Homenaje de Arturo Godoy a Ernest Hemingway

El Mr. Huifa, con su pipa, me mira y piensa, puta, no, este muchachón no tiene pasta de campeón, no sirve, se ve que es medio ahuevonado, no habla nada, no se le ocurre nada que decir, puro “sí” o “no”. Puta pero si era recabro chico yo, pues, no tenía roce, ni educación apenas no más, se me iban en collera los servicios en la mesa, con tanto tenedor y cucharita chica, Ernest-Hemingway-001todo se me hacía problema, si a mí de chico me gustaba comerme el cocho con un palito. Leer sabía bien, pero escribir siempre se me hacía cuesta arriba. Claro que a lo mejor era verdad que yo era medio ahuevonado, para qué voy a decir una cotra por osa, pero se me quitó después, y a los veinte, veintiún años qué, si uno ni mea en la pared. Van a venir unos periodistas, me había dicho don Lucho, tienes que comportarte bien, hombre, para dar buena impresión, eso fue lo que me puso nervioso, porque yo cuando estoy tranquilo, me siento bien y me expreso, pero puta no esa vez. Así que después Mr. Huifa me decía quién te viera y quién te vio, mudito, me decía. Puta que se reía esa vez que leyó lo que salió en los diarios en Estados Unidos antes de la segunda pelea con el negro Joe Louis. Vino un gringo y me preguntó en inglés que le dijera por qué yo estaba tan seguro de que le iba a aforrar al Joe Louis. Puta, es que yo me las he visto con pescados mucho más grandes y peligrosos que él, le dije yo. Big fich, le dije yo. ¡Ah! ¿Galento? me dice. No, le dije yo, mucho más grande. ¿Firpo? me dice. Nooooo, le dije yo, más grande, y más peligroso. ¿Mussolini? me dice, no ve que yo le pegué a uno que se llamaba Pantaleón Mussolini en La Habana, esa vez que me dio el mordisco aquí en el brazo derecho donde tengo la cicatriz. No, Mussolini no, le dije. Viendo que estaba bien metido, empecé a contarle de una cuestión que me pasó cuando yo tenía doce años, y ahí me embalé hablando y se juntaron todos los periodistas yanquis y puta que anotaban rápido, y después trajeron al cabro que se llamaba Meredith para que hiciera de traductor, y ahí me lancé, peor todavía, el Meredith me tenía que parar porque no le dejaba tiempo para hacer de intérprete. Y empecé: “Resulta que mi padre era pescador, y todos los días yo y mis diez hermanitos lo sentíamos partir de madrugada en el botecito, y lo sentíamos que volvía a la noche con un poquito así de pescado, y así apenas vivíamos cagados de hambre, comiendo puro cochito, pancito duro y té pelado con chancaca”. Claro que yo se los decía en serio, porque lo que pasó es verdad, pero cuando uno cuenta estas cosas como que salen un poco raras, diferentes de lo que fueron, y uno como que obligado a meterle pino, y así soy yo no más, me gusta payasear y que me escuchen con atención cuando cuento algo, por eso en Estados Unidos algunos me trataron de payaso. Bueno, pero un buen día les dije yo, mi padre no volvió de la mar, y ahí yo con mis doce añitos tuve que empezar a trabajar haciendo lo que podía, ayudándole a mi madre a criar a mis hermanos chicos, pero no alcanzaba para nada lo que yo podía ganar, así que un buen día vengo y agarro a mi hermano Julio y a un cabro que le decían el negro Castillo, que era amigo mío y les dije, metámonos a la mar a sacar pescado. Y puta, el Julio no quería ir, porque era más chico y más miedoso, pero el negro era de los cuartos plomos que se dice, y agarramos una chalupita prestada toda llena de hoyos y nos fuimos mar adentro mierda, con unos espineles y un par de mallas para sacar locos y un arpón todo roñoso que mi padre había estado arreglando y había dejado botado por ahí. A puro pulso se metía uno en ese tiempo a la mar, a puro remo, pero a mí me gustaba así, qué iba a saber uno de motores, esas eran cosas de ricos o de gringos. Estuvimos casi todo el día al sol sin pescar ni una cuestión, y nos estábamos volviendo, cuando en eso veo una aleta y espuma que salta al lado del bote, agarro el arpón con las dos manos, y ¡pa! lo tiro con todo, y no agarro medio a medio así un atún de este volado, que apenas lo pudimos subir entre los tres. ¡Puta que estábamos felices los tres cabros! Era uno de esos de aleta amarilla, que se vendía caro en esa época. Yo casi me caigo al agua de los saltos que dábamos, yo y el pescado y el negro Castillo y el Julio todos saltando ahí adentro del bote. Y entonces miro un poquito más allá, y la misma cuestión, veo la viejoyelmaraleta, salta la espuma, agarro el arpón, y ¡pa! ¡una albacora! Era tremenda, más grande que el atún todavía, dio su buena pelea, pero se la ganamos, y ésa no la pudimos ni subir al bote porque no cabía. El negro, que era ocurrente, dijo que la lleváramos arrastrando, así al remolque con un cordel, y así lo hicimos, partimos para la costa, que se veía bien lejos. Así estábamos un buen rato remando, cuando miro el agua y veo la misma cuestión, un pedazo de aleta, y la espuma que salta. Pero no salió ni atún ni albacora por ninguna parte, y seguimos remando. De repente sentimos el tremendo guaracazo a un lado del bote, que casi lo dio vuelta. Yo dije, chucha, una roca, aquí cagamos, pero no, seguimos avanzando y yo miré y no había nada. Al ratito, otra vez, otro guaracazo. Ví que la albacora que íbamos arrastrando se movía y dije, chucha, no está muerta, y nos pegó un par de coletazos, pero la miré y estaba bien muerta la cuestión, y entonces me doy vuelta para el otro lado y veo la aleta otra vez, clarito, una aleta ploma, casi negra. No es aleta de atún, gritó el negro, y se llegó a poner blanco de susto. Un toyo, dijo el Julio, ¡lorea el manso toyo Arturo! Iba pasando como a medio metro, al ladito del bote. Yo sabía que los toyos no eran tan grandes. Nos pusimos a remar más que rápido, pero el tiburón nos daba como vueltas así por todos lados del bote, y de repente nos topeteaba un poco, se iba más lejitos, y se tiraba a todo lo que da, como para quebrarnos. Nosotros nos sujetábamos fuerte para no caernos al agua. Nos empezó a comer la albacora que llevábamos de remolque en cada pasada. Sacaba la cabeza y ahí se veía que así tenía el hocico de grande y colorado por dentro y unos dientes como serruchos. A la otra pasada no dejó casi nada de la albacora, la pura cabeza no más quedó, y se la soltamos mejor para que se la comiera tranquilo y para seguir remando más aliviados. Pero al ratito volvió y se empezó a dar vueltas otra vez, no ve que estaba cebado con nosotros ya. Pasó por el lado de nosotros otra vez, y era más largo que el bote y casi igual de ancho. Le vi los ojos y le largué el arponazo pero se me fue el tiro porque estaba muy nervioso y tenía los brazos acalambrados de tanto remar. Le alcancé a agarrar un poquito en la cola, pero se sacudió y saltó el arpón lejos. Ahí parece que se hubiera picado más y nos pegó otro choque. El Julio dijo, hay que darle el atún, pero el negro era reporfiado y se puso a gritar ni cagando le doy mi pescao, pero al otro tope dijo bueno ya, tíraselo no másd. No faltaba mucho para la playa, pero estábamos cansados y en ese lado la corriente nos tiraba para afuera. beware-the-lurking-sharkEl agua estaba clarita y se veía el medio tiburón que venía como un Huáscar, y ahí se vio que era de los tiburones con la guata blanca, que son los que hay que tenerles miedo. Ya, le echamos el atún, y se lo comió altiro, no se demoró nada, lo zamarreó para hacerlo pedazos, pegó sus mascadas, y siguió dando vueltas. Después se puso bien pesado y topeteaba como si quisiera echarnos a pique. El Julio se puso a llorar, el negro lo agarró a chuchadas para que se callara y yo agarré a chuchadas al negro para que no molestara al cabro chico, y después agarramos a chuchadas al tiburón, para ver si se asustaba con los gritos. De pura desesperación, cuando se acercó otra vez, me saqué una chomba que tenía puesta, y se la tiré, y el tiburón la pescó y se la comió echando espuma para todos lados, como enrabiado. Después cuando pasó a la otra le tiré la camisa, y después la chomba del Julio y la camiseta del negro, y después los pantalones míos y me quedé en calzoncillos, y así nos fuimos sacando y tirándole la ropa al tiburón, hasta que quedamos los tres en pelotas, y ahí recién llegamos a la playa, cuando le tiré los calzoncillos todos cagados del negro. Eso fue lo que les conté a los gringos antes de la segunda pelea, y salió después un gallo hablando en la radio de la historia del tiburón y escribieron artículos diciendo que puta con razón Arturo Godoy no le tenía miedo a Joe Louis, si le había hecho collera a un tiburón asesino.

