Un cuento de Lorrie Moore en referencia a uno de Nabokov

Lorrie Moore
 

Foto de Linda Nylind

 

Tengo el privilegio de escoger lo que traduzco y tal vez por eso nunca encuentro demasiadas sorpresas al momento de trabajar un texto. Sé adónde va, sé adónde voy a meterme antes de empezar y aunque siempre hay imprevistos, obstáculos y pasadizos inesperados, creo tener siempre una noción de adónde va el texto mismo: un lugar de aterrizaje o un punto de salida.

Esta vez elegí a ciegas, sin lectura previa, movido por la curiosidad. Me enteré no me acuerdo dónde de que Lorrie Moore escribió este cuento como una especie de homenaje a Nabokov. Mejor dicho, versioneó un cuento de Nabokov, “Signs and Symbols” (1948) que hace un tiempo traduje aquí como “Símbolos y señas“. Así que, como nunca antes había hecho, empecé a leer y traducir al mismo tiempo, una operación de lectura muy lenta pero muy sistemática que me recordó esas máquinas que limpian y renuevan la superficie de una pista de hielo. Zamboni es el nombre de este acto de traducción literaria simultánea.

La prosa de Moore no es fácil de trasladar a los registros del castellano, porque se ubica a veces al filo de la sintaxis, cambiando de ritmo y de profundidad a cada rato, con giros que no solamente son impredecibles sino que son además estremecedores y repentinos. Es una prosa que no le tiene miedo a nada y que de repente te sitúa como lector en terrenos cargados de emoción y significado. Me pasó lo que nunca antes: tuve que dejar de traducir en cierto momento ––no voy a decir cuál–– porque me embargó una pena muy profunda, parecida a la que me inundó cuando traduje el final de Bartleby o cuando leía las últimas páginas de Stoner o cierto pasaje de “El Ojo Silva”.

Al día siguiente, hoy, retomé y aquí ofrezco un relato inolvidable que además está lleno de referencias literarias. Lo que tal vez empezó siendo un ejercicio, acabó manifestándose como the real thing, con lo que quiero decir la cosa aquella que adquiere su propia realidad dejando atrás, sin nunca perderlo de vista, esa referencia original.


Referencial

Por tercera vez en tres años, trataron de decidir cuál sería un regalo de cumpleaños apropiado para el hijo demente de ella. Había tan pocas cosas que permitían llevarle, de hecho: casi todo podía transformarse en arma, así que casi todas las cosas había que dejarlas en la recepción y luego, si las mandaban pedir, las ingresaba un auxiliar grandote rubio que revisaba cada objeto de antemano para analizar su potencial dañino. Pete había llevado un canasta de mermeladas de fruta, pero venían en frascos de vidrio y, por lo tanto, no se permitían. «Me olvidé de ese detalle», dijo él. Los frascos estaban ordenados por color, desde la mermelada más luminosa hasta la mora de los pantanos, hasta el higo, como si contuvieran muestras de orina de una persona cada vez más enferma. Menos mal que las van a confiscar, pensó ella. Ya encontrarían otra cosa que traerle.

Cuando cumplió doce años y empezó con sus murmullos confusos y callados —había dejado de lavarse los dientes—, Pete llevaba seis años con ellos, y ahora habían pasado cuatro más. El amor que le tenían los dos a Pete era largo y sinuoso, con curvas escondidas pero sin paradas de verdad. Su hijo lo consideraba una especie de padrastro. Ella y Pete habían envejecido juntos, aunque ella mostraba más la edad, con esos vestidos camiseros negros que se ponía para verse más delgada y ese pelo ahora canoso sin teñir, con mechas que le colgaban como musgo español. Poco después de que desvistieran a su hijo y le pusieran esa bata de hospital y lo internaran, ella también se había despojado de sus collares, sus aros, sus bufandas —todos sus aparatos prostéticos, le dijo a Pete, tratando de ser graciosa— y los había guardado en un estuche de acordeón debajo de su cama. No le permitían ponérselos en las visitas, así que no se los iba a poner para nada, una especie de solidaridad con su hijo, una nueva viudez encima de la viudez que ya poseía. Al contrario de otras mujeres (que tendían a afanarse demasiado, con lencería chillona y joyas llamativas), ahora sentía que ese tipo de esfuerzo era ridículo, y andaba por el mundo como una mujer amish, o quizás, todavía peor, cuando la luz inmisericorde de la primavera le daba en la cara, como un hombre amish. Si iba a envejecer, ¡que fuera como ciudadana cabal del país de origen! «A mí siempre me pareces hermosa», eso Pete ya no lo decía.

