Coyote v. Acme

La traducción de esta semana es un scherzo escrito por Ian Frazier y publicado en The New Yorker el 26 de febrero de 1990. No es una pieza literaria en sí, pero destila un evidente rigor en la escritura; esta combinación de liviandad y primor en el lenguaje me resulta refrescante. El estilo de la pieza de Frazier se inscribe dentro del género misceláneo típico suyo y de secciones de la revista en que escribió por décadas. En este texto, gran parte de la complicidad que forma con el lector está hecha de una experiencia narrativa en otro medio, la televisión: la múltiple saga del Coyote en procura del Correcaminos. Por lo tanto, depende para accionar sus imágenes de la activación de una bomba Acme de recuerdos de infancia frente al televisor.1500524

“Coyote v. Acme” es una digna conclusión a un drama interminable. En lugar de pillar al maldito pájaro, el sufrido y tenaz Wile E. Coyote recurre a los tribunales y se querella, pero no en contra de su presa inalcanzable, sino de la infame empresa Acme, su proveedor de tretas y falso cómplice. Resistí la tentación de traducir el nombre de pila del querellante, que en inglés es Wile E., y que se pronuncia como wily, el epíteto que se le asigna al coyote y que quiere decir “astuto”, “ladino”, o en chileno, “pillo”. Bip, bip.

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WILE E. COYOTE, §
Querellante §
v. § DEMANDA EN LO CIVIL No. B19294
ACME COMPANY, §
Acusado §

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CORTE DISTRITAL DE LOS ESTADOS UNIDOS — DISTRITO SUROESTE DE ARIZONA
Tempe, Arizona. Preside la Jueza Joan Kujava

DECLARACIÓN PRELIMINAR DE HAROLD SCHOFF, ABOGADO DEL QUERELLANTE

El Sr. Abogado Schoff declara:

Mi representado, el Sr. Wile E. Coyote, residente de Arizona y estados contiguos, por medio de la presente acción, se querella por daños y perjuicios contra la compañía Acme, manufacturera y distribuidora al por menor de mercancías diversas, con sede en Delaware y filiales en todos los estados, distritos y territorios del país. El Sr. Coyote busca compensación por daños personales, pérdida de ingresos y graves daños mentales causados como resultado directo de las acciones o grave negligencia por parte de la susodicha empresa, bajo el Título 15 del Código de los EE.UU., Capítulo 47, sección 2072, inciso (a), relacionados con la responsabilidad penal del fabricante de productos.

El Sr. Coyote declara que, en ochenta y cinco ocasiones distintas, adquirió de la Compañía Acme (de aquí en adelante, la Parte Acusada), por medio del departamento de envíos por correo, ciertos productos que le causaron daño corporal debido a defectos de fabricación o etiquetado de advertencia inadecuado. Los recibos a nombre del Sr. Coyote están en posesión de la Corte, como prueba de compra, marcados como Prueba A. Tales daños corporales sufridos por el Sr. Coyote han restringido temporalmente su capacidad de ganarse la vida en la profesión de depredador. El Sr. Coyote es un trabajador independiente y por lo tanto no cuenta con derecho a Seguro Laboral.

El Sr. Coyote declara que el 13 de diciembre recibió de la Parte Acusada vía encomienda un Trineo Cohete Acme. La intención del Sr. Coyote era la de utilizar el trineo como ayuda en la persecución de su presa. Al recibir el Trineo Cohete, el Sr. Coyote lo extrajo de su cajón de flete y al avistar a su presa a cierta distancia, activó la ignición. Al sujetarse el Sr. Coyote del manubrio, el Trineo Cohete aceleró con una fuerza tan repentina y precipitada que extendió los miembros anteriores del Sr. Coyote a un largo de cinco metros. Subsecuentemente, el resto del cuerpo del Sr. Coyote fue impulsado hacia adelante con un sacudón violento, lo que causó una distensión severa de su cuello y espalda, y lo emplazó inesperadamente a horcajadas del Trineo Cohete. Desapareciendo en el horizonte a tal velocidad que dejó una estela de vapor en su trayectoria, el Trineo Cohete enseguida puso al Sr. Coyote por delante de su presa. En ese momento, el animal que perseguía giró violentamente a la derecha. El Sr. Coyote vigorosamente trató de seguir esta maniobra pero no pudo, debido al mal diseño e ingeniería del Trineo Cohete y a un sistema de guía fallado o inexistente. Poco después, la trayectoria ininterrumpida del Trineo Cohete lo llevó, junto con el Sr. Coyote, a colisionar con el costado de una meseta.

