Dos de Denis Johnson: “Dundun” y “Manos con buen pulso”

Para leer a Denis Johnson hay que tener buen hígado y tolerancia para la fragmentación. Estos ejercicios de traducción quieren captar el temperamento de estos relatos por medio de una serie de transferencias parciales, susticiones incompletas que dejan denis-johnsonentrever los hilos de la tarea de traducir y que reconocen la inviabilidad de una traducción cabal. Inviabilidad como la del nombre del protagonista de la colección Jesus’ Son, llamado “Fuckhead”. Hagamos como que la globalización me permite el lujo de no traducir este nombre intraducible; confío, a lo mejor demasiado, que los lectores sabrán qué es un cautín.

Los cuentos de Denis Johnson, con su fragmentación característica, se prestan para el vaivén entre mundos en rotación y translación: Fuckhead habla en chileno, pero no siempre. No he buscado otras traducciones para contrastar, porque me interesaba trabajar rápido, a la velocidad de estos relatos, para no perderlos ni añejarlos. Vale.



DUNDUN

Fui al campo donde vivía Dundun para que me diera un poco de opio farmacéutico, pero me fue mal.

Me saludó cuando salía hacia el patio en dirección a la bomba de agua, con sus botas de vaquero nuevas y su chaleco de cuero, la camisa de franela le colgaba encima de los bluyines. Estaba mascando chicle.

“MacInnes no se siente bien hoy. Le acabo de disparar”.

“¿Que lo mataste?”

“Fue sin intención”.

“¿De verdad está muerto?”

“No. Está sentado”.

“Pero está vivo”.

“Ah, seguro, está vivo. Se quedó ahí en la pieza de atrás”.

Dundun se acercó a la bomba de agua y empezó a mover la palanca.

Baumberger_Fre_12    Di la vuelta alrededor de la casa y entré por atrás. La pieza que daba a la puerta de atrás olía a perro y a guagua. Beatle estaba de pie en la puerta del lado opuesto. Me miró entrar. Apoyada contra la pared estaba Blue, fumando un cigarrillo y rascándose la pera pensativamente. Jack Hotel estaba encima de un escritorio viejo, encendiendo una pipa con la parte redonda envuelta en papel de aluminio.

Cuando vieron que era yo no más, los tres siguieron mirando a MacInnes, que estaba sentado en el sofá, solo, con la mano izquierda apoyada con suavidad sobre el estómago.

“¿Dundun le disparó?”, pregunté.

“Alguien le disparó a alguien”, dijo Hotel.

Dundun entró por detrás mío con un poco de agua en una taza de loza y una botella de cerveza y le dijo a MacInnes: “Toma”.

“No quiero”, dijo MacInnes.

“Ok, bueno, entonces toma esto”. Dundun le ofreció el resto de su cerveza.

“No gracias”.

Me preocupé. “¿No lo van a llevar al hospital ni nada?”

“Buena idea”, dijo Beatle con sarcasmo.

“Lo estábamos llevando”, explicó Hotel, “pero chocamos con la punta de la casucha ahí afuera”.

Miré por la ventana del lado. Esta era la parcela de Tim Bishop. Vi que el Plymouth de Tim Bishop, un lindo sedán antiguo gris con rojo, había pasado a llevar uno de los soportes, de manera que el poste estaba por el suelo y el sedán quedó sosteniendo el techo de la casucha.

“El parabrisas se hizo millones de pedacitos”, dijo Hotel.

“¿Cómo fueron a dar por ese lado?”

“Todo se nos fue de las manos”, dijo Hotel.

“¿Dónde está Tim, a todo esto?”

“No está aquí”, dijo Beatle.

Hotel me pasó la pipa. Era hashish, pero ya estaba casi todo quemado.

“¿Qué tal?” Dundun le preguntó a MacInnes.

“La siento aquí. Quedó metida en el músculo”.

Dundun dijo: “No está mal. La punta no alcanzó a explotar, creo”.

“Se chingó”

“Se chingó un poquito, sí”.

Hotel me preguntó: “¿Lo podrías llevar al hospital en tu auto?”

“OK”, dije.

“Yo también voy”, dijo Dundun.

“¿Te queda algo de ese opio?”, le pregunté.

“Era un regalo de cumpleaños. Lo usé todo”.

“¿Cuándo es tu cumpleaños?”, le pregunté.

“Hoy”.

“Entonces no deberías haberlo usado todo antes de tu cumpleaños”, le dije con rabia.

Pero me alegré de poder ayudar. Yo quería ser el que la salva, el que es capaz de llevar a MacInnes al doctor sin chocar. La gente iba a comentar y ojalá así yo iba a caer bien.

En el auto íbamos Dundun, MacInnes y yo.

Dundun cumplía veintiún años. Lo había conocido en la cárcel juvenil del condado en los únicos y pocos días que pasé preso, cuando tenía como dieciocho otoños. Yo le llevaba un mes o dos. En cuanto a MacInnes, siempre había andado dando vueltas por ahí y, de hecho, hasta estuve casado con una de sus ex novias.

