Esto empezó en Lexington, Kentucky, donde fui a una entrevista de trabajo en la universidad. Al llegar, me encandiló la primavera sureña: un verdor imposible absorbía el azul ultramarino del cielo y multiplicaba su luz. Ocho meses antes habían volado las Torres Gemelas y el país estaba en guerra, pero en Kentucky solo existían la primavera en modo turbo y los caballos: era fin de semana de carreras. Lexington era un laberinto de calles bloqueadas, cordones policiales, muchedumbres alcoholizadas, hileras de baños químicos, convertibles de colores chillones, limusinas y camionetas de vidrios polarizados. La policía y la televisión ponían sus helicópteros, y el zeppelin de la Good Year hacía sus lentas rondas de vigilancia ronroneando alrededor del hipódromo.
No sé de qué hablé en mi conferencia; seguramente de algo trivial, inflado por alguna de las modas noventeras. Recuerdo vagamente que después de la charla, a la hora de las preguntas, me describí como «neo-historicista», para salir del paso.
El día siguiente me lo dejaron libre para que conociera la ciudad. Me asignaron un guía cuya misión era entusiasmarme con la posibilidad de irme a vivir a Kentucky. Se llamaba Carlos Andrés, era colombiano y carecía completamente del sentido de la orientación. Éramos más o menos de la misma edad, pero él se veía diez años menor, con su cara medio lampiña y su chasca indócil. Lo primero que me dijo fue que no conocía la ciudad, aunque había vivido allí casi tres años; se disculpó diciendo que había aceptado el encargo por la plata y para congraciarse con un par de profesores. Hablaba lento y tenía los ojos colorados. Atribuí lo último al consumo de marihuana pero, como si me adivinara el prejuicio, me aclaró que los tenía así porque no había dormido en una semana, desde que le llegó la notificación judicial de que le iban a quitar a su hija de cinco años. No tenía cómo pelear el asunto, ni entendía por qué la madre había viajado desde Miami a reclamarla, siendo que la había dejado botada de un día para otro cuando la criatura no tenía ni un año. Lo peor es que no comprendo cómo funciona la puta máquina que me va a despojar de lo que más quiero, esas fueron sus palabras exactas.
Por culpa de una caída, a Carlos Andrés se le había descalabrado un aparato de ortodoncia, un puente o un frenillo, por lo que una punta de metal le hería el paladar y la lengua cuando hablaba. Igual cumplía con su encargo, indicando edificios y lugares que no tenían el menor interés ni para mí ni para él: la biblioteca de la universidad, el ayuntamiento, un gimnasio sombrío, un estadio de fútbol americano, un parque desolado que podría haber estado en cualquier parte del mundo, unos juegos infantiles que detestaba, pero que a su hija le encantaban. Cada cierto trecho, Carlos Andrés tenía que detenerse a escupir sangre en un trapito ad hoc. Sacaba la lengua para aliviarla de la navaja abierta que tenía dentro de la boca.
Era poeta y estaba orgulloso de su primer libro, Arcana inicial, publicado en Medellín. En esa época yo no perdía la ilusión de escribir poesía, aunque en el fondo sabía que era una aspiración vana, muy de historiador sin talento. Me pidió que le diera mi opinión sobre la ilustración de la tapa (un tipo colgando patas arriba, sacado del tarot, muy mala), pero antes de que le pudiera contestar se largó a leer en voz alta el único poema suyo que, según él, valía la pena. En efecto, el poema era excelente; se me clavó un aguijón de envidia al escucharlo. Pero Carlos Andrés sufría con cada sonido que salía de su boca adolorida, especialmente las eles y las eses paisas, tan sibilantes y trabajosas para su lengua malherida.
Le dije que yo podía recorrer la ciudad por mi cuenta, que se fuera a descansar o a ver a su hijita, a la que había dejado al cuidado de una amiga. Ni lo sueñes, me dijo, mi niña está en buenas manos, hoy es sábado, nada le puede pasar, y a mí me dieron el trabajo de convencerte de que este es un buen lugar para vivir, y lo voy a cumplir. Pero después de un rato de ver cómo seguía sufriendo, le sugerí que por lo menos pasáramos a una farmacia a buscar algo para aliviarle el dolor de boca. Tenía que haber una pomada, un calmante, o algo así. Se me ha ocurrido, no creas que no, dijo con su cantito paisa, pero no tengo plata ni para una aspirina y le tengo tanta fobia a las farmacias como a los dentistas; aparte, como no hablo ni papa de inglés, esta gente no me entiende y yo tampoco los entiendo a ellos, entonces terminamos con ganas de acriminarnos, y en mi situación no me puedo permitir el lujo de matar a nadie, mucho menos a un gringo.
