Mirando el Mundial

Este mundial lo he visto a retazos, picando por aquí y por allá como recreo cuando las teclas se me ponen ariscas en la pega. El campeonato es un hoyo negro que chupa el tiempo- no quiero ni pensar en el cálculo de las horas que tomaría ver uno solo los tres partidos diarios de la primera fase. Con el resumen de los goles en TVN internacional me basta, aunque me saco los cilicios un poco el fin de semana y a lo mejor me acomodo a ver la mitad de un partido, o un pedacito del final, los mejores minutos.

El viernes pasado tuve cueva, para ponerlo de manera fina, porque prendí la tele cuando Argentina iba ganando uno a cero y en el preciso momento en que empezaba desde el fondo albiceleste una seguidilla rítmica de toques y triangulaciones. La jugada fue como in crescendo, con perfección sinfónica, hasta culminar con el cruce desde el vértice izquierdo del área grande al centro, donde venía inspirado Cambiasso, que se la cachetea de borde externo, al primer toque, a un Crespo que corre paralelo al arco, se frena y la pone de taquito para que el mismo Cambiasso mande el zurdazo y se manifieste en una cancha de Gelserkirchen nada menos que el gol perfecto. Porque eso fue, un gol perfecto, un momento eucarístico total.

El de Maradona contra Inglaterra en México ’86 y el de Carlos Alberto contra Italia en México ’70 fueron genialidades y bellezas individuales, pero este segundo gol de Argentina contra Serbia fue un gol de fútbol puro, un gol de equipo, un triunfo conceptual y estético. Un gol de pura justicia, lo más parecido en la realidad a los goles de Barrabases.

Le pongo mucho, dirán ustedes. A lo mejor, pero mi entusiasmo se explica no solamente por los méritos deportivos del manso ni que golazo, sino porque se lo hicieron a los serbios. Es injusto, pero reconozco que le tengo tirria a Serbia. La identifico con el finado Slobodan Milosevic y con Radovan Karadzic y con Ratko Mladic y tantos otros carniceros que todavía andan “prófugos” en un país que se encoge y se encoge, a lo mejor de vergüenza por haber institucionalizado la práctica de la limpieza étnica. Me dirán: “no seai injusto los mismos serbios botaron a Milosevic con una rebelión callejera”. Es cierto, pero eso fue después de que hubiera perdido Kosovo, sumada a las ya escindidas Croacia, Eslovenia, y Bosnia Herzegovina. Por mucho tiempo los serbios eligieron y reeligieron a Milosevic, dándole el visto bueno su política de nacionalismo brutal. El visto bueno que era sinónimo de vista gorda con la matanza de “enemigos”- este cuento lo conocemos en Chile.

Los serbios vitoreaban a Milosevic como ganador y después le hicieron la desconocida como perdedor. Igual siguen siendo harto nacionalistas, tolerando el racismo en los estadios y proclamando con demasiado orgullo el nombre de una nación que está asociada con tanta atrocidad. El principal partido político es el Partido Radical Serbio, que al asociarse con los partidarios del régimen del difunto Milosevic, bien podrían gobernar de nuevo. Y no hay que olvidarse de que los mismos escuadrones de la muerte serbios que se dedicaban a la limpieza étnica también eran (son) miembros de las barras bravas los fines de semana. La Garra Blanca y Los de Abajo son de las divisiones infantiles comparados con estos hooligans de primera, que alientan a su equipo con las divisas de la muerte.

Eso le añade, para mí, el manjar a la exquisita torta milhojas de la goleada argentina en Gelsenkirchen, porque tengo la cabeza deformada por la geo-política y el mundial es la perfecta ocasión para juntar un poco los cables de la emoción y de la razón histórica. No soy el único, por supuesto, e incluso hay gente que se dedica a sistematizar las razones por las cuales uno debe apoyar a las distintas selecciones, haciendo un ranking de los logros sociales de los países que compiten.

Cada cual vive su propio Mundial, sobre todo nosotros los que nos quedamos afuera y nos saltamos el dulce sufrimiento de ver a nuestra selección en Alemania. En realidad, me alegro de que no esté jugando Chile, porque me acabo de leer el reportaje de La Nación domingo sobre el verdadero hotel de cinco estrellas de Peñalolén, donde los milicos condenados por asesinato y torturas cumplen su condena. Los oficiales, cortados con el molde de los carniceros balcánicos, tienen cancha de tenis, internet inalámbrico, mozo, comidas especiales, horario flexible, salidas a discreción, visitas conyugales y por supuesto una buena tele para mirar el mundial. Menos mal que no tengo que estar alentando el mismo equipo de esa gente. Me los imagino echados para atrás en sus aposentos, vestidos con la roja, gorditos y bien atendidos con la plata de todos, y pienso una vez más que ese país no es el mío.

Por eso transformo mi Mundial en una justa simbólica donde a lo mejor se resarcen algunas de las injusticias del mundo. Así de denso salí, pero por lo menos lo reconozco.