A mí que me gustaba contar este cuento, para entretener a la gallá; gozaban. Me acuerdo que la conté una vez en Cuba, ahí en una casa donde vivía el Kid Tunero. Así abría las pepas el negro, como en las películas. Después salió el gringo dueño de casa, que estaba como tagua de cocido, y dijo que una vez le había pegado un combo a un tiburón; ese huevón sí que era mentiroso. Puta que nos reímos con el Kid Tunero, hasta que el gringo dueño de la casa, Don Ernesto se llamaba, se enojó y dijo: “vale, si no me creéis, coño, os doy un par de hostias”, porque hablaba como español cuando ya se ponía a odioso. Decía que había estado en la guerra española y en la dos guerras mundiales y que había estudiado para torero, pero yo a ese gringo no le creería ni lo que rezaba, porque se la pasaba escribiendo novelas, aunque harto que quería al Kid Tunero y se portó bien con él y con otros boxeadores, porque él siempre quiso ser boxeador, pero le dio para puro ser escritor.

hemingway460

Fragmento de la novela Muriendo por la dulce patria mía. © 2015

El arte de la fuga de Alberto Guerrero

Dirán que la suerte fue mía y no de Glenn. No interesa. Puñaladas por la espalda, a mansalva y sobre seguro. Cómo se va a defender uno. Imposible. Pupilo genio, dicen, profesor famoso. Tienta pensar así, para apocar, menoscabar, pero no es cierto, no es cierto, señor [ruido exterior, motor de automóvil o motocicleta que pasa]… Glenn tenía muchas cosas que aprender y yo se las enseñé, nadie más, nadie más que yo se las enseñó. Y mire que venía con mañas que tuve que matar una por una. Mañas de autodidacta, atajos que llevan a precipicios.

