Coyote v. Acme

La traducción de esta semana es un scherzo escrito por Ian Frazier y publicado en The New Yorker el 26 de febrero de 1990. No es una pieza literaria en sí, pero destila un evidente rigor en la escritura; esta combinación de liviandad y primor en el lenguaje me resulta refrescante. El estilo de la pieza de Frazier se inscribe dentro del género misceláneo típico suyo y de secciones de la revista en que escribió por décadas. En este texto, gran parte de la complicidad que forma con el lector está hecha de una experiencia narrativa en otro medio, la televisión: la múltiple saga del Coyote en procura del Correcaminos. Por lo tanto, depende para accionar sus imágenes de la activación de una bomba Acme de recuerdos de infancia frente al televisor.1500524

“Coyote v. Acme” es una digna conclusión a un drama interminable. En lugar de pillar al maldito pájaro, el sufrido y tenaz Wile E. Coyote recurre a los tribunales y se querella, pero no en contra de su presa inalcanzable, sino de la infame empresa Acme, su proveedor de tretas y falso cómplice. Resistí la tentación de traducir el nombre de pila del querellante, que en inglés es Wile E., y que se pronuncia como wily, el epíteto que se le asigna al coyote y que quiere decir “astuto”, “ladino”, o en chileno, “pillo”. Bip, bip.

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WILE E. COYOTE, §
Querellante §
v. § DEMANDA EN LO CIVIL No. B19294
ACME COMPANY, §
Acusado §

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CORTE DISTRITAL DE LOS ESTADOS UNIDOS — DISTRITO SUROESTE DE ARIZONA
Tempe, Arizona. Preside la Jueza Joan Kujava

DECLARACIÓN PRELIMINAR DE HAROLD SCHOFF, ABOGADO DEL QUERELLANTE

El Sr. Abogado Schoff declara:

Mi representado, el Sr. Wile E. Coyote, residente de Arizona y estados contiguos, por medio de la presente acción, se querella por daños y perjuicios contra la compañía Acme, manufacturera y distribuidora al por menor de mercancías diversas, con sede en Delaware y filiales en todos los estados, distritos y territorios del país. El Sr. Coyote busca compensación por daños personales, pérdida de ingresos y graves daños mentales causados como resultado directo de las acciones o grave negligencia por parte de la susodicha empresa, bajo el Título 15 del Código de los EE.UU., Capítulo 47, sección 2072, inciso (a), relacionados con la responsabilidad penal del fabricante de productos.

El Sr. Coyote declara que, en ochenta y cinco ocasiones distintas, adquirió de la Compañía Acme (de aquí en adelante, la Parte Acusada), por medio del departamento de envíos por correo, ciertos productos que le causaron daño corporal debido a defectos de fabricación o etiquetado de advertencia inadecuado. Los recibos a nombre del Sr. Coyote están en posesión de la Corte, como prueba de compra, marcados como Prueba A. Tales daños corporales sufridos por el Sr. Coyote han restringido temporalmente su capacidad de ganarse la vida en la profesión de depredador. El Sr. Coyote es un trabajador independiente y por lo tanto no cuenta con derecho a Seguro Laboral.

El Sr. Coyote declara que el 13 de diciembre recibió de la Parte Acusada vía encomienda un Trineo Cohete Acme. La intención del Sr. Coyote era la de utilizar el trineo como ayuda en la persecución de su presa. Al recibir el Trineo Cohete, el Sr. Coyote lo extrajo de su cajón de flete y al avistar a su presa a cierta distancia, activó la ignición. Al sujetarse el Sr. Coyote del manubrio, el Trineo Cohete aceleró con una fuerza tan repentina y precipitada que extendió los miembros anteriores del Sr. Coyote a un largo de cinco metros. Subsecuentemente, el resto del cuerpo del Sr. Coyote fue impulsado hacia adelante con un sacudón violento, lo que causó una distensión severa de su cuello y espalda, y lo emplazó inesperadamente a horcajadas del Trineo Cohete. Desapareciendo en el horizonte a tal velocidad que dejó una estela de vapor en su trayectoria, el Trineo Cohete enseguida puso al Sr. Coyote por delante de su presa. En ese momento, el animal que perseguía giró violentamente a la derecha. El Sr. Coyote vigorosamente trató de seguir esta maniobra pero no pudo, debido al mal diseño e ingeniería del Trineo Cohete y a un sistema de guía fallado o inexistente. Poco después, la trayectoria ininterrumpida del Trineo Cohete lo llevó, junto con el Sr. Coyote, a colisionar con el costado de una meseta.

El Párrafo Primero del Informe del Médico a Cargo (Prueba B), preparada por el señor Ernst Grosscup, Doctor en Medicina y Ortodoncia, detalla las múltiples fracturas, contusiones y daño de tejidos sufridos por el Sr. Coyote como resultado de esta colisión. La cura de las heridas requirió un vendaje total de la cabeza (excluyendo las orejas), un soporte cervical, y enyesados completos o parciales en las cuatro extremidades. Impedido por estas lesiones, el Sr. Coyote se vio obligado, sin embargo, a proveerse por sí mismo. Con este fin en mente, le compró a la Parte Acusada, como ayuda para movilizarse, un par de Patines Cohete Acme. Cuando intentó usar este producto, sin embargo, se vio involucrado en un accidente notablemente similar al ocurrido con el Trineo Cohete. Para reiterar, la Parte Acusada le vendió, sin trámite y sin advertencia, un producto que unía potentes motores de propulsión a chorro (dos, en este caso) a vehículos inadecuados, sin provisión alguna para la seguridad del pasajero. Agobiado por sus pesadas escayolas de yeso, el Sr. Coyote perdió el control de los Patines Cohete poco después de amarrárselos, y colisionó con un letrero de la carretera tan violentamente que dejó en él un agujero con la forma de su silueta.