2
A contracorriente de las multitudes de fanáticos que se dirigían al hipódromo, divisé una botica medio escondida entre un Seven-Eleven y una gasolinera. Podría haber estado en cualquier parte de América Latina o en cualquier parte de lo que en ese tiempo llamábamos el Tercer Mundo, con su puerta tapizada de papeles obsoletos, anuncios desteñidos y un letrero de neón apagado. Era como si esa farmacia dilapidada nos hubiera estado esperando. Entramos, y una mujer nos saludó desde el mostrador con un grito que era más bien para alertar a alguien de nuestra presencia que para darnos la bienvenida. Por el acento y la vestimenta, deduje que era de la India. Le traté de explicar la situación de Carlos Andrés. Escuchó sin quitar la vista de unos papeles que tenía enfrente. En cierto momento de mi explicación, me desanimó su indiferencia y nos quedamos los tres en silencio. Entonces, Carlos Andrés quiso hablar; lo intentó dos veces, pero no pudo. Se cubrió la boca como si hubiera dicho algo malo y me hizo un gesto con la cabeza: vámonos de aquí.
La mujer levantó la vista y se lo quedó mirando fijo un par de segundos, como tasándolo. Luego levantó la palma de su mano para indicar que la esperáramos. Hurgó en una gaveta detrás de la caja, sacó un instrumento metálico, un pequeño alicate o una pinza, salió de detrás del mostrador y le ordenó a Carlos Andrés que abriera bien la boca. Entonces, lo agarró de la mandíbula y le empezó a tironear la estructura de metal con el alicate dentro de la boca, musitando en un idioma desconocido. Él afirmó los talones y se dejó hacer, lagrimeando por los ojos apretados, resollando por la nariz y emitiendo quejidos guturales mientras ella forcejeaba con la herramienta contra su paladar. Finalmente, la mujer le cerró la boca, le acarició muy levemente los labios, le pasó un vasito de papel con un líquido desinfectante y le indicó un lavabo para que hiciera gárgaras. Cuando volvió de enjuagarse la boca, Carlos Andrés se me acercó y apoyó su cara mojada en mi hombro, abrazándome.
Todavía tenía la lengua y el paladar hechos tasajo, pero la causa de su tormento había desaparecido. La farmacéutica se llamaba algo así como Ángela o Angelie. Para despedirse (o para echarnos, ya era hora de cerrar, dijo) le pasó al poeta unos sachets de novocaína y unos bastoncitos de algodón. Son cinco dólares, me dijo.
3
No tengo con qué pagarte, hermano, me decía Carlos Andrés al salir de la farmacia, pero para darte las gracias te voy a presentar a la única persona que vale la pena conocer en este descampado, ya que la hípica parece que te importa media verga. Este man que quiero que conozcas es gringo, pero como anfitrión es latino, sabe atender a la gente y, no sé vos, pero yo ando muerto de hambre, porque no he comido a gusto en tanto tiempo por culpa del dolor. Quiero masticar algo.
A unas cuadras se oía el rugido de la multitud que ya se estaba congregando en el hipódromo; habían empezado las carreras. Después de varios intentos fallidos, Carlos Andrés se acordó de cómo se llegaba al lugar donde me quería llevar. Era una casa de ladrillos, algo oscura, medio derruida, pero que conservaba vestigios de un antiguo esplendor. Las ramas de un magnolio en flor cubrían las dos ventanas del frontis, de tal manera que daba la impresión de que el árbol le estaba cubriendo los ojos a la casa. Golpeamos un buen rato y, cuando estábamos a punto de desistir, se movieron los visillos. Carlos Andrés, come in, come in, what a surprise, pensaba que eran mormones o Testigos de Jehová, que siempre llegan de a dos, dijo el dueño de casa, abriendo la puerta de roble.
Tenía un nombre que parecía seudónimo de novelista noir: Guy Davenport. Era un hombre delgado, de cejas abundantes y expresivas, anteojos de marco grueso, muy pasados de moda, como los de Allende, o como los de un topo soviético de esos que infiltraron el servicio secreto británico en los años 60.
