País de poetas

Cuando Chile se aproximaba a su primer centenario, hubo quienes comparaban al país con un niño que cruza el umbral de su infancia y entra a la adolescencia, edad de peligros, de crisis y de definiciones. A este semiadolescente había que guiarlo, darle consejo y una identidad para enfrentar la rebelión inminente de su cuerpo a punto de madurar. El muchachón no parecía hacerle mucho caso a las expectativas de los tutores, embelesado como estaba por su propio crecimiento, por las corrientes túrgidas que le nublaban el cerebro, confundido pero fascinado con el cambio de tonalidad de su propia voz. Y si bien los síntomas no parecían tan graves, surgieron diagnósticos y se barajaron tratamientos de urgencia. A un siglo de distancia, seguimos sufriendo las consecuencias del régimen que le recetaron al pobre chiquillo espinillento, y el efecto de algunas de las ideas que le metieron en la cabeza.

Pienso en esto al leer sobre la xenofobia y la violencia desatada contra los inmigrantes peruanos que viven en la calle Maruri, el barrio de Santiago donde, todavía adolescente y recién llegado de provincia, Pablo Neruda escribió su primer libro. El poeta la describe en sus memorias como “una humilde calle visitada por los más extraordinarios crepúsculos”. Neruda no fue el único poeta inmigrante atraído por los atardeceres de ese barrio: por sus “túneles morados” caminó Jorge Teillier tras la sombra voladora de Alberto Rojas Jiménez.

Neruda y la cofradía de miradores de crepúsculos que le siguió los pasos lograron, verso a verso, que ese Chile adolescente del siglo XX se creyera “país de poetas”. Pero en el oído del país-adolescente también susurraban orates con otras ficciones seductoras, sibilando sobre la Raza Chilena, la indómita, viril, la vencedora, jamás vencida. La tesis del principal demente, Nicolás Palacios, daría risa si no fuera porque su desvarío es la piedra angular de la idea de nación de algunos compatriotas (aparte de ser lectura predilecta de próceres en retiro). Palacios dice en su mamotreto seudocientífico que los chilenos somos descendientes de araucanos y españoles, pero no de cualquier araucano ni de cualquier español, no señor. Había “latinos”, andaluces, gente afeminada, dada al canto y al jolgorio; con ésos nada tenemos que ver. Nuestros españoles son góticos, masculinotes, de costumbres sobrias y duras, que buscaron sus consortes en pueblos similares, no cualquier araucano, sino los viriles, altos y ojiazules de Purén. Según el doctor Palacios, el resto de América Latina es una sopa impura de pueblos afeminados y enfermizos, y hay que mantenerlos a distancia para evitar contaminaciones.

Esa insistencia desaforada en la identidad esencial de nuestro país, construída en torno a exclusiones y sospechas, es de una falsedad burda y tóxica. Las ficciones nacionalistas, con su pasamanería de oropel y su costosa parafernalia, con sus siniestros brotes xenofóbicos no logran sino aislarnos y dañarnos. Recordemos las infames Ligas Patrióticas que se ensañaron con la población peruana –o con chilenos sospechosos de ser peruanos- en las provincias del norte.

Las ficciones poéticas, por otra parte, nos enaltecen, porque lo mejor de nuestra poesía, la de Neruda, de Huidobro, la de Violeta y Nicanor Parra, paradójicamente, ya no nos pertenece, y compartirla nos ha hecho bien, nos ha hecho crecer y madurar, nos ha integrado al resto de la humanidad de manera profunda y permanente.

Dice Neruda que desde el balcón de su pensión de Maruri veía cada atardecer “grandiosos hacinamientos de colores, repartos de luz, abanicos inmensos de anaranjado y escarlata”. Los crepúsculos de Maruri siguen siendo tan espectaculares como los de la época del primer centenario—y todavía más, gracias al filtro carmesí, amargo pero bello de la atmósfera cargada de bruma. Y la calle, como en tiempos del Neruda adolescente, todavía es albergue de tránsfugas, de pájaros migratorios que se quedan de vez en cuando mirando los arreboles de su nueva ciudad al caer la noche, añorando cielos lejanos. Acaso alguno de esos inmigrantes, venido quizás de qué parte del planeta, nos regale –a cambio de un poquito de hospitalidad—otro territorio, otra región para el país de poetas en este nuevo siglo.

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