El Sr. Coyote declara asimismo que en ocasiones demasiado numerosas como para hacer un listado en este documento, ha sufrido percances con explosivos comprados a la Parte Acusada: el petardo “Pequeño Gigante” Acme, la Bomba Aérea Auto-dirigida Acme, etc. (Para un listado completo, ver el Catálogo Acme de Explosivos por Correo y testimonio adjunto, agregado como evidencia, Prueba C). De hecho, se puede afirmar con seguridad que ni en una sola oportunidad un explosivo comprado por el Sr. Coyote a la Parte Acusada se ha comportado de la forma esperada. Para citar sólo un ejemplo: con gran gasto de tiempo y esfuerzo personal, el Sr. Coyote construyó alrededor de la parte externa de una colina un deslizadero de madera que comenzaba en la cima del cerro y bajaba en espiral alrededor de él hasta llegar a una X negra pintada en el suelo del desierto. El deslizadero estaba hecho de tal manera que un explosivo esférico del tipo comercializado por la Parte Acusada rodara fácil y rápidamente hacia abajo, hasta llegar al punto de detonación indicado por la X. El Sr. Coyote dispuso una generosa cantidad de alpiste directamente sobre la X y luego, llevando la Bomba Acme esférica (#78 en el Catálogo), subió a la cima de la colina. La presa del Sr. Coyote, al percibir el alpiste, se aproximó, y el Sr. Coyote procedió a encender la mecha. En sólo un instante, la mecha se consumió hasta la base, causando la detonación de la bomba.

Además de reducir todas las cuidadosas preparaciones del Sr. Coyote a la nada, la detonación prematura del producto de la Parte Acusada ocasionó las siguientes desfiguraciones al Sr. Coyote:

  1. Chamuscado severo del pelaje de la cabeza, el cuello, y el hocico.
  2. Coloración cenicienta.
  3. Fractura de la oreja izquierda, en la base, causando que la oreja se balanceara con la reverberación y emitiera un sonido chirriante.
  4. Combustión total o parcial de los bigotes, con resultado de encrespamiento, alteración y desintegración en cenizas.
  5. Ensanchamiento radical de las órbitas oculares, debido a la carbonización de cejas y párpados.

Llegamos ahora a las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme. Lo que queda del par adquirido por el Sr. Coyote el 23 de junio constituye la pieza de evidencia D del querellante. Fragmentos seleccionados de ella fueron enviados a los laboratorios metalúrgicos de la Universidad de California en Santa Bárbara para ser analizados, pero a la fecha no se ha hallado explicación alguna para la súbita y extrema falla de funcionamiento de este producto. Tal como lo anuncia la Parte Acusada, este producto es de una simplicidad extrema: dos sandalias de madera y metal, cada una adherida a un resorte de acero templado de alta fuerza tensil y dispuesto en una posición fuertemente comprimida por medio de un mecanismo percutor atado a una cuerda que hace las veces de gatillo. El Sr. Coyote creía que este producto le permitiría abalanzarse sobre su presa en los momentos iniciales de la persecución, cuando los reflejos rápidos son más necesarios.

Para aumentar aún más el poder de propulsión de las zapatillas, el Sr. Coyote las apoyó contra el costado de una enorme roca. Adyacente a la roca había una senda por la cual la presa del Sr. Coyote solía pasearse. El Sr. Coyote puso sus extremidades traseras en las sandalias de madera y metal y se acuclilló en preparación, con su garra delantera sujetando firmemente la cuerda-gatillo. Dentro de un breve lapso, la presa del Sr. Coyote, de hecho, apareció por el camino, en dirección a él. Sin sospechar nada, la presa se detuvo cerca del Sr. Coyote, muy al alcance de los resortes extendidos. El Sr. Coyote midió la distancia con cuidado y procedió a tirar de la cuerda-gatillo. En este punto, el producto de la Parte Acusada debió haber impulsado al Sr. Coyote hacia adelante, en dirección contraria a la roca. En vez de eso, por razones que aún se desconocen, las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme se extendieron y empujaron la roca en dirección opuesta al SC. Mientras que la presa observaba esto, incólume, el Sr. Coyote colgaba suspendido en el aire. Luego los dos resortes se encogieron, haciendo colisionar violentamente la roca con los pies del SC, con el peso completo de su cabeza y tronco superior recargándose contra sus extremidades inferiores. La fuerza de este impacto luego hizo que los resortes rebotaran, y como resultado el Sr. Coyote fue proyectado hacia el cielo. Esto fue seguido de un segundo recogimiento y la correspondiente colisión. La roca, mientras tanto, que era aproximadamente de forma ovoide, había empezado a rebotar cuesta abajo, con el movimiento de los resortes aumentando su velocidad. Con cada rebote, el Sr. Coyote hacía contacto con la roca, o bien la roca hacía contacto con el Sr. Coyote. Como la cuesta era larga, este proceso continuó por bastante rato. La secuencia de colisiones tuvo como consecuencia un daño físico sistémico al Sr. Coyote, a saber: aplanamiento craneano, desplazamiento lateral de la lengua, reducción de la longitud de extremidades y torso, y compresión de las vértebras desde la base de la cola hasta la cabeza. La repetición de los golpes a lo largo de un eje vertical produjo una serie de pliegues horizontales en los tejidos corporales del querellante, una extraña y dolorosa condición que hizo que el Sr. Coyote se expandiera hacia arriba y se contrajera hacia abajo alternadamente al caminar, emitiendo un resuello como de acordeón desafinado con cada paso. La naturaleza distractiva y embarazosa de este síntoma ha sido un gran impedimento para el Sr. Coyote en su búsqueda de una vida social normal.

