Feliz cumpleaños, Salvador Allende, te echamos de menos, man.

Allende nos hace falta todos los días, aunque no nos demos cuenta. Es una ausencia que se revela en toda su anchura cuando los fogonazos de la contingencia iluminan la mediocridad que define hoy el estado de la república. Lo echamos de menos porque la visión de país, eso que los líderes políticos de hoy tratan inútilmente de conjurar entre las sombras de su ambición, Allende lo derramaba en caudales generosos.

Imagínense lo distinto que serían con él presente el debate sobre la educación, los conflictos de Codelco, la crisis energética. Imagínenselo en el mismo hemiciclo con pesos livianos como Zaldívar, Coloma, Arancibia, Allamand: llega a dar un poco de risa. Como legislador, Allende se formó en el debate con gigantes de su talla, gente como Frei Montalva y Radomiro Tomic, siempre elevando el nivel de la argumentación, respondiendo a tecnicismos con tecnicismos, a retórica con retórica, demostrando a cada paso un conocimiento completo de la historia y de las tradiciones políticas de nuestro país, mezclando la firmeza de sus convicciones con la flexibilidad requerida en toda transacción política en democracia. Su tremendo amor por Chile no tenía nada de chauvinista. Como pocos, sabía poner lo chileno en el contexto de la historia de América Latina y de la historia de un mundo que ya estaba en vías de globalización. Ya no quedan líderes como Allende (ni como Frei, ni como Tomic), y eso se nota en la calidad del discurso público y en el modo en que se llevan las políticas de estado en Chile.

Antes he escrito sobre Allende al cumplirse treinta años de su muerte, una fecha que invita a pensar en la singularidad del presidente que muere en La Moneda, rodeado de una inmensa soledad nacida del desengaño y de la traición.

Pero hoy no me nace referirme a ese cumpleaños de nuestra soledad. Prefiero celebrar el cumpleaños feliz del Chicho recordando su primer discurso como presidente de Chile, el 5 de noviembre de 1970, en el Estadio Nacional. Allende estaba contento ese día, gozoso a pesar del cansancio acumulado en las semanas anteriores. Ya había empezado a correr la sangre en Chile con la muerte del general Schneider, pero Allende le dio a su discurso inaugural un tono de optimismo y de esperanza.

Dijo el pueblo: “Venceremos”, y vencimos. Aquí estamos hoy, compañeros, para conmemorar el comienzo de nuestro triunfo.

Pero alguien más vence hoy con nosotros. Están aquí Lautaro y Caupolicán, hermanos en la distancia de Cuauhtemoc y Tupac Amaru.

Hoy, aquí con nosotros, vence O’Higgins, que nos dio la independencia política celebrando el paso hacia la independencia económica. Hoy, aquí con nosotros, vence Manuel Rodríguez, víctima de los que anteponen sus egoísmos de clase al progreso de la comunidad.

Hoy, aquí con nosotros, vence Balmaceda, combatiente en la tarea patriótica de recuperar nuestras riquezas del capital extranjero.

Hoy, aquí con nosotros, también vence Recabarren con los trabajadores organizados tras años de sacrificios. Hoy, aquí con nosotros, por fin, vencen las víctimas de la población José María Caro; aquí con nosotros, vencen los muertos de El Salvador y Puerto Montt, cuya tragedia atestigua por qué y para qué hemos llegado al poder.

De los trabajadores es la victoria.

La eficaz retórica de estilo grandilocuente, propio de una ocasión como ésa, se sustentaba en una clara interpretación de la gran narrativa subyacente en la historia de Chile. Si leemos estas palabras hoy, imaginando la cadencia característica del presidente Allende, nos damos cuenta de la solidez de su compromiso con valores republicanos que antecedían en mucho el proyecto socialista:

Si nos detenemos a meditar un momento y miramos hacia atrás en nuestra historia, los chilenos estamos orgullosos de haber logrado imponemos por vía política, triunfando sobre la violencia.