Pete había quedado sin trabajo en el último bajón de la economía. En cierto momento estuvo a punto de irse a vivir con ella, pero los crecientes problemas del hijo lo habían hecho retroceder. Dijo que la quería, pero que no podía hallar el espacio que necesitaba para sí mismo en la vida de ella o en su casa. (No culpó al hijo— ¿o sí?). Le echaba el ojo, con una codicia algo notoria y haciendo comentarios ácidos, a la pieza del frente, donde vivía el hijo cuando estaba en casa, con sus grandes frazadas y cartones vacíos de helados, una Xbox y sus DVDs.

Ella ya no sabía decir adónde se iba Pete, ausencias que podían durar semanas. Creía que no preguntar era un acto de sobriedad y de apego, trataba de que no le importara. Una vez sentía tanta hambre de contacto que fue a la peluquería La Trenza Estresada, a la vuelta de la esquina, solo para que le lavaran el pelo. Las pocas veces que voló a Buffalo a visitar a su hermano y su familia, al pasar por la seguridad del aeropuerto había optado por que le revisaran el cuerpo a mano y con la vara electrónica en vez del escáner.

«¿Dónde está Pete?» gritaba el hijo cuando ella lo iba a visitar sola, su cara escarlata de acné, hinchada y ensanchada por los remedios que habían cambiado y vuelto a cambiar, y le dijo que Pete tenía algo que hacer, pero que pronto, tal vez la semana siguiente, iba a venir. La asolaba un vértigo maternal, la habitación giraba, y las cicatrices delgadas en los brazos de su hijo a veces parecían deletrear el nombre de Pete, la pérdida de los dos padres tallada primitivamente en un álgebra hecha piel. En las vueltas de carrusel de la habitación, esas líneas blancas cicatrizadas parecían un burdo graffiti de campamento, como cuando los jóvenes tallaban con rigidez las palabras «PEACE» y «FUCK» en mesas de picnic y árboles, la «C» tres cuartos de un cuadrado. La mutilación era un lenguaje. Y viceversa. Cortándose, su chico se ganaba el cariño de las chicas, muchas de las cuales también se cortaban y, como no se veían muchos chicos que lo hicieran, en las sesiones de grupo se hizo muy querido, lo que a él no le interesaba y tal vez ni siquiera se daba cuenta. Cuando nadie vigilaba, a veces se cortaba la palma de los pies—con papel filoso de la hora de manualidades. En grupo, hacía como que leía el futuro de las chicas en la palma de sus pies, anunciando la llegada de desconocidos y la progresión hacia el romance —dedomance, decía, jugando con las palabras—, y a veces viendo su propio destino en los cortes que ellas se hacían.

Ahora ella y Pete iban a ver al hijo de ella, sin los frascos de dulce pero con un libro blando, de bordes maltrechos, sobre Daniel Boone, sacado del librero de ella, lo que estaba permitido, a pesar de que el hijo iba a creer que el libro contenía mensajes para él, iba a creer que, a pesar de que se trataba de alguien de otra época lejana, era también la historia de su propio dolor y de su heroísmo para enfrentar todo tipo de espesuras salvajes, derrotas y secuestros, que su vida se podría extender hacia el libro, que era simplemente una noble armazón para revelar relatos que trataban de él. Había pistas en las palabras de las páginas cuyos números sumaban su edad: 97, 88, 466. Había otras referencias veladas a su propia existencia. Siempre iba a haber.

Se sentaron juntos en la mesa de las visitas, y su hijo dejó de lado el libro y trató de sonreírles a los dos. Había una dulzura muda en sus ojos, la dulzura con la que había nacido, si bien era capaz de disparar furia como un perdigonazo hacia ellos. Alguien le había cortado el pelo castaño claro— o por lo menos lo había intentado. Tal vez la persona encargada no había querido que las tijeras estuvieran cerca de él por mucho rato y había dado unos tijeretazos rápidos, se había apartado de un salto, se había acercado otra vez para agarrar y cortar, después saltado hacia atrás. Eso parecía. Su hijo tenía un pelo ondeado que había que cortar con cuidado. Ahora no caía en cascadas sino que estaba cerca del cuero cabelludo, sobresaliendo en ángulos que seguramente no le importaban a nadie más que a una madre.

—¿Dónde has estado?— su hijo le preguntó a Pete.

—Buena pregunta— dijo Pete, como si alabar la cosa fuera a hacerla desaparecer. ¿Cómo podía alguien estar sano mentalmente en un mundo así?

—¿Nos echas de menos?— preguntó el chico.

Pete no contestó.

—¿Piensas en mí cuando miras los capilares negros de los árboles por la noche?

—Supongo que sí—. Pete se lo quedó mirando de vuelta, para no moverse en su asiento. —Siempre estoy esperando que estés bien y que te traten bien aquí.

—¿Piensas en mi mamá cuando miras las nubes y todo lo que contienen?

Pete se quedó callado otra vez.

—Suficiente— ella le dijo al chico, que se volvió a ella con la expresión cambiada.

—Se supone que van a traer torta esta tarde porque alguien está de cumpleaños— dijo.

—Qué bueno va a estar eso— dijo ella, sonriendo de vuelta.

