Para leer el Informe Valech

La lectura del informe Valech sobre la tortura en Chile producirá un tremendo impacto emocional, comparable o tal vez superior al que tuvo en su tiempo el Informe Rettig. Acaso esto se deba a que tanto los que fueron objeto de las torturas como los responsables de esos crímenes están vivos, caminan las mismas calles, compran en los mismos comercios, comparten nuestros recorridos cotidianos. Después del impacto emocional vendrá –es de esperar—una sostenida reflexión política y ética. Estos tres aspectos de la recepción del documento deberán intregrarse muy estrechamente si se quiere evitar que el trabajo de la comisión pase a la historia como una simple formalidad o un acto de exorcismo simbólico.

El impacto variará según la experiencia personal de quien se anime a leer el informe. Para muchos chilenos, por increíble que parezca, el contenido constituirá una amarga sorpresa, porque si bien el tema ha surgido varias veces a la superficie del debate público después de la dictadura, su presencia ha sido demasiado efímera como para dejar una marca reconocible en la conciencia colectiva. Los medios de comunicación de masas, con excepciones, han tratado el tema con indiferencia, con superficialidad y a veces hasta con una hostilidad apenas disimulada, por lo que el asunto de la tortura ha sido un territorio nebuloso y sombrío que pocos se han atrevido a explorar. Ahora la nebulosa se despeja y queda instalada en su lugar una narrativa nítida y detallada, innegable como nuestra cordillera. De ahora en adelante será imposible no reconocer que, por tanto tiempo y a lo largo de todo Chile, las fuerzas armadas y la policía desencadenaron metódicamente una violencia y una crueldad inimaginables en contra de detenidos y prisioneros políticos. La sorpresa de los compatriotas que no estaban informados sobre este asunto debería abrir paso a la compasión y a la empatía con quienes soportaron ese tratamiento inhumano y más encima se vieron obligados a sobrellevar su recuerdo en silencio y soledad.

Para los sobrevivientes de la tortura, que son muchísimos más de los consignados en el informe Valech, esas páginas traerán de vuelta el recuerdo vívido de sus propios tormentos, los que en muchos casos no habrán querido o podido compartir ni siquiera con sus seres más cercanos. Así de profunda es la huella de la degradación sufrida, así de fuerte el recuerdo del dolor y así de impredecible es la consecuencia síquica de las humillaciones y maltratos.

En demostración de respeto y solidaridad, no podemos, como miembros de una comunidad nacional, desestimar la importancia que tiene para los compatriotas que fueron torturados el hecho de que finalmente se acrediten y se reconozcan pública y oficialmente episodios que marcaron su existencia de manera tan indeleble. Como dijo Ariel Dorfman comentando su obra “La muerte y la doncella”, el régimen que torturaba y sus seguidores (los amnésicos sonreidores profesionales de hoy) vivían diciendo: “Esto jamás te ocurrió”. Eso ya no lo podrán hacer, o por lo menos no con el mismo descaro de antes.

El relativo silencio de todos estos años (me refiero al silencio del espacio público común, al de la pantalla gigante de la conciencia nacional) se mantuvo no sólo gracias a la red institucional y jurídica que protege a los torturadores, sino también en virtud a un acuerdo tácito de la mayoría. Debemos reconocer que ha habido un grado de complicidad y responsabilidad colectiva en ese silencio. En ocasiones muchos chilenos han creído conveniente o inevitable soslayar la existencia o la memoria de la tortura, por exigencias coyunturales reales o imaginadas. Recordemos que la misma comisión que produjo el informe Rettig, fundamento y resumen del discurso chileno sobre los derechos humanos, optó por dejar el problema de la tortura fuera de los márgenes de la conversación, y allí se lo había mantenido hasta ahora.

