Palabras malditas: tribunales y debates

En todas partes del mundo los edificios de tribunales contienen una atmósfera rancia que no se disipa con nada. Ningún solvente químico se la puede con las emanaciones de los cuerpos que circulan en esos pasillos, sudando en secreto, queriéndose salir de la piel. Ni el mármol, ni las maderas nobles, ni la iluminación grandilocuente mitigan la sensación de ahogo que me producen estos lugares. Los evito como al diablo, pero el otro día me tocó estar una mañana entera en uno de ellos, esperando a que me llamaran a testificar en una causa perdida. El veredicto ya estaba dado, y tocaba dictar sentencia. Trajeron al reo, la persona en cuyo favor yo quería declarar, encadenado junto a otros nueve presos. Entró el juez y empezó el ritual. No hay otra palabra para describirlo: una coreografía en la que se intercambiaban carpetas, reverencias y movimientos de cabeza. Lo más terrorífico de presenciar un procedimiento judicial es que uno se da cuenta de que ese mundo funciona bajo reglas que no tienen que ver con la razón o con el sentido común.

El fiscal acorraló a una mujer que estaba a punto de dar a luz y la hizo reconocer que ella no entendía bien la diferencia entre ver y oír un disparo, que no sabía la diferencia entre un rifle y una escopeta, entre un morral y una mochila o entre izquierda y derecha. A todas luces, la mujer decía la verdad, pero salió de ese estrado cabizbaja y sujetándose la guata, como si les hubieran marcado en la frente la M de mentirosa a ella y a la guagua que parió esa misma tarde. La única persona en el mundo que había presenciado los hechos y que podía salvar al reo de tres décadas de cárcel en una prisión federal, quedó desacreditada por no entender que a veces había que decir derecha cuando se quería decir izquierda.

Esa misma noche, tratando de olvidarme de las amarguras del día, me encontré con el debate presidencial. Como había estado pensando en la manipulación del lenguaje, el espectáculo me fascinó. Cada uno de los candidatos tiene su propia manera de vérselas con las palabras.

Marco cree que reconocer en buena onda que no se le entiende es suficiente para aclarar lo que dice. Se veía nervioso como liceano dando una disertación sobre un tema que no había tenido tiempo para preparar bien.

Sebastián Piñera no sorprende a nadie, a pesar de que abre sus ojillos con asombro renovado y con esa energía neurótica con la que ha hecho su fortuna. Esa noche se mostró programado, robótico, gesticulando las frases hechas que ha memorizado según instrucciones de sus asesores. Retóricamente, Piñera es una puerta giratoria sin candado.

Eduardo se enreda con la sintaxis, intenta el sarcasmo, habla de su padre como si evocar su figura le fuera a dar una migaja de la genialidad retórica de Frei Montalva. Repite el eslogan de estado versus mercado, pero lo hace agarrándose demasiado fuerte, como el ahogado con su único salvavidas.

El único que parece no tenerle miedo a las palabras es Arrate, que pronuncia claramente “socialista” y hasta “allendista”. Es cierto, como ironizaba un amigo, que parecía el candidato del FRAP, pero ese discurso anacrónico a mucha gente le pareció sorprendente y refrescante. Por un momento Arrate proyectó el concepto de que pueda haber candidatos que hablen con experticia acerca de los temas, en lugar de simplemente tirar estadísticas o frases prefabricadas. Tal vez por eso, dentro de la lógica judicial de la política chilena, es el que menos chance tiene con el juez veleidoso del electorado, que se pone nervioso -hay razones históricas para esto- con los que tienen bien claro quiénes son y también conocen la diferencia entre izquierda y derecha.

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