Enano Maldito 2.0

Es cierto que la clientela del nuevo supermercado de Las Rocas de Santo Domingo no representa al electorado en general, pero es un buen lugar para parar la oreja y sondear el estado de ánimo del segmento ABC1. Lo que se siente en este verano chileno, en lugares como ése, es que el momiaje está convencido de que la alegría ya viene. Uso la palabra “momiaje” consciente de que tiene un tremendo olor a naftalina, pero es que me parece que Chile está impregnado con el tufillo dulzón de mortaja que exhalan las banderitas rosadas, y no encuentro mejor término. “¡Por fin les vamos a ganar a estos pinganillas!” exclamaba por celular un señor que hacía las compras dominicales antes de su mañana de golf. Supongo que ésa será la manera fina de sacarse el trauma de ese “Les volamos la ra-ja-ja-ja!” con que el Enano Maldito se burló de los alessandristas hace cuatro décadas. Una señora comentaba muerta de la risa que ahora los únicos socialistas que salían elegidos eranlos buenos mozos, o los favorecidos por el binominal. Salí de allí pensando que si de hecho gana Piñera, el unimarc de Santo Domingo va a ser el escenario del nuevo sitcom de TVN. Pa’ afuera “Los Venegas”, mierda.

Diversidad, Alianza Style

En efecto, muchos momios están convencidos de que van a llegar al poder ejecutivo sin golpe de estado de por medio, a menos que ocurra un milagro. El milagro consistiría, nada más ni nada menos, en que se hubiera revertido en pocas semanas la mutación de la infrastructura valórica de las transacciones sociales en Chile y que los votantes se percataran de lo que está en juego. El problema está en que este electorado ya no responde a las claves que antes lo hacían equivalente a la ciudadanía, y por lo tanto es inútil invocar ante él argumentos de orden ético. Los electores se han momificado, en el sentido de que algunos valores esenciales asociados con la derecha se han asimilado a lo más íntimo de la identidad individual y colectiva. Me refiero a la pléyade de aspiraciones ligadas al consumo, a la carrera por el estatus social, a la sospecha de la política como práctica legítima, el anti-intelectualismo disfrazado de un barniz de preocupación por la “cultura”, al desprecio por el debate público y de las herramientas asociadas con el intercambio de ideas. Más que nada, se trata de un electorado que se siente ajeno al concepto de bien común y a la práctica de la solidaridad más allá de la teletón y de donar el par de pesos de vuelto en el supermercado. Esta es la autopista principal de la infrastructura y todo lo demás se ha tornado camino de tierra, vías marginales y pedregosas, vías chilenas abandonadas, alamedas bloqueadas.

Como si esto no hiciera fácil que llegue a la presidencia un representante de la derecha, la alternativa que presenta la Concertación es paupérrima y está deslegitimizada desde un comienzo por el origen poco democrático de la candidatura de Eduardo Frei Ruiz-Tagle. El circo de las primarias fue vergonzoso y culminó con la comparsa echándose garabatos y pegándose codazos en el escenario. Si alguien alguna vez comparó a la Concertación con el PRI mexicano, se equivocó rotundamente. Con todas sus deformaciones grotescas, el PRI nunca dio espectáculos como el que dieron Escalona y Gómez cuando la Concertación proclamó a Frei como candidato. No deja de ser poéticamente correcto que los mismos payasos que abrieron la función terminen tal como empezaron, con recriminaciones y empujones poco disimulados. De todos los errores de la Concertación, el peor quizás ha sido el de hacer suyos vicios propios de la derecha, como el autoritarismo interno, el desprecio por el intercambio franco de opiniones, y la opacidad de los procesos de decisión. El fracaso electoral también tiene su origen en la actitud, digna de un monarca irresponsable, de Ricardo Lagos Escobar, quien encontró que competir en una primaria era rebajarse de un estatus ficticio de ex-mandatario. Para los pocos ciudadanos interesados en seguir las alternativas de la vida política, queda el pobre recurso de leer listados de facciones, o descifrar las indirectas, tan venenosas como barrocas, que se asestan los dirigentes después de sus reuniones entre cuatro paredes. Visto desde este ángulo, no resulta difícil entender el desmembramiento de la Democracia Cristiana o el surgimiento de figuras como la de Marco Enríquez-Ominami. No se trata sólo de desilusión o desencanto, sino de algo mucho peor: la desconexión, la alienación total, el despojo de todo vínculo significativo.

Si es que de verdad la alegría ya viene para el momiaje y no se les quema el pan en la puerta del lavinesco horno, el consuelo es que será por medio de un candidato al que el núcleo duro y conservador le tiene resentimiento y desconfianza. El consuelo es pobre, porque si bien es cierto que Piñera ha demostrado ser un mentiroso compulsivo, parecen resbalarle las acusaciones, como si estuviera recubierto de una capa de teflón o como si en la vida real fuera igual que esos factotum tamaño natural en los que aparece por las veredas ondeando una bandera de verdad. “Piñera: más falso que amigo de Facebook”, decía en un mural la Brigada Chacón, y parece darle la razón la legión de fantasmas del pasado que Piñera ha logrado disipar, a pesar de que toda la evidencia está en su contra. Desde el currículum vitae inflado de hace cuatro años hasta la venta fraudulenta de acciones de LAN, pasando por el affaire del Banco de Talca, sin mencionar otros episodios en los que no sale bien parado, Piñera ha demostrado que no le importa distorsionar la realidad para cubrir sus huellas y para alcanzar por fin la meta absoluta de su ambición personal: negociar, rebuscárselas y finalmente comprar la banda presidencial. La estrategia le ha funcionado, y los chilenos, pinganillas o no, nos tendríamos que ir acostumbrando a tener el primer presidente de la bicentenaria república que se ha hecho la cirugía estética (y el segundo que se ha comprado el Colo-Colo). Claro que, como sabemos, la cirugía se la hizo estrictamente por razones médicas y no para volarnos la ra-ja-ja a nosotros, con Enano Maldito incluído. Ja, ja, ja, y ja.

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