No veo valentía

A veces uno encuentra gente, artistas como George Clooney o Green Day, intelectuales como Noam Chomsky, o gente norteamericana común y corriente que tiene las cosas claras y que está dispuesta a jugárselas diciendo en público lo que piensan de la política exterior de Estados Unidos. Uno de los aspectos menos analizados de los cambios post 9-11 es el que la intolerancia y el patrioterismo se han instalado en el centro de la corriente mayoritaria de opinión. Para un artista, enemistarse con la opinión mayoritaria significa cortar la fuente de supervivencia o de ingresos.

Por eso levanta el ánimo encontrarse con canciones como “No veo nada de valentía” de James Blunt (el apellido a lo mejor es de fantasía, pero significa “franco” o “directo”, sin pelos en la lengua). La pongo aquí para que se difunda y para que se sepa que no todos los gringos son, como digo demasiadas veces cuando me entero de las noticias y veo la indiferencia mayoritaria, “unos gringos reculiaos”.

Pongo mi traducción a la letra:

Se ven niños de pie aquí
con los brazos levantados al cielo
con lágrimas que se secan en sus ojos.
Él ha estado por aquí.

Hermanos yacen en tumbas improvisadas
Padres perdidos sin dejar huella
Una nación ciega a la desgracia de ellos
Desde que él ha estado aquí.

Y no veo nada de valentía
Nada de valentía en tus ojos ya.
Sólo tristeza.

Casas destruídas por el fuego
El olor de la muerte está en el aire
Una mujer llora desesperada y dice
que él ha pasado por aquí.

Las trazadoras iluminan el cielo
Le toca morir a otra familia más
Un niño asustado hasta de llorar dice
que él ha estado por aquí.

Se ven niños de pie aquí
con los brazos levantados al cielo
pero nadie pregunta por qué
él ha estado por aquí.

Ancianos que se arrodillan
y aceptan su destino
Esposas e hijas cortadas y violadas
Una generación empapada en odio.
Sí, él ha estado por aquí.

Las caricaturas, Redux

En enero del 2002, con el recuerdo fresco del ataque a las Torres Gemelas y con la invasión de Afganistán en apogeo, publiqué lo que sigue en la Revista El Sábado de El Perjurio. Otro reciclaje que se aplica a temas de hoy. Habría que ver la reacción de los norteamericanos si alguien les caricaturizara con desprecio algo que realmente valoran.

Las caricaturas me hacen llorar. Dubi Dubi Dubi.
(Gloria Benavides)

Tengo un hermano que desde hace casi veinte años se gana la vida dibujando retratos en la Plaza de Armas. Allí, en el centro emblemático de la ciudad, ha visto actos de coraje y grandeza, así como ha presenciado su cuota de mezquindad y prepotencia. Me ha contado que los artistas callejeros se vuelven parte de la escenografía urbana, tan invisibles para algunos como los árboles, los faroles o los escaños del lugar. Los artistas, como para desquitarse, miran a los transeúntes con cierta distancia, como a una masa anónima desde la que, de vez en cuando, se desgaja un alma perdida y se detiene a mirar una caricatura, un retrato ajeno, o una pintura que lo saca de la introspección autista con que se desplazaba por la ciudad. Ahí, junto al atril y sus muestras, el artista callejero espera que le dirijan una palabra o una mirada. Mi hermano (seguro que usted lo ha visto alguna vez si ha pasado por la Plaza—seguro que él a usted también) usa como anzuelo caricaturas de personajes de actualidad: deportistas, políticos, poetas, la Bolocco y Menem, héroes, villanos, alguna estrella fugaz que quema sus quince minutos de fama. Estas muestras no se venden, por lo general, porque su función es la de tentar al paseante o al turista. La caricatura se ofrece democráticamente, no como privilegio de los famosos. El Chino Ríos, el Papa, Osama Bin Laden, y usted: es cosa que se atreva a sentarse en el banquito por cinco minutos.

