Incendios y escapes: “Lámpara de papel”, un clásico de Stuart Dybek

Tuve un amigo de Chicago, puertorriqueño, que siempre me habló de Stuart Dybek. No le hice caso por mucho tiempo, en parte porque llegada la hora, en una librería o una biblioteca, nunca me acordaba bien del nombre. Hasta que un día me topé con un microcuento titulado “Misterioso” (tal cual, no sé si en castellano o en italiano) que me gustó y que memoricé como uno memorizó alguna vez a Monterroso.

-¿Te vas a dejar puesto el reloj?

-¿Te vas a dejar puesta la cruz?

Otra posible traducción sería:

-¿Y tú no te vas a sacar el reloj?

-¿Y tú no te vas a sacar la cruz?

El original es:

“You’re going to leave your watch on?”

“You’re going to leave your cross on?”

Este diálogo ínfimo se me figuró como una chanza entre Groucho Marx y Nicanor Parra, tal vez por que asocié la imagen con el famoso “Voy y vuelvo” parriano. Eso es lo que hace muy bien Dybek, es decir, atreverse a dar virajes inesperados sin asustarse de los bandazos o de dónde va a ir a parar la narración. “Lámpara de papel” está hecha no sólo a partir de los hechos que constituyen el relato, sino de los virajes y bandazos de la memoria, las encrucijadas que parecen inconexas y que forman una enorme espiral que sólo se puede vislumbrar en momentos inesperados.

BURNING-MAN-embrac_3023409kEl estilo de Dybek combina momentos de gran intensidad lírica con otros de un coloquialismo muy económico, lo que hace que traducirlo sea una jornada ardua, a veces desorientadora, pero muy profundamente provechosa en última instancia, porque la prosa está asentada en terreno firme y en una exquisita sensibilidad. Advertencia: Cuidado con los fósforos. Y con las fotos. Y con los camiones de dieciocho ruedas que andan por ahí en todos los caminos. Y cuidado con enamorarse y desenamorarse. Y con la máquina del tiempo.

El relato apareció como “Paper Lantern” en The New Yorker en noviembre de 1995.



LÁMPARA DE PAPEL

Stuart Dybek

NOS HABÍAMOS QUEDADO trabajando hasta tarde en la máquina del tiempo en el laboratorio improvisado del último piso. La luna estaba pegada al tragaluz como la espiral borrosa de una huella digital congelada. En el callejón trasero, el vaho de los gatos que maullaban se acumulaba en una niebla que se repartía a lo largo de las calles. A pesar de nuestros esfuerzos, los números nos seguían saliendo mal. Yendo en una dirección, habíamos alcanzado la frontera desde donde los clarividentes contemplan el futuro y, yendo en la otra, habíamos regresado a la zona donde el presente se vuelve fantasmal de tanto recuerdo y aun así se resiste a convertirse en el pasado. Habíamos intentado avanzar y retroceder en incrementos cada vez más pequeños hasta que parecía que estábamos midiendo lo inconmensurable. Por supuesto, lo que necesitábamos realmente era algún nuevo vocabulario de mediciones. Era hora de tomar un descanso.

Bajamos por la escalera mecánica rota, salimos al pasillo iluminado de azul, pasando por el quiosco de diarios ya cerrado, entre la neblina fría, hambrientos como animales perdidos, con los delantales de laboratorio todavía puestos, rumbo al restorán chino a la vuelta de la esquina.

Es un restorán que antes era una lavandería china. Cuando los clientes venían a buscar sus bultos de ropa recién lavada, el Red_Paper_Lanternsaroma de la cocinería –filtrándose desde la cocina del dueño a través de la cálida nebulosa del vapor de lavandería— era tan irresistible que los clientes empezaron a preguntar si también se podía comprar algo para comer. Y así nació el restorán. Al principio era sólo para llevar, pero desde entonces se las han arreglado para meter unas pocas mesas. Ninguno de nosotros lee chino, así que no estamos seguros, pero dado que los dueños nunca se molestaron en cambiar el letrero, supuestamente los caracteres chinos todavía dicen que es una lavandería. De todos modos, así es como lo llama la gente del barrio –la Lavandería China, por ejemplo, “Oye, me dieron una comida sublime en la Lavandería China anoche”. Aunque no han cambiado el letrero, los propietarios añadieron una gran lámpara roja de papel en armazón de alambre –el único intento de decoración— que echa su resplandor opaco por la ventana empañada.