Salimos lo más rápido posible sin zangolotear demasiado a la víctima del tiroteo.

Dundun dijo, “¿Qué onda con los frenos? ¿Los arreglaste?”

“El freno de mano funciona. Con eso estamos”

“¿Y la radio?” Dundun apretó el botón y la radio se prendió con un ruido como de moledora de carne.

La apagó y la volvió a prender, y entonces borboteaba como una máquina que pule piedras toda la noche.

“¿Y tú?”, le pregunté a MacInnes. “¿Estás cómodo?”

“¿Qué crees tú?”, dijo MacInnes.

countryroadohio Era un camino largo y recto a través de campos secos, hasta donde alcanzaba la vista. Uno pensaría que no quedaba aire en el cielo y que la tierra estaba hecha de papel. En vez de avanzar, nos íbamos quedando más y más chiquititos.

¿Qué se puede decir de esos campos? Había cuervos dando vueltas sobre su propia sombra y debajo de ellos ahí estaban las vacas oliéndose el trasero mutuamente. Dundun escupió su chicle por la ventanilla mientras escarbaba en el bolsillo de su camisa en busca de sus Winston. Prendió un Winston con un fósforo. Eso es todo lo que había para conversar.

“Nunca vamos a salir de este camino”, dije.

“Qué cumpleaños de mierda”, dijo Dundun.

MacInnes estaba pálido y mareado, se abrazaba a sí mismo con ternura. Lo había visto hacer eso una o dos veces antes aunque nadie le hubiera disparado. Tenía una hepatitis tremenda que muchas veces le causaba mucho dolor.

“¿Prometes que no les vas a soltar nada?”. Dundun le hablaba a MacInnes.

“No creo que te oiga”, le dije.

“Les dices que fue un accidente, ok?”

MacInnes no dijo nada por un largo rato. Finalmente, dijo: “OK”.

“¿Lo prometes?”

Pero MacInnes no dijo nada. Porque estaba muerto.

Dundun me miró con lágrimas en los ojos. “¿Qué dices tú?”

“¿Qué quieres decir, qué digo yo? ¿Crees que estoy aquí porque sé de estas cosas?

“Está muerto”.

“Está bien. Ya que está muerto”.

“Bótalo del auto”.

“Por supuesto que lo voy a botar”, dije. “No lo voy a llevar a ninguna parte ahora”.

Por un momento me quedé dormido, en pleno manejo. Soñé que estaba tratando de contarle algo a alguien y me interrumpían a cada rato, un sueño sobre la frustración.

“Me alegro de que esté muerto”, le dije a Dundun. “Fue él el que empezó y después todos me decían “Fuckhead”.

Dundun dijo: “No te amargues por eso”.

Pasamos soplados por todas las ruinas esqueléticas de Iowa.

“No estaría mal trabajar de sicario”, dijo Dundun.

Los glaciares habían aplanado esta región en la época antes de la historia. Llevábamos años de sequía, y una niebla bronceada de polvo flotaba sobre la llanura. La cosecha de soya estaba muerta otra vez, y los tallos mustios del maíz estaban por el suelo como hileras de ropa interior. La mayoría de los agricultores ya ni se molestaba en plantar nada. Se había borrado todas las falsas ilusiones. Daba la sensación de ser el momento justo antes de la llegada del salvador. Y el salvador llegó, pero tuvimos que esperar por mucho tiempo.

Dundun torturó a Jack Hotel en el lago en las afueras de Denver. Lo hizo para tener información sobre un artículo robado, un estéreo de la novia de Dundun o quizás de su hermana. Después, Dundun casi mató a fierrazos a un tipo, en plena calle, en Austin, Texas, y por eso va a tener que responder algún día, pero ahora está, creo, en la prisión estatal de Colorado.

¿Me creerían si les digo que en su corazón había bondad? ¿Que su mano izquierda no sabía lo que hacía la derecha? Lo que pasaba es que ciertas conexiones se le habían quemado. Si a ti yo te abro la cabeza y te paso un cautín caliente por el cerebro, te podría convertir en alguien como él.



MANOS CON BUEN PULSO EN EL HOSPITAL GENERAL DE SEATTLE

En menos de un par de días ya me estaba afeitando solo y hasta afeité a un par de recién llegados, porque las drogas que me inyectaron me hicieron un efecto asombroso. Lo llamo asombroso porque sólo horas antes me habían traído en camilla por unos pasillos en los que yo había tenido la alucinación de que caía una suave lluvia de verano. En las piezas de hospital de lado y lado, los objetos –jarros, ceniceros, camas—se veían muy mojados y terroríficos, sin apenas molestarse en encubrir su verdadero significado.

Me pusieron unas cuantas jeringas, y sentí que me transformaba y que de ser una cosa liviana de espuma plástica me convertía en persona. Me puse las manos frente a los ojos. Las manos todavía eran como de una escultura.

Afeité a mi compañero de pieza, Bill. “No te pongas muy creativo con mi bigote”, dijo.

