Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?

¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana

Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji

Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi

Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku

Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote

La línea Yamanote

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El chacal de la trompeta

1976. Vuelvo a Chile a fines de invierno y me encuentro con que Santiago ya no es una ciudad sino un limbo distópico. Si alguna vez fue una unidad diversa, la capital se ha puesto mucho más arisca y se siente como un ensamblaje de espacios disconexos. El silencio establece su imperio en las calles, en las micros, en el reluciente metro que repta por debajo de la Alameda, desde La Moneda a Plaza Italia, un vaivén de gente pálida, entumida, en ropajes plomizos. metrovacioNo hay sólo mudez, sino un callar porfiado, más profundo que el silencio. Después de un año de ausencia, en el cual tanto añoré mi idioma y mi ciudad, me encuentro con las ruinas de un lenguaje y con un tren subterráneo que no lleva a ninguna parte. Las palabras están atenuadas, tan desfiguradas (o disfrazadas) que resultan irreconocibles. La prescindencia de palabras es una droga que me ayuda a mantener, si no la calma, cierta compostura, el disimulo indispensable.

La música que se toca en las radios o en las micros o en las calles suena como si estuviera con el tiempo contado, al borde de un abismo de silencio, como si los chacal_13músicos si se fueran a topar en cualquier momento con las notas del Chacal de la Trompeta. Y muchos nos preguntamos cómo vamos a reaccionar –si abandonamos a la primera o seguimos un poco, desafiantes, si nos va a dar rabia, vergüenza, pena o risa– cuando el verdugo enmascarado eleve su instrumento de tortura.

En mi liceo fiscal el miedo también ha consolidado su dominio. Es un terror organizado, provisto de método y de calendario, predecible y aburrido, pero no por eso menos eficiente. El ritual de sumisión frente a la bandera de los lunes sirve de molde para todas las interacciones en el colegio y fuera de él. Una kermesse, un campeonato de baby-fútbol, un examen semestral, una exposición de arte, todo se inicia o culmina en algún gesto de avasallamiento. Las genuflexiones a veces son silenciosas, pero a veces vienen acompañadas de aspavientos y gesticulaciones propios del teatro del absurdo.

El currículum ha revertido a la Edad Media; desaparece la educación sexual y en su lugar se nos enseña el modo correcto en que una buena madre oxigena la leche junto a una ventana abierta antes de servirla, o la forma en que un padre moneda de 10responsable sabe desarticular la subversión latente de una gotera o una invasión de hormigas o un tapón quemado. La economía de la domesticidad, la domesticidad de la economía. En las monedas nos increpa un ángel con tetas ennegrecidas que acaba de romper sus cadenas.

La clase de filosofía de los cuartos medios la hace un tipo que a veces llega en uniforme de la FACh y otras veces aparece vestido de cura. Filósofo malo, filósofo bueno. La directora llega al trabajo con la escolta armada de su marido militar. El inspector es un ex-tira que se pasea entre las filas de alumnos, revisando con regla que el pelo esté corto y que los jumpers estén largos. Su especialidad es detectar a los fonomímicos que boicoteamos la segunda estrofa de la Canción Nacional en el acto de los lunes, o a los que aumentan demasiado el volumen en la parte de “hagan siempre al tirano temblar”.

General Augusto Pinochet Meets Chileans–Oiga Castillo, ¿qué andaba haciendo en Estados Unidos si usted es comunista?

–No soy comunista, señor.

–Castillo, ¿usted sabe por qué me pusieron Columbo los alumnos?

–Porque usted nos tiene bien rochados, señor.

–Correcta la respuesta del concursante.

Ya en la universidad, tengo que hacerles clases particulares a niños que me llevan al borde del infanticidio. El único que me simpatiza es una niñita de apellido árabe que me muestra cómo adelanta el reloj para que la hora de clases no dure tanto. Una vez la hicimos de diez minutos y nadie se dio cuenta. Algunos fines de semana me dedico a vender las sillas plegables y colgadores que fabricaba mi padre. Los acarreo a pulso, rogando a los choferes para que me abran la puerta trasera. Intento vender la mercadería por un par de chauchas en las esquinas, cerca de los centros comerciales. Les hago el quite a los pacos todo el día y por mi silencio se diría que también evito importunar a los clientes; sólo hablo si me dirigen la palabra. No sé ofrecer la mercadería, no sé regatear cuando me ofrecen una miseria.

niñod dormido en microA la vuelta me azoto la cabeza contra la ventanilla de una micro, dormitando con un libro abierto entre los dedos sueltos, pendiente de no perder mi paradero, de que no me roben la mercadería.

El regreso a Chile no ha sido auspicioso. Me defiendo a duras penas de un asalto en un callejón, sin tener nada que entregarle al borracho que me muestra su TIFA y me pone el revólver de servicio bajo la nariz. Por mucho tiempo no me comunico con nadie. No sé contestar bien si otros me hablan. Me cuesta determinar si mis amigos me hablan en serio o en broma. Le tomo el gusto a andar en la orilla mala del toque de queda, aprendo cómo se desplazan las patrullas. Hasta diría que penetrar ese tiempo y espacio prohibidos es mi forma de arte, mi intervención en la noche santiaguina, con la cordillera de los Andes de trasfondo, ese témpano fosforescente y mudo.