Nos sentamos en una de las cinco mesas de plástico laminado –la preferida, al lado de la ventana— y la camarera de inmediato nos trae el menú y el té. En realidad, de algún modo, ésta es la mejor parte: el resplandor rojizo de la lámpara de papel que es como calor en la cara, las diminutas tazas que nos entibian las manos, el té caliente que nos escalda el hambre, y el sorprendente, invitante grosor del menú, escrito a mano en caracteres chinos, con lo que deben ser explicaciones muy aproximadas en inglés de algunos de los platos, también escritas a mano con tinta negra de caligrafía. Cada vez que volvemos, el menú ha aumentado. Una vez que se ofrece un plato, no se borra nunca, y ahora el menú tiene páginas y páginas de extensión, es tan largo que nunca lo vamos a leer completo, nunca vamos a vivir el tiempo suficiente, quizás, para probar toda la comida solamente de este restorán chino en un barrio escondido. Las páginas no tienen números y nunca recordamos dónde quedamos la vez anterior que estuvimos aquí. ¿Fue el pote crisantemo, que se sirve tradicionalmente en otoño cuando todo está en flor, o la jalea de almendras con lichis y nísperos?

“Este menú lo escribió un poeta”, dice Tinker entre sorbos de té.

“Sí, pero si hay un poeta en la casa, entonces ¿por qué no le ponen un nombre de verdad —algo como la Lámpara Roja— en vez de llamarse solamente la Lavandería China por descarte?” contesta el Profesor, secando el vapor de sus anteojos con una servilleta de papel del dispensador.

“A mí como que me gusta la Lavandería China. Tiene un dejo sólido, proletario. Lámpara Roja es un cliché –una chinería rebuscada”, argumenta Tinker.

Nunca se ponen de acuerdo.

“Oigan, ustedes dos, se supone que vinimos a comernos la estética, no a debatirla”.

Aquí no hay nada que vuele o repte que no pueda ser consumido, nada que no hayan encontrado el modo de convertir en una exquisitez: porridge de piñones, panecillos de canela china, paloma con salsa de aroma de pescado, sopa de nido de golondrinas (sopa originaria de la costa del sur del Mar de China; nidos de alga predigerida sacada del buche del vencejo, un material gelatinoso que se endurece para formar un pequeño cazo transparente). Huevos de erizo de mar, aguaviva al escabeche, tripas con jengibre y pimienta en grano, mejillas de mero en salsa de cinco fragancias, orejas de nube, manzanas azucaradas, nueces de ginko y agujas de oro (que son los cogollos del lirio), alga púrpura, melón amargo…

Nada que vuele o camine en tierra que no pueda ser combinado, transmutado. No hay fronteras, en un wok, que no pueda ser franqueada. Es educativo. Uno no puede evitar nutrir la imaginación junto con el cuerpo.

Pedimos, a sabiendas de que no vamos a terminar todo lo que traen, y que sin importar el cuidado que pusimos para meditar nuestras opciones, nos van a servir en lugar de ellas lo que sea que el cocinero preparó hoy.

DESPUÉS de la comida, mientras compartimos segmentos de una naranja de pulpa roja y sorbemos té, con mucha ceremonia abrimos las galletas de la fortuna y leemos las predicciones como si estuviéramos consultado el I Ching.

Del exceso de felicidad nace el pesar”.

     “Otra”.

La pobreza es el destino común del académico”.

“¿Te suena a predicción eso?”, pregunta Tinker.

“Sinceramente espero que no”, dice el Profesor.

Cuando un sabio indica la luna, el imbécil le mira el dedo”.

“¿Qué clase de fortunas son estas? No son galletas de la fortuna, son galletas del proverbio”, dice Tinker.

En el año de la Rata tendrás suerte en el amor”.

“Ahora sí”.

“¿En qué año estamos?”

“En el año del Dragón, según el individual”.

El combustible por sí solo no enciende el fuego”.