—Sin velas, por supuesto. Ni tenedores. Vamos a tener que tomar el betún y aplastarlo encima de los ojos para quedar ciegos. ¿Alguna vez piensas en cómo, en ese momento de las velas, el tiempo se detiene, a pesar de que los momentos se llevan el humo? Es como el fuego del amor ardiente. ¿Alguna vez te preguntas por qué tanta gente tiene cosas que no merece, a pesar de lo absurdas que son esas cosas, para empezar? ¿Realmente crees que un deseo puede cumplirse si nunca nunca nunca nunca nunca, pero nunca se lo cuentas a nadie?

En el trayecto de regreso a casa, ella y Pete no intercambiaron una sola palabra, y cada vez que ella le miraba las manos envejecidas, aferradas artríticamente al volante, esos pulgares tan conocidos apuntando hacia abajo de manera un poco simiesca, ella comprendió de nuevo el lugar de desesperación en que los dos estaban, aunque sus desesperaciones estaban aparte, sin compartirse, y entonces sus ojos sintieron la presión punzante de las lágrimas.

La última vez que su hijo lo había intentando, su método había sido, en palabras del médico, mórbidamente ingenioso. Tal vez lo hubiera logrado, pero otra paciente, una chica del grupo, lo había detenido a último minuto. Hubo que trapear sangre. Por un tiempo, su hijo quería solo un dolor que lo distrajera, pero eventualmente había querido rasgar un agujero en sí mismo y escaparse por ahí. La vida, para él, estaba poblada de espías y de espionajes inquietantes. Pero los espías a veces también huían, y alguien tendría que salir a perseguirlos por los ondulantes campos de los sueños, hasta las montañas tempranas de significados que despuntaban, y así, paradójicamente, poder escapar completamente de ellos.

Acechaba una tormenta, y un rayo hizo su zigzag súbito y resuelto entre las nubes. Ella no necesitaba una demostración tan severa de que los horizontes podían hacerse pedazos, llenos de mensajes y códigos descifrados, pero ahí estaba. Una nevazón de primavera empezó a caer cuando el rayo todavía estallaba, y Pete echó a andar los limpiaparabrisas para que pudieran escrutar a través de los semicírculos despejados el camino que se oscurecía frente a ellos. Ella sabía que el mundo no había sido creado para hablarle solo a ella; sin embargo, igual que a su hijo, a veces las cosas sí le hablaban. Los árboles frutales habían florecido antes de tiempo, por ejemplo —los huertos por los que iban pasando se veían rosados— pero los calores prematuros llegaron antes que las abejas, y habría poca fruta. La mayoría de las flores que colgaban se iba a caer en esa misma tormenta.

Cuando llegaron a la casa y entraron, Pete se miró al pasar en el espejo del pasillo. Quizás necesitaba asegurarse de que estaba vivo y de que no era el fantasma que parecía ser.

—¿Quieres tomar algo?— preguntó ella, con la esperanza de que se quedara.—Me queda un poco de buen vodka. ¡Te podría hacer un buen White Russian!

—Vodka sola—dijo él, reticente — sin nada.

Ella abrió el congelador para sacar el vodka, y cuando lo cerró se quedó ahí parada un momento, mirando las fotografías de imán pegadas a la puerta del refrigerador. De bebé, su hijo parecía más feliz que la mayoría de los otros bebés. A los seis años, todavía sonreía y hacía el payaso, sus brazos y piernas disparándose como estrellas en explosión, sus dientes perfectamente separados refulgiendo, su pelo en rulos de miel. A los diez, tenía una expresión pensativa y temerosa, aunque había luz en su mirada, y sus lindos primos estaban junto a él. Ahí estaba, un adolescente algo gordito, su brazo alrededor de los hombros de Pete. Y ahí, en el rincón, era un infante otra vez, en brazos de su padre, circumspecto, apuesto, de quien él no se acordaba porque había muerto hacía tanto tiempo. Todo esto había que aceptarlo. Vivir no significaba apilar una alegría encima de otra. Era apenas la esperanza de que hubiera menos dolor, esperanza jugada como se juega un naipe encima de otra esperanza, un deseo de que salieran actos de bondad y actos de misericordia como reyes y reinas en un giro inesperado del juego. Uno podía tener la cartas o no: igual iban a parar a la mesa de la misma forma. La ternura no tenía que ver con esto, excepto de un modo dañado.

—¿No quieres hielo?

—No —dijo Pete.— No, gracias.

Ella puso dos vasos de vodka en la mesa de la cocina. Se hundió en la silla, frente a él.

—Tal vez te ayude a dormir—dijo ella.

—No sé si hay algo que pueda ayudarme en eso—dijo, tomando un sorbo. El insomnio lo asolaba como una plaga.

—Me lo voy a traer de vuelta esta semana— dijo ella.—Necesita que le devuelvan su hogar, su casa, su pieza. No es un peligro para nadie.