El Párrafo Primero del Informe del Médico a Cargo (Prueba B), preparada por el señor Ernst Grosscup, Doctor en Medicina y Ortodoncia, detalla las múltiples fracturas, contusiones y daño de tejidos sufridos por el Sr. Coyote como resultado de esta colisión. La cura de las heridas requirió un vendaje total de la cabeza (excluyendo las orejas), un soporte cervical, y enyesados completos o parciales en las cuatro extremidades. Impedido por estas lesiones, el Sr. Coyote se vio obligado, sin embargo, a proveerse por sí mismo. Con este fin en mente, le compró a la Parte Acusada, como ayuda para movilizarse, un par de Patines Cohete Acme. Cuando intentó usar este producto, sin embargo, se vio involucrado en un accidente notablemente similar al ocurrido con el Trineo Cohete. Para reiterar, la Parte Acusada le vendió, sin trámite y sin advertencia, un producto que unía potentes motores de propulsión a chorro (dos, en este caso) a vehículos inadecuados, sin provisión alguna para la seguridad del pasajero. Agobiado por sus pesadas escayolas de yeso, el Sr. Coyote perdió el control de los Patines Cohete poco después de amarrárselos, y colisionó con un letrero de la carretera tan violentamente que dejó en él un agujero con la forma de su silueta.

El Sr. Coyote declara asimismo que en ocasiones demasiado numerosas como para hacer un listado en este documento, ha sufrido percances con explosivos comprados a la Parte Acusada: el petardo “Pequeño Gigante” Acme, la Bomba Aérea Auto-dirigida Acme, etc. (Para un listado completo, ver el Catálogo Acme de Explosivos por Correo y testimonio adjunto, agregado como evidencia, Prueba C). De hecho, se puede afirmar con seguridad que ni en una sola oportunidad un explosivo comprado por el Sr. Coyote a la Parte Acusada se ha comportado de la forma esperada. Para citar sólo un ejemplo: con gran gasto de tiempo y esfuerzo personal, el Sr. Coyote construyó alrededor de la parte externa de una colina un deslizadero de madera que comenzaba en la cima del cerro y bajaba en espiral alrededor de él hasta llegar a una X negra pintada en el suelo del desierto. El deslizadero estaba hecho de tal manera que un explosivo esférico del tipo comercializado por la Parte Acusada rodara fácil y rápidamente hacia abajo, hasta llegar al punto de detonación indicado por la X. El Sr. Coyote dispuso una generosa cantidad de alpiste directamente sobre la X y luego, llevando la Bomba Acme esférica (#78 en el Catálogo), subió a la cima de la colina. La presa del Sr. Coyote, al percibir el alpiste, se aproximó, y el Sr. Coyote procedió a encender la mecha. En sólo un instante, la mecha se consumió hasta la base, causando la detonación de la bomba.

Además de reducir todas las cuidadosas preparaciones del Sr. Coyote a la nada, la detonación prematura del producto de la Parte Acusada ocasionó las siguientes desfiguraciones al Sr. Coyote:

  1. Chamuscado severo del pelaje de la cabeza, el cuello, y el hocico.
  2. Coloración cenicienta.
  3. Fractura de la oreja izquierda, en la base, causando que la oreja se balanceara con la reverberación y emitiera un sonido chirriante.
  4. Combustión total o parcial de los bigotes, con resultado de encrespamiento, alteración y desintegración en cenizas.
  5. Ensanchamiento radical de las órbitas oculares, debido a la carbonización de cejas y párpados.