“A propósito, ¿alguien apagó el quemador Bunsen cuando nos fuimos?” La mención del laboratorio nos hace hacer señas para pedir la cuenta. Es hora de que volvamos. Había una teoría formándose cuando salimos y ahora, con el entusiasmo renovado, regresamos en la nieve –ha empezado a nevar— en medio de copos gruesos y quebradizos mezclados con cenizas flotantes que podrían confundirse con copos de nieve si no fuera por el modo en que el viento hace que sus bordes se enciendan. Una noche de copos blancos y de fugaces chispas anaranjadas, extraña y hermosa hasta que damos vuelta a la esquina y levantamos la mirada a nuestro laboratorio.

Las llamas ocupan el piso superior del edificio. El humo sale en columnas por el tragaluz, desde el cual se ha retirado la luna de hollín. En el piso de abajo, a través de ventanas radiantes y a punto de ceder, podemos ver los maniquíes del salón de la sastrería. Desnudos, con el pelo en llamas, parecen girar obscenamente antes de desplomarse. En el piso de más abajo, en el taller de reparación de instrumentos, los acordeones resuellan en la fumarola, los violines echan humo como leña verde, y los saxos se disuelven en una lava de bronce que se derrite en cascada por encima de un alféizar. Mientras que en la planta baja, en la vitrina, los animales de la taxidermia han empezado a sisear y chasquear como si el incendio los hubiera devuelto a la vida en la selva.

firepaperlantern     Nos quedamos mirando, desamparados, todavía sosteniendo los cartones de sobras de la comida dichosamente inocente que acabamos de compartir mientras nuestros aparatos, nuestras teorías, nuestras fórmulas, y años de investigación —todo aquello que la gente denomina su “trabajo”— estallaban en llamas. A lo largo de las calles vacías y resonantes de ecos, las sirenas gritan como víctimas.

Ya se ha formado una multitud.

“Mira cómo se quema ese vejestorio sórdido”, le dice un chico blanco de rastas a su novia, que tiene pinta de huérfana escapada. Ella contesta: “¡Cool!”

Y me acuerdo de cómo, en lo que ahora parece otra vida, yo miraba incendios cuando niño —incendios que a veces nosotros mismos, los que nos apodábamos Los Cabeza de Fósforo, habíamos causado.

Recuerdo cómo, más tarde, en otra época, acaso en otra vida, una vez tomé una foto de una mujer con la que estaba mientras ella miraba un incendio fuera de control a la orilla de un río en Chicago. Ella todavía estaba casada. Su marido, a quien yo no conocía, estaba en un hospital para veteranos — clínicamente deprimido después de la guerra de Vietnam. Por lo menos eso es lo que ella me contó de él. Pensándolo en ese tiempo, a veces me pregunto si ella de verdad tenía marido. Había venido a Chicago conmigo para tener una aventura — es la palabra que usó. Yo creía entonces que estábamos “tonteando” – también palabra suya, como las palabras que los dos usamos en vez de otras como “tirar” o “hacer el amor” o “adulterio”. Era más cómodo para mí, y más seguro, considerar que lo que teníamos era un tonteo, pero cuando se lo dije como al descuido ella se puso furiosa, y en vez de tontear nos pasamos el fin de semana discutiendo y terminamos pasándolo muy mal. Fue una tarde de domingo a comienzos del otoño, probablemente el Año de la Rata, y nos estábamos yendo de la ciudad, hoscos, en el auto. A lo largo de la ribera norte del río, se estaba quemando una fábrica. Me salí del camino y estacioné, saqué una cámara de mi morral y caminamos hacia un puente para mirar el incendio.

PERO lo que recuerdo no es el incendio mismo, aunque las llamas eventualmente se expandieron a lo ancho del cielo de la ciudad como un crepúsculo que surgía de la tierra en lugar de descender. El incendio, tal como lo recuerdo, es sólo un telón de fondo comprimido dentro de los bordes de la foto que tomé de ella. Ella acaba de volver la vista del incendio, hacia la cámara. Sus codos se apoyan en el riel gris descascarado del puente. Lleva puesta la blusa de seda negra que se compró en una tienda de segunda mano en la calle Clark el día anterior. Buscar ropa antigua en tiendas de segunda mano era su obsesión —“ir a basurear”, le decía. Una pulsera Navajo de plata se ha subido por su brazo encima de una manga de seda negra. Qué

delgadas parecen sus muñecas. Hay un anillo adornado con lo que sé que es una piedraluna en el dedo índice de su mano