Pete tomó más, sorbiendo con ruido. Ella se daba cuenta de que él no quería saber nada de esto, pero sintió que no le quedaba más que seguir adelante. —Tal vez tú podrías ayudar. Él te admira.

—¿Ayudar cómo?—preguntó Pete con un destello de rabia. Ahí quedó el tintineo de su vaso contra la mesa.

—Podíamos turnarnos para pasar parte de la noche cerca de él— dijo ella cautelosamente.

Sonó el teléfono. El teléfono de pared marca Radio Shack casi no traía más que malas noticias, por lo que el ruido de la campanilla, especialmente en la noche, siempre la sobresaltaba. Reprimió un temblor, pero sus hombros igual se encorvaron, como si anticipara un golpe. Se puso de pie.

—¿Aló?— dijo, contestando al tercer toque, con el corazón retumbando, pero la persona al otro lado colgó. Ella se sentó otra vez.—Supongo que habrá sido un número equivocado— dijo, añadiendo: —A lo mejor tú quieres más vodka.

—Solo un poco. Después me tengo que ir.

Ella le sirvió un poco más. Le había dicho lo que le tenía que decir y no tenía ganas de persuadirlo. Lo iba a esperar; que diera un paso adelante él con las palabras adecuadas. Al contrario de sus amigas más malévolas, que insistían con sus advertencias, ella creía que había en Pete un profundo lado bueno, y ella siempre lo esperaba con paciencia. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

El teléfono sonó de nuevo.

—Probablemente te quieren vender algo—dijo él.

—Los odio— dijo ella. —¿Aló?— dijo con más fuerza en el auricular.

Esta vez, cuando la persona colgó, ella le echó una mirada al panel iluminado del teléfono, donde tendría que quedar revelado el número de la persona que llamaba.

Se sentó otra vez y se sirvió más vodka.—Alguien está llamando desde tu departamento— dijo ella.

Él terminó de un trago el resto de su vaso.—Me tengo que ir— dijo, y se levantó. Ella lo siguió. En la puerta, lo observó agarrar el pomo de la cerradura y hacerlo girar con firmeza. La abrió de par en par, bloqueando el espejo.

—Buenas noches— dijo él. Su expresión ya se había adelantado hacia un lugar lejano.

Ella lo rodeó con sus brazos para besarlo, pero él apartó la cara abruptamente, de modo que la boca de ella terminó tocando su oreja. Ella se acordó de que él había hecho esta maniobra evasiva hacía diez años, cuando recién se habían conocido, y él se encontraba en transición entre un romance y otro.

—Gracias por acompañarme— dijo ella.

—De nada— contestó él, y luego bajó apresuradamente los escalones hacia su auto, que estaba estacionado frente a la casa. Ella no hizo el intento de acompañarlo. Cerró la puerta principal y le puso llave mientras el teléfono empezaba de nuevo a sonar.

Se dirigió a la cocina. La verdad es que sin sus anteojos no había podido leer el número que llamaba, y que había inventado eso de que era el número de Pete, pero él había transformado el invento en verdad de todos modos, así es la magia negra de las mentiras y de las suposiciones acertadas, el bluff habilidoso. Ahora se afirmó. Plantó los pies en el suelo.

—¿Aló?— dijo, al quinto toque. El panel plástico donde debería aparecer el número estaba empañado como con una tela, un papel de carta aérea encima de la cebolla; o más bien la figura de una cebolla. Una imagen encima de otra.

—Buenas noches— dijo, fuerte. ¿Qué iría a salir del estallido? Una garra de mono. Una dama. Un tigre.

Pero no hubo nada de nada.

 

 

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Pintura de Sara Hill

El sueño del traductor imposible

Nabokov es implacable aun cuando se hace el bueno. Sabe que hay traductores que se saltan las partes difíciles, pero los comprende y los excusa, siempre y cuando de verdad no entiendan qué diablos quiere decir el original.

Con este armiño no se nota que estoy beremenna
Con este armiño no se nota que estoy beremenna

El que no merece perdón es el tipo arrogante, el traductor pagado de sí mismo que se cree adalid de idiotas e inocentes. En vez de entregarse, confiado, a la maestría de un gran escritor, anda preocupándose de pequeñeces, de proteger a ese lector mal pensado que se esconde en un rincón como si tuviese entre las manos algo peligroso o sucio. Para dar un ejemplo de este traductor-protector tan vil, sin embargo, Nabokov no busca un caso obviamente deleznable. Se refiere al “encantador” pudor victoriano que se encuentra en una de las primeras traducciones al inglés de Anna Karenina. El conde Vronsky, en cierto momento, le pregunta a Anna qué le pasa. “Estoy beremenna”, explica ella. El traductor decidió que era buena idea dejar en ruso no más la choqueante revelación de que Anna estaba embarazada. A buen entendedor, palabras rusas.