Hace unos días, mi hermano me contó que un turista norteamericano se detuvo a mirar sus dibujos. El paseante le hizo una seña a un grupo de amigos suyos, indicando a Osama Bin Laden entre el panteón de personajes de actualidad. Me imagino, porque la conozco tan bien, la sonrisa franca con que mi hermano debe haber respondido al gesto de interés de un potencial cliente. Después de todo, hay días en que ni siquiera salva el gasto de la locomoción, ni el de la bodega donde deja sus bártulos por la noche. El turista gesticuló, rodeado de sus amigotes, dando a entender que quería comprar el retrato del fundamentalista. Después de un tira y afloja, el gringo sacó de su banano un billete de cinco mil pesos. Apenas Osama estuvo en sus manos, lo cubrió de escupitajos, balbuceando insultos, salpicando a mi hermano, que lo miraba con asombro. “Esto es lo que pienso de Bin Laden”, exclamó, rasgando de arriba a abajo el cartón humedecido. Luego lo partió en pedazos, se los lanzó a mi hermano, los pisoteó, y se quedó esperando la respuesta a su provocación, con su cara rubicunda, seguro entre las risotadas de sus compinches. La respuesta no llegó, ni de parte de los que se detuvieron a presenciar el exabrupto, ni de parte del artista, ducho en el arte de sobrevivir con que ha sorteado los peligros del oficio en la plaza, en las selvas bolivianas, en los bulevares de Mar del Plata y en las callejuelas bravas de Cartagena.

“Claro que me dio rabia, pero él andaba en patota”, me explicó Gerardo, “y además, ya había pagado”. En esa explicación están las claves de por qué el incidente me molestó tanto, al punto de fantasear haber estado allí para cantárselas claras al gringo en su propio idioma. Porque una cosa es despreciar a Bin Laden (como lo hacemos mi hermano y yo de manera profunda) y otra es permitirse escupir y pisotear el trabajo de alguien que se gana la vida en la calle. La primera clave es evidente—esa “coalición” de guardaespaldas socarrones fue la que envalentonó a alguien que estando solo no se hubiera atrevido a tal performance. Otra clave es la noción implícita de que todo se compra: el pago es licencia para insultar y humillar.

Me pregunto si después del ataque de septiembre del año pasado el estereotípico “Ugly American” tiene indulgencia para comportarse como si todo el mundo fuera su propia tira cómica. Me pregunto también si es que realmente cree –como los que queman monigotes del tío Sam o de George W. Bush— que derrota al enemigo destruyendo su efigie. Y me pregunto si cree que siempre tendrá amigos dispuestos a acompañarlo en sus atropellos, por legítimos que sean sus motivos. ¿No será este mínimo incidente en la remota Chilelandia una muestra de que las caricaturas son las que realmente mueven el mundo?

Cheyre: gestión empañada y "encapsulada"

No tenía ganas de escribir sobre este tema, porque se me nota la tirria cuando escribo sobre los milicos. Con tirria no se persuade a nadie y uno termina con un sabor raro en la boca. Pero igual me encuentro tecleando este posteo a altas horas de la noche, porque si no lo hago me atraganto.

El aliciente para vencer la reticencia me lo dio Cheyre con sus declaraciones a la revista Caras. Una vez más el general mediático revela su visión algo febril del rol del ejército en la sociedad chilena. Al mismo tiempo, se luce con un análisis histórico digno de estudiante secundario (con perdón de los aludidos) acerca del origen del golpe de estado y de las violaciones a los derechos humanos entre 1973 y 1990. El contrapunto se lo dio el ministro Puccio con sus elogios desmesurados.

Casi oigo a los hinchas del general: “Oye, córtala con Cheyre, si es lo más decentito que hay, harto que ha hecho”. Claro, pero permítanme preguntar con quién estamos comparándolo: ¿con Pinochet, con el fantoche de Izurieta? ¿O es con Schneider y Prats? El rango de decencia entre estos extremos es demasiado amplio: es fácil estar a la altura de los primeros, pero Cheyre está ciertamente muy lejos de la claridad ética de Prats y de la solidez doctrinaria de Schneider– por algo los mataron. Es cierto que ha reconocido responsabilidades institucionales en los crímenes de la dictadura, pero recordemos que lo hizo cuando no le quedaba otra alternativa, y que ese mea culpa entre dientes fue parte de una maniobra de relaciones públicas para contrapesar el previsible impacto del Informe Valech.

Los medios han destacado la opinión de Cheyre sobre la poca relevancia de Pinochet. Como hablamos de un general tan intelectual, supongo que no habrá que hacer un dibujito para explicarle que sus propias palabras demuestran lo contrario. Boletín noticioso de Noticias Secretas: El hecho mismo de que el comandante en jefe del ejército se ponga a dar sus opiniones acerca de lo que influye o no en el quehacer político de Chile, es un vestigio de pinochetismo. A nadie le llama la atención que este señor algo majadero, cuya especialidad profesional consiste en jugar a la guerra con los juguetes caros que le compra el Fisco, siga metiendo la cuchara acerca de temas para los que no está preparado y, más aún, sobre los que no le está permitido hablar. Al contrario de sus pares de la Armada y de la Fuerza Aérea, Cheyre opina de política cuando le place, tal como lo hacía Pinochet hasta su arresto en Londres.

