El hombre sin pesadillas

Al cumplirse un aniversario más del ataque nuclear contra la ciudad indefensa de Hiroshima, rescato esta viñeta de un encuentro cercano en un aeropuerto de Ohio. En un par de días, la conmemoración será en Nagasaki. Si Hiroshima ya es difícil de justificar, con Nagasaki queda claro que las bombas atómicas fueron una revancha racista, fuera de toda lógica militar

fd27f-tibbets-waveGuardo la imagen de un señor canoso, de camisa a cuadros y pantalones de poliester, caminando a comprar el diario en el aeropuerto de Columbus, Ohio. “Mira”, dijo mi acompañante, indicándolo con la barbilla. Yo pensé que me quería comentar la pinta del habitante típico del medio-Oeste, por su vestimenta: rayas con cuadrillé, colores que no pegaban, talla mal elegida, textiles plásticos, anteojos tamaño jumbo. Pero no era eso. “Ése que va ahí fue el piloto del Enola Gay”.

Tuve que buscar en mis archivos mentales para entender que se refería al bombardero B-29 desde el que se lanzó la primera bomba atómica, en agosto de 1945.

Se veía sano, lo que me extrañó, porque yo había leído que el piloto del avión que destruyó Hiroshima y la mitad de sus habitantes se había vuelto loco de remordimiento al no poder borrar de su retina la ciudad que se calcinaba bajo el hongo de fuego, la misma ciudad que minutos antes había avistado entre las nubes plácidas del verano japonés. Me lo imaginaba en algún asilo de orates, haciendo avioncitos con las manos. Otra versión decía que se había suicidado, incapaz de soportar el asedio de su conciencia. La verdad era diferente: ahí estaba el comandante Paul Tibbets, comprando un diario y una barra de chocolate Hershey, con aspecto de viejito-símbolo de la buena salud y la buena conciencia en la tercera edad.

Ese encuentro cercano fue a principios de los 80, en una época en que muchos soñábamos “sueños nucleares”: pesadillas de fin de mundo que a veces hasta se plasmaban en películas apocalípticas. Recuerdo haber tenido esos sueños cuando vivía en Ohio. El cielo azul (siempre era de mañana) se poblaba de estelas blancas cuando los cientos de misiles transcontinentales escondidos por los campos se elevaban en dirección a la Unión Soviética. Yo los miraba, embobado por la belleza del espectáculo, hasta que me daba cuenta de qué se trataba, y ahí empezaba el terror. Antes de un cuarto de hora, los misiles soviéticos que estaban surgiendo de los campos siberianos nos iban a estallar encima de la cabeza.

Se me pasaba eso por la mente cuando miraba cómo Tibbets rasgaba el envoltorio de su chocolate y se alejaba por el mismo pasillo por el que había llegado, hacia la oficina de su compañía de taxis aéreos. Ahora me entero, porque tengo la manía de leer obituarios añejos, de que murió a finales de 2007. Al parecer vivió sus días después de Hiroshima orgulloso de haber sido quien fue, un hombre que no tenía pesadillas.

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El arte de la fuga de Alberto Guerrero

Dirán que la suerte fue mía y no de Glenn. No interesa. Puñaladas por la espalda, a mansalva y sobre seguro. Cómo se va a defender uno. Imposible. Pupilo genio, dicen, profesor famoso. Tienta pensar así, para apocar, menoscabar, pero no es cierto, no es cierto, señor [ruido exterior, motor de automóvil o motocicleta que pasa]… Glenn tenía muchas cosas que aprender y yo se las enseñé, nadie más, nadie más que yo se las enseñó. Y mire que venía con mañas que tuve que matar una por una. Mañas de autodidacta, atajos que llevan a precipicios.

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Alberto Guerrero y su discípulo Glenn Gould

Más difícil que fácil es ser profesor de un genio, hay que tener delicadeza, cosa que yo nunca tuve en abundancia, lo que tengo yo es perseverancia, soy porfiado. Glenn me enseñó a ser su profesor, yo aprendí con él a guiarlo. ¿O alguien cree que con su temperamento se hubiese quedado tranquilo perdiendo el tiempo con un mediocre, por mucho afecto que me tuviera? La respuesta es no, por nada del [voces, puerta que se abre y se cierra con estrépito, silencio 8 segundos]… Nada, hizo nunca en la vida por obligación, es claro que “no” es la respuesta.

Respire con el piano, Glenn, respire con el piano, las cuerdas son un pulmón que vibra, usted toca una y suenan todas, ponga la oreja en la madera, ponga la mano en la madera, siéntese así, siéntese asá, busque la altura justa para que ese viento que es la música le vuele en la cara, deje que lo acaricie, déjese tocar por el sonido, déjese, abrazado en su tibieza, déjese refrescar, busque la temperatura justa con la piel. …[espacio en blanco de 12 segundos, el golpeteo de la cinta al girar]…, las manos, las manos… [espacio de tres segundos, voces ininteligibles, un metrónomo de péndulo que se acelera y vuelve al ritmo inicial] eso hay que decirlo después, antes tengo que contar cómo nos conocimos y en qué circunstancias.

