Aparece el fantasma

Hace una semana murió mi amigo Aryeh Kosman, quien despertó, sin proponérselo, mi curiosidad acerca de la casa en que vivo. Hasta entonces, yo nunca me había fijado demasiado en los lugares en que he vivido, que son muchos. En dos décadas en Chile, viví en tres casas, pero en Estados Unidos he pasado por decenas de lugares, en Nueva York, Ohio, Texas, Tennessee, Wisconsin, Massachusetts y Pensilvania. Sucuchos, casonas, departamentos sin luz, piezas de residencial, dormitorios estudiantiles, aposentos de sol y belleza; de todo. Siempre acepté, sin detenerme demasiado a pensarlo, que la vida del migrante no era otra cosa que un transitar sin chistar por espacios efímeros, dando por sentado que había algo virtuoso en esa precariedad desarraigada y desatenta. Conceptualizar la vida diaspórica de esa manera resolvía —borrándolo o soslayándolo con eficiencia— el fatigoso tema del hogar o de la ausencia del hogar. Había leído a Bachelard y su Poética de los espacios, pero por encima, enfocándome en la teoría, que es lo peor que uno puede hacer con un texto tan inspirado en la experiencia como ese.

Me explico mejor si cuento lo que pasó un día de noviembre de 2010, cuando los arrendatarios del piso de abajo de mi casa, la pintora Martha Armstrong y Alan, su marido, nos invitaron a cenar con ellos. Los comensales también incluían, para mi gran deleite, a Aryeh Kosman y su esposa, Deborah Roberts, con quien yo trabajaba en el departamento de Literatura Comparada. Aryeh, aparte de ser un tipo cariñoso y muy divertido, era también el intelectual más completo que conozco: autor de obras canónicas sobre Platón y Aristóteles, conocedor profundo del pensamiento occidental y de la tradición judía en particular y gran lector de ficción y de poesía en varios idiomas. Como dijo su hija Hannah  en la sinagoga el día después de su muerte, «todos los días era Pascua Judía si estaba Aryeh, porque las preguntas no cesaban». Cuando publiqué Antípodas, le regalé un ejemplar como gesto de amistad y cortesía, sin esperar jamás que lo fuera a leer. Al poco tiempo me hizo comentarios enjundiosos y excelentes preguntas, reconociendo que en algunas partes había tenido que consultar un diccionario.

Pero volvamos al tema. En cierto momento de esa cena Aryeh se volvió hacia mí y dijo, apuntando al techo:

—¿Tú sabes lo que pasó en el departamento de arriba, no?

—No, no sé, pero estoy seguro de que me lo vas a contar— le dije, medio nervioso, dándome cuenta de que Aryeh no tenía idea de que yo vivía ahí. En ese momento, tal vez al verme la cara, Deborah —quien sí sabía quién vivía en el departamento de arriba— le mandó a su marido una patada debajo de la mesa. Logró que se callara un momento, intrigado.

La dueña de casa intervino, diciendo que una casa tan vieja siempre tiene historias raras. Esa fue la señal para que Aryeh retomara su relato, sin importarle las dagas que Deborah le tiraba con la mirada.

—Un joven profesor de matemáticas vivía arriba, a finales de los setenta. Topología algebraica. Un día, la mente se le fue hacia el lado oscuro y no supo cómo volver.

Otra patada debajo de la mesa.

—Una historia trágica, te la cuento otro día, porque ahora no está el horno para esos bollos— me dijo Aryeh.

Al día siguiente nos tomamos un café en su oficina y me contó la historia del joven matemático suicida, mi fantasma.


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