He mencionado antes “La muerte y la doncella”, obra en la que ya en 1991 Dorfman ponía en escena todos los temas que más nos incomodan del legado de la dictadura: la violencia, la impunidad, la mentira, la culpa, la memoria y, sobre todo, la traición. No se trata solamente de la traición de quienes, como los uniformados, se volvieron contra el orden que habían jurado defender y contra el pueblo del que formaban parte. La obra revela la huella de otras traiciones más íntimas y cotidianas, pero no por ello menos devastadoras, perpetradas por quienes se empeñan, por conveniencia o comodidad, en negar o silenciar la verdad. Llama la atención que “La muerte y la doncella” haya tenido una recepción mucho más cálida en Londres y Nueva York que la que obtuvo en Chile. La obra de Dorfman no es la única en ser objeto de la indiferencia de la mayoría: “El caso Pinochet” y la serie magistral de documentales de Patricio Guzmán sobre la memoria histórica se han mantenido largo tiempo en cartelera en otros países, pero en Chile no logran pasar de un par de semanas.

En vista de esto, continuar alimentando el hábito de la mentira y la indiferencia acerca de la tortura habría sido lo más fácil. Por lo tanto, el hecho mismo de que este informe salga a la luz indica que hemos logrado avanzar hacia la consolidación de algo parecido a la memoria colectiva común. Para no pecar de autocomplacientes, consideremos eso sí la posibilidad de que este informe haya sido una de las secuelas de la detención de Pinochet y no el producto de una reflexión ética autónoma. Fueron justamente las acusaciones de tortura las que, al final de cuentas, le resultaron imposibles de franquear jurídicamente durante su purgatorio londinense. Aún así, hay que reconocer que es un avance esperanzador.

Mucho se le ha agradecido al general Cheyre por reconocer anticipadamente la responsabilidad institucional del ejército en estos crímenes. Es cierto que podría haber persistido en la tozudez blindada de sus antecesores y que escogió al fin, después de dar bandazos y señales contradictorias, el camino más tortuoso del reconocimiento. Pero quien lea el informe se dará cuenta de que a Cheyre no le quedaba otra alternativa si iba a mostrar una mínima consecuencia con sus planteamientos anteriores. Ni el “gesto” del ejército ni los aspavientos de admiración con que ha sido recibido, sin embargo, deben desviar la atención de los chilenos del aspecto más profundo del informe.

Si se trata de admiración y gratitud, ésta debería extenderse a los defensores de los derechos humanos, a los dirigentes, familiares, juristas, académicos, y ciudadanos que, teniendo mucho que perder y poco que ganar, perseveraron en su afán de denunciar los abusos y de proteger a las víctimas. Fueron ellos los que mantuvieron viva la esperanza de que en Chile se pudiera vivir mirando la verdad histórica de frente, por terrible que sea.

Pero la mayor deuda de reconocimiento tiene que ser para los sobrevivientes de la tortura, hayan o no hayan dado su testimonio en este informe. Ellos están en todas las facetas del quehacer nacional, son hombres y mujeres de todas las condiciones sociales y edades, y son tantos que constituyen una sección representativa de todo el país. Ellos merecen en estos momentos nuestra atención como país, no las tardías gesticulaciones de los uniformados o las autoridades. Son ellos, los sobrevivientes del horror, los que tienen derecho a hablar de coraje y a dar lecciones magistrales de reconciliación. Los demás, especialmente los uniformados, por mínimo respeto, que guarden silencio y dejen la bien planificada catarsis institucional para otro día.

Por último, hay que tener en mente que la tortura no es sólo un problema del pasado en Chile. Según Amnesty International, se sigue practicando en las cárceles y otros lugares de detención. Amnesty también ha señalado que en los regimientos se toleran abusos y maltratos que constituyen tortura y que afectan particularmente a los conscriptos que hacen su servicio militar obligatorio. La definición de lo que constituye tortura (“apremio ilegítimo” en la jerga legal, como si existiera implícitamente un “apremio legítimo”) no ha sido ampliada a los estándares del derecho internacional. La vigencia y aplicación de vestigios dictatoriales –como la Ley Antiterrorista que se ha usado para reprimir las justas demandas del pueblo mapuche—fomenta en las filas de los organismos de seguridad la sensación de impunidad que siempre acompaña a la práctica criminal de la tortura.