Llegamos ahora a las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme. Lo que queda del par adquirido por el Sr. Coyote el 23 de junio constituye la pieza de evidencia D del querellante. Fragmentos seleccionados de ella fueron enviados a los laboratorios metalúrgicos de la Universidad de California en Santa Bárbara para ser analizados, pero a la fecha no se ha hallado explicación alguna para la súbita y extrema falla de funcionamiento de este producto. Tal como lo anuncia la Parte Acusada, este producto es de una simplicidad extrema: dos sandalias de madera y metal, cada una adherida a un resorte de acero templado de alta fuerza tensil y dispuesto en una posición fuertemente comprimida por medio de un mecanismo percutor atado a una cuerda que hace las veces de gatillo. El Sr. Coyote creía que este producto le permitiría abalanzarse sobre su presa en los momentos iniciales de la persecución, cuando los reflejos rápidos son más necesarios.

Para aumentar aún más el poder de propulsión de las zapatillas, el Sr. Coyote las apoyó contra el costado de una enorme roca. Adyacente a la roca había una senda por la cual la presa del Sr. Coyote solía pasearse. El Sr. Coyote puso sus extremidades traseras en las sandalias de madera y metal y se acuclilló en preparación, con su garra delantera sujetando firmemente la cuerda-gatillo. Dentro de un breve lapso, la presa del Sr. Coyote, de hecho, apareció por el camino, en dirección a él. Sin sospechar nada, la presa se detuvo cerca del Sr. Coyote, muy al alcance de los resortes extendidos. El Sr. Coyote midió la distancia con cuidado y procedió a tirar de la cuerda-gatillo. En este punto, el producto de la Parte Acusada debió haber impulsado al Sr. Coyote hacia adelante, en dirección contraria a la roca. En vez de eso, por razones que aún se desconocen, las Zapatillas a Propulsión de Resorte Acme se extendieron y empujaron la roca en dirección opuesta al SC. Mientras que la presa observaba esto, incólume, el Sr. Coyote colgaba suspendido en el aire. Luego los dos resortes se encogieron, haciendo colisionar violentamente la roca con los pies del SC, con el peso completo de su cabeza y tronco superior recargándose contra sus extremidades inferiores. La fuerza de este impacto luego hizo que los resortes rebotaran, y como resultado el Sr. Coyote fue proyectado hacia el cielo. Esto fue seguido de un segundo recogimiento y la correspondiente colisión. La roca, mientras tanto, que era aproximadamente de forma ovoide, había empezado a rebotar cuesta abajo, con el movimiento de los resortes aumentando su velocidad. Con cada rebote, el Sr. Coyote hacía contacto con la roca, o bien la roca hacía contacto con el Sr. Coyote. Como la cuesta era larga, este proceso continuó por bastante rato. La secuencia de colisiones tuvo como consecuencia un daño físico sistémico al Sr. Coyote, a saber: aplanamiento craneano, desplazamiento lateral de la lengua, reducción de la longitud de extremidades y torso, y compresión de las vértebras desde la base de la cola hasta la cabeza. La repetición de los golpes a lo largo de un eje vertical produjo una serie de pliegues horizontales en los tejidos corporales del querellante, una extraña y dolorosa condición que hizo que el Sr. Coyote se expandiera hacia arriba y se contrajera hacia abajo alternadamente al caminar, emitiendo un resuello como de acordeón desafinado con cada paso. La naturaleza distractiva y embarazosa de este síntoma ha sido un gran impedimento para el Sr. Coyote en su búsqueda de una vida social normal.

