La larga mano de la justicia

En alguna parte Marx dice que la historia se repite como tragedia y luego como farsa. Se le olvidó decir que la historia chilena se manifiesta primero como radioteatro y después como reality. Paralizado por la sensación onírica que me causa toda esta situación, no me quedó más que recabar algunos datos sobre la situación de Lucía Pinochet Hiriart, quien acaba de pedir asilo en los Estados Unidos.

Las condiciones para obtener el asilo en el centro del imperio son sencillas:

1) Haber sufrido persecución o tener temores bien fundados de convertirse en víctima inminente de persecución en el país de origen. Dicha persecución puede ser por pertenencia a una determinada raza, religión, opiniones políticas, o grupo social. En algunos casos, la ley norteamericana considera la pertenencia a un determinado género, por ejemplo para mujeres que huyen de prácticas culturales como la mutilación genital femenina. Si se logra probar que tal persecución ha existido, se otorgará el asilo, a menos que se considere que en el intertanto las condiciones del país de origen hayan cambiado para mejor. Si no se prueba que hubo persecución, se puede otorgar asilo siempre que las condiciones del país de origen hagan suponer con un alto grado de certeza que el solicitante será perseguido si es devuelto a su país.

2) No haberse avecindado en otro país, no tener ofrecimiento de establecerse en otro país, y no tener otro país donde buscar refugio.

La realidad en el terreno mismo deja de ser tan simple y depende mucho del criterio del juez a cargo del caso. Algunos jueces son imparciales, mientras que otros se dedican a actuar de cancerberos fronterizos. Hay que subrayar que el procedimiento de asilo ocurre fuera del sistema jurídico normal, en cortes especiales de inmigración, que ahora están bajo la tutela del ministerio de seguridad nacional (Homeland Security) y no del ministerio de justicia (Department of Justice).

En los Estados Unidos, el asilo es considerado como asunto de inmigración más que como asunto político. La excepción a las reglas anteriores se refiere a los ciudadanos cubanos, quienes por el solo hecho de poner pie en territorio norteamericano ya tienen asegurado el asilo; esto explica los riesgos que corren los balseros que cruzan el estrecho de La Florida.

En las cortes de inmigración, un abogado en representación del gobierno hace las veces de fiscal, intentando demostrar que la solicitud no tiene asidero y que el afectado busca solamente inmigrar a los Estados Unidos. Para esos fines, el gobierno dispone de todos los recursos de investigación necesarios. En cambio, el solicitante, a menos que tenga los medios para contratar un abogado particular, no cuenta más que con la ayuda pro bono de organizaciones privadas de asistencia. Para dar una idea de los costos de contratar un abogado particular, digamos que se puede cobrar alrededor de 300 dólares por una consulta telefónica de media hora. Habrá que ver si Lucía Pinochet tendrá problemas para enfrentar este tipo de gastos ahora que el Riggs le cerró las cuentas a la familia. Si no tiene plata para la representación jurídica entonces va a tener que recurrir a organismos de derechos humanos o de asistencia humanitaria, en muchos casos los mismos que acogieron a las víctimas del régimen de su padre don Daniel.

Se podrían llenar blogs enteros con los horrores y las injusticias cotidianas que se dan todos los días en las cortes de inmigración y en el sistema de cárceles asociado. Algunos solicitantes pasan meses y hasta años en estos lugares de detención, sujetos a maltratos y vejámenes, desprotegidos y casi sin existencia legal, mientras esperan los diferentes pasos del proceso, muchas veces sin tener idea de que podrían contar con ayuda jurídica externa. No creo que Lucía Pinochet esté dispuesta a enfrentar ese grado de desprotección, porque algunos ahorritos habrá guardado por ahí.

¿Cómo se define “persecución”? En términos generales, como el castigo, daño o sufrimiento que se inflige a una persona sólo por el hecho de tener un atributo, creencia, pertenencia a un grupo social u otra característica no tolerada en su país de origen. Actos como la tortura, el asesinato, el encarcelamiento o el ataque físico constituyen pruebas irrefutables de haber sido perseguido.