La casa olía a aceite de linaza y a café recién molido. Había dibujos por todas las paredes, bosquejos de motivos clásicos, óleos pequeños y precisos, sin enmarcar. Carlos Andrés me explicó que el artista era el dueño de casa. Davenport fue a poner la cafetera, cortó rebanadas de pan y queso y los dispuso con elegancia sobre la mesa del living.
Carlos Andrés se acomodó en el sofá y se puso un poco de novocaína en el paladar con un bastoncito de algodón mientras Davenport preparaba algo de comer. Cuando llegó el café, tomó su taza con las dos manos, dio un sorbo cauteloso y le sonrió a Davenport. El dueño de casa se lo quedó mirando y dijo, en un español recargado de acento: «con veneno». Carlos Andrés sacó una sonrisa desconocida para mí, llena de luz. «Con veneno», repitió, riéndose.
Davenport me preguntó si también quería mi café envenenado, y antes de que le contestara ya le había echado un chorrito de licor. Luego, al saber que yo era chileno, me preguntó si había oído hablar de un poeta llamado Gabriel Meredith. Le dije que era primera vez que escuchaba ese nombre. Entonces él nos contó la historia, sorbiendo su vaso de bourbon sin hielo y fumando.
Corría 1973 o 1974. Davenport había publicado una traducción de Safo al inglés en una revista de Gambier, Ohio. De alguna manera esa revista llegó a la biblioteca del Instituto Chileno-Norteamericano de Cultura en Santiago. Deslumbrado con esa traducción, el tal Gabriel Meredith le escribió a Davenport a la dirección de la revista, y la revista se la remitió a Kentucky cinco o seis meses después. La carta estaba escrita en un inglés muy formal e incorrecto, pero esa incorrección no la volvía burda sino que la hacía más intensa. El chileno le agradecía a Davenport por su manera de traducir a Safo, le decía que le hacía sentir que la poeta estaba viva, que todos los días, esa misma mañana tal vez, se había levantado a tomar desayuno y a contemplar el Egeo, «esas aguas de oscuras rosas submarinas». Solo esa imagen, dijo Davenport, solo esa imagen, un verdadero epíteto homérico, hizo que la carta valiera la pena: el Egeo y sus aguas de oscuras rosas submarinas. El Egeo es exactamente eso al amanecer y en el crepúsculo, y al leerlo supe que Meredith era un gran poeta, dijo Davenport.
Empezaron una correspondencia que duraría varios años. Cuando el carteo tomó vuelo y confianza, Meredith le confió a Davenport que en el escaso tiempo libre que le dejaba su trabajo de vendedor de enciclopedias Salvat se dedicaba a traducir a Constantino Cavafy al español. Como no conocía el griego, usaba una traducción al francés, lengua que había aprendido en el liceo de Talca. Intrigado, Davenport le pidió que le enviara esas traducciones, y al mes siguiente las recibió. El español del gringo Davenport era rudimentario: lo entendía con ayuda del latín y otras lenguas romances que conocía bien, particularmente el italiano. Aun así, las traducciones de Meredith, que él trasladaba meticulosamente al inglés para entenderlas mejor, le parecían extraordinarias. Eran una refracción triangular, una carambola poética que mejoraba el original sin ofuscarlo más de la cuenta. Lo instó a que las publicara, y Meredith le respondió que nadie tenía interés. No se quejaba, solo constataba lo obvio. Davenport, a pesar de su prestigio en los círculos literarios estadounidenses e ingleses, tampoco logró que le publicaran sus propias versiones basadas en la obra del chileno: a quién le interesa una traducción de una traducción de una traducción, le dijeron, por mucho que venga de Guy Davenport.
Hacia finales de 1978 ya no llegaron más cartas. Davenport le siguió escribiendo, a dos remitentes que Meredith había usado, sin tener respuesta. Especuló que se había mudado, que se había enamorado, que había encontrado trabajo, que se había aburrido de la correspondencia, que había encontrado mejores interlocutores, que había visto la inutilidad de cartearse con un gringo desconocido, que el esfuerzo de escribir en ese inglés de academia británica era demasiado para él. Todas esas cosas pasan, dijo Davenport, mientras me daba más café con malicia y él se servía más bourbon y prendía otro cigarro.