izquierda, y una argolla de plata manchada alrededor del pulgar. Era zurda, y le gustaba que yo también lo fuera, como si perteneciéramos a la misma minoría. Su pelo largo es de un tono cobrizo todavía más intenso debido al ángulo del sol al final de la tarde. No parece hosca ni enojada sino más bien fiera. Aunque más tarde, examinando su cara en la foto, voy a darme cuenta de que bajo su expresión hay un aspecto menos reconocible y más desesperado: no es soledad, exactamente, sino una condición de ser sola — una mirada que yo había visto cruzar su cara más de una vez, pero que no se me habría ocurrido identificar si la foto no la hubiera captado. Detrás de ella, ominosas columnas de humo gris surgen de una extensa y vieja fábrica con las letras blancas a punto de chamuscarse “GUTMANN & Co. CURTIEMBRE” visibles a lo largo de la pared de ladrillos.

Manejando de vuelta a Iowa en la oscuridad, creeré que se quedó dormida, que está tan cansada como yo de nuestro tenso fin de semana. Luego ella va a romper los kilómetros de silencio entre nosotros para decirme que, por mucho que haya sido una desilusión, el viaje valió la pena aunque fuera sólo por los dos en el puente, mirando el incendio juntos. Le encantó ser parte de la emoción, me dirá, le encantó la espontaneidad con que nos salimos del camino y nos estacionamos para aprovechar el espectáculo — un fuego del largo de una cuadra, reflejado en el agua aceitosa, y un barco-bomba, pulcro como un juguete, tocando la sirena por el río, soltando géiseres blancos mientras las llamas rugían de vuelta.

La Interestatal 80 se abre frente a nosotros a todo lo largo del alcance de los faros delanteros. Estamos en un tramo entre 815-highway-at-nightpoblados, rodeados de campos negros y planos, y la luz de la ocasional granja en la distancia no alcanza para iluminar el enorme horizonte que se esconde en la oscuridad como un precipicio al borde del planeta. En el auto que va a toda velocidad, su voz suena incorpórea, la voz de una sombra, apenas más que un susurro, y aun así es clara, como si el amparo de la noche y la inercia hipnótica del camino la hubieran liberado para revelar secretos. Parecía haber tantos secretos en ella.

Me cuenta que cuando el número de curiosos atraídos por el incendio creció hasta convertirse en multitud, ella sintió una corriente secreta que nos conectaba a los dos, como la corriente que nos traspasó en la cama la primera vez que hicimos el amor, cuando acabamos en el mismo momento como si nos tomara por sorpresa. Solamente pasó aquella única vez.

“Te acuerdas que después de eso me puse a llorar?”, me pregunta.

“Sí”.

“Tú me tratabas de consolar. Sé que creías que me sentía terriblemente culpable, pero yo lloraba porque la manera en que encajábamos pareció de repente tan familiar, como si hubiera algún lazo muy antiguo entre nosotros. Me sentí inundada de alivio, como si te hubiera estado echando de menos por mucho tiempo sin darme cuenta realmente, como si hubieras vuelto a mí después de creer que no te vería nunca más. No te dije nada de eso, porque suena como esas mierdas de vidas pasadas. Bueno, esa misma emoción se me vino encima en el puente, y yo tenía miedo de ponerme a llorar otra vez, excepto que esta vez lo que me estaría haciendo llorar era pensar que si fuéramos amantes de vidas pasadas que habían esperado vidas enteras para que el presente nos juntara de nuevo, entonces qué triste era malgastar el presente de la manera en que lo hicimos este fin de semana”.

Mantengo la vista en la carretera, sin atreverme a mirarla, ni siquiera a contestar, por temor a interrumpir la manera íntima, casi compulsiva en que parece estar hablando.

“Me di cuenta de repente”, sigue ella, “de que los momentos de nuestra vida se extinguen antes de que estemos conscientes de haberlos vivido. Son relativamente pocos los momentos que podemos guardar y llevar con nosotros el resto de la vida. Esos momentos son nuestra vida. O tal vez esos momentos son los puntos y lo que llamamos nuestra vida sean las líneas que dibujamos entre ellos, conectándolos para formar retratos imaginarios de nosotros mismos. ¿Sabes? Como esos cuadros míticos de las constelaciones dibujadas entre las estrellas. Me acuerdo que de niña de hecho yo creía que al mirar hacia arriba iba a ver Pegaso desplegado en contraste con la noche, y cuando no pude verlo creí que me habían hecho caer en un truco, como un fraude. Pensé: Hey, si esto es todo lo que hay, entonces yo puedo reconectar las estrellas como me parezca. Podía crear las constelaciones de Ken y Barbie … estoy divagando…”

“Te estoy escuchando, sigue”.