Glenn_Gould_and_Alberto_Guerrero
Alberto Guerrero y su discípulo Glenn Gould

Más difícil que fácil es ser profesor de un genio, hay que tener delicadeza, cosa que yo nunca tuve en abundancia, lo que tengo yo es perseverancia, soy porfiado. Glenn me enseñó a ser su profesor, yo aprendí con él a guiarlo. ¿O alguien cree que con su temperamento se hubiese quedado tranquilo perdiendo el tiempo con un mediocre, por mucho afecto que me tuviera? La respuesta es no, por nada del [voces, puerta que se abre y se cierra con estrépito, silencio 8 segundos]… Nada, hizo nunca en la vida por obligación, es claro que “no” es la respuesta.

Respire con el piano, Glenn, respire con el piano, las cuerdas son un pulmón que vibra, usted toca una y suenan todas, ponga la oreja en la madera, ponga la mano en la madera, siéntese así, siéntese asá, busque la altura justa para que ese viento que es la música le vuele en la cara, deje que lo acaricie, déjese tocar por el sonido, déjese, abrazado en su tibieza, déjese refrescar, busque la temperatura justa con la piel. …[espacio en blanco de 12 segundos, el golpeteo de la cinta al girar]…, las manos, las manos… [espacio de tres segundos, voces ininteligibles, un metrónomo de péndulo que se acelera y vuelve al ritmo inicial] eso hay que decirlo después, antes tengo que contar cómo nos conocimos y en qué circunstancias.

Lo conocí una noche de perros, el peor hielo de fines octubre, los pies helados, la fiebre que me consumía, las náuseas en el comedor, la sonrisa de fierro que tuve que poner antes de los postres, la salita middle class, el recital del niño genio que me mostraban como si yo tuviera que estar agradecido. Y el niño no sabía nada, nada de nada, sabía mover los deditos, sabía la mecánica del negocio, tenía un oído límpido, conocía los sonidos, pero no sabía nada de ellos, saber y conocer, la gran diferencia en que yo pensaba, sin decírselo jamás, ni cuando me negó, saber y conocer, saber y conocer, apenas hablaba francés él, no sabía bien lo que yo estaba diciendo y a mí el inglés en ese tiempo no se me daba tan bien.

Cinco siglos de música le voy a dar a este muchachito, eso es lo que yo le voy a dar, y ese pensamiento me ancla, me da el ánimo en esa primera noche helada en que glenngouldperrolo voy a conocer, cuando me llevan a esa casa como quien lleva a un perro nuevo, recién comprado, un [incomprensible, estática] que mueve la cola más por miedo que por amabilidad innata. ¿Quién era el perro? A veces creo que yo era el perro, pero a veces pienso que el perro nuevo era Glenn. Fue una noche de perros. Perros ladrando de frío o de timidez.

Me van a preguntar cómo lo hice, y yo tengo que decir que con cabeza, porque el buen músico no puede ser tonto, hay una inteligencia de orden mayor en la mejor música, hay maña, en el buen sentido de la palabra, hay lo que yo llamaría [incomprensible] si pudiera usar esa palabra, cosa que no puedo hacer, puesto que como bien se sabe esta disertación tendrá que ser traducida al inglés, y la palabra [incomprensible]  no tiene equivalente en este idioma.

Mire, Glenn se sienta al piano después de los postres y lo hacen tocar. Pienso bien dónde voy a ubicarme para oírlo, y elijo el costado izquierdo, para darme cuenta desde ahí qué puntos calza el niño maravilla. Y ahí es cuando veo la zurda, la deja baja, agazapada, flojeando, y siento el murmullo de [incomprensible] que le sale de entre los labios al tocar, y veo cómo martilla con la mano entera, pudiendo mover cuando quería cada dedo, entiendo que me está probando, y veo cómo cruza las manos por molestar, y cómo planta los pies en el suelo, despreciando los pedales, pateando los pedales, veo cómo se pone a tocar con las piernas cruzadas, como neurasténico, como esos jazzistas que le pegan al piano con los antebrazos, se puso a transponer piezas de improviso, como si no costara nada, con un ligero desplazamiento del punto de origen, lo hizo con Scarlatti, con Les Six, con un par de Variaciones. Eso es lo que veo, lo que me muestra, apenas oigo nada, apenas me interesa escuchar, oír y escuchar, ésa es otra diferencia que yo le expliqué, el la sabía, pero yo se la hice método, disciplina, forma.

Acepto la oferta en voz alta, el padre asiente con una sonrisa, la madre se frota las manos, Glenn me mira con aire divertido, creyéndome inofensivo, sin saber que yo había entendido perfectamente lo que acababa de hacer. Pasamos a la salita a tomar el café y unas masitas. Glenn nos da las buenas noches. Hablamos de naderías, de mi país natal, de los hielos de Patagonia. Me doy cuenta de que nadie tiene la menor idea de la Patagonia, ni menos yo. Yo menos que ninguno de ellos, pero de eso hablamos por largo rato, de los glaciares azules, de estepas barridas por el viento, de bosques que por el viento no conocen la verticalidad. Me voy manejando a mi casa en las calles cubiertas de hielo, bordeando ese lago horrendo. Llego tarde y me acuesto de mal humor, eso lo sé porque casi nunca me acuesto de otra manera, y esa noche fue peor porque no pude tocar una tecla. El único que tocó fue Glenn en la noche de perros y hielos. Haber tocado después de mi pupilo hubiese sido un gran error. Pasé esa noche tiritando de fiebre.

Busque con la piel la temperatura justa, déjese consolar, la tibieza que lo abrace, déjese, por el sonido déjese tocar, acarícielo, sienta en la cara la música como el viento, levántese a la altura justa, siéntalo, Glenn, sienta en la madera la mano, en la madera el oído, las cuerdas son un pulmón que vibra, respire con el piano, Glenn, con el piano, respire.