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¿Estoy beremenna? WTF?

(Hay casos que no son tan encantadores ni inocentes. Quien haya cotejado la obra original de Virginia Woolf con las traducciones al castellano hechas por Borges se preguntará por medio de qué mecanismo el feminismo de Woolf se troca en un texto rayano en la misoginia, que termina disolviendo todo el impulso liberador del original. El caso de Borges traductor de Woolf ilustra que a veces es difícil distinguir entre el puritano que se sonroja y el prejuicioso normativo al que me refiero a continuación)

Así y todo, este enmascaramiento o atenuación, que tan bien manejamos como registro característico los chilenos, son faltas veniales en comparación, dice Nabokov, con los pecados del tercer tipo. Porque –dice—aquí se presenta el peor de todos, dándose aires y mostrando sus colleras enjoyadas. Se trata del astuto traductor que ni se arruga para redecorar el dormitorio de Scheherazade a su propio gusto y que con elegancia profesional mejora el look de los personajes. Nabokov cuenta que en las versiones rusas de Shakespeare era costumbre sustituir con flores más refinadas las malezas que encontraba la Ofelia de Hamlet. El original habla de  “extrañas guirnaldas hechas de copitas de oro, ortigas, margaritas y coralinas”, todas plantas silvestres y sencillas. Los traductores rusos, en cambio, salían con “hermosas guirnaldas hechas de violetas, claveles, rosas y lirios”. Las florecillas del original son poco más que malezas –There with fantastic garlands did she come/ Of crowflowers, nettles, daisies and long purples— pero en la versión rusa son un ramo de floristería siútica, lo que de paso, y esto es lo que más enoja a Nabokov, distorsiona hasta hacer incomprensible el carácter de Ofelia.

J. E. Millais le agregó la amapola en su traducción pictórica.
J. E. Millais le agregó la amapola en su traducción pictórica.

Nabokov reconoce que al “solemne lector ruso” no le habrán importado estos detalles porque, en primer lugar, no conocía el texto original. En segundo lugar, al solemne lector ruso la botánica no le importaba un rábano (en inglés Nabokov dice “un higo”, ya que estamos en lo botánicamente correcto). Y finalmente, lo único que le interesaba a este solemne lector ruso era aquello que los críticos alemanes y los revolucionarios nacionales identificaban en su obra como “problemas transcendentales”.

Por eso nadie daba un comino por los nombres de las flores y menos todavía importaba lo que les pasó a los perrillos falderos de Goneril cuando el juguetón verso “Tray, Blanche and Sweetheart, see, they bark at me” (Charolita, Copito y Amoroso, mira cómo me ladran) cambió en ruso a “una jauría de sabuesos me muerde los talones”.

Nabokov nos recuerda que toda venganza es dulce. El mejor cuento ruso de todos los tiempos –dice él, no yo, yo me limito a traducir y comentar por aquí y por allá—es “El abrigo” de Gogol. A veces se traduce como “El sobretodo” o “El capote”; esta última opción parece ser la más acertada para el tono y la atmósfera que Gogol le imprime a la historia. Según Nabokov, el rasgo esencial del cuento –ese elemento irracional que constituye el sustrato trágico de una anécdota trivial–se conecta orgánicamente con el estilo en que está escrito. Hay repeticiones raras del mismo adverbio absurdo y estas reiteraciones se convierten en una especie de conjuro avizor. Hay descripciones que parecen inocentes hasta que se descubre que en ellas acecha el caos y que Gogol es capaz de instalar en cualquier oración inofensiva alguna palabra o una comparación que hace estallar el párrafo en un despliegue extravagante de fuegos artificiales y pesadillescos. También encontramos en ese cuento una torpeza a tientas que no es más –afirma Nabokov—que una destilación consciente de los toscos movimientos de nuestros sueños.

Nada de esto se manifiesta en la traducción al inglés, que Nabokov encuentra remilgada, desenvuelta y llana. Nabokov da nombres: “Vea –y no lo haga nunca más—la traducción de Claude Field”, advierte. Exagera, como buen ruso, frente a una agresión literaria y dice que la traducción de Field lo deja con la impresión de que está presenciando un asesinato sin poder hacer nada para evitarlo. Al parecer, Field comete un error de proporciones cuando omite nada menos que una lámpara en la descripción de una sala.

Quoth Lolita, "Nevermore!"
Quoth Lolita, “Nevermore!”

