Películas de Nueva York

Siempre digo que la estación más espléndida de Nueva York es el otoño, por sus cielos limpios y la dulzura de sus atardeceres. El otoño le da un respiro a la ciudad entre el sofoco del verano y la amenaza de su invierno glacial. Este octubre volví a Ciudad Gótica, no para disfrutar de una tarde callejeando en el solcito, sino para fondearme en la penumbra del Film Forum, un cine-arte tan famoso que tiene su propio cameo. Se dice que ahí se filmó una de las secuencias más famosas de “Annie Hall”. Woody Allen está histérico por culpa de un ente que se las da de experto sobre McLuhan. Entonces hace aparecer por arte de magia al mismísimo don Marshal y lo carea con el teórico de matiné. McLuhan acalla al farsante sin compasión: “Usted no tiene idea de mi obra”.

Cuando llegué, el Film Forum estaba lleno y las colas para la próxima función pasaban de la esquina. En cartelera había dos documentales. Uno de ellos está basado en una historia de la vida real. Sinopsis: un ex-dictador latinoamericano aficionado a comprarse prendedores de corbata en Harrod’s cae preso de Scotland Yard. No sigo, usted adivinó la trama y su final de sainete médico-legal. La otra película era “The Trials of Henry Kissinger”. Trial quiere decir juicio, pero en plural se tiñe de tonalidades bíblicas; significa juicios, claro, pero también se traduce como tribulaciones. Buen título, porque el protagonista se ve algo atribulado, a pesar de la trayectoria de éxitos que se remonta a sus días con Nixon, cuando se decía que era el hombre más poderoso de la Tierra. Hace un cuarto de siglo dejó de tener cargos de poder, pero siguió asesorando gobiernos y opinando sobre política internacional. Durante su mandato se inventó un aura donjuanesca de celebrity y consiguió que en todas partes lo llamaran “doctor”, lo que según Christopher Hitchens –su crítico más mordaz—ha sido su único logro indiscutible. La etiqueta académica de “HK”, avalada por su relación con Harvard, le sirvió para ganar un platal con su autobiografía y tarifar 30 mil dólares por una simple ponencia de media hora.

Sin embargo, periodistas como Seymour Hersh y el mencionado Hitchens le han borroneado el maquillaje a Kissinger, cambiando la sonrisa champañera de dandy bronceado por un rictus iracundo en el que a veces relampaguea la palidez del miedo. Sus triunfos de otrora están carcomidos por las acusaciones de los investigadores que han aprovechado al máximo los beneficios de la ley norteamericana de Libertad de Información. La belleza de esta ley (a pesar de sus restricciones por causa de “seguridad nacional”) es que permite seguir el rastro de los personajes públicos a través de sus propias palabras, registradas para la historia en archivos de acceso público.

El reguero de palabras revela que Kissinger ideó y planificó guerras ilegales en Asia, que le dio la luz verde a Suharto antes de las masacres de Timor, y que autorizó el envío por valija diplomática de las ametralladoras con que fue asesinado René Schneider. Los asesinos ultraderechistas del general chileno recibieron una recompensa de 35 mil dólares, revela un cable desclasificado.

Uno de los testimonios de la película es el de René Schneider hijo: dice que para Kissinger el general fue apenas un insecto que había que aplastar para evitar que Allende asumiera el mando. “Ese insecto era mi padre, un hombre con gran sentido del honor”, agrega. Kissinger parece responder con una frase que quedó plasmada en otro memorándum: “No veo por qué vamos a quedarnos mirando cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo”. Así el doctor K resumió la historia y las tradiciones democráticas de un país: parece que fuimos apenas un largo y estrecho insectario.

Olvidaba mencionar que el Film Forum queda a pocas cuadras del socavón de las dos Torres Fantasmas, derribadas el mismo día en que la familia Schneider presentó una querella por asesinato contra Kissinger. Al tanto de la movida legal en su contra, el buen doctor merodeó el Ground Zero hasta que logró sacarse fotos con el alcalde Giuliani, como para salvaguardar su imagen pública

Pero no ha logrado rehabilitarse. La cola frente a los cines es la larga mano de la historia que lo zamarrea junto a su compañero de cartelera. Tal vez se arrepiente de no haber negociado un mejor blindaje para su retiro, ahora que no se atreve a viajar por miedo de ir a dar a un tribunal internacional.

Podría ser sólo mi imaginación, exaltada por el crepúsculo otoñal de Nueva York y por el invierno de guerra en el horizonte, pero juraría que al salir del Film Forum me pareció ver a Kissinger recorriendo la cola, advirtiéndole a los cinéfilos con su voz de ripio: “ustedes no tienen idea de mi obra”.

