¿Recogiendo cañuela? Golpe mediático

El emplazamiento de Lagos a los civiles que apoyaron a la dictadura, especialmente a los que pudiendo haberlo hecho no hicieron nada (gente como Lavín, Jaime Guzmán, Novoa, Fernández, Cuadra, Cardemil) es un hecho interesante, dado el contexto de rechazo que produjo su indulto de Contreras Donaire. Lagos parece haberse dado cuenta de que su capital político no le da para gastarlo en esos gestos sin destino. No va a comprarse a la derecha, no va a cimentar su rol de estadista, y ciertamente no va a producir ningún tipo de reconciliación. En consecuencia, recoge cañuela y se pone en línea con el sentimiento expresado por su partido y reflejado en el gran rechazo ciudadano ante su salida de madre. Un golpe de muñeca muy hábil porque refuerza lo expresado por Bachelet y porque aprovecha para meter una cuña más entre los candidatos de la Alianza, sabiendo que a Piñera no le queda más que estar de acuerdo y a Lavín no le queda más remedio que reclamar y defenderse, “pinocheteándose” inevitablemente al hacerlo.

Cardemil también mordió el anzuelo. El ex-RN no va a poder nunca despegarse de la imagen grabada en la retina televisiva de todo Chile cuando daba cómputos brujos y demoraba la entrega de resultados del plebiscito.

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Señal potente y sus efectos.

Datos para tener en cuenta:
-La Corte Suprema le quita el fuero a Pinochet por el caso Colombo. Ordenan exámenes siquiátricos y médicos.
-La Corte Suprema sobresee a Pinochet por el caso Plan Cóndor, por razones de salud.
-Un juez civil se declara incompetente y deriva el caso Academia de Guerra a la justicia militar. Antes, había declarado la prescripción de delitos de lesa humanidad.
-Un juez revierte la intervención de la Colonia Dignidad y sostiene que no hay asociación ilícita. Nada se dice sobre las miles de fichas de espionaje encontradas en los archivos de la colonia.
-Lagos ha echado marcha atrás en la materia de indultos a militares condenados por violaciones de derechos humanos, pero no se sabe qué pasará después del período de elecciones. Como se ve, de hecho, la “señal potente” que mandó con su indulto a Contreras Donaire está surgiendo efecto.
-Los abogados de derechos humanos han dicho que se ha retrocedido a 1988 en esta materia, y bien podrían estar en lo cierto.
-Todo por un capricho político del presidente de querer pasar a la historia sin tomar en cuenta la memoria.

Momento amargo, momento oscuro

El domingo 11 de septiembre, el presidente Lagos, con osadía, utilizó el texto más potente de la historia política chilena, el último discurso de Salvador Allende, para apuntalar el andamio de su nueva doctrina de “reconciliación”, ejemplificada, entre otros “gestos”, en la excarcelación de uno de los autores materiales del asesinato de Tucapel Jiménez y en el nombramiento de Rubén Ballesteros a la Corte Suprema.

No puede ser mayor el contraste entre la situación del presidente Allende, un hombre derrotado que ya ha visto en los pasillos del palacio la sombra de su propia muerte, y la de Lagos, un presidente exitoso y admirado que se expresa a cielo abierto, una mañana de sol primaveral. De los dos momentos históricos, sin duda que es preferible el presente, con el golpista Pinochet desprestigiado, negado infinitas veces por sus antiguos devotos, y con una derecha fraccionada que sobrevive políticamente sólo porque la Concertación no ha tenido ni la capacidad ni la voluntad de cambiar el sistema electoral heredado de la dictadura.

Sin embargo, el resplandor del presente se opaca cuando se comparan las palabras de los dos presidentes y se revela que la pesadumbre combativa de Allende es más lúcida y genuina que el forzado optimismo conciliador de Lagos. Hasta los enemigos de Allende reconocen que en ese último discurso se revelan verdades innegables y, sobre todo, una gran consecuencia. En el caso de Lagos, incluso quienes hemos creído en el proyecto de la Concertación y celebramos sus logros, oímos una nota de falsedad e inconsecuencia que nos hace encogernos de indignación y hasta de vergüenza.

Para citar a Allende hay que tener mucho cuidado, sobre todo en estas fechas, y más aún si Lagos, quien lo nombra ahora con tanta seguridad, antes tendía a aludir al presidente derrocado como si estuviera comiéndose el pescado más espinoso de nuestras contaminadas costas. Si va a citarlo ahora, por lo menos tiene que ser preciso. No se trata de un fetichismo verbal inconsecuente, porque la palabra de un presidente tiene fuerza en cualquier circunstancia, incluso cuando es errónea. Esto fue lo que declaró Lagos a la salida del Te Deum en Jotabeche: “El presidente Allende en su mensaje final dijo ‘Llegarán otros hombres para superar este momento gris y oscuro’. Creo que está llegando el momento de superar ese momento gris y oscuro”.