Como a esta corte sin duda le consta, la Parte Acusada tiene un virtual monopolio de la manufactura y venta de productos requeridos por el trabajo del Sr. Coyote. Nuestro planteamiento es que la Parte Acusada ha usado esta ventaja de mercado para detrimento del consumidor de productos tan especializados como el polvo pica-pica, volantines gigantes, trampas para tigres de Burma, yunques, y bandas elásticas de 60 metros. Por mucho que haya llegado a desconfiar de los productos de la Parte Acusada, el Sr. Coyote no cuenta con otro proveedor nacional. Uno se pregunta lo que nuestros socios comerciales de Europa occidental o Japón opinarán de una situación tal que a una compañía gigantesca se le permite victimizar al consumidor de la manera más irresponsable e indebida, una y otra vez. El Sr. Coyote respetuosamente solicita a la Corte que tome en consideración estas implicaciones económicas generales y que sancione a la Parte Acusada por daños en la cantidad de diecisiete millones de dólares. Además, el Sr. Coyote solicita sanción por daños efectivos (pérdida de alimentación, gastos médicos, días sin poder ejercer su ocupación profesional) en la cantidad de un millón de dólares; daños generales (sufrimiento sicológico, daño a la reputación) por veinte millones de dólares; y gastos de representación legal por setecientos cincuenta mil dólares. Al otorgarle al Sr. Coyote la cantidad total de lo solicitado, la corte castigará a la Parte Acusada, sus directores, ejecutivos, accionistas, herederos y asociados, en los únicos términos que entienden, y reafirmará el derecho que corresponde a todo depredador a la protección igualitaria ante la ley.

Una traducción de Nabokov (con perdón)

Para traducir una obra maestra hay que aproximarse con la misma cantidad de respeto que de entusiasmo (o de inocencia), sobre todo si se trata de un texto escrito por alguien como Nabokov, quien dedicó toda su vida a pensar con profundidad el tema de la traducción y cuya obra, más encima, puede ser considerada como un sostenido acto de traducción. Dicho con mayor precisión, Nabokov se enfrenta con el problema central de la traducción, es decir, el entrevero de la potencia del original (la fuerza de su lenguaje y el peso de su tradición expresiva) contra la potencia del producto final, el que será tasado por los lectores, inevitablemente, en virtud de un rango de familiaridad y -concepto odiado por el autor ruso- su “fluidez”. Esa fluidez, teme Nabokov, puede ser la seña de un gran equívoco, creado por una familiaridad falsa, conseguida a costa de matar la diferencia con el original. El problema parece ser más grave para la poesía que para la prosa, por lo que traducir un cuento aminora la inevitable transgresión, la violencia implícita de signos impuestos o superpuestos sobre otros.

El problema de traducir este cuento es doble: además de que Nabokov escribe no en su lengua nativa sino en su lengua literaria, escogida libremente -el inglés-, en esta historia en particular se encuentra la presencia de una traducción pre-existente en la voz narrativa, focalizada por su mayor parte por medio del lenguaje de una mujer europea, rusa, judía, migrante, refugiada, inmigrante, y cuyo dominio del inglés, si bien le alcanza para contestar el teléfono (logro no menor en un segundo idioma), no llega a ser fluido y lleva en su dicción la marca a veces perceptible de otros idiomas fantasmas (¿el ruso, el yiddish, el alemán?).

El original se publicó en 1948, en la revista The New Yorker. El título original fue materia de disputa entre Nabokov y Katherine A. White, quien impuso su misterioso criterio al cambiar el orden de los términos. En lugar de “Signs and Symbols”, la revista publicó el cuento como “Symbols and Signs”. He decidido mantener el primer título, por el eco con la rúbrica médica inglesa “Signs and Symptoms“, eco que despierta a su vez resonancias con ciertas claves interpretativas en el relato; y lo hago también para tomar partido por el autor, por supuesto, porque no todos los traductores traicionamos.

En una carta a la editora White, Nabokov explica que algunos de sus relatos, por ejemplo el que nos ocupa, se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semi-transparente”  (“wherein a second (main) story is woven into, or placed behind, the superficial semitransparent one.”)

Solamente a Nabokov se le puede hacer caso si considera que una historia puede ser secundaria y principal al mismo tiempo. Vale.


Señas y símbolos

Vladimir Nabokov

Traducción de Roberto Castillo Sandoval ©

Por cuarta vez en cuatro años se enfrentaban al problema de qué regalo de cumpleaños darle a un chico que estaba incurablemente trastornado. Deseos, no tenía ninguno. Los objetos hechos por el hombre eran para él colmenas llenas de mal que vibraban con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o bien comodidades groseras que no servían para nada en su mundo abstracto. Después de eliminar un número de artículos que lo podrían ofender o asustar (cualquier cosa relacionada con aparatos, por ejemplo, era tabú), sus padres eligieron una nadería delicada e inocente—un canastillo que contenía diez distintos confites de fruta en sendos frasquitos.

Cuando nació el niño, ellos llevaban casados un buen tiempo; desde entonces, había transcurrido una veintena de años y ahora estaban bastante viejos. El pelo opaco y gris de ella estaba sujetado con descuido. Se ponía vestidos negros, baratos. A diferencia de otras mujeres de su edad (como la Sra. Sol, la vecina del lado, cuya cara era toda rosa y malva de pintura y cuyo sombrero era un ramillete de flores de arroyuelo), ella presentaba un rostro de palidez desnuda bajo la implacable luz de la primavera. Su marido, que en el antiguo país había sido un hombre de negocios bastante exitoso, ahora, en Nueva York, dependía completamente de su hermano Isaac, que era americano de verdad desde hacía más de casi cuarenta años. Ellos casi nunca veían a Isaac y se referían a él con el apodo de “El Príncipe”.