El niño Glenn me niega ahora, ya tiene 19 años, está grande y reniega de mí, dice que le repugna la emoción y quiere hacerse cerebro, cuando yo no he sido nada sino cerebro para su corazón canadiense, con mi hielo de la Patagonia lo he hecho témpano de mi témpano, iceberg de mi iceberg, glacial de mi glacial, sonrisa y venia de mi civilidad antigua, chilena, congelada, una máscara de metal y debajo el odio, la sospecha, la generosidad raída, la roña, el ser hacia adentro, eso se lo he dado yo, sin que se diera cuenta, lo que creerá suyo es mío realmente.

Todo ese hielo negro, esa nieve anquilosada, todo eso se lo di yo en aras del arte, lo dejé que saliera, porque quién sabe qué rabias habría debajo, quizás qué fuerzas huracanadas en tanto viento polar. Viento ártico con mi ojo antártico. Sus dedos frígidos para mi hielo austral. El niño premasturbatorio confunde la frialdad con la falta de emociones, pero yo sé, por venir de donde vengo, que nada puede estar más lejos de la verdad. Glenn me necesita de modelo y de enemigo, y darme cuenta de eso es, siempre será, mérito mío, el fruto de noches enteras mirando cómo la nieve se acumula en mi patio de profesor inmigrante, el fruto de mis odios metálicos, resplandecientes como el hielo del Ontario, el fruto límpido de la fuga de las horas mirando los cristales de mi ventana, tocando mis fugas con la punta de los dedos fríos hasta que me quedo dormido.

Dirá ahora que la suerte es mía, eso dirá Glenn, lo que dicen todos. No me interesa nada, son cuchilladas de pupilo genio, ¿no es cierto?, es ruido que hay que filtrar, dejar afuera, el ruido de la calle que no interesa. Yo le enseñé lo que tenía que aprender un genio, cosa no fácil, tuve que recurrir a la delicadeza que yo ya había casi perdido a punta de tanta lejanía, y con ella lo guié, para que no perdiera el tiempo, para que me tuviera afecto, para que la música no fuera jamás una obligación, sino una urgencia, la urgencia más grande de su vida. Qué suerte ni que nada. Nada es suerte, qué suerte ni nada, suerte: nada, qué suerte, el puro qué dirán.

Forma, método, disciplina. Explico la diferencia entre escuchar y oír, listening and hearing, lissen, lissen, hear, here, nada veo, eso es todo lo que importa. Ni la histeria, ni las piernas cruzadas, ni los pedales despreciados, sueltos a patadas, los brazos que se cruzan por encima del teclado, el golpeteo y el martilleo preciso que aprendió de mí, el canto sordo que le sale de la garganta, el pulso de la música en su mano agazapada, la zurda floja que flota en el teclado para que la vean, para que todos sepan que también es parte de la forma, que se note que tocar el pianoforte nunca más será lo mismo. [Ruido de motocicletas. Portazos que se van alejando]

Repetirán que la suerte no es de Glenn sino mía, hasta el cansancio, [cristales rotos] y no va a faltar el que lo crea.

[Cinta 8, AgfaSon 3/4, 03m42m-20m05s, splice 4m40s-4m55s
Transcripción 1 G Meredith, rev/rcs 2/2015]

La escuela nazi en Chile

Una vez, conversando sobre los episodios de violencia nazi en Chile, María Luisa Fischer, estudiosa de Neruda, me mencionó la siguiente anécdota que se encuentra en las memorias del poeta:

Saludo_nazi_memoria_dictador
Sieg Bye!

Por aquellos días de victorias estruendosas de Hitler, tuve que cruzar más de alguna vez alguna calle de un villorio o de una ciudad del sur de Chile bajo verdaderos bosques de banderas de la cruz gamada. En una ocasión, en un pequeño pueblo sureño me vi forzado a usar el único teléfono de la localidad y hacer una reverencia involuntaria al Führer. El propietario alemán del establecimiento se había ingeniado para colocar el aparato en forma tal que uno quedaba adherido con el brazo en alto a un retrato de Hitler.

En efecto, como sugiere Neruda en esta viñeta, los nazis son capaces de todo por un Sieg Heil, aunque sea involuntario. Lo que les importa es el gesto, aun si tiene un elemento de coerción o de engaño. Los nazis no son nada sin gesticulaciones, sin disfraces, y sin sus peculiares distorsiones de voz.

ap071025011546_wide-1481e9f02dce18f8dc6404186e14704b2ca97e8a-s6-c30
Charlie Chaplin

En la farsa “El gran dictador”, Charles Chaplin le sacó provecho a la corta distancia que había entre la puesta en escena de un toni y la del Führer. A los nazis no les pareció gracioso que un filo-comunista con aspecto de judío como Chaplin se burlara de Hitler y le disputara el monopolio del bigotito mosca. Los camisas pardas (o camisas negras) tienden a ser impermeables al humor. Es mejor ni imaginarse cómo sería la rutina stand-up de un cómico nazi, a pesar de que constantemente andan haciendo o diciendo payasadas.