A Cheyre, por cierto, nunca la ha parecido nada de raro esto de andar apareciendo en los medios. El general no le hace el quite a la publicidad, porque concibió su gestión desde principio a fin como un gran ejercicio de relaciones públicas. La misión que se autoasignó (en esto demuestra además que él diseñó su propia agenda con autonomía y prescindencia del poder civil) fue la de lavar la imagen del ejército, como parte de una estrategia destinada a perder la menor cantidad de poder posible. En esto Cheyre ha sido una especie de socio uniformado de aquellos concertacionistas timoratos que han demorado todos los esfuerzos por reestablecer control civil sobre las fuerzas armadas. Si uno desempaca la frase de Aylwin “justicia en la medida de lo posible”, tendrá que reconocer que el agente que determina los límites de lo posible no es la civilidad sino el poder fáctico militar. El dictum de Aylwin tienen como corolario que los civiles acatan, y aceptan que hay cosas que son posibles y otras que no lo son. En este sentido, Cheyre y sus socios revelaron la mediocridad y el escaso alcance de su visión de país, la que se reduce a un burdo cálculo de conveniencias mutuas.

Al irse derrumbando de a poco la figura de Pinochet (primero por el arresto en Londres y después por el caso Riggs) los altos mandos reconocieron la necesidad de hacer concesiones y, sobre todo, la necesidad de lavarse la carita para que nadie se acordara de los rostros pintados que hicieron temblar de miedo y de rabia a Aylwin y a Frei. Estaban en juego las prebendas y las granjerías acumuladas durante la dictadura, y había que defenderlas adoptando, por una parte, el discurso de la profesionalización y, por otra, el discurso esencialista en que el origen de la patria está enlazado con sus fuerzas armadas, especialmente con el ejército. El eslogan de la campaña publicitaria es reconocible y contiene ironías deliciosas: “el ejército de todos los chilenos”.

Cheyre ha continuado durante su comandancia en jefe del ejército el sello protagónico y figurón que le puso el dictador. El legado se nota en la persona (en el sentido etimológico de “máscara”) que Cheyre ha construido frente la opinión pública, sobre todo en su propensión a escenificar sus estados de ánimo y sus sentimientos. En momentos de crisis, Cheyre ha sido el maestro del viril “minuto de emoción”, al más puro estilo del desaforado demente. Se tira al suelo con una facilidad asombrosa: “Lo he sacrificado todo”, por ejemplo, decía ayer un titular de El Mercurio al resumir la entrevista de Caras. “Me he tomados todos los tragos amargos”, declaraba a La Tercera, agitado de autocompasión. En Antuco, la performance del general como “padre” golpeado por la muerte de sus “hijos” tuvo momentos dignos de Shakespeare. Claro que se trata de un Shakespeare pasado por Nicanor Parra o por Valle Inclán, con una puesta en escena esperpéntica en que el cuerpo de un conscripto congelado se desviste y se vuelve a vestir según el capricho de un comandante en jefe que no atina más que a dar órdenes sin sentido y a bendecir cadáveres con su medallita religiosa, sin perder jamás de vista la ubicación de las cámaras. Con las muertes en la base Antártica, Cheyre se preocupó obsesivamente por mantener una capilla ardiente en funcionamiento, porque “lo importante” era reunir los cadáveres rescatados. ¿Renunciar por tonteras así? Impensable. ¿Qué haríamos los chilenos sin un Cheyre para que nos diga lo que hace bien o mal para el país, qué sería de la nación sin su sacrificio incomprendido, sin sus gestos de caballero y mártir?

Con todo respeto a Puccio, la insistencia machacona por parte del gobierno de que las muertes de Antuco y de la Antártica “no empañan la gestión” de Cheyre, también es un vestigio del pinochetismo. Pinochet pareciera ser un cadáver viviente, pero en su calidad de esperpento sigue participando indirectamente en la vida pública de Chile por medio de sus admiradores y defensores. Entre ellos, que quede claro, está Cheyre, quien siempre le ha entregado apoyo y aliento al ex dictador (en la medida de lo posible, claro) particulamente en épocas en que los problemas judiciales arreciaban en La Dehesa. Eso decía hace un par de años, cuando el juez Muñoz le aguaba la fiesta de cumpleaños número 89:

“Me preocupa la salud del general Pinochet, la que sí me consta y a los doctores también, que no solamente es precaria, sino que se ve afectada por procesos de carácter de angustia y sicológicos muy fuertes que en nada ayudan a una salud comprometida, como lo han dicho dos facultativos ampliamente reconocidos”.