Lo conocí una noche de perros, el peor hielo de fines octubre, los pies helados, la fiebre que me consumía, las náuseas en el comedor, la sonrisa de fierro que tuve que poner antes de los postres, la salita middle class, el recital del niño genio que me mostraban como si yo tuviera que estar agradecido. Y el niño no sabía nada, nada de nada, sabía mover los deditos, sabía la mecánica del negocio, tenía un oído límpido, conocía los sonidos, pero no sabía nada de ellos, saber y conocer, la gran diferencia en que yo pensaba, sin decírselo jamás, ni cuando me negó, saber y conocer, saber y conocer, apenas hablaba francés él, no sabía bien lo que yo estaba diciendo y a mí el inglés en ese tiempo no se me daba tan bien.

Cinco siglos de música le voy a dar a este muchachito, eso es lo que yo le voy a dar, y ese pensamiento me ancla, me da el ánimo en esa primera noche helada en que glenngouldperrolo voy a conocer, cuando me llevan a esa casa como quien lleva a un perro nuevo, recién comprado, un [incomprensible, estática] que mueve la cola más por miedo que por amabilidad innata. ¿Quién era el perro? A veces creo que yo era el perro, pero a veces pienso que el perro nuevo era Glenn. Fue una noche de perros. Perros ladrando de frío o de timidez.

Me van a preguntar cómo lo hice, y yo tengo que decir que con cabeza, porque el buen músico no puede ser tonto, hay una inteligencia de orden mayor en la mejor música, hay maña, en el buen sentido de la palabra, hay lo que yo llamaría [incomprensible] si pudiera usar esa palabra, cosa que no puedo hacer, puesto que como bien se sabe esta disertación tendrá que ser traducida al inglés, y la palabra [incomprensible]  no tiene equivalente en este idioma.

Mire, Glenn se sienta al piano después de los postres y lo hacen tocar. Pienso bien dónde voy a ubicarme para oírlo, y elijo el costado izquierdo, para darme cuenta desde ahí qué puntos calza el niño maravilla. Y ahí es cuando veo la zurda, la deja baja, agazapada, flojeando, y siento el murmullo de [incomprensible] que le sale de entre los labios al tocar, y veo cómo martilla con la mano entera, pudiendo mover cuando quería cada dedo, entiendo que me está probando, y veo cómo cruza las manos por molestar, y cómo planta los pies en el suelo, despreciando los pedales, pateando los pedales, veo cómo se pone a tocar con las piernas cruzadas, como neurasténico, como esos jazzistas que le pegan al piano con los antebrazos, se puso a transponer piezas de improviso, como si no costara nada, con un ligero desplazamiento del punto de origen, lo hizo con Scarlatti, con Les Six, con un par de Variaciones. Eso es lo que veo, lo que me muestra, apenas oigo nada, apenas me interesa escuchar, oír y escuchar, ésa es otra diferencia que yo le expliqué, el la sabía, pero yo se la hice método, disciplina, forma.

Acepto la oferta en voz alta, el padre asiente con una sonrisa, la madre se frota las manos, Glenn me mira con aire divertido, creyéndome inofensivo, sin saber que yo había entendido perfectamente lo que acababa de hacer. Pasamos a la salita a tomar el café y unas masitas. Glenn nos da las buenas noches. Hablamos de naderías, de mi país natal, de los hielos de Patagonia. Me doy cuenta de que nadie tiene la menor idea de la Patagonia, ni menos yo. Yo menos que ninguno de ellos, pero de eso hablamos por largo rato, de los glaciares azules, de estepas barridas por el viento, de bosques que por el viento no conocen la verticalidad. Me voy manejando a mi casa en las calles cubiertas de hielo, bordeando ese lago horrendo. Llego tarde y me acuesto de mal humor, eso lo sé porque casi nunca me acuesto de otra manera, y esa noche fue peor porque no pude tocar una tecla. El único que tocó fue Glenn en la noche de perros y hielos. Haber tocado después de mi pupilo hubiese sido un gran error. Pasé esa noche tiritando de fiebre.

Busque con la piel la temperatura justa, déjese consolar, la tibieza que lo abrace, déjese, por el sonido déjese tocar, acarícielo, sienta en la cara la música como el viento, levántese a la altura justa, siéntalo, Glenn, sienta en la madera la mano, en la madera el oído, las cuerdas son un pulmón que vibra, respire con el piano, Glenn, con el piano, respire.

El niño Glenn me niega ahora, ya tiene 19 años, está grande y reniega de mí, dice que le repugna la emoción y quiere hacerse cerebro, cuando yo no he sido nada sino cerebro para su corazón canadiense, con mi hielo de la Patagonia lo he hecho témpano de mi témpano, iceberg de mi iceberg, glacial de mi glacial, sonrisa y venia de mi civilidad antigua, chilena, congelada, una máscara de metal y debajo el odio, la sospecha, la generosidad raída, la roña, el ser hacia adentro, eso se lo he dado yo, sin que se diera cuenta, lo que creerá suyo es mío realmente.