Carlos Andrés, que al principio seguía atento la conversación, se quedó dormido con la boca levemente abierta y un pan con queso en la mano suelta. Davenport se lo quedó mirando, apretó el cigarro entre sus labios y siguió con la historia, envuelto en una nube azul. La luz de la tarde entraba como una tromba por los ventanales.
5
En 1981 llegó a Kentucky una profesora chilena a participar en un congreso sobre poesía. Davenport le preguntó, sin mayores esperanzas, si había oído hablar de Gabriel Meredith. Para su sorpresa, ella le dijo que sí, que un profesor lo había mencionado en clase varias veces, siempre tangencialmente. Meredith era uno de los innumerables habitantes marginales de la poesía chilena, los autopublicados, los publicados a mimeógrafo o papel de calco, los nunca publicados, los poetas imaginarios, los poetas del deseo de ser poetas. Ella se acordaba de Meredith solo porque le pareció un nombre inventado y porque quería ponerle Gabriel al hijo que esperaba en aquel tiempo, si era varón.
Un año después de ese congreso, la profesora chilena le escribió desde Valparaíso con más información sobre Meredith. Nadie había sabido de él desde finales del 78 o comienzos del 79. Se decía que se había marchado de Santiago, tal vez al sur, a Concepción o Valdivia, o al extranjero. Existía otra posibilidad, decía al final de la carta, sin dar más detalles. Davenport no quiso indagar cuál era esa otra posibilidad, por ese pudor de los gringos que se parece a la indiferencia. Tardó un tiempo, confesó, en entender qué quería decir ese final escueto.
Las noticias que tuvo sobre el destino incierto —y posiblemente terrible— de Meredith impulsaron a Davenport a retomar a sus traducciones de Cavafy. Deseó fervientemente que su misterioso corresponsal chileno estuviera a salvo, libre, exiliado en algún lugar del mundo, que se hubiera librado del horror de la tortura y de una muerte violenta. Davenport se consolaba pensando que la poesía de Cavafy hubiera preparado a Meredith para soportar o por lo menos atenuar el dolor del destierro. Entonces, como modo de aplacar su angustia, se puso a cotejar con más atención las versiones de Meredith con los versos originales de Cavafy, saltándose el francés por completo. Así se dio cuenta de que las traducciones de su amigo al español eran bastante infieles, pero no de la manera en que una mala traducción es infiel. Eran otra cosa: argumentos paralelos, un doblaje como el de un intérprete simultáneo que juega a apartarse y acercarse a lo que dice el hablante original, un intérprete que se anima a comentar, agregar, silenciar. Era como si Meredith hubiera creído que los poemas de Cavafy intentaban decir algo que no eran capaces de decir y entonces hubiera resuelto remediarlo. Recuerdo un par de versos de «A la espera de los bárbaros» que resumían, según Davenport, todo el proyecto de Meredith: «¿Nos vamos a quedar clavados en esta cordillera, en este glaciar distante, mientras las bombas incendian el palacio?», o en la versión de Davenport, en pentámetros yámbicos: «From these remote, cold peaks, what can we do? / The palace burns before our eyes, what now?»
En ese instante, Carlos Andrés despertó en un estertor, con la boca llena de sangre. Davenport le pasó una de las servilletas de tela que había dispuesto al servir el café. Una sombra de horror y de tristeza le cruzaba la cara, no sé si por Meredith o por Carlos Andrés o por la servilleta manchada. Ahí supe que la visita había concluído.
6
Afuera, la luz del sol poniente se proyectaba casi horizontal en un cielo de tonalidades malva y anaranjadas. Las calles estaban vacías; parecía otra ciudad, aparentemente deshabitada. Solo se oía el rumor que venía en oleadas desde el hipódromo. Se acercaba la carrera de fondo, la que decidía qué caballos iban a competir en el gran Derby. Carlos Andrés caminaba rápido, sin detenerse como antes a ponderar cada esquina y cada intersección, y casi sin dirigirme la palabra. Yo seguía pensando en Meredith, el poeta desaparecido, y en paralelo, o superpuesta como en una película antigua, la cara de espanto de Davenport al ver la sangre de Carlos Andrés en su servilleta de lino.