Este general habla sobre política pero también opina sobre procesos judiciales, con detalles y todo. Para el cumpleaños 90, Cheyre fue a ver a Pinochet otra vez, a pesar de que ese mismo día el vejete había quedado con arresto domiciliario por presuntos latrocinios y estafas varias. Con cinismo calculador y su típica actitud de héroe herido en su orgullo, Cheyre justificó lo injustificable de esta manera:

“He saludado al general Pinochet, un anciano que cumple 90 años, y mi deber como comandante en jefe es acompañarlo y a todos los que viven en el dolor por situaciones diversas. Es un acto humano y, por favor, no le den connotaciones de otra naturaleza”.

Extraña manera de definir su deber como comandante en jefe. ¿De dónde emana ese deber? ¿Dónde dice que uno de los deberes de los comandantes en jefe sea ir a hacer visitas de enfermo a ex-dictadores bajo arresto domiciliario? ¿Dónde se legitima esta autonomía que le permite utilizar su tiempo y los recursos fiscales a su disposición para ir a hacer visitas de cortesía? ¿Es legítimo o prudente que un comandante en jefe del ejército use su propio criterio en materias como ésta?

El año pasado, bajo el mando de Cheyre, murió en el ejército mucha gente como consecuencia directa de órdenes dadas por oficiales irresponsables o corruptos. La muerte de los conscriptos y el suboficial de Antuco se debió también a pésima planificación del entrenamiento militar y a la falta de ropa de montaña. Si bien las órdenes pueden ser responsabilidad de dichos oficiales en terreno, también son responsables los altos mandos encargados de equipar y adiestrar la tropa. Entre esos altos mandos, el principal responsable debería ser Cheyre.

Pero queda claro que la alta oficialidad, parapetada en sus charreteras y sus estrellas y su pasamanería dorada, no va a tener que responder ni por los crímenes que se cometen bajo su mando ni por su propia incompetencia profesional. La justicia militar funcionó de la manera esperada. Un juez militar no va a arriesgar su carrera poniéndose pesado con sus superiores jerárquicos o estableciendo una mala imagen de su propia institución. A esto se agrega que el ejecutivo se haya encargado de apoyar públicamente al Comandante en Jefe, en una intromisión que sería intolerable si el caso de Antuco o el de las muertes en la Antártica se hubieran investigado en la justicia civil.

Ya le queda poco tiempo en el mando, pero con esta salva final de opiniones políticas, Cheyre prepara el camino para que el próximo comandante en jefe siga en la senda innegablemente pinochetista de hacerse el loco cuando se trata de demostrar en concreto la sujeción absoluta del ejército a las autoridades civiles.

Escolar ladrando a la luna, Redux

Los buses del Transantiago son asépticos y lentos pero seguros. Tienen letreros electrónicos. Van tripulados por choferes afables y bien aseados. A uno estos cambios lo hacen sentir viejo, sobre todo si se acuerda de las micros antiguas. Cuando yo era un péndex había micros verdes y liebres Mercedes Benz tan chicas que nadie podía irse parado, ni siquiera los escolares enanos que las tomábamos. Después las micros fueron rojas y azules. Con el libre mercado salieron de todos colores y finalmente se estandarizaron en el color amarillo que ahora está a punto de pasar a ser un recuerdo más.

El micrero era la constante de todos esas transformaciones, y este verano, al andar dando vueltas por Santiago me surgió la pregunta de si ahora ese personaje estaba en peligro de extinción. Miré la pulcritud de los choferes del Transantiago y se me vino a la mente la imagen indeleble del chofer de la Vivaceta Matadero Número 20 que a finales de los años 60 hacía su recorrido todos los días con la mismísima camisa blanca marcada desde el cuello a los puños por infinitas cagaduras de pulga. “El viejo cochino” le decía mi mamá y nos decía que pasáramos rapidito cerca de él para que no nos saltara una de las pulgas que le pululaban por el cogote colorado y sus fisuras piñiñentas.

Como ando con poco tiempo, demasiada pega y poca inspiración, pongo aquí una lesera que escribí hace un tiempo para la Revista El Sábado de El Perjurio, relacionada con esta reflexión sobre micros y pasajeros. Esto es como un “re-run” que le dicen. Pero como todos los re-runs, a lo mejor revela algo nuevo, por ejemplo que el Transantiago tuvo su antecedente en clave estatista cuando existía la Empresa de Transportes Colectivos del Estado, con su sigla enigmática: ETC del E.