Todo ese hielo negro, esa nieve anquilosada, todo eso se lo di yo en aras del arte, lo dejé que saliera, porque quién sabe qué rabias habría debajo, quizás qué fuerzas huracanadas en tanto viento polar. Viento ártico con mi ojo antártico. Sus dedos frígidos para mi hielo austral. El niño premasturbatorio confunde la frialdad con la falta de emociones, pero yo sé, por venir de donde vengo, que nada puede estar más lejos de la verdad. Glenn me necesita de modelo y de enemigo, y darme cuenta de eso es, siempre será, mérito mío, el fruto de noches enteras mirando cómo la nieve se acumula en mi patio de profesor inmigrante, el fruto de mis odios metálicos, resplandecientes como el hielo del Ontario, el fruto límpido de la fuga de las horas mirando los cristales de mi ventana, tocando mis fugas con la punta de los dedos fríos hasta que me quedo dormido.

Dirá ahora que la suerte es mía, eso dirá Glenn, lo que dicen todos. No me interesa nada, son cuchilladas de pupilo genio, ¿no es cierto?, es ruido que hay que filtrar, dejar afuera, el ruido de la calle que no interesa. Yo le enseñé lo que tenía que aprender un genio, cosa no fácil, tuve que recurrir a la delicadeza que yo ya había casi perdido a punta de tanta lejanía, y con ella lo guié, para que no perdiera el tiempo, para que me tuviera afecto, para que la música no fuera jamás una obligación, sino una urgencia, la urgencia más grande de su vida. Qué suerte ni que nada. Nada es suerte, qué suerte ni nada, suerte: nada, qué suerte, el puro qué dirán.

Forma, método, disciplina. Explico la diferencia entre escuchar y oír, listening and hearing, lissen, lissen, hear, here, nada veo, eso es todo lo que importa. Ni la histeria, ni las piernas cruzadas, ni los pedales despreciados, sueltos a patadas, los brazos que se cruzan por encima del teclado, el golpeteo y el martilleo preciso que aprendió de mí, el canto sordo que le sale de la garganta, el pulso de la música en su mano agazapada, la zurda floja que flota en el teclado para que la vean, para que todos sepan que también es parte de la forma, que se note que tocar el pianoforte nunca más será lo mismo. [Ruido de motocicletas. Portazos que se van alejando]

Repetirán que la suerte no es de Glenn sino mía, hasta el cansancio, [cristales rotos] y no va a faltar el que lo crea.

[Cinta 8, AgfaSon 3/4, 03m42m-20m05s, splice 4m40s-4m55s
Transcripción 1 G Meredith, rev/rcs 2/2015]

Chirigua

Mi familia se desperdigó después de que murieron las dos hermanas de mi mamá. Se desintegró entre los silencios y las reyertas cebadas por el alzhéimer, que más que una enfermedad es una seguidilla de crueldades y depredaciones. Se perdió la familia y se desvanecieron con ella hasta los objetos asociados con la vida en común, salvo minucias, remanentes sin vínculos: un pañuelo bordado con iniciales desconocidas, una figurita de porcelana de procedencia incierta, una cajita de lata con joyas de fantasía, un par de anteojos, un abrigo que no le queda bueno a nadie.

El objeto que más curiosidad me causó siempre fue la foto enmarcada del tío Nano, muerto quince años antes de que yo naciera. Era de esas clásicas fotografías de estudio que se encuentran en tantas casas chilenas, impresa en blanco y negro, en un marco semiovalado o tal vez octogonal. Colgaba en el dormitorio de mis abuelos, aunque a veces pasaba períodos en el comedor. Según mi mamá, a mi abuelo no le gustaba tenerla en su pieza, pero siempre volvía a su sitio, encima del velador de mi abuela, una especie de altar a su memoria. Por detrás, el marco tenía una tapa de cholguán o cartón oscuro, un papel estampado con una firma, una dedicatoria borrada y el timbre de un estudio ubicado en la calle Dos Sur de Talca.

Mi mamá, a estas alturas de su propio alzhéimer, no recuerda qué pasó con el retrato de su hermano mayor, solo vocea conjeturas. Seguramente Pedro o alguna de sus hijas se quedó con él, seguramente habrán vendido el marco, que era fino, seguro que la perdieron porque no sabían quién era, seguro que lo tienen botado por ahí. Es una estrategia parecida a la que usó toda la vida para ocultar que no sabía algo, para comprar algo de tiempo. Así aprendimos que toda conjetura de mi mamá se daba por cierta mientras no surgiera una refutación contundente. Sus hipótesis (palos de ciego, decía yo cuando me exasperaba) siempre fueron muy plausibles porque ella era experta en leer signos e indicios, por tenues que fueran, y porque era bien sagaz a la hora de organizar sus observaciones. Ahora sus conjeturas son de otra índole; en lugar de plantarse con seguridad frente la incertidumbre, avisan que vienen desprovistas de certeza. El indicio que usa como guía es el destello del recuerdo en el interlocutor. Cuando le hago una pregunta, me pide con los ojos que me acuerde yo, que conteste yo por ella, quiere leer en mis ojos sus recuerdos perdidos, para que le repita lo que ella alguna vez me contó y aferrarse a eso como la verdad.

