Dios le dé vida y salud

Hace tiempo que se acumulaba en el horizonte la hojarasca de calendarios rasgados que ahora ruge como Hawker Hunter rumbo a La Moneda. No queda más que rendirse a la efeméride de los treinta años, y hay que aceptar que la memoria del golpe será por mucho tiempo más, aunque nos pese, el polen de nuestras flores de septiembre.

Por culpa del delirio que ha provocado este hito cronológico, no me puedo sacar el pálpito de que Pinochet tiene preparada su Última Gracia para el mismísimo 11. Si estoy en lo cierto, todas las maniobras de los empeñosos reconciliadores quedarán suspendidas a mitad de paso, como piruetas de salón de baile. Sería una última asonada, un ejercicio de enlace que ni Valle-Inclán se hubiera imaginado para uno de sus esperpentos. En escena: el dictador vestido de capa y espada, pero en vitrina, con las botas por delante y la gorra encima del ataúd como la aleta gris de un tiburón. De hacerse realidad mi temor, Pinochet quedaría de co-dueño para siempre de la fecha, junto con el socio Bin Laden. Cada vez que pienso en esta posibilidad, de mi boca atea y humanoide salen palabras inverosímiles: “Dios le dé vida y salud”.

Los amigos a quienes he comentado mi idea de que Pinochet se va a morir para el 11 sacuden la cabeza diciendo “no, cómo va a ser tanta la mala cueva”, y se mosquean cuando les insisto que es posible, dado su comportamiento entre lacrimoso y pendenciero de estos últimos días. Es la conducta de quien siente más de alguna piedrecilla rasmillando en la conciencia.

Una amiga a quien le comenté mi corazonada me sugirió: “hazte ver, ridículo”. Como no me alcanza el bolsillo para siquiatras, me sicoanalicé solito para determinar de qué pozo oscuro brotaba mi obsesión con que Pinochet se va a morir el 11 de septiembre. No creo en la sicoterapia ni en ningún otro chamanismo, pero con la auto-hipnosis chanta que me hice, topé con el temor atascado en el fondo fangoso de mi siquis: vi que La Pelona resucitaba a Pinochet.

Vi que le rendían solemnes honores militares, que el presidente se pronunciaba con respeto –sin levantar el dedo en ningún momento—, vi banderas a media asta y coronas de flores y oí discursos y salvos de 21 cañonazos. Escuché el tierno estribillo de “Los viejos estandartes”, interpretado por el coro de los niñitos cantores de la Escuela de Paracaidistas, maquillados como para boinazo de nuit y con los corvos enhiestos de emoción.

Cuando desperté de mi trance, le puse una velita a la Virgen del Carmen, rogando que al general lo tengan a resguardo de los fríos de agosto y de las lluvias matapajaritos. Rogué que no le den de leer columnas venenosas como ésta. Tiene que estar con el corazón bien sursum, porque junto con el aniversario 30 del “día decisivo”, lo que se le avecina no es un rocket chingón como el de Matthei el Memorioso, sino el Tomahawk teledirigido de otro desafuero.

Otro amigo fue más compasivo que la cruel que me mandó al siquiatra. Me aseguró que Pinochet no está tan mal, y para probarlo me mandó el recorte electrónico de una entrevista que apareció el 27 de mayo de este año en el Medical Post de Toronto. El entrevistado es Luis Fornazzari, uno de los médicos a cargo de la evaluación de Pinochet ordenada por el juez Guzmán hace ya un par de años. Fornazzari está a cargo del programa de neurosiquiatría del prestigioso Clarke Institute of Psychiatry. De los seis médicos que examinaron a Pinochet en Chile para determinar su estado mental, era el único especializado en el tema de la demencia senil.

Dice Fornazzari en el artículo: “Pinochet reconoció mi apellido poco común. Me miró y dijo: ‘Yo a usted lo conozco. Yo sé quién es usted. Usted es de Iquique. . . Conozco a su familia, gente muy buena, y a sus hermanas también, son muy bonitas’.”

Más adelante, Pinochet le dijo al doctor que no se parecía en nada a sus hermanas, dándole a entender que sabía que ellas, además de ser buenamozas, se habían casado con generales del ejército. Y que estaba muy al tanto de que Fornazzari, aparte de ser más feo que sus hermanas, era un exiliado. Al día siguiente, el paciente apareció sin silla de ruedas y reanudó la conversación diciendo que le encontraba al doctor un parecido con Joan Garcés, y que la semejanza no era solamente por lo físico, sino que porque los dos estaban “en el bando de la acusación”. Luego, la conversa derivó a temas relacionados con la actualidad de la Tierra de Campeones.