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Saldo algunas cuentas, me despejo de obligaciones y apenas tengo la oportunidad me voy de nuevo de Chile, como quien sale a respirar después de sumergirse en un estero de aguas muertas. “No me voy”, digo en las fiestas de despedida, “simplemente voy”, pero me centellea en la boca la mentira.

De Antípodas

Elogio del resentimiento

Aquí me asumo, en efecto, como un resentido. En el idiolecto chileno, para agregarle intensidad al epíteto hay que sumarle un sustantivo, el sujeto de la mancilla, del menoscabo: un tipo resentido, o mejor aún, un huevón resentido. Proclamo mi resentimiento con cierto orgullo, alegremente si me apuran, y estoy dispuesto a conceder altiro el punto si me acusan de resentido, o si me lo achacan tácitamente. Podrá parecer sospechoso que a un resentido le dé por celebrar su condición, pero la verdad es que nosotros los resentidos somos, en el fondo, gente jovial y dada a la verbena.

livre_d_art_eloge_de_la_folie560Ya que nadie más lo va a hacer, quisiera aprovechar de ofrecer mi propio elogio del resentimiento. Erasmo de Rotterdam, que no era ningún tonto, se alivianó la tarea describiendo la necedad de manera tan laxa que a los traductores no les fue difícil brutalizar sus ideas. Así es como la estulticia original, materia complicada y profunda, se transformó en una simplona y payasesca locura. Por lo tanto, prefiero no definir qué es el resentimiento, porque no quiero constreñir una condición que es compleja y vasta, tan compleja y tan vasta y tan incomprendida como la misma estupidez.

Hay plumas ilustres que lo intentaron y pagaron caro su fracaso: ahí están el cadáver fétido de Kierkegaard, la momia calva de Nietzsche, el cascarón de Scheler; he ahí el ataúd hediondo de Weber, la calavera estrábica de Sartre. Todos cayeron derrotados por el poderío irrefrenable de lo que ellos quisieron despachar como ressentiment, es decir, una especie de envidia glorificada, una simple comezón infantil de mala fe.

Quisiera más bien elogiar el resentimiento por sus efectos, por la eficacia viral con que los resentidos del mundo somos capaces de aunar la teoría y la práctica. Nuestra guerra de guerrillas está basada en dos movimientos tácticos esenciales: 1) el disimulo pertinaz que permite 2) la meditada ejecución de la revancha.

SONY DSCAcierta Alone, catador de poetas (resentidos, los mejores), cuando se refiere al resentimiento como “la llaga secreta”, la fuente matriz. Acierta también el historiador Mario Góngora cuando afirma que el resentimiento es el motor enérgico de la historia de América Latina. Tenemos que leer esa historia, nuestra historia de largos y sostenidos resentimientos, como una marcha abigarrada y multiforme, galope de muertos, caballos de sueños, con avances y retrocesos, hacia mejores formas de justicia. Los resentidos damos por sentado que el respeto que se nos debe corresponde exactamente al respeto que se debe al derecho y sabemos que toda buena revancha es siempre preludio y corolario del imperio de la ley.

Así que brindo por el resentimiento, porque es la irisada agalla de mutante con que filtro las aguas servidas de la ex-patria mientras espero que vengan tiempos más justos, menos corruptos. Mi resentimiento es vino espeso, es sangre, es la tinta que gotea de estas líneas sin destino ni remitente fijo, estos comentarios reales de mestizo, este manojo de mala yerba de peladero, estos recados tomados de mal talante. Mi resentimiento es la batería recargable de estas querellas.

Dicho de manera simple y risueña, mi resentimiento –no es sólo mío, somos legión, y lo que sigue debería leerse todo en primera persona del plural– es sagrado porque a mí me aúpa y a otros los asusta, los repele, les levanta espléndidas ronchas de mala conciencia por el cuerpo.

monosResentidos de mi país, hagamos chasquear nuestras cortaplumas, salgamos del closet a mano armada, porque si hay una cosa cierta en lo que dice el enemigo, es que el resentimiento es bilis y veneno que carcome al que lo siente. Pero sólo si se reniega de él, si se lo disimula demasiado. Molestemos con nuestro resentimiento, dejemos constancia de que, sin nuestra anuencia, la patria, su consenso y sus ordenanzas son un compendio de ficciones muertas, poco más que una serie de alianzas endogámicas, un prolongado simulacro, boato, pura ceremonia.

A los momios les advierto que el verdadero resentimiento es vital y fecundo y por eso no puede ser humilde. A los otros, a los que se creen buenos y quieren ser nuestros aliados, a los que les encanta emocionarse en nuestros funerales, hay que aclararles que el resentimiento es más potente y más difícil que la solidaridad. Más aún: el resentimiento es la condición sine qua non de la verdadera solidaridad, la que no admite atajos, la que se caga, si hay que hacerlo, en las buenas intenciones y en las coronas de caridad.

El resentimiento no es envidia, sino goce lúcido –y lúdico– de lo que se puede potenciar. El resentimiento, aunque imite sus formas, no es rabia destilada, incorpórea, ni rencor, ni odio vulgar, ni tampoco hostilidad, sino reconocimiento sentido y palpable de la propia valía, de lo inalienable, de lo propio, de este cuerpo y estas manos y estos ojos achinados y esta ropa de mal gusto. El resentimiento es pulcritud espiritual. Denme un punto de apoyo y con este resentimiento muevo el mundo.