No puedo exhortar a mi mamá a que se acuerde, porque para ella la memoria dejó de ser una facultad propia, para convertirse en algo tan ajeno a su control como el clima. Nadie sabe con seguridad si la cabeza le va a amanecer con sol o con neblina. Hay momentos en que las nubes se le aprietan en racimos negros y apenas dejan pasar algo de luz, pero todavía, por suerte –toco madera–, hay muchos momentos en que el cielo se le despeja y resplandece, diáfano, como recién llovido. No se preocupe, mamita –le dije la última vez que le pregunté por el retrato del tío Nano–, igual esa foto me la sé casi de memoria. Yo me sabía de memoria la cara de mi hermano –dijo–, pero ya no, a veces hasta se me olvida que tenía un hermano mayor, ahora me acordé porque usted me preguntó, tanto tiempo que nadie me lo nombraba.

De niño, tal vez para luchar contra la incomodidad de tener que lidiar con la presencia de ese tío muerto, yo pensaba que ese señor del marco octogonal no era de verdad pariente nuestro. No compartía ningún rasgo con mi madre o mis tías. Tampoco se parecía a su hermano menor, considerado –mediante la sistemática omisión de los piropos prodigados al resto– el feo de la familia. El tío Nano era buenmozo, afirmaban mi madre y mis dos tías, con la vehemencia risueña de las mujeres que no dudan de su propia belleza. En la foto no se veía tan buenmozo, pero seguro que sus hermanas no mentían, por la forma en que hablaban de él, por el efecto que según ellas tenía en quienes lo conocieron. De repente irrumpía en una pieza cantando y ensayando pasos de tango con un brazo a medio extender, la mano sobre el plexo solar, descamisado, con los suspensores sueltos y un cigarrillo apretado entre los labios, los ojos entrecerrados, centellas detrás del humo azul. A veces aparecía con el pelo hecho un remolino, mojado de sudor, la guerrera ploma de conscripto sin abrochar, los pantalones arremangados y los calamorros sueltos, después de una pichanga o una carrera en una plaza polvorienta. Venía sediento, voraz, regalón, vital, y su madre y sus hermanas se le prodigaban.

Las fotos de la familia de mi madre se cuentan con los dedos de una mano. La primera es de mi abuelo José del Carmen, en la plaza de Los Ángeles. Está a caballo, de chupalla andaluza y poncho de Castilla. Sabemos que es él porque siempre se nos ha dicho que es él, pero la verdad es que bien podría ser otra persona, otro huaso imponente, varonil y oscuro que por alguna razón (¿la usanza?, ¿un capricho?) optó por fotografiarse montado entre esos árboles sombríos.

La segunda es de mi mamá a los cinco o seis años, sacada poquito antes del terremoto de 1939, en un campo cerca de Chillán. La niña trata de disimular una rotura de su vestido adoptando una pose desafiante, con los brazos en jarra y el ceño fruncido por el sol.

Hay otra, tomada diez años más tarde, de mi mamá con su hermana Carmen, las dos de salida dominical. Llevaban dos años trabajando puertas adentro en Santiago al momento de pasear por esa plaza de Ñuñoa. Mi mamá tiene quince años y todavía se le nota en las mejillas la redondez lozana de la pubertad. Lleva cartera y unos zapatos de medio taco como los de la pata Daisy. Su hermana, que iba a ser la primera en morir de alzhéimer, tendría unos dieciséis o diecisiete años y se ve mucho mayor y más esbelta. Las dos están contentas y sonríen con el mismo grado de intensidad. Habían pasado cinco años desde el asesinato de su hermano Fernando.

En la foto siguiente (la última, me sobran dedos) ya han pasado casi diez años más. Mi mamá  parece una mezcla de Rita Hayworth y Lauren Bacall. En cambio, mi tía Carmen, la joven esbelta de la foto anterior, ya había empezado a desaparecer. Entre su marido y mis primos terminaron borrándola por completo, empezando por su ausencia de las fotos. Con el correr del tiempo la escondieron junto a los cuadernos en que ella, seguramente sintiendo que la memoria le empezaba a fallar, se había propuesto escribir sus recuerdos de infancia campesina. También están en esa foto mis abuelos: él, con la solemnidad distante de un evangélico recién convertido, y su mujer, irreconocible, con la cara de fastidio atávico con que salía en su cédula de identidad.

Y no me acuerdo de otras, tal vez haya una o dos más por ahí, pero eso es todo, no llegan a cinco o seis fotos en treinta años para una familia que llegó a tener once personas. De los nueve hijos, solamente cinco sobrevivieron los rigores de la infancia en el campo, y de estos, solo cuatro llegaron a viejos. Tal vez hasta sea mejor que entre tanta muerte hayan quedado tan pocos vestigios. Susan Sontag dice con tanta certeza que coleccionar fotografías es coleccionar el mundo, pero ella habla desde su optimismo moderno, tan norteamericano, tan vorazmente colonizador, y da por garantizados la abundancia, el acceso al lente y los procesos tecnológicos del primer mundo. En la escasez del Valle Central de Chile de mediados del siglo XX, sin embargo, una foto, sobre todo si es la única que tenemos de alguien, es parte del mundo solo en el sentido en que una sombra es parte del mundo. Una foto de estas, las fotos fantasmagóricas de mi familia, será siempre poco más que eso, el registro de una sombra, un ayudamemoria en la caverna; especialmente si está algo desenfocada, sin calibrar, impresa en papel quebradizo y coloreada a la diabla.