Las palabras de Allende no fueron ésas. Tal vez para algunos las diferencias son demasiado sutiles como para prestarles atención, pero para quienes creemos que la palabra importa (en un país de historiadores y poetas), el contraste resulta revelador. Allende pronuncia la frase cambiada por Lagos justo antes de enunciar su visión más espléndida y duradera de esperanza: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo [se] abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Esa imagen de esperanza, grabada a fuego en la conciencia del mundo, es la culminación del testamento político que Allende improvisa mientras empiezan a caer las bombas. Su lucidez se manifiesta no sólo en esa gran visión liberadora, sino en el marco que la precede, donde se entregan las condiciones para que se haga realidad y donde se nombra el interlocutor histórico que el presidente privilegiaba: “Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse”. A pesar de estar hablando del futuro, Allende se refiere a lo concreto y palpable de su situación histórica: el gris imborrable de esa mañana y la amargura que produce toda deslealtad y todo fracaso.

En su versión, evidentemente pensada de antemano, Lagos cambió “amargo” por “oscuro”, y omitió la parte que caracteriza el momento histórico con mayor precisión: “donde la traición pretende imponerse”. El traspié lingüístico evidencia no sólo descuido con el lenguaje y con la historia sino que pone en relieve la desidia conceptual de su intento de forzar la reconciliación. La oscuridad nombrada involuntariamente por Lagos se aplica muy bien, eso sí, a la falta de transparencia en torno al giro que él le ha dado a la posición oficial con respecto a las violaciones de los derechos humanos. Se trata de un momento gris y oscuro, sin duda, que amenaza con opacar los brillos que pudiera tener este sexenio. Lo peor, sin embargo, es que perpetuará -y con razón-la desconfianza de la ciudadanía en la justicia, postergando quizás por cuánto tiempo más esa “sociedad mejor” que vislumbró Allende y a la que siguen aspirando millones de chilenos.

Louisiana 1927


No es la primera vez que pasa esto, aunque les resulte difícil a los norteamericanos creer que puede haber un desastre peor que el 11-S-01. Es cosa de escuchar la canción de Randy Newman “Lousiana 1927”. Hay varias versiones: la del autor, la de Aaron Neville, la de Jimmy Buffet y la de Marcia Ball . Cada una tiene su encanto, aunque prefiero la de Aaron Neville, que pesqué a la colita del concierto de NBC (el mismo donde censuraron a Kanye West por mencionar a Bush); le cambió Evangeline por New Orleans.

What has happened down here is the wind have changed
Clouds roll in from the north and it started to rain
Rained real hard and rained for a real long time
Six feet of water in the streets of Evangeline
The river rose all day
The river rose all night
Some people got lost in the flood
Some people got away alright
The river have busted through cleard down to Plaquemines
Six feet of water in the streets of Evangeline

Louisiana, Louisiana
They’re tyrin’ to wash us away
They’re tryin’ to wash us away
Louisiana, Louisiana
They’re tryin’ to wash us away
They’re tryin’ to wash us away
President Coolidge came down in a railroad train
With a little fat man with a note-pad in his hand
The President say, “Little fat man isn’t it a shame what the river has
done
To this poor crackers land”.

No sé si cambió al presidente Coolidge por Bush. Habría que acordarse de que después de Coolidge vino la gran debacle, y esta inundación tiene harto de apocalíptico.

Biloxi Blues


Hace un tiempo, tuve que pasar una noche refugiado en un terminal de buses Greyhound en Biloxi, Mississippi. Había ido a parar ahí porque en una estación intermedia me subí al bus equivocado, pensando que iba a New Orleans. No salían más buses esa noche de agosto, y no me quedó más que encontrar un rincón para echarme a descansar. Afuera caía un diluvio, el vestigio de un huracán que se convertía en depresión tropical al desmembrarse frente al delta del río Mississippi. No me acuerdo del nombre de ese huracán desvaído, pero en ese tiempo, hace casi veinte años, los meteorólogos usaban solamente nombres de mujer.

En Estados Unidos el bus es el transporte de los pobres, especialmente en la región más desposeída y aislada del país. Es la zona en que William Faulkner ubicó su Macondo, el condado de Yoknapatawpha, donde la historia parece pegada en ciclos trágicos de violencia, pobreza y desastres naturales. La riqueza que se genera ahí es mucha (antes fue el algodón con mano de obra esclava, hoy los casinos y la industria petrolera con mano de obra “flexibilizada”) pero se va a otras partes, o se queda en los bolsillos de unos pocos, los que se pueden dar el lujo de escapar cuando la naturaleza se pone arisca. Los huracanes del Caribe se ensañan con esa zona cuando saltan la valla de la península de Florida, como hizo Katrina. A veces el desastre viene con las inundaciones del Mississippi, tsunamis silenciosos de hasta 20 metros de alto y dos kilómetros de ancho, fuerzas tan poderosas que han llegado a revertir el cauce de los grandes ríos tributarios.