Para leer este informe uno necesita grabarse en el oído y en el corazón palabras como éstas, escritas por alguien que sufrió en carne propia la tortura: “Siento que por fin se entreabre la puerta para que entre la verdad a este país. Esperemos que haya justicia verdadera”.

Para leer el informe uno necesita imaginar que envuelve con un gran abrazo de cariño, de amor inmenso como nuestro mar y nuestra cordillera, a quienes tuvieron que sufrir tanto dolor y tanto desconsuelo, imaginar que uno por fin los acompaña y les jura un “nunca más” que viene desde el alma.

Sobre el coraje, otra vez

Hace unos años, el presidente Lagos utilizó la palabra “coraje” en referencia al Ejército cuando la institución armada le entregó al gobierno información fraudulenta o engañosa sobre el paradero de los detenidos desaparecidos. Hay que acordarse de que lo que parecía un valiente reconocimiento de las atrocidades cometidas por las fuerzas armadas terminó siendo una faramalla burda y cruel. Los datos falsos recopilados bajo el auspicio de la Mesa de Diálogo no hicieron sino reavivar el dolor de los familiares de los muertos y ahondar su desesperación.

Imagínese el lector el dilema de estos compatriotas que perdieron a sus seres queridos: o creer que sus padres, hijos, hijas, esposas, maridos, hermanos habían sido arrojados como carroña al mar después de haber sufrido horribles torturas, o bien aferrarse a la esperanza cada vez más desvaída de que sus cuerpos aparecieran en tierra firme, aunque fuera en fragmentos. Nadie merece estar un solo minuto de la vida en una situación tan infernal.

En lugar de reaccionar con la indignación esperada cuando se descubrieron enterrados cuerpos que según los valientes soldados habían sido lanzados al mar, al gobierno sólo le alcanzó el valor para expresar públicamente algo parecido al bochorno. Es entendible, porque nadie negará que el presidente de Chile hizo un papelón del que todavía debe estar arrepintiéndose. En un emotivo discurso y con toda la solemnidad de que es capaz, Lagos felicitó, creyendo actuar como gran estadista, a los que en realidad le estaban metiendo el dedo en la boca.

Sorprende por lo tanto que el gobierno siga aplaudiendo a las Fuerzas Armadas por reconocer verdades evidentes, sobre todo cuando a los uniformados, en vista de la evidencia innegable que se les viene encima con el informe acerca de la tortura, no les queda más remedio que hacerlo.

No es un acto de coraje, dijimos esa vez, sino el corolario de un cálculo mezquino; lo mismo sucede esta vez con las declaraciones de Cheyre. Este cálculo es además intelectual e históricamente mediocre y corto de alcance, por lo que el ejecutivo, al darle apoyo, revela sus propias limitaciones en el tema.

Un gobierno no puede supeditar en grado alguno su política hacia las fuerzas armadas a una seguidilla de mal llamados “gestos”, que son nada más que acomodos tácticos dentro de una estrategia de defensa corporativa. El objetivo a largo plazo que se persigue con esta contrición mediática es el de mantener los privilegios mal habidos que tienen las fuerzas armadas dentro de la sociedad chilena, desde la política de pensiones hasta los mecanismos de financiamiento, pasando por la prescindencia de verdadero control civil sobre sus funciones. El ejército sigue apoyando directa o indirectamente a torturadores y asesinos que fueron alguna vez parte de sus filas, por ejemplo. El ejército, mientras invierte a manos llenas en la renovación de su aparato de inteligencia, sigue insistiendo en la ficción grotesca de que carece de información o de la capacidad de obtener información sobre los casos de derechos humanos.

Obras son amores: déjense de gestos y discursos o modales de relaciones públicas, y empiecen por restringir o retener las jugosas pensiones de los que se jactan de cumplir con la mafiosa omertà a que se juramentaron. O despidan a los violadores de derechos humanos que después se recontratan como funcionarios civiles. O devuelvan la plata (del Fisco) descontada de los sueldos que ha ido a financiar la defensa de torturadores, asesinos y encubridores.