Se me acerca.

“Me di cuenta de que nunca podemos predecir cuándo van a ocurrir esos pocos momentos especiales”, dice. “Me di cuenta de que si no nos hubiéramos conocido yo no habría estado arriba de un puente mirando un incendio, y de que hay ciertas personas, no muchas, que entran en nuestra vida con el poder de hacer que esos momentos sucedan. Tal vez eso es lo que significa enamorarse—el poder de crear el uno para el otro los momentos que nos definen. Y ahí estabas tú, en el momento justo, tomándome la foto. Tuve el impulso de abrirme la blusa, de sacarme la ropa y posar desnuda para ti. Te deseé. Quise—no ‘tontear’, quise tirar contigo como si fuera el fin del mundo ahí en la baranda del puente. He estado pensando en eso desde entonces, todo este rato que hemos estado en el auto”.

Giro para mirarla, pero ella dice: “No… no mires… Sigue manejando… Shhh, no hables… Estoy sellando tus labios”.

Puedo oír el siseo a mi lado al levantarse ella la falda, y un suave chasquido de humedad, y luego, arrodillada en el asiento, extiende la mano y recorre el contorno de mis labios con sus yemas resbalosas.

Puedo sentir su olor; el auto parece estar lleno de él. Puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo a mi lado, antes de que se tienda a lo largo del asiento hasta apoyarse contra la puerta. Puedo oír cada mínimo ajuste de su cuerpo, el sonido de la tela contra su piel, el sonido elástico de sus calzones enrollados debajo de las caderas, el tictac vagamente mojado, posiblemente imaginario, que hacen sus dedos.

“Oh, mi amor”, suspira.

He bajado al límite de la velocidad y al cambiar de pista los camiones para pasarnos, retumbando, sus focos barren el interior del auto y yo agarro atisbos de ella como si un relámpago la hubiera impreso en mi visión periférica —despeinada, la falda subida encima de sus piernas delgadas, los dedos de su mano izquierda desapareciendo en la V de sus bragas a medio sacar.

“Puedes mirar si prometes mantener un ojo en la carretera”, dice y enciende la radio como si encendiera una luz de noche que pinta sus piernas desnudas con su iridiscencia.

¿Qué sonaba en la radio? El volumen estaba tan bajo que yo apenas oía. Un violín de una radio universitaria mal sintonizada, yendo y viniendo hasta desaparecer en la estática —desterrado quizás, a esas frecuencias fantasmas donde Bix Beiderbecke todavía tocaba su corneta. Estábamos casi a la altura de Davenport, sobre el río, la ciudad donde Beiderbecke nació, y una u otra radio de la zona siempre parecía estar tocando su música, como si los punteos sincopados del jazz de los locos veinte todavía resonaran sobre la pradera como fantasmas.

davenport     “No se puede cruzar por la I-80 entre Iowa e Illinois sin pasar por el Cinturón Beiderbecke”, le había dicho cuando pescamos la señal de una radio que transmitía un tributo a Bix, camino a Chicago. Ella nunca había oído hablar de Bix y no le estaba prestando mucha atención hasta que el locutor citó una observación de Eddie Condon, un antiguo guitarrista de Chicago: “El sonido de Bix surgía como una chica diciendo que sí”. Eso fue sólo hace tres días, y ahora estamos regresando, algo distintos de esa pareja que salió a tener una aventura.

Cruzamos el Cinturón Beiderbecke de vuelta a Iowa y mientras pasamos por las salidas de Davenport, la carretera casi desierta se ilumina como estadio vacío con las luminarias azules. Con los ojos cerrados para concentrarse, ella apenas se da cuenta cuando un camión, con su silueta iluminada de luces rojas, casi nos pasa a llevar. El auto se estremece con el golpe de aire del camión que se aleja con la bocina bramando.

“La vista en el camino”, advierte ella.

“Eso no fue culpa mía”.

