Crónica de campaña en Patolandia (I)

Son las siete y media de la tarde, 13 días antes del día “D”. Una veintena de personas se congrega de a poco en las oficinas semivacías de los altos de un gimnasio en los suburbios de Filadelfia. A estas alturas del otoño se esfuma más temprano la luz del día. La iluminación aciaga de los tubos fluorescentes le da a todo el mundo un aspecto ceniciento y cansado. Thank God it’s Friday. Es viernes en la noche y está haciendo frío. Una joven vestida en buzo de franela nos indica por dónde entrar a la reunión.

A la entrada de lo que podría ser la sala de espera de una consulta médica, se ve una mesita con botones de campaña, unos lápices y un formulario para poner datos personales. El formulario es para dilatar el comienzo del evento y darle tiempo a los rezagados, porque la verdad es que más datos ya no necesitan: cada uno de los que estamos ahí fue contactado por e-mail y por teléfono. Tienen nombre, dirección postal y electrónica y, como veremos más adelante, hasta la información de registro y actividad electoral. Hay una mesa metálica plegable en el centro de la pieza y sillas de plástico arrumbadas contra las paredes. Sentados alrededor de la mesa, hablan simultáneamente seis o siete jóvenes (ninguno con pinta de tener más de 20 años), cada uno con un teléfono a la oreja y consultando los datos de la pantalla de sus laptop conectados inalámbricamente a internet y hojeando un alto de papeles low-tech. “Buenas noches, Chris, te habla Karen, de MoveOn. Te llamo porque, como sabes, la elección ya se acerca y queríamos saber … ¡Fantástico! Es lo que queríamos oír, y ya que estamos hablando de esto, quería preguntarte si podrías venir a una reunión para organizarnos y sacar a la gente a votar por Kerry el 2 de noviembre.”

En las paredes cuelgan mapas electorales ultradetallados del estado de Pennsylvania, de los suburbios de Filadelfia, sus condados, distritos, y subdivisiones electorales. Un letrero gigante escrito a mano con plumón azul advierte que “¡Perder no es una opción!”.

Entremedio de los recién llegados y alrededor de la mesa, un flaco de unos veinticinco años con atuendo de rapero se pasea dando grandes trancos y gesticulando. Parece que habla solo, pero el audífono de alta tecnología que veo enroscado alrededor de su oreja me dice que habla por teléfono, seguramente con un periodista que le pregunta qué estrategia empleará MoveOn para esta escaramuza final de la pelea por la presidencia norteamericana. “Estamos convencidos de que si podemos sacar a votar a todos nuestros partidarios, vamos a ganar fácilmente. Nuestros cálculos indican que Pennsylvania es un campo de batalla, y que dentro del estado son los suburbios de Filadelfia los que van a decidir la elección. De 10 mil voluntarios que hemos movilizado en todo el país, 6 mil están aquí en esta zona. Eso les indica la importancia que le damos a esta campaña”. Después repite casi lo mismo en otra conversación, mientras repasa con el dedo uno de los mapas. Las conversaciones entrelazadas y el entusiasmo febril con que se hacen las llamadas le da al lugar una atmósfera de intensidad y concentración.

Mientras tanto, el grupo de convocados sigue creciendo, y la gente pasa la espera sonriéndose con cortesía, llenando el famoso cuestionario, y pegándose las etiquetas de identificación que tanto les gustan a los gringos para romper el hielo: HELLO: MY NAME IS …. Me hago mi tarjetita pero me la pongo en la camisa, debajo de la chaqueta. Me da un poco de risa pensar que este gesto medio leso (me pongo la etiqueta pero no dejo que me la vean) es característico de mi modo de vivir en este país: estoy pero no estoy aquí, cuenten conmigo, pero me reservo el derecho de desaparecer. Es que es la primera vez que me meto en algo parecido. En los 80 salí a las manifestaciones en Washington contra las guerras de Reagan, la de El Salvador y la de Nicaragua, pero esto de las elecciones de acá siempre ha sido para mí como el béisbol, un deporte medio raro jugado por guatones y que se pone entretenido solamente al final. Ahora, en este lugar, mientras sigue llegando gente, me cuesta luchar con el sentido exagerado de la propia alienación que he cultivado con tanto esmero durante 25 años. Nunca he tenido un bate de béisbol en la mano, y llevo un cuarto de siglo viviendo en este foquin país.