Ese viernes, el cumpleaños del hijo, todo salió mal. El tren subterráneo se quedó sin su corriente vital entre dos estaciones y por un cuarto de hora ellos no podían oír nada más que el diligente latir de sus corazones y el crujir de los periódicos. El bus que tenían que tomar a continuación se atrasó y los obligó a esperar largo rato en una esquina, y cuando llegó por fin, estaba lleno de estudiantes revoltosos. Empezó a llover mientras subían caminando por la senda embarrada que llevaba al sanatorio. Allí esperaron de nuevo, y en lugar de su muchacho, arrastrando los pies, como hacía siempre (con su pobre cara triste, confusa, mal afeitada, y manchada de acné), apareció al fin una enfermera que los dos conocían y aborrecían y que animadamente les explicó que otra vez el hijo había intentado quitarse la vida. Ya estaba bien, dijo, pero una visita de sus padres podría perturbarlo. El lugar tenía tan poco personal, y las cosas se desubicaban o se extraviaban tan fácilmente, que decidieron no dejarle el regalo en la administración sino guardárselo para la próxima visita.

Afuera del edificio, ella esperó que su marido abriera el paraguas y entonces lo tomó del brazo. Él carraspeaba a cada rato, como siempre que estaba alterado. Se albergaron bajo el techo de la parada de buses al otro extremo de la calle y él cerró el paraguas. A pocos metros de distancia, bajo un árbol que se mecía y goteaba, un diminuto pájaro implume se retorcía en vano dentro de un charco.

Durante el largo trayecto hasta la estación del metro, ella y su marido no intercambiaron palabra, y cada vez que ella echaba un vistazo a las manos viejas de su marido, apretadas y temblorosas sobre el mango de su paraguas, y veía sus venas hinchadas y su piel manchada, sentía la creciente presión de las lágrimas. Mientras miraba a su alrededor, tratando de enganchar su mente en algo, le sobrevino una especie de suave conmoción, una mezcla de compasión y maravilla, al darse cuenta de que uno de los pasajeros—una muchacha de pelo oscuro y las uñas de los pies mugrientas, pintadas de rojo, lloraba con la cabeza apoyada en el hombro de una mujer mayor. ¿A quién se parecía esa mujer? Se parecía a Rebecca Borisovna, cuya hija se había casado con uno de los Soloveichiks—en Minsk, hacía años.

La última vez que el chico había tratado de matarse, su método había sido, en palabras del doctor, una obra maestra de ingenio; lo habría logrado si otro paciente no hubiese creído que estaba aprendiendo a volar y se lo impidió justo a tiempo. Lo que el chico quería en realidad era abrir un agujero en su mundo y escapar.

El sistema de sus delirios había sido tema de un elaborado trabajo en una revista científica que el doctor del sanatorio les había dado a leer. Pero mucho antes de eso, ella y su marido habían tratado de resolver el enigma por sí solos. “Manía referencial”, lo llamaba el artículo. En esto casos muy poco frecuentes, el paciente se imagina que todo lo que pasa a su alrededor es una referencia velada a su personalidad y a su existencia. Excluye a la gente real de esta conspiración, porque se considera mucho más inteligente que otras personas. La naturaleza fenomenal lo sigue dondequiera que vaya. Las nubes del cielo vigilante se transmiten unas a otras, por medio de lentos signos, información increíblemente detallada sobre él. Sus pensamientos más íntimos los discuten al caer la noche, en lengua de señas, los árboles tenebrosamente gesticuladores. Las piedras o las manchas o las motas de sol forman patrones que representan, de alguna manera espantosa, mensajes que él tiene que interceptar. Todo es una clave cifrada y él es el tema central de todo.Está rodeado de espías. Algunos son observadores lejanos, como las superficies de vidrio y las aguas en reposo; otros, como los abrigos en las vitrinas, son testigos prejuiciosos, linchadores de corazón; otros, de nuevo (agua que corre, tormentas) son histéricos hasta la locura, tienen una opinión distorsionada de él, y malinterpretan grotescamente sus acciones. Debe estar siempre en alerta y dedicar cada minuto y módulo de vida a descodificar la ondulación de las cosas. Hasta el aire que exhala se clasifica y se archiva. ¡Si sólo el interés que él provoca se limitara a su entorno inmediato, pero, por desgracia, no es así! Con la distancia, los torrentes de enloquecido escándalo aumentan en volumen y volubilidad. Las siluetas de sus corpúsculos sanguíneos, magnificadas un millón de veces, revolotean sobre vastas llanuras; y aún más lejos, grandes montañas de intolerable solidez y altura resumen, en términos de granito y crujientes pinos, la verdad última de su ser.

Cuando emergieron del estruendo y el aire maleado del tren subterráneo, los últimos residuos de luz diurna se mezclaban con los faroles de la calle. Ella quiso comprar pescado para la cena, así que le pasó el canasto de confites, diciéndole que se fuera a casa. Así, él regresó al conventillo, subió hasta el tercer descanso de las escaleras, y entonces recordó que le había pasado las llaves a ella.