Como a esta corte sin duda le consta, la Parte Acusada tiene un virtual monopolio de la manufactura y venta de productos requeridos por el trabajo del Sr. Coyote. Nuestro planteamiento es que la Parte Acusada ha usado esta ventaja de mercado para detrimento del consumidor de productos tan especializados como el polvo pica-pica, volantines gigantes, trampas para tigres de Burma, yunques, y bandas elásticas de 60 metros. Por mucho que haya llegado a desconfiar de los productos de la Parte Acusada, el Sr. Coyote no cuenta con otro proveedor nacional. Uno se pregunta lo que nuestros socios comerciales de Europa occidental o Japón opinarán de una situación tal que a una compañía gigantesca se le permite victimizar al consumidor de la manera más irresponsable e indebida, una y otra vez. El Sr. Coyote respetuosamente solicita a la Corte que tome en consideración estas implicaciones económicas generales y que sancione a la Parte Acusada por daños en la cantidad de diecisiete millones de dólares. Además, el Sr. Coyote solicita sanción por daños efectivos (pérdida de alimentación, gastos médicos, días sin poder ejercer su ocupación profesional) en la cantidad de un millón de dólares; daños generales (sufrimiento sicológico, daño a la reputación) por veinte millones de dólares; y gastos de representación legal por setecientos cincuenta mil dólares. Al otorgarle al Sr. Coyote la cantidad total de lo solicitado, la corte castigará a la Parte Acusada, sus directores, ejecutivos, accionistas, herederos y asociados, en los únicos términos que entienden, y reafirmará el derecho que corresponde a todo depredador a la protección igualitaria ante la ley.

Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?
¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana
Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji
Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi
Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku
Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote
La línea Yamanote

El chacal de la trompeta

1976. Vuelvo a Chile a fines de invierno y me encuentro con que Santiago ya no es una ciudad sino un limbo distópico. Si alguna vez fue una unidad diversa, la capital se ha puesto mucho más arisca y se siente como un ensamblaje de espacios disconexos. El silencio establece su imperio en las calles, en las micros, en el reluciente metro que repta por debajo de la Alameda, desde La Moneda a Plaza Italia, un vaivén de gente pálida, entumida, en ropajes plomizos. metrovacioNo hay sólo mudez, sino un callar porfiado, más profundo que el silencio. Después de un año de ausencia, en el cual tanto añoré mi idioma y mi ciudad, me encuentro con las ruinas de un lenguaje y con un tren subterráneo que no lleva a ninguna parte. Las palabras están atenuadas, tan desfiguradas (o disfrazadas) que resultan irreconocibles. La prescindencia de palabras es una droga que me ayuda a mantener, si no la calma, cierta compostura, el disimulo indispensable.

La música que se toca en las radios o en las micros o en las calles suena como si estuviera con el tiempo contado, al borde de un abismo de silencio, como si los chacal_13músicos si se fueran a topar en cualquier momento con las notas del Chacal de la Trompeta. Y muchos nos preguntamos cómo vamos a reaccionar –si abandonamos a la primera o seguimos un poco, desafiantes, si nos va a dar rabia, vergüenza, pena o risa– cuando el verdugo enmascarado eleve su instrumento de tortura.

En mi liceo fiscal el miedo también ha consolidado su dominio. Es un terror organizado, provisto de método y de calendario, predecible y aburrido, pero no por eso menos eficiente. El ritual de sumisión frente a la bandera de los lunes sirve de molde para todas las interacciones en el colegio y fuera de él. Una kermesse, un campeonato de baby-fútbol, un examen semestral, una exposición de arte, todo se inicia o culmina en algún gesto de avasallamiento. Las genuflexiones a veces son silenciosas, pero a veces vienen acompañadas de aspavientos y gesticulaciones propios del teatro del absurdo.

El currículum ha revertido a la Edad Media; desaparece la educación sexual y en su lugar se nos enseña el modo correcto en que una buena madre oxigena la leche junto a una ventana abierta antes de servirla, o la forma en que un padre moneda de 10responsable sabe desarticular la subversión latente de una gotera o una invasión de hormigas o un tapón quemado. La economía de la domesticidad, la domesticidad de la economía. En las monedas nos increpa un ángel con tetas ennegrecidas que acaba de romper sus cadenas.

La clase de filosofía de los cuartos medios la hace un tipo que a veces llega en uniforme de la FACh y otras veces aparece vestido de cura. Filósofo malo, filósofo bueno. La directora llega al trabajo con la escolta armada de su marido militar. El inspector es un ex-tira que se pasea entre las filas de alumnos, revisando con regla que el pelo esté corto y que los jumpers estén largos. Su especialidad es detectar a los fonomímicos que boicoteamos la segunda estrofa de la Canción Nacional en el acto de los lunes, o a los que aumentan demasiado el volumen en la parte de “hagan siempre al tirano temblar”.

General Augusto Pinochet Meets Chileans–Oiga Castillo, ¿qué andaba haciendo en Estados Unidos si usted es comunista?