Miramos desaparecer las luces traseras, y entonces quedamos solos en la oscuridad de la carretera de nuevo, viajando por mi segmento favorito, donde, en el verano, los campos están plantados de girasoles además de maíz, y uno tiene que estar alerta a los faisanes que se atraviesan por delante.

“Amor, sácala”.

El deseo de tocarla se hace insoportable, pero no quiero parar —no quiero que se termine esta manejada.

“Te estoy esperando”, dice. “Estoy justo a punto, sólo esperándote”.

Speed-Blur-Truck-on-Interstate-at-Night    Vamos apenas a unos sesenta por hora cuando pasamos junto a lo que parece el mismo camión, con la silueta de luces rojas, estacionado en la berma. La estoy mirando mientras trato de mantenerme en la pista, así que no noto el camión que se mete otra vez en la carretera detrás de nosotros o sus focos en el retrovisor, alcanzándonos rápido, hasta que enciende las luces altas, inundando el auto con una intensidad casi cegadora. Afirmo el volante, a la espera del remezón de vacío creado por el camión al precipitarse por el lado, pero se nos queda pegado atrás, la enorme rejilla del radiador alzándose a través de la ventanilla trasera, y los focos reflejándose en nuestros espejos y en el parabrisas con un resplandor que nos obliga a entrecerrar los ojos. Dentro de las luces altas, el pelo de ella se enciende como un halo a punto de estallar en llamas. Se ha bajado la falda para cubrirse las piernas y se ve un poco asustada.

“¿Qué problema tiene este tipo? ¿Anda con anfetas o qué onda?, grita por encima del retumbar de su motor, y luego él le da a la bocina, borrando su voz con un estallido de diésel.

Aprieto el acelerador. Estamos en la pista derecha, y ya que no quiere pasarnos, señalizo y me pongo en la pista de afuera, pero él cambia de pista también, pegado a nosotros todo el tiempo. El velocímetro tirita encima de los 150 kilómetros, pero él se mantiene detrás de nosotros, con sus luces altas clavadas como reflectores, la bocina bramando.

“¿Está loco?”, grita ella.

semi     Sé lo que está pasando. Después de que casi nos pasó a llevar cerca de Davenport, debe haber seguido manejando por la carretera vacía con la imagen de ella, iluminada por esas luces azules, haciendo presa de su mente. Tal vez esté divorciado o se sienta solo, tal vez su mujer lo esté engañando—algo muy malo le ha pasado y, sea lo que sea, verla expuesta así le ha revelado que su vida es una triste cosa, y la conciencia de eso se ha convertido en maldad y rabia.

Hay una salida a 1500 metros, y él la ve también, y mete el camión otra vez en la pista de adentro para tratar de bloquearme, pero con el acelerador al piso me adelanto, y lo mantengo hasta el fondo, aunque sé que no puedo arreglármelas para tomar la salida a esta velocidad. Él también lo sabe, y se mantiene muy cerca, sin hacerle caso a mi señal de viraje, apretando la bocina como para advertirme que no trate de bajar la velocidad para esta salida, que no hay manera de parar treinta toneladas de camión con acoplado yendo a más de ciento cincuenta.

trucklights     Pero un poco antes de llegar a la salida me pongo otra vez en la pista izquierda, y por un momento él se me pone al costado, se queda en la pista derecha mientras pasamos por la salida, para mantenerla bloqueada. Ahí es cuando le grito a ella: “¡Afírmate bien!” y meto los frenos y quedamos chirriando sobre la pista izquierda, derrapando y quemando goma, mientras el camión sigue disparado, con sus frenos de aire siseando. El auto se desliza hacia la berma de ripio, levantando una nube de polvo que humea en el haz de los focos, pero nunca fuera de control, y para cuando el camión se detiene allá adelante, dando bandazos, yo ya tengo el auto en reversa, dirigiéndolo hacia la salida, con la esperanza de que nadie venga a toda velocidad en el sentido contrario por la I-80.

Es la salida de Plainview, y fuerzo el motor para hacer un viraje hacia el norte, por una carretera de dos pistas, corriendo a un lugar llamado Long Grove. Me mantengo chequeando los espejos para ver si se aproximan luces, pero la carretera sigue oscura, y finalmente ella dice, “amor, baja la velocidad”.

La radio sigue tocando estática, y la apago.