En silencio se sentó en los escalones y en silencio se incorporó cuando, unos diez minutos más tarde, ella subió pesada y fatigosamente las escaleras, con una débil sonrisa y sacudiendo la cabeza en gesto de reconocer su propia tontera. Entraron al departamento de dos piezas y él de inmediato se plantó frente al espejo. Estirando las comisuras de los labios con sus dos pulgares, en una mueca horrible, como de máscara, se sacó su nueva, irremitiblemente incómoda placa dental y cortó los largos colmillos de saliva que lo conectaban a ella. Leyó su periódico en ruso mientras ella ponía la mesa. Todavía leyendo, comió la pálida ración para la que no necesitaba dientes. Ella conocía sus estados de ánimo y también estaba silenciosa.

Cuando él se fue a dormir, ella se quedó en la sala con su mazo de cartas sucias y sus viejos álbumes de fotografías. Al otro lado del estrecho patio, donde la lluvia tintineaba en la oscuridad contra unas latas, las ventanas estaban encendidas tenuemente, y en una de ellas un hombre de pantalones negros, con las manos detrás de la nuca y los codos levantados, se veía acostado de espaldas sobre una cama desordenada. Bajó el visillo y examinó las fotografías. De pequeño, se veía más sorprendido que la mayoría de los bebés. Una fotografía de una criada alemana que habían tenido en Leipzig con su novio de cara gorda cayó desde un pliegue del álbum. Volteó las páginas del libro: Minsk, la Revolución, Leipzig, Berlin, Leipzig, el frontis chueco de una casa, muy desenfocado. Este era el niño cuando tenía cuatro años, en un parque, tímidamente, con la frente arrugada, apartando la vista de una ardilla entusiasta, como hubiera hecho con cualquier otro desconocido. Esta era la tía Rosa, una señora de edad, quisquillosa, angular, de ojos desorbitados, que vivía en un mundo trémulo de malas noticias, bancarrotas, accidentes ferroviarios, y lunares cancerígenos hasta que los alemanes la mataron junto con toda la gente de la que ella se había preocupado. El niño, a los seis años—esto fue en la época en que dibujaba pájaros maravillosos de manos y pies humanos, y sufría de insomnio como un hombre adulto. Su primo, ahora un famoso jugador de ajedrez. El niño de nuevo, a los ocho años, ya difícil de entender, asustado por el papel mural del pasillo, asustado por cierta ilustración en un libro que sólo mostraba un paisaje idílico con rocas en una colina y una rueda vieja de carreta colgando de la rama de un árbol deshojado. Esta era a los diez años—el año que se fueron de Europa.

Peter Bruegel, el viejo.

Peter Bruegel, el viejo. “El triunfo de la muerte”

Ella recuerda la vergüenza, la lástima, las dificultades humillantes del viaje, y los niños feos, malvados, retrasados, con los que estuvo en la escuela especial donde lo pusieron después de llegar a América. Y luego vino una época en la vida del niño, que coincidió con la larga convalescencia de una pulmonía, en que esas pequeñas fobias suyas, que sus padres habían porfiadamente considerado como las excentricidades de un niño prodigiosamente dotado, se endurecieron, por decirlo así, en un denso enredo de delirios que interactuaban lógicamente, haciéndolos completamente inaccesibles a una mente normal.

Ella ya se había resignado a todo esto, y mucho más, porque, después de todo, vivir significa aceptar la pérdida de una alegría tras otra, ni siquiera alegrías, en su caso, sino meras posibilidades de mejoría. Pensó en las recurrentes oleadas de dolor que por alguna razón u otra ella y su marido habían tenido que soportar; en los gigantes invisibles que le hacían daño a su hijo de alguna manera inimaginable; en la cantidad incalculable de ternura contenida en el mundo; en el destino de esa ternura, ya sea aplastada o malgastada, o transformada en locura; en niños sin cuidar tararéandose a sí mismos en rincones sucios; en bellas malezas que no se pueden esconder del labrador.

Era casi la medianoche cuando, desde la sala, oyó gemir a su marido, y en seguida él entró trastabillando, vistiendo sobre su camisa de dormir el viejo abrigo de cuello de astrakán que tanto prefería por sobre su bonita bata azul.

—¡No puedo dormir!—gritó.

—¿Por qué no puedes dormir?—preguntó ella—Estabas tan cansado.

—No puedo dormir porque me estoy muriendo—dijo él, y se tendió en el sofá.

—¿Es el estómago? ¿Quieres que llame al doctor Solov?

—Doctores no, doctores no—gimió —¡al diablo con los doctores! Tenemos que sacarlo de ahí rápido. De otra manera, nosotros somos responsables… ¡Responsables!

Se precipitó a sentarse, con los dos pies en el suelo, y se golpeaba la frente con su puño apretado.

—Bien—dijo ella suavemente—Mañana en la mañana lo traemos a casa.

—Quisiera un poco de té—dijo su marido, y salió al baño.

Agachándose con dificultad, ella recogió algunos naipes y una fotografía o dos que habían caído al suelo—el jack de corazones, el nueve de picas, el as de picas, la criada Elsa y su novio bestial. Él regresó de buen ánimo, exclamando, “ya lo tengo todo planeado. Le vamos a dar el dormitorio. Nosotros nos vamos a turnar para pasar parte de la noche cerca de él y la otra parte en este sofá. Haremos que lo vea el doctor por lo menos dos veces por semana. No importa lo que diga “El Príncipe”. No va a decir nada, de todos modos, porque va a salir más barato”.

Sonó el teléfono. Era una hora muy poco usual para que sonara. Él se quedó de pie en medio de la sala, buscando con el pie la pantufla que se le había salido, e infantilmente, desdentadamente, se quedó mirando a su mujer. Como sabía más inglés que él, era quien atendía las llamadas telefónicas.

—¿Puedo hablar con Charlie?—le dijo la vocecita opaca de una niña.

—¿Qué número quiere? … No, tiene el número equivocado.

Colgó el auricular suavemente y la mano se le fue al corazón.

