Pinochet: datos duros y celebración hip-hopera

Detrás del vidrio de su ataúd, se veía como un ahogado debajo del agua, y nadie lo podía sacar de esa profundidad, por más que le hicieran gestos y saludos nazis. En estos momentos ya debe estar convertido en cenizas. Debe haber quedado sancoshaíto con el sol de primavera durante el deschavetado homenaje que le hizo el ejército toda la mañana.

A este muerto hay que enterrarlo bien, para que no vuelva a resucitar. Para eso no mejor comienzo que abrir los archivos que guardan la memoria histórica de sus crímenes y de sus robos.

Los imprescindibles del National Security Archive, con Peter Kornbluh a la cabeza, ha juntado los archivos esenciales para recordar al v.c. como se lo merece en:

PINOCHET: A Declassified Documentary Obit

También se puede menear el esqueleto con una canción de Gastón Gabarro (Makiza):

en http://www.cenzi.net/beats/Cenzi_Celebracion.mp3

¡Salud!

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“Se muere la perra, se acaba la leva”: Palabra de comandante en jefe.

Poco después de las dos de la tarde del 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet supo que Salvador Allende estaba muerto en La Moneda. Sus cómplices le dieron la noticia en inglés, para evadir “interferencias”: Allende committed suicide!, exclamó un almirante, con su acento cantinfleado. Pinochet entonces respondió con un sofisticado análisis de lo que había que hacer: “¡Que lo metan en un cajón, viejo, lo suben a un avión, junto con la familia, y lo entierran en otra parte, en Cuba, si no, vamos a tener una media pelota p’al entierro!”. El estratega concluye su análisis político con lo que se avecina después de la muerte de Allende: “¡Se muere la perra, se acaba la leva, viejo!”

Ésta no es una frase aislada, sino la piedra angular de la estrategia de vida de Pinochet, en la que siempre hubo un lugar primordial para el cálculo –y en esto reside su tétrica genialidad— acerca de la muerte de otros. Pero en sus cálculos no solamente tenía lugar para la muerte, sino para lo que pasa después de la muerte; es decir, para lo que pasa con los cuerpos que quedan. La muerte de Allende y el cadáver de Allende lo preocuparon lo suficiente como para ordenar que se le diera al presidente un entierro secreto en una tumba anónima, lejos de Santiago, para que no se convirtiera en un lugar de peregrinación y de homenaje.


Las tumbas mudas se convirtieron en la especialidad de su régimen, su marca registrada, su sello. Convirtió a Chile entero en una tumba: tumbas las montañas, tumbas los ríos, tumbas los mares de Chile y sus desiertos. Tumbas “económicas” en las que cabía más de un muerto acumulado, tumbas vaciadas y vueltas a llenar, fosas calcáreas que devuelven cadáveres momificados en el instante de la muerte, fosas marinas claveteadas de rieles y de huesos, muy debajo el oleaje al que a veces se escapó un cuerpo y navegó hacia la playa para entregar su testimonio.


El sentido de la muerte y de las tumbas que siempre tuvo Pinochet lo hizo atravesar oceános para llegar vestido de drácula al funeral de Franco. “Viva la muerte” habrá dicho al contemplar el Valle de los Caídos, el fascismo vuelto paisaje donde los derrotados de la Guerra Civil, en décadas de trabajos forzados, tallaron en piedra el mausoleo del Generalísimo victorioso, mientras ansiaban su muerte con cada golpe del cincel sobre la luminosa piedra castellana.

Pinochet se inspiró en ese viaje fúnebre para organizar asesinatos, tratando de llenar tumbas pendientes con los cuerpos de sus opositores. La leva era más numerosa de lo que él había calculado el día que murió Allende, y había que extenderse fuera de la larga y angosta tumba, había que matar y dejar cuerpos desperdigados y despedazados por las calles de Roma, de Washington, de Buenos Aires, y seguir dejando cuerpos quemados y mutilados por las calles de Santiago, con tumba o sin ella.

Mujer muerta en las protestas, foto de Marcelo Montecinos

La prueba de su experiencia en asuntos mortuorios es que cuando se dio cuenta de que para él no habría Valle de los Caídos, pidió que lo incineraran. Las cenizas son como los ejércitos modernos: móviles y livianas. Apoyadas de una buena inteligencia, pueden camuflarse en los lugares más inesperados, evitando capturas o desbandes. Las cenizas, si es necesario, pueden repartirse y fertilizar extensos terrenos o bien abonar humildes maceteros. O pueden simplemente meterse en un jarrón al que se le pasa un pañito un par de veces al año para sacarlo a desfilar para las efemérides correspondientes. Pinochet, por haberlo hecho tantas veces, sabía que no es difícil encontrar y profanar una tumba fija y violar el cadáver que allí se alberga. Y él estaba consciente (porque murió lúcido, por suerte) de que la leva que tanto odiaba todavía anda suelta, husmeando, buscando por la noche, como los perros de noche en las novelas de José Donoso, deseando, anhelando lo que nunca nadie puede matar de verdad.