Si llegaran a hacer todo lo que tienen que hacer para limpiar la imagen del ejército y para resarcir a sus víctimas, cosa dudosa si se tiene como lección el pasado, ni ahí se podría usar el término “coraje”. Reservemos esa palabra para la verdadera valentía, la de los familiares de las víctimas, por ejemplo, o la de cada una de las personas que dieron su testimonio para el nuevo informe. Esta última movida de Cheyre por los flancos a lo mejor denota ímpetu, pero no demuestra de verdad ningún valor.

El brusco despertar en Patolandia

El martes a las 8 de la noche, las encuestas informales daban de ganador a Kerry, pero nos decíamos que no había que confiar en nada. Estábamos seguros, eso sí, de que en nuestro distrito, el 4-2 de Lower Merion, condado de Montgomery, estábamos adelante. Nunca había votado tanta gente, y eso es bueno en un sector socio-económica y racialmente mixto. Los vocales decían que era más del triple de lo normal, y se notaba, por pinta, por actitud, que los votantes de Kerry habían sido mayoría. Como a las nueve, ya cerradas las mesas, confirmamos que la derrota de Bush en nuestro microcosmo había sido severa: 84 % a 16% el marcador. El candidato tercerista, Ralph Nader, había sacado un solo voto por medio del sistema de “write-in” (se escribe el nombre de un candidato que no está en la papeleta).

En los condados suburbanos de Filadelfia, MoveOn sacó adelante la tarea, y con creces. Si no hubiera sido por Filadelfia y los alrededores, Kerry hubiera perdido el estado, porque en el interior ganó Bush sin apelaciones, a pesar de que Kerry hasta se disfrazó de cazador para cambiar su imagen de bostoniano intelectualoide.

Hasta allí llegó el consuelo. Como a las 11, a pesar de que habíamos ganado el estado, las cuentas se volvieron agrias y la celebración pasó al olvido. Me fui a acostar, porque se me agravó un romadizo que me dio por estar parado todo el día en el frío o haciendo los puerta a puerta de última hora. Una fiebre leve pero molestosa distorsionaba los colores de la tele. El rojo de los estados de Bush brillaba como un sanguinolento poster sicodélico y la aritmética se ponía más loba con cada porcentaje reportado. Soñé con bloques azules y rojos y desperté creyendo que la ventaja de Bush había sido una pesadilla.

Ahora, en cualquier momento Kerry reconoce su derrota, dice la radio. Siento un tremendo respeto por este político de políticos, este ex combatiente que, recién llegado de Vietnam, tuvo el coraje y la inteligencia de hacer una de las mejores preguntas éticas sobre esa guerra carnicera, pregunta que se aplica hoy con absoluta claridad a la situación de Irak: “¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir por un error?”

La derrota de Kerry duele mucho más cuando uno se da cuenta de la integridad y de la consecuencia que ha mostrado a lo largo de su vida. No queda más que sonreír con ironía frente al mote de “veleta”, que con tanto éxito le colgara la campaña de Bush, cuando uno revisa el discurso que hizo en 1971 frente a la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de EE.UU. En estas palabras se nota la misma preocupación intensa sobre la injusticia de la guerra y sobre la necesidad de reflexión moral en la política externa del país. Solamente hay que poner “terrorismo” donde antes se hablaba de “comunismo”:

“Cada día que pasa alguien tiene que dar su vida para que los EE.UU. no tenga que admitir algo que todo el mundo ya sabe, todo para que no se pueda decir que hemos cometido un error. ¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir por un error? Estamos haciendo eso, y lo estamos haciendo con mil racionalizaciones, y si uno lee el último discurso del presidente [Nixon] al pueblo de este país, se ve que dice, y lo dice claramente: ‘señores, el problema es el comunismo, y la pregunta es si le dejamos ese país a los comunistas o si tratamos de darle esperanzas de ser un pueblo libre’.

“El punto verdadero es” –sigue Kerry— “que ellos no son libres ahora, y que no podemos andar luchando contra el comunismo por todo el mundo. Me parece que deberíamos haber aprendido esa lección a estas alturas”. La parte de ese discurso que más me impresiona, sin embargo, es la siguiente: “De pronto nos enfrentamos a una situación escalofriante en este país, porque no hay indignación moral y, si la hay, viene de gente que está casi agotada de indignarse. El país se ha desentendido de cosas tan serias como Laos, así como se ha desentendido de la pérdida de 700 mil vidas en Pakistán”.

