Nana nuestra

Se le ha dado tanto fuelle a la disputa entre Sebastián Silva, director de La nana, y Miguel Littin, director de Dawson, Isla 10, por el asunto de la nominación al Oscar, que apenas llegó la primera a las antípodas donde vivo, me fui a verla. Fue raro estar viendo una película como La nana en un teatro lleno de gringos. Al salir, no pude evitar acercarme a una pareja y preguntar qué les había parecido la película. Estábamos en el foyer, y la mirada ligeramente estrábica de Catalina Saavedra seguía atenta la conversación desde el afiche, como diciendo “cuidadito”. Les había gustado, aunque a uno de ellos se le salió la expresión “peliculita”: a nice little film. El otro se sorprendió cuando le dije que era chilena, porque él juraba que era española. “Da lo mismo de donde sea ¿no?”, me dijo.

Como siempre, no se me ocurrió una buena respuesta hasta que ya iba bajando la escalera. Le debería haber contestado que no da lo mismo si es que alguien como yo podía entender cada inflexión del magistral guión, cada sutileza visual (y hay muchas), mientras ellos tenían que confiar en unos subtítulos en que, por ejemplo, ninguno de los acercamientos a la palabra “huevona” se acercó jamás al resultado correcto. O algo por el estilo, para resaltar esa diferencia que cualquier espectador de cine quiere negar cuando le incomoda.

Saliendo al otoño oscuro de Filadelfia, me asaltó la convicción de que nadie que no fuera chileno podía empezar a evaluar una película tan excluyentemente chilena. En el trayecto me puse más radical: nadie más que un chileno la puede entender de manera íntegra. La de La nana no una inaccesibilidad juguetona similar a la de Raúl Ruiz cuando yuxtapone, por ejemplo, la imagen de un personaje que hace una reflexión existencial en francés con un sonido de fondo en que un par de chilenos se turnan para gritar los nombres del quetejedi. La nana disfraza su inaccesibilidad al evitar, para alivio de todos los críticos norteamericanos -y en uno que otro comentarista chileno de los que se asustan con el concepto de lucha de clases- “caer” en la denuncia de un modo de vida tan aberrante y distorsionador como el empleo puertas adentro, particularmente esa variante chilena en que el contacto entre patrones y empleadas se prolonga por décadas, vidas enteras.

La denuncia está ahí, me parece, y a ratos más virulenta de lo que parece, aunque al final pierde la calma y opta por salir trotando alrededor de la manzana. Pero la crítica norteamericana no puede acceder a ella porque no entienden el lenguaje (y no me refiero solamente al idioma) ni el contexto en que se mueve la película. Si uno se pone pesado, diría que les gusta tanto precisamente porque no la entienden bien y tienden a dar por sentado que el principal problema de Raquel es sicológico.

Tampoco entienden el berrinche del director y sus asociados al no ser elegidos para representar a Chile en los Oscares, por la sencilla razón de que no saben oír el “cómo se atreven” o el “qué se han imaginado” clasista -y profundamente político- de ese reclamo. En esa queja está implícita la idea de que la historia de una familia pituca que permite que sus dos nanas salgan a trotar (y que se ausenten de la cocina y de los deberes de limpieza para la Navidad) representa la realidad chilena mejor que la historia verídica de los presos de la Isla Dawson. Tal vez sea cierto, pero en todo esto se ha perdido el sentido de las proporciones. Es difícil que La nana o Dawson-Isla 10, con todos sus méritos, se acerquen remotamente a la altura de El chacal de Nahueltoro, que no necesitó ser nominada a ningún Oscar, y que hubiera dejado al público de Sundance echando sangre por boca y narices.

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2 pensamientos en “Nana nuestra

  1. Bueno, con esa tesis, sólo los alemanes entienden las películas alemanas, sólo los rusos, etc.
    Un buen observador, que sabe sobre America Latina, verá los detalles que otros no han visto, etc. El Chacal… no es entonces nada diferente. Si esa tesis es correcta ¿por qué ganan oscares peliculas de otros paises que no son de USA? Tampoco no veamos a los gringos como ignorantes como intenta el articulista. retratarlos. Mmejor haga un analisis y no se queje tanto que solo los nativos entienden el cine chileno.

  2. Gracias por el comentario, señor anónimo. Este no es un análisis, sino un comentario acerca de la recepción por parte de la crítica. Tiene razón en que no hay que generalizar; pero en lugar de sólo ver el denominador común (que es igual al segmento de intersección entre las dos culturas) hay que considerar también, para ser justos con la película, que existen esos elementos de exclusión, estén ellos planeados o no. La mención de Raúl Ruiz se hace precisamente porque Ruiz está al tanto de las trampas de la engañosa universalidad del arte y juega con eso. Me parece que en sus comentarios y entrevistas, Sebastián Silva es inocente de este aspecto, o se hace el leso. El problema se ve desde el título mismo: The Maid significa muchas cosas, pero no abarca el universo de significados contenidos en “La nana”.

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