BANDERA_CALLE
Sacando las banderitas

Al mismo tiempo, los nazis tienden a ser lo que en Chile llamamos “perseguidos”, la encarnación misma de la paranoia. Esta mezcla de falta de humor y delirio de persecución les da su aire de comicidad involuntaria, pero también los vuelve peligrosos. No hay nadie más letal que un paranoico incapaz de entender una talla o cualquier cosa que no cuadre en su rectangular esquema, especialmente cuando anda en patota acompañado de otros tan densos como él, y todavía peor si anda armado. Por eso, al encontrarnos con alguien que se las da de nazi, lo más prudente es concluir que aunque parezca un payaso inofensivo, a la menor provocación real o imaginada explotará como un fanático violento, o bien incitará a otros a que tomen venganza.

razachilena
La biblia de los nazis chilenos

No extraña que haya nazis en nuestro país, pero sí llama la atención que haya nazis chilenos, sobre todo si uno piensa que Chile es un país mayoritariamente mestizo y por lo tanto “impuro”, poblado de Untermensch, quiltros aptos para crematorios. Para esta contradicción vital, los nazis criollos tienen sus respuestas deschavetadas, las que difunden sin que nadie se atreva a trabarse en un diálogo crítico con ellos. Dejan caer nombres de filósofos alemanes o deidades germánicas como quien tira bombas de ruido, y les resulta. Una especie de biblia del nacismo criollo, por ejemplo, es el mamotreto nacionalista Raza chilena (1904) de Nicolás Palacios, donde se aduce que algunos de los “araucanos” son más bien arios, que ésos son los verdaderos antepasados nuestros (junto a los españoles “góticos”) y que por ese lado nos podríamos merecer un lugar en Valhalla. Si Nicolás Palacios, a pesar de que sus teorías no tienen ni pie ni cabeza, sigue siendo considerado un clásico de la identidad chilena (Carlos Cardoen financió su re-edición de lujo hace algunos años), entonces los nazis sienten que tienen el camino despejado para propagar sus propias doctrinas en Chile y fundar escuelas sin temor al ridículo.

Hace un tiempo tuve una experiencia casi onírica al respecto, cuando encontré en YouTube una entrevista de Cristián Warnken al escritor Miguel Serrano, gurú del esoterismo hitleriano. El venerable caballero se fue a hacerle compañía a Odín hace unos años, pero dejó como legado esta escuela de “pensamiento” que hoy quiere institucionalizarse en la Escuela de Arte Presidente General Augusto Pinochet.

Funeral de Miguel Serrano
Funeral de Miguel Serrano

El esoterismo hitleriano es una rama del pensamiento cuasi-religioso nazi desarrollada por Heinrich Himmler, cuyos merecimientos para ser líder espiritual incluyen haber dirigido la Schutzstaffel (SS) y la Gestapo. El entrevistador Warnken en esa entrevista está irreconocible, como gallina en trance. Cualquiera diría que tenía al frente a Jesucristo, o al mismo Nietzsche, y en vez de hacerle preguntas le daba pases para que el viejo esparciera su pomada mística y le diera fuerte al autobombo. Más que un programa cultural, eso parecía un infomercial ideológico-literario, impensable en otras partes de América Latina o en cualquier parte del mundo. Warnken le da cuerda para que explique cómo pensamos como pueblo y Serrano se explaya. Los japoneses están como centrados en el vientre y por eso echan mano al harakiri, mientras que a nosotros (los chilenos, supongo), dice, por como está conformado el planeta, nos corresponde… y se tranca, se le escapa la palabra cloaca y por fin dice el “muladar”. Qué le vamos a hacer, estamos en el culo del mundo y no lo asumimos, tomamos prestadas otras partes que no nos corresponden.

warnken
“Como dijo Nietzsche nunca…”

Entremedio de la vergüenza ajena, me acordé de que en Chile a los nazis se los toma en serio. No importa que de repente los ojos se les conviertan en dos espirales, como les pasa a los locos de Condorito. Incluso gente como Warnken –reaccionario pero no insensato– los escucha y les aguanta barbaridades: sólo falta que se ponga el babero cuando Serrano afirma que de simples mortales en el poto del mundo nos podemos convertir en héroes, y después, quién sabe, con un poquito de coraje, fe mística, y con unos cuantos Sieg heil, pasaremos de héroes a dioses. Todo eso sin dejar de ser chilenos, ésa es la gracia.

En vida, a Serrano jamás le faltó tribuna, aparecía en The Clinic tanto como en LUN, El Mercurio, La Nación, porque tenía labia y una pluma más que aceptable. De hecho, ha escrito un par de líneas algo melodramáticas pero dignas de citarse:

¿Habrá un chileno que no haya apretado, con dolor, en su pecho, durante negras noches, sueños de cataclismos geológicos, de lunas que se caen, de cielos infinitos, de aguas creciendo como castigos determinados?

Gracias a sus talentos de pícaro de las letras, este ex diplomático, formado en la vieja academia del amiguismo, logró hacerse pasar por intelectual. Algunos escritores jóvenes lo admiran y varios críticos al parecer creían que su persistencia era buen sucedáneo del talento.

Una inspección somera de sus obras revela que Serrano le copia todo a Jung, a un Nietzsche pasado de revoluciones, o a escritores de rango menor como Hesse, a quien le rinde pleitesía y con cuyo espíritu entabla conversaciones. Serrano también habla con el espíritu de su perro, que no es cualquier perro, sino un pastor alemán. Como nadie lo contradecía en nada, ni siquiera su perro pastor alemán, Serrano confundía una y otra vez la fantasía con el conocimiento.

Desfile en Valdivia. Foto de Adolf Meyer, NSDAP Gauleiter.
Desfile en Valdivia. Adolf Meyer, NSDAP Gauleiter.

Se imaginaba, por ejemplo, que en algún lugar secreto de la Antártica se encuentra, larvándose dentro de un gran cubo de hielo, la encarnación astral de Hitler, que resucitará y nos rescatará -si lo merecemos- del “cristianismo de maricones” en que estamos sumidos. El Führer resurrecto y descongelado nos enseñará los nuevos evangelios místicos del “cristianismo ario”. Hitler no está solo en su hibernación: lo acompaña en la hielera antártica famosa todo su estado mayor, que habría escapado de Alemania en un submarino cuando los señores rusos ya estaban a las puertas de la Puerta de Brandenburgo. Rudolf Hess, que tenía visión-país (perdón, visión-Reich), le dijo al chofer del submarino que lo dejara en Buenos Aires, para preparar la segunda venida del Tercer Reich, o la primera venida del Cuarto Reich, depende de cómo uno saque las cuentas místicas.