Esta es una noble tradición. Es una conquista imperecedera. En efecto, a lo largo de nuestro permanente combate por la liberación, de la lenta y dura lucha por la igualdad -y por la justicia, hemos preferido siempre resolver los conflictos sociales con los recursos de la persuasión, con la acción política.

Ya en nuestros primeros pasos como país soberano, la decisión de los hombres de Chile y la habilidad de sus dirigentes nos permitieron evitar las guerras civiles.

En 1845, Francisco Antonio Pinto escribía al general San Martín: “Me parece que nosotros vamos a solucionar el problema de saber cómo ser republicanos y continuar hablando la lengua española“. Desde entonces, la estabilidad institucional de la República fue una de las más consistentes de Europa y América.

Esta tradición republicana y democrática llega así a formar parte de nuestra personalidad, impregnando la conciencia colectiva de los chilenos.

El respeto a los demás, la tolerancia hacia el otro, es uno de los bienes culturales más significativos con que contamos.

Y, cuando dentro de esta continuidad institucional y en las normas políticas fundamentales surgen los antagonismos y las contradicciones entre las clases, esto ocurre en forma esencialmente política. Nunca nuestro pueblo ha roto esta línea histórica.

Las pocas quiebras institucionales fueron siempre determinadas por las clases dominantes.

Allende era un joven de espíritu, que acometió con energía, entusiasmo y gran fe una misión que muchos siguen considerando quijotesca, utópica. Éstas fueron sus palabras a los jóvenes ese día en el Estadio Nacional:

Con razón escriben en las murallas de París: “La revolución se hace primero en las personas y después en las cosas”.
Justamente, en esta ocasión solemne, quiero hablar a los jóvenes:

No seré yo, como rebelde estudiante del pasado, quien critique su impaciencia, pero tengo la obligación de llamarlos a serena reflexión.

Tienen ustedes la hermosa edad en que el vigor físico y mental hacen posible prácticamente cualquier empresa. Tienen por eso el deber de dar impulso a nuestro avance.

Conviertan el anhelo en más trabajo. Conviertan la esperanza en más esfuerzo. Conviertan el impulso en realidad concreta.

Miles y miles de jóvenes reclamaron un lugar en la lucha social. Ya lo tienen. Ha llegado el momento de que todos los jóvenes se incorporen.

A los que aún están marginados de este proceso les digo: vengan, hay un lugar para cada uno en la construcción de la nueva sociedad.

El escapismo, la decadencia, la futilidad, la droga, son el último recurso de muchachos que viven en países notoriamente opulentos, pero sin ninguna fortaleza moral. No es ése nuestro caso.

Sigan los mejores ejemplos. Los de aquellos que lo dejan todo por construir un futuro mejor.

Perdonen el sentimentalismo, pero es que a este viejo que cumple 100 años lo tengo metido en la retina y en el corazón desde un día en que lo vi, a pleno sol, con un casco blanco de construcción en la cabeza y una pala entre las manos, abriendo la tierra para construir una escuela.

Esa imagen que atesoro se difumina y se me mezcla con la otra, la fotografía del Chicho de casco de combate y fusil, el último día de su presidencia. Aunque sea por hoy, por ser su cumpleaños, elijo el recuerdo asoleado, la risa cálida del presidente, sus manos cariñosas revolviendo el pelo de un cabro chico que miraba sin entender que por estar en la presencia de Allende, ya se colaba con él en la historia

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Un general con conciencia

Hace cuatro años, al general norteamericano Antonio Taguba le encargaron que investigara qué había pasado en Abu Ghraib, el centro de tortura que operaba en Irak. Tabuga sorprendió con un informe mucho más detallado de lo que se esperaba. Con su trabajo, seguido por testimonios ante el Congreso, quedó establecido sin réplica que el infierno de crueldad que se reveló en esas fotos que dieron la vuelta al mundo no eran una anomalía sino el reflejo de políticas oficiales para el trato de prisioneros iraquíes.

