El Americano Feo y Bin Laden

Las caricaturas me hacen llorar. Dubi Dubi Dubi.
(Gloria Benavides)

Tengo un hermano que desde hace casi veinte años se gana la vida dibujando retratos en la Plaza de Armas. Allí, en el centro emblemático de la ciudad, ha visto actos de coraje y grandeza, así como ha presenciado su cuota de mezquindad y prepotencia. Me ha contado que los artistas callejeros se vuelven parte de la escenografía urbana, tan invisibles para algunos como los árboles, los faroles o los escaños del lugar. Los artistas, como para desquitarse, miran a los transeúntes con cierta distancia, como a una masa anónima desde la que, de vez en cuando, se desgaja un alma perdida y se detiene a mirar una caricatura, un retrato ajeno, o una pintura que lo saca de la introspección autista con que se desplazaba por la ciudad. Ahí, junto al atril y sus muestras, el artista callejero espera que le dirijan una palabra o una mirada. Mi hermano (seguro que usted lo ha visto alguna vez si ha pasado por la Plaza—seguro que él a usted también) usa como anzuelo caricaturas de personajes de actualidad: deportistas, políticos, poetas, la Bolocco y Menem, héroes, villanos, alguna estrella fugaz que quema sus quince minutos de fama. Estas muestras no se venden, por lo general, porque su función es la de tentar al paseante o al turista. La caricatura se ofrece democráticamente, no como privilegio de los famosos. El Chino Ríos, el Papa, Osama Bin Laden, y usted: es cosa que se atreva a sentarse en el banquito por cinco minutos.

Hace unos días, mi hermano me contó que un turista norteamericano se detuvo a mirar sus dibujos. El paseante le hizo una seña a un grupo de amigos suyos, indicando a Osama Bin Laden entre el panteón de personajes de actualidad. Me imagino, porque la conozco tan bien, la sonrisa franca con que mi hermano debe haber respondido al gesto de interés de un potencial cliente. Después de todo, hay días en que ni siquiera salva el gasto de la locomoción, ni el de la bodega donde deja sus bártulos por la noche. El turista gesticuló, rodeado de sus amigotes, dando a entender que quería comprar el retrato del fundamentalista. Después de un tira y afloja, el gringo sacó de su banano un billete de cinco mil pesos. Apenas Osama estuvo en sus manos, lo cubrió de escupitajos, balbuceando insultos, salpicando a mi hermano, que lo miraba con asombro. “Esto es lo que pienso de Bin Laden”, exclamó, rasgando de arriba a abajo el cartón humedecido. Luego lo partió en pedazos, se los lanzó a mi hermano, los pisoteó, y se quedó esperando la respuesta a su provocación, con su cara rubicunda, seguro entre las risotadas de sus compinches. La respuesta no llegó, ni de parte de los que se detuvieron a presenciar el exabrupto, ni de parte del artista, ducho en el arte de sobrevivir con que ha sorteado los peligros del oficio en la plaza, en las selvas bolivianas, en los bulevares de Mar del Plata y en las callejuelas bravas de Cartagena.

“Claro que me dio rabia, pero él andaba en patota”, me explicó Gerardo, “y además, ya había pagado”. En esa explicación están las claves de por qué el incidente me molestó tanto, al punto de fantasear haber estado allí para cantárselas claras al gringo en su propio idioma. Porque una cosa es despreciar a Bin Laden (como lo hacemos mi hermano y yo de manera profunda) y otra es permitirse escupir y pisotear el trabajo de alguien que se gana la vida en la calle. La primera clave es evidente—esa “coalición” de guardaespaldas socarrones fue la que envalentonó a alguien que estando solo no se hubiera atrevido a tal performance. Otra clave es la noción implícita de que todo se compra: el pago es licencia para insultar y humillar.

Me pregunto si después del ataque de septiembre del año pasado el estereotípico “Ugly American” tiene indulgencia para comportarse como si todo el mundo fuera su propia tira cómica. Me pregunto también si es que realmente cree –como los que queman monigotes del tío Sam o de George W. Bush—que destruyendo la efigie del enemigo, lo derrotan. Y me pregunto si cree que siempre tendrá amigos dispuestos a acompañarlo en sus atropellos, por legítimos que sean sus motivos. ¿No será este mínimo incidente en la remota Chilelandia una muestra de las caricaturas son las que realmente mueven el mundo?

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