Casa fantasma

Me da un poco de pudor contarlo, pero en mi casa circula un alma en pena. Es un fantasma comedido, en la medida en que los fantasmas pueden serlo. Se manifiesta como si no quisiera provocar terrores demasiado fuertes; nada de puertas que se cierran solas ni objetos que se caen sin que nadie los toque. La mayoría de las veces lo encuentro en el baño, inclinado frente al espejo, como cuando uno se inspecciona de cerca los estragos del insomnio o de la edad. También se muestra en el living, pegado al radiador, frotándose las manos y posándolas en el metal caliente mientras mira por la ventana. Hay un tercer lugar —no quiero decir cuál— donde aparece de espaldas en el piso. Inmóvil, con las rodillas dobladas y los brazos extendidos, me da la impresión de ser un mimo. El mimo finge ser un cadáver que espera que le vengan a dibujar el clásico contorno de tiza. Cuando lo veo en el baño y en el living, el fantasma se agita como un sonámbulo que quiere escabullirse de un sueño molesto. Casi nunca me mira: solo gira un poquito la cabeza como para escrutarme por la orilla del ojo o por el borde del espejo. No es etéreo ni transparente; tiene un cuerpo palpable, tridimensional, en alta definición, aunque sus movimientos tienen una cualidad onírica y una temporalidad —no encuentro mejor palabra— ajena. Debe andar por el metro ochenta de estatura.

Siempre me he mostrado muy escéptico —a veces agresivamente escéptico— frente a las historias de aparecidos y de ahí viene mi reticencia a poner todo esto por escrito, pero la verdad es que este fantasma me obliga a hablar de él de esta manera. Me acuerdo de la primera vez que lo vi. Fue en pleno día; no sé por qué razón rompí mi rutina de trabajo y me vine a almorzar a la casa. Lo sorprendí en el baño, recortado contra la ventana llena de sol, mirándose al espejo como si se acabara de afeitar. Me refugié en la cocina, con el corazón en la boca, y cuando me asomé al baño para cerciorarme de lo que había visto, el tipo seguía ahí, revisándose el cuello y las mejillas con el dorso de la mano. Lo más silenciosamente que pude, me escapé, con la sensación de haberme equivocado de casa. Cuando volví —bien de noche, después de hacer tiempo en un bar—, me dirigí al baño, encendí la luz y me acerqué lentamente al espejo como si el fantasma se hubiera escondido ahí. Lo que vi fue mi reflejo: mi expresión desencajada, la mirada enrojecida. Me pasé las manos por las mejillas ásperas y entonces, por el rabillo del ojo, percibí una silueta que me observaba desde la puerta.

Versión en audio de este fragmento.

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