–No soy comunista, señor.

–Castillo, ¿usted sabe por qué me pusieron Columbo los alumnos?

–Porque usted nos tiene bien rochados, señor.

–Correcta la respuesta del concursante.

Ya en la universidad, tengo que hacerles clases particulares a niños que me llevan al borde del infanticidio. El único que me simpatiza es una niñita de apellido árabe que me muestra cómo adelanta el reloj para que la hora de clases no dure tanto. Una vez la hicimos de diez minutos y nadie se dio cuenta. Algunos fines de semana me dedico a vender las sillas plegables y colgadores que fabricaba mi padre. Los acarreo a pulso, rogando a los choferes para que me abran la puerta trasera. Intento vender la mercadería por un par de chauchas en las esquinas, cerca de los centros comerciales. Les hago el quite a los pacos todo el día y por mi silencio se diría que también evito importunar a los clientes; sólo hablo si me dirigen la palabra. No sé ofrecer la mercadería, no sé regatear cuando me ofrecen una miseria.

niñod dormido en microA la vuelta me azoto la cabeza contra la ventanilla de una micro, dormitando con un libro abierto entre los dedos sueltos, pendiente de no perder mi paradero, de que no me roben la mercadería.

El regreso a Chile no ha sido auspicioso. Me defiendo a duras penas de un asalto en un callejón, sin tener nada que entregarle al borracho que me muestra su TIFA y me pone el revólver de servicio bajo la nariz. Por mucho tiempo no me comunico con nadie. No sé contestar bien si otros me hablan. Me cuesta determinar si mis amigos me hablan en serio o en broma. Le tomo el gusto a andar en la orilla mala del toque de queda, aprendo cómo se desplazan las patrullas. Hasta diría que penetrar ese tiempo y espacio prohibidos es mi forma de arte, mi intervención en la noche santiaguina, con la cordillera de los Andes de trasfondo, ese témpano fosforescente y mudo.

_santiago de chile y la cordillera de los andes desde la cordillera de la costa-620x446
Saldo algunas cuentas, me despejo de obligaciones y apenas tengo la oportunidad me voy de nuevo de Chile, como quien sale a respirar después de sumergirse en un estero de aguas muertas. “No me voy”, digo en las fiestas de despedida, “simplemente voy”, pero me centellea en la boca la mentira.

De Antípodas

Elogio del resentimiento

Aquí me asumo, en efecto, como un resentido. En el idiolecto chileno, para agregarle intensidad al epíteto hay que sumarle un sustantivo, el sujeto de la mancilla, del menoscabo: un tipo resentido, o mejor aún, un huevón resentido. Proclamo mi resentimiento con cierto orgullo, alegremente si me apuran, y estoy dispuesto a conceder altiro el punto si me acusan de resentido, o si me lo achacan tácitamente. Podrá parecer sospechoso que a un resentido le dé por celebrar su condición, pero la verdad es que nosotros los resentidos somos, en el fondo, gente jovial y dada a la verbena.

livre_d_art_eloge_de_la_folie560Ya que nadie más lo va a hacer, quisiera aprovechar de ofrecer mi propio elogio del resentimiento. Erasmo de Rotterdam, que no era ningún tonto, se alivianó la tarea describiendo la necedad de manera tan laxa que a los traductores no les fue difícil brutalizar sus ideas. Así es como la estulticia original, materia complicada y profunda, se transformó en una simplona y payasesca locura. Por lo tanto, prefiero no definir qué es el resentimiento, porque no quiero constreñir una condición que es compleja y vasta, tan compleja y tan vasta y tan incomprendida como la misma estupidez.

Hay plumas ilustres que lo intentaron y pagaron caro su fracaso: ahí están el cadáver fétido de Kierkegaard, la momia calva de Nietzsche, el cascarón de Scheler; he ahí el ataúd hediondo de Weber, la calavera estrábica de Sartre. Todos cayeron derrotados por el poderío irrefrenable de lo que ellos quisieron despachar como ressentiment, es decir, una especie de envidia glorificada, una simple comezón infantil de mala fe.