La seriedad de mi tío Nano en su retrato opacaba sus rasgos y proyectaba una sensación de lejanía y soledad contra la que yo tenía que luchar cada vez que la miraba. Es la cara de un muerto, tiene los ojos abiertos, pero está muerto, me decía a mí mismo. El miedo que sentía al encontrarme a solas con el retrato aumentaba cuando pensaba que en el momento de morir, Fernando debió haber sentido mucha pena y mucha rabia. Esa mudez airada, opaca y triste de la foto era para mí su forma de dejar constancia de una inconformidad eterna. Porque qué otra cosa va a sentir uno sino rabia cuando una noche de primavera, en la pista de baile de una quinta de recreo en Molina, provincia de Curicó, se le abalanza alguien que, simulando un esperado abrazo, le perfora el corazón de un solo puntazo de estilete.

Al momento de su muerte, Fernando Sandoval Valenzuela tenía veintidós o veintitrés años. Venía recién saliendo del servicio militar, donde, según varias versiones, habría conocido a su asesino. Era un muchacho de espaldas anchas, esbelto y de buena estatura, buen corredor y futbolista. «Bien hecho» era la expresión que usaba mi abuelita. Siempre andaba con la chanza en la boca. Casi siempre, corrige mi mamá, la regalona de su hermano mayor, porque un par de veces ella lo encontró llorando a solas, en la oscuridad del patio. Fernando heredó el temperamento extrovertido de mi abuela, criada en las hosterías y posadas camineras de Ñuble, Concepción y Biobío, donde una mujer tenía que saber usar la lengua como primera línea de defensa propia. Tal vez porque se le parecía en el carácter, su madre lo adoraba y lo consentía, y tal vez por eso Fernando nunca se llevó bien con mi abuelo, un hombre parco y sencillo que a veces se quedaba sin saber qué contestar frente a la ironía quemante y risueña de su mujer.

Era desordenado –palabra que contiene, por sí sola, todo un código– y por eso mi abuelo fue partidario de que hiciera el servicio militar. Mi mamá dice ahora, cuando amanece más desorientada, que ella cree que su hermano nunca hizo el servicio, pero la historia que contaban una y otra vez ella misma y sus hermanas la contradice. Al terminar su período como recluta, le pidieron que hiciera un curso de suboficial en Santiago. Su superior (un capitán, otras veces un teniente, quizás un sargento) había quedado impresionado con la entereza de Fernando. Sucede que un domingo en la noche, el conscripto Sandoval volvió al regimiento después de la salida reglamentaria con el brazo quebrado (mi tía Carmen decía que se había quebrado un pie, no un brazo). Cuando el oficial de guardia le preguntó qué le había pasado, el conscripto Sandoval confesó sin vacilar que había estado jugando fútbol, en violación directa de la norma. No lo castigaron demasiado, dice mi mamá, porque dijo la verdad.

Mi tío Pedro, el hermano menor, me dio a entender una vez –camino al estadio Santa Laura, donde siempre me llevaba cuando yo era adolescente– que le molestaba el culto al tío Nano, que se decían mentiras, que quizás en qué lesera andaría metido, que apostaría que la pierna no se la fracturó jugando a la pelota, que le andaba contando cuentos a todo el mundo, que era medio vividor, medio fresco, irresponsable, un gallo raro. Nunca más volvió a mencionar el tema, pero me sorprendió la revelación tan inesperada de un rencor tan fuerte. Lo más sorprendente no era el encono con que hablaba sino que Pedro apenas había alcanzado a conocer a su hermano mayor y aun así hablaba mal de él. Ese incidente me despertó la curiosidad y empecé hacer preguntas más específicas y sistemáticas. ¿Cómo murió el tío Nano? Siempre tuve la sospecha de que no había sido por enfermedad, porque las muertes por enfermedad se hablaban, no eran materia de rodeos. Desde niños oímos hablar de niños muertos en la familia de mi mamá, en particular de una hermanita que alcanzó a remontarse a duras penas a los cinco años y con cuyo recuerdo mi mamá invariablemente se conmovía, siempre mencionando que había sido muy enfermiza pero valiente hasta el final. Ahora no se acuerda cómo se llamaba esa niña que fue su compañera de juegos, y como yo no estoy seguro, no me atrevo a poner aquí su nombre.

De los detalles de la muerte del tío Nano nos fuimos enterando por retazos. Hay una extraña simetría entre la construcción de los recuerdos familiares y el proceso del olvido. De repente surgió la figura del asesinato. No padecía de ninguna enfermedad, al contrario, estaba en la plenitud vital de sus veintidós años. Lo mataron. Así, en abstracto, y de a poco se sumaron los detalles reveladores, que fue de noche, entre un viernes y un sábado o un sábado y un domingo. No se hablaba de los motivos y por un tiempo estuve convencido de que se había tratado de una muerte casi accidental, que él había estado en el lugar equivocado y que en la confusión de una riña le había llegado una estocada mortal.