¿Por qué la Antártica, dirán ustedes, y no la Tierra Santa o el mismo Reichstag? El mesías hitleriano saldrá de la Antártica porque, según Serrano, la cabeza del planeta está situada en el Ártico, mientras que en el polo sur se ubican sus órganos sexuales. Los órganos sexuales del planeta Tierra, entiéndase bien. Otros datos de anatomía planetaria mística es que entre Asia y el Perú hay unos inmensos intestinos subterráneos por donde se vinieron a América los Incas, caminando desde el Tibet.

A group of Chilean Nazis belonging to "Forefront of National Order" (FON), take part in a ceremony inside a cemetery in Valparaiso City.
A los nazis chilenos les encantan los cementerios

El misticismo nazi de Serrano lo explica todo. Si alguna vez algún chileno se ha preguntado por qué es medio feo, la respuesta la tiene él: la culpa la tiene la belleza natural de Chile. En el sistema del esoterismo hitleriano, todo está hecho de polaridades que se compensan y equilibran el mundo. Entonces, este brillante diplomático e intelectual cogita que en un país tan lindo como el nuestro, para que haya equilibrio místico, tiene que haber por lógica una buena cantidad de gente fea. O sea que estamos fritos. Este mismo caballero opinaba que David Rockefeller, por medio de la Universidad de Duke (donde estudió el ex presidente Lagos), tenía planeada la partición de Chile para beneficiar a una cofradía de masones y judíos. Pumalín es sólo el comienzo, advertía Serrano. Todo está cifrado en el antiguo símbolo del gobierno de Chile: ahí estaba escondida la estrella de David, diseñada por Patricia Politzer para mandar señales subliminales, las que se complementan con las “ondas sicotrónicas” transmitidas desde el edificio de la Telefónica y la embajada norteamericana.

La locura de Serrano, desgraciadamente, no se murió con él. Cierto día del mes, los hitleristas se juntan en los cementerios para sus rituales de invocación a Odín y para conmemorar a sus mártires. En una de esas ocasiones, hace unos años, Serrano anunció en su arenga que la causa nazi no estaba perdida, porque él sabía a ciencia cierta que ya había bases llenas de ayudistas congelados en Marte y porque estaba a punto de descubrir la entrada al Gran Bunker de la Antártica. El descubrimiento de hielo en el planeta rojo lo puso más eufórico que Walkiria en cabalgata.

escueladenazis
2014: Escuela de Arte Nazi en Chiloé.

A estas alturas, a cualquier persona medianamente informada le queda claro que el tipo era un charlatán que se dedicaba a reciclar brebajes raros para llamar la atención. Lo extraño es que no se conecte toda esta locura místico-cómica (que puede llegar a ser bien entretenida) a sus manifestaciones concretas. Serrano está bien consciente de que en Chile no hay que pagar un precio demasiado alto por dedicarse a nazi y fotografiarse rodeado de svásticas; todo lo contrario, pareciera que se celebra como una gracia inofensiva o un fenómeno freak más de la modernidad confusa en que estamos sumidos. En una de sus últimas entrevistas al diario La Nación, Serrano lo decía con todas sus letras, sin darse cuenta de la paradoja cómica de sus palabras:

Chile es un centro único en el mundo. Aquí salgo con una svástica a la calle y no me pasa nada. Y saludo ¡Heil, Hitler! en la calle y tampoco me pasa nada. Vaya a hacerlo en Argentina, estaría preso, en España igual. Chile es el último país en el mundo donde todavía la gente puede pensar y decir lo que quiere.

La tolerancia chilena con los nazis tiene larga data. En El Siglo del 2 de julio de 1965, aparece una crónica de Neruda titulada “Svásticas en el sur”, donde comenta las vicisitudes del caso de Walther Rauff, residente en Chile desde 1958, inventor de las infames cámaras de gas ambulante. Éstos eran camiones de transporte de cabina sellada, modificados para usar los gases del escape para envenenar a quienes se transportaban en ellos. Alemania Occidental pidió su extradición durante décadas, sin éxito, y Rauff vivió tranquilito en su casa de Hernando de Magallanes casi esquina de Colón. Murió plácidamente en 1984, impune, justificando incluso el uso de su sistema de exterminio porque según él les ahorraba a los alemanes el trauma de tener que fusilar a sus víctimas antes de cremarlas. No debe sorprender a nadie que Amnistía Internacional lo haya sindicado como instructor de la DINA. En ese artículo de 1965 Neruda observaba lo siguiente:

Ya no salen a relucir en Chile las banderas con la svástica fatídica. Pero no estamos seguros de que esas banderas no estén bien dobladas y con bolas de naftalina en algún cofre, preservadas de la humedad del extremo sur, en mi patria.

Los baúles, archivos y containers de Colonia Dignidad ya han entregado algunos de sus secretos, pero todavía queda mucho por elucidar. También queda pendiente el desafío de desenmascarar a los charlatanes nacionalistas de la escuela de Serrano y de aclarar que sus payaseos pueden ser entretenidos y muy freak, pero que tienen, igual que los paroxismos de Hitler, consecuencias muy nefastas en la vida real, sobre todo cuando potencian la xenofobia, el racismo, la homofobia, y el culto de la masculinidad violenta, elementos todavía muy enquistados en en el discurso de la identidad nacional chilena.