Ahora bien, la jurisprudencia no se ha definido con absoluta claridad frente a otros tipos de castigo. Por ejemplo, ha rechazado solicitudes de objetores de conciencia de ejércitos latinoamericanos, por considerar que el castigo a la evasión del servicio militar, si bien existe y puede ser severo, no constituye persecución, a menos que sea desproporcionado o que el régimen haya sido condenado por organismos internacionales. Para que un desertor obtenga asilo, debe probar que el acto de deserción lo pone en la categoría de oponente político. Las cortes de inmigración han tomado decisiones políticas que se visten de pronunciamientos legales. Por ejemplo, un desertor del ejército genocida de El Salvador no recibe asilo, mientras que quienes huyen de la leva de la guerrilla salvadoreña sí lo reciben; esto debido a la distinción entre reclutamiento legal e ilegal.

Lucía Pinochet debe demostrar que sus problemas legales constituyen persecución política o bien persecución por pertenecer a un determinado grupo social, es decir, a su desprestigiado clan familiar. Argüir persecución política en un contexto como el chileno sería una ridiculez digna de Miss Piggy. Si decide argumentar persecución por apellidarse Pinochet, al gobierno norteamericano no se le va a escapar que la investigación del juez Cerda – de la que huye la hija del ex dictador—es consecuencia directa de los hechos establecidos en el informe del propio Senado de los EEUU sobre las irregularidades del Banco Riggs.

Además, si es que alguna vez Lucía tuvo la idea de usar en los Estados Unidos uno de los pasaportes falsos que tan libremente circulaban en su familión, sus opciones de asilo disminuyen de manera sustancial. Lo mismo pasará si se demuestra, como ha sugerido Carmen Hertz, que el propósito de su viaje era mover activos que no han sido todavía detectados por los investigadores chilenos o norteamericanos.

Dejo sin tocar un sabroso pedazo de ironía histórica: el solo hecho de que la Lucía Pinochet haya pedido asilo contra la opresión de la justicia chilena. Y que además eligió hacerlo en Washington D.C., ciudad del Banco Riggs y territorio donde Pinochet asesinó por medio de la larga mano de la DINA. Este reality-show tiene buenas locaciones, como se dice ahora.

-Y a CEMA le quitaron la plata, ahora sí que quedamos bien.
¿Tai hueveando, Lucy? Si el demente soy yo.

El antídoto contra Hermógenes Veneno


Cuando Hermógenes Pérez de Arce se muera no habrá necesidad de embalsamarlo. Esta momia parlante está lista para el sarcófago hace mucho tiempo, pero igual se levanta con su mortaja percudida todos los miércoles y se asoma a la escotilla de su tumba para cumplir con su ritual de muerto en vida. Una amiga escritora que inventaba unas columnas erótico-literarias confesaba que a veces la pillaba la hora de su entrega semanal con la página en blanco y las ideas agotadas. En esos momentos tomaba medidas extremas: cerraba la puerta de su pieza para que nadie la interrumpiera, se ponía encajes y lencerías, medias caladas, zapatos taco de aguja y a lo mejor un negligé, se acicalaba y se instalaba frente al teclado a tentar a las musas o a que las musas la tentaran a ella. Algo parecido debe hacer Hermógenes para sacar su columnilla todos los miércoles, aunque ni me atrevo a imaginarme de qué se disfraza ni a qué musas invoca.

Hermógenes ha estado más venenoso que nunca este verano. Llegó a bajezas que incluso para él son extremas: declara que el general Alberto Bachelet no habría muerto a consecuencia de la tortura, sino que porque se puso a jugar al básquetbol en la cárcel. También cuestiona que Ángela Jeria y Michelle Bachelet hayan sido sometidas a torturas en Villa Grimaldi.

El antídoto es una dosis de verdad. El domingo 22 de enero apareció un excelente reportaje de Francisco Ramírez en La Nación Domingo: “Los últimos días del general Bachelet”. En un recuadro, junto al reportaje, aparece la entrevista al doctor Álvaro Yáñez, también hecha por Francisco Ramírez, que reproduzco a continuación.

EL MÉDICO QUE AUXILIÓ A ALBERTO BACHELET ANTES DE MORIR:

“FUERON PERVERSOS CON ÉL”

Cuando Bachelet sufrió su primer infarto, a fines de los ’60, el doctor Álvaro Yánez era jefe de la Comisión de Medicina Preventiva de la FACH, y evaluó su caso clínico. Sin embargo, sólo lo conoció personalmente cuando ambos estaban detenidos en la Cárcel Pública, tras el golpe militar. Bachelet estaba muy preocupado y le preguntó muchas veces cómo veía su salud. “Le indiqué que no jugara básquetbol más de diez minutos”, recuerda Yáñez. “Por ello puedo afirmar categóricamente, al contrario de lo que se ha publicado, que el día de su muerte él no practicó ese deporte”.