Porque fue eso, una estocada, no un balazo ni una golpiza sino una estocada con un punzón que dejó una marca ridículamente pequeña en su pecho, un punto apenas discernible en la palidez de su pecho. De alguna manera que nunca ha sido precisada, mi madre, una niña de diez  años, vio el cuerpo de su hermano muerto. Se veía lindo, decía, con su pelito recién cortado, como si no le hubiera pasado nada, como si se fuera a despertar en cualquier momento. Yo no me acuerdo de haber hecho la pregunta, ni tengo la seguridad de que la haya hecho alguno de mis hermanos y hermanas, pero en algún momento tiene que haber surgido: ¿quién fue, quién lo mató? Con cada reiteración de la historia, la respuesta a esa pregunta nunca dejó de inquietarme: se sabía quién había sido, nadie lo dudaba. Cómo no se iba a saber, si fue en descubierto, delante de toda la concurrencia de una quinta de recreo, donde estaba medio Molina. En uno de los recuentos salió el nombre del asesino: un tal Aquiles. Nada más, ni una seña más, ni una descripción. Tiempo después se iba a añadir el detalle de que era un hombre de unos treinta años, conocido en la zona, dueño o futuro heredero de algunas propiedades. Detrás de todo se fue formando la presunción de que había una mujer en disputa. Si bien eso podía aclarar un poco la nebulosa alrededor de la muerte de mi tío, algo no cuadraba o quedaba incompleto.

Por la época en que mi mamá quinceañera se sacó la foto en la plaza junto con su hermana Carmen, cuenta, se subió a un tranvía Ferrocarril Oeste, de los que pasaban por la calle San Pablo. Iba en dirección oriente, hacia Mapocho. Llevaba una bolsa llena de recortes de tela, un encargo pesado e incómodo de manejar, y el tranvía iba lleno.

Logró subirse e intentó avanzar por el pasillo hacia un espacio más cómodo. De pronto, al detenerse el carro en la esquina de Matucana, sintió que la sangre se le iba de los brazos, dejó caer el paquete y tuvo la sensación de que se desvanecía. La sujetaron entre varios pasajeros y logró recuperarse. Para entonces, él la había visto, tal vez la reconoció o tal vez vio el destello de esos   ojos y a empujones, aterrorizado, buscó la salida. El carro se puso en marcha con rapidez y mi mamá empezó a gritar, ¡asesino, ahí está el asesino, ahí está el que mató a mi hermano, paren a ese asesino, el asesino! El hombre se abrió paso a golpes de hombro y codazos por el pasillo, pateó y forcejeó con la puerta hasta que la abrió lo suficiente para lanzarse al empedrado sin esperar que se detuviera el tranvía, como quien se arroja a un río. Mi mamá lo vio tirarse, lo vio caer, lo vio quedar tendido sobre los rieles sin un zapato, vio a los curiosos arremolinarse alrededor del cuerpo. El tranvía siguió su marcha.

Era él, lo reconocí, se llamaba Aquiles, estoy segura de que era él, mijo, ese infeliz, pero yo lo gritoneé bien gritoneado, le grité delante de la gente que era un asesino. Eso no se me va a olvidar nunca.

Me contó la historia de nuevo una tarde de otoño, hace unos meses, sentada en su cama, junto al velador donde guarda las fotos de sus hijos, especialmente las de sus dos hijos ausentes, los que nos fuimos a vivir lejos de Chile. Por la ventana entraba el sol dorado de mayo, bello pero mezquino de calor. Le leía a mi mamá partes del libro que tenía que lanzar esa misma noche, un libro escrito para ella, que fue la que me enseñó a leer, a escribir, y a entender por qué nos contamos historias entre nosotros. Por causa de ese libro había discordia en mi familia, se habían despertado desconfianzas y rencores entre hermanos, se habían formado bandos a favor y en contra de su publicación. Le leí la parte final, que es todo ella y su memoria, y mi mamá (olvidando que una de mis hermanas ya se la había leído, en el fragor de la disputa interna) disfrutaba de las palabras, se reía, agregaba datos, se transportaba a otro tiempo.

¿Eso lo escribió usted?, me preguntó.

