Crónica de campaña en Patolandia (II)

Los jovenzuelos de MoveOn serán los cachorros del escenario político norteamericano, pero saben bien su pega. Al abrir el enlace que me llega por correo electrónico, descubro paso por paso lo que tengo que hacer. Todo está calculado para concentrar los esfuerzos en los lugares precisos. Se sabe que en la elección del 2000 más de 80 millones de ciudadanos no ejercieron su derecho a voto. Muchos de ellos tal vez quisieron pero no pudieron, por no querer fallar en el trabajo, por no tener con quién dejar a los niños, por no tener transporte, por no tener a mano la información acerca de dónde ir. Igual que en Chile, acá la derecha se resiste a darle facilidades a “la gente” para que vote. Igual que en Chile, cierta derecha le tiene alergia o desconfianza a la democracia.

MoveOn diseñó su base de datos y el programa para navegarla teniendo muy en cuenta las lecciones del 2000. El detalle de los datos es tan impresionante como los mapas electorales del laptop de Craig. Elegimos un par de calles del vecindario para generar nuestras listas de tarea. Aparecen nombres, direcciones y números de teléfono, junto con una clave para identificar a cada votante. ¿Cuál es la gracia? ¿No se podrían extraer datos similares de una guía de teléfonos o algo parecido? Lo novedoso es cómo está filtrada la información de acceso público: el software de MoveOn genera listas de votantes que son progresistas pero flojos, inscritos como demócratas, por ejemplo, pero que votan tarde, mal y nunca. Ésos son los que hay salir a tironear. Hay que comprometerlos, acorralarlos, seducirlos, no dejarles alternativa. Hay que hacerlos firmar papelitos, pasarles panfletos, ofrecerles lo que sea para que el martes 2 se decidan y salgan a votar.

Por supuesto, antes que nada hay que averiguar a quién favorecen, y ésa es la parte que a mí más se me hace cuesta arriba. Me cuesta porque tengo la experiencia de haber hecho ese tipo de preguntas cuando todavía no me ubicaba bien en este medio. Viniendo de un lugar tan politizado como el del Chile de los 70 y los 80, me parecía natural tratar de averiguar las preferencias políticas al entrar a conocer a alguien, y qué más económico que “¿por quién votas?”. Muchas veces me dieron con frialdad la misteriosa respuesta de “el voto es privado”, una curiosa mezcla conceptual entre la idea del voto secreto y la noción sagrada de la privacidad norteamericana. A lo mejor han cambiado las cosas, me digo para animarme.

Elegimos una lista de direcciones ubicadas como a diez cuadras de la casa. Es un barrio mixto donde se encuentran enclaves de afroamericanos, jóvenes universitarios, jubilados, familias jóvenes, uno que otro profesional o yuppie, empleados y trabajadores “de cuello azul” como llaman a los que no usan corbata para ir a chambear. Últimamente he visto muchas caras centroamericanas o mexicanas por esas mismas calles, pero no cuentan, porque lo más seguro es que sean ilegales, sin derecho a voz ni voto. Son los hombres y mujeres invisibles de la economía subterránea que apuntala la economía oficial en todas partes. Con el puro voto de los 25 mil mexicanos y los más de 10 mil liberianos que han llegado a esta zona en los últimos años, estaríamos al otro lado. A lo mejor.

Partimos un sábado en la tarde. Hace un sol intenso, otoñal, que no alcanza a entibiar el vientecillo frío que empieza a deshojar los árboles. Las direcciones corresponden a un condominio de casas/departamento, un verdadero laberinto diseñado especialmente para confundir a gente molestosa como nosotros. Nos pasamos un buen rato dando vueltas y vueltas hasta que encontramos por fin el primer número, un ciudadano clasificado como “swing” (columpio), o sea un dudoso. Está haciendo harto frío y la luz del atardecer empieza a escasear. Le digo a la Silvana que se ponga ella delante del ojo de pez de la puerta, porque con esta oscuridad y con mi barba de terrorista, capaz que nos salga Elmer Gruñón y nos haga pebre con una escopeta de dos cañones.

Toc, toc. Los dos habíamos practicado el “libreto”, pero se nos enreda la lengua y yo digo cualquier tontera improvisada. Por suerte, el tipo que abre es bastante amable, un joven de unos 25 años, rapado al cero y vistiendo una camiseta de los Philadelphia Eagles. La pelada brillante se le enrojece un poco al contestar que está inclinándose por Kerry. Nos acordamos del libreto y le preguntamos qué tema electoral es el que más le preocupa. Le damos la lista que traemos preparada: la economía, la salud, la educación, el terrorismo, la guerra de Irak, el seguro social, el medio ambiente. Ninguno de esos temas, dice. Lo suyo es el déficit fiscal. Estamos muy de acuerdo con él y le dejamos un panfleto dedicado a los indecisos, porque telepáticamente lo clasificamos como bushista potencial. El panfleto contiene testimonios de republicanos que se dieron vuelta la chaqueta. Da risa pensar que estamos repartiendo propaganda como ésa, que destaca la sabiduría de gente lo suficientemente tonta o reaccionaria como para haber votado por Bush en el 2000. Pero así estamos, sin odio, sin miedo, pero con cierto asco, agarrando lo que esté a mano. Nos despedimos del pelao y apenas cierra la puerta me arrepiento de no haberle comentado algo sobre el partido de los Eagles al día siguiente, como para cimentar el vínculo varonil. Pero el fútbol americano me interesa menos todavía que el béisbol y se me habría notado demasiado la hipocresía. Nos alejamos de nuestro primer entrevistado con cierto alivio, porque lo más difícil es empezar y la verdad es que le temíamos a un Elmer Gruñón con el genio atravesado.