Quisiera más bien elogiar el resentimiento por sus efectos, por la eficacia viral con que los resentidos del mundo somos capaces de aunar la teoría y la práctica. Nuestra guerra de guerrillas está basada en dos movimientos tácticos esenciales: 1) el disimulo pertinaz que permite 2) la meditada ejecución de la revancha.

SONY DSCAcierta Alone, catador de poetas (resentidos, los mejores), cuando se refiere al resentimiento como “la llaga secreta”, la fuente matriz. Acierta también el historiador Mario Góngora cuando afirma que el resentimiento es el motor enérgico de la historia de América Latina. Tenemos que leer esa historia, nuestra historia de largos y sostenidos resentimientos, como una marcha abigarrada y multiforme, galope de muertos, caballos de sueños, con avances y retrocesos, hacia mejores formas de justicia. Los resentidos damos por sentado que el respeto que se nos debe corresponde exactamente al respeto que se debe al derecho y sabemos que toda buena revancha es siempre preludio y corolario del imperio de la ley.

Así que brindo por el resentimiento, porque es la irisada agalla de mutante con que filtro las aguas servidas de la ex-patria mientras espero que vengan tiempos más justos, menos corruptos. Mi resentimiento es vino espeso, es sangre, es la tinta que gotea de estas líneas sin destino ni remitente fijo, estos comentarios reales de mestizo, este manojo de mala yerba de peladero, estos recados tomados de mal talante. Mi resentimiento es la batería recargable de estas querellas.

Dicho de manera simple y risueña, mi resentimiento –no es sólo mío, somos legión, y lo que sigue debería leerse todo en primera persona del plural– es sagrado porque a mí me aúpa y a otros los asusta, los repele, les levanta espléndidas ronchas de mala conciencia por el cuerpo.

monosResentidos de mi país, hagamos chasquear nuestras cortaplumas, salgamos del closet a mano armada, porque si hay una cosa cierta en lo que dice el enemigo, es que el resentimiento es bilis y veneno que carcome al que lo siente. Pero sólo si se reniega de él, si se lo disimula demasiado. Molestemos con nuestro resentimiento, dejemos constancia de que, sin nuestra anuencia, la patria, su consenso y sus ordenanzas son un compendio de ficciones muertas, poco más que una serie de alianzas endogámicas, un prolongado simulacro, boato, pura ceremonia.

A los momios les advierto que el verdadero resentimiento es vital y fecundo y por eso no puede ser humilde. A los otros, a los que se creen buenos y quieren ser nuestros aliados, a los que les encanta emocionarse en nuestros funerales, hay que aclararles que el resentimiento es más potente y más difícil que la solidaridad. Más aún: el resentimiento es la condición sine qua non de la verdadera solidaridad, la que no admite atajos, la que se caga, si hay que hacerlo, en las buenas intenciones y en las coronas de caridad.

El resentimiento no es envidia, sino goce lúcido –y lúdico– de lo que se puede potenciar. El resentimiento, aunque imite sus formas, no es rabia destilada, incorpórea, ni rencor, ni odio vulgar, ni tampoco hostilidad, sino reconocimiento sentido y palpable de la propia valía, de lo inalienable, de lo propio, de este cuerpo y estas manos y estos ojos achinados y esta ropa de mal gusto. El resentimiento es pulcritud espiritual. Denme un punto de apoyo y con este resentimiento muevo el mundo.

El muerto Scheler decía que el resentimiento es el auto-envenenamiento de la mente; el muerto Nietzsche decía que todo super-hombre es incapaz de resentirse por más de quince minutos. Yo declaro desde las antípodas chilenas que el resentimiento es y será mi guardaespaldas implacable.

Coda y respiro y bálsamo

Gabriela Mistral, con sus ojos de huemul, ojos de agua atenta, dice que el territorio de la patria debe mirarse siempre así: “como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad”. Lo escribe, resentida, a sabiendas de que su segundo cuerpo era negado y borrado por la patria, sabiéndose enamorada de un país que le tenía vedado tomarse libertades con la primera persona del plural.gabriela-dana

De “Antípodas”, Cuarto Propio, 2014

Oda al niño de la víbora

Para Hanan y Nour El-Youssef

Una vez, cuando era redactor itinerante de Let’s Go!, una guía turística para mochileros, fui a dar a una playa en el reino de Marruecos. Me sentía agotado después de semanas de viaje por montañas y desiertos marroquíes, en trenes sofocantes, en camiones cargados de naranjas de exportación y hasta en un camello que soltaba unos gases con olor a maní tostado cuando se veía afligido con la carga.