Cerré el libro y seguimos conversando, hasta que, mirando fotos, nos encontramos hablando del tío Nano. Se parecía harto a ustedes, a su hermano sobre todo, era tan lindo, dijo. Me quedé callado, esperando que siguiera, sin esperar jamás que fuera a contar algo nunca dicho. Vi que tenía los ojos enrojecidos, las cejas coloradas de emoción. Dentro de mi abrazo la sentí muy chiquitita, como un pajarito. Se lo dije. Chirigua, así me decía mi hermano, chirigua –me contestó–, yo era su regalona, me acuerdo del último día que lo vi, nos vino a ver a la casa donde arrendábamos unas piezas, andaba feliz, le habían  pagado recién, le pidió a mi mamá que le planchara una camisa blanca y yo le dije «yo te la plancho», pero mi mamá no me dejó, porque en ese tiempo se planchaba a carbón. Él salió y yo quise salir con él, pero no me dejó porque iba a la peluquería, dijo que no era lugar para niñitas chicas. Yo lo seguí sin que se diera cuenta y lo miraba por una rendija que había en la pared de atrás de la peluquería. Lo vi entrar y sentarse en el sillón, rodeado de sus amigos que se reían de sus chistes mientras él los miraba por los espejos. Se echó para atrás para que le pasaran la navaja, pero seguía conversando y riéndose, echando tallas por todo. El peluquero le decía que se quedara tranquilo, pero todo eran risas. La gente andaba contenta en todo el pueblo, Molina se llamaba, porque se habían pagado de la cosecha de duraznos, todos nosotros nos pasábamos en eso, de temporeros en las cosechas, para allá y para acá nos llevaba mi papá, todos trabajábamos en eso, hasta yo que era chica. Lo miraba por esa rendija y lo veía tan contento. Tenía una fiesta en la noche, por eso quería su camisa blanca bien planchada y un buen corte de pelo.

Como a las tres, cuatro de la mañana oímos unos golpes terribles en la puerta y nos levantamos todos a ver qué pasaba. En la entrada estaban parados dos carabineros con sus mantas de Castilla, preguntando si había en la casa algún pariente de Fernando Sandoval Valenzuela. Sí, señor, yo soy el padre. ¿Y cómo se llama usted? José del Carmen Sandoval Vergara. Fernando Sandoval ha muerto. Así lo dijeron, a lo bruto, delante de todos nosotros, sin decir lo siento, nada. Fernando Sandoval ha muerto. En ese momento mi mamá se tiró al suelo, llorando a gritos que partían el alma y las hermanas nos pusimos a llorar también, pero nadie tanto como mi mamá, que gritaba ¡qué le hicieron, qué le hicieron a mi niño!, y lo llamaba.

Le pregunté, mamá, ¿por qué lo mató ese tipo, cómo lo conocía?, y ella, tal vez sin darse cuenta de que estaba revelando una dimensión que cambiaba toda la historia y que confirmaba lo que, a lo más, pudo haber sido una sospecha efímera, me lo dijo. Sí lo conocía, se conocían bien los dos, se querían mucho, se habían hecho amigos en el servicio militar, a veces lo llevaba a comer a la casa, parece que él también estaba en el regimiento de suboficial, eran muy amigos, estuvieron viviendo juntos, más de un año, vivían juntos hasta que mi hermano decidió que no quería nada más con él, porque era un tipo raro, posesivo, no quería que nadie se le acercara a mi hermano, no lo dejaba tranquilo, hasta que mi hermano se aburrió y se fue de esa casa, lo dejó no más y se fue a Molina Molinaa estar con nosotros para la cosecha, y de Talca llegó el Aquiles a buscarlo, averiguando por aquí y por allá dio con él, llegó esa noche a la quinta donde era la fiesta y ahí.

Así fue. Qué más quiere que le cuente. ¿Y no hubo una investigación, un juicio, mamá? No, nada, nada, no hubo nada de eso. Mi papá fue a reconocer el cuerpo pero nada más, no quiso hacer nada más, ni presentar ninguna acusación, y a la policía ese tipo de crímenes no le interesaba, mi hermano para ellos no era nadie. ¿Y dónde está enterrado mi tío? En Molina quedó, en la fosa común quedó, porque mi papá no quiso que se hiciera de otra manera, ni siquiera quiso ponerle un nicho, nada, se desentendió, no quiso enfrentar todo eso, lo que decía la gente de por qué lo habían matado, lo que se iba a decir si seguían averiguando, quiso taparlo todo y él era el que mandaba, así que de ahí nos fuimos, lo fuimos a dejar al cementerio y nunca más volvimos a Molina. Nunca le fuimos a dejar una flor.

Escucho por última vez las palabras de mi madre en la grabación subrepticia que le hice y luego las borro, despacio pero con convicción. Las borro porque me recuerdan que es inútil desear que las cosas hubieran sido de otra manera, inútil desear que el desamparo y el abandono final hubieran sido menos absolutos, inútil buscar en esta historia algún consuelo que sea permanente. Confirmo que las borro y termino de escribir esto con la esperanza tenue, deshilachada, de que estas páginas sean un sitio más justo para la memoria de Fernando Sandoval, para su corazón y su herida invisible, más digno que su fantasmagórico retrato o su tumba sin marcar. Luego llamo a mi mamá por teléfono. En el curso de la conversación comprendo que ella no se acuerda de haberme revelado ningún secreto. Entonces le leo lo último que escribo, mi regalo efímero: veo a mi tío Fernando en el sillón de una peluquería pintada color verde agua, riéndose a boca llena entre otros hombres, rodeado de espejos que concentran en él toda la luz de la primavera.

(Publicado en Revista Dossier No. 26, diciembre de 2014)

El ciclista que venía de vuelta: 11/9 1973

Hace 39 años me estaba preparando para un día normal de clases.  En la tarde el plan era ir a guitarrear un rato en la casa del Marco Luco con un disco del grupo Yes que se llamaba “Close To the Edge”. No llegué ni a la esquina esa mañana. Las micros habían dejado de correr o pasaban traqueteando como fantasmas, vacías. Se empezó a nublar, anunciando lluvia, pero no hacía mucho frío.