Los altos mandos del ejército le pusieron presión al general Taguba para que se acogiera a retiro—en castigo por haber sido demasiado acucioso en la investigación que ellos mismos le habían pedido. Tabuga se acogió a retiro, pero no se ha quedado callado. Lo que sigue es mi traducción del prólogo que el ex general escribió para el informe de Physicians for Human Rights: Broken Laws, Broken Lives. Medical Evidence of Torture by the US (Leyes rotas, vidas rotas. Evidencia médica de tortura a manos de los EE.UU.).

El material cobra relevancia ahora que (más vale tarde que nunca) el representante demócrata Dennis Kucinich ha puesto en marcha una causa de destitución (impeachment) en contra de G.W. Bush. También hay que leerlo a la luz de la decisión de la Corte Suprema norteamericana que reafirma la validez del principio fundamental de habeas corpus, incluso para los “combatientes” cautivos en Guantánamo.

Para un lector chileno, es imposible no hacer los paralelos con las violaciones a los derechos humanos perpetradas por nuestras fuerzas armadas. Hay mucho de Villa Grimaldi o de Tejas Verdes en Abu Ghraib, así como hay demasiados paralelos entre los métodos aplicados hoy en día por el estado chileno en la Araucanía (incluyendo la Ley Anti-terrorista heredada de la dictadura) y la práctica de las Actas Patriotas de G.W. Bush. El paralelo que no existe es del un militar de jerarquía que actúa con honestidad y valentía para revelar la verdad. No hay un Taguba chileno.

PREFACIO AL INFORME

“Este informe cuenta la historia, en gran parte no contada, de lo que pasó con los detenidos bajo nuestra custodia cuando el Comandante en Jefe y sus subordinados autorizaron un régimen sistemático de tortura. Esta historia no se cuenta sólo con palabras: está escrita en el cuerpo y en la mente de estos individuos de por vida. Nuestro honor nacional está manchado por lo indigno e inhumano del tratamiento que estos hombres recibieron a manos de sus captores.

“Los perfiles de estos 11 detenidos, ninguno de los cuales fue formalizado por un delito o informado de la razón de su arresto, son un desmentido trágico a quienes sostienen que la tortura a veces se justifica. Por medio de la experiencia de estos hombres en Irak, Afganistán, y Guantánamo, podemos ver la extensión del daño que esta política, ilegal e insensata, ha causado en las instituciones de los EE.UU. y en los valores fundacionales de nuestra nación, los cuales las fuerzas armadas, los servicios de inteligencia y el sistema de justicia están obligados a defender.

“Para que estos individuos sufrieran la crueldad injustificada a que fueron sometidos, se promulgó una política gubernamental por medio de la cual las Convenciones de Ginebra y el Código Unificado de Justicia Militar no fueron consideradas. La Convención Contra la Tortura de la ONU fue ignorada indiscriminadamente. Y las profesiones de la salud, incluyendo médicos y sicólogos, se transformaron en cómplices de la intencionada administración del daño en contra de quienes el Juramento Hipocrático les exige proteger.

“Después de años de revelaciones de investigaciones gubernamentales, recuentos de prensa, e informes de organizaciones de derechos humanos, no queda ya duda de que la administración actual ha cometido crímenes de guerra. La única pregunta que queda por responder es si quienes ordenaron el uso de la tortura enfrentarán o no la justicia.

“Los ex detenidos que aparecen en este informe, cada uno de los cuales está peleando una batalla solitaria y difícil para reconstruir su vida, requieren reparaciones por lo que tuvieron que soportar, asistencia sico-social y médica, e incluso una disculpa oficial de parte de nuestro gobierno.

“Pero más que nada, estos hombres merecen la justicia requerida por los principios del derecho internacional y de la Constitución de los Estados Unidos.

“Y esto también es lo que merece el pueblo norteamericano”.