El muerto Scheler decía que el resentimiento es el auto-envenenamiento de la mente; el muerto Nietzsche decía que todo super-hombre es incapaz de resentirse por más de quince minutos. Yo declaro desde las antípodas chilenas que el resentimiento es y será mi guardaespaldas implacable.

Coda y respiro y bálsamo

Gabriela Mistral, con sus ojos de huemul, ojos de agua atenta, dice que el territorio de la patria debe mirarse siempre así: “como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad”. Lo escribe, resentida, a sabiendas de que su segundo cuerpo era negado y borrado por la patria, sabiéndose enamorada de un país que le tenía vedado tomarse libertades con la primera persona del plural.gabriela-dana

De “Antípodas”, Cuarto Propio, 2014

Oda al niño de la víbora

Para Hanan y Nour El-Youssef

Una vez, cuando era redactor itinerante de Let’s Go!, una guía turística para mochileros, fui a dar a una playa en el reino de Marruecos. Me sentía agotado después de semanas de viaje por montañas y desiertos marroquíes, en trenes sofocantes, en camiones cargados de naranjas de exportación y hasta en un camello que soltaba unos gases con olor a maní tostado cuando se veía afligido con la carga.

Corría el mes santo de Ramadán, cuando los musulmanes se abstienen de toda comida o bebida desde que sale el sol hasta que está tan oscuro –según la tradición– que el ojo no distingue un hilo blanco de un hilo negro. Me habían advertido que en zonas rurales, donde apenas se veían extranjeros, tomar agua o comer en público podía provocar reacciones violentas. En todas partes niño serpientelos fanáticos religiosos cuecen y obligan a comer de las mismas habas indigestas.Como premio por mis pellejerías, decidí despedirme del país de Hassan II alojándome en un hotel para turistas en el balneario de Agadir. Era un paraíso globalizado con vista al Atlántico; allí no se conocían las mochilas ni corría el Ramadán. Tenderse en la playa de arena blanca, gozando del mar, iba a ser el bálsamo perfecto para dejar atrás el tráfago, el regateo constante, la perpetua búsqueda de picadas donde comer o dormir, las fintas entre los vendedores de hashish en los laberintos de souks y medinas, el olor tercermundista de diésel y fritanga que me impregnaba. Con un sándwich y una lata de Fanta enrollada en mi toalla, me dispuse a desquitarme, en pleno día y recién duchado, de la sed y el hambre que había pasado por respeto a las supersticiones ajenas. Así que cerré los ojos, dejé que el sol me entibiara la piel, puse mis zapatillas como almohada, hice un hoyito en la arena para preservar la frialdad de mi bebida, y me dispuse a dormir. Ramada Inn –medité– era mucho mejor que Ramadán.

Estaba en ese estado transpuesto entre el sueño y la vigilia cuando oí una conmoción cercana, gritos en un idioma gutural. Un surfeador alemán y su polola le gritaban a un niño marroquí. El cabro tendría unos diez años y sostenía un balde de plástico rojo en una mano. Con la otra mano hacía gestos para tranquilizar a los dos turistas. “No problem. Kein Problem. Tranquillo, s’il vous plaît”, les decía, mientras ellos retrocedían, gritando.

Cuando me acerqué a copuchar, supe por qué los alemanes chillaban tanto. Enroscada en el fondo del balde, encima de unas hojas de diarios, moviendo sutilmente la cabeza de lado a lado y tanteando el aire con su lengua bífida, brillaba una víbora de color negro verdoso.

El cabro me confirmó, en una mezcla de francés, castellano e inglés, que era muy venenosa, pero que sólo mordía si uno la molestaba. Para demostrarlo, puso el balde encima de la toalla de los alemanes y pinchó a la serpiente con una rama seca. La culebra furiosa levantó su cabecita triangular y atacó la punta del palo con sus fauces abiertas. Con un movimiento igual de rápido, el niño agarró a la víbora por detrás de la cabeza, haciendo una pinza con el pulgar y el índice. Un líquido lechoso goteaba de los colmillos expuestos del bicho mientras el niño lo sostenía para que lo vieran los turistas. La serpiente se retorcía de rabia, coleteando. Los alemanes saltaron para atrás en la arena y subieron el tono de sus imprecaciones, como queriendo alertar a toda la playa.

El niño depositó el reptil de vuelta en el balde y me pidió que les explicara a los gringos que eso era una muestra de la naturaleza marroquí y que tenían que pagar por el privilegio de haberla visto en vivo y en directo. El alemán puso objeciones: ellos no habían pedido ver nada, no era justo. “Pero lo vieron igual”, dijo el niño y agarró otra vez la serpiente –agotada después de su feroz lucha contra el palo– para que se dieran cuenta de que gracias a su experto manejo nadie corría peligro. “Si quieren se la muestro de más cerca”. Los alemanes dieron un salto para atrás, recogieron sus cosas y arrancaron al hotel, lejos del microempresario del turismo ecológico. Lo único que soltaron fue una mirada rabiosa sobre el niño, que de refilón me tocó a mí por haber sido testigo o partícipe de su miedo, supongo, o por lo negro que me veía después de semanas bajo sol africano, vaya uno a saber.