Corría el mes santo de Ramadán, cuando los musulmanes se abstienen de toda comida o bebida desde que sale el sol hasta que está tan oscuro –según la tradición– que el ojo no distingue un hilo blanco de un hilo negro. Me habían advertido que en zonas rurales, donde apenas se veían extranjeros, tomar agua o comer en público podía provocar reacciones violentas. En todas partes niño serpientelos fanáticos religiosos cuecen y obligan a comer de las mismas habas indigestas.Como premio por mis pellejerías, decidí despedirme del país de Hassan II alojándome en un hotel para turistas en el balneario de Agadir. Era un paraíso globalizado con vista al Atlántico; allí no se conocían las mochilas ni corría el Ramadán. Tenderse en la playa de arena blanca, gozando del mar, iba a ser el bálsamo perfecto para dejar atrás el tráfago, el regateo constante, la perpetua búsqueda de picadas donde comer o dormir, las fintas entre los vendedores de hashish en los laberintos de souks y medinas, el olor tercermundista de diésel y fritanga que me impregnaba. Con un sándwich y una lata de Fanta enrollada en mi toalla, me dispuse a desquitarme, en pleno día y recién duchado, de la sed y el hambre que había pasado por respeto a las supersticiones ajenas. Así que cerré los ojos, dejé que el sol me entibiara la piel, puse mis zapatillas como almohada, hice un hoyito en la arena para preservar la frialdad de mi bebida, y me dispuse a dormir. Ramada Inn –medité– era mucho mejor que Ramadán.

Estaba en ese estado transpuesto entre el sueño y la vigilia cuando oí una conmoción cercana, gritos en un idioma gutural. Un surfeador alemán y su polola le gritaban a un niño marroquí. El cabro tendría unos diez años y sostenía un balde de plástico rojo en una mano. Con la otra mano hacía gestos para tranquilizar a los dos turistas. “No problem. Kein Problem. Tranquillo, s’il vous plaît”, les decía, mientras ellos retrocedían, gritando.

Cuando me acerqué a copuchar, supe por qué los alemanes chillaban tanto. Enroscada en el fondo del balde, encima de unas hojas de diarios, moviendo sutilmente la cabeza de lado a lado y tanteando el aire con su lengua bífida, brillaba una víbora de color negro verdoso.

El cabro me confirmó, en una mezcla de francés, castellano e inglés, que era muy venenosa, pero que sólo mordía si uno la molestaba. Para demostrarlo, puso el balde encima de la toalla de los alemanes y pinchó a la serpiente con una rama seca. La culebra furiosa levantó su cabecita triangular y atacó la punta del palo con sus fauces abiertas. Con un movimiento igual de rápido, el niño agarró a la víbora por detrás de la cabeza, haciendo una pinza con el pulgar y el índice. Un líquido lechoso goteaba de los colmillos expuestos del bicho mientras el niño lo sostenía para que lo vieran los turistas. La serpiente se retorcía de rabia, coleteando. Los alemanes saltaron para atrás en la arena y subieron el tono de sus imprecaciones, como queriendo alertar a toda la playa.

El niño depositó el reptil de vuelta en el balde y me pidió que les explicara a los gringos que eso era una muestra de la naturaleza marroquí y que tenían que pagar por el privilegio de haberla visto en vivo y en directo. El alemán puso objeciones: ellos no habían pedido ver nada, no era justo. “Pero lo vieron igual”, dijo el niño y agarró otra vez la serpiente –agotada después de su feroz lucha contra el palo– para que se dieran cuenta de que gracias a su experto manejo nadie corría peligro. “Si quieren se la muestro de más cerca”. Los alemanes dieron un salto para atrás, recogieron sus cosas y arrancaron al hotel, lejos del microempresario del turismo ecológico. Lo único que soltaron fue una mirada rabiosa sobre el niño, que de refilón me tocó a mí por haber sido testigo o partícipe de su miedo, supongo, o por lo negro que me veía después de semanas bajo sol africano, vaya uno a saber.