“Mierda”, dice ella. “Al principio creí que era un imbécil común y corriente, pero era un verdadero sicópata”.

“Un loco de verdad, cierto”, digo yo.

“¿Crees que nos estaba esperando ahí en el camión?” pregunta ella. “Qué espeluznante, especialmente si uno piensa que todavía va por ahí hacia el oeste. Una se pregunta cuántos tipos como él no andarán por los caminos, manejando con la cabeza llena de locura y rabia”.

Es una forma de mirar la carretera de noche que casi puedo visualizar: tipos, no necesariamente malos —algunos sólo bloqueados o desesperadamente solos— manejando con la compañía quejumbrosa de la música country, demasiado repartidos o aislados como para que alguien se dé cuenta de que esos focos son todos parte de un convoy. Nosotros también somos parte de él.

“Yo pensaba: Oh, no, no puedo morir ahora, no así”, dice ella. “Sería demasiado frustrante sexualmente —como que la muerte fuera la seductora máxima que te deja en el aire”.

“Tú sabes a lo que le tuve miedo yo”, le digo. “A morirme con los pantalones desabrochados”.

Se ríe y se sigue riendo hasta que en la risa aparece un toque de histeria.

“Yo creo que ese tipo del camión se puso celoso de ti. Sabe que esta noche estás con suerte”, jadea, sin aire, y se saca la sandalia con un movimiento del tobillo para poder pasarme el pie desnudo a lo largo de la pierna. “Aquí estamos, juntos, y seguimos vivos”.

Acerco su pie a mi boca y lo beso, tomando su pierna por la parte más delgada, como si mi mano fuera una tobillera, luego deslizo mi mano debajo de su falda, a lo largo de su muslo hasta la orilla de sus calzones, un pliegue de sorprendente calor, del que mi dedo sale resbaloso.

“Te dije”, gime ella. “Un tipo con suerte”.

caminoiowa     Me meto en el camino rural que sigue. No está marcado, pero no importa. Sé que por estas partes, tarde o temprano, se va a cruzar con un camino de ripio, y cuando eso pasa me meto al ripio, y después de un rato doblo otra vez en la intersección de un camino de tierra que serpentea hacia campos de una oscuridad cada vez más profunda, fragante de la suculenta tierra de Iowa y vibrante de coros de insectos reunidos en masa para un último Sanctus. Ya ni siquiera sé muy bien en qué dirección vamos, ni menos hacia dónde vamos, pero cuando mis luces altas atrapan a una tortuga que va cruzando el camino, siento que hemos llegado. El auto rueda hasta detenerse en un estrecho puente de tablas sobre un tubo de regadío. El puente –no más largo que nuestro auto— está oculto a ambos lados por árboles que cuelgan encima, probablemente álamos, y flanqueado de totoras tan altas como los maizales secos que hemos estado pasando. La tortuga, con su mandíbula cortante inconfundible bajo las luces, se ve musgosa y antigua, y la miramos completar su viaje sobre el camino y desaparecer entre los juncos, antes de apagar los focos. Sentados silenciosamente en la oscuridad, escuchamos cómo crepita el motor al enfriarse y cómo los sapos que hemos interrumpido empiezan de nuevo a cantar bajo el puente. Cuando nos bajamos del auto, sin hacer ruido, podemos oír los saltos de las ranas de vuelta al agua. “Mira las estrellas”, susurra ella.

“Si Pegaso estuviera allá arriba”, digo yo, “desde acá sí que lo verías”.

“¿Tienes idea de dónde estamos?”, pregunta ella.

“Nop. Totalmente perdido. Encontraremos el camino de vuelta cuando aclare”.

“El asiento trasero de un auto en la noche, un camino rural— el adulterio tiene una capacidad desconcertante de transformar a los adultos de nuevo en adolescentes”.

iowastars     Hacemos el amor, luego nos las arreglamos para dormitar un rato en el asiento trasero, envueltos los dos en un mantel a cuadros que una vez usamos para un picnic y que todavía estaba guardado en la maleta.