–¿Cuánto pesaron los antecedentes clínicos de Bachelet en su deceso?

–Al curarse una persona de un infarto al miocardio se genera una cicatriz en la pared cardíaca, elemento de irritación “eléctrica” que puede significar la muerte si hay trastornos del ritmo circulatorio. Pero fueron las tensiones, el miedo y la rabia contenida que experimentó Bachelet los que derivaron en arritmia cardíaca. Ser mancillado como hombre y herido en su dignidad provocaron señales de emergencia. El alto mando de la FACH no necesitaba agredirle físicamente: sabía que se le mataría del corazón.

–¿Usted compartía celda con el general?

–No, pero nuestras celdas estaban próximas, en el mismo patio de la Cárcel Pública donde lo buscaron la tarde del 11 de marzo del 74 para interrogarlo en la Academia de Guerra. Como de aquello se volvía golpeado, con hematomas y fracturas, ser citado provocaba alto nerviosismo. Le dije: “Alberto, anda tranquilo. No te harán nada”. Volvió a media noche. A las nueve de la mañana lo hallé en el patio. Había estado amarrado y encapuchado de pie contra una muralla durante cinco horas. Para una persona con cardiopatía severa, eso constituye riesgo cardíaco.

–¿Hubo otra situación que detonó el desenlace?

–Sí, y muestra lo perversos que fueron con él. Debió escuchar a una mujer violentamente torturada en una pieza cercana y forzada a declarar que él estaba involucrado en una acción de sabotaje. Reconoció la voz como la de una mujer que trabajó con él. Esa mañana me dijo: “Me siento muy mal”. Tenía arritmia y le recomendé que descansara.

–¿Cuáles eran sus síntomas?

–Pulso muy rápido, pero irregular y débil. Se veía colapsado, pálido y sudoroso. Su presión caía vertiginosamente. Fui corriendo donde el alcaide, a quien insté que lo llevara a un hospital. Se negó, por tener órdenes del alto mando de que ninguno de los acusados en el proceso “Aviación contra Bachelet” saliera de la cárcel.

–¿Qué hizo usted entonces?

–Después de hablar con el alcaide volví corriendo a su celda. Tenía un paro cardiorrespiratorio. Recostándolo sobre el piso, intentamos una reanimación con masaje cardíaco y respiración boca a boca. Pero fue infructuoso. Así murió el general Bachelet: sobre el duro cemento de una cárcel.

–¿Tenía la cárcel personal médico estable?

–Había un médico. Iba por horas algunos días a la semana y daba un pésimo trato.

–¿Estaba ese día?

–No.

–De recibir atención, ¿pudo haberse salvado el general Bachelet?

-Sí, con intervención médica inmediata hubiera podido sobrevivir. La ex Cárcel Pública estaba a cuadras del Hospital José Joaquín Aguirre. Le dije al alcaide que lo enviara inmediatamente en un vehículo de Gendarmería, o llamara una ambulancia. Pero no lo hizo. Con un poco de voluntad, Bachelet habría llegado vivo al hospital.

El paso por Villa Grimaldi de Michelle Bachelet y su madre


El siguiente es el extracto correspondiente al testimonio de Ángela Jeria, recogido en Chile: La memoria prohibida, Vol. II, pp 130-133. Alejandra Henríquez, escaneó con OCR y corrigió estas páginas, posteadas en el grupo de discusión Chile-Humanidades (Chile-H). Los tres volúmenes de La memoria prohibida contienen documentación esencial acerca de las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1989. Los datos completos del libro se encuentran al final de este posteo.

Existen numerosos testimonios que describen a Villa Grimaldi y lo que allí ocurría. Uno de ellos es el que Ángela Jeria, esposa del general de la FACh Alberto Bachelet, muerto en 1974 en la cárcel pública de Santiago, dio a los autores. La señora Jeria y su hija Michelle Bachelet fueron arrestadas el 10 de enero de 1975 y permanecieron en esas instalaciones hasta el día 16, para ser, entonces, trasladadas al campo de prisioneros de Cuatro Álamos, y, desde allí, expulsadas al exilio.