Estos intercambios le demostraron al doctor Fornazzari que las facultades cognitivas de Pinochet estaban funcionando con normalidad. El paciente era capaz de usar espontáneamente distintos tipos de memoria para establecer relaciones correctas entre personas y lugares. Según Fornazzari, a la evidencia acumulada en estos intercambios se agregaron los datos aportados por la persona a cargo del cuidado personal de Pinochet. Esta persona dio detalles muy reveladores, como que el general se vestía solito, que manejaba personalmente sus cuentas bancarias, que recordaba los cumpleaños y que elegía regalos apropiados para sus nietos.

Fornazzari concluyó que Pinochet padecía de un grado leve a mediano de daño vascular pero que esto no disminuía las funciones cerebrales superiores como la memoria, el razonamiento y la lucidez. Pero los médicos que elaboraron el informe final (cuando Fornazzari ya estaba de vuelta en Canadá) decidieron descartar el testimonio del asistente personal de Pinochet y basarse en el de Lucía Hiriart, quien pintó un cuadro mucho más desolador del ex-dictador.

Pero a pesar de esta entrevista, la obsesión me sigue persiguiendo. Incluso estoy dispuesto a apostar plata a que Pinochet saldrá con su gracia el día 11, sobre todo ahora que se cree la Esfinge de Tebas: “el que cae, caerá”. Esta es su respuesta final, histórica, al soundtrack sus pesadillas, allí donde no tiene guardaespaldas: “¡Y va a caer, y va a caer!”. Lo que quiere decir que está haciendo la contabilidad.

Mientras las cámaras se preparan para hacerle zoom a La Moneda a treinta años del bombardeo, atino solamente a repetir mi plegaria: “Dios le dé vida y salud a mi general”. Por lo menos hasta el 5 de octubre, para decir una fecha cualquiera.

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Muerta a golpes

Muerta a golpes.

Un energúmeno tenía que matar a puñetes a una hija de la fama para que apareciera en los medios una noticia que, en rigor, no tendría que ser ninguna novedad. La muerte de Marie Trintignant fue el trágico resultado de uno de los millones de casos de abuso que se dan en el mundo todos los días. Porque las golpizas que los hombres les propinan a las mujeres son cosa de cada minuto en este lindo planeta.
En Estados Unidos mueren 4 mil mujeres al año por esta causa: una decena de Marie Trintignants por día. En el país que nos tocó en gracia, la situación no es mejor. Dos de cada tres mujeres reconocen haber sido blanco de agresiones de su pareja. Una de cuatro ha sido agredida físicamente, mientras que una de cada tres ha sufrido maltratos sicológicos: insultos, amenazas, intimidaciones y humillaciones varias. El 70 por ciento de estas mujeres reconoce haber sufrido abusos más de una vez al año. Para algunas, esto es pan de cada día, año tras año, y muchas veces ante vista y paciencia de familiares, amigos y vecinos que no se atreven a intervenir, o que piensan que “es cosa de la pareja”, y que así ha sido desde que a Adán le arrancaron la famosa costilla. De diez mujeres violentadas, ocho son víctimas en su propia casa. (Y eso que no estamos contando el abuso sexual).
Otros datos más: según la OEA, la principal causa de atención médica a las mujeres entre 14 y 44 años de edad es la violencia doméstica. La misma OEA indica que el 15% del PNB de América Latina se gasta en paliar las múltiples consecuencias de la violencia endémica contra las mujeres.
Podría seguir dando cifras, porque las estadísticas son abundantes, pero no es necesario recurrir a ellas para darse cuenta del problema. Es cosa de abrir los ojos y los oídos. Es cosa de abrir el corazón también.
Una amiga muy cercana acaba de salir de un matrimonio en el que el marido, sistemáticamente, la sometía a todo tipo de abusos. Tuvo que separarse a la chilena, claro, sin contar con el instrumento jurídico del divorcio que la pudo haber protegido legal y económicamente a ella y a sus hijos. Si en el trabajo se enteran de que está separada, se arriesga a que la despidan—sus jefes son de una poderosa secta derechista ultra-católica. El daño físico que el patán le causó en dos décadas de golpizas y pateaduras fue enorme: le afectó permanentemente la función de órganos vitales y la integridad de la columna vertebral. El daño emocional y espiritual, acaso igual de permanente, es menos visible, pero no por eso menos profundo. Estoy seguro de que cada persona que lee esta columna conocerá a alguien en una situación similar.