EN LA LUZ pálida de la mañana uso el resto del rollo de fotos: un close-up de ella, enmarcado en parte en el mantel a cuadros, que tenía puesto alrededor de los hombros como un chal, y otra, todavía de más cerca, de su cara enmarcada en su pelo cobrizo enredado, y afuera de la ventana detrás de ella, totoras aterciopeladas, borrosas debido a la poca profundidad de campo. Una foto de ella arrodillada en los tablones embarrados del puentecito, sus ojos pardos levantado hacia la cámara, su boca, todavía a un metro de mi cuerpo, dispuesta como si yo ya hubiera dado el paso que bastaba para franquear esa distancia.

Lo que falta es la foto que nunca saqué —la que el camionero trató de robar, la que lo llevó hasta el borde en que se balanceaba, fuera lo que fuera, el que todavía lo tiene, quizás, surcando carreteras, buscando en cada auto que pasa desde la altura de su cabina esa visión fugaz que nunca más verá —su pelo enredado, su cuerpo afirmado contra la puerta, los ojos apretados, los labios contorsionados, la falda subida, la pelvis subiendo hasta su mano.

Años después, ella me llamó, de la nada. “¿Todavía tienes esas fotos mías?”, preguntó.

“No”, le dije, “las quemé”.

“Bien”, dijo, como complacida—no tanto aliviada sino más bien halagada— “es que de repente me surgió la pregunta”. Luego colgó.

Pero le mentí. Las había guardado todos estos años, junto con algunas cartas —parte de un paquete de papeles personales en un sobre de manila que llevé de mudanza en mudanza. Los había escondido en la parte de atrás de un archivador en el laboratorio, aunque por cierto no tenían por qué estar ahí. Ahora lo que le había dicho era cierto: estaban alimentando las llamas.

CON SU SILUETA contra las llamas, el chico de las rastas besa a la muchacha huérfana. Desliza la mano en la espalda de su chaqueta de cuero de un blanco sucio, con flecos, y se detiene en el asiento rasgado de sus jeans desteñidos. Ella está parada en puntas encima de sus zapatillas y engancha los dedos en los pasadores de los jeans de él, de manera que quedan con la pelvis alineada. Cuando él la acerca de un tirón y la aprieta girando las caderas, ella dice: “¡Gua!” y se ríe. “Lo sentí moverse”.

“Los incendios me calientan”, dice él.

El techo alrededor del tragaluz colapsa, enviando un torbellino de chispas entre la nieve que gira, y la multitud lanza un ahh colectivo cuando los frascos del laboratorio explotan y lanzan destellos.

BURNING-MAN-embrac_3023409k     Siguen llegando los mirones desde las calles aledañas, surgiendo de entre la nieve como atraídos por una gran fogata que indica algún rito secreto: pandilleros con sus chaquetas grabadas de símbolos, travestis bellísimos de la calle del muelle, estibadores, y marinos jóvenes cuyos tatuajes recientes se encogen de frío. Los sin casa, con sus abrigos sobrepuestos, los pies envueltos en arpilleras, abandonan sus tambores de fuego para reunirse aquí, al igual que las prostitutas tiritando, casi desvestidas, abandonan sus esquinas; como los lavadores de platos guatemaltecos abandonan su lavaza quemante; como un panadero, con la cara y el pelo del blanco de la harina, ha dejado abandonado su horno.

Los grifos abiertos inundan las alcantarillas; la calle está tapada de mangueras desinfladas, pero los bomberos están ahí de pie, como emparejados con las prostitutas —como si por un momento ellos se hubieran convertido en voyeurs como todos los demás, hipnotizados mientras las paredes de ladrillo de nuestro laboratorio estallan en llamas luminosas, suspendidas en un cojín de humo, y el esqueleto al rojo vivo de la máquina del tiempo empieza a irradiar desde adentro. Una luz rosada rebota en las caras levantadas de la multitud, como el resplandor de una lámpara de papel roja —una lámpara que una vez pareció frágil, casi delicada, pero que ahora destruye el mismo tiempo y espacio que antes iluminaba. Una lámpara de papel que arde fuera de control aun cuando no queda nada más por consumir que ella misma.

Brrrr”. El Profesor tirita, limpiando sus anteojos empañados como para despejar el brillo opaco que se refleja en los vidrios.

“Mierda de frío que hace, cierto”, murmura Tinker, golpeando el suelo con los pies.

Por una vez están de acuerdo.

El viento sopla en ráfagas, avivando el hielo oscuro de la noche al mismo tiempo que aviva las llamas, y por instinto todos nosotros nos acercamos al borde del incendio.

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