Mesas y misas nacionales

“Herir el alma nacional” es una frase potente. Son palabras de alto octanaje que arden a temperaturas capaces de ablandar torres de acero o corazones de piedra. Pero hay que decirlas con cautela, porque también son capaces de abochornar con su resolana a quien las pronuncia. La frase presupone la existencia de eso que se podría llamar “el alma nacional”, susceptible de ser lo suficientemente corpórea como para resultar “herida”. ¿Qué queremos decir con este arrollado criollo de metáforas?¿Dónde ubicaríamos el sitio del alma nacional, en qué recinto se encuentra, quiénes la custodian o dan cuenta de sus heridas? Las respuestas corren el riesgo de ser igual de metafóricas y abstractas: el alma nacional se situaría, por ejemplo, en los “valores patrios”, se alojaría en la cacha de la espada de O’Higgins, o fulguraría en la aureola de Prat. El “alma nacional”, en medio de tanta abstracción, significa tanto que al final no significa nada; es un comodín expresivo que puede ser interpretado según la intención de quien se lo saque de la manga.

Alguien preguntará qué tiene de malo que el concepto de “alma nacional” sea abstracto. ¿Acaso no es la idea misma de nación el producto de un acto imaginativo que permite construir una comunidad donde antes existía disgregación o discordia? ¿Que no dependemos de estas abstracciones en todo lo que hacemos en comunidad? Claro que sí: las abstracciones son inevitables. Esto se viene dando por sentado entre quienes han pensado el tema de la identidad nacional, desde Renan a Homi Bhabha, pasando por Anderson y su canónico Imagined Communities: que la nación es un invento, el producto de una construcción muy selectiva; la nación es una historia que nos contamos reiteradamente acerca de nosotros mismos, y cuyo contenido y significado están en constante pugna y transformación.

El pensamiento contemporáneo acerca del concepto de nación pone en tela de juicio con particular intensidad el uso de nociones esencialistas y homogeneizantes, precisamente aquellas que son similares a la de “alma nacional” y que aún circulan con autoridad en nuestro medio: “el carácter chileno”, la “chilenidad”, la “raza chilena”. El cuestionamiento de estas ideas no es solamente cosa de teóricos, sino que representa un zeitgeist emergente –pero bien delineado—entre la población, como lo indican los resultados del estudio PNUD. Se revela ahí que el cuento único acerca de la identidad nacional está perdiendo la potencia de antaño.

¿Por qué surge entonces en boca del presidente eso de “herir el alma nacional”? La frase no está inscrita dentro de una elucubración abstracta acerca de la patria, sino dentro de un contexto político coyuntural, concreto, e identificable. Se refiere al evidente cojear de la endeble Mesa de Diálogo que supuestamente había contribuído a una reconciliación nacional mediante la participación leal de las Fuerzas Armadas. El problema es éste: el presidente inscribe su queja dentro del campo de la retórica por la sencilla razón de que no le queda otra; carece de atribuciones y de poder para una confrontación más concreta. Las Fuerzas Armadas no han “herido el alma nacional”, sino que han matado, torturado, desaparecido gente, y luego han dejado de cumplir el compromiso legal de esclarecer sus actos. En lugar de eso, han mentido y han ofuscado, recordándole a la civilidad que se mandan solas. El problema no es la “herida en el alma nacional”, sino la Constitución que el poder civil ha sido incapaz de cambiar y que limita su accionar a un corralito estrecho desde el cual no pueden tocar los enclaves dictatoriales.

La confusión entre lo abstracto y lo concreto se revela en la satisfacción desproporcionada con que algunos interpretaron la misa con que el Ejército honró la memoria del general Prats, asesinado en 1974 (¿quién lo duda con honestidad?) por órdenes de la dictadura encabezada por el mismo ejército. En lugar de misas y comuniones con ruedas de tanque anfibio, lo que corresponde es la colaboración judicial, concreta, tangible, a rajatabla, y pública, en el esclarecimiento del crimen. Sólo entonces, cuando se vea la evidencia palpable de su regeneración democrática, el ejército de Chile –parafraseando lo que Neruda dijo de Lautaro—será digno de su pueblo, porque fueron muchos los atropellos, y faltarían demasiadas misas para resarcirlos.

Las misas y los símbolos patrios no nos van a servir de nada, a menos que de verdad el Papa, enojado con las herejías de Fondart, nos santifique a Arturo Prat, gracias a la última tentación de Monseñor Medina. El estado, la iglesia y las fuerzas armadas serán unificados entonces por el héroe de Iquique, y el país será convertido en Tierra Santa, un paroxismo terremótico de orgullo nacional y un largo espasmo de misas bicentenarias celebradas en una gran mesa infinitamente coja. Y con la torre de Lavín como un gran falo, perdón, faro alumbrando el porvenir de Chile, una larga y estrecha cicatriz situada al fin de la historia.

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