Meterle mano a una obra de arte, sea mayor o menor, advierte Nabokov, a veces involucra a terceros inocentes en la farsa. En el caso que sigue, se refiere a sí mismo como “inocente”, queriendo decir “involuntario” o “inconsciente”. Cuenta que un famoso compositor, coterráneo suyo, le pidió traducir al inglés un poema en ruso al que le había puesto música. La traducción inglesa, aclaró, tenía que seguir muy de cerca los sonidos del texto en ruso, que era, a su vez una traducción del poema de Edgar A. Poe “Campanas”. El traductor era K. Balmont y al parecer Nabokov no lo tenía muy bien considerado ni como traductor ni como poeta:

“Lo que parecen las numerosas traducciones de Balmont se entenderá si digo que su propia obra invariablemente revela una incapacidad casi patológica de escribir un solo verso melodioso. Teniendo a su disposición una cantidad suficiente de rimas trilladas y agarrando al paso cualquier metáfora que se cruzara en su camino, convirtió lo que a Poe le costó tanto esfuerzo componer en algo que cualquier rimador ruso podría haberse sacado de la manga en un dos por tres”.

A pesar de todo esto, Nabokov acepta re-traducir al inglés el texto del poetastro Balmont, sin explicar por qué. Tal vez para quejarse, porque eso es lo que hace, elabora explicaciones sin llegar jamás a pedir excusas:

Al revertir el texto al inglés lo único que me preocupaba era encontrar palabras que sonaran como las palabras de la versión rusa. Ahora, si alguien algún día se encuentra con mi versión inglesa de la versión rusa, tal vez tontamente quiera retraducirlo al ruso, y así ese poema des-Poe-tizado seguirá siendo balmontizado hasta que, quizás, las “Campanas” se conviertan en “Silencio”.

Aparte de estafadores netos, medio-imbéciles y poetas impotentes, Nabokov dice que existen, hablando en grueso, tres tipos de traductores: el académico que anhela que el mundo aprecie la obra de algún genio tanto como la aprecia él; el chapucero bien intencionado; y el escritor profesional que se relaja en compañía de un confrère extranjero.

El académico será –es de esperar, dice Nabokov—riguroso y pedante. Sus notas estarán al pie de página, no escondidas al final del tomo, y tienen que ser copiosas y detalladas.

Enseguida, don Vladimir muestra la pluma y describe el segundo tipo en términos de una “señora esforzada” que traduce a última hora el onceavo volumen de las obras completas de algún escritor—esta señora esforzada es, según él, menos precisa pero al mismo tiempo menos pedante.

Lo importante no es que el académico cometa menos errores que la señora esforzada, sino que por regla ninguno de los dos tiene una sola pizca de lo que Nabokov llama “genio creativo”. Ni la erudición ni la diligencia son capaces de reemplazar la imaginación y el estilo. Koneshno, es decir, por supuesto.

Uno supone, al ir leyendo, que el tercer tipo de traductor se va a salvar de la guadaña de Nabokov, pero la ilusión se acaba muy pronto.

"Are you talking to me? That is the question.
“Are you talking to me? That is the question. No me vengan con carnaciones

“Ahora viene el poeta auténtico que tiene estas cualidades y que se relaja traduciendo un poquito de Lermontov o de Verlaine entre poema y poema propio”.

Reluce el arma blanca de Nabokov cuando dice que este genio creativo, sin embargo, o bien no conoce el idioma original y se apoya en una traducción literal hecha por alguien menos brillante pero más culto, o bien conoce el idioma, pero sin tener la precisión del académico ni la experiencia del traductor profesional. Ahora bien, el problema principal es que a mayor el talento, mayor será la tentación de ahogar la obra maestra traducida bajo el oleaje chispeante de su estilo personal. En vez de disfrazarse del autor “real”, lo que hace este genio es disfrazar al autor “real” con sus propia ropa.

En resumen, nadie se salva, pero Vladimir Nabokov –tal vez esto se podría extender a todos los rusos—nunca se rinde en asuntos literarios. Se puede deducir de toda esta queja cuáles serían los requisitos esenciales que un traductor tiene que cumplir para poder hacer bien su pega, la que define como “entregar una versión ideal de la obra maestra extranjera”.

Primero, tiene que tener tanto talento como el del autor traducido; por lo menos, tiene que tener el mismo tipo de talento; Baudelaire y Poe hacen buena pareja. En segundo término, el traductor tiene que conocer a la perfección las dos naciones y los dos idiomas, además de estar completamente familiarizado con todos los detalles relaciones con los métodos y hábitos del autor “real”, junto con el contexto social de las palabras, sus modas, y las asociaciones históricas y de época. Por último, teniendo ya el genio creativo y el conocimiento cabal antes descrito, el traductor ideal tiene que poseer el don de la imitación y ser capaz de interpretar el rol del autor real, impostando sus trucos de comportamiento y de habla, sus modales y su mente, con el grado máximo de verosimilitud.

¿Y no se le ofrece otra cosita, don Vladimir?