La culebra cautiva, ya repuesta del trajín, se acomodó debajo del diario que estaba en el fondo del balde. El niño de la víbora se quedó mirándome, con ojos que eran dos cuchillitos negros, mientras yo volvía a tenderme a mi lugar. Me perdonó la vida, por el momento. En la playa quedaban grupos de nórdicos que se hacían los lesos ahora que el espectáculo había terminado. Creían que demostrar indiferencia los iba a salvar del niño de la víbora, pero se equivocaban.

Tendido de guata en la arena, vi cómo el chiquillo pasó ofreciendo su serpiente por todos los pequeños territorios que los turistas habían delimitado en la playa. En la resolana de la arena caliente, su silueta flacuchenta se recortaba nítida y temblorosa, como un espejismo. El show era siempre igual: preguntar la hora, mostrar la culebra, picanearla con el palo, extender el brazo para exhibir los colmillitos rezumando ponzoña. Todos se asustaban, pero nadie le daba un veinte, porque el niño conocía el arte de meter miedo, pero no sabía cobrar.

Cuando terminó su ronda, supe que me había llegado el turno a mí, que siento por las culebras una combinación visceral de odio y de terror. Cabrocu -pensé- no me jodai a mí, acuérdate que te defendí de los alemanes.

Me hizo el gesto universal de “dime la hora”, para saber en qué idioma hablarme. Me encogí de hombros, pero no hubo caso, porque hablando a lo Manu Chao igual me metió conversación. “España, l’Espagne, Spain”, dijo después de un rato de analizar mis pertenencias. Se puso en cuclillas en la arena y puso el balde con la culebra entre él y yo. Me senté despacito, en parte porque de puro miedo me dio una garrotera y en parte porque quería por lo menos presentar una actitud digna cuando me llegara la hora de caer mordido por un áspid en una playa africana. “No, España no”. La culebra sacaba y entraba la cabeza por debajo del diario, a centímetros de mis muslos, mientras el niño seguía nombrando países equivocados. Después de un rato se dio por vencido y me pidió que le dijera de dónde era. “Chile”, le dije, quizás en qué idioma.

Me acuerdo del olor que exhalaba cuando se me acercó, un aroma como el del pelaje del camellito peorro al que me había tenido que subir en el desierto de los beriberis. Era el olor acre y dulzón, universal, de un niño sudado. Sacó la culebra del balde (no es tan venenosa, me aclaró con un relámpago de sonrisa) y la liberó. La miramos alejarse unos metros haciendo eses sobre la arena, pero el pobre bicho no llegó lejos. Entonces el niño sacó el diario y me mostró una foto, diciendo “eh, eh, Chile”. Y en la foto estaba nada menos que Pablo Neruda, con su jockey y su poncho, en Isla Negra. El niño me preguntó si lo conocía, ya que era de mi país. En su mismo idioma Manu Chao, le dije que en persona no, pero que había estado en ese exacto roquerío frente al mar donde habían sacado la foto del poeta. Me dijo que en árabe poeta se decía sha’ir, y mientras escribía arabescos en la arena yo le conté que las rocas en Isla Negra tenían forma de animales.

El niño perdió interés, como hacen los niños cuando les cuentan como novedad algo que ellos ya sabían, o cuando les mienten sin gracia. “En Marruecos también las rocas tienen forma de animales”, dijo, como para cerrar el tema. Con sus deditos morenos recortó la foto del diario para dármela de recuerdo. Corrió luego con el balde a recuperar su serpiente, mimetizada entremedio de unos huiros. Recogió otro palito seco, se dio vuelta para despedirse y se fue caminando por la playa ese septiembre de Ramadán, aniversario de la muerte del poeta de la fotografía. Cuando lo vi por última vez, en el crepúsculo, el niño levantaba en sus manos no una flor, no una lámpara, sino una víbora.

(De Antípodas)