Tercera crónica de campaña en Patolandia: que despierte el leñador

En este momento, mientras usted lee este despacho, estamos acomodándonos en estas extrañas trincheras. Hace unos días se veía de lejos el campo de batalla, pero ahora ya lo estamos pisando y tanteando de muy cerca. Estamos en pleno Día E.

Se acabaron los primeros puerta-a-puerta cuando le estábamos tomando el gustito. Ya cada persona se había hecho su propia versión del libreto inicial y a algunos hasta les salía bastante natural. El contacto con gente desconocida al principio asusta, pero luego se puede convertir en un vicio. Este trabajo, por su trascendencia (real o imaginada, eso por ahora no importa mucho) empieza a un nivel de intensidad emocional muy alto.

En mi caso, los contactos más enriquecedores fueron con ciudadanos negros. Nunca me voy a olvidar de Lumière, una joven de 20 años que me dijo que había estado soñando hacía semanas con que votaba en su primera elección presidencial. “Pensar que hubo un tiempo en que nos contaban como la fracción de una persona”, decía. Tampoco me voy a olvidar de Floyd, que cuando supo que andaba haciendo campaña contra Bush, exclamó riéndose, “Entonces eres de los nuestros”, o de un señor de unos setenta años que no quiso decirme por quién iba a votar, pero que repetía con los ojos brillantes y su sonrisa de diente por medio: “Ya hemos tenido suficiente. Suficiente de eso. Enough o’ dat”. O de esa señora que iba saliendo de su casa el sábado en la mañana y que, cuando supo que estábamos contra Bush, sacó su celular para obligar a su hijo veinteañero a que bajara a contestarnos la encuesta. No lo logró, porque parece que el carrete había durado hasta muy tarde, pero nos dio su palabra de que él iba a votar. Le pedimos que le dijera que no había que dejarse intimidar, y ella nos contestó: “Oh, es un tipo grande y nadie lo intimida. Ni su madre, como ven ustedes. Además, trabaja de ayudante de sheriff, nadie va a meterse con él, créanme”, y se rió con esa calidez que los afroamericanos reservan para cuando están en confianza con alguien. Todo eso ha sido un regalo, incluso un bálsamo para los que vivimos en esta sociedad donde la solidaridad y la simple comunicación humana se hacen cada día más trabajosas.

Nos hemos levantado temprano porque en Pennsylvania a las siete de la mañana se abren las puertas de los lugares de votación. Los voluntarios de MoveOn en cada distrito suburbano de Filadelfia tenemos una misión muy clara: asegurarnos de que los votantes que identificamos como partidarios sólidos de Kerry en efecto salgan a emitir su voto. Con 100 de ellos que voten por distrito vamos a ganar el estado, ésa va a ser la diferencia crucial. Está permitido seguir en campaña hasta que se cierren las mesas a las 20 horas, así que ahora damos paso a la parte final de la estrategia: ya tenemos identificados a nuestros votantes, tenemos su número de teléfono, sabemos dónde viven, les hemos pedido que se comprometan a sacar a Bush. En las últimas pasadas por sus casas (algunos se llegaron a impacientar porque los fuimos a encuestar varias veces seguidas) les pedimos dos cosas más: que nos dijeran más o menos a qué hora pensaban votar y que se contactaran con nosotros una vez que lo hicieran. La idea es que si no vienen a la hora señalada, se despacha un equipo a buscarlos, aunque sea uno por uno.