El ataque de los tomates asesinos.

Se huele en Patolandia un tufillo de dulce pudredumbre. A los últimos desastres naturales, los tornados, las inundaciones, las olas de calor, se suman a los precios de la gasolina que en California ya rozan los 5 dólares por galón. Los medios de transporte urbano amenazan colapsar estilo Transantiago debido al influjo de pasajeros que ya no pueden costear la bencina de sus tanquetas suburbanas. El dólar se desmorona poco a poco, junto con los precios de las casas, el valor de las acciones de la bolsa, y las ventas, mientras se disparan las tasas de interés y los remates judiciales.

Aprovechando la debilidad del dólar, ya están dando vuelta los zopilotes con sus garras repletas de euros o petrodólares. Un consorcio de Dubai se quiere comprar el Chrysler, el edificio más bello de Nueva York, sin duda para convertirlo en mezquita, y otros sospechosos le quieren echar mano a lo que queda de los ferrocarriles privados, seguro que para transportar quizás qué tortas de uranio amarillo. Más aún: unos embotelladores belgas quieren comprar a la fuerza (es una especie de secuestro financiero que lleva el fino nombre de “toma de posesión hostil”) nada menos que a la venerable cervecería Amheiser & Busch, que produce la ultra-norteamericana marca Budweiser. El método lo perfeccionaron los mismos norteamericanos: es una oferta que el directorio de una empresa no puede rechazar, porque sus accionistas se encandilan con el oro que los secuestradores les pasan delante de la nariz. Nada es sagrado y todo es vulnerable: tal es el estado de lo que fue este imperio.

Como si todo esto fuera poco, se hizo realidad en los Estados Unidos la pesadilla menos plausible: el ataque de los tomates asesinos. Manos negras de la peor especie convirtieron a los inocentes tomates veraniegos en ayudistas de una campaña terrorista. Imagínense que dentro de su insigne plenitud y la abundancia sin hueso, sin coraza, sin escamas ni espinas, nos entrega no sólo el regalo de su corazón fogoso y la totalidad de su frescura, sino que de yapa una sabrosa inyección de salmonella. Antes fueron la humilde espinaca, el umbrío champiñón, el amarillo cianuro de las uvas de mi patria. Venid a ver el ketchup corriendo por las calles.

El cine, la siquis del imperio, ya había soñado este apocalipsis en el film de culto “Attack of the Killer Tomatoes”. En una memorable escena que revela un trasfondo premonitorio de seguridad nacional, unos científicos japoneses se infiltran en el centro de operaciones anti-tomate. Las paredes están decoradas con fotos de buques de la Marina de los EE.UU., y en cierto momento culminante un japonés malévolo gesticula tan violentamente que desengancha uno de esos marcos, y el U.S.S. Arizona se hunde en un acuario que había debajo. Todos sabemos lo que le pasó al Arizona en Pearl Harbor.

El mensaje es claro: el ataque de los tomates es parte de una conspiración mundial contra el faro de la libertad. Los tomates son rojos por fuera y por dentro. No hay que temer: en la película, los tomates asesinos unidos son vencidos, arrinconados en un estadio y hechos pomarola por una multitud poseída por el odio de los justos. Aun así, hay que cuidarse de las hortalizas, sobre todo si algún poeta comunacho les ha fabricado una oda por encargo.

El "negrito de Harvard"

Me llama la atención la frecuencia con que los chilenos del interior (o los chilenos en el extranjero que no cruzan los límites del Chilito que llevamos dentro) usan la expresión “el negrito de Harvard”. La he oído en la sobremesa y en la opinología, la he leído en presentaciones formales de think tanks como Expansiva, Asuntos Públicos.Org, en la prensa de todos los colores, en sesiones del Senado, etc., dando por sentado que el solo decirla revela un significado inequívoco. Se presume erróneamente que proviene de la cultura popular norteamericana (territorio sagrado incluso para los que se proclaman anti-imperialistas) y que por eso, como el jazz o la coca-cola, su universalidad y su vigencia queda fuera de todo cuestionamiento. En tres décadas de vivir en los Estados Unidos, jamás he oído la versión original fantasma. Como dato curioso: de 77 resultados que uno obtiene al googlear “negrito de Harvard”, una inmensa mayoría vienen de Chile (ver algunos links copiados abajo). A primera vista, entonces se trata de un dicho bastante chilenizado.