 

La soledad del traductor

Existe un tipo de error de traducción que –según Nabokov—es análogo a una especie de daltonismo lingüístico, en el que el traductor se pregunta, por ejemplo “¿Qué prefiere comer un esquimal, helado o sebo?” y concluye, después de discurrir un rato: “helado” con la certeza cándida de quien no se da cuenta de la vastedad de su error. Sin embargo, este tipo de traspié puede alterar de manera inesperada o hasta brillante el vocablo más simple o la más mansa de las metáforas. Cuenta Nabokov que una vez conoció a un poeta muy concienzudo que, al lidiar con este verso del soliloquio de Hamlet: is sicklied o’er with the pale cast of thought, optó por evocar en la versión rusa la palidez de la luna. Se basaba en la presunción –confusión—entre sickle (guadaña) y sickly (enfermizo), de la cual dedujo que esa guadaña de palidez no podía ser sino el mortal reflejo de la luna nueva. Y por qué no, diría Shakespeare–según Nabokov. Si es que el traductor se da cuenta de que ha confundido los colores del semáforo, ya es demasiado tarde; sólo queda por verse si el accidente es ridículo y banal o sorprendentemente digno y revelador.

Como traductor, Nabokov podía ser muy camorrero con otros que ejercieran el oficio. Si se picaba con alguien, no daba ni pedía cuartel y siempre se las arreglaba para tener la última palabra, sobre todo cuando se trataba de defender la integridad –en esos términos—de la literatura rusa, la misma que él había abandonado al optar por traducirse a sí mismo y escribir en inglés. Antes de dar a conocer su traducción al inglés de la novela en verso de Pushkin Evgeni Onegin, el autor de Lolita se dedicó a ridiculizar con saña la quijotesca versión rimada de Walter Arndt. El ataque de Nabokov fue tan cruel como audaz, porque si a Arndt se lo podía acusar de llenar a Pushkin de germanismos, Nabokov, a pesar de su manejo magistral del inglés, caía con bastante frecuencia -y con displicencia- en lo que su ex amigo Edmund Wilson llamó, sin anestesia, Russianisms.

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En un momento en que se sentía menos cáustico, Nabokov dice que el sentido del humor típico de los alemanes explicaba que otro profesor berlinés tradujera la frase “una curva en la costa” de Pushkin como “el Mar de las Cebollas”. En rigor, la palabra luk quiere decir tanto “arco” como “cebolla”, por lo que la queja de Nabokov parece exagerada o adroit.  Pero está consciente de que el profesor alemán, como cualquier traductor, hubiese agradecido que sus errores se atribuyeran al sentido del humor propio de su nación y no a la incompetencia personal.

Al darle esa salida digna, Nabokov demuestra saber que la condición esencial del traductor es la soledad y que está condenado a enfrentar en esa soledad inescapable una tarea casi imposible, empeorada con la angustia de no saber con certeza cuál es su rol ni dónde están sus verdaderas lealtades. El traductor, parece decir Nabokov, no es un traidor, sino un arquero solitario, obligado en cada frase a decidir si se va a tirar con todo para un lado o para el otro, o si se queda quieto esperando que el delantero le dispare directo al pecho o a las manos.

Nabokov y los traductores

Nabokov escribe sobre la traducción en inglés y yo lo traduzco ahora, pero no en mi cabeza, donde el acto de traducción entre el inglés y mi castellano ya no existe (o bien se esconde con astucia camaleónica) sino en este teclado. Lo aclaro porque me parece que persiste la creencia de que el bilingüismo consiste en un tránsito agotador entre dos mundos diferentes, cuando la verdad es que es todo lo contrario. ImageEl bilingüismo es un reposar, un abandonarse dentro de un universo que podrá ser ajeno pero que ya dejó de ser desconocido. Sólo se vuelve arduo cuando surge la necesidad de traducir, que es precisamente la necesidad que el bilingüismo borra, o ahorra. El bilingüe prescinde de la traducción, no la necesita. Por ahí anda dando vueltas una tensión paradójica: para traducir bien hay que ser bilingüe, pero al momento mismo de traducir hay que saber marcar de nuevo las diferencias.

Creo entender desde este ángulo que lo que Nabokov llama transmigración verbal es un fenómeno de tipo Schrödinger: tiene que hallarse en dos lugares al mismo tiempo. Claro, sin que se note, o que se note lo menos posible.

Nabokov despotrica, desconfía, lo tiene todo muy claro o, como todo traductor, simula que lo tiene todo muy claro: tres grados del mal, dice, se pueden discernir en el extraño mundo de la transmigración verbal. Al traducirlo, escojo la palabra extraño en vez de raro porque no quiero distracciones que entorpezcan el flujo de la letanía de Nabokov ni mitiguen la belleza del concepto de transmigración verbal—no dice transmigración idiomática, sino verbal, ahí reside su belleza y ahí se nota el oficio de alguien que escribió su mejor prosa en un segundo idioma.

El primer grado del mal, sigue diciendo, y el menor, comprende los errores obvios debidos a la ignorancia o el conocimiento equivocado. No me quiero detener en la delicia de la frase original, porque misguided en sí misma se convierte en un retruécano, un laberinto cortito pero enredado y sin salida cuando se parea con knowledge. La incompetencia o la ignorancia es simple debilidad humana y por lo tanto es excusable, concede Nabokov.

