El ataque de los tomates asesinos.

Se huele en Patolandia un tufillo de dulce pudredumbre. A los últimos desastres naturales, los tornados, las inundaciones, las olas de calor, se suman a los precios de la gasolina que en California ya rozan los 5 dólares por galón. Los medios de transporte urbano amenazan colapsar estilo Transantiago debido al influjo de pasajeros que ya no pueden costear la bencina de sus tanquetas suburbanas. El dólar se desmorona poco a poco, junto con los precios de las casas, el valor de las acciones de la bolsa, y las ventas, mientras se disparan las tasas de interés y los remates judiciales.

Aprovechando la debilidad del dólar, ya están dando vuelta los zopilotes con sus garras repletas de euros o petrodólares. Un consorcio de Dubai se quiere comprar el Chrysler, el edificio más bello de Nueva York, sin duda para convertirlo en mezquita, y otros sospechosos le quieren echar mano a lo que queda de los ferrocarriles privados, seguro que para transportar quizás qué tortas de uranio amarillo. Más aún: unos embotelladores belgas quieren comprar a la fuerza (es una especie de secuestro financiero que lleva el fino nombre de “toma de posesión hostil”) nada menos que a la venerable cervecería Amheiser & Busch, que produce la ultra-norteamericana marca Budweiser. El método lo perfeccionaron los mismos norteamericanos: es una oferta que el directorio de una empresa no puede rechazar, porque sus accionistas se encandilan con el oro que los secuestradores les pasan delante de la nariz. Nada es sagrado y todo es vulnerable: tal es el estado de lo que fue este imperio.

Como si todo esto fuera poco, se hizo realidad en los Estados Unidos la pesadilla menos plausible: el ataque de los tomates asesinos. Manos negras de la peor especie convirtieron a los inocentes tomates veraniegos en ayudistas de una campaña terrorista. Imagínense que dentro de su insigne plenitud y la abundancia sin hueso, sin coraza, sin escamas ni espinas, nos entrega no sólo el regalo de su corazón fogoso y la totalidad de su frescura, sino que de yapa una sabrosa inyección de salmonella. Antes fueron la humilde espinaca, el umbrío champiñón, el amarillo cianuro de las uvas de mi patria. Venid a ver el ketchup corriendo por las calles.

El cine, la siquis del imperio, ya había soñado este apocalipsis en el film de culto “Attack of the Killer Tomatoes”. En una memorable escena que revela un trasfondo premonitorio de seguridad nacional, unos científicos japoneses se infiltran en el centro de operaciones anti-tomate. Las paredes están decoradas con fotos de buques de la Marina de los EE.UU., y en cierto momento culminante un japonés malévolo gesticula tan violentamente que desengancha uno de esos marcos, y el U.S.S. Arizona se hunde en un acuario que había debajo. Todos sabemos lo que le pasó al Arizona en Pearl Harbor.

El mensaje es claro: el ataque de los tomates es parte de una conspiración mundial contra el faro de la libertad. Los tomates son rojos por fuera y por dentro. No hay que temer: en la película, los tomates asesinos unidos son vencidos, arrinconados en un estadio y hechos pomarola por una multitud poseída por el odio de los justos. Aun así, hay que cuidarse de las hortalizas, sobre todo si algún poeta comunacho les ha fabricado una oda por encargo.

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