Como esas palabras lo reflejan de cuerpo entero, las repito en cuerpo presente del finado Pinochet, para ver si a lo mejor entremedio de ellas se revela el futuro de Chile a partir de este momento: “se muere la perra, se acaba la leva”.

Cambio y fuera, general. Over and out.

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Otras columnas sobre Pin8, del arcón de los recuerdos:

“Dios le dé vida y salud”

“El cumpleaños de nuestra soledad”

“La larga mano de la justicia”

Sursum, corda!


El episodio del infarto milagroso de Pinochet fue una especie de ensayo general. En medio de este ejercicio, que parece sacado de una comedia esperpéntica de Valle-Inclán, me di cuenta de que cuando se muera de verdad no me voy a poner tan contento como creía. Ya pasada la novedad inicial, lo más que voy a sentir será una especie de alivio, sentimiento apenas fronterizo con la alegría. Por cierto, no me va a dar pena, y comprendo bien a la gente en el mundo entero que saldrá a la calle a dar voces de felicidad. A lo mejor hasta yo mismo levante un vaso medio lleno de ironía como última funa, pero no veo razones para sumarme a celebraciones colectivas.

Claro, la muerte del general Yerba Mala tendrá sus lados positivos, no hay que negarlo. Nunca más va a poder denigrar a nadie con esas misivas milicas de sentimentalismo épico-autocompasivo que acostumbraba mandar después de sus episodios vasculares o para su cumpleaños. Su caso ya no estorbará más la conciencia de quienes han declarado, ahogados en un collar de micrófonos, eso de que “las instituciones en Chile funcionan”, a sabiendas de que las andanzas judiciales de Pinochet lo desmienten. (A lo mejor me equivoco, pero me parece que en un país donde las instituciones funcionan de verdad, nadie tiene necesidad de declararlo en conferencia de prensa). Cuando se muera, Pinochet ya no seguirá dejando en vergüenza al sistema judicial y médico-burocrático que estuvo dispuesto a sostener que estaba demente o que era incapaz de enfrentar un juicio.

No es del todo malo que hayamos tenido la oportunidad de imaginarnos que, con su corazón entrando en la necrosis final, Pinochet sentirá que se va acercando al lugar sin límites, allá donde no existen cortes de apelaciones ni abogados prestidigitadores ni hospital militar. Y por último no es malo ni injusto fantasear que si de verdad existe el infierno, allá irá a parar el general, después de que se revele su última Cuenta Secreta en el juicio aquél de quien nadie se libra.

Pero considerando que lo más probable es que no exista el infierno, la muerte final de Pinochet representará una derrota. Digo su muerte final porque ha tenido varias, o tal vez la misma en varios actos. Cada una de esas muertes y resurrecciones ilustra hasta qué punto su figura ha contaminado a un país entero, al punto de que se lo identifica no sólo con el nombre de Chile sino con la configuración misma de nuestras instituciones, nuestro sistema económico y nuestro sistema político.

La muerte final será una derrota porque le llegará sin que el dictador haya respondido cabalmente ante la justicia por sus crímenes. No fue por falta de oportunidades para juzgarlo. Todos sabemos -y que esto quede muy claro para las generaciones que vienen-que la Concertación, en una serie de acciones éticamente reprobables, políticamente miopes, e históricamente vergonzosas, se aplicó para sacar a Pinochet de Inglaterra cuando estaba a punto de concretarse su juicio en España. El gobierno chileno lo resucitó y Pinochet respondió levantándose como Lázaro en la losa de Pudahuel, al son de los Viejos Estandartes.

Unos años antes, la Concertación ya había intervenido directamente para resguardar al dictador en el caso de los pinocheques. Tal vez fue en ese momento que, invocando dudosas razones de estado, la coalición de gobierno se pinchó con el virus de la corrupción y se contagió del síndrome del desprecio por la transparencia cuyos síntomas se han hecho evidentes últimamente.