“Negrito de Harvard” se usa de varias maneras en nuestro país, y una mirada somera revela que a veces se hace de manera contradictoria. La primera vez que vi la expresión fue en referencia al cientista político Patricio Navia, quien sería el “negrito de Harvard” en Expansiva por ser hijo de pastor adventista, según un antiguo reportaje titulado “Happy Shiny People”. En códigos chilenos, estar asociado con una iglesia protestante (que no sea la luterana) es ser pobre, clase media-baja a lo más. En el caso de Navia, se añadía, sin embargo, un giro positivo, al recalcarse que había ingresado en el selecto grupo liberal por méritos académicos. Pero hay veces en que se infiere que el “negrito” no merece estar ahí, que es una anomalía explicable por un cuoteo políticamente correcto. A veces simplemente adquiere el cariz de molestoso, hinchante, disidente, algo indeseado que uno se ve obligado a tolerar.

Sea cual sea la intención al usar el dicho, llama la atención que los chilenos no busquen analogías más acertadas. Después de todo, el porcentaje de afroamericanos en Harvard, desde hace un buen tiempo, es proporcional o incluso superior al de la población negra de Estados Unidos. No costaría mucho inventar equivalentes más cercanos a la realidad chilena: “el mapuchito de la Escuela Naval”, por ejemplo. Aunque para que funcione la analogía tendría que haber por lo menos algún oficial de la Armada que sea de una etnia indígena. Hubo una ministra diaguita, pero ya sabemos lo que le pasó, así que no podemos ni siquiera decir “la diaguita del gabinete”.

Ahora habrá que ajustar la disposición de los prejuicios raciales a la realidad de la nominación de Barack Obama como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Obama hizo sus estudios de bachillerato en Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia y luego estudió derecho en Harvard. Es un “negrito de Harvard” verdadero, que se graduó magna cum laude y que no sólo fue seleccionado para la Harvard Law Review (entran más o menos 40 de 600 postulantes) sino que fue elegido presidente de esa agrupación, que publica, entre otros documentos, la revista más prestigiosa en el mundo jurídico norteamericano. Aparte de un peso intelectual indiscutido, el cargo que ocupó Obama requiere una gran habilidad diplomática para funcionar dentro de un campo minado de ideologías discordantes. Los polos antagónicos de la Corte Suprema actual vienen de ese medio competitivo: el conservador Antonin Scalia y la jueza liberal Ruth Bader Ginsburg pertenecieron a la Harvard Law Review.

Aunque la expresión que estamos discutiendo no se encuentre de la misma manera en el medio norteamericano, Barack Obama ha tenido que vérselas, obviamente, con los prejuicios expresados en ella. Éstos se manifiestan en la constante variación de las reglas por las cuales ha tenido que demostrar la viabilidad de su candidatura. Como ha dicho su esposa Michelle (“negrita de Princeton”, ella), primero le dijeron que tenía que ganar en estados “blancos”, y cuando ganó en ésos le dijeron que la verdadera prueba de la blancura era reunir fondos de campaña, y cuando juntó más plata que nadie en la historia de las primarias, le dijeron que tenía que cumplir otros requisitos, algunos de ellos imposibles, como probar su arrastre en Michigan y Florida, estados donde Obama no compitió, obedeciendo las reglas del partido. Hablando en los códigos gringos, ahora poco menos que se le pide probar que puede ganar el voto de los mismos racistas. Ahí sí que sí, po.