“Me detuvieron en mi casa dos personas que no se identificaron y que me
dijeron que querían hacerme algunas preguntas. Mi hija estaba ahí, así es
que le pidieron a ella que también fuera… Después de la muerte de mi
marido, yo me dediqué a sacar de Chile información de lo que estaba
sucediendo con los oficiales y soldados que estaban presos en la cárcel.
Ello podía salvar la vida de mucha gente, así es que yo colaboré en eso
incluso con una muchacha designada por el MIR. A esa muchacha la
detuvieron y ella entregó mi nombre. Entonces me arrestaron a mí como
colaboradora del MIR…

“El primer día me tuvieron unas once horas con la vista cubierta con mi
propio pañuelo, que como era de seda no me impedía ver del todo, y
amarrada a una silla. Me careaban con gente del MIR que venían recién
saliendo de la tortura eléctrica y si yo no contestaba las preguntas, me
daban golpes en los riñones con sus armas… Pasado ese lapso, me llevaron
a golpes, siempre con la vista cubierta, a otro lugar, mientras me iban
diciendo cosas como ‘Sal de ahí que hay un arroyo, muévete para acá que
hay un obstáculo…’. A mi marido le habían hecho lo mismo y nada era
verdad, así es que les dije que no iba a agacharme, ni a saltar, ni nada.
Entonces el tipo me dio un empujón y rodé por el suelo, pero no había
conseguido lo que quería… Llegamos al lugar donde iban a interrogarme y
me sentaron de nuevo en una silla… Fue un interrogatorio muy largo, en
el que me preguntaban por personas que, según ellos, integraban el grupo
de ‘ayudistas’ del MIR … y entre esas personas, nombraron a Cecilia
Castro Salvadores y su compañero, Juan Carlos Rodríguez Araya, quienes,
posteriormente, en julio de 1975, aparecieron en las listas de los 119
muertos en Argentina… Al final, mi interrogador me hizo levantarme y
empezó a caminar conmigo para que yo le hablara del Partido Socialista y
le entregara a la gente del PS que yo conocía. Era un paseo de ida y
vuelta hasta un farol… De pronto, se detuvo y empezó a
manosearme: ‘Estás buena, abuela’, me decía. Yo seguía con las manos
amarradas. Fue algo muy desagradable: ‘No se degrade, capitán’, le dije, y
eso lo hizo reaccionar. Luego me llevó a una sala donde algunos de ellos
miraban televisión. Allí estaba aquella niña del MIR que colaboraba con la
Dina: la ‘Flaca Alejandra’… Ellos trataron de demostrarme que esas
chicas que colaboraban recibían buen trato. Pero yo me desentendí.
Entonces el tipo se encolerizó, tomó un revólver, salió al patio y se puso
a disparar al aire como un loco ‘Esos son los ratones que hay que
dispararles porque se vienen encima y se van a ir a meter a la pieza donde
la vamos a ir a dejar a usted si no habla… ‘. Esa pieza era un cajón,
una especie de contenedor del largo y ancho de una litera, más un pequeño
espacio donde uno podía pararse sólo de lado, sin ventilación, sin luz,
con una puerta que se abría y cerraba por fuera y en que a uno la
obligaban a estar siempre con la vista cubierta. Cuando entré allí me dije
que debía dormir. La frazada olía a sangre, a vómito, a orina. Pero me
metí debajo de ella y dormí, porque pensé que al día siguiente la cosa iba
a ser espantosa.