El vínculo entre política y deporte también se le ha aplicado a Chile cuando participó en otros mundiales. La misma TVN que hoy transmite en 16 señales diferentes los partidos de Alemania 2006, no mostró los carteles y las manifestaciones en contra de la junta militar chilena que se vieron en Alemania ’74, cuando hubo protestas en las graderías en todos los partidos (CHILE SÍ, JUNTA NO, decían las banderas) e incluso una masiva invasión de cancha en el partido con Australia que la policía reprimió con extrema violencia. Los jugadores chilenos se refugiaban debajo de uno de los arcos mientras llovían los lumazos y las patadas sobre los manifestantes. La delegación chilena estaba protegida por fuerzas militares en su lugar de alojamiento y ni siquiera pudieron salir a conocer.

Poco se eso se supo en Chile. Además, el aparato de propaganda de la dictadura hizo correr el rumor maligno de que Carlos Caszely, quien nunca ocultó su pensamiento de izquierda, se había hecho expulsar para no tener que jugar contra Alemania Oriental. La verdad fue que a Caszely los alemanes federales lo tenían marcado para anularlo de cualquier manera, y reaccionó ante la milésima provocación de Berti Vogts. De todos modos, tuvo el honor de ser el primer jugador mundialista en recibir la tarjeta roja directa.(Por rojo, Caszely no pudo jugar años más tarde en el entonces franquista Real Madrid). Apenas Chile fue eliminado, el equipo fue despachado de vuelta a Santiago, para evitar que siguieran las protestas contra la Junta o, como decía El Perjurio, “contra Chile”.

La política a veces se mezcla con lo bizarro. En 1990, La FIFA dejó a Chile fuera de dos mundiales después de la gracia que hizo el Cóndor Rojas en el Maracaná en agosto de 1989, con la complicidad de varios jugadores y miembros de la delegación. Para los que no sepan la historia: el arquero chileno (tal vez el mejor que haya tenido nuestra selección) aprovechó que cayó una bengala cerca del arco para simular que le había dado en la cabeza, causándole un profundo corte encima de la ceja. La idea era obligar a suspender el partido. La verdad, negada por toda la prensa chilena con titulares indignados, fue que el Cóndor se había escondido un bisturí en un guante y lo usó para cortarse la frente cuando estaba en el suelo.

Alguien dirá “y qué tiene que ver lo del Maracaná con la política”. La respuesta que ofrezco es especulativa, pero me parece que la operación Cóndor Rojas fue posible porque en Chile se había impuesto una cultura de ocultamiento e impunidad, basada en el silencio cómplice. Cóndor grande engendra condoritos. Si era posible negar y ocultar cosas mucho más terribles, ¿por qué no hacerlo con un pequeño fair play a la chilena? El Cóndor Rojas no actuó solo, sino que fue la parte visible de una operación que ahora parece ridícula y afiebrada, pero que entonces parecía tener sentido. Los chilenos proclamaron unánimemente su inocencia, y se mantuvieron en su postura por varios meses mientras la FIFA investigaba. Se habló de una maniobra política, otra vez “contra Chile”. Por eso nadie podía creer las fotos que mostraban sin lugar a dudas que la bengala lanzada por la fogueteira había caído demasiado lejos del Cóndor como para causar el baño de sangre que brotó de su cresta tajeada. Un condorazo que nos dejó fuera de los mundiales de Italia y de Estados Unidos. Y la fogueteira llegó a salir en la portada de Playboy, libre de polvo y paja (es un decir).

Para seguir con esta lectura de los mundiales, en Francia ’98 el equipo de Chile tuvo el apoyo de muchos exiliados y de muchos europeos felices de alentar a un país que se había librado de la dictadura. Eso, aparte de la simpatía natural que despiertan los perros chicos que se paran en la hilacha con los grandotes, como lo hizo Chile ante Italia. Ese mismo año, a lo mejor engañado por el cariño recibido por la roja en Europa, un tal Daniel López, que se había hecho nombrar socio honorario vitalicio número uno de Colo Colo, fue a verse la ciática a the London Clinic, aprovechando un viaje de negocios.

Todos sabemos cómo terminó ese partido y quién le metió un gol de media cancha a quién. A pesar de que se libró jabonado, después de ese paso por Londres, cada gol de Inglaterra le produce al Sr. López unos tres o cuatro accidentes vasculares. Y él, que era tan anglófilo y tan Francófilo (de Franco, no de Francia), se va quedando sin equipo que alentar, porque si juega España se imagina a Baltasar Garzón y Joan Garcès vestidos de rojo y furiosos. Y olvidémonos de los señores alemanes, si hasta un negro juega por esa selección, habráse visto, Lily Marlen.

En este mundial, para callado, Daniel López va por Ecuador, pero sin que se entere la Lucía, porque de puros celos, acordándose de una cierta quiteña con quien Augusto le comía la color, la venerable iñora le puede pegar un mandoble con la espada de O’Higgins. La espada de don Bernardo él la usa para hacer sus pilatos, por eso Daniel López no la quiere devolver. A uno se le ocurre que tal vez el Cóndor Rojas debió haber consultado con expertos del sablazo como éste antes de hacerse esa especie de mini-harakiri en el pasto del Maracaná.

Todas estas leseras se le ocurren a uno porque el secreto a voces es que tanto fútbol a uno le deja las neuronas corridas, y de repente, cuando el juego se vuelve puro offside, patadón y pelotazo, no queda más que buscar estímulo mental fuera de la cancha. Y ahora con permiso, ¡dónde dejé el remol controto, por la misma eme!

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