En el intertanto, la campaña de Hillary se ha quejado de que la prensa ha tratado a Obama con guante blanco, aludiendo claramente al mito de que los logros de los “negritos de Harvard” se deben más a la anuencia benévola de los blancos que a sus propios méritos. En esto, Hillary es la típica matea que se mató estudiando para que luego venga alguien como Barack y se saque mejores notas que ella, sin que se le note el esfuerzo. Esto último es crucial: “que nadie te vea transpirar” es el lema de toda persona que se encuentra bajo el escrutinio de quienes la subestiman y disfrutarían enormemente de su fracaso. Barack es experto en ese ramo, como todo “negrito de Harvard”, y sabe que para salir adelante se necesita una tenacidad mucho mayor que la porfía calculadora y taimada de la blanquita de Wellesley que también quiere quitarle el puesto a G.W., ese molestoso blanquito de Yale.

A ver qué vamos a hacer en Chile con esta expresión cuando seamos testigos del momento en que este “negrito” entre en la Casa Blanca, por la puerta ancha, o cuando vaya a Chile en visita de estado. ¿Le harán un esquinazo con “Casamiento de negros”? ¿Le dirán que en Chile no hay racismo, porque en Chile no hay negros?

http://recurso.latercera.cl/medio/articulo/0,0,38039290_101111578_274354423,00.html
http://guia.tercera.cl/medio/articulo/0,0,38039290_101111578_244578509,00.html
http://homepages.nyu.edu/~pdn200/news/LaNacion2003022301.pdf
http://www.fotolog.com/trangx/35621014
http://www.expansiva.cl/media/actividades/papers_actividades/24052004171714.pdf
http://www.deigualaigual.net/opinion/anecdotico-hibrido-cruel-vam.html
http://www.mpisano.cl/desparpa/ccap8.html
http://www.capital.cl/index.php?option=com_content&id=609&task=view&Itemid=56
http://web.upla.cl/revistafaro/04_tesis/pdf/06_tesis_guzman.swf
http://www.senado.cl/prontus_senado/site/extra/sesiones/pags/fset/diar/21071127195553.html

El duelo desenfrenado

El deseo insaciable de las lamentaciones, que lleva a los gemidos y los golpes de pecho, no es menos vergonzoso que la voluptuosidad desenfrenada. (Plutarco)

No soy el único que piensa que hay algo extraño detrás de la convulsión pública que se ha creado en torno a la muerte del general Bernales. Todo indica, por la cantidad de gente que se ha manifestado, que Bernales se las había arreglado para proyectar una imagen de cercanía y sencillez. También es cierto que las circunstancias de su muerte en el extranjero fueron impactantes y trágicas. Pero los extensos ritos fúnebres, los sollozos públicos, las vigilias y homenajes, han tenido un carácter teatral, un aire inequívoco de performance colectiva. Algo más profundo que el simple condolerse se está manifestando con el exceso volcánico, contagioso, y sorprendente de tanta efusión. Las exequias del general Bernales me recordaron, guardando las distancias liliputienses, el clima que se generó en Inglaterra con la muerte de Diana Spencer: un duelo desenfrenado, sentimental en extremo, y opresivamente colectivo. Incluso la utilería ha sido similar: féretros cubiertos de banderas, cureñas, caballos sin jinete, orfeones de música tocando a tempo fúnebre, flores, los deudos en el centro del haz reflector de la fama, la mirada retrospectiva, hagiográfica. No sé si en algún momento un Elton John criollo le cambiará la letra a una canción de elegía, para dedicársela al nuevo “mártir”, pero en estos tiempos la arqueología de la frase “general del pueblo” tiene que relacionarse con eso “the people’s princess“. La imagen transfigurada del general ha actuado como pararrayos para atraer una carga sicológica y emocional que sorprende por su fuerza.