Safety_razor_shaving_kit “¿Va bien hasta ahora?”

“Hasta ahora”.

“Ahora el otro lado”.

“Eso estaría bueno, socio”.

Justo debajo del pómulo, Bill tenía una pequeña marca donde una bala le había penetrado la cara, y en la otra mejilla una cicatriz un poquito más grande por donde había salido el plomo.

“Cuando te dispararon en la cara así, ¿la bala hizo algo interesante al seguir de largo?”

“¿Cómo voy a saber eso? No estaba tomando apuntes. Aunque la bala siga de largo, uno igual siente como que le dispararon en la cabeza no más”.

“¿Y qué onda con esta cicatriz más chica, en la patilla?”

“No sé. A lo mejor es de nacimiento. Nunca la había visto”.

“Algún día la gente va a saber de ti porque vas a salir en un cuento o un poema. ¿Te gustaría describirte, para esa gente?”

“Ah, no sé. Soy un guatón de mierda, creo”.

“No, en serio”.

“No vas a escribir sobre mí”.

“Hey, soy escritor”.

“Bueno, en ese caso, diles que estoy con sobrepeso no más”.

“Está con sobrepeso”.

“Me han corrido bala dos veces”.

“¿Dos veces?”

“Una vez por esposa, con un total de tres balas que hicieron cuatro hoyos, tres de entrada y uno de salida.”

“Y todavía estás vivo”.

“¿Vas a hacer algún cambio en tu poema?”

“No. Va a entrar palabra por palabra”.

“Qué lástima, porque cuando me preguntas si estoy vivo eso te hace parecer algo estúpido. Obviamente, estoy vivo”.

“Bueno, a lo mejor quiero decir “vivo” en un sentido más profundo. Podrías seguir hablando y no estar vivo en un sentido más profundo”.

“No voy más profundo que esta mierda en que estamos ahora”.

“¿Qué quieres decir?. Estamos muy bien aquí. Hasta regalan cigarrillos”.

“No me ha tocado ninguno todavía”.

“Aquí tienes”.

“Hey. Gracias”.

“Me lo pagas cuando te den los tuyos”.

“Puede ser”.

“¿Qué dijiste cuando te dispararon?“.

“Dije, ‘¡Me disparaste!’“.

“¿Las dos veces? ¿Las dos mujeres?”

“La primera vez no dije nada, porque me disparó en la boca”.

“Así que no podías hablar”.

“Caí inconsciente, ésa es la razón que no pude hablar. Y todavía me acuerdo del sueño que tuve mientras estaba desmayado esa vez”.

“¿Qué soñaste?”

“¿Cómo quieres que te cuente? Fue un sueño. No tenía ni mierda de pies ni cabeza, compadre. Pero me acuerdo”.

“¿No puedes describirlo aunque sea un poquito?

“De verdad no sé cómo sería la descripción. Lo siento”.

“Cualquier cosa, cualquier cosa que sea”.

“Bueno, para empezar, el sueño vuelve y vuelve. Quiero decir, cuando estoy despierto. Cada vez que me acuerdo de mi TwoBullets1_mprimera mujer, me acuerdo de que apretó el gatillo, y entonces ahí llega ese sueño…

“Y el sueño no—no había nada triste en él. Pero cuando me acuerdo, me pongo como, ‘concha, compadre, es verdad, me pegó un tiro. Y aquí está ese sueño’

“¿Has visto esa película de Elvis Presley, “Siga a ese sueño”?

Siga a ese sueño. Sí, la vi. Justo te la iba a mencionar”.

“Ok, estás listo. Mírate al espejo”.

“Bueno”.

“¿Qué ves?”

“¿Cómo engordé tanto si nunca como?”

“¿Eso es todo?”

“Bueno, no sé. Acabo de llegar”.

“¿Y qué onda con tu vida?”

“¡Ja! Ésa está buena”.

“¿Y qué hay con tu pasado?”

“¿Cómo qué hay?”

“Cuando miras hacia atrás, ¿qué ves?”

“Autos chocados”.

“¿Con gente?”

“Sí”.

“¿Quiénes?”

“Gente que ahora es pura carne cruda, compa”.

“¿Así es la cosa de verdad?”

“¿Cómo voy a saber como es? Acabo de llegar. Y hay una media hediondez”.

“¿En serio? Te meten Haldol por litros. Es una plaza de juegos”.

“Espero que sí. Porque he estado en lugares donde lo que hacen es envolverte en una sábana mojada y te pasan un juguete de goma para perros chicos, y tú lo muerdes”.

“Cacho que voy a venirme para acá dos semanas al mes”.

“Bueno, yo soy mayor que tú. Tú te puedes subir un par de veces más a este carrusel y todavía bajarte con los brazos y las piernas puestas donde corresponde. Yo no”.

“Hey. Si tú estás bien”.

“Háblame por aquí”.

“¿Te hablo por el hoyo de bala?”

“Háblame por el hoyo de bala. Dime que estoy bien”.

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