Concentración de nazis en la Plaza Bulnes de Santiago
Concentración de nazis en la Plaza Bulnes de Santiago

***

Por si a alguien le cupiera alguna duda sobre la conexión entre Miguel Serrano y los nazis, en este verá cómo el eminente escritor y ex embajador chileno en la India despide al criminal de guerra Walter Rauff en el Cementerio General, con un sentido “Heil, Hitler! Heil, Walter Rauff”, disfrazado con el abrigo de cuero negro de la Gestapo.

Una versión de este posteo se publicó en el año 2005. Plus ça change… dijo el franchute.

El ciclista que venía de vuelta: 11/9 1973

Hace 39 años me estaba preparando para un día normal de clases.  En la tarde el plan era ir a guitarrear un rato en la casa del Marco Luco con un disco del grupo Yes que se llamaba “Close To the Edge”. No llegué ni a la esquina esa mañana. Las micros habían dejado de correr o pasaban traqueteando como fantasmas, vacías. Se empezó a nublar, anunciando lluvia, pero no hacía mucho frío.

De vuelta en la casa pillamos en la radio los discursos de Allende y a eso del mediodía sentimos cómo los Hawker Hunter que bombardearon Tomás Moro pasaban rasantes encima de nosotros después de soltar sus rockets. Sobrevolaban tan bajo que se distinguía la cabeza del piloto en su burbuja verdosa de plexiglas.

Después vimos que un helicóptero sobrevolaba la casa del presidente, que quedaba a unas quince o veinte cuadras. Los disparos se veían muy nítidos, como chispazos de color naranja intenso, pero la escena estaba en mute, todo en silencio, o así parecía en comparación con el rugido atronador de los Hawker Hunter. Desde la altura de Colón Oriente se veía la columna de humo negro de La Moneda entre los nubarrones, un poco más al poniente de la silueta del cerro San Cristóbal.

Después de almuerzo escampó y se abrió un poco el cielo. Por los cerros al final de Colón subían columnas de infantería. Me encaramé al techo para mirar sus maniobras.

No andaba nadie por la calle, sólo un ciclista que llevaba una guitarra a la espalda mientras pedaleaba cuesta arriba por Paul Harris hacia Colón. La calle no estaba pavimentada todavía y el ciclista le hacía el quite a los charcos y al barrial de la lluvia reciente.

A media tarde hubo pichanga en la cancha de tierra, hasta que empezaron a pasar los camiones de milicos. Se sintieron los disparos, esta vez cerca, detonaciones que no conocíamos. Una ametralladora de guerra hace un ruido inconfundible que retumba no sólo en los oídos sino en la boca de uno, en el pecho, en los mismos huesos.Empezaba a regir el toque de queda.

De vuelta en mi casa, me subí otra vez a los pizarreños húmedos para curiosear. Encima de la ciudad persistía un manto de nubes, pero el sol al ir bajando lo alumbraba todo con un tono dorado. Mi mamá hacía sopaipillas para la once, porque pan no quedaba. De mi papá no teníamos noticia desde que había salido a trabajar, al filo del amanecer.

Vi que el ciclista venía de vuelta, esta vez bajando desde Colón, con el estuche de su guitarra a la espalda, igual que antes. Me acuerdo de las bastillas de sus pantalones, tomadas con pinzas para no mancharse con la grasa de la cadena o con las salpicaduras del barro. La bicicleta tenía manubrio de carrera y para aprovechar la bajada el hombre se inclinó hacia adelante como hacen los ciclistas profesionales. A dos cuadras de distancia se veía muy clarita su camisa blanca, la guitarra en su funda negra. De repente sentí que estaba temblando. Pero no era un temblor de tierra sino un fragor en el aire, un bramar que se agudizó en una fracción de segundo hasta convertirse en silbido, un relámpago y un estampido como latigazo que destrozó ventanales. La bicicleta quedó en medio de la calle, al lado del ciclista que estaba tendido de bruces en medio del barro. El hombre se incorporó con la ayuda de algunos vecinos que salieron a socorrerlo. Se sentó en la cuneta, todavía con la guitarra a la espalda. A mí, que estaba a tres o cuatro cuadras, me zumbaban los oídos. Me preguntaba cómo ese hombre había aguantado el impacto. La gente se arremolinaba alrededor del lugar exacto donde había caído la bomba, mirando al cielo por si aparecía otra vez el avión.

Mi mamá no nos dejó ir a mironear. Se sentía el tableteo de algunos disparos en la distancia. Nos tuvimos que conformar con mirar de lejos, sentados en las tablas que hacían de reja, frente a la casa a medio construir. El hombre siguió su camino, a pie, con la bicicleta tomada del manubrio, rumbo al campamento que se conocía como “La Pechuga”. Le dejó la guitarra a uno de los vecinos para que desde el aire no pudieran confundir el instrumento con un arma de fuego.

 Al día siguiente, vimos con algo de desilusión que el cráter no era de más de medio metro de diámetro y unos veinte centímetros de profundidad. No había sido más que una bomba de ruido lanzada por un jet de instrucción, seguramente tripulado por un alférez que amaneció convencido de que ese día hizo lo suyo para salvar la Patria.

 Con el pasar de los días, mis hermanos y yo perfeccionamos el arte de simular los estampidos de una ametralladora punto 30 golpeando un tablón grueso con un martillo o con una piedra grande. Gracias a este simulacro de tiroteo, pusimos nerviosas a varias patrullas de milicos cuando pasaban por el barrio haciendo allanamientos o parando gente en la calle.

