El estado del transporte colectivo

Antes de disculparme, tengo que agradecer a la tracalá de gente que escribió para preguntar qué onda con las Noticias Secretas. Agradezco incluso a los que se pusieron catetes y garabateros. Mis lectores favoritos, de hecho, son catetes o boquisueltos, a menudo las dos cosas al mismo tiempo.

Como dicen los gringos, esto es una “labor of love”. Se hace por cariño. El cariño no es lo que ha fallado en este mes y medio de silencio bloguero. En años de blog (y de dog), esto equivale a una eternidad. Lo que pasó es que falló el metal, como que se fatigó el metal de esta micro de recorrido antiguo. Hasta se me perdió el letrero EN PANNE, y por eso sí que me disculpo, por no avisar que andaba fuera del Transantiago.

Juro por ésta (chuic) que traté de echar a andar la máquina varias veces, pero me quedé pegado en la primera vuelta de la rueda porque junto con el famoso Transantiago se nos vino encima un tsunami de opinión que dejó a toda la casta opinante como náufragos, cada uno en su islote con una palmerita y una botella para mandar mensajitos cagones. Todo el mundo, en Santiago, en provincias, desde París, Nueva York y Londres, se ha puesto a opinar con taxativa certeza acerca del Transantiago. Todo el mundo tiene muy claro cuál es o fue o será el problema. Todo esto es legítimo, porque, en las sabias palabras de un pasajero captadas por un equipo de Televisión Nacional a la subida de un bus, “Ta la media cagá”.

Aparte de estas reacciones entendibles de la gente, en los medios se ha creado una virtual industria de reflexión en torno al Transantiago. El nuevo sistema es ha pasado a ser una metáfora del país, de la modernidad chilensis, de la subjetividad urbana contemporánea, de la metafísica novosecular, qué sé yo. Como dirían los teóricos grupientos con los que comparto la profesión, el Transantiago es un “sitio de contestación”. Lo que quieren decir es que es un terreno simbólico en disputa, pero la traducción chueca ayuda a entender que el asunto del Transantiago ha sido transformado en un prisma cuático que sirve para todo, principalmente para contestar aquello que nadie, en el frenesí de país estrella, ha sabido o querido formular. El trasfondo del Transantiago es el manoseado tema de la participación ciudadana y la condición general de la ciudadanía como agente de su propia vida, en lo cotidiano o en lo más trascendente.

Este drama nos ha afectado en lo más profundo que tenemos los santiaguinos, es decir, el Metro. En Santiago no tenemos monumentos arqueológicos que nos remitan a una antigüedad originaria, como en la moderna México D.F.-Tenochtitlán. Cuando en Santiago se hicieron los hoyos del metro, no salieron pirámides ni efigies de piedra ni tesoros antiguos. A lo más, debajo de la Alameda salieron cavas de ladrillo buenas para guardar pipeño y el pozo séptico de Pedro de Valdivia, separado por una ligera capa geológica del wáter closet que Benjamín Vicuña Mackenna se trajo en barco desde París. Nada de máscaras de turquesa o cuchillos de obsidiana. Los platos rotos de nuestra historia de Lozapenco.

Nosotros somos modernos. Los trenes celestitos del metro son nuestras serpientes emplumadas, nuestro Quetzalcóatl, afrancesado y eficiente, fetiche sagrado de las arribistas aspiraciones colectivas de los capitalinos. Por eso, al afectar el Metro, el Transantiago ha causado conmoción y un trauma genuino. En las escenas del metro desbordado, de paraderos repletos y de multitudes caminando a la deriva, Santiago parece la escenografía de una película de catástrofe, como si la Pequeña Gigante se hubiera vuelto mala después de ver un video de Godzilla pisoteando Tokio.

Ya lo ven, me pasó lo mismo, me volé con el Transantiago, caí en lo que quería evitar. Por lo menos me sirvió para volver a echar a andar esta micro amarillenta de nuevo. Espero que se haya entendido por qué, en las condiciones de saturación cognitiva que se crearon cuando empezó a quedar la crema, preferí dejar la máquina en la berma e irme caminando para la casa, silbando y pateando piedras, muy a la antigua.

Me entretuve mirando a la gente, escuchando las opiniones, compartiendo las quejas y riéndome con las tallas, respirando el aire más limpio de una ciudad que ahora tiene más razones que nunca para creer que ella sola es el país entero. Transantiago es Chile.

Confieso también que me demoré en volver porque me tuve que venir a pata. La cosa es que soy malazo para leer mapas, soy daltónico para más recacha y además me dio vergüenza preguntar por dónde xxxx pasaba el bus alimentador de la troncal que, según lo que me han dicho, me tendría que dejar en la misma puerta de mi casa, sin transbordo.

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