Son palabras duras, pero hay que decirlas para contribuir a la honestidad del discurso público: si Augusto Pinochet muere sin ser juzgado por una corte chilena, será porque siempre contó con una protección sostenida que vino desde las esferas de gobierno. Aylwin le aguantó sin chistar el acuartelamiento sedicioso conocido como “el ejercicio de enlace” de 1991 y el “boinazo” de 1993, aparte de innumerables desaires y desacatos impensables en una democracia de verdad. Frei se tragó uno por uno y bien masticaditos los pinocheques, la primera estafa conocida de la familia del dictador, en la que la empresa fantasma de Augusto Pinochet Hiriart recibió 3 millones de dólares del ejército comandado por su padre. Bajo el gobierno de Lagos se toleró que la defensa de Pinochet continuara con sus simulaciones y sus tácticas de obstrucción judicial, lo que fue posible gracias a un Ministerio de Justicia lerdo, a un Consejo de Estado cuya presidenta llegó a defender la impresentable Ley de Amnistía, y a un Instituto Médico Legal permeable a las presiones de la realpolitik. Aun si el juicio de la historia fuera benévolo con los gobiernos de la Concertación, tendrá que reconocer que no hubo verdadera voluntad política para enfrentar el poder paralelo representado por Pinochet dentro y fuera del ejército.

La muerte de Pinochet me alegraría mucho si se diera como una liberación de verdad, si con ella nos pudiéramos sacar de encima la sombra que este hombre mendaz, corrupto y sanguinario proyecta sobre las instituciones de Chile. Me temo, en vista de lo que se ha visto en este ensayo general, que va a pasar lo contrario: esa sombra de mediocridad va a quedar inmortalizada, quemada a fuego en los muros de la polis que intentamos reconstituir con porfía pero con poca convicción y con menos habilidad. No tendría por qué haber sido así, pero es lo que ha pasado, debido a la falta de visión de quienes llegaron al poder prometiendo justicia y que luego ejercieron ese poder haciendo cálculos timoratos, voceando discursos fáciles sobre una reconciliación artificiosa.

Ante la impunidad en que seguramente morirá Pinochet, cuando se muera al fin, nos queda el pobre consuelo de lo simbólico: el dictador acabará sus días sabiendo que no va a pasar a la historia como héroe de la patria, sino como cabeza del régimen más brutal y corrupto que haya tenido Chile. A pesar de que esta verdad está establecida, es paradójico que las “instituciones” chilenas hayan funcionado de manera tal que Pinochet recibió y sigue recibiendo un trato deferencial.

Ojalá la presidenta Bachelet actúe en consecuencia con sus propios dichos, descartando los homenajes oficiales y marcando un nuevo rumbo en el discurso oficial acerca del dictador y su legado. Un gobierno democrático no puede darse el lujo de rendirle honores de ninguna especie a un personaje con la trayectoria de Pinochet. Y si lo hace, no puede pretender que su credibilidad ante la ciudadanía y ante el mundo se mantenga intacta. Tampoco puede el ejecutivo darse el lujo de aceptar que le rinda honores a Pinochet un ejército que, a pesar de todo, todavía está en deuda con el legado de René Schneider y de Carlos Prats y que parece estar actuando otra vez como si no estuviera bajo la jurisdicción de la autoridad civil cuando de Pinochet se trata. En el caso de Prats, es imposible soslayar la responsabilidad del mismo dictador de la muerte de su compañero de armas y antiguo superior. ¿Si se le impide al ejército homenajear a Pinochet, se espera acaso que hagan un ejercicio de enlace fúnebre, un boinazo de luto? ¿Cuál será el miedo que tiene la autoridad civil de imponer el criterio expresado por la presidenta durante la campaña? El homenaje del ejército a Pinochet sería el más claro desmentido al eslogan de que esa institución pertenece a todos los chilenos.

La milagrosa recuperación de Pinochet da tiempo para reflexionar más sobre estos temas. A menudo se habla de oportunidades perdidas en la historia de nuestro país, pero esto se restringe casi siempre al ámbito económico, por ejemplo en referencia a no haber sabido aprovechar la riqueza del salitre para dar un salto adelante en el desarrollo. Habrá que meditar también acerca de oportunidades que se aprovechan o se pierden en lo cívico y en lo ético, como la gran chance que todavía tenemos de juzgar en vida a Augusto Pinochet Ugarte. Esa oportunidad se desperdició hasta ahora porque las instituciones fallaron, porque no fueron capaces de tomar conciencia de que la impunidad es una de las formas de corrupción más insidiosas y dañinas para cualquier república, y especialmente para una tan frágil como la chilena.

Arriba los corazones, sursum corda, el dictador sigue vivo. Todavía estamos a tiempo de comenzar el siglo XXI de verdad y de encarar el bicentenario con la conciencia tranquila. Que Pinochet no nos deje como herencia la corona ponzoñosa de su impunidad.

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