Escolar ladrando a la luna.

No hace mucho, Jaime Collyer sugería que el prototipo nacional de nuestros tiempos era el micrero. Es una variante ingeniosa del perenne gesto chileno de mirarnos al espejo con cara de sospecha. Me gustó el concepto, que es una versión satírica de ese hinchante “niñito interior” de la sicología de a peso. Además, tiene un raro filo de autocrítica: el micrero de Collyer no tiene lado positivo. Ni valiente ni esforzado, pero sí trabajólico, neurótico, y cuma de alma, malo cantidá.

Hay que decir que el perdigonazo de la carabina de Collyer tiene un eco de lamento por la desaparición de la Antigua República, ese país en que los presidentes se iban caminando de bufanda a La Moneda. En esos tiempos dorados, cualquier despliegue de mal gusto, de mal genio, o de imprudencia, era un topón al equilibrio síquico-cívico-económico en que los chilenos se deslizaban por la vida. Uno que otro miembro de las clases patricias se permitía alguna excentricidad, siempre que fuera a la inglesa o involucrara algún tipo de aparato mecánico, un avión o un auto de carrera, for example. Los siúticos imitadores, de plomo y azul marino, los remedaban al volante de citrolas y renoletas. El alma chilena estaba encarnada en los choferes de la “ETC del E” prudentemente manejando grises trolleys Mitsubishi: ellos no echaban carreras ni ponían en peligro a la clase media motorizada en las -todavía- anchas alamedas.

Ese país del recuerdo (si es que existió) ya no está, y no hay cosa que deje más perplejo al ser humano que la pérdida de un mundo que parecía estable y que para más remate se parecía tanto a Ñuñoa. Por culpa del vacío borroso que dejó, nos preguntamos obsesivamente quiénes somos, en qué nos hemos convertido. En la identificación del chileno con el micrero hay un desprecio tan grande como el temor que provoca reconocernos en él.

Pero no hay por qué desesperarse, por dos razones. Primero, consideremos sin prejuicios el ámbito de una micro, allí donde el “piloto” es rey y el copiloto es tatita Dios: espejos que murmuran “Fea”, cortinitas, flecos, sórdidos zapatos de guagua, CD’s colgando, virgencitas de plástico mancilladas de esmog que se iluminan por dentro al ritmo de vallenatos, peseras con tachuelas de bronce, palanca de cambios con manija de flores en ámbar de polímero, pegatinas de aceite de motor, radio a todo chancho y pantalones arremangados que dejan a la vista calcetines sujetos con elástico cuando la pantorrilla hace chirriar la caja de cambios desguañangada. Con su exceso híbrido y sudaquiento, ese micro-territorio es uno de los espacios donde Chile se comunica con el resto de América Latina. El micrero chileno se sentiría como en su casa en un pesero del D.F. o en un “coletivo” de Buenos Aires, porque hay una hermandad estética en las micros del hemisferio. Por ese lado hemos alcanzado el sueño de Bolívar-no hay nada más latinoamericano que dar vueltas en las selvas urbanas, volándose de humo diésel y dejando que la fatiga derive en un vaivén de cabezazos contra la ventanilla.

La segunda razón para no desesperarse es que Collyer se equivoca. Lo que llevamos dentro no es un micrero, sino un escolar. Un estudiante de primero medio acosado por las hormonas, con el carné extraviado, un ángel cimarrero que anda callejeando cuando debería estar ayudándole a la madre, un pinganilla que se la pasa craneando maneras de mirarle los calzones a las niñas del liceo, un gordito que se mancha la camisa con el mismo Bic eternamente reventado, o manosea un berlín podrido en el fondo de la mochila (entre la libreta de notas que hace meses que no muestra y la poesía que copió de un libro de lectura), un flaco pajarón que por mirar la cordillera se baja a cuarenta cuadras de su paradero, un chascón con olor a camello transpirado y con la corbata suelta, tentado de los flippers y los videogames. Ése es el cabrito que llevamos dentro.

Ese chiquillo se para, con la última moneda que le queda en la mano, allá abajo en la pisadera de una micro, y hace la rogativa eterna del colegial:¿Me lleva por una monea? La Myriam Hernández advierte que huele a peligro. Los dados de felpa negra giran demoníacamente bajo el retrovisor. El Gran Micrero observa al schoolboy within desde su altar cimbreado de flecos y lucecitas. Luego raspa el cambio y le manda el portazo en la cara, mientras la noche va cayendo encima de la ciudad y la luna asoma su cuchillo encima de los cerros.

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