La culebra cautiva, ya repuesta del trajín, se acomodó debajo del diario que estaba en el fondo del balde. El niño de la víbora se quedó mirándome, con ojos que eran dos cuchillitos negros, mientras yo volvía a tenderme a mi lugar. Me perdonó la vida, por el momento. En la playa quedaban grupos de nórdicos que se hacían los lesos ahora que el espectáculo había terminado. Creían que demostrar indiferencia los iba a salvar del niño de la víbora, pero se equivocaban.

Tendido de guata en la arena, vi cómo el chiquillo pasó ofreciendo su serpiente por todos los pequeños territorios que los turistas habían delimitado en la playa. En la resolana de la arena caliente, su silueta flacuchenta se recortaba nítida y temblorosa, como un espejismo. El show era siempre igual: preguntar la hora, mostrar la culebra, picanearla con el palo, extender el brazo para exhibir los colmillitos rezumando ponzoña. Todos se asustaban, pero nadie le daba un veinte, porque el niño conocía el arte de meter miedo, pero no sabía cobrar.

Cuando terminó su ronda, supe que me había llegado el turno a mí, que siento por las culebras una combinación visceral de odio y de terror. Cabrocu -pensé- no me jodai a mí, acuérdate que te defendí de los alemanes.

Me hizo el gesto universal de “dime la hora”, para saber en qué idioma hablarme. Me encogí de hombros, pero no hubo caso, porque hablando a lo Manu Chao igual me metió conversación. “España, l’Espagne, Spain”, dijo después de un rato de analizar mis pertenencias. Se puso en cuclillas en la arena y puso el balde con la culebra entre él y yo. Me senté despacito, en parte porque de puro miedo me dio una garrotera y en parte porque quería por lo menos presentar una actitud digna cuando me llegara la hora de caer mordido por un áspid en una playa africana. “No, España no”. La culebra sacaba y entraba la cabeza por debajo del diario, a centímetros de mis muslos, mientras el niño seguía nombrando países equivocados. Después de un rato se dio por vencido y me pidió que le dijera de dónde era. “Chile”, le dije, quizás en qué idioma.

Me acuerdo del olor que exhalaba cuando se me acercó, un aroma como el del pelaje del camellito peorro al que me había tenido que subir en el desierto de los beriberis. Era el olor acre y dulzón, universal, de un niño sudado. Sacó la culebra del balde (no es tan venenosa, me aclaró con un relámpago de sonrisa) y la liberó. La miramos alejarse unos metros haciendo eses sobre la arena, pero el pobre bicho no llegó lejos. Entonces el niño sacó el diario y me mostró una foto, diciendo “eh, eh, Chile”. Y en la foto estaba nada menos que Pablo Neruda, con su jockey y su poncho, en Isla Negra. El niño me preguntó si lo conocía, ya que era de mi país. En su mismo idioma Manu Chao, le dije que en persona no, pero que había estado en ese exacto roquerío frente al mar donde habían sacado la foto del poeta. Me dijo que en árabe poeta se decía sha’ir, y mientras escribía arabescos en la arena yo le conté que las rocas en Isla Negra tenían forma de animales.

El niño perdió interés, como hacen los niños cuando les cuentan como novedad algo que ellos ya sabían, o cuando les mienten sin gracia. “En Marruecos también las rocas tienen forma de animales”, dijo, como para cerrar el tema. Con sus deditos morenos recortó la foto del diario para dármela de recuerdo. Corrió luego con el balde a recuperar su serpiente, mimetizada entremedio de unos huiros. Recogió otro palito seco, se dio vuelta para despedirse y se fue caminando por la playa ese septiembre de Ramadán, aniversario de la muerte del poeta de la fotografía. Cuando lo vi por última vez, en el crepúsculo, el niño levantaba en sus manos no una flor, no una lámpara, sino una víbora.

(De Antípodas)

Chirigua

Mi familia se desperdigó después de que murieron las dos hermanas de mi mamá. Se desintegró entre los silencios y las reyertas cebadas por el alzhéimer, que más que una enfermedad es una seguidilla de crueldades y depredaciones. Se perdió la familia y se desvanecieron con ella hasta los objetos asociados con la vida en común, salvo minucias, remanentes sin vínculos: un pañuelo bordado con iniciales desconocidas, una figurita de porcelana de procedencia incierta, una cajita de lata con joyas de fantasía, un par de anteojos, un abrigo que no le queda bueno a nadie.

El objeto que más curiosidad me causó siempre fue la foto enmarcada del tío Nano, muerto quince años antes de que yo naciera. Era de esas clásicas fotografías de estudio que se encuentran en tantas casas chilenas, impresa en blanco y negro, en un marco semiovalado o tal vez octogonal. Colgaba en el dormitorio de mis abuelos, aunque a veces pasaba períodos en el comedor. Según mi mamá, a mi abuelo no le gustaba tenerla en su pieza, pero siempre volvía a su sitio, encima del velador de mi abuela, una especie de altar a su memoria. Por detrás, el marco tenía una tapa de cholguán o cartón oscuro, un papel estampado con una firma, una dedicatoria borrada y el timbre de un estudio ubicado en la calle Dos Sur de Talca.