—Me asustó—dijo.

Él le respondió con una sonrisa rápida y de inmediato reinició su entusiasta monólogo. Lo irían a buscar apenas despuntara el día. Por su propio bien, guardarían todos los cuchillos en un cajón con llave. Aun en sus peores momentos, nunca fue un peligro para los demás.

El teléfono sonó de nuevo.

La misma vocecita monótona, ansiosa, preguntó otra vez por Charlie.

—Tiene el número equivocado. Le voy a decir lo que está haciendo. Está discando la letra “o” en vez del cero—y le colgó de nuevo.

Se sentaron a tomar su inesperado, festivo té de medianoche. Él sorbía ruidosamente; tenía la cara colorada; de vez en cuando levantaba su vaso en un movimiento circular, como para que el azúcar se terminara de disolver. La vena del costado de su cabeza calva se destacaba notoriamente, y se veían pelos plateados en su barbilla. El regalo de cumpleaños estaba en la mesa. Mientras ella le llenaba otro vaso de té, él se puso los anteojos y reexaminó con placer los frasquitos luminosos, amarillos, verdes y rojos. Sus labios torpes y húmedos deletreaban las elocuentes etiquetas—damasco, uva, ciruela costina, membrillo. Había llegado a manzana silvestre cuando el teléfono sonó una vez más.


Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?

¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana

Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji

Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi

Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku

Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote

La línea Yamanote

Elogio del resentimiento

Aquí me asumo, en efecto, como un resentido. En el idiolecto chileno, para agregarle intensidad al epíteto hay que sumarle un sustantivo, el sujeto de la mancilla, del menoscabo: un tipo resentido, o mejor aún, un huevón resentido. Proclamo mi resentimiento con cierto orgullo, alegremente si me apuran, y estoy dispuesto a conceder altiro el punto si me acusan de resentido, o si me lo achacan tácitamente. Podrá parecer sospechoso que a un resentido le dé por celebrar su condición, pero la verdad es que nosotros los resentidos somos, en el fondo, gente jovial y dada a la verbena.

livre_d_art_eloge_de_la_folie560Ya que nadie más lo va a hacer, quisiera aprovechar de ofrecer mi propio elogio del resentimiento. Erasmo de Rotterdam, que no era ningún tonto, se alivianó la tarea describiendo la necedad de manera tan laxa que a los traductores no les fue difícil brutalizar sus ideas. Así es como la estulticia original, materia complicada y profunda, se transformó en una simplona y payasesca locura. Por lo tanto, prefiero no definir qué es el resentimiento, porque no quiero constreñir una condición que es compleja y vasta, tan compleja y tan vasta y tan incomprendida como la misma estupidez.

Hay plumas ilustres que lo intentaron y pagaron caro su fracaso: ahí están el cadáver fétido de Kierkegaard, la momia calva de Nietzsche, el cascarón de Scheler; he ahí el ataúd hediondo de Weber, la calavera estrábica de Sartre. Todos cayeron derrotados por el poderío irrefrenable de lo que ellos quisieron despachar como ressentiment, es decir, una especie de envidia glorificada, una simple comezón infantil de mala fe.

Quisiera más bien elogiar el resentimiento por sus efectos, por la eficacia viral con que los resentidos del mundo somos capaces de aunar la teoría y la práctica. Nuestra guerra de guerrillas está basada en dos movimientos tácticos esenciales: 1) el disimulo pertinaz que permite 2) la meditada ejecución de la revancha.

SONY DSCAcierta Alone, catador de poetas (resentidos, los mejores), cuando se refiere al resentimiento como “la llaga secreta”, la fuente matriz. Acierta también el historiador Mario Góngora cuando afirma que el resentimiento es el motor enérgico de la historia de América Latina. Tenemos que leer esa historia, nuestra historia de largos y sostenidos resentimientos, como una marcha abigarrada y multiforme, galope de muertos, caballos de sueños, con avances y retrocesos, hacia mejores formas de justicia. Los resentidos damos por sentado que el respeto que se nos debe corresponde exactamente al respeto que se debe al derecho y sabemos que toda buena revancha es siempre preludio y corolario del imperio de la ley.

Así que brindo por el resentimiento, porque es la irisada agalla de mutante con que filtro las aguas servidas de la ex-patria mientras espero que vengan tiempos más justos, menos corruptos. Mi resentimiento es vino espeso, es sangre, es la tinta que gotea de estas líneas sin destino ni remitente fijo, estos comentarios reales de mestizo, este manojo de mala yerba de peladero, estos recados tomados de mal talante. Mi resentimiento es la batería recargable de estas querellas.

Dicho de manera simple y risueña, mi resentimiento –no es sólo mío, somos legión, y lo que sigue debería leerse todo en primera persona del plural– es sagrado porque a mí me aúpa y a otros los asusta, los repele, les levanta espléndidas ronchas de mala conciencia por el cuerpo.

monosResentidos de mi país, hagamos chasquear nuestras cortaplumas, salgamos del closet a mano armada, porque si hay una cosa cierta en lo que dice el enemigo, es que el resentimiento es bilis y veneno que carcome al que lo siente. Pero sólo si se reniega de él, si se lo disimula demasiado. Molestemos con nuestro resentimiento, dejemos constancia de que, sin nuestra anuencia, la patria, su consenso y sus ordenanzas son un compendio de ficciones muertas, poco más que una serie de alianzas endogámicas, un prolongado simulacro, boato, pura ceremonia.