Al poco rato de seguir recorriendo el laberinto, nos damos cuenta de que cometimos un error al venir un sábado al atardecer, porque la mayoría de los que viven en estas casas son yuppies que salieron por el fin de semana. De una treintena de direcciones, apenas logramos hablar con 5 personas. Aparte del cabro rapado al cero, entrevistamos a 4 mujeres que estaban muy decididas a votar por Kerry. Una de ellas nos invita a pasar, porque nos ve tiritando, pero le decimos que no, gracias, porque tenemos que seguir golpeando puertas. El condominio parece un pueblo fantasma, está totalmente oscuro, y el viento helado parecía estar de parte de Bush, así que nos fuimos a la casita, mirando salir la luna.

El lunes siguiente me toca salir solo, y por la hora en que salgo (a media tarde) también me cuesta encontrar gente. Ya tengo el parlamento memorizado: Hola, me llamo blah blah y vivo en el barrio, etc. Me tranquiliza que a la luz del día corro menos riesgo de que Elmer me confunda con un candidato a concejal de Al Qaeda. La sorpresa me la da alguien que no se parece en nada al Enano Maldito con escopeta. Cuando sale a la puerta una joven medio hippienta de ojos claros y mirada inteligente, me digo “pan comido, ésta seguro está contra Bush”. Me dice que no le gusta cómo Bush trata a las mujeres, y se confirma mi primera impresión, pero cuando recojo la red, me dice que está indecisa y que si tiene que votar en este momento, vota por el presidente. “No tengo argumentos, es una sensación de guata”- dice – “Quiero sentirme protegida, y él me hace sentir protegida”. En el entrenamiento nos habían dicho que era mejor no polemizar con la gente, pero el cara a cara con la irracionalidad me desorienta y le pregunto si sabía algo sobre los cientos de toneladas de explosivos que habían desaparecido en Irak. “No sigo mucho las noticias, me deprimo”. La mirada pierde su brillo y en vez de la sonrisa aparece una mueca forzada. Lo que estoy viendo es la cara de pescado del miedo. Me acuerdo de lo que dice un amigo que vive en los tiempos de sus bienamados poetas clásicos: “La política es el reino de la irracionalidad; la política es el reino de la fantasía”. A lo mejor tiene razón. Pareciera que ningún razonamiento es capaz de penetrar la barrera del miedo, ni de sobrevivir esta ignorancia radioactiva que todo lo marchita. Esto es lo que explica a Bush, a Lavín, a Pinochet sin juicio, a Kissinger dictando cátedra, lo que justifica Villa Grimaldi y Abu Ghraib. El miedo se nutre de ignorancia o de su sucedáneo natural, la amnesia.

Por suerte quedan muchas puertas que tocar. Una señora me dice muy sonriente que ella ha votado desde jovencita y que ésta no va a ser la excepción. “Tempranito voy a estar ahí, puedes apostar plata a eso”, asegura. Pero no me quiere decir por quién se inclina , aunque me mira el botón de MoveOn con una sonrisa resplandeciente. Le brillan los ojos negros cuando le digo que MoveOn está trabajando para sacar a Bush. “Por mí no te preocupes, chiquillo”, dice, “si no soy la primera en votar, seré la segunda”. Más allá, un flaco primerizo lleno de piercings llega a saltar de entusiasmo cuando le pregunto por su preferencia: “Si pudiera votar por Kerry diez veces, lo haría”. En general, la cosecha es buena. Es lo que confirman mis compañeros de ruta, al compartir anécdotas como la de Rapunzel, la entrevistada que no quiso bajar del tercer piso y que contestó con pasión de damisela enamorada todas las preguntas, con número de teléfono incluído y dirección de e-mail, a grito pelado mi alma.

Elmer Gruñón hasta ahora no aparece por ningún lado. Debe andar haciendo campaña por los republicanos, quienes, en vez de estar entrenando gente para sacar a votar, instruyen a sus cuadros para que el martes 2 se instalen en los lugares de votación donde se espera mayoría demócrata y se dediquen a descalificar votantes con artimañas seudo-legales.

El fin de semana viene la Fase II de la campaña de MoveOn. La última encuesta de Pennsylvania da para estar optimista, pero las noticias de Florida anuncian que se puso en marcha la maquinaria de un inmenso fraude. Hay que hacer un esfuerzo para mantener la esperanza de que la política no es el reino de la irracionalidad ni del fraude.

Al terminar mi jornada, recurro a mis cuentos de viejo, para consolarme y alentar al cabro que me lleva de vuelta a mi casa. Le cuento la antigua fábula de Pinochet y el No, la victoria del lápiz contra la picana eléctrica. La alegría ya viene, le digo, y en ese momento, dándome cuenta de su emoción, hasta yo mismo me lo vuelvo a creer.

(Continuará)

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