El próximo paso al infierno lo da el traductor que intencionalmente se salta palabras o pasajes que no se molesta en comprender o que le podrían parecer difíciles u obscenos a un lector vagamente imaginado. Este traductor acepta la mirada vacía que le devuelve el diccionario, sin quejas. Nabokov no aclara quién se queja, si el diccionario o el traductor, ni tampoco aclara a quién pertenece la mirada, pero no importa, porque sigue así: el mal traductor reduce la erudición al remilgo puntilloso. “Puntilloso” se lo agrego yo en esta traducción porque a mí el diccionario me devuelve gazmoñería por remilgo, y si “gazmoñería” me parece viciada por su fealdad, “remilgo” me resulta insuficiente para primness.

Y luego Nabokov dice algo muy complejo, también digno de Schrödinger, que contiene el aroma inconfundible de la verdad: este segundo tipo de traductor, dice, está tan dispuesto a saber menos que el autor como a pensar que lo sabe hacer mejor. Que sabe mejor sería una traducción más literal de la expresión inglesa que Nabokov utiliza. Tal vez sea una expresión calcada del ruso, mi mala memoria sobre un idioma que apenas estudié no permite certezas a estas horas de la noche.

Pero el peor no es este traductor simultáneamente arrogante y holgazán.

Se llega al tercer grado, y el peor, dice Nabokov, al grado de infamia, cuando el traductor martillea y aplana una obra de arte de tal manera que queda hermoseada vilmente para adecuarla a las nociones y prejuicios de un público dado. Esto es un crimen, fulmina, que debe ser castigado en la estacada, tal como se hacía con los plagiadores en los tiempos de los zapatos con hebillas. Supongo que se refiere a los puritanos que quemaban brujas imaginarias.

Three grades of evil can be discerned in the queer world of verbal transmigration. The first, and lesser one, comprises obvious errors due to ignorance or misguided knowledge. This is mere human frailty and thus excusable. The next step to Hell is taken by the translator who intentionally skips words or passages that he does not bother to understand or that might seem obscure or obscene to vaguely imagined readers; he accepts the blank look that his dictionary gives him without any qualms; or subjects scholarship to primness: he is as ready to know less than the author as he is to think he knows better. The third, and worst, degree of turpitude is reached when a masterpiece is planished and patted into such a shape, vilely beautified in such a fashion as to conform to the notions and prejudices of a given public. This is a crime, to be punished by the stocks as plagiarists were in the shoebuckle days. (Vladimir Nabokov, “The Art of Translation,” 1940)

Nabokov, clasificador entomológico obsesivo, divide los errores de la primera categoría en dos sub-clases. Se refiere a este tipo de equivocación como howlers, es decir, metidas de pata, planchazos; pero al ser traducido así, el término pierde su conexión con el aullido de howl que le añade a la caída un filo doloroso, un bochorno inaguantable, animal.

La primera sub-clase es para los errores que vienen simplemente de no conocer bien el idioma traducido, cosa que puede transformar una expresión cotidiana, común y corriente, en una declaración notable que el autor original (real author dice Nabokov) nunca tuvo la intención de hacer: “Bien être general” se convierte en el aserto viril, milicoide, de que “es bueno ser [un] general”. Al mismo tipo de aullido feral pertenece el error de una edición alemana de Chéjov, donde a cierto profesor, apenas entra en su aula, el traductor lo pone a leer el diario, cosa que inspiró a un reseñista presuntuoso a comentar sobre la triste condición de la educación pública en la Rusia pre-soviética. Nabokov aclara que el Chéjov de verdad (the real Chekhov) se refería simplemente a lo que en Chile llamamos el libro de clases, que un maestro abre para consignar lecciones, notas y ausencias. Inversamente, palabras inocentes en una novela inglesa, como first night y public house, en traducciones rusas pasan a ser “noche nupcial”y “burdel”, respectivamente. Y con esos ejemplos basta para Nabokov. Son ridículos y chirriantes (como la tiza que rasguña una pizarra), pero no contienen ningún propósito pernicioso y –dice Nabokov—muy a menudo la frase maleada todavía tiene algún sentido en el contexto original. Esto último es debatible si uno tiene clara la diferencia entre un bar y un prostíbulo.

Persiste,  la traducción al inglés del “fui solo como un túnel” (“Poema I”, Neruda) que dice “I was only a tunnel”, que podría volver, como vuelve un boomerang, al castellano como “fui solamente un túnel”, gracias a la confusión de “solo” con “sólo”. La reciente reforma ortográfica de la RAE que elimina la tilde para el adverbio ampara retroactivamente a quien simplemente nunca vio la diferencia. Y quién sabe, a lo mejor la soledad del poeta era solo sólo eso, la del enamorado-túnel, solamente y solitario.