A los momios les advierto que el verdadero resentimiento es vital y fecundo y por eso no puede ser humilde. A los otros, a los que se creen buenos y quieren ser nuestros aliados, a los que les encanta emocionarse en nuestros funerales, hay que aclararles que el resentimiento es más potente y más difícil que la solidaridad. Más aún: el resentimiento es la condición sine qua non de la verdadera solidaridad, la que no admite atajos, la que se caga, si hay que hacerlo, en las buenas intenciones y en las coronas de caridad.

El resentimiento no es envidia, sino goce lúcido –y lúdico– de lo que se puede potenciar. El resentimiento, aunque imite sus formas, no es rabia destilada, incorpórea, ni rencor, ni odio vulgar, ni tampoco hostilidad, sino reconocimiento sentido y palpable de la propia valía, de lo inalienable, de lo propio, de este cuerpo y estas manos y estos ojos achinados y esta ropa de mal gusto. El resentimiento es pulcritud espiritual. Denme un punto de apoyo y con este resentimiento muevo el mundo.

El muerto Scheler decía que el resentimiento es el auto-envenenamiento de la mente; el muerto Nietzsche decía que todo super-hombre es incapaz de resentirse por más de quince minutos. Yo declaro desde las antípodas chilenas que el resentimiento es y será mi guardaespaldas implacable.

Coda y respiro y bálsamo

Gabriela Mistral, con sus ojos de huemul, ojos de agua atenta, dice que el territorio de la patria debe mirarse siempre así: “como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad”. Lo escribe, resentida, a sabiendas de que su segundo cuerpo era negado y borrado por la patria, sabiéndose enamorada de un país que le tenía vedado tomarse libertades con la primera persona del plural.gabriela-dana

De “Antípodas”, Cuarto Propio, 2014

El arte de la fuga de Alberto Guerrero

Dirán que la suerte fue mía y no de Glenn. No interesa. Puñaladas por la espalda, a mansalva y sobre seguro. Cómo se va a defender uno. Imposible. Pupilo genio, dicen, profesor famoso. Tienta pensar así, para apocar, menoscabar, pero no es cierto, no es cierto, señor [ruido exterior, motor de automóvil o motocicleta que pasa]… Glenn tenía muchas cosas que aprender y yo se las enseñé, nadie más, nadie más que yo se las enseñó. Y mire que venía con mañas que tuve que matar una por una. Mañas de autodidacta, atajos que llevan a precipicios.

Glenn_Gould_and_Alberto_Guerrero

Alberto Guerrero y su discípulo Glenn Gould

Más difícil que fácil es ser profesor de un genio, hay que tener delicadeza, cosa que yo nunca tuve en abundancia, lo que tengo yo es perseverancia, soy porfiado. Glenn me enseñó a ser su profesor, yo aprendí con él a guiarlo. ¿O alguien cree que con su temperamento se hubiese quedado tranquilo perdiendo el tiempo con un mediocre, por mucho afecto que me tuviera? La respuesta es no, por nada del [voces, puerta que se abre y se cierra con estrépito, silencio 8 segundos]… Nada, hizo nunca en la vida por obligación, es claro que “no” es la respuesta.

Respire con el piano, Glenn, respire con el piano, las cuerdas son un pulmón que vibra, usted toca una y suenan todas, ponga la oreja en la madera, ponga la mano en la madera, siéntese así, siéntese asá, busque la altura justa para que ese viento que es la música le vuele en la cara, deje que lo acaricie, déjese tocar por el sonido, déjese, abrazado en su tibieza, déjese refrescar, busque la temperatura justa con la piel. …[espacio en blanco de 12 segundos, el golpeteo de la cinta al girar]…, las manos, las manos… [espacio de tres segundos, voces ininteligibles, un metrónomo de péndulo que se acelera y vuelve al ritmo inicial] eso hay que decirlo después, antes tengo que contar cómo nos conocimos y en qué circunstancias.

Lo conocí una noche de perros, el peor hielo de fines octubre, los pies helados, la fiebre que me consumía, las náuseas en el comedor, la sonrisa de fierro que tuve que poner antes de los postres, la salita middle class, el recital del niño genio que me mostraban como si yo tuviera que estar agradecido. Y el niño no sabía nada, nada de nada, sabía mover los deditos, sabía la mecánica del negocio, tenía un oído límpido, conocía los sonidos, pero no sabía nada de ellos, saber y conocer, la gran diferencia en que yo pensaba, sin decírselo jamás, ni cuando me negó, saber y conocer, saber y conocer, apenas hablaba francés él, no sabía bien lo que yo estaba diciendo y a mí el inglés en ese tiempo no se me daba tan bien.

Cinco siglos de música le voy a dar a este muchachito, eso es lo que yo le voy a dar, y ese pensamiento me ancla, me da el ánimo en esa primera noche helada en que glenngouldperrolo voy a conocer, cuando me llevan a esa casa como quien lleva a un perro nuevo, recién comprado, un [incomprensible, estática] que mueve la cola más por miedo que por amabilidad innata. ¿Quién era el perro? A veces creo que yo era el perro, pero a veces pienso que el perro nuevo era Glenn. Fue una noche de perros. Perros ladrando de frío o de timidez.

Me van a preguntar cómo lo hice, y yo tengo que decir que con cabeza, porque el buen músico no puede ser tonto, hay una inteligencia de orden mayor en la mejor música, hay maña, en el buen sentido de la palabra, hay lo que yo llamaría [incomprensible] si pudiera usar esa palabra, cosa que no puedo hacer, puesto que como bien se sabe esta disertación tendrá que ser traducida al inglés, y la palabra [incomprensible]  no tiene equivalente en este idioma.