Persisten varios mitos acerca de este problema. El primero es que esto le pasa a unas pocas mujeres. Esto no es cierto, y lo corroboran las estadísticas antes citadas. El segundo es que se trata de explosiones esporádicas, reacciones excepcionales y poco frecuentes, debido a pérdidas momentáneas de control por parte del agresor. Los estudios indican, sin embargo, que el abuso físico se encuentra enraizado en situaciones inherentemente opresivas y violentas, donde el poder lo ejercen sin contrapeso significativo los hombres; por lo tanto, se trata en la mayoría de los casos de abusos sistemáticos y frecuentes, casi predecibles.

Como lo demuestra el caso de Marie Trintignant, la violencia doméstica no respeta barreras culturales ni sociales. La amiga a quien me refería antes es profesional universitaria, y como ella hay muchas más que siguen soportando una vida infernal sin atreverse a hacer nada, por temor a las represalias. El caso de la actriz francesa además desmiente otro mito muy extendido: que se trata de agresiones relativamente menores, que no causan mayor daño. De hecho, cerca de un tercio de las atenciones de urgencia a mujeres en los Estados Unidos se originan en este tipo de agresiones.

A pesar de que resulte difícil creerlo, no es fácil salir de este ciclo, porque la mujer al rebelarse o resistir puede desatar un grado de violencia aún mayor. El 75% de los ataques que terminan en hospitalizaciones se producen una vez que la mujer intenta acabar con la relación abusiva o estampa una denuncia. De esto se desprende que hay muchas mujeres que prefieren mantener en secreto su sufrimiento, recurriendo a todo tipo de explicaciones para justificar las huellas físicas y anímicas de su maltrato.

El abuso doméstico no se da en el vacío, sino en una dinámica más amplia de relaciones de poder entre hombres y mujeres. Hace poco se reveló en una encuesta que los chilenos tienen opiniones francamente antediluvianas acerca de los roles de género: “la mujer, en la cocina, a pata pelá, y preñada”. No sé si será coincidencia que estas encuestas se dieran a conocer cuando se debatía el divorcio en el parlamento. Estas opiniones, aunque no se expresen de manera tan grosera, reflejan el menosprecio que existe por los derechos de la mujer –no sólo los económicos, sino los derechos reproductivos que se reconocen en los países con los que pretendemos comerciar de igual a igual—y la falta de conciencia que existe acerca de la desigualdad de género en nuestra sociedad.

Chile es un país donde impera un machismo vergonzoso, donde la voz de las mujeres simplemente no lleva el mismo peso que la de los hombres. Como muestra, un botón mínimo. Dese usted una vueltecita por las páginas de los diarios nacionales donde regularmente se publican columnas de opinión. En La Tercera, de 17 columnistas, TODOS son hombres. En El Mercurio, entre una decena de columnistas estables, CERO mujeres. En este medio, El Mostrador, que trata de marcar pautas de pluralismo, de unos cuarenta columnistas, cuatro son mujeres: Sara Larraín, Gladys Marín, María Isabel González, y Alejandra Zúñiga. Esta ausencia de voz se da en todos los medios y todas las esferas, y corresponde a una invisibilidad que es venenosamente dañina para nuestra sociedad. No saquemos como contraejemplos a la canciller ni a la ministra de defensa, que son excepciones a una regla férrea y que tienen que andar probando que el poder no afecta su femineidad, o tolerar escrutinios pueriles acerca de su vestimenta, su apariencia física y su vida sentimental. Si hubiera igualdad, la mitad de los puestos públicos deberían estar en manos de mujeres. Ni más ni menos.

En lo que me demoré en escribir esta columna, varias mujeres cuyos nombres jamás vamos a conocer habrán sufrido la misma suerte de Marie Trintignant, alguna de ellas quizás en nuestro país. Me gustaría creer que la noticia del asesinato de la actriz francesa va a crear algo de conciencia sobre la magnitud y los alcances de la discriminación de género, pero me cuesta abrigar mucho optimismo en una sociedad que todavía sigue pendiente de los edictos del Vaticano -símbolo histórico del silenciamiento de las mujeres- y donde todavía se presume que la liberación femenina es un lujo que todavía no nos podemos dar.

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