Kerry protesta por la indiferencia de la opinión pública no sólo con respecto a temas de la gran geopolítica, sino también frente a la minucia cotidiana de la guerra: los abusos y muertes de no-combatientes, la tortura y ejecución de prisioneros de guerra, el uso de zonas permanentes de combate, el fuego de hostigamiento, misiones de buscar-y-destruir, bombardeos indiscriminados. A partir de la gran convicción moral que desplegó en su oposición activa contra la guerra de Vietnam, Kerry construyó su carrera política, truncada en las elecciones de ayer.

Así como en 1972 los norteamericanos reeligieron a Nixon, en 2004 acaban de reelegir a Bush, y no queda otro remedio que señalar sin complejos la bancarrota moral que se revela otra vez en este país. Llegó el momento de responsabilizar a una población que está acostumbrada a buscar justificación moral en la ignorancia (“yo no sabía”) o en la inocencia (“jamás me habría imaginado”) cuando actúa para proteger sus grandes privilegios e intereses. My-Lai, Abu Ghraib, El Mozote, Guantánamo, son palabras demasiado complicadas y en idiomas impronunciables; lo mejor es borrarlas.

La ignorancia y a la indiferencia se pueden combatir hasta cierto punto. De eso se trataba el trabajo de base que se hizo para elegir a Kerry. Lo que quedó fuera de los cálculos fue la pechoñería fundamentalista que ayer fue capaz de doblegar el masivo esfuerzo del progresismo para sacar el voto. Es lo que sucedió en Ohio y a lo largo de toda la franja geográfica conocida como “el cinturón de la Biblia”. Si MoveOn y otros grupos similares movilizaron más de 200 mil votantes para Kerry en ese estado clave, los pastores que no creen en la teoría de la evolución, los predicadores que ululan amenazas por el matrimonio gay, los locutores de talk-shows empeñados en profetizar el Éxtasis bíblico que según ellos se aproxima, los curas que enumeran las penas del infierno para divorciados y partidarios del aborto, toda esa laya de imbéciles consuetudinarios juntos, movilizaron todavía más fieles en su gran cruzada del miedo. Con ellos, son responsables de la victoria retrógrada y fundamentalista los medios de comunicación. La prensa servil o timorata no ha sido capaz de decir que este emperador anda en pelotas, cuando la Casa Blanca entera, el Pentágono y el gabinete completo son dignos de salir en una foto de Tunick.

Queda, al concluir estas crónicas, un consuelo final, pobre, pero consuelo al fin: el desastre sigue siendo grande y por lo menos los republicanos mismos serán los responsables de enfrentarlo. Como dicen con su finura habitual los franceses: “desenmiérdate tú mismo”. Lo malo es que de por medio habrá tanto sufrimiento, tanta muerte y tanta tristeza. Y encima de todo eso, la cara de Bush y su sonrisa sardónica, que los pacientes lectores chilenos de este diario de campaña tendrán ocasión de conocer en vivo y en directo en unos días.

Esta mañana post-electoral sentí como si hubiera amanecido otra vez en Patolandia. Adiós poetas, hasta lueguito Pablo, so long Ginsberg, chao Whitman. Sigue durmiendo no más, leñador, que si te despertaras hoy te llevarías un tremendo susto. O tendrías que vértelas con las ilusiones rotas de tantos que creyeron que con ponerse las pilas bastaba. Los poetas que sigan imaginando un lugar que nunca existió sino en sueños. El sol amargo de este otoño no perdona. Welcome back, Walt Disney, a tu pesadilla americana.

Se me hace cuesta arriba despachar esta última crónica de campaña, porque es difícil escribir con la garganta apretada de pena, de desilusión y, por qué no decirlo, de rabia. Pero aquí va. Agradezco la paciencia de quien lee, y me despido para reanudar la vida normal de un día más en Patolandia, en el corazón del Imperio.