Mientras algunos nos quedamos a chequear las listas de votantes y a hacer acto de presencia en caso de que haya provocadores republicanos, otros van a estar haciendo el puerta a puerta final, usando un libreto cada vez más urgente. Los especialistas dicen que los votantes infrecuentes son unos flojos y unos chamullentos: primero dicen que van a ir, pero se quedan; después dicen que ya fueron, cuando no es cierto. Por eso hay que joderlos tanto, pero con sicología. “Pasábamos por aquí camino a votar y aprovechamos de ver si quería que lo lleváramos”. “¿A qué hora quiere que volvamos para llevarlo antes de que se formen las colas de última hora?” “Nos dimos cuenta de que a lo mejor no ha tenido tiempo de ir todavía, pero ¿a qué hora cree que lo podremos sacar de la lista?”. Si ya estamos con el tiempo muy corto, se puede ser más directo, pero siempre con una gran sonrisa: “OK, se acabó el tiempo”, y otra sonrisa más grande todavía “Véngase con nosotros no más, lo vinimos a buscar especialmente porque cada voto cuenta, y el suyo especialmente”. Los especialistas de GOTV (Get Out The Vote) dicen que de diez personas que aseguran que van a ir a votar, se puede esperar que menos de la mitad lo hagan por su propia iniciativa. Lo que vamos a hacer tiene nombre en este juego electoral: “knock and drag”, es decir, golpear la puerta y llevar a la rastra.

Al instalarnos con nuestra mesa y las sillitas y letreros y toda la parafernalia, sabemos que los republicanos ponen en marcha su propia operación. Anoche recibimos un correo de Michael Moore en la que dice que solamente en los barrios negros de Cleveland, Ohio, los bushistas van a desplegar un comando de dos mil mercenarios (ellos tienen plata de sobra) con el fin de impedir o poner obstáculos en el proceso. Cosas similares están pasando ya en Florida, y se espera lo mismo en partes de Pennsylvania, especialmente en Filadelfia. Michael Moore entrenó su propio ejército de miles de cineastas amateur en Florida, y está listo para despacharlos a documentar cada momento de un posible fraude.

Por otra parte, el curso de la vida sigue como siempre. El otoño ha estado precioso hasta ahora. Las hojas del arce, del roble y del tilo resplandecen de colores tan brillantes que no queda más remedio que recurrir al lugar común. La arboleda de ambos lados de la calle parece un incendio recortándose contra el cielo brumoso. El suelo está cubierto de hojas luminosas y todavía no llega el verdadero frío.

El paisaje de esta mañana no es el de Patolandia que evoqué en la primera crónica, ya no es el mundo caricaturesco con el que Walt Disney plasmó su visión de merchandise del sueño americano. Esta mañana lo que se ve es complicado y bello, tridimensional, el mundo pletórico de otro Walt, Walt Whitman, que vivió y escribió muy cerca de aquí, al otro lado del ancho río Delaware. Y me acuerdo, al darme cuenta de que esta mañana de noviembre el mundo amaneció transformado, de ese compañero voluntario de la primera noche, ése que al saber que éramos chilenos nos confesó que Neruda era su poeta favorito. En estos momentos él debe estar en su puesto en algún lugar de estos suburbios, listo para lo que se presente. Cuando lo vea, tal vez en la celebración de esta noche, le voy a regalar estos versos de Neruda para Whitman:

Nuevos
y crueles años en tu patria:
persecuciones,
lágrimas,
prisiones,
armas envenenadas
y guerras iracundas,
no han aplastado
la hierba de tu libro,
el manantial vital
de su frescura.
Y, ay!
los
que asesinaron
a Lincoln
ahora
se acuestan en su cama,
derribaron
su sitial
de olorosa madera
y erigieron un trono
por desventura y sangre
salpicado.

Pero
canta en
las estaciones
suburbanas
tu voz,
en los
desembarcaderos
vespertinos
chapotea
como
un agua oscura
tu palabra,
tu pueblo
blanco
y negro,
pueblo
de pobres,
pueblo simple
como
todos
los pueblos,
no olvida
tu campana:
se congrega cantando
bajo
la magnitud
de tu espaciosa vida:
entre los pueblos con tu amor camina
acariciando
el desarrollo puro
de la fraternidad sobre la tierra.

Mientras tanto, el día es largo y espero que aparezcan luego los votantes a reconocer sus nombres en las listas. Ya sé lo que le voy a decir a Lumiere, la veinteañera que soñaba con votar por primera vez. Es algo que se me ocurrió en el momento en que anotaba sus datos, pero que no me atreví a decirle. Con una ayudita de Pablo y de Walt Whitman a lo mejor me animo a contarle que en otro idioma su nombre significa luz.

(Concluirá)

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