Alumbra, lumbre de alumbre

Cuando uno se baja del avión en Ciudad de Guatemala, se da cuenta de que acaba de sobrevivir de milagro. En el descenso, las alas parecen rozar las montañas y las casuchas de cartón perdidas en la altura. Se ven perros en los peladeros ladrando con furia a cada avión que pasa. Un pequeño desvío, un golpe de timón mal calculado, sería la catástrofe. Al pisar la losa se ve que la pista es una tira ondulante de asfalto y cemento, apisonada encima de un cerro. Bajar ahí es como aterrizar en una montaña rusa. Me cuentan que todavía se ve la cola de un avión que pasó de largo hace un par de décadas y fue a dar a una población callampa. Una vez que sacaron los cadáveres de los pasajeros, dicen, los pobladores desvalijaron el avión, y un par de familias utilizan la carcasa como vivienda hasta el día de hoy.

Saliendo del aeropuerto uno se encuentra con dos realidades que no se tocan: la de los autos de lujo que recogen a los guatemaltecos acomodados y los pies pelados de los vendedores ambulantes, casi todos indígenas, que intentan sacarle un quetzal a los turistas. La luminosidad de las montañas se apaga al internarse uno en la ciudad de Guatemala. No se necesita andar con la disposición lóbrega para deprimirse con los contrastes: el neón neoliberal y la miseria indígena; los malls con precios en dólares y los muchachos que van dando tumbos por las calles, alcoholizados o drogados; el brillo anaranjado de la lava que baja de los volcanes y las noches ciegas de la ciudad capital del femicidio, donde las maras exigen su tributo cotidiano de sangre. “Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre”, comienza la gran novela de Miguel Ángel Asturias, El señor presidente, editada en 1946. Si se hubiera publicado hoy, tendría la misma frescura alucinante, porque en Guatemala la podredumbre es un olor vigente, el aroma que rezuma de su historia reciente.

Todo esto se me juntaba anoche en la cabeza mientras presenciaba, en una comida, un diálogo alucinante entre el actual embajador norteamericano en Guatemala y un líder indígena, sobreviviente de las masacres de la década de los 80. Los dos estaban de acuerdo sobre la importancia de revertir la impunidad de los autores intelectuales de las masacres. Proponían eliminar la exclusión y el racismo estructural e interpersonal de que son víctimas los mayas. Hablaban con igual fervor de incorporar a la constitución la variedad étnica de Guatemala.Proponían a una voz remodelar el entrenamiento de la policía para que ésta dejara de actuar como si fuera la guardia privada de los terratenientes no-indígenas. En ese momento, movido por el vino y la emoción, se me ocurrió brindar por este embajador tan progre y sugerir que si quería descansar pidiera el traslado a Chile, país justo, tranquilo y próspero, modelo de convivencia, copia feliz del Edén. “Alumbra, lumbre de alumbre”, me contestó alguien, y me zumbaron los oídos.

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