Tercera crónica de campaña en Patolandia: que despierte el leñador

En este momento, mientras usted lee este despacho, estamos acomodándonos en estas extrañas trincheras. Hace unos días se veía de lejos el campo de batalla, pero ahora ya lo estamos pisando y tanteando de muy cerca. Estamos en pleno Día E.

Se acabaron los primeros puerta-a-puerta cuando le estábamos tomando el gustito. Ya cada persona se había hecho su propia versión del libreto inicial y a algunos hasta les salía bastante natural. El contacto con gente desconocida al principio asusta, pero luego se puede convertir en un vicio. Este trabajo, por su trascendencia (real o imaginada, eso por ahora no importa mucho) empieza a un nivel de intensidad emocional muy alto.

En mi caso, los contactos más enriquecedores fueron con ciudadanos negros. Nunca me voy a olvidar de Lumière, una joven de 20 años que me dijo que había estado soñando hacía semanas con que votaba en su primera elección presidencial. “Pensar que hubo un tiempo en que nos contaban como la fracción de una persona”, decía. Tampoco me voy a olvidar de Floyd, que cuando supo que andaba haciendo campaña contra Bush, exclamó riéndose, “Entonces eres de los nuestros”, o de un señor de unos setenta años que no quiso decirme por quién iba a votar, pero que repetía con los ojos brillantes y su sonrisa de diente por medio: “Ya hemos tenido suficiente. Suficiente de eso. Enough o’ dat”. O de esa señora que iba saliendo de su casa el sábado en la mañana y que, cuando supo que estábamos contra Bush, sacó su celular para obligar a su hijo veinteañero a que bajara a contestarnos la encuesta. No lo logró, porque parece que el carrete había durado hasta muy tarde, pero nos dio su palabra de que él iba a votar. Le pedimos que le dijera que no había que dejarse intimidar, y ella nos contestó: “Oh, es un tipo grande y nadie lo intimida. Ni su madre, como ven ustedes. Además, trabaja de ayudante de sheriff, nadie va a meterse con él, créanme”, y se rió con esa calidez que los afroamericanos reservan para cuando están en confianza con alguien. Todo eso ha sido un regalo, incluso un bálsamo para los que vivimos en esta sociedad donde la solidaridad y la simple comunicación humana se hacen cada día más trabajosas.

Nos hemos levantado temprano porque en Pennsylvania a las siete de la mañana se abren las puertas de los lugares de votación. Los voluntarios de MoveOn en cada distrito suburbano de Filadelfia tenemos una misión muy clara: asegurarnos de que los votantes que identificamos como partidarios sólidos de Kerry en efecto salgan a emitir su voto. Con 100 de ellos que voten por distrito vamos a ganar el estado, ésa va a ser la diferencia crucial. Está permitido seguir en campaña hasta que se cierren las mesas a las 20 horas, así que ahora damos paso a la parte final de la estrategia: ya tenemos identificados a nuestros votantes, tenemos su número de teléfono, sabemos dónde viven, les hemos pedido que se comprometan a sacar a Bush. En las últimas pasadas por sus casas (algunos se llegaron a impacientar porque los fuimos a encuestar varias veces seguidas) les pedimos dos cosas más: que nos dijeran más o menos a qué hora pensaban votar y que se contactaran con nosotros una vez que lo hicieran. La idea es que si no vienen a la hora señalada, se despacha un equipo a buscarlos, aunque sea uno por uno.