Hace una semana, muchos de los que este domingo manifestaron su desconsuelo de manera tan pública no tenían idea de cómo se llamaba el general director de Carabineros ni de qué lo diferenciaba exactamente de sus antecesores en democracia. Aun ahora que su nombre ha adquirido celebridad, tengo la sensación de que la gente que expresa su idolatría por el llamado “general del pueblo” se encontraría en serios aprietos al momento de nombrar las razones concretas por las que Bernales merece ser recordado así. Lo más sustancial que he visto de las entrevistas callejeras de la televisión fueron las palabras de una mujer que había salido a la calle porque le daba pena que los hijos del general hubieran perdido a su padre y a su madre al mismo tiempo: una simple razón humana, genuina, entre un mar de generalidades y lugares comunes peloteados para allá y para acá, hasta el paroxismo, entre los medios de comunicación y el público: lo de este fin de semana ha sido un discurso elegíaco larguísimo pero notablemente vacío de contenidos.

¿Qué otra prueba se necesita para considerar la posibilidad de que algo está fuera de lugar que las escenas en que lloran niños que claramente no tienen idea de qué está pasando? Lo único que esos niños entienden es que están siendo forzados a participar en una bacanal de lamentos, el festival de la lágrima. Si esto no fuera suficiente para encontrar que esto ha sido raro, hay que considerar que el uso de la palabra “mártires” corresponde a una narrativa ilusoria (no me atrevo a decir calculada, aunque estoy a punto) en la que la agnóstica presidenta participa al recordar, con la voz quebrada, que en la “última cena” que tuvo con Bernales, éste le confió que “ese caballero que está ahí” (señalando un crucifijo) siempre lo acompañaba. Por último, el discurso de innegable cariz político que pronuncia el hijo del general frente a las autoridades confirma que en todo esto hay algo digno de ser analizado en mayor detalle. Con una intervención que (lo siento mucho, tengo que decirlo) me recordó el discurso del nieto de Pinochet en esas otras exequias, el hijo de Bernales clamó porque aparecieran los “jueces del pueblo, los diputados y senadores del pueblo”. Estoy seguro de que pronto recibirá ofertas de partidos políticos que lo querrán en sus filas. Ya se acercan, por si no se han dado cuenta, las elecciones municipales.

El general Bernales jamás soñó que su funeral sería tan fastuoso y multitudinario. Nadie, a menos que sea un megalomaníaco de marca registrada, sueña con unas exequias como las que se dieron este domingo en Santiago. Tampoco fue idea de los familiares devastados por el dolor de la pérdida. Esto lo inventaron y lo armaron otros. Los múltiples tinglados de esta puesta en escena desvían la atención de los serios problemas por los que atraviesa el país, pero también disimulan los detalles que se han revelado a partir de este desafortunado accidente. ¿Si era un viaje de trabajo, en comisión de servicio, por ejemplo, habrá alguien que se atreva a preguntar qué hacían las esposas de esos altos oficiales en el helicóptero? Si los que pagan viajes innecesarios de cónyuges de funcionarios públicos por el extranjero son los mismos ciudadanos que llenaron las calles de Santiago, entonces tal vez el llanto se justifique. ¿Habrá alguna vez una evaluación objetiva de la gestión del general Bernales, que comprenda no sólo los logros sino las áreas de sombra, como la violencia y parcialidad que caracterizan la actuación de Carabineros en tierras mapuches, con resultado de muerte? ¿Qué pasará con los criterios que aplican las Fuerzas Especiales para regular su violencia en las manifestaciones de estudiantes y trabajadores? Con esta virtual canonización del general, se hace muy difícil hacer una reflexión crítica. Es lo que sucede en un país que al parecer no tiene problemas para identificarse emocional y sicológicamente con tal facilidad con la policía nacional. ¿Dónde se verá que un gabinete entero, encabezado por la marcial presidenta, se sepa la letra completa del himno de la policía, con su lema tan fascistoide? No creo que suceda en otras partes del mundo, y eso debería hacernos meditar.

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