“Pero no ocurrió nada: solamente me dejaron allí durante tres días, sin
siquiera sacarme al baño, escuchando lo que ocurría, los quejidos de los
hombres torturados que encerraban en otros cajones que estaban
construyendo… Cuando me sacaron, me condujeron a una bodega donde
torturaban: allí repartían la comida; había un water, aunque sin agua, así
que el lugar era muy fétido… A través de las rendijas de las paredes de
tabla de la bodega pude ver las cosas más horribles… Un día vi una
masturbación masiva, de unos veinte hombres, jóvenes y viejos. Los
llevaban engrillados por los pies, sucios hasta el punto de que no se
sabía de qué color era ropa. Quedaron de espaldas a mí y los amenazaban
con las metralletas ‘¿Quieren pasar al water?’, les dijeron. ‘Bien, pero
primero los vamos a entretener’. Los obligaron a ponerse en fila, de a
tres o cuatro, y a que cada uno metiera el dedo en el ano del preso que
tenía delante, mientras el de adelante masturbaba al que tenía a su
espalda. Los hicieron bajarse los pantalones y los obligaron. ‘¡Más
rápido!’, les gritaban, y se reían… Después los dejaron pasar al water
y, de ahí, a recoger el plato de comida y un pan… La segunda vez que me
sacaron a la bodega apareció el coronel Contreras Sepúlveda. Yo no lo
reconocí, porque me impresionó su mala facha: un hombre gordo, bajo,
moreno, pelo liso y facciones achinadas. El y los hombres que lo rodeaban
no se dieron cuenta que yo estaba en esa bodega y que podía escucharlos.
Los tipos le daban cuenta de mí y de mi hija; le decían que nosotras
éramos unos gatos. Entonces Contreras preguntó: ‘Y esto que ellas
firmaron, ¿hubo apremios?’. ‘No, fue así no más’, le respondían ellos…
Tiempo después, observando una foto en relación con el Caso Letelier, me
di cuenta de que aquel hombre había sido Contreras… Eso era Villa
Grimaldi. Yo lo supe porque cuando me sacaron a la bodega pude ver un
recibo tirado en el suelo donde se detallaba el salario de uno de los
obreros que en esos días estaban construyendo los cajones y allí aparecía
el nombre y la dirección: Arrieta número 8.200…”.

Ángela Jeria y su hija fueron deportadas el 1 de febrero de 1975 a
Australia.

Chile: La Memoria Prohibida. Las Violaciones a los Derechos Humanos 1973-1983. Ed. Juan Andrés Piña, con Eugenio Ahumada, Rodrigo Atria, Javier Luis Egaña, Augusto Góngora, Carmen Quesney, Gustavo Saball, Gustavo Villalobos. Santiago de Chile: Pehuén Editores, 1989.

Eugenio Ahumada, uno de los autores del trabajo, hace el siguiente alcance: “Olvidaba algo crucial: co partícipe de los primeros borradores también fue José Manuel Parada, hasta su asesinato, en marzo de 1985. No se incluyó su nombre como coautor porque no alcanzó a ver el producto completo, pero en el texto se cuenta esta historia”.

La banda presidencial a luca


Los cabezones (las cabezas parlantes dicen algunos) de la tele ya empezaron a buscarle las cinco patas al gato del triunfo de Michelle Bachelet sobre Piñera. Calculadora en mano, salpican cifras y porcentajes para todos lados. Los operadores políticos de la derecha se contorsionan para meter la cuña que alivie el escozor de la paliza. Que si de dónde salieron los votos acá y allá y que si más que Lagos y que Lavín pero menos que Piñera y Lavín juntos o por separado en primera o en segunda vuelta. Otros se genuflectan frente a algún libro sagrado del cual extraen alguna verdad inapelable para consumo de los medios de prensa o de alguna clerecía de expertos. Lo único bueno de no estar en Chile en una velada como ésta es que tengo que soportar sólo a los peritos de TVN y CNN. Me libro de la calistenia mental de los demás canales nacionales.

Mientras tanto, veo y me cuentan que la gente sale a la calle a hacer su excursión celebratoria, a parar el tránsito, a bailar, a saltar de gozo ondeando banderas multicolores, a abrazarse y disfrutar una noche inolvidable. Me llegan correos electrónicos que usan palabras fuertes, como por ejemplo la palabrota felicidad: “del porte del NO. Las mujeres las grandes ganadoras”. Y claro, viendo esas imágenes entremezcladas con las del discurso de la Presidenta electa, el corazoncito se me pe chúcaro y bastante sentimental. Tal vez otro día me las daré de Filopat o de Patafil para dispensar opiniones sesudas, pero esta noche siento que el ánimo quiere meterse por otros senderos. Si el sentimentalismo le parece de mal gusto, no siga leyendo, pero acuérdese de que Neruda advierte que “quien huye del mal gusto, cae en el hielo”.

En vez de estar escribiendo estas líneas, admito que me dan ganas de estar en la Alameda, en alguna calle, en una plaza de Chile, en medio de tanta alegría esperanzada. Buscaría a ese vendedor de bandas presidenciales que veo en la tele y le compraría una, o a lo mejor varias, pero no para mí, sino para algunas de las mujeres que conozco y que seguramente se alegrarían de recibirlas y ponérselas bien terciadas.

