El ciclista que venía de vuelta: 11/9 1973

Hace 39 años me estaba preparando para un día normal de clases.  En la tarde el plan era ir a guitarrear un rato en la casa del Marco Luco con un disco del grupo Yes que se llamaba “Close To the Edge”. No llegué ni a la esquina esa mañana. Las micros habían dejado de correr o pasaban traqueteando como fantasmas, vacías. Se empezó a nublar, anunciando lluvia, pero no hacía mucho frío.

De vuelta en la casa pillamos en la radio los discursos de Allende y a eso del mediodía sentimos cómo los Hawker Hunter que bombardearon Tomás Moro pasaban rasantes encima de nosotros después de soltar sus rockets. Sobrevolaban tan bajo que se distinguía la cabeza del piloto en su burbuja verdosa de plexiglas.

Después vimos que un helicóptero sobrevolaba la casa del presidente, que quedaba a unas quince o veinte cuadras. Los disparos se veían muy nítidos, como chispazos de color naranja intenso, pero la escena estaba en mute, todo en silencio, o así parecía en comparación con el rugido atronador de los Hawker Hunter. Desde la altura de Colón Oriente se veía la columna de humo negro de La Moneda entre los nubarrones, un poco más al poniente de la silueta del cerro San Cristóbal.

Después de almuerzo escampó y se abrió un poco el cielo. Por los cerros al final de Colón subían columnas de infantería. Me encaramé al techo para mirar sus maniobras.

No andaba nadie por la calle, sólo un ciclista que llevaba una guitarra a la espalda mientras pedaleaba cuesta arriba por Paul Harris hacia Colón. La calle no estaba pavimentada todavía y el ciclista le hacía el quite a los charcos y al barrial de la lluvia reciente.

A media tarde hubo pichanga en la cancha de tierra, hasta que empezaron a pasar los camiones de milicos. Se sintieron los disparos, esta vez cerca, detonaciones que no conocíamos. Una ametralladora de guerra hace un ruido inconfundible que retumba no sólo en los oídos sino en la boca de uno, en el pecho, en los mismos huesos.Empezaba a regir el toque de queda.

De vuelta en mi casa, me subí otra vez a los pizarreños húmedos para curiosear. Encima de la ciudad persistía un manto de nubes, pero el sol al ir bajando lo alumbraba todo con un tono dorado. Mi mamá hacía sopaipillas para la once, porque pan no quedaba. De mi papá no teníamos noticia desde que había salido a trabajar, al filo del amanecer.

Vi que el ciclista venía de vuelta, esta vez bajando desde Colón, con el estuche de su guitarra a la espalda, igual que antes. Me acuerdo de las bastillas de sus pantalones, tomadas con pinzas para no mancharse con la grasa de la cadena o con las salpicaduras del barro. La bicicleta tenía manubrio de carrera y para aprovechar la bajada el hombre se inclinó hacia adelante como hacen los ciclistas profesionales. A dos cuadras de distancia se veía muy clarita su camisa blanca, la guitarra en su funda negra. De repente sentí que estaba temblando. Pero no era un temblor de tierra sino un fragor en el aire, un bramar que se agudizó en una fracción de segundo hasta convertirse en silbido, un relámpago y un estampido como latigazo que destrozó ventanales. La bicicleta quedó en medio de la calle, al lado del ciclista que estaba tendido de bruces en medio del barro. El hombre se incorporó con la ayuda de algunos vecinos que salieron a socorrerlo. Se sentó en la cuneta, todavía con la guitarra a la espalda. A mí, que estaba a tres o cuatro cuadras, me zumbaban los oídos. Me preguntaba cómo ese hombre había aguantado el impacto. La gente se arremolinaba alrededor del lugar exacto donde había caído la bomba, mirando al cielo por si aparecía otra vez el avión.

Mi mamá no nos dejó ir a mironear. Se sentía el tableteo de algunos disparos en la distancia. Nos tuvimos que conformar con mirar de lejos, sentados en las tablas que hacían de reja, frente a la casa a medio construir. El hombre siguió su camino, a pie, con la bicicleta tomada del manubrio, rumbo al campamento que se conocía como “La Pechuga”. Le dejó la guitarra a uno de los vecinos para que desde el aire no pudieran confundir el instrumento con un arma de fuego.

 Al día siguiente, vimos con algo de desilusión que el cráter no era de más de medio metro de diámetro y unos veinte centímetros de profundidad. No había sido más que una bomba de ruido lanzada por un jet de instrucción, seguramente tripulado por un alférez que amaneció convencido de que ese día hizo lo suyo para salvar la Patria.

 Con el pasar de los días, mis hermanos y yo perfeccionamos el arte de simular los estampidos de una ametralladora punto 30 golpeando un tablón grueso con un martillo o con una piedra grande. Gracias a este simulacro de tiroteo, pusimos nerviosas a varias patrullas de milicos cuando pasaban por el barrio haciendo allanamientos o parando gente en la calle.

Esa mañana hace 39 años empezó un gran proceso de calibración sensorial: aprendimos a usar nuestros sentidos de formas nuevas, más diversas, para entender bien todos los sonidos, los silencios y los estampidos, para ver aunque fuera desde lejos, encaramados a un tejado, y en mute, el espectáculo que hace la historia cuando nos cambia la vida. Es un show bello y siniestro a la vez, un show que con el tiempo se convierte en cifra y enigma, y que mantiene su poder sobre nosotros devolviéndonos retazos de memoria en cada aniversario.

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