El arte de la fuga de Alberto Guerrero

Dirán que la suerte fue mía y no de Glenn. No interesa. Puñaladas por la espalda, a mansalva y sobre seguro. Cómo se va a defender uno. Imposible. Pupilo genio, dicen, profesor famoso. Tienta pensar así, para apocar, menoscabar, pero no es cierto, no es cierto, señor [ruido exterior, motor de automóvil o motocicleta que pasa]… Glenn tenía muchas cosas que aprender y yo se las enseñé, nadie más, nadie más que yo se las enseñó. Y mire que venía con mañas que tuve que matar una por una. Mañas de autodidacta, atajos que llevan a precipicios.

Glenn_Gould_and_Alberto_Guerrero

Alberto Guerrero y su discípulo Glenn Gould

Más difícil que fácil es ser profesor de un genio, hay que tener delicadeza, cosa que yo nunca tuve en abundancia, lo que tengo yo es perseverancia, soy porfiado. Glenn me enseñó a ser su profesor, yo aprendí con él a guiarlo. ¿O alguien cree que con su temperamento se hubiese quedado tranquilo perdiendo el tiempo con un mediocre, por mucho afecto que me tuviera? La respuesta es no, por nada del [voces, puerta que se abre y se cierra con estrépito, silencio 8 segundos]… Nada, hizo nunca en la vida por obligación, es claro que “no” es la respuesta.

Respire con el piano, Glenn, respire con el piano, las cuerdas son un pulmón que vibra, usted toca una y suenan todas, ponga la oreja en la madera, ponga la mano en la madera, siéntese así, siéntese asá, busque la altura justa para que ese viento que es la música le vuele en la cara, deje que lo acaricie, déjese tocar por el sonido, déjese, abrazado en su tibieza, déjese refrescar, busque la temperatura justa con la piel. …[espacio en blanco de 12 segundos, el golpeteo de la cinta al girar]…, las manos, las manos… [espacio de tres segundos, voces ininteligibles, un metrónomo de péndulo que se acelera y vuelve al ritmo inicial] eso hay que decirlo después, antes tengo que contar cómo nos conocimos y en qué circunstancias.

Lo conocí una noche de perros, el peor hielo de fines octubre, los pies helados, la fiebre que me consumía, las náuseas en el comedor, la sonrisa de fierro que tuve que poner antes de los postres, la salita middle class, el recital del niño genio que me mostraban como si yo tuviera que estar agradecido. Y el niño no sabía nada, nada de nada, sabía mover los deditos, sabía la mecánica del negocio, tenía un oído límpido, conocía los sonidos, pero no sabía nada de ellos, saber y conocer, la gran diferencia en que yo pensaba, sin decírselo jamás, ni cuando me negó, saber y conocer, saber y conocer, apenas hablaba francés él, no sabía bien lo que yo estaba diciendo y a mí el inglés en ese tiempo no se me daba tan bien.

Cinco siglos de música le voy a dar a este muchachito, eso es lo que yo le voy a dar, y ese pensamiento me ancla, me da el ánimo en esa primera noche helada en que glenngouldperrolo voy a conocer, cuando me llevan a esa casa como quien lleva a un perro nuevo, recién comprado, un [incomprensible, estática] que mueve la cola más por miedo que por amabilidad innata. ¿Quién era el perro? A veces creo que yo era el perro, pero a veces pienso que el perro nuevo era Glenn. Fue una noche de perros. Perros ladrando de frío o de timidez.

Me van a preguntar cómo lo hice, y yo tengo que decir que con cabeza, porque el buen músico no puede ser tonto, hay una inteligencia de orden mayor en la mejor música, hay maña, en el buen sentido de la palabra, hay lo que yo llamaría [incomprensible] si pudiera usar esa palabra, cosa que no puedo hacer, puesto que como bien se sabe esta disertación tendrá que ser traducida al inglés, y la palabra [incomprensible]  no tiene equivalente en este idioma.

Mire, Glenn se sienta al piano después de los postres y lo hacen tocar. Pienso bien dónde voy a ubicarme para oírlo, y elijo el costado izquierdo, para darme cuenta desde ahí qué puntos calza el niño maravilla. Y ahí es cuando veo la zurda, la deja baja, agazapada, flojeando, y siento el murmullo de [incomprensible] que le sale de entre los labios al tocar, y veo cómo martilla con la mano entera, pudiendo mover cuando quería cada dedo, entiendo que me está probando, y veo cómo cruza las manos por molestar, y cómo planta los pies en el suelo, despreciando los pedales, pateando los pedales, veo cómo se pone a tocar con las piernas cruzadas, como neurasténico, como esos jazzistas que le pegan al piano con los antebrazos, se puso a transponer piezas de improviso, como si no costara nada, con un ligero desplazamiento del punto de origen, lo hizo con Scarlatti, con Les Six, con un par de Variaciones. Eso es lo que veo, lo que me muestra, apenas oigo nada, apenas me interesa escuchar, oír y escuchar, ésa es otra diferencia que yo le expliqué, el la sabía, pero yo se la hice método, disciplina, forma.