Mi mamá, a estas alturas de su propio alzhéimer, no recuerda qué pasó con el retrato de su hermano mayor, solo vocea conjeturas. Seguramente Pedro o alguna de sus hijas se quedó con él, seguramente habrán vendido el marco, que era fino, seguro que la perdieron porque no sabían quién era, seguro que lo tienen botado por ahí. Es una estrategia parecida a la que usó toda la vida para ocultar que no sabía algo, para comprar algo de tiempo. Así aprendimos que toda conjetura de mi mamá se daba por cierta mientras no surgiera una refutación contundente. Sus hipótesis (palos de ciego, decía yo cuando me exasperaba) siempre fueron muy plausibles porque ella era experta en leer signos e indicios, por tenues que fueran, y porque era bien sagaz a la hora de organizar sus observaciones. Ahora sus conjeturas son de otra índole; en lugar de plantarse con seguridad frente la incertidumbre, avisan que vienen desprovistas de certeza. El indicio que usa como guía es el destello del recuerdo en el interlocutor. Cuando le hago una pregunta, me pide con los ojos que me acuerde yo, que conteste yo por ella, quiere leer en mis ojos sus recuerdos perdidos, para que le repita lo que ella alguna vez me contó y aferrarse a eso como la verdad.

No puedo exhortar a mi mamá a que se acuerde, porque para ella la memoria dejó de ser una facultad propia, para convertirse en algo tan ajeno a su control como el clima. Nadie sabe con seguridad si la cabeza le va a amanecer con sol o con neblina. Hay momentos en que las nubes se le aprietan en racimos negros y apenas dejan pasar algo de luz, pero todavía, por suerte –toco madera–, hay muchos momentos en que el cielo se le despeja y resplandece, diáfano, como recién llovido. No se preocupe, mamita –le dije la última vez que le pregunté por el retrato del tío Nano–, igual esa foto me la sé casi de memoria. Yo me sabía de memoria la cara de mi hermano –dijo–, pero ya no, a veces hasta se me olvida que tenía un hermano mayor, ahora me acordé porque usted me preguntó, tanto tiempo que nadie me lo nombraba.

De niño, tal vez para luchar contra la incomodidad de tener que lidiar con la presencia de ese tío muerto, yo pensaba que ese señor del marco octogonal no era de verdad pariente nuestro. No compartía ningún rasgo con mi madre o mis tías. Tampoco se parecía a su hermano menor, considerado –mediante la sistemática omisión de los piropos prodigados al resto– el feo de la familia. El tío Nano era buenmozo, afirmaban mi madre y mis dos tías, con la vehemencia risueña de las mujeres que no dudan de su propia belleza. En la foto no se veía tan buenmozo, pero seguro que sus hermanas no mentían, por la forma en que hablaban de él, por el efecto que según ellas tenía en quienes lo conocieron. De repente irrumpía en una pieza cantando y ensayando pasos de tango con un brazo a medio extender, la mano sobre el plexo solar, descamisado, con los suspensores sueltos y un cigarrillo apretado entre los labios, los ojos entrecerrados, centellas detrás del humo azul. A veces aparecía con el pelo hecho un remolino, mojado de sudor, la guerrera ploma de conscripto sin abrochar, los pantalones arremangados y los calamorros sueltos, después de una pichanga o una carrera en una plaza polvorienta. Venía sediento, voraz, regalón, vital, y su madre y sus hermanas se le prodigaban.

Las fotos de la familia de mi madre se cuentan con los dedos de una mano. La primera es de mi abuelo José del Carmen, en la plaza de Los Ángeles. Está a caballo, de chupalla andaluza y poncho de Castilla. Sabemos que es él porque siempre se nos ha dicho que es él, pero la verdad es que bien podría ser otra persona, otro huaso imponente, varonil y oscuro que por alguna razón (¿la usanza?, ¿un capricho?) optó por fotografiarse montado entre esos árboles sombríos.

La segunda es de mi mamá a los cinco o seis años, sacada poquito antes del terremoto de 1939, en un campo cerca de Chillán. La niña trata de disimular una rotura de su vestido adoptando una pose desafiante, con los brazos en jarra y el ceño fruncido por el sol.

Hay otra, tomada diez años más tarde, de mi mamá con su hermana Carmen, las dos de salida dominical. Llevaban dos años trabajando puertas adentro en Santiago al momento de pasear por esa plaza de Ñuñoa. Mi mamá tiene quince años y todavía se le nota en las mejillas la redondez lozana de la pubertad. Lleva cartera y unos zapatos de medio taco como los de la pata Daisy. Su hermana, que iba a ser la primera en morir de alzhéimer, tendría unos dieciséis o diecisiete años y se ve mucho mayor y más esbelta. Las dos están contentas y sonríen con el mismo grado de intensidad. Habían pasado cinco años desde el asesinato de su hermano Fernando.

En la foto siguiente (la última, me sobran dedos) ya han pasado casi diez años más. Mi mamá  parece una mezcla de Rita Hayworth y Lauren Bacall. En cambio, mi tía Carmen, la joven esbelta de la foto anterior, ya había empezado a desaparecer. Entre su marido y mis primos terminaron borrándola por completo, empezando por su ausencia de las fotos. Con el correr del tiempo la escondieron junto a los cuadernos en que ella, seguramente sintiendo que la memoria le empezaba a fallar, se había propuesto escribir sus recuerdos de infancia campesina. También están en esa foto mis abuelos: él, con la solemnidad distante de un evangélico recién convertido, y su mujer, irreconocible, con la cara de fastidio atávico con que salía en su cédula de identidad.