Ellas entenderían que se trata de un juego, pero también sabrían que esas bandas de a luca no son tan de juguete. Pienso, sueño, me imagino que le daría una a mi madre, que en esas mismas calles de Santiago no dudaba en salir a protestar contra la dictadura, con un pedacito de limón y un poquito de sal contra las lacrimógenas en la cartera, sacándole trote al corazón que hoy, tanto tiempo después, late con la ayuda de un marcapasos. Se vería preciosa mi viejita con su banda presidencial, pero también se vería hermosa mi bella, que se paraba junto con las viudas de Guerrero, Nattino y Parada frente a la Moneda, todos los viernes, a pedir justicia y a recibir patadas arteras y pisotones de los carabineros, tan caballerosos ellos.

Me imagino la banda a luca puesta en el pecho de mi hermana profesora, que sabe lo que es criar a pulso a dos retoños, dedicarle una vida entera a la enseñanza y tener la fuerza para meterse otra vez a la universidad y competir con compañeros que tienen la edad de sus hijos. Tal vez debería agenciarme otra para mi hermana menor, la pintora que sostiene a sus dos hijos haciendo clases particulares de arte y rebuscándoselas como puede, muchas veces sola contra el mundo. Le gustaría la banda, porque a ella le tocó ser presidenta de mesa en las dos vueltas y porque además le encantan todas las cosas que valen luca o menos.

Ahora en CNN muestran una larga toma de una niña de Concepción, vestida de princesa con su banda presidencial casera. La niña chilena no dice nada, sólo mira y vislumbra que algo importante acaba de pasar. Le sacan fotos y ella se queda quieta, tan chiquitita, piolita se queda, y parece que sabe que está haciendo historia y que a partir de hoy las cosas van a ser distintas.

Cuando se acaba la toma, me acuerdo de unos versos de Gabriela Mistral (¡qué feliz estaría ella!), versos de esperanza para reparar sueños rotos, versos que hablan de juegos parecidos al de ponerse la banda presidencial a luca en medio de la Alameda: “En la tierra seremos reinas, y de verídico reinar, y siendo grandes nuestros reinos, llegaremos todas al mar”.

No aprenden, los porros

No sé si lo que voy a contar es la torta o la guinda. En cualquiera de los dos casos, parece increíble, pero es cierto. Los Piñera boys se andan pillando los dedos a cada rato con la misma puerta, lo que no es buen indicador de habilidad política. Se notan los nervios y la falta de kilometraje, pero sobre todo se nota la falta de autocrítica. Para tanto empresario exitoso, extraña el malísimo control de calidad.

De verdad es la última vez que me refiero al tema. Preferiría no hacerlo, pero ya que en este blog se destapó la olla, tengo que terminar la tarea.

Para el día de los inocentes, Piñera estrenó un nuevo vocero encargado de la defensa en el caso Harvard-gate. El elegido fue Nicolás Monckeberg, diputado de RN, cuyo currículum en la red del Congreso Nacional indica que tiene un Master en Ciencias Políticas en Harvard.

No vale, querid@ lector@, usted ya adivinó. Exactamente: el señor diputado Monckeberg está estirando la cuerda de la verdad, porque este caballero no se graduó de la Universidad de Harvard que todo el mundo conoce, sino de la filial de extensión, parte del programa de Educación Continua.

¿Cuál es la diferencia, preguntarán? En la Extension School no hay proceso de admisión: usted, básicamente, muestra la chequera y entra, son cursos abiertos a la comunidad.

Los cursos son buenos, hay gente muy capaz que ha salido de ahí a terminar sus doctorados en programas reconocidos, como el de la misma Harvard. Pero no es lo mismo tener un Master of Liberal Arts de la Escuela de Extensión de Harvard que uno de la Universidad de Harvard que todo el mundo conoce.

El diputado Monckeberg no debería despreciar su propio diploma, que tiene un lindo nombre en latín (Artibus Liberalibus Studiorum Prolatorum) y especificar que se trata de un grado académico de extensión, en lugar de atribuir su brillante formación a Harvard a secas.

Y Piñera debería elegir mejor a la gente que sale a defender sus credenciales académicas.

Mis fuentes son:

-De Harvard University, Steve Bradt, corroborado por Doug Gavin (Facultad de Artes y Ciencias y Escuela de Gobierno y Gestión JFK, respectivamente).

-De la Extension School, Linda Cross.

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