Se preguntaba Faulkner si el estado de Mississippi realmente quedaba en Estados Unidos. Sus coterráneos blancos apretaban los dientes de furia, interpretando la pregunta como una ofensa. En el diario de su pueblo, el Oxford Eagle, un comentarista de nombre novelesco (Moon Mullen) se preguntaba si de verdad Faulkner era un gran escritor, y contestaba: “Bueno, seguro que la Cámara de Comercio no le encargaría que escribiera un folleto de promoción de la ciudad”. Eso es porque en cada una de sus novelas, Faulkner pone al descubierto lo que más incomoda a los poderosos, a los miembros de ésta u otra cámara de comercio: que el pasado no es un fantasma molesto sino un cuerpo que sigue vivo y reclama su espacio, su albergue y su comida.

Pasada la medianoche, el terminal de buses de Biloxi se transformaba en refugio de desamparados, los homeless, de cesantes y prostitutas, de policías gordos e indiferentes capeando la patrulla de medianoche, de uno que otro taxista despistado, o de viajeros con aire de náufragos acalorados que esperaban un bus que no iba a llegar hasta el amanecer. La luz se cortaba y volvía al pulso de los relámpagos morados y el estruendo de la tormenta tropical. No tenía nada que hacer más que esperar, porque la novela que estaba leyendo (había escogido una de Faulkner, sabiendo que iba a pasar por esos lugares) se había quedado en mi asiento del bus perdido, que a esa hora ya estaría en New Orleans.

Apenas me instalé en una banca para tratar de echar una pestañita, me vi rodeado de cuatro cabros jóvenes que miraban mi mochila con demasiado interés. Uno se me sentó a un lado, otro al otro lado, y los demás se ubicaron en el banco de enfrente, mirando disimuladamente alrededor. Como siguiendo un guión universal, el más grande me preguntó la hora, con el acento espeso del sur profundo. Olía a humedad y a marihuana fresca. Los demás se rieron y le aportillaron la escena preguntando si estaba atrasado para una cita. El grandote no se inmutó y sin decir nada trató de meter la mano en mi mochila, que estaba entre él y yo. Puse la mochila entre mis piernas, medio forcejeando, mientras seguían las risas. Los policías estaban al otro extremo del terminal, conversando una mega-gaseosa y mirando cómo la lluvia se escurría en los ventanales sucios, sin que las risotadas y los forcejeos les despertaran curiosidad. Al grandote no le pareció bien mi movida y trató de hurgar otra vez entre mis cosas con una mano muy pesada. Me agaché y saqué una manzana que tenía en el bolsillo exterior de la mochila, todo mi cocaví. Se la mostré como ofreciéndosela. Me quedó mirando con los labios apretados. Tenía los ojos colorados y unas pestañas tan crespas que se le metían en el pliegue de los párpados. Como asombrado, dijo que no con la cabeza, y se unió al coro de las risas de sus compañeros. Cuando saqué un minicortaplumas de mi bolsillo y empecé a pelar la manzana, el grandote se pasó la mano por la cara sudorosa, dijo shit estirando la “i” hasta el límite y, resoplando de la risa, me pegó un empujón con el hombro que casi me sacó del asiento. Tal vez lo descolocó o le hizo gracia la estupidez mía de mostrar un arma tan ridícula que ni siquiera le entraba bien a la cáscara de una manzana. Por la razón que sea, lo cierto es que dejaron a medias el atraco displicente que habían empezado y se fueron a buscar entretención a otro sitio, aprovechando que la lluvia había amainado un momento. Me comí la manzana de puros nervios y me quedé dormido, abrazado a mi mochila.

Al amanecer, salí a dar una vuelta por los alrededores para buscar un lugar donde comprar un café, y así me interné en la devastación urbana de Biloxi. Me encontré en un paisaje de melancolía: cascarones de edificios abandonados, ventanas tapiadas con madera, y un aire de soledad casi irrespirable, denso como el vaho tibio que quedó tras el diluvio. Comparado con esa desolación, el terminal derruído resplandecía como un oasis. En ese momento, las ficciones de Faulkner también me parecieron pálidas y acartonadas, inútiles para entender la realidad de un lugar como ése, tan abatido y fatídico. Quise imaginar cómo sería mi vida si estuviera atrapado ahí, a la espera de huracanes y desastres, recorriendo, como único consuelo, los lugares por donde pasa la gente que se va para otros lados. Di un par de vueltas a la manzana y volví a esperar mi bus, ansioso por llegar a Nueva Orleans.

Ayer vi de nuevo en CNN el terminal de buses de Biloxi, Mississippi, donde pasé esa noche de tormenta. Katrina le había agregado una capa más de destrucción a ese paisaje, para volver a poner las cosas en su lugar. He sabido que en los últimos años la ciudad se había revitalizado gracias a los casinos flotantes y los hoteles construídos para alojar a sus clientes. Todos los casinos se hundieron y los hoteles desaparecieron, algunos transportados cientos de metros por la fuerza del huracán. Me sigo preguntando qué habrá sido del grandote que no me quiso recibir la manzana y qué habrá sido de sus amigos, que supieron expresar algo parecido a la compasión con su risa burlesca y salvadora.

Filadelfia, septiembre de 2005.

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