Y no me acuerdo de otras, tal vez haya una o dos más por ahí, pero eso es todo, no llegan a cinco o seis fotos en treinta años para una familia que llegó a tener once personas. De los nueve hijos, solamente cinco sobrevivieron los rigores de la infancia en el campo, y de estos, solo cuatro llegaron a viejos. Tal vez hasta sea mejor que entre tanta muerte hayan quedado tan pocos vestigios. Susan Sontag dice con tanta certeza que coleccionar fotografías es coleccionar el mundo, pero ella habla desde su optimismo moderno, tan norteamericano, tan vorazmente colonizador, y da por garantizados la abundancia, el acceso al lente y los procesos tecnológicos del primer mundo. En la escasez del Valle Central de Chile de mediados del siglo XX, sin embargo, una foto, sobre todo si es la única que tenemos de alguien, es parte del mundo solo en el sentido en que una sombra es parte del mundo. Una foto de estas, las fotos fantasmagóricas de mi familia, será siempre poco más que eso, el registro de una sombra, un ayudamemoria en la caverna; especialmente si está algo desenfocada, sin calibrar, impresa en papel quebradizo y coloreada a la diabla.

La seriedad de mi tío Nano en su retrato opacaba sus rasgos y proyectaba una sensación de lejanía y soledad contra la que yo tenía que luchar cada vez que la miraba. Es la cara de un muerto, tiene los ojos abiertos, pero está muerto, me decía a mí mismo. El miedo que sentía al encontrarme a solas con el retrato aumentaba cuando pensaba que en el momento de morir, Fernando debió haber sentido mucha pena y mucha rabia. Esa mudez airada, opaca y triste de la foto era para mí su forma de dejar constancia de una inconformidad eterna. Porque qué otra cosa va a sentir uno sino rabia cuando una noche de primavera, en la pista de baile de una quinta de recreo en Molina, provincia de Curicó, se le abalanza alguien que, simulando un esperado abrazo, le perfora el corazón de un solo puntazo de estilete.

Al momento de su muerte, Fernando Sandoval Valenzuela tenía veintidós o veintitrés años. Venía recién saliendo del servicio militar, donde, según varias versiones, habría conocido a su asesino. Era un muchacho de espaldas anchas, esbelto y de buena estatura, buen corredor y futbolista. «Bien hecho» era la expresión que usaba mi abuelita. Siempre andaba con la chanza en la boca. Casi siempre, corrige mi mamá, la regalona de su hermano mayor, porque un par de veces ella lo encontró llorando a solas, en la oscuridad del patio. Fernando heredó el temperamento extrovertido de mi abuela, criada en las hosterías y posadas camineras de Ñuble, Concepción y Biobío, donde una mujer tenía que saber usar la lengua como primera línea de defensa propia. Tal vez porque se le parecía en el carácter, su madre lo adoraba y lo consentía, y tal vez por eso Fernando nunca se llevó bien con mi abuelo, un hombre parco y sencillo que a veces se quedaba sin saber qué contestar frente a la ironía quemante y risueña de su mujer.

Era desordenado –palabra que contiene, por sí sola, todo un código– y por eso mi abuelo fue partidario de que hiciera el servicio militar. Mi mamá dice ahora, cuando amanece más desorientada, que ella cree que su hermano nunca hizo el servicio, pero la historia que contaban una y otra vez ella misma y sus hermanas la contradice. Al terminar su período como recluta, le pidieron que hiciera un curso de suboficial en Santiago. Su superior (un capitán, otras veces un teniente, quizás un sargento) había quedado impresionado con la entereza de Fernando. Sucede que un domingo en la noche, el conscripto Sandoval volvió al regimiento después de la salida reglamentaria con el brazo quebrado (mi tía Carmen decía que se había quebrado un pie, no un brazo). Cuando el oficial de guardia le preguntó qué le había pasado, el conscripto Sandoval confesó sin vacilar que había estado jugando fútbol, en violación directa de la norma. No lo castigaron demasiado, dice mi mamá, porque dijo la verdad.

Mi tío Pedro, el hermano menor, me dio a entender una vez –camino al estadio Santa Laura, donde siempre me llevaba cuando yo era adolescente– que le molestaba el culto al tío Nano, que se decían mentiras, que quizás en qué lesera andaría metido, que apostaría que la pierna no se la fracturó jugando a la pelota, que le andaba contando cuentos a todo el mundo, que era medio vividor, medio fresco, irresponsable, un gallo raro. Nunca más volvió a mencionar el tema, pero me sorprendió la revelación tan inesperada de un rencor tan fuerte. Lo más sorprendente no era el encono con que hablaba sino que Pedro apenas había alcanzado a conocer a su hermano mayor y aun así hablaba mal de él. Ese incidente me despertó la curiosidad y empecé hacer preguntas más específicas y sistemáticas. ¿Cómo murió el tío Nano? Siempre tuve la sospecha de que no había sido por enfermedad, porque las muertes por enfermedad se hablaban, no eran materia de rodeos. Desde niños oímos hablar de niños muertos en la familia de mi mamá, en particular de una hermanita que alcanzó a remontarse a duras penas a los cinco años y con cuyo recuerdo mi mamá invariablemente se conmovía, siempre mencionando que había sido muy enfermiza pero valiente hasta el final. Ahora no se acuerda cómo se llamaba esa niña que fue su compañera de juegos, y como yo no estoy seguro, no me atrevo a poner aquí su nombre.

