianoche cuando, desde la sala, oyó gemir a su marido, y en seguida él entró trastabillando, vistiendo sobre su camisa de dormir el viejo abrigo de cuello de astrakán que tanto prefería por sobre su bonita bata azul.

—¡No puedo dormir!—gritó.

—¿Por qué no puedes dormir?—preguntó ella—Estabas tan cansado.

—No puedo dormir porque me estoy muriendo—dijo él, y se tendió en el sofá.

—¿Es el estómago? ¿Quieres que llame al doctor Solov?

—Doctores no, doctores no—gimió —¡al diablo con los doctores! Tenemos que sacarlo de ahí rápido. De otra manera, nosotros somos responsables… ¡Responsables!

Se precipitó a sentarse, con los dos pies en el suelo, y se golpeaba la frente con su puño apretado.

—Bien—dijo ella suavemente—Mañana en la mañana lo traemos a casa.

—Quisiera un poco de té—dijo su marido, y salió al baño.

Agachándose con dificultad, ella recogió algunos naipes y una fotografía o dos que habían caído al suelo—el jack de corazones, el nueve de picas, el as de picas, la criada Elsa y su novio bestial. Él regresó de buen ánimo, exclamando, “ya lo tengo todo planeado. Le vamos a dar el dormitorio. Nosotros nos vamos a turnar para pasar parte de la noche cerca de él y la otra parte en este sofá. Haremos que lo vea el doctor por lo menos dos veces por semana. No importa lo que diga “El Príncipe”. No va a decir nada, de todos modos, porque va a salir más barato”.

Sonó el teléfono. Era una hora muy poco usual para que sonara. Él se quedó de pie en medio de la sala, buscando con el pie la pantufla que se le había salido, e infantilmente, desdentadamente, se quedó mirando a su mujer. Como sabía más inglés que él, era quien atendía las llamadas telefónicas.

—¿Puedo hablar con Charlie?—le dijo la vocecita opaca de una niña.

—¿Qué número quiere? … No, tiene el número equivocado.

Colgó el auricular suavemente y la mano se le fue al corazón.

—Me asustó—dijo.

Él le respondió con una sonrisa rápida y de inmediato reinició su entusiasta monólogo. Lo irían a buscar apenas despuntara el día. Por su propio bien, guardarían todos los cuchillos en un cajón con llave. Aun en sus peores momentos, nunca fue un peligro para los demás.

El teléfono sonó de nuevo.

La misma vocecita monótona, ansiosa, preguntó otra vez por Charlie.

—Tiene el número equivocado. Le voy a decir lo que está haciendo. Está discando la letra “o” en vez del cero—y le colgó de nuevo.

Se sentaron a tomar su inesperado, festivo té de medianoche. Él sorbía ruidosamente; tenía la cara colorada; de vez en cuando levantaba su vaso en un movimiento circular, como para que el azúcar se terminara de disolver. La vena del costado de su cabeza calva se destacaba notoriamente, y se veían pelos plateados en su barbilla. El regalo de cumpleaños estaba en la mesa. Mientras ella le llenaba otro vaso de té, él se puso los anteojos y reexaminó con placer los frasquitos luminosos, amarillos, verdes y rojos. Sus labios torpes y húmedos deletreaban las elocuentes etiquetas—damasco, uva, ciruela costina, membrillo. Había llegado a manzana silvestre cuando el teléfono sonó una vez más.


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