El crepúsculo se aceleró y pronto nos encontramos caminando casi en penumbra. Un enorme halo de luz morada se dibujaba encima del hipódromo. El poeta me llevaba varios metros de distancia, pero yo no podía o no quería apurar el paso para alcanzarlo. Estaba pensando en varias cosas a la vez: en mi futura vida en Kentucky, en Cavafy canceroso viajando de Alejandría a Atenas a hacerse una traqueotomía inútil, en Meredith envuelto en una lona y atado a un riel, hundiéndose en un mar de rosas submarinas, en los anteojos de Guy Davenport, en su acento de caballero confederado. Ahora estábamos tan cerca del hipódromo que se oían los altavoces y esa cadencia de los locutores hípicos de todo el mundo recitando los nombres inverosímiles de los caballos, sus jinetes y establos, los murmullos como un oleaje, el crepitar de los aplausos, la marea seseante de ruido surgiendo de la muchedumbre entusiasmada.
Carlos Andrés se quedó en una esquina, esperándome, dando pequeñas vueltas, como si estuviera precalentando antes de una competencia. No me miraba. Cuando estuve cerca, levantó el brazo e indicó calle abajo. Te vas derecho, pasás el hipódromo, y unas ocho, máximo diez cuadras, recto, recto, te encontrás con tu hotel, lo vas a reconocer. Yo aquí sigo para mi casa, estoy cansado, y si te acompaño se me va a hacer tarde para acostar a mi hija. Te regalaría mi libro, pero es el último ejemplar que me queda, me dijo, ya habrá ocasión. Después de un apretón de manos, se perdió en la oscuridad.
7
Carlos Andrés terminó su doctorado en antropología en Kentucky y se fue a vivir a la Amazonía colombiana. Allí se dedicó a recopilar cuentos folklóricos y a escribir una poesía fantasmal de árboles y de anchos ríos que enamoran a quienes se bañan en ellos, de peces que contienen en ellos grandes ríos, de garzas que se convierten en peces que contienen en ellos grandes ríos, de ríos donde nadan como peces niños que aprender a leer y escribir las nubes con las plumas de las garzas.
La casualidad nos juntó de nuevo. Fue en Bogotá, en un congreso sobre estudios latinoamericanos donde hablé de la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo. Vi que su nombre figuraba entre los expositores. Lo fui a ver, por supuesto, incapaz de contener mi curiosidad. Era una lectura de poesía. Lo escuché leer sus poemas, desde el fondo de una sala repleta, estremecido. Me acerqué a saludarlo, una vez que se dispersó la nube de admiradores que lo rodeó apenas terminó de leer. No me reconoció hasta que le di la clave: Guy Davenport. Ahí se puso de pie y me abrazó fuerte, como en esa botica de Lexington esa tarde lejana.
Nos fuimos a un bar desolado de La Candelaria. Ahí me contó que al volver a su casa esa noche de Kentucky no encontró rastro ni de su hija ni de su amiga. No supo qué hacer, le habían desconectado el teléfono. De pronto, alguien golpeó la puerta y él pensó que la pesadilla se desvanecía, pero al abrir se encontró con la mirada llorosa de su amiga. A media tarde había llegado la madre, acompañada de la policía, con una orden judicial. No le quedó más remedio que entregar a la niña. No fue culpa de ella, la amenazaron con llevársela detenida si no la entregaba, qué iba a hacer la pobre, dijo Carlos Andrés, si ella misma estaba sin papeles. El llanto y los gritos de la criatura se oían por toda la cuadra, le contaron más tarde los vecinos.
De vez en cuando le llegaban fotos de su hija por email, algunas tomadas en Colombia, otras en Miami, otras en lugares que podían ser cualquier lugar, en ocasiones familiares, fiestas, graduaciones, cumpleaños. Solo diez años más tarde pudo estar un rato con ella en persona, cuando cumplió los dieciséis, en un McDonald’s de Miami. No encontraron qué decirse.
A Davenport no lo vio más después de esa noche. Supo que le dieron la MacArthur, la beca de los genios, y que el 2005 murió de cáncer al pulmón. ¿Te acordás de la fumadera que era su casa, ese olor a humo añejo que había por todas partes?, pues eso fue lo que lo mató, dijo, con una sonrisa imposible de interpretar.
No se acordaba de la conversación de esa tarde en la casa de Sayre Avenue ni menos de quién era Gabriel Meredith, pero me dijo que buscara en los archivos de la Universidad de Texas en Austin, donde fue a parar toda la correspondencia de Guy Davenport. Y así lo hice.