Esa mañana hace 39 años empezó un gran proceso de calibración sensorial: aprendimos a usar nuestros sentidos de formas nuevas, más diversas, para entender bien todos los sonidos, los silencios y los estampidos, para ver aunque fuera desde lejos, encaramados a un tejado, y en mute, el espectáculo que hace la historia cuando nos cambia la vida. Es un show bello y siniestro a la vez, un show que con el tiempo se convierte en cifra y enigma, y que mantiene su poder sobre nosotros devolviéndonos retazos de memoria en cada aniversario.

La resaca

Ahora hay que ver cómo lidiamos con la resaca de tanta emoción acumulada. Para empezar, y todo esto en tono de ruego, basta de delirios wagnerianos que hablan de un renacer telúrico nacional. Basta de metáforas obstétricas, por favor. Suficiente con el fetiche de la bandera y el ceacheí. Despertemos de la dulce hipnosis que producen las cámaras del mundo enfocadas en Chile. Descreamos aunque sea un poquito de la opinión tan favorable de quienes recién aprendieron cómo se pronuncia Copiapó. Resguardémonos de la incontinencia mediática y de la verborrea de teleperiodistas y políticos. Y reconozcamos que a pesar de la alegría asombrada y genuina que sentimos al ver a los mineros perdidos emerger de la cápsula, enteros, dignos, tan pródigamente vitales, algo en esto sigue oliendo raro. Sería bueno ver de dónde viene este tufillo.

Antes de despejar el aire, no se puede dejar de destacar lo rescatable. Sin conocerlos, uno estaría dispuesto a apostar que ni Luis Urzúa ni André Sougarret se han transformado radicalmente en esta crisis; ellos ya eran fundamentalmente lo que son mucho antes de que se les viniera encima este desafío. A ellos no les sirve de mucho quebrarse ante las cámaras o permitirse alardes autorreferentes: “ahora me puedo alimentar de manera normal”, dijo un subsecretario cuando se produjo el primer contacto, sin darse cuenta de la burrada que estaba diciendo; “yo lloro por dentro”, confidenció el presidente, completamente ajeno a la falta que cometía al leer en público la carta privada de un minero a su mujer. (No debe sorprender que los medios internacionales ponían en mute o cortaban a comerciales cuando el presidente se ponía a perorar). Sougarret se mantiene al margen, o va al grano cuando tiene que hablar: le basta señalar que ésta fue la pega más importante que le ha tocado, y no dejó jamás de pensar que la misión no estaría cumplida hasta ver al último minero vivo y en la superficie.

Por su parte, Luis Urzúa, en vez de ponerse a figurar la primera vez que habló, se dio tiempo para preguntar por la suerte de los compañeros que iban saliendo de la mina al momento del derrumbe. El habla sencilla y directa del jefe de turno, sin impostaciones ni tríadas retóricas, fue como miel sobre hojuelas en ese momento final. El rostro emocionado de Sougarret, en el background, contrastaba con las contorsiones faciales del presidente Piñera al responder con el cliché autorreferente del “buen capitán”. Ni Sougarret ni Urzúa tienen un “estilo comunicacional” ni parecen transar sus valores por una mayor percepción de “cercanía”.

Hay una distancia demasiado grande entre la gravedad (en el sentido clásico de gravitas: peso, prestancia de carácter) de los verdaderos protagonistas y la liviandad histérico-patriótica de los chupacámaras, y con este término me refiero tanto a los figurones como a nosotros, los consumidores de imágenes y de morbo. Por supuesto, hay una diferencia entre el chupacámaras activo, el de parka roja, y el pasivo, con el mouse o el remoto en la mano, pero esa diferencia se borra al momento de sopesar de qué manera se potencian mutuamente. El chupacámaras activo se nutre de los espectadores, y éstos se sienten reconfortados por el reconocimiento que se les da y por la sensibilidad que se les atribuye. Se arma así en conjunto la fiesta de la lágrima, la emoción como vicio, la solidaridad como mercancía a precio de liquidación.

Sin negar del todo la relativa eficiencia con que actuó el gobierno en este caso, hay que reconocer que los réditos políticos que Piñera ha recogido se deben a una especie de pacto de complicidad amnésica entre espectadores y maestros de ceremonias. El pacto consiste en no recordar que tanta solidaridad con los trabajadores no funca con el individualismo consumista dominante. Consiste en soslayar que que la preocupación gubernamental por la seguridad laboral no es congruente con un gobierno dominado por los intereses empresariales. Nadie tiene que cometer la rotería de mencionar la palabrota desigualdad, sobre todo cuando la primera dama se preocupa tanto de poner su fina mano en los hombros de las mujeres de los mineros. Y por último, no es de buen tono fijarse en que el gobierno no les hizo a los mineros un favor ni una regalía, sino que simplemente cumplió con un deber básico frente unos ciudadanos que fueron víctimas de la negligencia estatal y de la desprotección laboral. Premiar al gobierno es como felicitar a un padre abusador que por un par de meses dejó de aforrarles a sus hijos.

Mientras estábamos mirando la tele, el parlamento le hizo su propio regalito a la gran minería extranjera con el nuevo royalty y se entronizó el autoritarismo anti-republicano con la nueva norma sobre maltrato de palabra a carabineros. Pero estos temas son fomes, no le interesan a CNN ni a la televisión china, no son portada ni en Moscú ni en Katmandú, y por lo tanto no queda más que esperar que el próximo desastre nos haga sentir de nuevo que somos un ejemplo mundial y récord de rating universal. Y me olvidada: Viva Chile. Mierda.