De vuelta en la casa pillamos en la radio los discursos de Allende y a eso del mediodía sentimos cómo los Hawker Hunter que bombardearon Tomás Moro pasaban rasantes encima de nosotros después de soltar sus rockets. Sobrevolaban tan bajo que se distinguía la cabeza del piloto en su burbuja verdosa de plexiglas.

Después vimos que un helicóptero sobrevolaba la casa del presidente, que quedaba a unas quince o veinte cuadras. Los disparos se veían muy nítidos, como chispazos de color naranja intenso, pero la escena estaba en mute, todo en silencio, o así parecía en comparación con el rugido atronador de los Hawker Hunter. Desde la altura de Colón Oriente se veía la columna de humo negro de La Moneda entre los nubarrones, un poco más al poniente de la silueta del cerro San Cristóbal.

Después de almuerzo escampó y se abrió un poco el cielo. Por los cerros al final de Colón subían columnas de infantería. Me encaramé al techo para mirar sus maniobras.

No andaba nadie por la calle, sólo un ciclista que llevaba una guitarra a la espalda mientras pedaleaba cuesta arriba por Paul Harris hacia Colón. La calle no estaba pavimentada todavía y el ciclista le hacía el quite a los charcos y al barrial de la lluvia reciente.

A media tarde hubo pichanga en la cancha de tierra, hasta que empezaron a pasar los camiones de milicos. Se sintieron los disparos, esta vez cerca, detonaciones que no conocíamos. Una ametralladora de guerra hace un ruido inconfundible que retumba no sólo en los oídos sino en la boca de uno, en el pecho, en los mismos huesos.Empezaba a regir el toque de queda.

De vuelta en mi casa, me subí otra vez a los pizarreños húmedos para curiosear. Encima de la ciudad persistía un manto de nubes, pero el sol al ir bajando lo alumbraba todo con un tono dorado. Mi mamá hacía sopaipillas para la once, porque pan no quedaba. De mi papá no teníamos noticia desde que había salido a trabajar, al filo del amanecer.

Vi que el ciclista venía de vuelta, esta vez bajando desde Colón, con el estuche de su guitarra a la espalda, igual que antes. Me acuerdo de las bastillas de sus pantalones, tomadas con pinzas para no mancharse con la grasa de la cadena o con las salpicaduras del barro. La bicicleta tenía manubrio de carrera y para aprovechar la bajada el hombre se inclinó hacia adelante como hacen los ciclistas profesionales. A dos cuadras de distancia se veía muy clarita su camisa blanca, la guitarra en su funda negra. De repente sentí que estaba temblando. Pero no era un temblor de tierra sino un fragor en el aire, un bramar que se agudizó en una fracción de segundo hasta convertirse en silbido, un relámpago y un estampido como latigazo que destrozó ventanales. La bicicleta quedó en medio de la calle, al lado del ciclista que estaba tendido de bruces en medio del barro. El hombre se incorporó con la ayuda de algunos vecinos que salieron a socorrerlo. Se sentó en la cuneta, todavía con la guitarra a la espalda. A mí, que estaba a tres o cuatro cuadras, me zumbaban los oídos. Me preguntaba cómo ese hombre había aguantado el impacto. La gente se arremolinaba alrededor del lugar exacto donde había caído la bomba, mirando al cielo por si aparecía otra vez el avión.

Mi mamá no nos dejó ir a mironear. Se sentía el tableteo de algunos disparos en la distancia. Nos tuvimos que conformar con mirar de lejos, sentados en las tablas que hacían de reja, frente a la casa a medio construir. El hombre siguió su camino, a pie, con la bicicleta tomada del manubrio, rumbo al campamento que se conocía como “La Pechuga”. Le dejó la guitarra a uno de los vecinos para que desde el aire no pudieran confundir el instrumento con un arma de fuego.

 Al día siguiente, vimos con algo de desilusión que el cráter no era de más de medio metro de diámetro y unos veinte centímetros de profundidad. No había sido más que una bomba de ruido lanzada por un jet de instrucción, seguramente tripulado por un alférez que amaneció convencido de que ese día hizo lo suyo para salvar la Patria.

 Con el pasar de los días, mis hermanos y yo perfeccionamos el arte de simular los estampidos de una ametralladora punto 30 golpeando un tablón grueso con un martillo o con una piedra grande. Gracias a este simulacro de tiroteo, pusimos nerviosas a varias patrullas de milicos cuando pasaban por el barrio haciendo allanamientos o parando gente en la calle.

Esa mañana hace 39 años empezó un gran proceso de calibración sensorial: aprendimos a usar nuestros sentidos de formas nuevas, más diversas, para entender bien todos los sonidos, los silencios y los estampidos, para ver aunque fuera desde lejos, encaramados a un tejado, y en mute, el espectáculo que hace la historia cuando nos cambia la vida. Es un show bello y siniestro a la vez, un show que con el tiempo se convierte en cifra y enigma, y que mantiene su poder sobre nosotros devolviéndonos retazos de memoria en cada aniversario.

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