Acepto la oferta en voz alta, el padre asiente con una sonrisa, la madre se frota las manos, Glenn me mira con aire divertido, creyéndome inofensivo, sin saber que yo había entendido perfectamente lo que acababa de hacer. Pasamos a la salita a tomar el café y unas masitas. Glenn nos da las buenas noches. Hablamos de naderías, de mi país natal, de los hielos de Patagonia. Me doy cuenta de que nadie tiene la menor idea de la Patagonia, ni menos yo. Yo menos que ninguno de ellos, pero de eso hablamos por largo rato, de los glaciares azules, de estepas barridas por el viento, de bosques que por el viento no conocen la verticalidad. Me voy manejando a mi casa en las calles cubiertas de hielo, bordeando ese lago horrendo. Llego tarde y me acuesto de mal humor, eso lo sé porque casi nunca me acuesto de otra manera, y esa noche fue peor porque no pude tocar una tecla. El único que tocó fue Glenn en la noche de perros y hielos. Haber tocado después de mi pupilo hubiese sido un gran error. Pasé esa noche tiritando de fiebre.

Busque con la piel la temperatura justa, déjese consolar, la tibieza que lo abrace, déjese, por el sonido déjese tocar, acarícielo, sienta en la cara la música como el viento, levántese a la altura justa, siéntalo, Glenn, sienta en la madera la mano, en la madera el oído, las cuerdas son un pulmón que vibra, respire con el piano, Glenn, con el piano, respire.

El niño Glenn me niega ahora, ya tiene 19 años, está grande y reniega de mí, dice que le repugna la emoción y quiere hacerse cerebro, cuando yo no he sido nada sino cerebro para su corazón canadiense, con mi hielo de la Patagonia lo he hecho témpano de mi témpano, iceberg de mi iceberg, glacial de mi glacial, sonrisa y venia de mi civilidad antigua, chilena, congelada, una máscara de metal y debajo el odio, la sospecha, la generosidad raída, la roña, el ser hacia adentro, eso se lo he dado yo, sin que se diera cuenta, lo que creerá suyo es mío realmente.

Todo ese hielo negro, esa nieve anquilosada, todo eso se lo di yo en aras del arte, lo dejé que saliera, porque quién sabe qué rabias habría debajo, quizás qué fuerzas huracanadas en tanto viento polar. Viento ártico con mi ojo antártico. Sus dedos frígidos para mi hielo austral. El niño premasturbatorio confunde la frialdad con la falta de emociones, pero yo sé, por venir de donde vengo, que nada puede estar más lejos de la verdad. Glenn me necesita de modelo y de enemigo, y darme cuenta de eso es, siempre será, mérito mío, el fruto de noches enteras mirando cómo la nieve se acumula en mi patio de profesor inmigrante, el fruto de mis odios metálicos, resplandecientes como el hielo del Ontario, el fruto límpido de la fuga de las horas mirando los cristales de mi ventana, tocando mis fugas con la punta de los dedos fríos hasta que me quedo dormido.

Dirá ahora que la suerte es mía, eso dirá Glenn, lo que dicen todos. No me interesa nada, son cuchilladas de pupilo genio, ¿no es cierto?, es ruido que hay que filtrar, dejar afuera, el ruido de la calle que no interesa. Yo le enseñé lo que tenía que aprender un genio, cosa no fácil, tuve que recurrir a la delicadeza que yo ya había casi perdido a punta de tanta lejanía, y con ella lo guié, para que no perdiera el tiempo, para que me tuviera afecto, para que la música no fuera jamás una obligación, sino una urgencia, la urgencia más grande de su vida. Qué suerte ni que nada. Nada es suerte, qué suerte ni nada, suerte: nada, qué suerte, el puro qué dirán.

Forma, método, disciplina. Explico la diferencia entre escuchar y oír, listening and hearing, lissen, lissen, hear, here, nada veo, eso es todo lo que importa. Ni la histeria, ni las piernas cruzadas, ni los pedales despreciados, sueltos a patadas, los brazos que se cruzan por encima del teclado, el golpeteo y el martilleo preciso que aprendió de mí, el canto sordo que le sale de la garganta, el pulso de la música en su mano agazapada, la zurda floja que flota en el teclado para que la vean, para que todos sepan que también es parte de la forma, que se note que tocar el pianoforte nunca más será lo mismo. [Ruido de motocicletas. Portazos que se van alejando]

Repetirán que la suerte no es de Glenn sino mía, hasta el cansancio, [cristales rotos] y no va a faltar el que lo crea.

[Cinta 8, AgfaSon 3/4, 03m42m-20m05s, splice 4m40s-4m55s
Transcripción 1 G Meredith, rev/rcs 2/2015]
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