Mire, Glenn se sienta al piano después de los postres y lo hacen tocar. Pienso bien dónde voy a ubicarme para oírlo, y elijo el costado izquierdo, para darme cuenta desde ahí qué puntos calza el niño maravilla. Y ahí es cuando veo la zurda, la deja baja, agazapada, flojeando, y siento el murmullo de [incomprensible] que le sale de entre los labios al tocar, y veo cómo martilla con la mano entera, pudiendo mover cuando quería cada dedo, entiendo que me está probando, y veo cómo cruza las manos por molestar, y cómo planta los pies en el suelo, despreciando los pedales, pateando los pedales, veo cómo se pone a tocar con las piernas cruzadas, como neurasténico, como esos jazzistas que le pegan al piano con los antebrazos, se puso a transponer piezas de improviso, como si no costara nada, con un ligero desplazamiento del punto de origen, lo hizo con Scarlatti, con Les Six, con un par de Variaciones. Eso es lo que veo, lo que me muestra, apenas oigo nada, apenas me interesa escuchar, oír y escuchar, ésa es otra diferencia que yo le expliqué, el la sabía, pero yo se la hice método, disciplina, forma.

Acepto la oferta en voz alta, el padre asiente con una sonrisa, la madre se frota las manos, Glenn me mira con aire divertido, creyéndome inofensivo, sin saber que yo había entendido perfectamente lo que acababa de hacer. Pasamos a la salita a tomar el café y unas masitas. Glenn nos da las buenas noches. Hablamos de naderías, de mi país natal, de los hielos de Patagonia. Me doy cuenta de que nadie tiene la menor idea de la Patagonia, ni menos yo. Yo menos que ninguno de ellos, pero de eso hablamos por largo rato, de los glaciares azules, de estepas barridas por el viento, de bosques que por el viento no conocen la verticalidad. Me voy manejando a mi casa en las calles cubiertas de hielo, bordeando ese lago horrendo. Llego tarde y me acuesto de mal humor, eso lo sé porque casi nunca me acuesto de otra manera, y esa noche fue peor porque no pude tocar una tecla. El único que tocó fue Glenn en la noche de perros y hielos. Haber tocado después de mi pupilo hubiese sido un gran error. Pasé esa noche tiritando de fiebre.

Busque con la piel la temperatura justa, déjese consolar, la tibieza que lo abrace, déjese, por el sonido déjese tocar, acarícielo, sienta en la cara la música como el viento, levántese a la altura justa, siéntalo, Glenn, sienta en la madera la mano, en la madera el oído, las cuerdas son un pulmón que vibra, respire con el piano, Glenn, con el piano, respire.

El niño Glenn me niega ahora, ya tiene 19 años, está grande y reniega de mí, dice que le repugna la emoción y quiere hacerse cerebro, cuando yo no he sido nada sino cerebro para su corazón canadiense, con mi hielo de la Patagonia lo he hecho témpano de mi témpano, iceberg de mi iceberg, glacial de mi glacial, sonrisa y venia de mi civilidad antigua, chilena, congelada, una máscara de metal y debajo el odio, la sospecha, la generosidad raída, la roña, el ser hacia adentro, eso se lo he dado yo, sin que se diera cuenta, lo que creerá suyo es mío realmente.

Todo ese hielo negro, esa nieve anquilosada, todo eso se lo di yo en aras del arte, lo dejé que saliera, porque quién sabe qué rabias habría debajo, quizás qué fuerzas huracanadas en tanto viento polar. Viento ártico con mi ojo antártico. Sus dedos frígidos para mi hielo austral. El niño premasturbatorio confunde la frialdad con la falta de emociones, pero yo sé, por venir de donde vengo, que nada puede estar más lejos de la verdad. Glenn me necesita de modelo y de enemigo, y darme cuenta de eso es, siempre será, mérito mío, el fruto de noches enteras mirando cómo la nieve se acumula en mi patio de profesor inmigrante, el fruto de mis odios metálicos, resplandecientes como el hielo del Ontario, el fruto límpido de la fuga de las horas mirando los cristales de mi ventana, tocando mis fugas con la punta de los dedos fríos hasta que me quedo dormido.

Dirá ahora que la suerte es mía, eso dirá Glenn, lo que dicen todos. No me interesa nada, son cuchilladas de pupilo genio, ¿no es cierto?, es ruido que hay que filtrar, dejar afuera, el ruido de la calle que no interesa. Yo le enseñé lo que tenía que aprender un genio, cosa no fácil, tuve que recurrir a la delicadeza que yo ya había casi perdido a punta de tanta lejanía, y con ella lo guié, para que no perdiera el tiempo, para que me tuviera afecto, para que la música no fuera jamás una obligación, sino una urgencia, la urgencia más grande de su vida. Qué suerte ni que nada. Nada es suerte, qué suerte ni nada, suerte: nada, qué suerte, el puro qué dirán.

Forma, método, disciplina. Explico la diferencia entre escuchar y oír, listening and hearing, lissen, lissen, hear, here, nada veo, eso es todo lo que importa. Ni la histeria, ni las piernas cruzadas, ni los pedales despreciados, sueltos a patadas, los brazos que se cruzan por encima del teclado, el golpeteo y el martilleo preciso que aprendió de mí, el canto sordo que le sale de la garganta, el pulso de la música en su mano agazapada, la zurda floja que flota en el teclado para que la vean, para que todos sepan que también es parte de la forma, que se note que tocar el pianoforte nunca más será lo mismo. [Ruido de motocicletas. Portazos que se van alejando]

Repetirán que la suerte no es de Glenn sino mía, hasta el cansancio, [cristales rotos] y no va a faltar el que lo crea.

[Cinta 8, AgfaSon 3/4, 03m42m-20m05s, splice 4m40s-4m55s
Transcripción 1 G Meredith, rev/rcs 2/2015]

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