De los detalles de la muerte del tío Nano nos fuimos enterando por retazos. Hay una extraña simetría entre la construcción de los recuerdos familiares y el proceso del olvido. De repente surgió la figura del asesinato. No padecía de ninguna enfermedad, al contrario, estaba en la plenitud vital de sus veintidós años. Lo mataron. Así, en abstracto, y de a poco se sumaron los detalles reveladores, que fue de noche, entre un viernes y un sábado o un sábado y un domingo. No se hablaba de los motivos y por un tiempo estuve convencido de que se había tratado de una muerte casi accidental, que él había estado en el lugar equivocado y que en la confusión de una riña le había llegado una estocada mortal.

Porque fue eso, una estocada, no un balazo ni una golpiza sino una estocada con un punzón que dejó una marca ridículamente pequeña en su pecho, un punto apenas discernible en la palidez de su pecho. De alguna manera que nunca ha sido precisada, mi madre, una niña de diez  años, vio el cuerpo de su hermano muerto. Se veía lindo, decía, con su pelito recién cortado, como si no le hubiera pasado nada, como si se fuera a despertar en cualquier momento. Yo no me acuerdo de haber hecho la pregunta, ni tengo la seguridad de que la haya hecho alguno de mis hermanos y hermanas, pero en algún momento tiene que haber surgido: ¿quién fue, quién lo mató? Con cada reiteración de la historia, la respuesta a esa pregunta nunca dejó de inquietarme: se sabía quién había sido, nadie lo dudaba. Cómo no se iba a saber, si fue en descubierto, delante de toda la concurrencia de una quinta de recreo, donde estaba medio Molina. En uno de los recuentos salió el nombre del asesino: un tal Aquiles. Nada más, ni una seña más, ni una descripción. Tiempo después se iba a añadir el detalle de que era un hombre de unos treinta años, conocido en la zona, dueño o futuro heredero de algunas propiedades. Detrás de todo se fue formando la presunción de que había una mujer en disputa. Si bien eso podía aclarar un poco la nebulosa alrededor de la muerte de mi tío, algo no cuadraba o quedaba incompleto.

Por la época en que mi mamá quinceañera se sacó la foto en la plaza junto con su hermana Carmen, cuenta, se subió a un tranvía Ferrocarril Oeste, de los que pasaban por la calle San Pablo. Iba en dirección oriente, hacia Mapocho. Llevaba una bolsa llena de recortes de tela, un encargo pesado e incómodo de manejar, y el tranvía iba lleno.

Logró subirse e intentó avanzar por el pasillo hacia un espacio más cómodo. De pronto, al detenerse el carro en la esquina de Matucana, sintió que la sangre se le iba de los brazos, dejó caer el paquete y tuvo la sensación de que se desvanecía. La sujetaron entre varios pasajeros y logró recuperarse. Para entonces, él la había visto, tal vez la reconoció o tal vez vio el destello de esos   ojos y a empujones, aterrorizado, buscó la salida. El carro se puso en marcha con rapidez y mi mamá empezó a gritar, ¡asesino, ahí está el asesino, ahí está el que mató a mi hermano, paren a ese asesino, el asesino! El hombre se abrió paso a golpes de hombro y codazos por el pasillo, pateó y forcejeó con la puerta hasta que la abrió lo suficiente para lanzarse al empedrado sin esperar que se detuviera el tranvía, como quien se arroja a un río. Mi mamá lo vio tirarse, lo vio caer, lo vio quedar tendido sobre los rieles sin un zapato, vio a los curiosos arremolinarse alrededor del cuerpo. El tranvía siguió su marcha.

Era él, lo reconocí, se llamaba Aquiles, estoy segura de que era él, mijo, ese infeliz, pero yo lo gritoneé bien gritoneado, le grité delante de la gente que era un asesino. Eso no se me va a olvidar nunca.

Me contó la historia de nuevo una tarde de otoño, hace unos meses, sentada en su cama, junto al velador donde guarda las fotos de sus hijos, especialmente las de sus dos hijos ausentes, los que nos fuimos a vivir lejos de Chile. Por la ventana entraba el sol dorado de mayo, bello pero mezquino de calor. Le leía a mi mamá partes del libro que tenía que lanzar esa misma noche, un libro escrito para ella, que fue la que me enseñó a leer, a escribir, y a entender por qué nos contamos historias entre nosotros. Por causa de ese libro había discordia en mi familia, se habían despertado desconfianzas y rencores entre hermanos, se habían formado bandos a favor y en contra de su publicación. Le leí la parte final, que es todo ella y su memoria, y mi mamá (olvidando que una de mis hermanas ya se la había leído, en el fragor de la disputa interna) disfrutaba de las palabras, se reía, agregaba datos, se transportaba a otro tiempo.

¿Eso lo escribió usted?, me preguntó.

