La muerte de Carlos Fuentes

Por ahí escribí que Carlos Fuentes siempre me recordaba a mi padre, no porque se le pareciera realmente, sino por el bigote. Mentí, porque el bigote era cifra de cierta sombra de tristeza que se asoma por los ojos cuando creen que nadie los está mirando. Se parecen también en que el amor de Carlos Fuentes por Chile es, como el de mi papá, algo hecho de espejismos y nostalgias de juventud, un amor ilusorio y a veces exasperante, pero no por eso menos verdadero. Al revés: cuando amaina mi antipatriotismo, pienso que tal vez sea más fuerte y más verdadero precisamente por ser tan imaginario.

“Imagino, luego existo”, alcanzó a tuitear Fuentes antes de cansarse de los mentideros virtuales donde hace pocas horas me enteré de su muerte. La frase seguramente despierta un eco de familiaridad en quienes lo hayan escuchado hablar sobre América Latina, porque en torno a esa deformación cervantina del principio de Descartes, Fuentes construyó su interpretación sobre la continuidad de la historia y la identidad iberoamericanas.

Me puedo imaginar a Fuentes diciendo esa misma frase en el podio de Sanders Theater, donde hipnotizaba a los alumnos de Harvard con la elegancia de sus conexiones y la fluidez de su increíble erudición. De vez en cuando, como para recordarle al gringo que un mexicano siempre anda armado, sacaba a relucir un sentido del humor letal, su pequeña carabina 30-30.

La misión del escuadrón de ayudantes de cátedra del que yo formaba parte consistía en sacar a los cientos de alumnos del estado de admiración, estupor o terror en que quedaban después de las conferencias de Fuentes. Preparar esas clases de ayudantía me tomaba más tiempo que cualquier otro de mis propios ramos de doctorado, pero ése fue el trabajo que más disfruté y del que más aprendí, lejos.

La propuesta de Fuentes en ese curso –plasmada más tarde en su ensayo Valiente Mundo Nuevo— no era del todo novedosa, al nutrirse en gran parte del paradigma histórico de Américo Castro, propugnador de una visión de España plural, multi-étnica, culturalmente mestiza. Fuentes desarrollaba y ponía en escena esas ideas, eso sí, con gran audacia y con una teatralidad eficaz, hecha de movidas sutiles y de tremenda precisión. Proponía lecturas que se saltaban las barreras temporales, inventaba épocas que se volvían a generar en una bitácora interminable de derrotas y esperanzas, esperanzas y derrotas, como espejos infinitos. Proponía la visión de una continuidad iberoamericana como la de un eterno claroscuro barroco, un quiasmo permanente -la historia y la imaginación, la imaginación y la historia- que no cesaba de borrarse para volverse a escribir.

A mediados de los 80 era algo arriesgado hablar de una continuidad cultural, de un acervo común, de un destino compartido por América Latina y España. Sobre todo, en medio de las dictaduras sudamericanas, las ataduras franquistas y las carnicerías de América Central, era temerario hablar de un legado que otorgara esperanzas de que se cumpliera por fin la promesa utópica de un Nuevo Mundo iberoamericano.

Fuentes no se inmutaba y resucitaba a humanistas y poetas de este siglo y del otro. Juntaba a la Celestina con la Malinche y con la Mistral, ponía a Borges a conversar con Cervantes y con Machado de Assis, sentaba a Velázquez a mirar la efigie de Coatlicue, se atrevía a parear a Sarmiento con Neruda, a Sor Juana con Martí, a Carlos III con Allende y Gaitán, a García Márquez con el Inca Garcilaso, a Erasmo con Arguedas y Alejaidinho, al Lazarillo de Tormes con Cortázar, a Rulfo y Vallejo con El Greco. Capo tavola, imaginaba al delirante de Bernal Díaz del Castillo, farfullando entremedio de la conversa caribeña de Lezama, Carpentier y Faulkner. Si uno se aparta de este cuadro boschiano, verá al mismo Fuentes, paleta y pincel en ristre, discutiendo con su compatriota Ibargüengoitía, quien le insiste que toda historia es una secuencia de descabezamientos. Y en las sombras, Felipe II, Franco, Rosas, Huerta, Somoza y Pinochet comparan monederos. Una vorágine a la que Carlos Fuentes le imprimía sentido gracias a su erudición y a su cariño entrañable por el arte y la literatura.

Para explicarles las voladas de Fuentes a los alumnos, claro, uno tenía que leer sin parar, ponerse al día, preguntar sin vergüenza y entrar no más en ese estado de exaltación intelectual que sólo es posible en un entorno donde pensar de manera creativa y crítica tiene categoría de actividad sagrada. Lo que Fuentes hacía, sobre todo para quienes le ayudábamos a enseñar el curso, era generar ese entorno de interconexiones, un verdadero Aleph latinoamericano. Allí aprendí que para ser chileno de verdad había que saber de veras imaginarse mexicano, peruano, cubano o argentino. Lo que requería a su vez saber soñar que uno podía ser morisco, puertorriqueño, mexica o dublinés, practicar lo que Lilvia Soto-Duggan llamó tan acertadamente la “poética de la simultaneidad”, la adyacencia radical que alimentaba la visión de Fuentes.

Quienes conocimos a Carlos Fuentes como profesor y como persona sabemos de su generosidad y de la devoción con que se dedicó, enalteciéndolo, al oficio de escribir. Sabía, creo, que no todas sus novelas eran buenas. Medio riéndose, contó una vez que Rulfo, a quien idolatraba, se había referido a Terra Nostra como “Terra Cota”. Asimismo, también se enorgullecía, con justicia, de La muerte de Artemio Cruz, de Aura y de los ensayos de Cervantes o la crítica de la lectura.

Para entretenernos en la preparación de las clases o en la corrección de exámenes, algunos de sus ayudantes practicábamos el arte de imitar los gestos y la dicción del profe. Por lo tanto, siguiendo esa costumbre, tengo que escribir para terminar que Carlos Fuentes deja abierto un libro donde el lector se sabe leído y el autor se sabe escrito y se dice que muere. Eppur’ non muore.

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