De a poco se va animando el grupo. Nos hacen pasar a una salita adyacente donde hay unas pocas sillas y un televisor chico con VCR incorporado. Mientras esperamos, una de las jóvenes que antes estaba al teléfono nos saluda y pone un video sobre la campaña del senador progresista independiente Paul Wellstone. Nos explica que la victoria de Wellstone en los años 80, que surgió con el trabajo metódico de base, es el modelo que inspiró a MoveOn. Wellstone no tenía plata sino creatividad, sentido del humor, coraje y pasión por la justicia social. Hace un par de años murió en un accidente aéreo y no quedó nadie como él en el senado norteamericano. La joven que pone el video dice: “Empieza con música hip-hop, pero no se preocupen, es sólo al comienzo”. Ahí me doy cuenta de que la concurrencia es toda blanca como el lirio, con la excepción de quien escribe y de mi esposa chilena. A causa de las obsesiones clasificatorias de esta Patolandia, se nos considera “hispanos”. Sé que no somos patos blancos, pero no sé si somos perros o gatos o ratones multiculturales.

Se acaba el video, se divide el grupo en dos porque somos demasiados para una pieza tan chica, y empieza la reunión por fin, con las presentaciones de rigor. Hay un músico joven, muy cesante, un mecánico industrial jubilado y su esposa enfermera, también jubilada. Completan el cuadro un ex empleado público, una secretaria, un estudiante, una bibliotecaria y su marido, un par de cabros preadolescentes arrastrados por sus padres. Mi esposa y yo somos los únicos extranjeros.

La líder nos da la versión corta del discurso de campaña de Kerry. No hay nadie que convencer ahí; lo hace como performance y afirmación de lo que nos congrega: Bush la cagó y no podemos dejar que siga cagándola. Lo dice con seriedad y profesionalismo, claro. Luego nos cuenta que es de Michigan y nos presenta a otra voluntaria de pelo morado y ojos góticos que vino de California (estado asegurado para Kerry) a dar la pelea por Pennsylvania y sus 21 votos electorales. El objetivo que ellos tienen en mente queda claro sin ningún disimulo: hacer de nosotros voluntarios para el inmenso puerta-a-puerta de la recta final. “Si sacamos a votar a todos nuestros partidarios, ganamos Pennsylvania. No buscamos votos de los indecisos ni queremos que salgan a convencer a los bushistas. Solamente queremos energizar las bases, sacarlos a votar cueste lo que cueste”. Nos explican que para esto han desarrollado una herramienta informática (webtool rima con cool) que identifica y localiza a todos los votantes en cada distrito, mesa por mesa, y luego los clasifica según preferencia partidaria y frecuencia de voto. Calculan que en cada sector, el equivalente a unas ocho o diez manzanas, se deben asegurar unos 150-175 votos, y que con eso las cuentas dan como ganador seguro a Kerry.

El problema es que en este país ni la inscripción ni el voto son obligatorios, a lo que se suma el uso –fríamente calculado, en mi opinión—de fijar las elecciones para un día normal de trabajo, siempre el primer martes de noviembre. Se vota de 6 a 20 hrs., o sea que si alguien quiere votar, tiene que hacerlo antes o después de la pega, o arriesgarse a pedir permiso. Por eso, hay que ofrecer transporte, apoyo, y hasta guardería infantil, por si alguien lo requiere. Hay que catetear a las bases, y para eso nos organizamos en equipos. Inocentemente, nos ofrecemos como jefes de distrito, o sea responsables con nombre y apellido de un sector concreto. Los otros son más cautos y realistas y no se lanzan así no más, a la chilena. Igual, la muchacha de Michigan se las arregla para sacar en limpio dos equipos de jefes de distrito y comprometer a los otros de “super-voluntarios”.

El paso siguiente se parece a una película de ciencia ficción. Pasamos a conversar con un cabro que acarrea un laptop último modelo. Craig aprieta unas teclas, y en su pantalla aparece un mapa multicolor. Un par de clicks para que el mapa se haga más y más detallado. Ahí está mi casa, mi dirección. Ya tenemos territorio que cubrir, exactamente delimitado y asignado. Esperen el e-mail que les indicará los siguientes pasos.

Salimos de la central de MoveOn junto a otra pareja, el mecánico y la enfermera jubilados, que se ven bastante jóvenes. Nos preguntan sobre Chile; se menciona como de costumbre a Pinochet, pronunciando su nombre a la francesa y con desdén. El mecánico nos dice, como para despedirse en una nota positiva, que su poeta favorito es Pablo Neruda. Nos deseamos buena suerte y nos sentimos algo así como ciudadanos del mundo en una pelea cuesta arriba.
(Continuará)

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