Cerré el libro y seguimos conversando, hasta que, mirando fotos, nos encontramos hablando del tío Nano. Se parecía harto a ustedes, a su hermano sobre todo, era tan lindo, dijo. Me quedé callado, esperando que siguiera, sin esperar jamás que fuera a contar algo nunca dicho. Vi que tenía los ojos enrojecidos, las cejas coloradas de emoción. Dentro de mi abrazo la sentí muy chiquitita, como un pajarito. Se lo dije. Chirigua, así me decía mi hermano, chirigua –me contestó–, yo era su regalona, me acuerdo del último día que lo vi, nos vino a ver a la casa donde arrendábamos unas piezas, andaba feliz, le habían  pagado recién, le pidió a mi mamá que le planchara una camisa blanca y yo le dije «yo te la plancho», pero mi mamá no me dejó, porque en ese tiempo se planchaba a carbón. Él salió y yo quise salir con él, pero no me dejó porque iba a la peluquería, dijo que no era lugar para niñitas chicas. Yo lo seguí sin que se diera cuenta y lo miraba por una rendija que había en la pared de atrás de la peluquería. Lo vi entrar y sentarse en el sillón, rodeado de sus amigos que se reían de sus chistes mientras él los miraba por los espejos. Se echó para atrás para que le pasaran la navaja, pero seguía conversando y riéndose, echando tallas por todo. El peluquero le decía que se quedara tranquilo, pero todo eran risas. La gente andaba contenta en todo el pueblo, Molina se llamaba, porque se habían pagado de la cosecha de duraznos, todos nosotros nos pasábamos en eso, de temporeros en las cosechas, para allá y para acá nos llevaba mi papá, todos trabajábamos en eso, hasta yo que era chica. Lo miraba por esa rendija y lo veía tan contento. Tenía una fiesta en la noche, por eso quería su camisa blanca bien planchada y un buen corte de pelo.

Como a las tres, cuatro de la mañana oímos unos golpes terribles en la puerta y nos levantamos todos a ver qué pasaba. En la entrada estaban parados dos carabineros con sus mantas de Castilla, preguntando si había en la casa algún pariente de Fernando Sandoval Valenzuela. Sí, señor, yo soy el padre. ¿Y cómo se llama usted? José del Carmen Sandoval Vergara. Fernando Sandoval ha muerto. Así lo dijeron, a lo bruto, delante de todos nosotros, sin decir lo siento, nada. Fernando Sandoval ha muerto. En ese momento mi mamá se tiró al suelo, llorando a gritos que partían el alma y las hermanas nos pusimos a llorar también, pero nadie tanto como mi mamá, que gritaba ¡qué le hicieron, qué le hicieron a mi niño!, y lo llamaba.

Le pregunté, mamá, ¿por qué lo mató ese tipo, cómo lo conocía?, y ella, tal vez sin darse cuenta de que estaba revelando una dimensión que cambiaba toda la historia y que confirmaba lo que, a lo más, pudo haber sido una sospecha efímera, me lo dijo. Sí lo conocía, se conocían bien los dos, se querían mucho, se habían hecho amigos en el servicio militar, a veces lo llevaba a comer a la casa, parece que él también estaba en el regimiento de suboficial, eran muy amigos, estuvieron viviendo juntos, más de un año, vivían juntos hasta que mi hermano decidió que no quería nada más con él, porque era un tipo raro, posesivo, no quería que nadie se le acercara a mi hermano, no lo dejaba tranquilo, hasta que mi hermano se aburrió y se fue de esa casa, lo dejó no más y se fue a Molina Molinaa estar con nosotros para la cosecha, y de Talca llegó el Aquiles a buscarlo, averiguando por aquí y por allá dio con él, llegó esa noche a la quinta donde era la fiesta y ahí.

Así fue. Qué más quiere que le cuente. ¿Y no hubo una investigación, un juicio, mamá? No, nada, nada, no hubo nada de eso. Mi papá fue a reconocer el cuerpo pero nada más, no quiso hacer nada más, ni presentar ninguna acusación, y a la policía ese tipo de crímenes no le interesaba, mi hermano para ellos no era nadie. ¿Y dónde está enterrado mi tío? En Molina quedó, en la fosa común quedó, porque mi papá no quiso que se hiciera de otra manera, ni siquiera quiso ponerle un nicho, nada, se desentendió, no quiso enfrentar todo eso, lo que decía la gente de por qué lo habían matado, lo que se iba a decir si seguían averiguando, quiso taparlo todo y él era el que mandaba, así que de ahí nos fuimos, lo fuimos a dejar al cementerio y nunca más volvimos a Molina. Nunca le fuimos a dejar una flor.

Escucho por última vez las palabras de mi madre en la grabación subrepticia que le hice y luego las borro, despacio pero con convicción. Las borro porque me recuerdan que es inútil desear que las cosas hubieran sido de otra manera, inútil desear que el desamparo y el abandono final hubieran sido menos absolutos, inútil buscar en esta historia algún consuelo que sea permanente. Confirmo que las borro y termino de escribir esto con la esperanza tenue, deshilachada, de que estas páginas sean un sitio más justo para la memoria de Fernando Sandoval, para su corazón y su herida invisible, más digno que su fantasmagórico retrato o su tumba sin marcar. Luego llamo a mi mamá por teléfono. En el curso de la conversación comprendo que ella no se acuerda de haberme revelado ningún secreto. Entonces le leo lo último que escribo, mi regalo efímero: veo a mi tío Fernando en el sillón de una peluquería pintada color verde agua, riéndose a boca llena entre otros hombres, rodeado de espejos que concentran en él toda la luz de la primavera.

(Publicado en Revista Dossier No. 26, diciembre de 2014)

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