Mientras algunos nos quedamos a chequear las listas de votantes y a hacer acto de presencia en caso de que haya provocadores republicanos, otros van a estar haciendo el puerta a puerta final, usando un libreto cada vez más urgente. Los especialistas dicen que los votantes infrecuentes son unos flojos y unos chamullentos: primero dicen que van a ir, pero se quedan; después dicen que ya fueron, cuando no es cierto. Por eso hay que joderlos tanto, pero con sicología. “Pasábamos por aquí camino a votar y aprovechamos de ver si quería que lo lleváramos”. “¿A qué hora quiere que volvamos para llevarlo antes de que se formen las colas de última hora?” “Nos dimos cuenta de que a lo mejor no ha tenido tiempo de ir todavía, pero ¿a qué hora cree que lo podremos sacar de la lista?”. Si ya estamos con el tiempo muy corto, se puede ser más directo, pero siempre con una gran sonrisa: “OK, se acabó el tiempo”, y otra sonrisa más grande todavía “Véngase con nosotros no más, lo vinimos a buscar especialmente porque cada voto cuenta, y el suyo especialmente”. Los especialistas de GOTV (Get Out The Vote) dicen que de diez personas que aseguran que van a ir a votar, se puede esperar que menos de la mitad lo hagan por su propia iniciativa. Lo que vamos a hacer tiene nombre en este juego electoral: “knock and drag”, es decir, golpear la puerta y llevar a la rastra.

Al instalarnos con nuestra mesa y las sillitas y letreros y toda la parafernalia, sabemos que los republicanos ponen en marcha su propia operación. Anoche recibimos un correo de Michael Moore en la que dice que solamente en los barrios negros de Cleveland, Ohio, los bushistas van a desplegar un comando de dos mil mercenarios (ellos tienen plata de sobra) con el fin de impedir o poner obstáculos en el proceso. Cosas similares están pasando ya en Florida, y se espera lo mismo en partes de Pennsylvania, especialmente en Filadelfia. Michael Moore entrenó su propio ejército de miles de cineastas amateur en Florida, y está listo para despacharlos a documentar cada momento de un posible fraude.

Por otra parte, el curso de la vida sigue como siempre. El otoño ha estado precioso hasta ahora. Las hojas del arce, del roble y del tilo resplandecen de colores tan brillantes que no queda más remedio que recurrir al lugar común. La arboleda de ambos lados de la calle parece un incendio recortándose contra el cielo brumoso. El suelo está cubierto de hojas luminosas y todavía no llega el verdadero frío.

El paisaje de esta mañana no es el de Patolandia que evoqué en la primera crónica, ya no es el mundo caricaturesco con el que Walt Disney plasmó su visión de merchandise del sueño americano. Esta mañana lo que se ve es complicado y bello, tridimensional, el mundo pletórico de otro Walt, Walt Whitman, que vivió y escribió muy cerca de aquí, al otro lado del ancho río Delaware. Y me acuerdo, al darme cuenta de que esta mañana de noviembre el mundo amaneció transformado, de ese compañero voluntario de la primera noche, ése que al saber que éramos chilenos nos confesó que Neruda era su poeta favorito. En estos momentos él debe estar en su puesto en algún lugar de estos suburbios, listo para lo que se presente. Cuando lo vea, tal vez en la celebración de esta noche, le voy a regalar estos versos de Neruda para Whitman:

Nuevos
y crueles años en tu patria:
persecuciones,
lágrimas,
prisiones,
armas envenenadas
y guerras iracundas,
no han aplastado
la hierba de tu libro,
el manantial vital
de su frescura.
Y, ay!
los
que asesinaron
a Lincoln
ahora
se acuestan en su cama,
derribaron
su sitial
de olorosa madera
y erigieron un trono
por desventura y sangre
salpicado.

Pero
canta en
las estaciones
suburbanas
tu voz,
en los
desembarcaderos
vespertinos
chapotea
como
un agua oscura
tu palabra,
tu pueblo
blanco
y negro,
pueblo
de pobres,
pueblo simple
como
todos
los pueblos,
no olvida
tu campana:
se congrega cantando
bajo
la magnitud
de tu espaciosa vida:
entre los pueblos con tu amor camina
acariciando
el desarrollo puro
de la fraternidad sobre la tierra.

Mientras tanto, el día es largo y espero que aparezcan luego los votantes a reconocer sus nombres en las listas. Ya sé lo que le voy a decir a Lumiere, la veinteañera que soñaba con votar por primera vez. Es algo que se me ocurrió en el momento en que anotaba sus datos, pero que no me atreví a decirle. Con una ayudita de Pablo y de Walt Whitman a lo mejor me animo a contarle que en otro idioma su nombre significa luz.

(Concluirá)

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